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Una reina llora

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Y ahí estaba ella, con su cabello recogido, luciendo dulce e inspirando actos de bondad con una sonrisa. Al igual que cualquier otro color, el blanco lo vestía como si hubiera nacido para hacerlo. Su rostro, suave y joven, se alzó tranquilo hacia él. Sus ojos, a diferencia del resto de su aura, gritaban nerviosismo, Joseph estaba seguro que solo él podía darse cuenta, porque había hecho lo imposible por volverse un experto en entenderlos.

“¿Cómo me veo?” Preguntó ella con la voz como un suspiro. Sus manos dejaron la falda que flotaba en su cintura y se unieron controladas en su regazo.

“Perfecta.” La sonrisa que le dio le hizo enamorarse otra vez, que pasaba seguido, porque no podía evitarlo, y tampoco quería. Detrás de ella las niñas de las flores jugaban con los pétalos y reían, ajenas a todo aquello que no les provocara júbilo.

“Listos en 3” Avisaron por el auricular, y Joseph suspiró. Tres minutos y se volvería real. Probablemente fue porque se estaba permitiendo ser demasiado vulnerable, porque una parte de su vida que nunca estuvo ahí realmente, de alguna forma, estaba siendo removida, pero Clarisse notó la ansiedad en sus ojos, y se acercó unos pasos hacia él. Las niñas dejaron de reír y giraron a verlos, y como si el peso de sus acciones realmente fuera tan influyente, se alejaron hacia sus posiciones.

No había música todavía, pero cuando Clarisse llevó sus manos hacia su rostro, Joseph pudo escuchar cantar al coro la marcha nupcial, y así enamorado por completo y sin remedio le miró a los ojos.

“Todo saldrá según lo planeado.” Prometió ella, como si tan solo decirlo lo hiciera real. Y Joseph le creyó, porque quería. Y porque no deseaba sobre pensar mucho que Clarisse asumiera la causa de su pesar, que estaba muy lejos de ser el resultado de la lista de pasos que la planificadora había enumerado.

“Las puertas.” Le dijeron al oído, y se hizo a un lado luego de asentir con ese rostro suyo que había moldeado la Academia, viendo cómo el padre de Clarisse la tomaba en su brazo y le sonreía con un amor tan claro y brillante como ella estaba acostumbrada. Un par de lindas palabras, buenos deseos y avanzaron alejándose de él. Y Joseph sonrió, porque se veía hermosa, tal y como cuando leía, o caminaba por la playa, o sentada acompañando a los árboles.

Y pensó entonces, enamorado y agradecido, cuánta suerte tenía de darle acceso libre a su corazón a Clarisse, porque sus pasos los llevaban a los dos, y él se sentía dispuesto a seguirla a dónde fuera, y a cuidarla en dónde peligrara.

Con un beso y una promesa frente al resto de la Unión Europea y de su país, Clarisse se casó con un rey, y luego fue reina, y el estatus de Joseph no cambió, pero no le importó, porque Clarisse le seguiría sonriendo al verlo al día siguiente.

Era suficiente, y le bastaba, no quería nada más, no todavía.