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Relationships:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2022-07-17
Words:
1,841
Chapters:
1/1
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18
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1
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116

El viento fluye donde le place

Summary:

Diluc organiza sus sentimientos mientras Venti busca escapar de ellos, pero al final ambos forman una hermosa sinfonia que perdurara en sus días.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Mientras secaba el vaso que tenía en sus manos Diluc dio un rápido vistazo a su alrededor para checar a la clientela, reconocía unas caras familiares, pero no encontraba la cara que estaba buscando.

Saco de su bolsillo un elegante reloj de plata que fue herencia de su padre y sus ancestros, en el cual conservaba su más preciado secreto, aquel que no permitiría que nadie viera nunca jamás porque terminaría siendo objeto de burlas por parte de Kaeya seguramente y los rumores se esparcirían con tal rapidez que incendiarían su reputación.

La hora marcaba las dos de la mañana en punto, dándole un último vistazo a la fotografía la guardo nuevamente en su bolsillo y continúo limpiando los vasos con la certeza de que esa noche sería una tranquila y sin problemas, sin Kaeya, sin Rosaria y extrañamente sin Venti, quien por esas horas ya estaría pidiéndole un par de tragos gratis a cambio de canciones que ya había oído en la plaza.

El bardo no apareció en toda la noche, para su sorpresa y era de extrañar ya que era un alcohólico devoto y el obsequio del ángel era la única taberna donde podía satisfacer su vicio. Diluc se acomodó el abrigo sobre los hombros para cubrirse el pecho del frio de aquella noche de invierno luego de cerrar la taberna y limpiar lo que quedaba.

De sus labios escapaba el vaho que producía su propio calor mientras caminaba a paso relajado al viñedo mientras la noche estrellada iluminaba su camino, al llegar Adelinde le recibió con la cena y la chimenea encendida.

—¿El joven bardo no le acompaña está noche? Ya había preparado la comida para ambos. —pregunto la rubia mientras retiraba el pesado abrigo color negro de los hombros del pelirrojo.

La pregunta desconcertó a Diluc quien estaba esperando que su bardo favorito estuviera esperándole pacientemente en casa, acurrucado en la chimenea y abrazado a una botella de vino que probablemente robo de por ahí.

—¿No ha venido aquí? —cuestiono Diluc.
Adelinde le respondió negando con la cabeza para luego servir la cena.

Diluc comió en silencio su comida, sintiéndose algo melancólico al respecto, habían pasado meses desde que el bardo de trenzas coloridas había llegado a su vida y en ese breve lapso de tiempo se había acostumbrado a la alegría que traía a la casa Ragnvindr, alegría que se había marchado con una noche de lluvia hace un par de años. Cuando termino de comer se limpió los labios con la servilleta y miro la silla donde Venti solía sentarse, aunque se hubo sentado en todas las sillas de la larga mesa hasta quedar más cerca del pelirrojo cuando encontró el lugar perfecto allí se quedó y allí es donde tras comer sacaba su lira y comenzaba a tocar canciones que hacían que Diluc comenzara a sentirse adormilado, casi como si le cantara canciones de cuna para enviarlo a dormir.

Esa noche Diluc no tuvo canciones de cuna, se sentía malcriado por un bardo al que acogió por pena en una noche de tormenta en la que le atrapo robando uvas del viñedo totalmente empapado de pies a cabeza, en lugar de verse angustiado o algo por el estilo Venti le dedico una sonrisa mientras se llevaba sin vergüenza una uva a la boca. Diluc debía de admitir que no fue simple pena la que lo llevo a acoger al bardo, sino una preocupación que no alcanzaba a comprender del todo porque ¿Cómo podía preocuparse de su propio arconte anemo? Aquel que destrozo montañas, comando dragones y libero a Mondstadt de la monarquía, a su lado no era más que un mero humano sin poderes más que el de una visión que se le otorgo, pero no era comparación con los poderes de un arconte, con los poderes de un dios.

Mientras yacía en su lecho mirando al techo Diluc se llevó una mano al pecho, sintiendo una extraña sensación en este como si le estuvieran oprimiendo con una fuerza invisible de la cual no podía deshacerse.

Cerro los ojos esperando caer dormido, cosa que logro sin dejar de lado en su mente a aquel bardo que ocupaba sus pensamientos.

 

[…]

Venti estornudo por decima vez en el día mientras deslizaba sus dedos por la lira, el medicamento que le dieron para su alergia contra los gatos estaba empezando a perder su efecto y no era para menos, un medicamente hecho para humanos jamás tendría el efecto esperado en un ser como él.

Diona le observaba desde la barra mientras hacia sus mezclas y el grupo de borrachos canturreaba las canciones del bardo que intentaba lo más posible alejarse de los gatos que le perseguían. La cantina estaba llena a rebosar y todos reían felices —a excepción de Diona que se frustraba con cada trago del cual sus clientes disfrutaban—.

Cuando la taberna cerro, Venti recibió sus monedas y se marchó rápidamente del lugar, sus pies le llevaron a la puerta de Mondstadt y se detuvo en seco sintiéndose avergonzado de sí mismo para girarse sobre sus talones y correr a uno de sus sitios favoritos de la ciudad. El frio del invierno le congelaba las mejillas mientras con cuidado escalaba la estatua, semi congelada por el clima.

Sentándose en las palmas de su versión de piedra miro a la distancia el árbol de Vennessa y suspiro.

—¿Qué es lo que estoy haciendo? —se preguntó a si mismo mientras dejaba caer su cuerpo en las manos de mármol, dejando sus piernas colgando.

Hacía frio y la tentación de volver al viñedo era inmensa, ahí lo esperarían un fuego acogedor, una comida caliente y por sobre todo lo esperaría Diluc que con un ceño fruncido le regañaría por robar otra botella o haber bebido demasiado aquella vez.

