Actions

Work Header

Midnight Sun

Chapter Text

Era ese momento del día en el que más deseaba ser capaz de dormir.

El instituto.

¿O sería «purgatorio» la palabra correcta? De existir siquiera alguna manera de expiar mis pecados, esto debería contar en alguna medida a la hora de hacer balance. No, no me acostumbraba al tedio; cada día se me antojaba más monótono aún que el anterior, si cabe.

Quizá se pudiera considerar esto mi modo de dormir, si el sueño se definiera como un estado inerte entre los periodos de actividad.

Tenía la mirada perdida en las grietas que recorrían el enlucido del rincón opuesto de la cafetería y me imaginaba que formaban unos dibujos que en realidad no estaban ahí. Esa era una de las maneras de bloquear la riada de voces que me farfullaban en la cabeza.

Eran varios los cientos de esas voces a las que hacía caso omiso por puro aburrimiento.

En cuanto a la mente humana, lo había oído todo ya, hasta la saciedad y un poco más. Hoy, lo que consumía el pensamiento de todo el mundo era el insignificante drama de la nueva incorporación al reducido cuerpo del alumnado. Qué poco bastaba para alterarlos. Había visto aquel nuevo rostro repetido en un pensamiento detrás de otro, desde todos los ángulos. Un chico humano normal y corriente. La expectación por su llegada era algo tan predecible que resultaba agotador: la misma reacción que obtendría uno al mostrarle un objeto brillante a un grupo de críos de dos años. La mitad de los miembros femeninos de aquel alumnado tan borreguil ya se imaginaban prendados de él, tan solo porque era algo nuevo que les habían puesto delante. Hice un mayor esfuerzo por no prestarles atención.

Solo eran cuatro las voces que bloqueaba por cortesía más que por repulsión: las de mi familia, mis dos hermanos y mis dos hermanas, que ya estaban tan acostumbrados a la falta de intimidad en mi presencia que rara vez se preocupaban por ello. Yo les daba lo que estaba en mi mano. Intentaba no escuchar siempre que podía evitarlo.

Y, aun así, por mucho que lo intentara... lo sabía.

Bakugou, como de costumbre, estaba pensando en sí mismo: su mente era como una charca de agua estancada que contenía muy pocas sorpresas. Había captado fugazmente un reflejo de su perfil en las gafas de alguien y ahora meditaba sobre su perfección. Nadie tenía el cabello de un tono más semejante al verdadero color del oro, nadie tenía una silueta que fuese tan musculosa y a la vez estilizada, nadie tenía el rostro como un óvalo tan simétrico e inmaculado. No se comparaba con los humanos que había allí; tal yuxtaposición habría resultado risible, absurda. El pensaba en otros como nosotros, ninguno de ellos a su altura.

 

Kirishima, que solía mostrarse despreocupado, tenía el rostro fruncido en un gesto de frustración. Ahora mismo se estaba pasando una de esas manazas por sus hebras en pico del color del fuego y se retorcía los cabellos en el puño. Aún estaba que echaba humo por el combate de lucha que había perdido contra Iida durante la noche. Tendría que recurrir a toda su limitada paciencia para ser capaz de aguantar hasta el final de la jornada escolar y organizar una revancha entonces. Nunca me sentía como un entrometido al escuchar los pensamientos de Kirishima, porque él jamás pensaba nada que no pudiese decir en voz alta o poner en práctica. Es posible que solo me sintiese culpable leyéndoles el pensamiento a los demás porque sabía que ahí dentro habría cosas que ellos no deseaban que yo supiese. Si la mente de Katsuki era una charca de agua estancada, la de Eijiro era un lago cristalino sin la menor sombra.

Pero Iida estaba... sufriendo. Contuve un suspiro.

«Todoroki.» Uraraka pronunció mi nombre, más bien el apellido pero nos habíamos acostumbrado tanto a los honoríficos de Japón que tendíamos a confundir apellidos pasados y los nombres que ocupábamos ahora en América, mentalmente y captó mi atención de inmediato.

Era exactamente igual que si lo hubiera dicho en voz alta. Me alegraba de que mi nombre y apellido se hubiera ido pasando de moda en las últimas décadas: qué molesto había sido en el pasado; siempre que alguien pensaba en algún Todoroki, yo volvía la cabeza en un acto reflejo.

Ahora no la volví. A Ochako y a mí se nos daban bien aquellas conversaciones privadas. Era raro que alguien nos descubriese. No aparté la mirada de las grietas del enlucido.

«¿Cómo lo está llevando?,» me preguntó.

Fruncí el ceño, un leve cambio en la colocación de los labios.

 

Nada que nos delatase ante los demás. Bien podría estar frunciendo el ceño de puro aburrimiento.

Iida llevaba demasiado tiempo inmóvil. No estaba interpretando los tics humanos tal y como debíamos hacerlo todos, en movimiento constante para no destacar, igual que Kirishima se tiraba del pelo, Bakugou cruzaba las piernas hacia un lado y después hacia el otro, pateando un par de veces mi silla, Uraraka daba unos toquecitos con la punta de los pies en el linóleo del suelo o yo me dedicaba a mover la cabeza para quedarme mirando los distintos dibujos en las paredes. Iida parecía estar petrificado, con ese porte esbelto tan erguido, tanto que ni siquiera los cabellos color ébano parecían reaccionar al aire que llegaba desde las rejillas de ventilación.

Los pensamientos de Uraraka adquirieron entonces un tono de alarma, y vi en su mente que estaba observando a Iida con su visión periférica. «¿Hay algún peligro?» Se adelantó y estudió el futuro inmediato, revolviendo entre aquellas visiones de monotonía en busca del origen de mi gesto fruncido. Incluso mientras lo hacía, no dejó de acordarse de colocar uno de los puños, tan pequeños, bajo el mentón redondo y parpadear con regularidad. Se apartó de los ojos un mechón de esos cabellos oscuros, cortos e irregulares.

Volví la cabeza muy despacio hacia la izquierda, como si me estuviese fijando en los ladrillos de la pared, suspiré y la giré hacia la derecha, de vuelta a las grietas del techo. Los demás asumirían que estaba interpretando el papel de humano. Solo ella sabía que le estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza.

Se relajó. «Me lo dirás, si la cosa se pone fea.»

Moví únicamente los ojos, arriba hasta el techo y de nuevo hacia abajo.

 

«Gracias por hacer esto.»

Me alegré de no poder responderle en voz alta. ¿Qué le iba a decir? ¿«Un placer»? No lo era, precisamente. No disfrutaba aguzando el oído para captar los conflictos de Iida. ¿De verdad era necesario hacer este tipo de experimentos? ¿No sería más seguro reconocer sin más que tal vez Iida nunca iba a ser capaz de controlar su sed igual de bien que el resto de nosotros, en lugar de llevarlo hasta el límite? ¿Por qué arriesgarse a la catástrofe?

Habían pasado dos semanas desde nuestra última salida de caza. No es que fuese un intervalo de tiempo poco manejable para el resto de nosotros. Un tanto incómodo sí, de vez en cuando: si un humano se acercaba demasiado, si el viento soplaba en la dirección inadecuada. Aunque los humanos rara vez se acercaban demasiado. El instinto les decía lo que su pensamiento consciente jamás entendería: éramos un peligro que debían evitar.

Ahora mismo, Iida era muy peligroso.

No sucedía con frecuencia, pero de tanto en tanto me sorprendía la inconsciencia de los humanos que teníamos a nuestro alrededor. Todos estábamos tan acostumbrados a ello que siempre nos lo esperábamos, pero en ocasiones parecía más llamativo de lo normal. Ninguno de ellos reparaba en nosotros, allí, pasando el rato en aquella sufrida mesa de la cafetería, a pesar de que una manada de tigres ocupando nuestro lugar sería menos letal que nosotros. Ellos no veían más allá de cinco personas de aspecto raro, lo bastante parecidas a seres humanos como para que colase. Costaba imaginarse lo de sobrevivir con unos sentidos tan increíblemente torpes.

En ese momento, una chica se detuvo en el extremo de la mesa más cercana a la nuestra, para hablar con una amiga. Se quitó el pelo zanahoria de la cara y se lo peinó con los dedos. Los conductos de la calefacción proyectaron su olor hacia nosotros. Estaba acostumbrado a lo que me hacía sentir aquel olor: el dolor seco en la garganta, el vacío del ansia en el estómago, la tensión automática en los músculos, el excesivo flujo de veneno en la boca.

Todo esto era bastante normal, y solía resultar sencillo no hacerle caso. Era más difícil justo ahora, con unas reacciones más fuertes, multiplicadas por dos, mientras observaba a Iida.

Iida estaba dejando volar la imaginación. Lo estaba visualizando: se imaginaba que se levantaba de su asiento junto a Uraraka y se acercaba a aquella chica pelinaranja. Se inclinaría y se aproximaría más, como si fuera a susurrarle algo al oído, y dejaría que sus labios acariciasen el arco de su garganta. Se imaginaba el pulso de aquella chica bajo la frágil barrera de su piel y la sensación que tendría en su boca...

Le di un puntapié a su silla.

Me sostuvo la mirada, con sus ojos negros cargados de resentimiento por un instante, y, acto seguido, bajó la vista. Podía oír la batalla que libraban la vergüenza y la rebeldía en su cabeza.

—Lo siento —masculló Iida. Me encogí de hombros.

—No ibas a hacer nada —le murmuró Uraraka para calmar la desazón que sentía él—. He podido verlo.

Reprimí la mirada de extrañeza que delataría la mentira de Ochako. Teníamos que mantenernos unidos, ella y yo, y no era fácil eso de ser los bichos raros entre los que ya eran de por sí unos bichos raros. Protegíamos mutuamente nuestros secretos.

 

—Sirve de ayuda pensar en ellos como personas —sugirió Uraraka con un tono de voz agudo y musical a una velocidad demasiado elevada como para que los oídos humanos lo entendiesen, de haber habido alguno lo bastante cerca como para oírlo—. Se llama Kendo. Tiene una hermana pequeña a la que adora. Su madre invitó a Yamada a aquella fiesta en el jardín, ¿te acuerdas?

—Ya sé quién es —dijo Iida cortante, y le dio la espalda para quedarse mirando por uno de los ventanucos colocados justo debajo de los aleros, a intervalos regulares por la sala alargada. Su tono de voz le puso fin a la conversación.

Tendría que salir de caza esta noche. Era ridículo arriesgarse de esta manera, tratar de poner a prueba su fortaleza, hacerle ganar resistencia. Tenya debería aceptar sus limitaciones y trabajar dentro de ellas.

Uraraka suspiró en silencio, se levantó, cogió su bandeja —su atrezo, por así decirlo— para llevársela y dejarlo en paz. Sabía reconocer el momento en que Iida se hartaba de que ella le diese aquellos ánimos. Aunque Bakugou y Kirishima eran más descarados con su relación, eran Iida y Uraraka los que conocían todas y cada una de las necesidades del otro como si fueran las suyas. Como si ellos también pudieran leer la mente, pero solo la del otro.

Shoto.

Reacción refleja. Me volví hacia el sonido de mi nombre, aunque nadie lo había pronunciado, tan solo pensado.

Durante medio segundo, me sostuvieron la mirada un par de ojos grandes, verdes como esmeraldas, dispuestos en un rostro de piel pálida con forma de corazón, repleto de pecas. Cuatro en cada mejilla más notorias que las demás. Reconocí esa cara, aunque no la había visto por mí mismo hasta entonces. Había estado muy presente en todas aquellas cabezas humanas en el día de hoy. El nuevo alumno, Izuku Midoriya. El hijo del jefe de policía del pueblo, al que habían traído a vivir aquí por alguna cuestión relacionada con su custodia. Deku. Había corregido a todos los que lo habían llamado por su nombre completo, aunque el diminutivo no era eso sino un apodo, uno raro, un insulto infantil si estuviésemos en Japón.

Aparté la mirada, aburrido. Tardé un segundo en percatarme de que no había sido él quien había pensado en mi nombre, el tono había sido conocido, no nuevo.

«Por supuesto que ya está coladito por los Todoroki», oí que proseguía el primer pensamiento.

Entonces reconocí esa «voz».

Toga Himiko: hacía tiempo que no me daba la lata con sus cotorreos interiores. Qué alivio había supuesto que por fin superase aquella fijación tan desencaminada. Resultaba prácticamente imposible escapar de esa manera suya tan constante y ridícula de soñar despierta. En aquella época, sentía el deseo de poder explicarle con exactitud lo que habría sucedido de haberle acercado lo más mínimo los labios... y los dientes que venían detrás. Eso habría acallado aquellas fantasías tan molestas. Pensar en su reacción casi me arrancó una sonrisa.

