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Los santos y los pecadores

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Wei Wuxian volvió a la tierra tras trece mil años en el infierno. Lo hizo con otra apariencia, pero sin poder ocultar que era un ángel caído. Las alas llenas de plumas, tan diferentes a las membranosas de los demonios puros. Pero el rostro si es otro, muy joven, de otro ángel caído sacrificado para que él pudiera volver a caminar por el mundo, aunque no le hubieran preguntado si deseaba volver a enfrentarse a alguien del Reino Celestial, o pelear en la interminable guerra contra los ángeles. Ya estuvo en esa guerra mucho tiempo atrás, cuando desafío al cielo y al infierno y fue tan orgulloso como para atreverse a creer que saldría vivo después de desafiar al cielo y al infierno completos.

Emerge de las profundidades del Monte Dafan, una de las múltiples entradas al infierno.

Oye los gritos de la batalla y ve las trampas para los demonios tan pronto pisa la tierra. Suelta un bufido. Los ángeles no dudan en aprovechar el desmedido poder que tienen para voltear la balanza a su favor en cualquier circunstancia.

Y a él lo han lanzado justo al centro del conflicto.

Camina esquivando las legiones de ángeles lo mejor que puede, no está en sus planes meterse en una pelea cuando ni si quiera tiene idea de lo que ocurrió en la guerra durante los últimos trece mil años.

(Trece mil años en aislamiento se hacen largos, incluso para seres inmortales como los ángeles caídos).

Pero no tiene suerte, por supuesto que no tiene suerte. Hay ángel muy joven atrapado en las mismas trampas que ayudó a poner para los demonios. Si sus superiores lo encuentran allí van a castigarlo, piensa Wei Wuxian, desenvainando la espada. Le causa lástima, como alguien que fue asediado por los arcángeles mismos, que pretendían entregarlo a serafines. Así que lo libera y pretende escabullirse antes de ser visto cuando una voz lo detiene.

—¿Crees que porque lo ha salvado un par de alas negras tan emplumadas como las tuyas lo harás caer?

«No, yo ya me iba».

Pero se da a vuelta y se encuentra con el rostro de alguien conocido. Una mezcla perfecta de Jin Zixuan y Jiang Yanli, su shijie. Puede ser que Jiang Wanyin hubiera sido su ángel guardián, como su hermano, pero Wei Wuxian había estado allí, a su lado, también, todo el tiempo. Así que aquel es el niño.

Medio ángel.

Los serafines seguramente lo habían aceptado porque antes de morir Jin Zixuan estaba destinado a convertirse en el arcángel más poderoso de todos. No les convenía despreciar al hijo que había engendrado con la protegida de uno de los arcángeles que había llegado más joven a su puesto.

Wei Wuxian no quiere enfrentarse a él.

Tiene la sangre de su shijie y los rasgos amables del rostro de Jiang Yanli.

—No, la verdad es que no —responde, sin embargo. Se da la vuelta, esbozando una sonrisa a medias, sardónica. Necesita ganar tiempo y para eso las palabras siempre son sus mejores aliadas.

Sin embargo, el ángel parece reconocerlo.

No tiene sentido. Cuando Jiang Wanyin arrojó a Wei Wuxian a las profundidades del infierno, ese ángel todavía estaba en una cuna humana, pretendiendo ser un niño normal. No puede recordarlo y no debería reconocerlo detrás del rostro.

—¡Tú! —grita, señalando con el dedo.

Wei Wuxian da un par de cautelosos pasos para atrás.

—¡Mo Xuanyu!

Oh.

Oh. Así que ese es el rostro que trae puesto. Otro medio ángel que los serafines aceptaron porque era el hijo de Jin Guangshan al que habían terminado por arrojar de por las escaleras de Jinlintai, el palacio y cuarten de la legión más poderosa de ángeles. Cuentan que cayó directo a la tierra y fue dejando una estela de plumas blancas en su caída, hasta aterrizar en una de las entradas del infierno con las plumas negras, los cuernos y la cola propia de los demonios. Nunca se había recuperado después de ser arrojado de los cielos.

—¡¿Cómo te atreves a mostrar su rostro en territorio de la legión Jin?!

—Eh…

—¡Después de que mi tío Liafang-zun hizo que te desterraran! ¡No dejaré que te lo encuentres!

Wei Wuxian abre mucho los ojos porque no tiene idea de por qué ese niño ángel enojado le impediría encontrar a Jin Guangyao o por qué se muestra tan protector de él.

—¡Le diré a mi tío que estabas liberando ángeles para tentarlos!

Wei Wuxian no puede evitar contener una risa.

—¿No estabas diciendo que impedirías que me lo encontrara?

—Mi otro tío. El ángel guardián de mi madre.

Oh, no.

Ese no.

Con ese Wei Wuxian no quiere encontrarse. Prefiere si no vuelven a verse y a seguir agregando problemas a la complicada relación que les quedó después de la campaña para Derribar el Sol.

Pero por supuesto que Wei Wuxian siempre tiene mala suerte.

