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Release the bunny [Omegacember]

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—Abre la boca, cariño.

Eiji lo obedece, presionando levemente sus párpados, sus pestañas se bambolean con la ternura de un colibrí, su boca esconde una sonrisa traviesa, sus orejas se alzan delatando la expectación, queda su merced, permitiendo que lo alimente con pasta recién hecha. Ash ha estado las últimas semanas pidiéndoles consejos a Griffin y Jessica acerca de la cocina, espera que su trabajo haya rendido frutos luego de horas de cocción. El conejito degusta de la salsa antes de mirarlo, su expresión deja estático al universo entero ante lo sublime que es. Es un bastardo afortunado, lo piensa por milésima vez.

—Has mejorado mucho. —Un suspiro de alivio brota de lo más profundo de su garganta.

—Me alegro. —Se encuentran enfrente de la cocina, con un desastre de masa entre diferentes ollas, sartenes y empaques de salsa—. Quiero poder hacerles bento a mis cachorros.

—Aún te falta algo de práctica. —Ash acomoda sus palmas sobre el vientre de su omega, está más abultado y eso le encanta—. Quieres aprender a cortarles la comida con formas, ¿no?

—Sí. —Una patada energética es la respuesta, aunque el médico explicó que era una buena señal, suelen cansar fácilmente a Eiji, impresionan ser revoltosos, no le sorprende siendo honesto, poseen sus genes, incluso desde una ingenua edad le causó problemas a Griffin por la hiperactividad—. Voy a practicar más hasta perfeccionarlo, les haré bentos deliciosos.

—Eso es dulce. —El alfa se agacha para quedar a la altura del vientre—. Son afortunados.

—Lo merecen. —Le presiona un beso por encima de su camiseta, jamás recuperará estas prendas y lo sabe, sin embargo, vale la pena—. Merecen todos los mimos del universo. —Eiji le obsequia una de esas sonrisas soleadas, esa misma que lo enamoró apenas entró a su alma, sin permiso ni perdón, con una mirada ingenua y el corazón sangrante en la manga—. Seré el mejor padre, lo prometo.

—No me cabe duda.

—Serán los cachorros más amados sobre la faz de la tierra.

—¿Quién diría que serías un padre consentidor?

—Lo sé.

Se para, al alfa le toma un par de minutos registrar la escasa distancia entre ellos dos, quedan rostro a rostro, con esos ojos de ciervo perdido chispeando una tierna ingenuidad recubierta de melancolía a causa de sus caídas. Piensa una vez más en lo difícil que este chico es de comprender, en su idioma polvoso, en idioma «Eiji» que lo tiene usando tablas para leer jeroglíficos o investigando acerca de lenguas muertas, ese que devela cada día más porque mierda, ama conocerlo y desglosarlo. Incluso las flores más alegres y brillantes necesitan paciencia para florecer, no se imponen con una supuesta belleza agresiva igual que las rosas, estas hay que contemplarlas, esperando el brote, y es inspirador apreciar cómo esa simpleza transmuta a una chispa sublime.

Recuerda que cuando recién se conocieron juró que tras esa ingenuidad fulgurante se escondía algo más, mucho más doloroso y crudo y se cuestionaba constantemente acerca de cuánto duraría aquel baile de escamoteo, donde Eiji le daba sonrisas delicadas y juveniles pero encerraba sus fantasmas en cajas de cristal craquelado. No es un ángel, se repite constantemente, no está aquí para salvarlo, ni él ni sus hijos y que bueno, que bueno que no se aferró a la idea de que alguien más podía salvarlo porque de ese modo, jamás habría alcanzado sus ilimitables límites.

—Deberíamos comprar más víveres por si acaso. —Sus palabras retumban como ondas en un mar de incertidumbre, como diminutas gotas cayendo para desintegrarse en la infinidad de la realidad.

—Si es lo que quieres, onii-chan. —Se burla—. Ve por tu abrigo, también quiero pasar a comprarles más ropa, no pasarán frío cuando nazcan.

—No necesitan más ropa, tienen un closet lleno.

—La necesitan, no permitiré que la víbora critique su estilo. —El omega bufa, no con molestia ni con indignación, es más bien un desahogo entretenido.

—Tú ganas por esta vez.

—Claro que lo hago.

Eiji desaparece hacia el cuarto y Aslan sale al balcón, revisa su teléfono para encontrar las llamadas de Jim atiborradas en largas listas, quiere saber acerca del nacimiento de los cachorros, no sabe qué sentir en realidad. Una parte de él se alegra de contemplar cambio genuino, ha sido abuelo decente dentro de lo que se le puede exigir al vejestorio (no tanto como Max, por supuesto), les ha regalado varias cosas de bebé que Ash solía usar, el omega ha quedado fascinado con los tesoros y conmovido para utilizarlos. Pero otra parte duele, no puede evitar atormentarse, no se portó así con él.

