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Después del funeral, John comparte un taxi de regreso a Baker Street con una sollozante Sra. Hudson, pero aun así insiste en que no puede ir hasta el apartamento a pesar de sus súplicas llorosas y las promesas de galletas.

Las primeras tres semanas son las peores para él. Recibe llamadas todos los días, no son siempre las mismas personas, pero hay una rotación lo suficientemente regular que rápidamente se vuelve un patrón.

Lestrade llama cada viernes en la noche para pedirle salir a tomar una cerveza. John acepta a la segunda invitación, pero después de una noche teniendo una incómoda y artificial conversación, Lestrade no vuelve a invitarlo de nuevo. Él sigue llamándolo y le habla mayormente sobre la montaña de papeleo que Anderson y Donovan están teniendo que terminar; John nunca cuelga pero no está verdaderamente escuchándolo tampoco.

Harry llama cada martes y los sábados en la noche. Él contesta los martes y deja que le hable sobre Clara, pero nunca atiende los sábados por la noche.

Mycroft llama una vez, a un teléfono en una cafetería en la que estaba sentado. John le dice al camarero no, que no quiere aceptar la llamada, se sienta y mira hacia el auto negro afuera por casi dos horas hasta que arranca y se va.

Llama a la Sra. Hudson cada domingo por la tarde. Se preocupa por ella y se siente culpable de que no la ha estado ayudando con el piso. Ella no le ha preguntado de nuevo si va a regresar, nunca menciona el 221B en absoluto en realidad, con lo cual se siente agradecido. Ambos hacen una ociosa charla sobre nada en particular, pero es la cosa más confortante que ha encontrado desde… desde.

 

Un mes 'Desde', recibe una llamada la tarde del miércoles mientras está en la clínica. Siente el teléfono vibrar en su bolsillo mientras inspecciona a una joven chica con lo que él esta seguro es una infección de oído (la pobre madre no luce como si hubiera dormido propiamente en días) y lo deja sonar (porque no es él llamándole y no hay nada más por lo que pudiera poner el trabajo de lado).

Una vez que ha escrito la prescripción y se ha despedido de la chica y su cansada madre con una mirada comprensiva, saca su teléfono y siente una breve punzada de culpa cuando ve que era la Sra. Hudson quién había intentado llamarle. Le marca de vuelta entonces, a este punto preocupado de que hubiera llamando cuando ella sabe que está en el trabajo.

Ella había empezado a empacar más cosas de Sherlock, le dice, él aprieta su agarre en el teléfono y está seguro de que sabe que ella le pedirá ayuda de nuevo. Y sabe que debería, hay demasiados objetos peligrosos, cientos de diferentes cosas en la cocina solamente, para que una vieja mujer se encargue sola. Comienza a prepararse mentalmente para regresar al menos a ayudar limpiando las partes de cuerpos.

Su respiración se entrecorta cuando en cambio le dice que necesita ayuda con el guardarropa de Sherlock Ella sabe que John se ha pasado por el piso antes del funeral para empacar su ropa y cosas esenciales, así que está confundida por haber encontrado tantos, de los que ella creía eran suéteres de John, combinados con la ropa de Sherlock, ¿y sería él tan amable y ayudarle a ordenarlos? Solo porque ella no quiere arriesgarse y donar uno de sus suéteres por error.

Encuentra aliento de nuevo y se las arregla para murmurar algo sobre estar ahí pronto. Se excusa con Sarah quién todavía solo le mira con tristeza y se va del consultorio temprano por ese día. En su recorrido en taxi hasta Baker Street se pasa en un sueño y su mano está temblando cuando la deja sobre su rodilla. Siente una punzada ahí, en su rodilla, comienza a preocuparse de que su cojera ahora esté regresando.

 

La Sra. Hudson lo recibe fuera de Speedy's, lo hace pasar hacia las escaleras; le está diciendo algo pero su cabeza está zumbando y está tratando de no mirar hacia ningún lado excepto sus pies. Duele estar aquí, sentir esta tristeza de nuevo, y él no está listo para esto después de todo.

Pero ella le está guiando a través de la cocina ahora, de regreso a la habitación de Sherlock. Se detiene en el marco de la puerta e intenta asegurarle de que estará bien por su cuenta y su rostro se frunce por un breve segundo y luego se suaviza de nuevo cuando ella ve dolor en el rostro de John. Lo deja.

John se queda ahí un momento, entrando a la habitación de Sherlock de nuevo. El empapelado verde damasco. Los posters en la pared de los que se río la primera vez que los vio (Se burló de qué Sherlock pensara que Poe era un rompecorazones por mucho más tiempo del que había creído que Sherlock podría tolerar).

Respira el aire en el que está Sherlock, respira lo que queda de él aquí y se acerca a sentarse en el borde de la cama antes de que sus piernas no puedan sostenerlo. La puerta del closet está abierta y puede decir donde la Sra. Hudson ha desordenado la ropa y efectivamente, puede ver la manga de al menos uno de sus suéteres. Revisará y ordenará la ropa pronto, pero aun necesita un momento.

Mientras se sienta ahí, sus manos han empezado a alizar las sábanas de la cama y encuentra un bulto debajo de ellas que no se deja ser presionado. Tira hacia atrás de las sábanas y ve el familiar púrpura de la camisa favorita de Sherlock, enrollada y ahora irremediablemente arrugada.

Sus manos están temblando más que nunca cuando atrae la camisa cerca de él, acariciando el familiar material entre sus dedos. Un sonido ahogado escapa de su garganta mientras levanta la camisa hacia su rostro y entierra su nariz en ella, y piensa Si, si, si porque es la esencia de Sherlock, tan perfectamente ahí, tan fuerte, que olvida por un momento que está sentado solo y Sherlock no está extendido en la cama detrás de él, sus pies descansando contra su espalda mientras recita las propiedades de una cosa o de otra.

 

La Sra. Husdon le agradece después por empacar toda la ropa de Sherlock por ella y por llevársela con él en una caja grande. Ella asume que la está donando. Él le sonríe tranquilizándola y dice poco porque aún está intentando no comenzar a temblar de nuevo. La caja está entre sus dos manos, bien sellada con mucha cinta de empaque y John nunca la soltará, ni siquiera en el taxi de regreso al departamento de Sarah.

Más tarde, John traslada la ropa de la caja, que huele demasiado fuerte a cartón y se deformará fácilmente con la más poca humedad, a un nuevo cajón de plástico que se desliza fácilmente bajo de su cama. Por semanas John Watson tiene el placer de verse disponible de abrir la tapa de esa caja e inhalar el familiar aroma de Sherlock Holmes. En los días malos o cuando se despierta de alguna pesadilla particularmente violenta, cuidadosamente selecciona una camisa de la caja y duerme con ella presionada contra su rostro.

Pero a pesar del cuidadoso racionamiento y los esfuerzos para abrir la caja de ropa tan poco como sea posible, el aroma de Sherlock lentamente se desvanece a nada.