«Para lo que le iba a servir al chico», continuaba Toga. «La verdad es que ni siquiera es guapo. No sé por qué lo mira tanto Denki... o Tuoya.»

Mentalmente, la chica dio un respingo con aquel último nombre. Tuoya Himura, su nueva obsesión y un chico que por lo general gozaba de popularidad, se mostraba por completo indiferente ante ella. Al parecer, no tanto con el chico nuevo. Otro crío que intentaba agarrar el objeto reluciente. Esto le dio un aire de maldad a los pensamientos de Toga, que sin embargo se mostraba cordial de cara al exterior con el recién llegado mientras le explicaba lo que todo el mundo sabía sobre mi familia. El alumno nuevo debía de haberle preguntado sobre nosotros.

«Hoy me mira todo el mundo a mí también», pensó Toga con suficiencia. «¿No es una suerte que Deku tenga dos clases conmigo? Seguro que Tuoya querrá preguntarme por el...»

Traté de bloquear aquella cháchara insulsa para que no se me metiera en la cabeza antes de que algo tan nimio y trivial me volviese loco.

—Toga Himiko le está contando todos los trapos sucios del clan Todoroki a ese chico nuevo, Midoriya —le murmuré a Eijiro a modo de distracción.

Se rio entre dientes. «Espero que sea algo que merezca la pena», pensó él.

—Le ha puesto muy poca imaginación, la verdad. Apenas un atisbo de escándalo. Ni un ápice de terror. Me deja un poco decepcionado.

«¿Y el chico nuevo? ¿También se ha quedado decepcionado con el cotilleo?»

Afiné el oído para escuchar lo que pensaba ese tal Deku, el chico nuevo, sobre la historia de Toga. ¿Qué veía él cuando miraba a aquella familia de piel blanca como la tiza a la que todo el mundo evitaba?

Conocer su reacción formaba parte de mi responsabilidad. Yo hacía las veces de explorador —a falta de un término más adecuado— en mi familia. Para protegernos. Si alguien empezaba a sospechar alguna vez, yo podía advertir con antelación y facilitarnos una retirada sencilla. Alguna vez sucedía: algún humano de imaginación inquieta veía en nosotros a los personajes de un libro o de una película. Por lo general se equivocaban, pero era mejor marcharse a vivir a alguna otra parte que arriesgarse a que investigaran en profundidad. En alguna ocasión rara, extremadamente rara, alguien acertaba con sus fabulaciones. A esos no les dábamos la oportunidad de poner a prueba su hipótesis. Desaparecíamos, simplemente, para convertirnos en poco más que un terrorífico recuerdo.

Hacía décadas que no sucedía algo así.

No oía nada, por mucho que aplicara el oído justo al lado del punto donde continuaba manando a borbotones el frívolo monólogo interior de Toga. Era como si no hubiera nadie sentado junto a ella. Qué curioso. ¿Se había movido el chico? No parecía probable, ya que Toga seguía soltándole su parloteo. Alcé la mirada y sentí que perdía el equilibrio. Tener que comprobar mi «oído» extra... era algo que nunca me veía en la obligación de hacer.

Me vi de nuevo anclado a aquellos grandes ojos verdes. Estaba sentado justo en el mismo sitio donde se encontraba antes, y nos estaba mirando; algo natural, supuse, ya que Toga continuaba deleitándolo con los cotilleos del pueblo sobre la familia Todoroki.

Pensar en nosotros también sería lo natural. Pero no oía ni un susurro.

Un rubor cálido le tiñó las mejillas repletas de pecas de manera tentadora cuando bajó la vista y la apartó de la vergonzosa pifia de que te sorprendan mirando con descaro a un desconocido. Que Iida siguiese mirando por la ventana era algo bueno. No me apetecía imaginarme el efecto que aquella acumulación de sangre accesible tendría sobre su capacidad de control.

El rostro del chico mostraba sus emociones con la misma claridad que si las hubiera expresado en palabras: sorpresa al ir asimilando de forma inconsciente las señales de las sutiles diferencias entre su especie y la mía; curiosidad mientras escuchaba las historias que le contaba Toga; y algo más...

¿Fascinación? No sería la primera vez. Éramos guapos para ellos, nuestras presas. Entonces, por último, la vergüenza.

Aun así, aunque sus pensamientos se mostraran con tanta claridad en sus extraños ojos —extraños por la profundidad que había en ellos—, no alcanzaba a oír más que silencio procedente del lugar donde él se encontraba sentado. Solo... silencio.

Me sentí incómodo por un instante.

Jamás me había topado con algo así. ¿Me estaría pasando algo? Me sentía exactamente igual que siempre. Preocupado, escuché con mayor atención.

De repente, todas esas voces que había estado bloqueando me gritaban en la cabeza.

... pregunto qué música le gustará... podría mencionarle mi nuevo CD, a lo mejor..., pensaba Tuoya Himura, dos mesas más allá, concentrado en Deku Midoriya.

Fíjate en cómo lo mira. ¿No le basta con tener a la mitad de las chicas del instituto esperando a que a él... Los pensamientos de Denki Kaminari eran cáusticos, y también giraban en torno al chico.

... qué desagradable. Vamos, ni que fuera famoso o algo... Hasta Shoto Todoroki lo mira fijamente... Toru estaba tan celosa que bien podría tener la cara de un tono verde oscuro como el jade.

 

Y Toga, alardeando de su nuevo mejor amigo. Menudo chiste... Los pensamientos de aquella chica continuaban exudando un rencor virulento.

... seguro que eso ya se lo ha preguntado todo el mundo. Pero me gustaría charlar con él. ¿No hay algo más original que pudiera decirle?, musitaba Sero Hanta.

... a lo mejor está en mi clase de Español..., esperaba Mina Ashido.

... una montaña de cosas que me quedan por hacer esta noche. Trigonometría y el examen de Lengua. Espero que mamá... Tsuyu Asui, una chica muy callada cuyos pensamientos solían ser amables, era la única de la mesa que no estaba obsesionada con aquel tal Deku.

Podía escucharlos a todos, cada detalle insignificante que estuvieran pensando, conforme se les pasaba por la cabeza, pero no me llegaba nada procedente de aquel alumno nuevo que tenía unos ojos tan engañosamente comunicativos.

Y, por supuesto, sí pude oír lo que dijo el chico al dirigirse a Toga. No me hacía falta leer la mente para ser capaz de escuchar su voz baja y clara en la otra punta de la larga sala.

— ¿Quién es el chico de pelo bicolor? —lo oí preguntar mientras me lanzaba otra mirada a hurtadillas con el rabillo del ojo y la volvía a desviar de inmediato al ver que yo seguía observándolo.

De haberme dado tiempo a hacerme la ilusión de que su voz me serviría para localizar con precisión sus pensamientos, habría sufrido una decepción inmediata. Por lo general, los pensamientos de la gente llegaban a mí con un timbre similar al de su voz física, pero aquella voz tímida y silenciosa no me resultaba conocida, no era la de ninguno de los centenares de pensamientos que rebotaban por la estancia, de eso estaba seguro. Era completamente nueva.

¡Ah, sí, buena suerte, idiota!, pensó Toga antes de responder a la pregunta del chico.

—Se llama Shoto. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las personas del instituto le parece lo bastante guapa —resopló en voz baja.

Volví la cabeza para ocultar mi sonrisa. Toga y sus compañeras de clase no tenían ni idea de lo afortunadas que eran de que ninguna de ellas me atrajese de un modo particular.

Sentí un impulso extraño por debajo de aquel humor efímero, un impulso que no terminaba de comprender con claridad. Tenía algo que ver con ese deje despiadado de los pensamientos de Toga que el  chico nuevo desconocía... Sentía la extraña necesidad de interponerme entre ellos, de proteger a Izuku Midoriya  de las oscuras maquinaciones de la mente de Toga. Qué sensación más rara. Tratando de sacar a la luz las motivaciones que había detrás de ese impulso, examiné una vez más al chico nuevo, ahora a través de los ojos de Toga. Mi descaro al mirarlo ya había llamado mucho la atención.

Quizá no fuese más que un instinto protector enterrado mucho tiempo atrás: el fuerte por el débil. De alguna manera, este chico parecía más frágil que sus nuevos compañeros de clase. Tenía una piel tan translúcida, a pesar de las infinitas pecas que la adornaban que resultaba difícil creer que pudiese ofrecerle alguna clase de protección frente al mundo exterior. Podía ver el pulso rítmico de la sangre que le corría por las venas bajo aquella membrana pálida y clara... Aunque no debería concentrarme en eso. Se me daba muy bien aquella vida que había escogido, pero estaba tan sediento como Iida, y carecía de sentido exponerse a la tentación.

El chico tenía una leve arruga en el entrecejo de la que no parecía ser consciente.

¡Aquello era increíblemente frustrante! No me costaba ver la presión que suponía para el estar allí sentado, dar conversación a unos desconocidos, ser el centro de atención. Podía percibir su timidez en la postura de sus hombros, de aspecto frágil, ligeramente caídos, como si se esperase que lo rechazaran en cualquier momento. Y, aun así, lo único que yo podía hacer era verlo, sentirlo e imaginar. No había más que silencio en aquel chico humano que no tenía nada de extraordinario. No podía oír nada. ¿Por qué?

— ¿Nos vamos? —murmuró Katsuki, que interrumpió mi concentración.

Aparté la mente del chico y sentí alivio. No deseaba continuar con aquella decepción: el fracaso era algo poco frecuente para mí, y aún más irritante que inusual. No quería fomentar ningún interés en sus pensamientos ocultos tan solo porque me fueran inaccesibles. No tenía la menor duda de que, cuando los descifrase —y encontraría la manera de hacerlo—, serían tan baladíes y tan triviales como los de cualquier otro ser humano. No merecería la pena el esfuerzo que tendría que emplear para llegar hasta ellos.

—Y bien, ¿El nuevo nos tiene miedo ya? —preguntó Kirishima, que aún esperaba mi respuesta a su anterior pregunta.

Me encogí de hombros. Kirishima no tenía tanto interés como para insistirme en que le diera más información.

Nos levantamos de la mesa y nos marchamos de la cafetería. Kirishima, Bakugou e Iida se hacían pasar por alumnos de último año; se marcharon camino de sus clases. Yo interpretaba un papel más joven que el suyo; me dirigí a mi clase de Biología de penúltimo año y me fui preparando mentalmente para el tedio. Dudaba mucho que el señor Banner, un hombre con un intelecto medio —en el mejor de los casos—, se las arreglara para ofrecer algo en su clase que pudiera sorprender a alguien que ostentaba dos títulos de Medicina.

En el aula, me acomodé en mi sitio y dejé que los libros —más atrezo: no había nada en ellos que no supiera ya— se desparramaran sobre la mesa. Era el único alumno que tenía una mesa entera para sí. Los humanos no eran tan listos como para ser conscientes de que me temían, pero su instinto innato de supervivencia bastaba para mantenerlos lejos.

La clase se fue llenando poco a poco, según iban entrando de vuelta de la comida. Me apoyé en el respaldo de la silla y aguardé a que pasara el tiempo. De nuevo, deseé ser capaz de dormir.

Dado que había estado pensando en el chico nuevo, cuando Tsuyu Asui lo acompañó al cruzar la puerta, su nombre se entrometió en mi atención.

Deku parece tan tímido como yo. Seguro que hoy ha sido un día realmente duro para el. Ojalá pudiera decirle algo..., pero lo más probable es que sonara estúpido.

¡Sí!, pensó Tuoya Himura, que se giró en su asiento para ver entrar a ambos.

Seguía sin llegarme nada desde el lugar donde Deku Midoriya se encontraba de pie. El espacio vacío allá donde se suponía que debían estar sus pensamientos me desconcertaba y me incomodaba.

 

¿Y si lo perdía todo? ¿Y si esto solo era el primer síntoma de alguna clase de deterioro mental?

Con qué frecuencia había deseado ser capaz de escapar de aquel jaleo de voces, ser normal... hasta donde era posible para mí. Pero ahora me entraba el pánico con solo pensarlo. ¿Quién sería yo sin mis capacidades? Jamás había oído nada semejante. Iría a ver si Aizawa lo había oído alguna vez.

El chico recorrió el pasillo que tenía a mi lado y se dirigió hacia la mesa del profesor. Pobre, el único sitio disponible era el que había junto al mío. Automáticamente, despejé lo que sería su lado de la mesa y empujé mis libros para apilarlos. Dudaba de que se fuera a sentir muy cómodo allí. Le esperaba un largo semestre, al menos en aquella asignatura. Pero, bueno, quizá allí, sentado junto a él, sería capaz de hacer salir sus pensamientos del escondite... No es que hubiera necesitado nunca la proximidad física, ni tampoco creía que hubiese nada que me fuera a parecer digno de escuchar.