¿Qué hizo mal?

¿Por qué no lo amó lo suficiente?

¿Por qué a ellos sí y a él no?

Ash suspira, no quiere rumiar en sus pensamientos así que saca un cigarrillo a escondidas, después de un año terapiado este es el único vicio que le queda, le sorprende la poca cantidad de recaídas que ha presentado, probablemente se ha mantenido fuerte a un nivel inconsciente por el embarazo. Examina la cajetilla con disgusto, son de esos baratos artesanales que Shorter adora, el bastardo le ha robado los suyos y dejado esta baratija a cambio, presiona la rueda del encendedor, apoya sobre la baranda sus codos para contemplar ese basural y fuma.

—Hola. —No se alcanza a ahogar cuando este entrometido lo encuentra, viste un polerón beige que le ha robado del closet y una bufanda jodidamente mullida y esponjada que le da una apariencia mil veces más linda, es un deleite visual—. Venía a fumar. —Proclama, provocando que él ría nervioso a causa de tan patética falsedad. ¿Acaso nunca aprenderá a mentir mejor? Espera que no.

—¿Dónde están tus cigarros?

—Se me acabaron. —Dios, sus mentiras son peor que la primera vez.

—Puedes usar los míos. —Lo dice en broma, extendiéndole la cajetilla, sabiendo que no fumará en pleno embarazo—. También el encendedor.

—Eso es bastante amable de tu parte. —El omega se acomoda el cigarro entre los labios sin llegarlo a tocar de verdad, está fingiendo y Aslan tiene muchas ganas de reírse por eso, rueda el encendedor no una, sino diez veces sin lograr que el aro friccione, él se ve en la obligación moral de ayudarlo—. Estoy un poco oxidado, no he fumado desde anoche. —Recuerda la conversación con suma claridad, en ese entonces ni siquiera se imaginaba cómo cambiaría su vida.

—Ten. —Le prende el encendedor, es un hijo de puta que odia perder.

—Está delicioso. —Pero Eiji es aún peor, ni siquiera está fumando, solo sostiene el cigarro encendido cerca de su barbilla y las pupilas ya le están llorando, se ha vuelto mucho más susceptible a ciertos aromas, por eso evita el tabaco para anteponer su bienestar, es un bebé, piensa—. Es dulce.

—Apestas fingiendo. —Se burla, golpeando las suelas de las botas contra los bordes del barandal—. ¿Por qué te torturas así?

—Porque mi novio fuma y si la única manera de mostrarle que le hace mal es fumando también, lo haré. —Claro que lo hará, está hablando con el rey de la terquedad, espera que sus hijos no hereden ese gen de Eiji y se burla con la idea.

—Lo entiendo. —Entonces, apaga el cigarro y lo deja caer—. ¿Feliz?

—Mucho. —El conejo se acurruca a su lado, incluso con esas gruesas prendas impresiona tener frío, eso incita a Aslan a quitarse su abrigo escarlata y acomodarlo entre ellos dos, es una excusa, quieren estar más cerca y ambos lo saben, pero se permiten este instante de felicidad robada, da igual.

—Jim me preguntó por el nacimiento. —No necesita que su novio saque el tema, él mismo lo pone.

—¿Lo quieres ahí?

—No lo sé. —El carraspeo gotea de su voz, su atención pende hacia la luz grisácea que emana contra la ciudad, es un paisaje horrendo, construcciones infinitas, escaleras de incendio precarias y tiendas que son una estafa, pero ha aprendido a amarlo, en parte se deben a las fotografías de Eiji—. Pero él nunca se mostró tan emocionado conmigo y… —El pecho le punza—. Estoy contento de que sea menos desagradable, que de verdad lo intente, solo me hiere la diferencia.

—Aslan.

—Es bastante egoísta, le pedí que cambiara, fingí ser un hombre nuevo pero sigo guardando rencor. —Y basta de esa tímida revelación para que la imagen que se presentó de sí mismo se fracture, se llene de grietas viejas y de cicatrices que ha maquillado con el positivismo falso—. No seré un buen ejemplo para nuestros bebés.

—¿Quién es un buen ejemplo todo el tiempo? Ash, eres un ser humano, está bien que sigas con esa clase de emociones hacia tu padre, te hizo mucho daño y que intentes dar vueltas la página con Jim ya es algo gigantesco que deberías ser capaz de vislumbrar. —Es sumamente fácil pasar de identidad quebrada a esta imagen sublime, a esas pestañas brunas y largas.