Pero no podía volver.

Se llevo las manos al rostro intentando hacer entrar en calor sus mejillas regordetas, sin éxito, pensó en que las manos de Diluc podrían calentarle el rostro y el simple hecho de imaginar que le tocaba con sus manos desnudas le hizo enrojecer, los ojos le brillaron por la idea y el corazón le latía con fuerza mientras en su mente estaba viendo al pelirrojo con una media sonrisa sosteniéndole las mejillas.

El viento frio le recorrió la espalda y logro reaccionar de sus fantasías.
Se incorporo quedando sentado y miro hacia abajo a las losas que conformaban el piso de la plaza con una mirada cabizbaja se llevó la mano al pecho y salto para caer con gracia en el piso.

Era hora de que emprendiera un nuevo sueño ya que los problemas de Mondstadt estaban resueltos y no había necesidad de que interfiera, con un dolor en el pecho suspiro para caminar hasta el árbol de Vennessa y ahí descansar.

[…]

Diluc se despertó con el alba en una cama vacía y desordenada, se levantó y puso en marcha su día, cuando salió vestido de su recamara le sorprendió saber que Venti no había dormido en casa aquella noche y su plan de interrogarlo para saber dónde había estado se fue al traste. Aunque ¿Quién era el para interrogar al dios de la libertad?

El viento fluye como le place y no hay forma de aprisionarlo, aquel pensamiento hizo que un nudo se formara en la garganta de Diluc mientras desayunaba en silencio.

Cuando salió del viñedo comenzó a caminar de vuelta a la ciudad para atender en la taberna, con la esperanza de que esa noche si apareciera Venti para poder charlar con él. Charlar con el sobre la conclusión a la que llego en la noche antes de poder dormir.

Estaba ansioso, y fue tanta su ansiedad que termino por buscarlo en la plaza donde solía cantar solo para encontrarse con otros bardos en lugar del que estaba buscando, miro por todos lados, sin rastro del joven.

—¿Dónde estará? — se preguntó mientras caminaba junto a viento y gloria, viendo de reojo a los gatos de la taberna.

¡Achís!

Escucho un estornudo familiar a lo que giro la cabeza para encontrarse con Venti saliendo de cola de gato hecho un desastre mientras estornudaba.

Diluc se iba a acercar, pero los ojos tristes de Venti mirando en su dirección le detuvieron.

—Maestro Diluc—saludo Venti conservando la distancia entre ambos y sosteniendo contra su pecho su lira.

—Venti. —dijo Diluc, sintiendo como el discurso que planeo en la noche se desvanecía de su memoria y no podía decir nada.

—Qué bueno que me encuentro contigo—hablo Venti, esbozando una falsa sonrisa mientras se distraía con la lira. —Es el momento perfecto para despedirme.

Diluc se quedó congelado en su sitio, ¿había oído bien? El joven planeaba marcharse ¿pero a dónde? ¿Dónde iría o sería necesario el arconte anemo? ¿Y porque sentía que el pecho se le caía a pedazos y le costaba respirar?

—¿Te vas? —pregunto el pelirrojo, avanzando un paso para acercarse al bardo.

—Ya no soy necesario aquí, Mondstadt tiene buenos protectores que la mantendrán a salvo, como tú, por ejemplo.

Diluc le sostuvo del brazo sin darse cuenta, sintiendo cierta desesperación consumirle como una llama consume a un papel.

—No te vayas. —Atino a decir, sintiendo que si no lo detenía era probable que nunca volviera a ver al joven de trenzas que lleno la mansión con sus canciones y su corazón con alegría.

Pero Diluc no era nadie para detener el curso del viento, el viento fluye como le place y va a donde quiera ir.

Venti miro al pelirrojo con pesar sintiendo su corazón pesado dentro de su pecho, sería un pecado quedarse y seguir a su lado, sería un pecado que un arconte y un humano tuvieran contacto más allá de lo formal, sería un pecado que quizá Celestia no perdone como no perdono a Khaenri’ah. Coloco su mano sobre el brazo del pelirrojo y agacho la cabeza.

—¿Por qué los sentimientos son tan complejos? —pregunto para sí mismo en voz alta, mordiéndose los labios con nerviosismo. —Parte de mi desea quedarse contigo para siempre, pero la otra teme que la orden celestial haga algo que pude detener.

Diluc permaneció en silencio sintiendo una chispa de esperanza nacer en su fuego e incendiar su corazón.

—No estarás solo. —Le dijo, y Venti alzo la cabeza para mirarle recordando a todos los amigos que había hecho en ese siglo y quienes como una vez le ayudaron lo harían otra vez. —Yo te entrego mi espada si es necesario, quiero protegerte, así como protejo a Mondstadt.

Venti soltó el brazo de Diluc y se llevó las manos al rostro sintiendo las mejillas arder y los ojos humedecidos por las lágrimas.

—Acabas de hacer llorar a tu arconte.

El pelirrojo le soltó para abrazarle y acurrucarle en su pecho, acariciándole el cabello como solía hacer su padre para consolarle cuando aún era un niño. Las manos de Venti en su espalda le hicieron tensarse, sin embargo, continuo con el abrazo, ignorando las miradas chismosas de los transeúntes.

—Prometo hacerte feliz.

Y aquella promesa, se juró Venti, haría lo posible por verla cumplir.

Notes:

Bueno, espero que les gustara. Siento que Diluc tiene temor de ser abandonado y Venti es de los que huyen de sus problemas en lugar de anfrontarlos como corresponde, en fin con HC mios nada más, nada serio y espero que mis ideas se plasmaran en este OS. Espero que este tenga una continuación R18 que si la cabeza me lo permite llegaría pronto.

Gracias por leer.