Deku Midoriya pasó por delante de la corriente de aire caliente que soplaba en mi dirección desde el conducto de la calefacción.

Percibí su olor como la arremetida de un ariete, el estallido de una granada. No había una imagen lo bastante violenta para abarcar toda la fuerza de lo que me sucedió en ese momento.

Me transformé al instante. No me parecía en nada a aquel humano que había sido antaño. No quedaba ni rastro de los jirones de humanidad en los que había conseguido envolverme a lo largo de los años.

Era un depredador, y él mi presa. No existía absolutamente nada más en el mundo salvo esa verdad.

No existía el aula llena de testigos: en mi imaginación, ya eran un daño colateral. El misterio de lo que pensaba él había quedado en el olvido. Sus pensamientos no significaban nada, ya que no iba a seguir albergándolos durante mucho más tiempo.

Yo era un vampiro, y él tenía la sangre más dulce que había olido en más de ochenta años.

Jamás me había imaginado que pudiera existir un aroma semejante. De haberlo sabido, hacía mucho tiempo que me habría dedicado a buscarlo. Habría escudriñado el planeta entero en busca de él. Ya me imaginaba el sabor...

La sed me quemaba en la garganta como si la tuviera en llamas. Sentía la boca abrasada y reseca, y el flujo renovado de veneno no lograba disipar lo más mínimo esa sensación. Tenía un nudo en el estómago a causa del hambre que era un reflejo de la sed. Mis músculos se contrajeron para saltar.

No había transcurrido ni un solo segundo entero. El chico aún estaba dando el mismo paso que lo había situado en la corriente de aire que venía hacia donde yo me encontraba.

Cuando tocó el suelo con el pie, sus ojos se deslizaron hacia mí, un movimiento que él pretendía claramente que pasara desapercibido. Su mirada se cruzó con la mía, y me vi reflejado en el espejo de sus ojos.

El impacto del rostro que vi allí le salvó la vida durante unos instantes bien peliagudos.

Él no facilitó las cosas. Cuando procesó la expresión de mi rostro, la sangre le volvió a inundar las mejillas pecosas y le puso la piel del color más delicioso que había visto jamás. Su olor era un denso manto de niebla en mi cerebro. A duras penas era capaz de lograr que mis pensamientos lo atravesaran. Rugían mis instintos, se resistían al control, incoherentes.

Aceleró el paso entonces, como si comprendiese la necesidad de escapar. Las prisas lo entorpecieron: se le enganchó el pie, se tropezó hacia delante y estuvo a punto de caer sobre la chica que estaba sentada delante de mí. Vulnerable, débil. Incluso más de lo habitual para un humano.

Intenté concentrarme en la cara que había visto en sus ojos, un rostro que reconocía con repugnancia. El semblante del monstruo que había en mi interior: aquel rostro al que había rechazado gracias a décadas de esfuerzo y de una disciplina sin fisuras. ¡Con qué facilidad volvía a salir ahora a la superficie!

De nuevo me vi envuelto en aquel olor, que dispersó mis pensamientos y estuvo a punto de tirarme de la silla.

No.

Me agarré con la mano a la mesa por debajo del borde al tratar de mantenerme en el asiento. La madera no estaba a la altura de aquella tarea, destrocé el puntal de la mesa y saqué la mano llena de una masa de astillas después de dejar la marca de los dedos tallada en la madera que había resistido en el sitio.

Destruir las pruebas. Esa era una norma fundamental. Pulvericé de inmediato los bordes de la silueta de mis dedos y no dejé más que un orificio irregular y un montón de virutas en el suelo, que desperdigué con el pie.

Destruir las pruebas. Daños colaterales...

Ya sabía lo que tenía que pasar ahora. Él chico tendría que venir a sentarse a mi lado, y yo tendría que matarlo.

No podría permitir que se marcharan los inocentes que se hallaban en el aula, otros dieciocho chicos y un hombre adulto, después de haber visto lo que no tardarían en ver.

Me estremecí ante la idea de lo que debía hacer. Incluso en los peores momentos, yo jamás había cometido aquella clase de atrocidad. Nunca había matado a inocentes. Y ahora planeaba masacrar a veinte de ellos de una tacada.

El rostro del monstruo en mi reflejo se estaba riendo de mí.

Aun cuando una parte de mí se apartaba temblorosa de él, había otra parte que estaba planificando lo que iba a suceder a continuación.

Si mataba primero al chico, solo dispondría de unos quince o veinte segundos con él antes de que reaccionaran los demás humanos del aula. Tal vez un poco más, si en un principio no se percataban de lo que estaba haciendo. A él no le daría tiempo a gritar ni a sentir dolor; no me iba a ensañar al matarlo. Al menos eso sí se lo podía conceder a aquel desconocido con una sangre tan horrorosamente apetecible.

Pero después tendría que impedir que el resto escapase. Las ventanas no serían un problema: eran demasiado pequeñas y estaban demasiado altas como para proporcionarle a nadie una vía de escape. Tan solo la puerta: bastaba con bloquearla y estarían atrapados.

Sería algo más lento y más difícil tratar de liquidarlos a todos en un estado de pánico y corriendo de aquí para allá, moviéndose en el caos. No era imposible, pero harían mucho más ruido. Daría tiempo a una gran cantidad de gritos. Alguien los oiría... y yo me vería obligado a matar a más inocentes en aquella hora tan luctuosa.

Y la sangre del chico se enfriaría mientras yo mataba a los demás.

Aquel olor me castigaba, me cerraba la garganta con un dolor seco...

De modo que los testigos primero, entonces.

Tracé el plan mentalmente. Me encontraba en el medio del aula, en la fila más alejada del frente de la clase. Primero me ocuparía de mi lado derecho. Calculé que iría partiendo unos cuatro o cinco cuellos por segundo. Eso no sería ruidoso. El flanco derecho sería el afortunado: no me verían venir. Si daba la vuelta por delante y regresaba por el lado izquierdo, tardaría como mucho unos cinco segundos en poner fin a todas las vidas que había en aquella sala.

Sería el tiempo suficiente para que Deku Midoriya  viese, fugazmente, lo que se le venía encima. El tiempo suficiente para que sintiese miedo. El tiempo suficiente, quizá —si es que el aturdimiento no lo congelaba en el sitio—, para que él sí gritara, un grito suave que no haría que viniese nadie corriendo.

Respiré hondo, y aquel olor fue como una llamarada que me corría por las venas resecas y me ardía en el pecho para consumir cualquier impulso mejor del que yo fuese capaz.

Él chico estaba girando justo ahora. En unos segundos, estaría sentado apenas a unos centímetros de mí.

El monstruo se regocijaba en mis pensamientos.

Alguien cerró de golpe una carpeta a mi izquierda. No levanté la mirada para ver cuál de aquellos malhadados humanos había sido, pero el movimiento envió una bocanada de aire ordinario y sin olores que pasó flotando por delante de mi cara.

Logré pensar con claridad por un breve segundo. En ese valioso instante, vi dos rostros en mi cabeza, uno junto al otro.

 

Uno era el mío, o lo había sido: ese monstruo de ojos rojos que había matado a tanta gente que ya había dejado de contarlos. Asesinatos justificados, racionalizados. Había sido un asesino de asesinos, asesino de otros monstruos menos poderosos. Aquello era un complejo de dios, eso lo reconocía: decidir quién merecía una sentencia de muerte. Era un compromiso conmigo mismo. Me había alimentado de sangre humana, pero solo conforme a la más laxa de las definiciones. Teniendo en cuenta sus diversos y oscuros pasatiempos, mis víctimas eran poco más humanas que yo.

El otro semblante era el de Aizawa.

No había el menor parecido entre ambos rostros. Eran el día más luminoso y la noche más oscura.

Tampoco había razones para que existiese tal parecido. Aizawa no era mi padre en el sentido biológico más básico. No teníamos ningún rasgo en común. La similitud en el color de piel era producto de lo que éramos: todo vampiro tenía una palidez cadavérica. La semejanza en el color de los ojos era otra cuestión: el reflejo de una elección mutua.

Y, aun así, aunque no hubiera base ninguna para encontrar un parecido, me imaginaba que mi rostro había comenzado a ser un reflejo del suyo —en cierta medida— en los últimos setenta y tantos años en que yo había abrazado la misma decisión que él y había seguido sus pasos. Mis rasgos no habían cambiado, pero a mí me daba la sensación de que una parte de su sabiduría había dejado huella en mi semblante, que se podía hallar un rastro de su compasión en la postura de mis labios y que en la frente se me veía de forma obvia algún eco de su paciencia.

Todos aquellos avances tan minúsculos se perdían en el rostro del monstruo. En unos breves instantes, en mí no quedaría nada que reflejara los años que había pasado con mi creador, mi mentor, mi padre en todos los aspectos relevantes. Los ojos me brillarían rojos como los de un demonio; todo parecido se perdería para siempre.

En mis pensamientos, la mirada amable de Aizawa no me juzgaba. Sabía que él me perdonaría por aquel horrible acto. Porque me quería. Porque él pensaba que yo era mejor de lo que era.

Deku Midoriya se sentó en la silla a mi lado con movimientos rígidos y torpes —el miedo, sin duda—, y el olor de su sangre brotó en una inevitable nube a mi alrededor.

Iba a demostrarle a mi padre que se equivocaba sobre mí. La desolación de aquel hecho me dolía tanto como la llamarada en mi garganta.

Me incliné hacia atrás para apartarme de él por pura repugnancia, asqueado ante aquel monstruo que ansiaba liquidarlo.

¿Por qué había tenido que venir aquí este chico? ¿Por qué había tenido que existir? ¿Por qué había tenido que estropear ese pequeño remanso de paz que tenía yo en aquella existencia mía sin vida? ¿Por qué había tenido que nacer siquiera aquel ser humano tan exasperante? Sería mi ruina.

Aparté la cara de él en el instante en que me invadió un odio repentino, fiero e irracional.

¡Yo no quería ser ese monstruo! ¡No quería matar a toda aquella clase de críos inofensivos! ¡No quería perder todo lo que había logrado a lo largo de una vida de sacrificio y abnegación!

No lo haría.

Él no me podía obligar.

El problema era el olor. Ese aroma de su sangre, tan tentador que resultaba espantoso. Ojalá hubiera alguna forma de resistirlo... Ojalá me aclarase la mente otra bocanada de aire fresco.

Deku Midoriya se echó el pelo —rizado, denso y de color negro verdoso— hacia el frente pero dejando que cierta parte lo cubriera de la parte en que yo me encontraba.

¿Estaba loco?

No, no llegó ninguna bocanada de aire en mi ayuda. Pero tampoco tenía por qué respirar.

Contuve el flujo de aire hacia los pulmones. El alivio fue instantáneo, pero incompleto. Aún tenía el recuerdo de su olor en la cabeza, su sabor en el fondo de la lengua. No sería capaz de resistir ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Todas y cada una de las vidas del aula estaban en peligro mientras él chico y yo estuviéramos juntos en ella. Tenía que huir. Quería salir corriendo, alejarme del calor de su cuerpo junto al mío y del extenuante dolor de la quemazón, pero, si desbloqueaba los músculos para moverme, aunque solo fuera para ponerme en pie, tampoco estaba seguro al cien por cien de que no me abalanzaría a cometer la masacre que ya había planeado.

Aunque quizá sí pudiera resistir durante una hora. ¿Bastaría una hora para recuperar el control y moverme sin atacar? Lo dudé, y después me obligué a comprometerme. Yo me encargaría de que bastase. Solo el tiempo justo para salir de aquella aula llena de víctimas, unas víctimas que tal vez no tenían que serlo si yo era capaz de aguantar durante una breve hora.

Qué sensación tan incómoda, el no respirar. Mi cuerpo no necesitaba el oxígeno, pero era algo que iba en contra de mis instintos. En los momentos de estrés me guiaba por el olfato más que por cualquier otro de mis sentidos. Era la orientación en la caza, la primera advertencia en caso de peligro. No era frecuente que me cruzase con algo tan peligroso como yo mismo, pero el instinto de supervivencia era tan fuerte en mi especie como lo era en un humano medio.

Incómoda, pero manejable. Más soportable que olerla a él y no clavarle los colmillos en esa piel tan fina, delgada y transparente hasta llegar al cálido, húmedo latir de...