—Lo sé.

—¿Crees que no le guardo rencor a mi familia por su reacción inicial? Claro, ahora quieren conocer a los bebés porque ya van a nacer y vieron que no cambié de idea, a mi parecer es egoísta fingir que todo está bien y no hablar sobre eso. —Sus palmas se entrelazan por encima del fierro, la ciudad no tarda en aullar con sus rayos dorados quemando el cielo—. Tanto las emociones buenas como malas están ahí por algo, el problema ocurre cuando se dejan de mirar porque son incómodas.

—¿Por qué siempre sabes qué decir?

—No siempre sé qué decir, la mayoría del tiempo estoy muy asustado. —Su agarre cae inconsciente encima del vientre—. Ellos me aterran tanto, cada día se tornan un poco más real, pero… —Las gotas caen y caen encima del océano de brea, las ondas crecen kilómetros a la deriva, son más suaves que los fulgores del alba, pero más tristes que una desolación vacía—. Tenerte conmigo me hace fuerte.

—Eiji.

—Veo el esfuerzo que estás haciendo, día a día te veo luchar para vivir, me duele que tenga que ser así pero también me llena de orgullo tu determinación, por eso pretendo hacerme más fuerte a tu lado, aunque nuestros problemas no son comparables… —Esa mirada de ciervo se esfuma, siendo reemplazada por esa pasión inquebrantable que le mostró al saltar—. Tampoco me dejaré vencer.

—Eres increíble. —Ash presiona un beso en su mejilla—. Espero que lo sepas. —Ambos se encogen dentro del abrigo, el clima está helado aunque el sol pinta una acuarela iridiscente en el cielo.

—Y si Jim te lastima, siempre puedo golpearlo con un tubo.

—¡Eiji! —Chilla.

—¿Qué? El salto de pértiga es un deporte rudo.

Idiota.

Su dulce y lindo idiota.

Adorarlo es poco para expresar sus sentimientos. Porque esto es todo, es Eiji, Eiji, Eiji resonando un millón de veces en su cabeza cuando tendrá una recaída o vacila, la inseguridad es tan humana como retroceder en un proceso fluctuante. Su omega es su motivación, no, no es motor de su motivación, uno no puede andar viviendo por el resto, si se vive por el resto se termina odiando a quien lo fuerza a vivir, el resentimiento se acumula, es natural. Pero Eiji sí retumba en el rabillo de su ojo siendo un recordatorio de que cada vez que se rompe no tiene que arreglarse, no está roto, solo transmutando hacia su imagen genuina, eso está bien, el tema es doloroso, igual que reescribir, algunas noches lo deja varado y otras destruido.

Está perfecto, va a su propio ritmo, tiene todo el tiempo del mundo para descifrarlo y le encanta.

—Estoy orgulloso de que te decidieras matricular en la universidad. —Eiji deja escapar la confesión en el aire, las ondas se expanden alrededor del océano que es su alma hasta estallar en un huracán—. No tuve la oportunidad de decírtelo antes, pero me hizo muy feliz.

—Porque tendrás un marido doctor.

—No recuerdo que me hayas propuesto matrimonio. —Se burla, calando hacia lo más profundo del alfa con una delicada sonrisa y ese es el encanto del omega, no necesita de armas para dejarlo con el corazón doliente o heridas de batalla, la única defensa que precisa para luchar es su amabilidad—. ¿Dónde está mi anillo, doctor? —Alza la mano, sus pies juguetean contra el balcón, da cosquillas.

—Estoy ahorrando para uno todavía. —Nueva York despierta, desplegando una sinestesia de colores que dejan afuera, se encuentran demasiado embelesados dentro de su burbuja de amor—. Te daré el anillo más bonito que el dinero pueda pagar.

—Estoy bien con cosas simples.

—Oh, no es para ti. —Se mofa—. Es para que Yut-Lung no diga nada sobre mi impecable gusto.

—Eres competitivo. —Susurra, acurrucándose todavía más cerca bajo el chaleco, estos momentos de puro confort y suavidad han devastado al alfa, craquelaron su carcasa en el Kilimanjaro, el hielo se derritió, pero solo así pudo ver que efectivamente no es un leopardo, es un gatito muy necesitado de gentileza y amor—. De verdad me siento orgulloso por tu coraje.

—¿Coraje?

—Toma mucho de eso perseguir tus sueños. —Por la bruma que empaña sus pupilas sabe que habla desde la experiencia—. Me hace feliz verte así.

—También me hace feliz verte retomando la pértiga, apenas sea tu primera competencia haré barra con nuestros bebés. —Un tierno rubor colorea las mejillas de su pareja—. Estarán orgullosos de que su padre pueda volar, seguramente me preguntarán por qué ellos no y tendremos deportistas. —Aslan frunce el ceño—. Eso es malo, debo convertirlos en ratones de biblioteca antes.

