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Dragones tatuados en la espalda

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Primer movimiento
Izuku Midoriya


Todos ven a Izuku y creen que será fácil engañarlo. No parece estar metido en negocios sucios, ni ser un tipo que ve pasar cantidades impensadas de dinero sucio en camino a convertirse en dinero limpio por sus manos. Todos creen que bromea cuando explica las cuotas, los precios. «Es muy caro», dicen y luego pretenden engañarlo. Pero Izuku sonríe. Probablemente odia a todos los imbéciles que intentan convencerlo de que le haga las cuentas mal al «jefe» —pocos saben quién es y la mayoría ni lo ha visto—; le prometen maletas de dinero entero para él, creyendo ingenuamente que Izuku está en ese negocio por los billetes, como todos.

En realidad, Izuku Midoriya está en el negocio porque es demasiado listo para su propio bien.

(Y porque su papá es una mierda, todo sea dicho).

Hizashi Midoriya se casó con Inko Midoriya muy joven, lleno de sueños e ilusiones. Su madre aún conserva algunas fotos, todas guardadas al fondo de una maleta en el closet que nadie abre, salvo por accidente. En las fotos sale sonriendo con su cabello gris y parece un tipo normal. La palabra clave es esa: «parece». Se le daba bien pretender e interpretar un papel: por ejemplo, el de un marido que parece tener la vida resuelta y está a punto de abrir un negocio. Detrás de la sonrisa en las fotos sólo parece haber sinceridad, nada en su expresión indica que pidió prestado dinero a las mafias yakuza más poderosos de país y ahora está enterrado en deudas. Parece muy seguro de que su negocio triunfará y no acabará ahogando en los intereses del cochino dinero.

El problema es que las mafias yakuza siempre son más listas que uno; Izuku nunca supo sobre qué era el negocio de su padre. Eso es lo menos importante de todo. Sólo sabe que fracasó y empezaron a llegar los cobradores. Lo ocultó mientras pudo: Izuku era demasiado pequeño e Inko sólo tenía ojos para asegurarse de que su hijo no se matara trepando a un árbol para rescatar a los gatos que no podían bajar. Pero luego Inko descubrió la treta y Hisashi Midoriya se largó. Dejó atrás una esposa, un hijo y una deuda impagable.

Inko pasó parte de su vida escondiendo material ilegal para los yakuza. «Venimos de parte de All for One», decían en la puerta y a ella no le quedaba más remedio que abrirles la puerta y dejarlos remover cosas en la pequeña bodega del departamento mientras Izuku estaba encerrado en su cuarto. Quizá quería tapar el sol con un dedo, pretender que todo era normal; pero las paredes tenían el mismo grosor que una hoja de papel.

Por supuesto, cuando llegó a la adolescencia, decidió que iba a salvar a su madre de aquel suplicio.

«Sé hacer cuentas», le ofreció a uno de los allegados del Jefe Sin Cara, All For One, a quien nadie había visto en años. «Y sé pensar».

Era bueno en estrategia.

Y el hombre —con su cabello gris, casi blanco—, sonrió. Parecía un niño.

«¿Ah, sí?».

Izuku pasó siete años bajo sus garras. Hasta que llegó ella, se lo robó después de ofrecerle una vida más normal, más pacífica, en la que cobrares a los ricos cantidades enormes de dinero por hacer lo mismo que él le hacía a All For One. «Estaría traicionando a una mafia», dijo él. Pero ella sonrió muy segura: «No es traición si ellos comenten un error estúpido contra mí y yo te exijo como pago, ¿no?»

Pero All For One nunca cometía errores.

«Habrá que buscar la manera en que lo hagan», sonrió ella, ladina, hambrienta de dinero y de sacarle el suyo a los criminales.

Izuku se fue con ella.