¡Una hora! Solo una hora. No debía pensar en el olor, en el sabor. Él chico, silencioso, mantenía el cabello entre los dos, inclinado hacia delante de tal modo que le caía en cascada sobre su rostro. No podía verle la cara para intentar interpretar las emociones en esos ojos tan limpios y profundos. ¿Estaba tratando de ocultármelos? ¿Por miedo? ¿Timidez? ¿Para guardar sus secretos? Mi anterior irritación al haberme visto obstaculizado por sus pensamientos mudos palidecía y se empequeñecía en comparación con la necesidad —y el odio— que ahora me poseía. Porque odiaba a ese chico tan frágil que tenía a mi lado, lo odiaba con todo el fervor con el que me aferraba a mi antiguo yo, al amor de mi familia, a mi sueño de ser algo mejor de lo que era. Odiarlo, odiar la manera en que me hacía sentir... ayudaba un poco. Sí, la irritación que había sentido antes era débil, pero eso también ayudaba un poco.

Me aferré a cualquier pensamiento que me distrajese de imaginarme a qué sabría él...

Odio e irritación. Impaciencia. ¿Es que no iba a pasar nunca aquella hora?

Y cuando terminase aquella hora... Él chico saldría del aula. ¿Y qué haría yo?

Si era capaz de controlar al monstruo, hacerle ver que la espera merecería la pena... podría presentarme. Hola, me llamo Shoto Todoroki. ¿Me permites que te acompañe a tu siguiente clase?

Él diría que sí. Eso sería lo cortés. Aunque ya me tuviese miedo, como seguramente hacía, seguiría los convencionalismos y caminaría a mi lado. Resultaría bastante sencillo conducirlo en la dirección que no era. Una pequeña extensión del bosque se estiraba como un dedo para tocar el rincón del fondo del aparcamiento. Podría decirle que se me había olvidado algún libro en el coche...

¿Se percataría alguien de que yo había sido la última persona con lo que la habían visto? Estaba lloviendo, como de costumbre. Dos chubasqueros de color oscuro que se apartaban del resto del mundo tampoco despertarían demasiado interés ni me delatarían.

Salvo que yo no era el único alumno que estaba hoy pendiente de él, por mucho que ninguno de los demás la percibiese de un modo tan abrasador como yo. Tuoya Himura, en particular, se fijaba en cada mínimo cambio en la posición del cuerpo del chico mientras él jugueteaba con el pelo allí sentado: se le veía incómodo tan cerca de mí, exactamente igual que lo estaría cualquiera, tal y como yo lo había esperado justo antes de que su olor aniquilase toda preocupación generosa por mi parte. Tuoya Himura se percataría si él chico saliese del aula conmigo.

Si podía aguantar una hora, ¿podría aguantar dos? Me resistí al dolor de la quemazón.

Él chico volvería a casa y se la encontraría vacía. El jefe de policía Midoriya tenía una jornada de ocho horas. Yo conocía su casa, igual que conocía todas las demás en este pueblo tan pequeño, apartada y protegida por la espesura del bosque a su espalda, sin vecinos cercanos. Aun en caso de que le diera tiempo a gritar —que no le daría—, no habría nadie que lo oyese.

Esa sería la manera responsable de encargarse de esto. Había pasado más de siete décadas sin la sangre humana; si contenía la respiración, podría aguantar dos horas. Y cuando lo tuviera a solas, no habría ninguna posibilidad de hacer daño a nadie más. Ni tampoco habría razón ninguna para acabar a toda prisa con semejante experiencia, añadió el monstruo en mi cabeza.

Era falaz pensar que el hecho de salvar a los diecinueve humanos de aquella aula con esfuerzo y paciencia haría que fuese un poco menos monstruo cuando matase a aquel inocente chico.

Aunque lo odiaba, era plenamente consciente de que el odio era injusto. Sabía que mi odio, en realidad, era hacia mí mismo, y nos odiaría aún más a los dos cuando él estuviese muerto.

Así fue como logré llegar al final de la hora: imaginándome las mejores maneras de matarlo. Intenté evitar imaginarme el acto en sí. Eso habría sido excesivo para mí, así que me dediqué a planificar la estrategia y nada más.

En una ocasión, ya casi hacia el final, él chico me lanzó una mirada a través del muro rizado de sus cabellos. Sentí cómo ardía en mí y salía al exterior aquel odio injustificado al mirarlo a los ojos, al ver el reflejo de aquello en su mirada aterrorizada. La sangre le tiñó la mejilla antes de que él pudiese volver a ocultarse detrás del pelo, y estuve a punto de venirme abajo.

Pero sonó la campana, y qué tópico, pero nos salvó a los dos. A él de la muerte. A mí, por unos breves instantes, de ser esa criatura de pesadilla que tanto temía y detestaba.

Ahora tenía que ponerme en movimiento.

 

Aun concentrando toda mi atención en la más simple de las acciones, no pude caminar tan despacio como debería; salí disparado del aula. De haber habido alguien mirándome, podría haber sospechado que había algo raro en mi salida. Nadie me estaba prestando atención; todos los pensamientos seguían dándole vueltas a aquel chico nuevo que estaba condenado a morir dentro de poco más de una hora.

Me oculté en mi coche.

No me gustaba pensar en mí como alguien que necesitaba esconderse. Qué cobarde sonaba aquello. Pero ya no me quedaba la suficiente disciplina como para seguir rodeado de humanos. Concentrar tanto mis esfuerzos en no matar a uno de ellos me dejaba sin recursos para resistirme a los demás. Qué desperdicio sería eso. Si cediese ante el monstruo, ya podría hacer al menos que la derrota mereciese la pena.

Puse un CD que solía tranquilizarme, aunque ahora me servía de poco. No, lo que más me ayudaba era el aire fresco y húmedo que entraba con la llovizna por las ventanillas abiertas. Aunque recordaba el olor de la sangre de Deku Midoriya con perfecta claridad, inhalar aquel aire fresco era como hacerme un lavado del interior del cuerpo para desinfectarme de él.

Volvía a estar cuerdo. Otra vez era capaz de pensar. Y podía luchar de nuevo. Podía combatir aquello que no deseaba ser.

No tenía que ir a su casa. No tenía que matarlo. Obviamente, yo era una criatura racional, con capacidad para pensar, y tenía la posibilidad de elegir. Siempre había elección.

No me había sentido así en el aula..., pero ahora estaba lejos de él.

 

No tenía por qué decepcionar a mi padre. No tenía por qué causarle estrés a Yamada, ni darle preocupaciones... o provocarle dolor. Sí, aquello haría daño también al equivalente de madre adoptiva, que era tan dulce, tan tierno y cariñoso. Provocarle dolor a alguien como Yamada era algo verdaderamente inexcusable.

Tal vez, si evitara a ese chico con mucho, muchísimo cuidado, no haría falta que mi vida cambiase. Tenía las cosas ordenadas a mi gusto. ¿Por qué iba a permitir que un humano exasperante y delicioso que no era nadie lo echara a perder?

Qué paradójico que hubiese querido proteger a ese mismo humano de la triste amenaza sin mordiente que eran los retorcidos pensamientos de Toga Himiko. Yo era la última persona que jamás se postularía como protector de Izuku Midoriya. Ese chico jamás necesitaría que lo protegieran de algo con más ahínco que de mí.

¿Dónde estaba Uraraka? Me lo pregunté de repente. ¿Acaso no me había visto matar al tal Midoriya en multitud de maneras? ¿Por qué no había acudido en mi ayuda, a impedírmelo o a limpiar las pruebas, lo que correspondiese? ¿Tan absorta estaba vigilando los problemas de Iida que había pasado por alto esta posibilidad mucho más horrible? ¿O es que yo era más fuerte de lo que pensaba? ¿De verdad no le habría hecho nada a ese chico?

No, yo sabía que eso no era cierto. Uraraka tenía que estar muy centrada en Iida.

Busqué en la dirección en la que sabía que estaría mi hermana, en el edificio de menor tamaño que se utilizaba para las clases de Lengua. No tardé en localizar su «voz», tan conocida para mí. Y no me equivocaba. Tenía todos sus pensamientos volcados en Iida, observando sus pequeñas decisiones con minucioso escrutinio.

Deseaba poder pedirle consejo, pero, al mismo tiempo, me alegraba de que ella no supiera de lo que yo era capaz. Sentí otro ardor en el cuerpo: el de la llama de la vergüenza. No quería que lo supiera ninguno de ellos.

Si podía evitar a Izuku Midoriya , si me las arreglaba para ser capaz de no matarlo —no había terminado de pensar aquello y el monstruo ya se retorcía y rechinaba los dientes de frustración—, entonces no tendría por qué saberlo nadie. Si pudiese mantenerme lejos de su olor...

No había razón para no intentarlo, al menos. Tomar una buena decisión. Tratar de ser lo que Aizawa pensaba que era.

Prácticamente había terminado la última hora de clase. Decidí poner en práctica de inmediato mi nuevo plan, mejor que quedarme ahí sentado en el aparcamiento, por donde él podría pasar y echar a perder mis esfuerzos. Otra vez sentí ese odio injusto hacia él chico.

Caminé deprisa —demasiado deprisa, pero no había testigos— y crucé el diminuto campus hasta las oficinas.

Aquello estaba desierto salvo por la recepcionista, que no se percató de mi entrada silenciosa.

—¿Señora Cope?

La mujer del pelo rojo tan poco natural alzó la mirada y se sorprendió. Siempre se quedaban fuera de juego con aquellos pequeños detalles que se escapaban a su comprensión, por muchas veces que hubieran visto ya a alguno de nosotros.

—Oh —exclamó un tanto aturullada. Se alisó la camisa. Tonta, pensó. Es tan joven que casi podría ser mi hijo—. Hola, Shoto. ¿Qué puedo hacer por ti? —Aleteó las pestañas detrás de las gruesas gafas.

Qué incómodo. Pero yo sabía ser un encanto cuando quería serlo. Era sencillo, ya que tenía la posibilidad de saber al instante cómo se tomaban cualquier tono o gesto.

Me incliné hacia delante y correspondí a su mirada como si estuviera clavando los ojos en los suyos, pardos y planos. La mujer ya tenía el pensamiento agitado. Esto debería ser simple.

—Me preguntaba si me podría ayudar con el horario que tengo — le dije con esa voz suave que me reservaba para no asustar a los humanos.

Oí cómo se le aceleraba el ritmo de los latidos del corazón.

—Por supuesto, Shoto. ¿Qué puedo hacer por ti? —Demasiado joven, demasiado joven, se decía con un canturreo. Se equivocaba, desde luego. Era más mayor que su abuelo.

—Me preguntaba si podría cambiar mi clase de Biología por otra de ciencias de último año, ¿Física, quizá?

—¿Hay algún problema con el señor Banner, Shoto?

—En absoluto, es solo que ya he estudiado todas esas materias...

—En ese instituto de enseñanza acelerada al que fuisteis todos vosotros en Alaska. Ya. —Frunció los labios mientras lo valoraba. Deberían estar todos en la universidad. He oído cómo se quejan los profesores. Todos con una media de diez, perfecta, jamás vacilan al responder, ni un solo fallo en un examen. El señor Varner prefiere creer que copian en Trigonometría antes que pensar que pueda haber un alumno más listo que él. Seguro que su padre les da clases en casa...—. Lo cierto, Shoto, es que la clase de Física está bastante llena ya. El señor Banner odia tener más de veinticinco alumnos en clase...

—No le causaría ningún problema.

Desde luego que no. Jamás, alguien tan perfecto como un Todoroki.

—Ya lo sé, Shoto, pero es que no hay asientos suficientes tal y como...

—¿Puedo dejar de ir a esa clase, entonces? Aprovecharía el tiempo para estudiar por mi cuenta.

—¿Dejar Biología? —Se quedó boquiabierta. Menuda locura.

¿Tan difícil es aguantar sentado en una asignatura que ya dominas? Tiene que haber algún problema con el señor Banner—. No conseguirás los créditos suficientes para graduarte.

—Lo recuperaré el año que viene.

—Quizá deberías hablar con tus padres al respecto.

Se abrió la puerta a mi espalda, pero quienquiera que fuese no estaba pensando en mí, así que hice caso omiso del recién llegado y me concentré en la señora Cope. Me incliné hacia ella un poco más y le clavé los ojos como si la estuviese mirando con mayor intensidad. Esto funcionaría mejor si hoy los hubiera tenido dorados en vez de negros. El negro aterrorizaba a la gente, tal y como debería.

Mi error de cálculo afectó a la mujer, que retrocedió de un respingo, confundida por el conflicto de sus instintos.

—¿Señora Cope? Por favor —murmuré con una voz tan sedosa y cautivadora como podía ser, y sus reparos momentáneos se mitigaron—. ¿No hay ningún otro departamento al que me pueda trasladar? Estoy seguro de que tiene que haber alguna plaza libre en alguna parte. No puede ser que Biología en la sexta hora sea la única opción...

Sonreí a la recepcionista con cuidado de no mostrar tanto los dientes como para volver a asustarla y dejé que el gesto me suavizara la expresión de la cara.