—Eres tan tonto.

—Con 200 puntos de IQ, muchas gracias.

Ambos se ríen, Aslan es incapaz de apartar la mirada de su pareja, es una idea extraordinariamente infantil y lo sabe, pero cree que Eiji y él siempre estarán así, molestándose mutuamente, intoxicados por el enamoramiento, cambiando de forma constante pero al mismo tiempo, siendo ellos con una especie de esencia inmutable, él quiere enfrascar esta sensación.

Es maravilloso.

Incluso siendo ateo, le agradece todos los días a ese mismo Dios que jamás lo escuchó.

Gracias por dejarme estar vivo para esto.

No me los quites todavía, dame solo un poco más de tiempo.

—Ya deberíamos entrar.

—¿No querías comprar? —Eiji ladea la cabeza, meciendo esas orejas esponjadas en un gesto que debería ser ilegal, su cola no ha dejado de tocar aquel pompón negro por debajo de la gabardina, es lindo, no le molesta más su naturaleza animal.

—Pidamos a domicilio, quiero estar acaramelado contigo. —El ronroneo escapa de lo más profundo de su garganta apenas su novio se alza en la punta de sus pies para besarlo de improviso.

—Me encanta esa idea, doctor Callenreese.

Joder, este terco es su perdición.

Lo siguiente que sabe es que están bailando en medio de la sala, con la ropa de cachorro esparcida por doquier, con juguetes en los sillones, peluches en la alfombra y un coche plegado en la entrada, bailan una canción imaginaria, son jóvenes, tontos y están perdidamente enamorados. Aunque sean incapaces de escuchar la tonada, dan movimientos suaves, se balancean en sus talones, con aquella bufanda mullida escondiendo sonrisas y la gabardina cayendo al suelo, aumentan la velocidad en el crescendo supuesto, sus pasos se tornan más complicados, Eiji no es un buen bailarín, pero Ash no tiene problemas en guiarlo hasta que sigue el ritmo, van paso tras paso, acaricia cada músculo que toca con suma devoción, se profesan ligeros durante esos roces, como si estuviesen danzando en el cielo en lugar del barrio más bajo de Downtown.

—¿Estamos practicando para nuestra boda? —Detrás de esa burla Ash puede vislumbrar el anhelo, no puede evitar pensar que esta cursilería es linda, que vivir ha dejado de ser una lucha diaria y que ama, ama mucho lo que ha logrado tras diez años muerto.

—Eso mismo estamos haciendo. —Le hunde los dedos en la cintura, el vientre los aparta, más nunca lo suficiente, es un embarazo pequeño en comparación al resto, incluso con dos, sus hijos serán muy frágiles y teme tanto que le emociona—. Nuestros cachorros irán a nuestra boda, es gracioso.

—Podemos pedirle a Shorter que les explique. —El alfa se atraganta con la idea.

—Adoro al idiota, pero no permitiré que eduque a mis cachorros, he escuchado las conversaciones que tiene con Sing. —La risa de Eiji es suficiente para que el mundo se esfume—. Le deseo suerte a la víbora.

—Pero admites que hacen una pareja bonita.

—No bonita. —Musita—. Tolerable.

El ritmo disminuye, Aslan lo da vueltas, enredando tanto su cola como sus manos encima del vientre de su adoración, esa matita abenuz le hace cosquillas bajo el mentón, las feromonas suspenden en una capa mágica y ligera, están flotando mientras el mundo se acaba, abrazados, sienten los latidos del otro a través de la ropa, con una canción que se reduce a respiraciones nerviosas y risitas ilusas, nunca antes había usado estos dotes de élite que Dino invirtió en algo que genuinamente anhelase, pero ya es libre y no le teme más a la libertad.

Es libre.

Será un papá.

—Ash…

—Te amo. —Musita, presionándole un beso en el cuello.

—También te amo, cariño. —Pero el tono de Eiji es extraño, su respiración aumenta de golpe, se ha disparado en un santiamén a una tonada rápida y saltada, increíblemente violenta—. Se me rompió la fuente.

—¿Qué? —El alfa mira hacia el piso, como sus botas son impermeables ni siquiera lo notó.

—Se me rompió la fuente. —Repite, repleto de júbilo—. Ya vienen.

—¡¿Ya vienen?! —El pánico lo inunda, tiene ganas de alzar a su novio en el aire mientras lo gira y le llena la cara de besitos, quiere celebrar, gritar, bailar o cualquier otro cliché adolescente que disfrute de existencia en las películas ochenteras—. Mierda, al hospital.