Pasó de un pobre diablo que hacía cuentas para All For One y apenas si podía llevar dinero a la casa a fin de mes a un tipo que, un día normal, parecía alguien cualquiera, medio invisible. Traje negro, corbata negra (que ajustaba ella, por supuesto: él nunca a aprendido a anudarla bien); si se le quedan mirando un momento parecerá obvio que hasta el tiempo en un gimnasio. Nada más. No es hasta que lo ven en los bares controlados por los yakuza, con el cabello rizado peinado hacia un lado, con cara risueña —y por ello llena de peligro—, dos pistolas escondidas —y quizá algún cuchillo entre las piernas— y el tatuaje de un dragón que le recorre completo un brazo y la espalda.

Inko se lo vio un día.

«No quería que acabaras en ese mundo, Izuku».

Y él sonrió tristemente. «No importa», quiso decir, «no somos como el resto, estamos cobrándoles a los criminales todo lo que le hicieron a le gente desgraciada y pobre como nosotros». Pero todo aquello era muy complicado de explicar.

«Lo siento», fue lo que dijo. E Inko le revolvió el cabello y sonrió. «Cuídate», fue lo que dijo en ese gesto.

Así que Izuku está allí. Es quien espera a los que tienen cita con «el jefe», porque Kacchan es demasiado agresivo siempre: a nadie le gusta tratar con él. Espera en la puerta, con un cigarro de mentira metido entre los labios. Lo usa para jugar con él, buscar la calma. Y siempre que lo tiene entre los labios entiende un poco mejor a los adictos a la nicotina; aquel mundo está lleno de ellos. Recuerda a Dabi —de quien nunca supo el nombre real— que prendía un cigarro con el anterior y robaba cajetillas en todas partes. Shigaraki, que daba caladas cuando hacía un berrinche, robándole el cigarro a Dabi.

A Izuku sólo se le hizo el vicio de engañarlos con uno falso entre los labios, para ver si así dejaban de molestar. Los demás sabían que no trabajaba para All For One por voluntad propia y se ensañaban con él. ¿No quieres uno? Anda, sólo un cigarro. No más una calada. Nada más. Por eso hizo uno falso. Se rieron de él, pero dejaron de ofrecerle. Les parecía gracioso, amén de ridículo.

Ahora lo hace cuando está nervioso.

Hace años que no ve a quien espera.

—Izuku Midoriya. Tsk.

Shigaraki sigue viéndose igual, cinco años mayor que Izuku. Podría decirse que fue su jefe. Era el protegido del jefe sin cara, All For One. Protegido por decir algo, manipulado quedaba mejor. Nadie se sabía su historia, pero la manera en que lo trataba el jefe, cuando se molestaba en aparecer por allí, hacía que todas las alarmas de Izuku se prendieran.

—Tomura —dice.

Tuerce la boca al hacerlo. Le da lástima, porque lo ve hundirse en el fango que su jefe —o padre, a estas alturas— preparó para él, pero no le tiene aprecio. Sólo a veces, cuando lo veía sonreír —quien sabe si todavía sonría de aquella manera— cuando jugaba videojuegos o cuando lo veía mirar al Jefe con los ojos muy abiertos, como asustados, recordaba que una vez dijo que lo rescató cuando tenía cinco años. Nunca dijo de qué. Pero a Izuku nunca le pareció que o que hizo fuera un rescate. Entonces y sólo entonces deseaba extenderle una mano.

—¿Disfrutando del ascenso, rata traidora?

—No es traición si tu jefe me perdió. En una apuesta. —Todavía siente ganas de reírse cuando recuerda eso.

—Sigue fingiendo todavía que no fuiste parte de todo eso. ¿Dónde está? Tenemos una cita con tu jefe. O debería decir…

Izuku rueda los ojos.

«Di lo que quieras», piensa.

Es muy gracioso cuando piensan que ella quiere ocultar su identidad. Simplemente es muy privada. No va a los bares que frecuentan los demás. No se pasea presumiendo su poder. Sabe por qué todos acuden a ella. Sabe, sin más, que es la mejor en lo que hace, en aquello que controla y en los territorios en los que sus hombres se desenvuelven.

—Vamos —dice Izuku.

No se da la vuelta. Los deja pasar primero.