El pulso se le aceleró. Demasiado joven, se repetía ella, frenética.

—Bueno, tal vez pueda hablar con Bob... Con el señor Banner, quiero decir. Podría ver si...

Bastó un segundo para cambiarlo todo: el ambiente en la sala, mi objetivo allí, la razón por la que me inclinaba hacia la mujer pelirroja... Lo que había tenido un fin concreto, ahora tenía otro.

Un segundo fue lo que tardó Samantha Wells en entrar, dejar un parte por impuntualidad firmado en el cesto junto a la puerta y volver a salir corriendo, con prisas por marcharse del instituto. Recibí una ráfaga repentina de aire y me di cuenta de por qué no me había interrumpido con sus pensamientos la primera persona que había entrado en la sala.

Me di la vuelta, a pesar de que no me hacía falta para estar seguro.

Deku Midoriya tenía la espalda apoyada en la pared junto a la puerta y una hoja de papel agarrada con fuerza en las manos. Los ojos se le agrandaron aún más al contemplar la ferocidad de mi mirada inhumana.

El olor de su sangre saturaba cada partícula de aire en aquella estancia minúscula y sofocante. Sentí una llamarada en la garganta.

De nuevo, el monstruo me fulminaba con la mirada desde el espejo de sus ojos, la máscara del mal.

Mi mano vaciló en el aire, sobre el mostrador. No tendría ni que girarme para alargar el brazo y estamparle la cabeza a la señora Cope contra su mesa con la fuerza suficiente para matarla. Dos vidas mejor que veinte. Un trueque.

El monstruo aguardaba inquieto, hambriento, a que lo hiciese. Pero siempre había elección... Tenía que haberla.

Interrumpí el movimiento de mis pulmones y me fijé la imagen del rostro de Aizawa delante de los ojos. Me volví para mirar a la señora Cope y oí su sorpresa interior ante el cambio en mi expresión. Retrocedió ante mí, pero su temor no se concretó en palabras coherentes.

Recurrí a todo el autocontrol que había aprendido a dominar en mis décadas de abnegación y modulé una voz tersa e inalterada. En los pulmones me quedaba el aire justo para hablar una sola vez más, con palabras aceleradas.

—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Me di la vuelta y me abalancé para salir de la sala al tiempo que trataba de no percibir el calor de la sangre templada en el cuerpo del chico al pasar a escasos centímetros de él.

Me desplacé demasiado rápido durante todo el camino hasta el coche, y no me detuve hasta que lo alcancé. La mayoría de los humanos ya se habían marchado, así que no quedaban muchos testigos. Oí a un alumno de segundo año —D. J. Garrett— que se percató, pero lo dejó pasar...

¿De dónde ha salido Todoroki? Es como si hubiera aparecido de la nada... Ya estoy otra vez con la imaginación. Mamá siempre me dice...

Al meterme en mi Volvo, los demás ya estaban allí. Intenté controlar la respiración, pero inspiraba cada bocanada de aire fresco como si me hubiera estado asfixiando.

—¿Shoto? —me preguntó Ochako con un tono de alarma en la voz.

Me limité a hacerle un gesto negativo con la cabeza.

—¿Qué demonios te ha pasado? —quiso saber Kirishima, que se distrajo por un instante del hecho de que Iida no estuviese de humor para su revancha.

En lugar de responder, metí la marcha atrás. Tenía que salir de aquel aparcamiento antes de que Deku pudiera seguirme también hasta allí. Mi propio demonio particular, que me atormentaba... Di la vuelta al coche y aceleré. Alcancé los sesenta y cinco por hora antes del salir del aparcamiento. Ya en la carretera, lo puse a ciento diez antes del primer recodo.

Sin mirarlos, ya sabía que Kirishima, Bakugou e Iida se habían girado para mirar a Uraraka. Ella se encogió de hombros. No podía ver lo que había sucedido, únicamente lo que iba a pasar.

Y ahora estaba mirando hacia el futuro por mí. Los dos procesamos lo que ella estaba viendo mentalmente, y los dos nos quedamos sorprendidos.

—¿Te marchas? —susurró Uraraka.

Los demás me miraron a mí entonces.

—¿Me marcho? —mascullé enseñando los dientes.

Entonces lo vio, cuando me flaqueó la determinación y surgió otra posibilidad que le dio un giro más tenebroso a mi futuro.

—Oh.

Izuku Midoriya, muerto. Mis ojos, de un rojo vivo y deslumbrante gracias a la sangre fresca. La búsqueda que vendría después. El tiempo medido que aguardaríamos antes de que fuera seguro para nosotros el alejarnos de Forks y volver a empezar...

—Oh —volvió a decir.

La imagen se volvió más específica. Vi el interior de la casa del jefe Midoriya por primera vez, vi a Deku en una pequeña cocina con armarios amarillos, dándome la espalda mientras yo lo acechaba entre las sombras y dejaba que su olor me llevara hasta él...

—¡Basta! —rugí, incapaz de continuar soportándolo.

—Lo siento —susurró Uraraka. El monstruo se regocijaba.

Y la visión en la mente de Uraraka volvió a transformarse. Una carretera desierta en la noche, los árboles que la flanqueaban cubiertos de nieve, pasando veloces a más de trescientos kilómetros por hora.

—Te echaré de menos —dijo Uraraka—, por breve que sea el tiempo que estés fuera.

Kirishima y Bakugou cruzaron una mirada de aprensión.

Ya casi habíamos llegado al desvío del largo camino de entrada que llevaba hasta nuestra casa.

—Déjanos aquí —me indicó Uraraka—. Deberías ser tú quien se lo cuente a Aizawa.

Asentí, y el coche se detuvo de repente con un chirrido.

Kirishima, Bakugou e Iida se bajaron en silencio; ya le pedirían a Uraraka que les diera explicaciones cuando yo me hubiese ido. Uraraka me tocó en el hombro.

—Harás lo correcto —murmuró. Esta vez no era una visión, sino una orden—. Ese chico es la única familia que tiene Hizashi Midoriya. Eso también lo mataría a él.

 

—Sí —le dije, coincidiendo solo con la última parte.

Se bajó para unirse al resto, con las cejas fruncidas en una expresión de inquietud. Se desvanecieron en el bosque y los perdí de vista antes de dar media vuelta al coche.

Ya sabía que las visiones en la mente de Uraraka se convertirían en fogonazos como los de una luz estroboscópica mientras yo regresaba a Forks a ciento cuarenta por hora. No sabía muy bien adónde iba. ¿A despedirme de mi padre? ¿O a abrazar al monstruo que llevaba en mi interior? La carretera volaba bajo los neumáticos.

Chapter Text

Me recosté sobre el montículo de nieve, tan blando, y dejé que aquel polvo seco se amoldara alrededor del peso de mi cuerpo. Se me había enfriado la piel para igualar la temperatura del aire que me rodeaba, y por debajo de ella sentía las minúsculas partículas de hielo como un manto de terciopelo.

 

En lo alto, el cielo estaba despejado, reluciente con unas estrellas que brillaban azuladas en algunos lugares y amarillentas en otros, luceros que creaban majestuosas formas en espiral contra el negro telón de fondo del vacío del universo: una imagen sobrecogedora. De una belleza exquisita. O, más bien, debería haber sido exquisita. Lo habría sido, de haber podido verla realmente.

 

No estaba mejorando. Seis días habían pasado ya, seis días que llevaba escondido aquí, en estos parajes inhóspitos de Denali, pero no estaba más cerca de sentirme liberado de lo que había estado en cualquier otro instante desde la primera vez en que capté su olor.

 

Al clavar la mirada en aquel cielo tachonado, era como si hubiese un obstáculo entre su belleza y mis ojos. Aquel obstáculo era un rostro, una cara humana simple y anodina, pero no me veía ni mucho menos capaz de quitármela de la cabeza. Oí los pensamientos que se acercaban antes de percibir las pisadas que venían con ellos. El sonido del movimiento era poco más que un débil susurro sobre la nieve en polvo.

 

No me sorprendía que Momo me hubiera seguido hasta aquí. Ya sabía que se habría pasado los últimos días meditando sobre esta conversación inminente, aplazándola hasta estar segura de qué era exactamente lo que quería decir. Surgió de un brinco a unos sesenta metros; saltó sobre la punta de un saliente de roca negra y mantuvo el equilibrio sin apoyar los talones, con los pies descalzos. La piel de Momo se veía plateada a la luz de las estrellas, y en sus cabellos largos y azabaches había un brillo pálido, casi azul con ese matiz de noche. El ámbar de sus ojos resplandeció al localizarme allí, semienterrado en la nieve, y sus labios carnosos se fueron estirando poco a poco en una sonrisa. Exquisita. Si de verdad hubiera sido capaz de verla. Suspiré.

 

No se había vestido para los ojos de los humanos; tan solo llevaba una leve camisola de algodón con tirantes y pantalones cortos. Agazapada sobre un promontorio de roca, tocó la piedra con las yemas de los dedos y su cuerpo se contrajo.

 

Alla voy, pensó.

 

Se lanzó por los aires. Su silueta se convirtió en una sombra oscura que se retorcía en unos elegantes giros entre el cielo estrellado y yo. Se hizo un ovillo en el preciso instante en que iba a impactar contra el montículo de nieve que había a mi lado. Me sepultó en una ventisca de nieve. Las estrellas se apagaron, y me quedé enterrado bien hondo en el suave tacto de los cristales de hielo. Volví a suspirar, inhalé el hielo, pero no me moví para desenterrarme. La negrura bajo la nieve no estropeaba ni mejoraba el panorama. Seguía viendo el mismo rostro.

 

—¿Shoto?

 

Acto seguido, la nieve volaba de nuevo mientras Momo me desenterraba veloz. Me retiró el hielo de la piel sin llegar a mirarme a los ojos.

 

—Perdona —murmuró—. Era una broma.

 

—Lo sé. Ha tenido gracia.

 

Se le curvaron hacia abajo las comisuras de los labios.

 

—Ibara y Kyoka dicen que debería dejarte en paz. Creen que te estoy dando la lata.

 

—Ni mucho menos —le garanticé—. Al contrario, soy yo quien está siendo grosero, espantosamente grosero. Lo lamento mucho.

 

Te vas a casa, ¿verdad?, pensó.

 

—Pues... no lo he decidido aún..., no del todo.

 

Pero no te vas a quedar aquí. Ahora había un deje nostálgico en su pensamiento.

 

—No. No parece que esté... sirviendo de ayuda. Frunció los labios en un mohín.

 

—Es por mi culpa, ¿verdad?

 

—Por supuesto que no.

 

Momo no había hecho que las cosas me resultaran más fáciles, desde luego, pero el único y verdadero impedimento era ese rostro que me perseguía.

 

No seas tan caballeroso.

 

Le sonreí.

 

Te estoy incomodando, se acusó.

 

—No.

 

Arqueó una ceja con tal expresión de incredulidad que me tuve que echar a reír. Una carcajada breve seguida de otro suspiro.

 

—Vale —reconocí—. Un poquito.

 

Ella también suspiró y apoyó el mentón en las manos.

 

—Eres mil veces más encantadora que las estrellas, Momo. Pero, por supuesto, tú ya eres muy consciente de ello. No permitas que mi tozudez te haga perder confianza —le dije, y me eché a reír ante la improbabilidad de que eso ocurriera.

 

—No estoy acostumbrada a que me rechacen —masculló, y sacó el labio inferior en un mohín muy atractivo.

 

—Ya lo creo que no —admití y, con muy poco éxito, intenté bloquear sus pensamientos mientras ella repasaba fugazmente los recuerdos de sus miles de satisfactorias conquistas.

 

Fundamentalmente, Momo prefería a los hombres humanos: por un lado, había mucho más donde elegir, pero además tenían la ventaja añadida de ser blanditos y estar calientes. Y siempre dispuestos, por descontado.

 

—Súcubo —bromeé con la esperanza de interrumpir la secuencia de imágenes que se le pasaba por la cabeza.

 

Me sonrió enseñando los dientes.

 

—El primero y auténtico.

 

Al contrario que Aizawa, Momo y sus hermanas habían tardado mucho en descubrir la conciencia. Al final, fue ese encaprichamiento con los hombres humanos lo que las volvió en contra de las masacres. Ahora, sus amantes... sobrevivían.

 

—Cuando apareciste por aquí —dijo Momo muy despacio—, pensé que...

Yo ya sabía lo que había pensado, y tendría que haberme imaginado que se sentiría de ese modo, pero en ese momento yo tampoco me encontraba en las mejores condiciones para pensar de forma analítica.

 

—Pensaste que había cambiado de opinión.

 

—Sí. —Torció el gesto.