Sus cachorros vienen.

Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen.

¡No está listo!

Lo siguiente que pasa es una secuencia difusa, escucha la sirena de la ambulancia, las luces coloridas le queman las pupilas mientras aprieta la mano de su novio, el chirrido de la camilla hacia un cuarto incoloro, la peste del antiséptico, las tediosas conversaciones del doctor, le dijo que deben hacer de una cesárea cuanto antes, al parecer uno de los cachorros se asfixia con el cordón umbilical y eso le retuerce las tripas. La falta de Eiji pesándole en sus propios huesos, su miedo líquido inyectándosele en las venas mientras espera y espera frente al pabellón, espera que lo llamen para que se presente al nacimiento, suplica para que estén bien, para que todo salga bien o sino…

No sabe qué hará.

Reza.

Reza siendo ateo.

—Eiji… —Permite que ese nombre brote de sus labios, se aferra a su camisa, el corazón le sangra, le sangra demasiado—. Perdóname por no poder estar a tu lado. —Se quiebra frente a la ventana que tiene la sala de emergencias, esconde su pena con su antebrazo, se derrumba, no puede hacerlo si es un papá, debe mantener fe—. Por favor, no me los quites. —¿Fe a qué? ¿A un Dios falso? Llora—. Por favor, Dios. —Llora porque se siente impotente e inútil acá—. Llévame a mí en su lugar.

Y reza más.

Le da igual ese trauma religioso, le da igual si lo ha ignorado toda su vida y aquello es la sátira cruel que tiene por castigo, le da exactamente igual haber perdido la fe si sigue orando por su seguridad, porque mientras no le fallen a Eiji…

A su Eiji.

A sus cachorros.

Por favor, Dios.

No te los lleves, no me dejes solo otra vez.

—Ash… —Max es el primero en llegar, no sabe cuántas horas lleva acá, esperando a que su novio tenga las contracciones suficientes para que empiecen, no sabe si ha comenzado, no sabe si ambos bebés están con vida, no sabe nada porque no tiene cabeza suficiente para pensar—. ¿Estás bien?

—Tengo miedo.

Y Ash se derrumba en los brazos del adulto, se permite ser ese frágil niño, ese que necesitó consuelo y finalmente lo recibe, Max no duda en sostenerlo de regreso, en mitigar sus temblores, mejor que nadie debe entender lo aterradora que es la incertidumbre durante un nacimiento, esa empatía con la que lo acuna, esa misma que antes le habría revuelto las tripas, lo salva en este pasillo amarillento, con luces muertas, timbres que le taladran las orejas y la impotencia a carne abierta, desea cambiar de lugar, daría lo que fuera para que su vida peligrara y la del omega no.

—Están bien. —Se lo promete, apartándolo para poderle limpiar las lágrimas, a Max no le da asco que esté moqueando como un crío de cinco años, al contrario, se mira conmovido.

—¿Cómo sabes? —La voz apenas le escapa en un quiebre—. ¿Y si nacen muertos? —Tiene mucho miedo de que sea así, Eiji no lo resistiría, no apetece más tragedia, basta, ha escalado muy duro para recaer ahora, no obstante, es un humano y son sus hijitos. Cuatro espinas, tiene solo cuatro espinas para protegerse, ¿de qué le sirven? No son suficientes.

—No lo harán. —Max sabe que arriesga el pellejo al musitar eso, qué Aslan no lo perdonará si llegan al peor escenario porque el chico es frágil, no le agrada la decepción que conllevan las promesas ni pretende alimentarla—. Son hijos de ustedes, serán tercos hasta el final. —Eso lo hace sonreír.

—Eso espero. —El periodista no lo deja de abrazar

—Claro que sí, ya lo verás.

—¿Fue tan aterrador cuando nació Michael?

—Lo fue. —Es sincero—. Quería meterme a golpes a la sala de parto, pero al final me llamarón y las cosas salieron bien, te prometo que estarán bien.

No puede respirar, acá entiende aquel vínculo incondicional que conlleva la paternidad, ama a sus hijos aunque ni siquiera han nacido, los ama al punto de ser irracional y eso le alegra. Es una fuerza poderosa, es distinto a cualquier amor que ha sentido, es el otro lado de la moneda de aquel cariño que le ofrece constantemente Max, es algo que si bien, no lo incita a matar o morir por ellos, lo hace quemar su negativismo o cualquier otro síntoma porque es fuerte, es fuerte por ellos, es dos cosas, es tanto ese niño que necesitó confort como el adulto que debió salvarlo, es todo lo que se le negó, todo lo que ha evitado y todo lo que siempre ha sido.

Es Aslan, solo Aslan.