Están en territorio enemigo y supone que no van a intentar nada, pero nunca está demás tener mucho cuidado con Shigaraki. Todos recuerdan la historia de la vez que irrumpió en la guarida de Redestro y se hizo con el poder. Nunca está de más tener cuidado.

Izuku los dirige hasta los privados del bar. Allí donde hay menos ruido. Abre una de las cortinas y allí está, Kacchan sentado en el centro, como si fuera el jefe de todo aquello, con los brazos extendidos y las piernas también, dejando apenas espacio. Tiene aquella manía e Izuku sabe que lo hace para incomodar a las personas e irritarla a ella.

—Kacchan.

—Oh, todavía tienen al perro rabioso. ¿No deberían mantenerlo con una correa?

Kacchan le gruñe, haciendo honor al insulto. Izuku no considera que sea necesario dignificar aquello con ninguna clase de respuesta, ni siquiera un cambio de expresión. Dabi, por el contrario, se ríe. Acompaña a Tomura a todos lados e Izuku sabe que cogen. Cuando están aburridos, cuando están calientes, cuando quieren no más pasar el rato. Deku ha visto a Shigaraki ponerle una pistola a Dabi en la barbilla mientras lo tenía encima, con el pito al aire. Nunca supo si estaba cargada y prefirió no preguntar. Estuvo tentado también a borrar aquella imagen de su mente echándose lejía en los ojos.

—¿Te parece gracioso? —pregunta Kacchan. Y el gesto que le descubre una de las pistolas escondidas en su cadera, bajo su saco.

Dabi se calla.

—Así me gusta. Los perros rabiosos muerden —espeta.

En realidad, Kacchan desentona en aquella vida. Sí, tiene un dragón tatuado en la espalda —por ella, por supuesto, por ella: ni Izuku fue capaz de convencerlo—, pero desprecia a todos los miembros de las mafias yakuza por igual, desprecia los vicios —entre los que cuenta la manía de Izuku con el cigarro, sólo por chingar— y lo único por lo que parece tener interés es por hacer explotar cosas. Fueron amigos de la infancia, y vivieron en el mismo barrio controlado por la yakuza. Dejaron de tener contacto como a los cuatro años y, la siguiente vez que Izuku vio a Kacchan, este la seguía a ella con cierto interés. Nunca habla de su pasado, pero Izuku sabe qué pasó algo que lo hizo acabar en el mismo mundo que desprecia. Todos lo saben. Una vez que cruzas camino con las mafias, la única salida es la muerte.

Mejor aprender a vivir en ese mundo.

—¿No debería tener bozal, Izuku Midoriya? —pregunta Shigaraki, sonriendo de medio lado—. Me sorprende que todavía no te haya contagiado la rabia. Considerando… tu cuello.

La pausa antes de las últimas palabras es deliberada. Le hace saber a Izuku que se ha fijado.

Izuku podría rebatir, decirle que no sabe de lo que habla. Pero Shigaraki lo conoce más de lo que cualquiera. Sabe lo que ocurre a las puertas cerradas de esa organización yakuza. Todos los jefes —o los cercanos a ellos— lo sabe. Los han visto. Las miradas, los roces, la manera en que Izuku y Kacchan se posicionan siempre a cada lado de ella. La manera en la escuchan.

Así que Shigaraki tiene razón: Kacchan muerde.

Y las marcas no están solo en su cuello.

Están en sus muslos, sus caderas. Las hay en su espalda, justo arriba de los omóplatos. En sus hombros. A veces incluso en sus brazos. Los dientes de Kacchan en su cuerpo.

Al menos, hace un esfuerzo por no sonrojarse.

—No eres merecedor ni de que te contagie la rabia, inútil.

—Tsk. Ojalá hubieras sido a los dieciséis años. El jefe te hubiera apreciado más.

Y algo se ensombrece con aquella mención en el rostro de Kacchan. Parece que está a punto de abalanzarse sobre Shigaraki e Izuku comprende que se refiere al pasado, pero no más. Por suerte, antes de que Kacchan intente moler a puñetazos a Shigaraki o lo amenace con una pistola, una voz los interrumpe.