 

—No me puedo sentir peor por haber jugado con tus expectativas, Momo. No pretendía hacerlo... Actué sin pensar y me marché... con muchas prisas.

 

—Y supongo que no me vas a contar por qué, ¿no?

 

Me incorporé y me crucé de brazos, con los hombros rígidos.

 

—Preferiría no hablar de ello. Te ruego que disculpes mis reservas.

 

Volvió a guardar silencio, aún a vueltas con sus conjeturas. No le hice caso e intenté sin el menor éxito admirar las estrellas.

 

Se rindió tras esos instantes de silencio, y sus pensamientos tomaron una nueva dirección.

 

Si te marchas, Shoto, ¿adónde irás? ¿Volverás con Aizawa?

 

—No lo creo —susurré.

 

¿Adónde iba a ir? No se me ocurría un solo lugar en todo el planeta que tuviese algo de interés para mí. No había nada que quisiera ver ni hacer, porque, fuera donde fuese, no estaría yendo a ninguna parte: tan solo estaría huyendo de otra.

Odiaba eso. ¿Cuándo me había convertido en semejante cobarde?

Momo me rodeó con esos brazos suyos tan esbeltos. Me puse en tensión, pero no me resistí a su tacto. No había en ella más pretensión que la del consuelo de una amiga. Principalmente.

—Yo creo que sí vas a volver —me dijo, y en su voz se filtró poco más que un leve rastro del acento japonés que había perdido tanto tiempo atrás—. Da igual lo que sea... o quien sea... que te atormenta. Lo afrontarás de cara. Tú eres de esos.

En sus pensamientos había tanta certeza como en sus palabras. Traté de abrazar esa imagen de mí que tenía ella, la de ese yo que afrontaba las cosas. Era agradable volver a pensar en mí de ese modo. Yo jamás había puesto en duda mi coraje, mi capacidad para plantarle cara a las dificultades, antes de esa horrible hora de clase de Biología en un instituto hacía muy poco.

Le di un beso en la mejilla y me aparté de inmediato, en el instante en que ella se retorció y giró la cara hacia la mía. Se lamentó de mi velocidad con una sonrisa.

—Gracias, Momo, me hacía falta oírlo.

Sus pensamientos se volvieron petulantes.

—De nada, supongo. Shoto, ojalá fueras más razonable con ciertas cosas.

 

—Lo siento, Momo. Ya sabes que eres demasiado buena para mí. Es que... no he dado aún con lo que estoy buscando.

—Bueno, si te marchas antes de que nos volvamos a ver..., adiós, Todoroki-san.

 

—Adiós, YaoMomo. —Pude verlo en cuanto dije aquellas palabras. Me vi marchándome, siendo lo bastante fuerte como para regresar al único sitio donde quería estar—. Gracias otra vez.

Se puso en pie con un movimiento ágil y veloz, y al momento ya se alejaba corriendo como un fantasma por la nieve, tan rápido que no daba tiempo a que se le hundiesen los pies. No dejó huellas a su paso. No echó la vista atrás. Mi rechazo le molestaba más de lo que había reconocido antes, incluso mentalmente. No querría volver a verme antes de que me marchase.

Un gesto de tristeza se apoderó de mis labios. No me gustaba hacerle daño a Momo, por mucho que sus sentimientos no fuesen profundos, difícilmente puros y, en cualquier caso, nada a lo que yo pudiese corresponder. Aun así, me hacía sentir muy poco caballeroso.

Apoyé el mentón en las rodillas y volví a alzar la mirada a las estrellas a pesar de que sentía unas ansias repentinas de ponerme en camino. Sabía que Uraraka me vería regresando a casa, que se lo contaría a los demás. Aquello iba a darles una alegría: en especial a Aizawa y a Nana. Pero me quedé mirando las estrellas un instante más, tratando de ver más allá de aquel rostro que tenía en la cabeza. Entre aquellos luceros resplandecientes del cielo y yo, un par de ojos verdes como el bosque se preguntaban desconcertados por el motivo de mis actos, como si me preguntaran a mí qué implicaciones tenía para él esta decisión. Por supuesto, no podía tener la certeza de que esa fuera en realidad la información que buscaban sus ojos curiosos. No podía oír sus pensamientos ni en mi propia imaginación. Los ojos de Izuku Midoriya seguían interrogándome, y yo me seguía perdiendo una vista despejada de las estrellas aunque el recuerdo de sus pecas era igual a mirarlas. Me rendí con un profundo suspiro y me levanté. Si echaba a correr, estaría de vuelta en el coche de Aizawa en menos de una hora.

Con las prisas por ver a mi familia —y el fuerte deseo de ser el Todoroki Shoto que afrontaba las cosas de cara— atravesé a toda velocidad el campo nevado sin dejar huellas.

—Todo va a ir bien —suspiró Uraraka, que tenía la mirada perdida.

Iida la acompañaba, guiándola con una mano apoyada con delicadeza en el codo de ella, mientras entrábamos todos juntos como una piña en la deslucida cafetería.

Bakugou y Kirishima iban delante; Kirishima, con el aspecto ridículo de un guardaespaldas en territorio enemigo. Katsuki también parecía cauteloso, aunque mucho más irritado que protector.

—Por supuesto que sí —gruñí.

La conducta de mis hermanos era absurda. De no haber tenido la certeza de que sería capaz de manejar aquel momento, me habría quedado en casa.

Había nevado la noche anterior, y Kirishima e Iida no habían tenido reparos en aprovecharse de mi distracción para bombardearme con bolas de nieve medio derretida; cuando se aburrieron de la ausencia de respuesta por mi parte, se volvieron el uno contra el otro. Después de una mañana normal o incluso entretenida como la que habíamos tenido, el repentino cambio a esta vigilancia exagerada habría resultado cómico de no ser tan irritante.

—No ha llegado aún, pero desde donde va a entrar... no estará en la dirección del aire, si nos quedamos donde siempre.

—Desde luego que nos vamos a sentar donde siempre. Déjalo ya, Ochako. Me estás crispando los nervios. Voy a estar perfectamente bien.

Parpadeó una vez mientras Iida la ayudaba a colocarse en su asiento, y sus ojos por fin se concentraron en mí.

—Mmm —dijo como si sonara sorprendida—. Parece que estás bien.

—Por supuesto que lo estoy —mascullé.

Odiaba ser el centro de sus preocupaciones. Sentí una repentina empatía hacia Iida, al recordar todas aquellas veces en que habíamos estado encima de él para protegerlo. Él cruzó una breve mirada conmigo y sonrió de oreja a oreja.

Es molesto, ¿a que sí?

Lo fulminé con la mirada.

¿No era apenas la semana pasada cuando aquella sala deslucida y alargada me había parecido terriblemente aburrida, cuando estar allí era como un sopor, como entrar en coma?

Hoy tenía los nervios en máxima tensión: como las cuerdas de un piano, tan tirantes como para sonar con la presión más leve. Tenía los sentidos hiperalerta; escudriñaba cada sonido, cada imagen, cada movimiento del aire que me rozaba la piel, cada pensamiento. En especial los pensamientos. Solo había un sentido que mantenía cerrado a cal y canto, que me negaba a utilizar. El olfato, por supuesto. No respiraba.

Me esperaba oír algo más sobre los Todoroki en los pensamientos que iba cribando. Había permanecido a la espera todo el día, en busca de cualquier nueva amistad a la que Deku se pudiera haber confiado, tratando de ver qué dirección tomaban ahora los cotilleos. Pero no había nada. Nadie se fijó en los cinco vampiros de la cafetería en particular, exactamente igual que antes de que llegara ese chico. Varios de los humanos que estaban allí continuaban pensando en él, exactamente los mismos pensamientos que la semana anterior. En lugar de encontrarlo insoportablemente aburrido, ahora me fascinaba.

¿Es que él chico no le había dicho nada a nadie sobre mí?

Era imposible que no se hubiese fijado en mi mirada oscura y asesina. Lo había visto reaccionar ante ella. Seguro, lo había traumatizado. Estaba convencido de que se lo habría mencionado a alguien, que tal vez incluso hubiese exagerado el relato para mejorarlo un poco. Que habría puesto en mis labios alguna frase amenazadora.

Además, también me había oído intentar zafarme de la clase de Biología que compartíamos. Después de verme la expresión de la cara, tuvo que haberse preguntado si sería él la causa. Un chico normal se habría dedicado a preguntar por ahí, habría comparado su experiencia con la de otros chicos y habría buscado una base común que explicara mi conducta de tal modo que él no se sintiera señalado. Los humanos y su constante desesperación por sentirse normales, por integrarse, por no desentonar respecto de todos los que tienen a su alrededor, como un anodino rebaño de ovejas. Esa necesidad era especialmente fuerte durante los inseguros años de la adolescencia. Este chico no iba a ser una excepción.

Sin embargo, nadie en absoluto reparó en nosotros allí sentados, en nuestra mesa de siempre. Deku debía de ser excepcionalmente tímido si no se había confiado a nadie. Quizá hubiese hablado con su padre; tal vez esa fuese su relación más estrecha..., aunque parecía poco probable, dado el poco tiempo que había pasado con él a lo largo de su vida. Estaría más unido a su madre. Aun así, yo tendría que pasar cerca del jefe Midoriya en algún momento no muy lejano y escuchar lo que estaba pensando.

—¿Alguna novedad? —preguntó Iida.

Me concentré y permití que aquellos enjambres que formaban los pensamientos me invadieran la mente una vez más. No había nada que destacase; nadie estaba pensando en nosotros. Pese a la inquietud que había sentido en un principio, no parecía que les sucediera nada a mis capacidades, al margen del chico silencioso. Al regresar, había comentado con Aizawa mis preocupaciones, pero, hasta donde él sabía, nuestras aptitudes solo se hacían más fuertes con la práctica. Nunca se atrofiaban.

Iida aguardaba impaciente.

—Nada. Será que... él chico no ha dicho una palabra. Todos arquearon las cejas al oír aquella noticia.

—A lo mejor es que no das tanto miedo como tú crees —dijo Kirishima entre risas—. Estoy seguro de que yo lo habría asustado un poquito mejor.

Lo miré y puse los ojos en blanco.

—Me pregunto por qué... —Kirishima seguía desconcertado con mi revelación acerca del inusual silencio del chico.

—Ya hemos hablado de eso. No lo sé.

—Ya viene —murmuró entonces Uraraka, y el cuerpo se me quedó paralizado—. Intenta parecer humano.

—¿Humano, dices? —preguntó Kirishima.

Levantó el puño derecho y giró los dedos para mostrar la bola de nieve que se había guardado en la palma de la mano. No se había derretido; la comprimió en un bloque irregular de hielo. Tenía los ojos puestos en Iida, pero vi hacia dónde se dirigían sus pensamientos. Y Uraraka también, por supuesto. Cuando de repente le tiró a ella el trozo de hielo, Ochako lo desvió con un simple manotazo. El hielo salió disparado y cruzó toda la cafetería, demasiado rápido como para ser visible a ojos de los humanos, y se hizo añicos con un fuerte crujido contra la pared de ladrillo, que también se agrietó.

Todos los que se encontraban en ese rincón de la sala volvieron la cabeza para ver los fragmentos de hielo en el suelo, y, acto seguido, la volvieron hacia el otro lado en busca del culpable. No buscaron más allá de unas mesas de distancia. Nadie nos miraba a nosotros.

—Sí, Eijiro, muy humano —dijo Katsuki en tono mordaz—. Ya que estás, ¿por qué no atraviesas la pared de un puñetazo?

—Sería más impresionante si lo hicieras tú, precioso.

Traté de prestarles atención y de no perder la sonrisa, como si estuviera tomando parte en sus bromas. No me permití una sola mirada a la fila de gente donde sabía que se encontraba él. Pero eso era lo único que estaba escuchando.

Podía oír la impaciencia de Toga con él chico nuevo, que también parecía distraído, inmóvil en la fila que avanzaba. En los pensamientos de Toga, vi que las mejillas de Deku volvían a teñirse de sangre con un vivo color rosado, haciendo más visible ese manto estrellado que las cubría.

Cogí aire en bocanadas cortas y poco profundas, preparado para dejar de respirar en caso de que su olor tocara el aire a mi alrededor.

Tuoya Himura estaba con los dos chicos. Oí las dos voces del chico, la mental y la verbal, cuando le preguntó a Toga qué era lo que le pasaba a Deku. Qué mal gusto, la manera que tenía de envolver sus pensamientos en torno a él, el parpadeo de unas fantasías ya establecidas que le nublaban la mente al chaval mientras lo veía sorprenderse y alzar la mirada de su ensoñación como si se hubiera olvidado de que él estaba allí.