—Tenía miedo de no quererlos. —Deja escapar su última ambivalencia, juntando sus nudillos contra su frente sudorosa, mira las gotas pender desde una mezcolanza dorada hacia las baldosas grises—. Me daba mucho miedo no poder ser como tú. —Eso toma por sorpresa a Max, quien es incapaz de disimularla—. Porque quiero ser tan buen papá como tú y… —No sabe qué está diciendo.

—Ash.

—Pero ahora siento que moriré en cualquier momento, ese es mi confort, sé que los amo, sé que los amo y soy capaz de cualquier cosa por ellos y me alegra. —No se da cuenta de que está llorando hasta que le vuelven a secar las lágrimas, se profesa década más pequeño frente a esa mirada gentil, el beta no vacila en sonarlo como nunca lo hizo una mamá o un papá pero quería.

—Jamás dudé. —Max tensa aún más el abrazo encima de sus hombros y Ash deja que lo toque, no es una caricia inherentemente mala, al contrario, lo reconforta y al carajo las etiquetas, no necesita más de ellas, le gusta el contacto físico seguro y consensuado, quiere ser un padre y una amante de mucha piel, incluso un amigo (solo con Shorter y de vez en cuando)—. Heredaste mi instinto.

—No heredé tu instinto, viejo. —Se burla, más ligero, aún no puede respirar, las lágrimas brotan del terror de sus pupilas, sus pequeños, ¿por qué no le dicen nada?—. No te pongas asqueroso.

—Lo hiciste, eres mi hijo.

—Muchas gracias por dejarme abandonado en el estacionamiento, Max. —El chirrido de la silla de ruedas retumba por el pasillo—. Tuve que llamar a Jess para que me salvara. —La nombrada viene detrás, guiando a su hermano bajo las luces fantasmales entre puertas con placas doradas.

—Lo siento, te olvidé. —Esa disculpa no es para nada sincera—. Mi pequeño Aslan me necesitaba.

—¿Tu pequeño Aslan? —Ver a Griff celoso le da gracia—. Es mi dulce hermanito. —Aunque se queja, no rompe el abrazo, sabe que está nervioso y que cualquier confort es bien recibido, lo agradece de sobremanera—. ¿Cómo están? —La atmósfera es tan tensa como un hilo curado.

—Siguen adentro.

—Estarán bien.

Esta vez, les cree.

Los chicos de la pandilla son los siguientes en llegar, Shorter lo obliga a salir de la disociación con un café de máquina, se ha apartado apenas algunos centímetros de la banca frente al pabellón, su cola se mece erráticamente por doquier, como si fuese instintivo sostener a Eiji y se desesperara ante la falta de protección. Le da risa haber culminado su lado dominante en esto, un gato doméstico, jamás ha sido un depredador sediento de sangre y probablemente, esta fue su forma de validarse.

—Mira el lado positivo. —Sabe que hará un comentario idiota apenas esboza su sonrisa—. Mientras no dé a luz leones, estarás bien. —Tiene muchas ganas de patearle las pelotas por bromear en este momento de suma tensión.

—Espero que tu víbora dé a luz leones. —Bufa, resoplando el café, calentándose las manos porque suele tenerlas frías pero es el omega quien las calienta—. Y que te quedes calvo.

—¡Eso es cruel! —Shorter gimotea, golpeándole la espalda—. Si sigues así, tú te quedarás calvo a causa de la preocupación ¿sabes?

—Es normal que esté preocupado, no me han dicho nada.

—Lo sé. —Shorter suaviza su mirada tras los lentes—. Pero esos cachorritos necesitarán que estés fuerte para recibirlos, no sirve de nada que te ahogues en la angustia, sé que es difícil, solo… —El alfa le da otra palmada—. Todos estamos para ti, así que no cargues con el peso.

—¿Qué insinúas?

—Que si te derrumbas nadie te juzgará. —Oh—. Al contrario, estamos acá para apoyarte.

Por poco lo olvida.

—Te queremos, Ash.

Tiene una gran familia.

Regresa más ligero, ni siquiera se atreve a mirar el reloj, hay personas que pueden estar todo un día con contracciones y si algo malo hubiese pasado asume que el hospital sería lo suficientemente diligente para informarle, el tema del cordón umbilical lo tiene nervioso, aunque ha leído del caso, su reluciente inteligencia no funciona estando en crisis. Yut-Lung es quien mejor empatía demuestra con la angustia, se le acerca para calmarlo, no lo esperaba siendo franco, esta víbora lo deslumbra con sus múltiples pieles, es un niño, se repite, todos siguen siendo niños.

—Lynx, ha pasado menos de una hora.