—Caballeros.

Hay algo en su voz. Un tono que hace que todo alrededor permanezca en silencio cuando ella está hablando. Izuku es el primero que voltea a verla, pero Kacchan alza la cabeza un poco después. No abandona su actitud retadora, no enfrente de Shigaraki o de Dabi.

Ochako Uraraka, el jefe, los saluda desde la entrada.

Lo de «el jefe» es una broma. Izuku y Kacchan se han encontrado innumerables veces con inútiles que insisten en conocer al jefe de su organización y, cuando lo hacen, dudan si quiera que Uraraka maneje operaciones tan grandes para convertir dinero limpio en dinero sucio. «No, el jefe… jefe, no su secretaria», dicen algunos. Si cometen ese error, Kacchan suele golpearlos con la pistola y no vuelven a hacer negocios nunca. De paso, Izuku se asegura de que no consigan hacer negocios con nadie más, saboteando todos sus intentos.

Ochako es bajita de estatura, pero su presencia impone. Todos en aquel mundo han aprendido a no dudar de ella y a respetar a la dragona que se asoma tatuada por su brazo.

Shigaraki y Dabi optan por tomar asiento en los lugares que están disponibles antes que seguir peleando con Kacchan.

—Me parece que tenemos más clase que esto —dice, con cuidado, dirigiéndose hacia donde está Kacchan, quien le hace un espacio para que se siente.

—Nah —responde Kacchan—, dudo que la escoria la tenga.

Ochako rueda los ojos, pero no dice nada.

Izuku se traga sus palabras, pero piensa más o menos lo mismo que Kacchan —aunque él sí lo diría con más clase, fingiendo ser mucho más amable de lo que las balas que ha dejado detrás indican.

—Tomura —dice Ochako—, creí que había quedado claro que tras el último error de All For One, lo mejor sería no cruzar camino de nuevo.

—Sabes que ese error fue causado —espeta Tomura—. Uraraka.

—No tengo ni idea de qué hablas.

El error que le había costado a All For One la posesión sobre Izuku Midoriya y la deuda que había heredado de Hisashi había sido provocado. Pero no había pruebas. Shigaraki y los suyos podrían chillar todo lo que quisieran, pero nunca llegarían al fondo del asunto.

—Oh, cuando sepas de qué se trata, no querrás dejarlo pasar. —Dabi abre la boca la primera vez—. ¿No eres la Santa Patrona de los casos perdidos de la mafia, Ochako Uraraka? Al menos así hablan de ti quienes saben quién eres.

Kacchan bufa, pero no dice nada más.

Shigaraki extiende una foto que pone sobre la mesa frente a él.

—¿Y esto es…? —pregunta Izuku.

En la fotografía se ve una niña. Tiene el cabello blanco y no se puede apreciar gran cosa más de ella, salvo que tiene los brazos vendados.

—Es la nieta del antiguo jefe de los Shie Hassaikai —dice Shigaraki.

—¿Y? —pregunta Kacchan.

«¿Por qué nos interesa a nosotros una niña?», quiere decir su rostro.

—Dicen que Overhaul la tiene secuestrada para poder controlar al jefe —responde Shigaraki—. Comprenderán que esta es una oportunidad única para acabar con los Shie Hassaikai.

De todas las mafias que desprecia Kacchan, Izuku sabe que aquella es una de las que más, sólo superada por la organización de All For One. Odian a su jefe interino, Kai Chisaki, que se hace llamar Overhaul que, de tener una organización mínimamente respetable dentro de la yakuza, los llevó al despeñadero y los hizo perder toda la dignidad por un poco de poder. Dicen no ser criminales al uso, pero los cierto es que matan como si lo fueran.

—¿Por qué acuden a mí? —pregunta Uraraka.