—¿Qué estás diciendo de mí, Jin Ling?

«Dame un nombre de ángel, Wei Wuxian». Jiang Yanli con un vestido rojo, como una novia. Pero los humanos no pueden casarse con los ángeles. «También necesitará un nombre de cortesía para cuando obtenga sus alas».

Wei Wuxian no le dijo que pasarían años antes de que realmente lo necesitara, podría pensar en él después.

«Jin Rulan».

Pero aquel niño no tiene cara de Jin Rulan.

—¡Tío!

La voz sigue siendo la misma, porque los ángeles no cambian aunque pase el tiempo. Wei Wuxian aprovecha la distracción de Jin Ling para intentar escabullirse.

—¡¿Quién está allí?! —retumba la voz grave del arcángel. Sigue siendo tan autoritaria como lo fue desde la noche que consiguió el zidian. El árcangel que consiguió el título más joven a costa de la sangre que los demonios derramaron en su palacio celestial, el Muelle de Loto.

—¡Estaba intentando liberar a los ángeles que cayeron en sus propias trampas, tío! —berrea Jin Ling—. ¡Seguro que quiere tentarlos!

Wei Wuxian cree que la logrado escabullirse en la distracción de Jin Ling cuando el zidian se enrolla en su pierna y lo hace trastabillar. Reconoce la sensación. Ya no le quedan marcas en la espalda, pero reconoce la sensación del látigo angélico sobre su piel. La fuerza de Jiang Wanyin lo arrastra hasta que queda a sus pies.

Sigue igual.

Jian Wanyin; Jiang Cheng antes de obtener sus alas, el nombre por el que Wei Wuxian lo conoció siempre.

«¡Seremos más poderosos que los gemelos de Jade! ¡Me quedaré a tu lado cuando seas arcángel y yo tu subordinado!»

El cabello negro amarrado en un firme chongo con una peineta con el emblema de la legión Jiang y dos mechones que enmarcan su rostro severo, que aparenta la edad que realmente tiene. La túnica clara con detalles morados, como los pétalos de las flores de loto que eran el motivo de la legión de los Jiang que velaba sobre Yunmeng.

—¡Tú! ¡Te atreves a mostrar tu rostro por aquí, Mo Xuanyu!

Al menos no lo reconoce. Si se diera cuenta que en realidad es Wei Wuxian lo haría pedazos.

(Y Wei Wuxian entendería por qué, aunque eso no le impediría defenderse ni hacerlo pedazos también, porque son una relación complicada y Jiang Cheng no es inocente de todas las cosas que cree serlo; ningún ángel lo es).

—Yo… eh… ya me iba… no estaba…

—¡Este no es territorio para ángeles caídos!

¿Qué planea? ¿Arrastrarlo ante los serafines para que se encarguen de él? Los ángeles matan a los demonios sin preocuparse mucho por sus destinos, pero a los ángeles convertidos en demonios los llevan hasta los serafines. Les recuerdan a la traición original, al arcángel que se dejó caer desde la cima del mundo e intercambió sus plumas blancas por negras y se convirtió en el demonio original, lo que los ángeles conocen ahora como la Fuente de Todo Mal.

Después de milenios, los ángeles aún arrastran a los traidores que caen al infierno por voluntad propia ante los serafines para convertirlos en un ejemplo de lo que pasa cuando uno se entrega al mal. Dicen que les arrancan las plumas de una en una, hasta que los demonios no pueden mantenerse conscientes del dolor. Dicen que los exponen a la luz divina hasta que sus ojos se vuelven blancos y no pueden distinguir nada más. Y así los dejan en las jaulas de los pecadores hasta que mueren solos en medio de la agonía.

No es bueno ser un ángel caído rodeado de ángeles.

Así que corre después de zafarse del zidian como puede. Ya no es tiempo de escabullirse en silencio. Simplemente corre. Su misión en la tierra no tiene nada que ver con Jiang Cheng ni con Jin Ling, ni el pasado que quemó cuando cayó.

Han estado ocurriendo cosas extrañas en el Monte Dafan. Esa es su misión.

«Demasiada energía demoniaca», dijeron los superiores que lo arrojaron a la tierra. «Investiga, algo está pasando».

¿Por qué creían que él era el indicado? Había pasado los últimos trece mil años en reclusión, sin desear acercarse a la tierra o a algún ángel por ningún motivo. Lo había arruinado todo antes, habían acabado con la legión de ángeles caídos más importante del infierno por su culpa. Los únicos Wen que no habían participado en las masacres, los que se habían hecho a un lado cuando Wen Rouhan, comandante en jefe del infierno había pretendido asediar el cielo rompiendo así el sagrado equilibrio que habían mantenido durante milenios.

Así que corre sin ningún plan. Primero perderá de vista a Jiang Cheng, junto con toda la historia que comparten y no quiere revivir y después investigará lo que haya que investigar.