—Nada —oí decir a Deku en esa voz clara y callada: era como el tañido de una campana sobre el murmullo de fondo de la cafetería, aunque me daba cuenta de que se debía a la gran atención con que yo lo estaba escuchando—. Hoy solo quiero un refresco —prosiguió mientras avanzaba para recuperar el ritmo de la fila.

No pude evitar echar un vistazo fugaz en su dirección. Él chico tenía los ojos clavados en el suelo, la sangre le abandonaba poco a poco la cara. Aparté la mirada enseguida, hacia Eijiro, que se rio de mi sonrisa afligida.

Se te ha puesto mala cara, hermanito.

Recompuse el gesto para que mi expresión pareciese natural y desenfadada.

Toga preguntaba en voz alta por la falta de apetito del otro chico.

—¿Es que no tienes hambre?

—La verdad es que estoy un poco mareado. —Hablaba en una voz más baja, pero aún bastante clara.

¿Por qué me molestaba la preocupación protectora que de pronto emanaban los pensamientos de Tuoya Himura? ¿Qué importancia tenía que hubiese en ellos un aire posesivo? Si Tuoya Himura sentía una inquietud innecesaria por él, eso no era asunto mío. Tal vez fuera ese el modo en que todo el mundo respondía ante él. ¿No había querido protegerlo yo también, de manera instintiva? Antes de haber querido matarlo, quiero decir...

Pero ¿de verdad estaba enfermo él chico?

Era complicado juzgarlo: parecía tan delicado con esa piel pecosa y a la vez translúcida... Entonces caí en la cuenta de que me estaba preocupando, exactamente igual que hacía aquel tarado, ese adolescente molesto, y me obligué a no pensar en la salud del chico.

A pesar de todo, no me gustaba observarlo a través de los pensamientos de Tuoya. Pasé a los de Toga y me fijé al detalle mientras ellos tres elegían una mesa donde sentarse. Por suerte, se sentaron con los acompañantes habituales de Toga, en una de las primeras mesas de la sala. No estaba en la dirección de la corriente de aire, tal y como me había prometido mi hermana.

Ochako me dio un golpe con el codo. No va a tardar en mirar. Actúa como un humano.

Apreté los dientes detrás de la sonrisa, odiaba tener que sonreir por compromiso, era fiel creyente que solo debías sonreir cuando quisieras.

—Relájate, Shoto —dijo Eijiro—. En serio. Pongamos que matas a un humano. Ni que eso fuera el fin del mundo.

—Qué sabrás tú —murmuré. Eijiro se echó a reír.

—Tienes que aprender a superar las cosas, como hago yo. La eternidad es mucho tiempo para estar regodeándose en la culpa.

En ese preciso instante, Ochako cogió un trozo de hielo más pequeño que había estado escondiendo y se lo lanzó a la cara a un desprevenido Eijiro.

Eijiro parpadeó, sorprendido, y sonrió con anticipación.

—Tú te lo has buscado —dijo. Se inclinó sobre la mesa y sacudió hacia Ochako el cabello escarchado de hielo, que se estaba derritiendo en el calor de la sala y salió disparado formando un chaparrón medio helado, medio líquido.

—¡Eh! —se quejó Katsuki conforme Ochako y él retrocedían ante el diluvio.

Ochako se echó a reír, y todos nos unimos a ella. Pude ver en la mente de Ochako cómo había orquestado aquello en el instante perfecto, y supe aquel chico —debería dejar de pensar en él como «él chico», como si fuera él único en el mundo—... que Deku nos estaría viendo jugar y reír, tan felices y humanos, envueltos en una idealidad tan poco realista como la de un cuadro de Norman Rockwell.

Ochako continuó riéndose y levantó su bandeja a modo de escudo.

Él chico —Deku— aún estaría mirándonos.

... otra vez mirando a los Todoroki, pensó alguien. Me llamó la atención.

Miré de forma refleja hacia aquella llamada involuntaria y no me costó reconocer la voz en el momento en que mis ojos dieron con su destino: la estaba escuchando mucho hoy.

No obstante, mis ojos dejaron atrás a Toga y se centraron en la penetrante mirada del chico.

Bajó la cabeza enseguida y se volvió a esconder tras su densos rizos, parecían más oscuros que la última vez.

¿En qué estaba pensando? Más que apagarse, la frustración parecía estar haciéndose más aguda conforme pasaba el tiempo. Con incertidumbre, ya que no había hecho aquello nunca, intenté explorar con la mente el silencio que lo envolvía. Mi sentido extra del oído siempre había funcionado con naturalidad, sin pedirlo; nunca había tenido que esforzarme. Pero me concentré, traté de abrir una brecha en aquella coraza que lo rodeaba, fuera lo que fuese.

Nada salvo silencio.

¿Qué le pasa a este?, pensó Toga como si se hiciera eco de mi propia irritación.

—Shoto Todoroki te está mirando —susurró al oído de Midoriya, y añadió una risa tonta: no había ni rastro de aquel fastidio celoso en su tono de voz.

Toga parecía de lo más hábil simulando la amistad.

Yo también aguardaba —demasiado absorto— la respuesta del chico.

—No parece enojado, ¿verdad?

De modo que sí había advertido mi reacción desbocada de la semana anterior. Por supuesto que sí.

La pregunta desconcertó a Toga. Vi mis propias facciones en sus pensamientos mientras ella comprobaba la expresión de mi rostro, pero no correspondí a su mirada. Seguía concentrado en él chico, tratando de oír algo. Semejante concentración no parecía servir de la menor ayuda.

—No —le dijo Toga, y supe que había deseado poder decirle que sí: cómo le dolía aquello, que yo lo mirase, aunque no había ningún indicio de ello en su voz—. ¿Debería estarlo?

—Creo que no soy de su agrado —contestó él chico en un suspiro, y bajó la cabeza sobre el brazo, como si de pronto estuviese cansado.

Intenté comprender aquel movimiento, pero no pude hacer más que suposiciones. Quizá sí estuviera cansado.

—A los Todoroki no les gusta nadie —lo tranquilizó Toga—. Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para que les guste. —Antes nunca lo hacían. Sus pensamientos eran un rezongar quejumbroso

— Pero te sigue mirando.

—No lo mires —dijo él chico, inquieto, y levantó la cabeza del brazo para asegurarse de que Toga obedecía la orden.

Toga soltó una risita, pero hizo lo que le habían pedido.

Él chico no dejó de mirar a la mesa durante el resto de la hora. Pensé que se trataba de algo intencionado, aunque, por supuesto, no podía estar seguro. Era como si deseara mirarme. Su cuerpo se desplazaba un tanto hacia mí, el mentón comenzaba a girarse, y entonces él reparaba en lo que estaba haciendo, respiraba hondo y miraba fijamente a quien estuviese hablando.

Ignoré la mayor parte de los pensamientos que rodeaban al chico, ya que —por ahora— no eran sobre él. Tuoya Himura estaba planeando una guerra de bolas de nieve en el aparcamiento después de clase, como si no se diera cuenta de que la nieve ya se había transformado en lluvia. El tenue sonido de los copos al posarse en el tejado se había convertido en el repiqueteo más habitual de las gotas de lluvia. ¿De verdad era incapaz de oír semejante cambio? A mí me parecía ruidoso.

Al finalizar el descanso del almuerzo, permanecí en mi sitio. Los humanos salieron en fila, y me sorprendí tratando de distinguir el sonido de los pasos del chico entre el resto, como si en ellos hubiera algo importante o inusual. Menuda estupidez.

Mi familia tampoco se movió para marcharse. Aguardaron a ver qué hacía yo.

¿Iría a clase y me sentaría junto al chico, donde podría oler el aroma tan increíblemente intenso de su sangre y sentir la calidez de su pulso en el aire en contacto con mi piel? ¿Era lo bastante fuerte para hacer eso? ¿O ya había tenido suficiente por un día?

Este momento ya lo habíamos discutido en familia, desde todos los ángulos posibles. A Aizawa no le parecía bien correr el riesgo, pero no iba a imponer su voluntad sobre la mía. Iida lo desaprobaba casi tanto como Aizawa, pero por temor a quedar al descubierto, más que por cualquier consideración hacia la humanidad. Katsuki solo se preocupaba por el modo en que influiría en su vida. Ochako veía tantos futuros tenebrosos y en conflicto que sus visiones acababan siendo de una inutilidad atípica. Nana no me consideraba capaz de hacer ningún mal, y Eijiro solo quería comparar la situación con las historias de sus propias experiencias con otros olores particularmente apetecibles. Arrastró a Iida hacia aquellas retrospectivas, aunque la historia de este con el autocontrol era tan breve e irregular que ni siquiera se veía en condiciones de asegurar que hubiera pasado alguna vez por una lucha similar. Eijiro, por el contrario, sí tenía memoria de dos incidentes de ese corte, y sus recuerdos no resultaban muy alentadores. Pero era mucho más joven por aquel entonces, no tan experto en el autocontrol. Sin duda, yo era más fuerte que eso.

—Creo... que va a ir bien —dijo una Ochako dubitativa—. Has tomado una decisión. Creo que aguantarás hasta el final de la clase. Pero Ochako conocía bien lo rápido que podía cambiar una decisión.

—¿Por qué forzar las cosas,Shoto? —preguntó Iida. Aunque mi hermano no deseara jactarse de que ahora yo fuese el débil, pude percibir que lo hacía, solo un poco—. Vete a casa. Tómatelo con calma.

—¿Por qué hacer una montaña de esto? —discrepó Kirishima—. O lo mata o no lo mata, pero, bueno, también podría acabar de una vez con el tema, de una forma u otra, jugar con esto no es algo muy varonil.

—No quiero irme a vivir a otro sitio todavía —se quejó Bakugou aunque él hubiese deseado gritarnos, mostrar su naturaleza explosiva—. No quiero volver a empezar. Ya casi hemos terminado el instituto, pelo pincho. Por fin.

Me sentía dividido a partes iguales en aquella decisión. Quería, ardía en deseos de afrontar aquello en vez de volver a salir huyendo, pero tampoco quería forzarme en exceso. La semana anterior había sido un error que Iida pasara tanto tiempo sin salir de caza; ¿no era esto también un error sin sentido?

No quería desarraigar a mi familia. Ninguno de ellos me lo iba a agradecer.

Pero deseaba ir a clase de Biología. Me di cuenta de que deseaba volver a ver su rostro.

Eso fue lo que tomó la decisión por mí. Esa curiosidad. Estaba enfadado conmigo mismo por sentirla. ¿No me había prometido ya que no permitiría que el silencio de la mente de aquel chico me provocara un desmesurado interés en él? Y, aun así, aquí estaba yo, con el interés más desmesurado.

Quería saber qué estaba pensando. Tenía su mente vedada, pero sus ojos estaban abiertos de par en par. Quizá sí pudiese leerlos.

—No, Kat, creo que va a ir bien de verdad —dijo Ochako—. Se está... confirmando. Estoy segura al noventa y tres por ciento de que no va a pasar nada malo si Shoto va a clase. —Me miró, inquisitiva, preguntándose qué habría cambiado en mis pensamientos para hacer que sus visiones del futuro se volviesen más firmes.

¿Bastaría la curiosidad para mantener con vida a Izuku Midoriya?

Aun así, Kirishima tenía razón: ¿por qué no acabar de una vez con esto, en un sentido u otro? Afrontaría la tentación de cara.

—Marchense a clase —les ordené, y me aparté de la mesa.

Me di la vuelta y me alejé de ellos con paso decidido y sin mirar atrás. Podía oír la preocupación de Uraraka, la censura de Iida, la aprobación de Kirishima y la irritación de Bakugou, que seguían mis pasos.

Respiré muy hondo una última vez en la puerta del aula y contuve el aire en los pulmones al entrar en aquella estancia tan reducida y cálida.

No llegaba tarde. El señor Banner aún estaba preparando el laboratorio de hoy. Él chico estaba ya sentado en mi... en nuestra mesa, de nuevo con la cabeza gacha, sin levantar la vista de la carpeta en la que estaba garabateando. Examiné el dibujo mientras me aproximaba, interesado incluso en la más trivial de las creaciones de su mente, pero no tenía ningún significado. Un simple garabato al azar con unos círculos dentro de otros círculos. ¿Quizá no estaba concentrado en el dibujo, sino pensando en otra cosa?

Separé mi silla con una rudeza innecesaria y dejé que raspara sobre el linóleo: los humanos siempre se sentían más cómodos cuando alguien anunciaba su acercamiento con un ruido.

Supe que lo había oído; no levantó la vista, pero la mano le vaciló en uno de los círculos que estaba pintando, y este le quedó desigual.

¿Por qué no miraba? Lo más probable es que estuviera muerto de miedo. Tenía que asegurarme de dejarle ahora una impresión distinta, conseguir que pensara que la otra vez se había imaginado cosas raras.