—Eres la Santa Patrona de los casos perdidos de la mafia. Esa niña podría quedar bajo tu protección. ¿No llenas hoteles usados para lavar dinero con familias sin casa, para rabia de los ricos dueños que quieren que escondas su dinero sucio pretendiéndolo limpio? Podrías hacer tratos con el jefe de los Shie Hassaikai, alianzas, jurarle que protegerías a su hija allí donde él no puede. Si la salvas las garras de Overhaul, te lo concederá.

Izuku se concentra en el rostro de Ochako. No cambia, a pesar de que Izuku sabe que la están tentando. No por la alianza posible. No, es por la niña. Ninguna niña merece ser usada como moneda de cambio. Lo demás no importa si le permiten salvar a la niña.

—¿Cuál es el truco, Tomura?

—Nosotros tenemos la localización.

—¿Qué quieren?

—Participar. Tenemos espías adentro.

«Quieren sacarlos», comprende Izuku.

—¿Y?

Es demasiado poco. Ochako lo sabe y por eso sigue preguntando.

—Un pedazo de la alianza que formes con el jefe si logras rescatar a la niña.

Pero eso es una apuesta. No saben si ocurrirá. Ochako lo sabe. Tiene que haber algo.

—¿Qué más, Tomura?

—A Izuku Midoriya de vuelta.

Y esa vez, la respuesta es instantánea:

—No.

Izuku alcanza a ver a Kacchan incorporarse un poco, aún sentado a un lado de Uraraka. Se lleva la mano a la cintura, en una clara amenaza por sacar una pistola en ese momento.

—Te estoy ofreciendo el dominio de la mafia a cambio de uno de tus hombres.

—Izuku no es una moneda de cambio —replica ella—, piensa en algo más.

Tomura se pone en pie entonces.

—Es la única condición con la que estamos dispuestos a pasar la información —dice Tomura.

—No podrás rescatar a tus espías si…

—Era sólo una manera de hacerlo más rápido —interrumpe Dabi.

—¡No tienes los hombres suficientes para hacerte tú con el control de los Shie Hassaikai! —insiste Uraraka. Kacchan un cambio en su voz y, al ser quien está más cerca, pone una mano en su hombro.

—¿Y quien dijo que quería hacerme con su control? Demasiado trabajo. Si no entregas a Izuku Midoriya, Uraraka, no hay trato.

Kacchan aprieta su mano sobre el hombro de Ochako. «No digas nada». Es bueno en eso, porque es el más impulsivo y al que más le cuesta tener control. Entiende que hay momentos en los que Uraraka está a punto de perder los estribos, tal como él y que es el único que puede contener su furia y su decepción. La relación entre Izuku y Ochako no es así. Izuku no puede contenerla. A cambio, le da lo que quiere. Se entregaría al infierno si eso hiciera feliz a Ochako.

Así que los dejan irse, a Dabi y a Shigaraki.

Nadie les muestra la salida y, una vez que Izuku se asegura que ya no están merodeando por el bar, cierra la puerta del privado.

—Quieres rescatar a esa niña.

No es una pregunta, no es necesario. Entiende a Ochako. Shigaraki no estaba tan equivocado al llamarla la Santa Patrona de los casos perdidos de la mafia.

—¿En serio estás considerando volver a hacer tratos con All For One para esto? —espeta Katsuki.

Katsuki llegó después de Izuku a aquella organización. Se reencontraron después. A estas alturas, lo único que le queda claro sobre Kacchan es que fue secuestrado por la organización de All For One una vez y que lo hirieron otra. Pero no habla de los detalles.

—Quizá sea la única manera.

—La única manera, mis huevos —espeta Kacchan—. No vamos a negociar con alguien que quiere a Izuku como moneda de cambio. Nos entregaron la información de lo que ocurre dentro de la organización de los Shie Hassaikai a cambio de nada porque creen que no seremos capaces de encontrar otras alianzas para rescatar a esa niña.

—¿A quién sugieres, Kacchan?

Izuku se aproxima hasta ellos.

Y Kacchan sonríe a medias.

—Aizawa. Me debe un par de favores.