Corre sin mirar el terreno, tan sólo teniendo cuidado de no tropezarse con las raíces o el campo. Esa es su perdición, porque choca con un ángel más alto, ataviado de blanco. Sólo hay una secta cuyas túnicas son blancas completamente y cuyos miembros usan cintas sobre la frente para simular las aureolas que no muestran en la tierra, puesto que la luz divina dejaría ciego a cualquier que la mirase.

—Hanguang-jun —oye la voz de Jiang Cheng—, no sabía que la legión Lan también se encontraba aquí.

Wei Wuxian intenta quitarse de en medio de los dos ángeles, pero el zidian de Jiang Cheng vuelve a enrollarse en su pie y una mano sujeta su muñeca.

—Hm. Líder Jiang.

—Veo que encontraste al mismo ángel caído que yo, Lan-er-gonzi —dice Jiang Cheng; a Wei Wuxian no se le escapa que sólo usa el título la primera vez—. Iba a darle una lección.

No hay respuesta, quizá porque el interlocutor no la considera necesaria. Es allí cuando Wei Wuxian aprovecha para alzar la mirada y encontrarse con el rostro del último ángel que deseaba ver en el mundo.

Lan Wangji. Hanguang-jun. Miembro de la legión Lan, la más estricta de todas las existentes. Wei Wuxian recuerda su palacio celestian, el Receso en las Nubes, una complicada construcción de pagodas y patios donde había más reglas que ángeles.

(Y ahora, al recordarla, Wei Wuxian siente que fue feliz allí, aunque todavía no lo supiera).

—Bien —dice Lan Wangji finalmente.

Tampoco ha cambiado nada. Sigue siendo tan atractivo que la última vez que Wei Wuxian lo vio, con la expresión impasible y la manera elegante de hablar. Pocas palabras, siempre al grano, sin dar vueltas.

—¿No le parece extraño que…?

Las palabras de Jiang Cheng quedan sepultadas debajo de los gritos de otros ángeles que llegan corriendo y de repente Wei Wuxian está en el peor lugar posible para un ángel caído: rodeado de alas blancas y espadas angélicas.

—¡Ahí viene!

—¡El hada demoniaca!

—¡No hay demonios aquí, sólo dejaron… eso!

Túnicas blancas con detalles morados, bandas en la frente, con detalles dorados, rojos, verdes. Hay ángeles menores de todas las legiones allí. Es un buen momento para que se abra un hoyo en la tierra y se trague a Wei Wuxian. Consideraría que eso es, de hecho, buena suerte.

Pero detrás de ellos la ve.

Los demonios, fieles a la mala memoria de los seres inmortales, habían olvidado dónde estaba. «Ya la encontrarán los ángeles un día», dijeron; «les va a pegar un susto». Una estatua de una mujer bailarina. Los locales, que creen en los seres feéricos, la llamaron hada y, durante algún tiempo, la veneraron, hasta que empezaron a aparecer sacerdotes y predicadores alegando que era una efigie pagana y, por tanto, demoniaca. Los ángeles sentados en sus palacios celestiales ignoraron aquellas palabras porque los sacerdotes y los predicadores siempre clamaban que todo lo desconocido era demoniaco y la mitad de las veces los hacían perder el tiempo por no poder sentir realmente la energía demoniaca.

A veces no descubrían un objeto lleno de energía demoniaca hasta que se topaban con él por accidente.

En otros tiempos, quizá Wei Wuxian los hubiera dejado morir a todos a manos del hada demoniaca, pero ya no eran los tiempos de asedio en Ciudad Sin Noche, ni los tiempos en los que los Túmulos Funerarios eran su dominio. El hada —o bailarina demoniaca— también representaba un problema para él.

Sabía cómo controlar perfectamente la energía demoniaca. Lo habría aprendido como ángel. Se lo habían festejado en la Campaña para Derribar el Sol y lo habían temido después, cuando todavía era un ángel, pero estaba a punto de caer. Al final, el asedio al que lo habían sometido sólo había servido para que terminara por caer definitivamente.

Piensa que puede controlar al hada demoniaca un momento, invocar algo para mantenerla a raya lo suficiente como para poder escapar ileso. Después se pueden morir todos los principiantes, si quieren.

De todos modos, ni Jiang Cheng ni Lan Wangji morirán allí. Wei Wuxian los ha visto enfrentarse a cosas peores y salir airosos.

No le toma ni un segundo robar la espada de un ángel y, aunque le quema en las palmas y los ángeles gritan para perseguirlo, él sólo corta la llama de un árbol a la que le hace unos cuantos agujeros antes de tirar la espada.

No recuerda las canciones de antes. En el infierno apenas si las usa. Así que sólo confía en que sus dedos y su respiración las recuerde y toca la flauta de peor calidad que existe en el planeta. Los ángeles se tapan los oídos, horrorizados de la música. Las notas se suceden unas a otras y Wei Wuxian recuerda vagamente la canción que recuerdan sus dedos. El hada demoniaca detiene su baile mortal un momento, la música llama algo en el ambiente.

Y al fondo de todo, Lan Wangji tiene sus ojos clavados en el ángel caído desconocido.