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Dudas existenciales

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Desde que los dos campamentos de semidioses hubieran hecho las paces y se hubiesen unido, grandes cambios habían acontecido en las vidas de los mestizos, pero no sólo porque ahora los semidioses podían moverse de un campamento a otro o porque habían encontrado nuevos amigos, sino por cosas totalmente distintas.

Por ejemplo, una cosa era temer enfuriar a un solo dios, pero multiplicar a todos y cada uno de los dioses mayores y menores por dos y además sumar a aquellos dioses que sólo existían en una mitología como Anteros o Belona, eso era… abrumador, por decir lo mínimo.

Sin embargo, el número de dioses a los que temer y rendir pleitesía era lo de menos.

Verán, los dioses siempre estaban quejándose de lo complicado que era tener dos identidades diferentes y de lo mucho que sufrían por tener que ver y hablar con semidioses griegos y romanos a un tiempo, o sobre lo confuso que les resultaba tener que mezclar una entidad con la otra, pero los dioses no tenían ni idea de lo que era estar confundidos.

Desde que los semidioses se hubieran enterado de la existencia del campamento contrario, las preguntas –y sin respuesta, para variar– habían decidido comenzar a aparecer en abundancia, sobre todo las que versaban acerca de las diferencias entre las identidades griegas y romanas de los dioses.

–*–*–

La primera era acerca de la hija de Leto y Zeus, hermana gemela de Apolo.

En otras palabras, la primera pregunta iba para Artemisa, o Diana, como la prefirieran, aunque la pregunta, más que nada, giraba alrededor de sus Cazadoras.

Es decir, a todos los campistas les había quedado claro que por cado dios griego –en la mayoría de los casos, al menos– existía una contraposición romana, y que ambos campamentos habían estado separados durante siglos, sin que ninguno supiera del otro, lo cual estaba bastante bien, hasta que las Cazadoras de Artemisa y/o Diana hacían aparición.

La situación había empezado así: Diana también se presentaba en el campamento romano de cuando en cuando, llevando consigo a sus queridas cazadoras, justo como hacía Artemisa en el campamento griego, lo cual era un tanto… confuso por las siguientes razones.

Es decir, ¿cómo era que Diana y Artemisa habían obedecido las órdenes de mantener alejados a ambos campamentos?, ¿acaso habían tenido un grupo de cazadoras griegas y otro de cazadoras romanas?, ¿o era un sólo y gran grupo de cazadoras? Y si era así, ¿entonces cómo habían mantenido separados a griegos y romanos?

A cualquiera que pensara demasiado en ello habría terminado por dolerle la cabeza, así que cuando Percy Jackson decidió hacer lo que se hacía con las preguntas –es decir, preguntarlas– y cuestionar a Thalia, teniente de las Cazadoras de Artemisa para aclarar esa ligera duda, todos los semidioses, en ambos campamentos, le estuvieron muy agradecidos.

Resultaba, en palabras de la propia Thalia, que había sólo una partida de cazadoras, tanto para Diana como para Artemisa, aunque siempre que necesitaban ir de un campamento al otro, la correspondiente identidad de la diosa de la caza prefería separar a sus cazadoras en dos grupos más pequeños, uno de griegas y uno de romanas, para entonces dirigirse a cualquiera de los dos campamentos con aquellas chicas que realmente pertenecían a él.

En caso de que por alguna razón eso no pudiera hacerse, al parecer, la diosa de la caza había hecho un par de tratos con Hécate, por lo que, cuando las cazadoras griegas se encontraban en el campamento romano creían estar en el propio y viceversa.

Una cosa más que debían agregar a las estrafalarias costumbres de los dioses, detalle que parecían compartir tanto sus identidades griegas como romanas.

–*–*–

Otro detalle que había causado revuelo al unirse los dos campamentos era Baco, mejor conocido como Dionisio, o el señor D. para los campistas griegos, y aunque las preguntas para él eran más sencillas, casi resultaba más difícil atreverse a formulárselas a él que a Artemisa, pues aunque la diosa odiaba a los hombres, ella no los había amenazado repetidamente con convertirlos a todos en delfines.

Como fuera, y aunque quizás nunca se hubieran atrevido a preguntarle de frente al dios del vino, eso no quitaba la incómoda interrogante de las cabezas de los campistas.

La primera era aquella con la que el entrevistador tenía más probabilidades de terminar calcinado, comenzaba más o menos así: todos conocían el pequeño inconveniente que Dionisio y Zeus habían tenido por razón de una cierta ninfa, lo cual era la causa de que Dionisio hubiera terminado como director del Campamento Mestizo en primer lugar, pero… ¿había sido Baco restringido de la misma forma por Júpiter?

Es decir, Dionisio y Baco eran personalidades diferentes, ¿cierto? Entonces, ¿podía ser que, en tanto que a Dionisio no le estaba permitido consumir alcohol a Baco sí, por ser él otra persona?, ¿o ninguno de los dos podía hacerlo porque técnicamente se trataba de la misma entidad?

Todo era tan confuso con los cambios entre una y otra mitología que, muy sinceramente, cualquier cosa hubiera sido posible.

Por otro lado, la segunda pregunta, casi igual de peligrosa que la primera, también apuntaba al asunto de Dionisio y la bebida, pero con un enfoque algo distinto: ¿estaban los hijos de Dionisio y/o Baco restringidos de la misma forma que su padre?

Esa pregunta se originaba porque ninguno de los hijos del dios del vino, de ninguna de sus dos personalidades, tenía la edad suficiente como para real y legalmente beber alcohol –dijera Dakota lo que dijera–, por lo que la pregunta no había podido ser respondida

Eso, o quizás sencillamente a todos los mestizos de Dionisio les daba demasiado miedo descubrir que ellos sí podían consumir alcohol en tanto que su padre no, lo que indudablemente habría conducido hacia otro… pequeño altercado familiar, por decirlo de alguna forma.

–*–*–

Al final del día, sin embargo, todos esos problemas terminaban por afectar más a los dioses que a los mestizos, pues, en vista de que las preguntas sin respuestas no habían tenido final cuando había existido sólo un panteón al que tomar en cuenta, ahora que había dos, los mestizos habían optado por lo más sencillo y práctico: afrontar que seguirían surgiendo preguntas, más en cantidad, y sobre todo, más en extrañeza. Preguntas que, a excepción de algunas pocas, no tendrían una respuesta satisfactoria, por cierto.

Daba lo mismo, después de todo: los dioses eran criaturas extrañas, y lo importante, al fin y al cabo, era que ambos campamentos habían encontrado en el otro a un aliado.

Así era una familia, después de todo: extensa, extraña. Y la familia greco-romana era eso sobre todas las cosas; extensa, extraña.