—¿Qué? —Le toma tiempo procesar aquellas palabras porque bueno, para él ha sido un infierno desde que se subieron a la ambulancia.

—Ni siquiera lleva una hora dentro, cálmate. —Yut-Lung se ha sentado a su lado, ha forjado un nudo entre sus dos palmas, el gesto se le hace increíblemente infantil e…Inocente—. Deben encontrarse preparando las cosas para la cesárea, viendo qué es factible y qué no, pero si se lo están tomando con calma es porque la frecuencia cardiaca de tus bebés es estable, cálmate. —Es lo más inteligente y realista que le han dicho en toda la mañana.

—¿Y las contracciones? ¿No debo esperar a que se dilate bien?

—Van a operar. —Suspira—. Dan igual las contracciones en cesárea. —Está tan feliz por ese chequeo de realidad que podría abrazar a esa víbora cizañera, no lo hace, por supuesto, ambos son orgullosos y pretenden aborrecerse al reflejar ese lado más incómodo que tratan de escamotear.

—¿Cómo sabes tanto?

—Me gustan los bebés. —Musita, encogiendo la cabeza como si fuese un animal herido—. Nunca desee tener uno propio porque mi marca era con Hua-Lung. —El recuerdo de Dino Golzine y aquellas amenazas de hacerlo su esposa y tener un bebé fantasma hielan la sangre—. No podía hacer eso, cualquier sueño que tuve sobre un hijo él lo mató, hubiera preferido abortar.

—Yut-Lung. —Y ambos son esto.

—Ahora creo que podría. —Dos personas que fueron sumamente heridas e intentan mejorar, sanan de a poco, es progresivo, es lento, han tenido que abrir las cicatrices para desinfectarlas—. Shorter sería un buen padre, se preocupa mucho. —Están bien, están todos a salvo—. Es lindo, me gusta en serio aunque sea un idiota. —Un sonrojo ha coloreado la palidez de esas delgadas mejillas, dándole una apariencia joven e ingenua, tan humana.

—Podemos discutir eso.

—Bueno, al menos yo sería un padre impresionante.

—Eso también lo podemos discutir. —Entonces, Yut-Lung lo golpea con complicidad en el hombro, no más muros, no más espinas, no más rosas, no más domos.

—Todo saldrá bien, Lynx. —Y le han dicho esas palabras más veces de lo que es capaz de recordar hoy—. Ellos son profesionales, tú serás un médico pronto, tenle algo de fe a tu carrera. —Esta es la primera vez que lo calma de manera genuina, no es capaz de agradecerle, ambos anteponen la dignidad ante la falsa cortesía.

—Serás un buen padre. —Dice en su lugar—. Ya lo verás.

—Tampoco serás un padre tan terrible, Ash.

Yut-Lung no se mueve de su lado hasta que lo llaman.

Finalmente entra.

Está pasando.

Va a pasar.

Le ponen una bata, gorro y otros implementos que francamente no le importan, nada más importa cuando por fin ingresa a la sala y ve a Eiji recostado en una camilla, tiene una expresión jodidamente asustada que le quiebra el corazón, por eso, Ash no vacila en enfocar toda su atención en él y tomar su mano, el omega se muerde los labios, hundiendo su nuca en la almohada de la camilla, sus dedos se encuentran endurecidos, intravenosas y máquinas cuyo nombre conoce y ha olvidado inundan el lugar junto a los doctores. Se enfoca en él, en besar sus nudillos hasta calmarlo de forma progresiva, están respirando muy rápido, mira su cabello embarrado por el sudor, la banda dorada que colorea su irresistible bronceado bajo las luces, hay un sentimiento ininteligible desplegándose por dentro, filtrándose a cada rincón de su alma y goteando.

—Ash. —Su nombre se quiebra entre los labios de Eiji, está temblando, los doctores dicen cosas que no logra captar—. Tengo mucho miedo. —Y acá está su omega, manteniéndose fuerte por todos—. ¿Y sí sale mal?

—Estoy acá. —Aprieta sus nudillos contra su frente, pretende hacerlo sentir querido con cada fibra que pueda, la bata cruje, la operación comienza, el aroma a sangre, la sangre de su adoración le ha revuelto las entrañas, no quiere mirar y verlo herido—. Te amo.

—E-Estoy asustado. —Tartamudea, apretándolo con debilidad mientras contiene gritos, la anestesia ha hecho su trabajo, es localizada, sigue despierto y asustado, ambos lo están, son niños todavía.

—Mi chico valiente. —Le susurra, acomodando un mechón azabache dentro del gorro de tela—. Mi dulce Eiji.

Entonces, el omega aprieta su mano con mucha más fuerza, llevándola hacia su pecho, justo encima de sus latidos, Ash puede sentirlos martilleando contra sus nudillos, va muy rápido, es peligroso para un conejito pero este es fuerte. Ambos sonríen difusamente en este momento de incertidumbre, el terror florece para transmutar en expectación en una fracción de segundo, el mundo se sumerge en un imponente silencio. De pronto, solo son Eiji y él, Eiji y los golpes erráticos de su corazón, a salvo, vivos y sanos, conectados por una incondicionalidad que es capaz de detener la rotación y el mundo entero, una incondicionalidad que los salvó a ambos y wow…

—Te amo, Aslan.

Han llegado tan lejos.

—Por favor, quédate a mí lado.

—Dijiste para siempre, ¿verdad?

Sostienen una mirada en ese silencio mortal, Eiji se encuentra hirviendo, rojo, realmente sonrojado y sudado durante el procedimiento, sus mechones de cabello se han pegado en su ceño dentro del gorro, es curioso, pero la imagen le recuerda a los campos de trigo en Cape Cod durante las noches, en esas noches donde Griff y él contaban estrellas y es hermoso. Baja la mirada, choca con esos ojos negros, esos que brillan, brillan como una gema jamás podría hacerlo y Dios.

Eiji parece un sueño.

Es precioso y Ash es incapaz de apartarle la mirada de encima, lo ama, lo ama tanto.

Y de repente, el silencio se quiebra con un llanto, no, con dos llantos.

Hay dos llantos inundando la habitación.

—Es una niña. —La enfermera la limpia antes de pasársela a Eiji—. Y un niño.

Todos esos temores acerca de ser un mal papá, de heredar el gen de negligencia Callenreese, sobre la existencia de más pederastas o cualquier otro pensamiento intrusivo, se esfuma. Un conejito llora entre sus brazos, tiene algunos cabellos rubios esparcidos por doquier, ha heredado sus ojos, es una copia viva de Aslan durante su infancia y en lugar de entristecerlo, lo hace sonreír, es lo más valioso del universo.

—Hola pequeños. —Los ha conocido durante menos de un minuto y sabe que el amor que les tiene no hará más que crecer cada día—. Soy Aslan, soy papá. —Mierda, ¿quién diría que se le daría la paternidad?—. Prometo pasar cada segundo con vida protegiéndolos y haciéndolos sentir amados, son amados por muchas personas, pero sobre todo por Eiji y por mí, nosotros daremos lo mejor por su crianza y su bienestar, tenemos miedo y somos inexpertos. Por favor, denos de una oportunidad, no existe nadie que los pueda amar más que nosotros, lo sé.

—Se parecen a ti. —Eiji lo musita débil, hay una niña acurrucada contra su pecho, también heredó su cabello dorado, pero ella es un felino y tiene esos ojos cafés repletos de bondad que lo salvaron.

Son sus cachorritos.

Su familia, están bien.

—Son reales. —Ash es consciente de la estupidez que ha soltado, le da igual, porque sus hijos están entre sus brazos tras tanta espera, sanos y salvos, llorando, llorando con vigor, tienen pulmones tan fuertes, son unos guerreros, unos sobrevivientes que jamás tendrán que sobrevivir porque los ama.

—Me hicieron pasar por bastante durante mi embarazo, ¿saben? —La pequeña reduce la intensidad de los gritos, aún deben llevárselos para limpiarlos mejor y vestirlos, necesitan descansar pronto.

—Los nombres… —Ash se acerca, mirando a sus dos cachorritos junto al amor de su vida.

—Él es Jade, como la joya. —Eiji presiona un beso sobre la frente del aludido y deja de lloriquear, mira curioso, dando pestañeos antes de romper en llanto otra vez, será revoltoso, ya lo presiente—. Él tiene tus ojos. —Apuesta que será terco, los conejos son tercos y este es hijo de su adoración.

—Jade. —El nombrado le aprieta el pulgar, sus largas orejas doradas se mantienen encogidas, es un desastre—. Bienvenido al mundo, Jade.

—Y ella es Dawn. —Claro que ha escogido esos nombres—. Porque nació al amanecer. —Aslan no puede creer la suerte que le han bendecido—. Deseo que mis niños nacidos al alba sean felices, que su vida sea tan hermosa como un jade al amanecer y que siempre lleven ese pedacito de su padre. —El alfa tiene tantas cosas que agradecerle en estos momentos.

Gracias por tu amor.

Gracias por tu ternura.

Gracias por amarme por quién soy.

Gracias por darme una familia.

Gracias por ver más allá, por salvarme, te amo, los amo.

—Eiji. —Pero en su lugar solo dice—. Hoy comienza un nuevo amanecer.

Pasan la página, iniciando otro capítulo juntos.