—Hola —le dije en esa voz baja que utilizaba cuando quería que los humanos se sintiesen más cómodos, y le ofrecí una  tenue sonrisa cortés de tal forma que los labios no dejaran ver los dientes.

Entonces sí miró, con esos grandes ojos verdes sorprendidos y llenos de preguntas mudas. Era la misma expresión que me había estado obstaculizando la vista durante la semana pasada.

Tenía los ojos de un color como el de una esmeralda, tal vez con algo de zafiro, pero con una claridad más comparable a la del bosque después de una lluvia, profundos, transparentes, con unas pintas diminutas en azul ágata y el dorado del caramelo cerca de las pupilas... Y al mirar fijamente en la extraña profundidad de esos ojos verdes, reparé en que el odio se había evaporado, ese odio que por alguna razón me había imaginado que se merecía aquel chico por el simple hecho de existir. Ahora que había dejado de respirar, que no percibía su olor, me costaba creer que alguien tan vulnerable pudiera ser merecedor de semejante odio alguna vez.

Se le empezaron a sonrojar las mejillas salpicadas de pecas diminutas y otras no tanto, y no dijo nada.

Mantuve la mirada en sus ojos, concentrado únicamente en aquellas profundidades tan inquisitivas, e intenté hacer caso omiso del apetecible tono de su piel. Había cogido suficiente aire para hablar un rato más sin volver a respirar.

—Me llamo Shoto Todoroki—le dije, aunque él ya lo sabía. Ese era el modo educado de comenzar—. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Deku Midoriya.

Pareció confuso: volvía a tener una pequeña arruga entre los ojos.

Tardó medio segundo más de lo que debería en responder.

—¿Cómo sabes mi nombre? —quiso saber, y la voz se le quebró apenas un poco.

Debía de haberlo aterrorizado de verdad, y eso hizo que me sintiera culpable. Me reí con delicadeza: sabía que ese sonido lograba que los humanos se sintieran más cómodos.

—Creo que todo el mundo sabe tu nombre. —Sin duda, tenía que haberse dado cuenta de que se había convertido en el centro de atención de este lugar tan monótono—. El pueblo entero te esperaba.

Frunció el ceño como si aquella información fuese algo desagradable. Siendo tan tímido como parecía ser, supuse que eso le sonaría como algo malo. La mayoría de los humanos sentían lo contrario. Aunque no querían destacar del rebaño, al mismo tiempo ansiaban que su uniformidad personal fuera el centro de todas las miradas.

—No, no —dijo él—. Me refiero a que me has llamado Deku.

—¿Prefieres Izuku? —le pregunté perplejo; no era capaz de ver hacia dónde se dirigía aquella pregunta.

No lo entendía. Él chico había dejado claras sus preferencias muchas veces en su primer día. ¿Tan incomprensibles eran todos los seres humanos sin el contexto mental que me servía de orientación? Cuánto debía de depender de ese sentido extra. ¿Iría completamente a ciegas sin él?

—No, me gusta Deku —me respondió al tiempo que ladeaba la cabeza en un ligero ángulo. La expresión de su cara, si es que yo la estaba interpretando en condiciones, no se decidía entre la confusión y la vergüenza—. Pero creo que Hizashi, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Izuku a mis espaldas, porque todos me llaman Izuku. —La piel se le sonrojó en un rosado más oscuro, las pecas parecían brillar.

—Oh —exclamé, y de inmediato aparté la mirada de su rostro.

Me acababa de percatar del sentido de sus preguntas: había cometido un desliz, un error. De no haber estado escuchando a todo el mundo en aquel primer día, de entrada me habría dirigido a él por su nombre completo. Él había notado la diferencia.

Sentí una punzada de inquietud. Había captado mi descuido con enorme rapidez. Muy astuto, en especial para alguien que supuestamente estaba aterrorizado por mi proximidad.

Sin embargo, yo tenía otros problemas más trascendentes que cualquier sospecha sobre mí que aquel chico pudiese guardar bajo llave dentro de la cabeza.

Me había quedado sin aire. Si quería decirle algo más, tendría que respirar.

Evitar hablar iba a ser difícil. Por desgracia para él, el hecho de compartir mesa lo convertía en mi compañero de laboratorio, y hoy tendríamos que trabajar juntos. Parecería extraño —e incomprensiblemente maleducado— que lo ignorase mientras hacíamos el ejercicio del laboratorio. Serviría para generarle más sospechas, más temores.

Me aparté de él tanto como pude sin moverme de la silla y volví la cabeza hacia el pasillo. Me preparé, bloqueé los músculos y, respirando solo por la boca, cogí una rápida bocanada de aire que me llenó el pecho.

¡Ah!

Qué dolor tan intenso, como tragarse un carbón incandescente. Aun sin olerla, podía percibir su sabor en la lengua. Las ansias fueron igual de fuertes que en el primer instante en que había captado su olor la semana pasada.

Rechiné los dientes y traté de recobrar la compostura.

—Empiecen —ordenó el señor Banner.

Tuve que hacer uso de todo el autocontrol, hasta la última brizna, que había logrado en setenta y cuatro años de duros esfuerzos para poder girarme de nuevo hacia él chico —que miraba a la mesa— y sonreír.

—¿Inicias primero, compañero? —le ofrecí.

Alzó la mirada hasta la expresión de mi rostro y se puso pálido.

¿Había algo fuera de lugar? Vi en sus ojos el reflejo de la compostura apta para seres humanos que solían adoptar mis facciones. ¿Otra vez estaba aterrado? No dijo nada.

—Puedo empezar yo si lo deseas —le dije en voz baja.

—No —me dijo, y su rostro volvió a pasar de la palidez al sonrojo

— Yo lo hago.

Fijé la mirada en el equipo sobre la mesa —el maltratado microscopio, la caja de placas— en lugar de observar cómo crecía y menguaba la sangre bajo aquella piel transparente. Volví a respirar rápido, entre dientes, e hice una mueca de dolor cuando el sabor me abrasó el interior de la garganta.

—Profase —dijo después de un rápido examen; fue a retirar la placa a pesar de que apenas la había estudiado.

—¿Te importa si lo miro? —De forma instintiva y estúpida, como si fuera uno de los suyos, extendí la mano para impedir que retirase la placa.

Por un segundo, la calidez de su piel se grabó al rojo vivo en la mía. Fue como un impulso eléctrico: el calor me recorrió los dedos y me subió por el brazo. Él apartó la mano de golpe de debajo de la mía.

—Lo siento —dije entre dientes.

Ante la necesidad de encontrar algún sitio donde mirar, agarré el microscopio y me asomé un segundo por el ocular. Tenía razón.

—Profase —admití.

Me sentía demasiado alterado como para mirarlo. Respiré tan silenciosamente como pude entre los dientes apretados, intenté no prestar atención a aquella sed tan abrasadora y me centré en el trabajo, que era de lo más simple; anoté la palabra en la línea adecuada de la hoja de laboratorio y cambié la primera placa por la siguiente.

¿En qué estaba pensando ahora? ¿Qué había sentido cuando le había rozado la mano? Debía de haber notado mi piel fría como el hielo: repulsiva. Normal que estuviese tan callado. Observé la placa.

—Anafase —dije para mí al tiempo que lo anotaba en la segunda línea.

—¿Puedo? —preguntó.

Alcé la mirada, sorprendido al ver que aguardaba expectante, con una mano medio extendida hacia el microscopio. No parecía tener miedo. ¿De verdad pensaba que me había equivocado en la respuesta?

No pude evitar sonreír ante la expresión esperanzada que había en su rostro mientras le pasaba el microscopio deslizándolo sobre la mesa.

Miró por el ocular con un entusiasmo que no tardó en desvanecerse. Se le curvaron hacia abajo las comisuras de los labios.

—¿Me pasas la diapositiva número tres? —me preguntó sin apartar el ojo del microscopio, con la mano extendida.

Le dejé la siguiente placa en la mano con cuidado de mantener mi piel alejada de la suya esta vez. Estar allí sentado con él era como sentarse al lado de una lámpara de calor. Con esa temperatura más elevada, mi cuerpo también empezaba a templarse.

Miró la placa solo unos instantes.

—Interfase —dijo de pasada, tal vez con un esfuerzo excesivo por sonar indiferente, y empujó el microscopio hacia mí.

No tocó el papel, sino que esperó a que yo escribiera la respuesta. Lo comprobé: él volvía a estar en lo cierto.

Así llegamos al final, pronunciando una palabra cada vez y sin mirarnos a los ojos en ningún momento. Éramos los únicos que habían terminado: los demás de la clase lo estaban pasando mal con el ejercicio del laboratorio. A Tuoya Himura le costaba mantener la concentración: trataba de vigilarnos a Deku y a mí.

Ojalá se hubiera quedado dondequiera que se hubiese ido a pasar unos días, pensó Tuoya mientras me miraba con una expresión sulfurada. Interesante. No había reparado en que ese chaval me tuviese una especial animadversión. Aquello suponía una novedad, tan reciente como la llegada del chico, al parecer. Aún más interesante: descubrí —para mi sorpresa— que el sentimiento era mutuo.

Volví a mirarlo, divertido con el amplio abanico de estragos y trastornos que él estaba sembrando en mi vida pese a su apariencia tan común y tan poco amenazadora.

No se trataba de que yo no fuese capaz de ver lo que le pasaba a Tuoya. Él chico era en cierto modo guapo para ser humano, de una belleza inusual. Más que bello, su rostro era... inesperado. Ni mucho menos simétrico: la barbilla redonda quedaba desequilibrada con esos pómulos tan anchos; unas tonalidades extremas: el contraste de una piel tan clara y llena de esas diminutas pecas que variaban en tonalidad y el cabello tan oscuro; y después estaban esos ojos, demasiado grandes para su cara, rebosantes de secretos acallados...

Unos ojos que tenía de repente clavados en los míos.

Correspondí a su mirada e intenté adivinar aunque solo fuera uno de aquellos secretos.

—¿Te has puesto lentillas? —me preguntó de sopetón. Qué pregunta tan extraña.

—No. —Casi me sonreí ante la idea de perfeccionar aún más mi vista.

—Vaya —balbució—. Te veo los ojos distintos.

De pronto sentí que una vez más me quedaba helado, al percatarme de que no era el único que estaba tratando de sonsacarle algún secreto al otro hoy.

Me encogí de hombros, agarrotado, y fijé la mirada al frente, hacia el lugar donde el profesor estaba haciendo sus rondas.

Por supuesto que me había cambiado algo en los ojos desde la última vez que él se había quedado mirándolos. Con el fin de prepararme para la dura prueba de hoy, la tentación, me había pasado todo el fin de semana cazando, saciándome la sed tanto como fuera posible, en exceso, la verdad. Me había hartado de sangre de animales, aunque tampoco es que supusiera una gran diferencia a la hora de enfrentar el apabullante aroma que flotaba en el aire alrededor de aquel chico. Cuando le había lanzado aquella última mirada fulminante, mis ojos habían estado negros por la sed. Ahora, con el cuerpo nadando en sangre, tenía los ojos de un cálido tono dorado: un ámbar claro aunque de vez en cuando, las veces en que superaba las dos semanas sin cazar, una heterocromía se adueñaba de mis iris, como en el pasado.

Otro desliz. De haber visto a qué se refería con su pregunta, le podría haber dicho que sí.

Me había tirado dos años sentándome rodeado de humanos en aquel instituto, y él era el primero que me examinaba los ojos con la suficiente atención como para reparar en el cambio de color. Los demás, aunque admirasen la belleza de mi familia, solían mirar al suelo en cuanto les devolvíamos la mirada. Nos rehuían y bloqueaban los detalles de nuestra apariencia en un esfuerzo instintivo por evitar entenderlo. La ignorancia era una bendición para la mente humana.

¿Por qué tenía que ser justo él quien viese tanto?

El señor Banner se acercó a nuestra mesa. Inhalé agradecido la bocanada de aire limpio que trajo consigo antes de que pudiera mezclarse con el olor de Deku.

—En fin, Shoto —me dijo—. ¿No crees que deberías dejar que Izuku también mirase por el microscopio?

—Deku —lo corregí en un acto reflejo—. En realidad, él ha identificado tres de las cinco diapositivas.

Los pensamientos del señor Banner estaban cargados de escepticismo cuando se volvió para mirar al chico.

—¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio?

Absorto, observé cómo él le sonreía con un ligero aire avergonzado.

—Con la raíz de una cebolla, no.

—¿Con una blástula de pescado blanco? —indagó el señor Banner.

—Sí.

El profesor se sorprendió ante aquello. El ejercicio de laboratorio de hoy era algo que había sacado de un curso de último año. Asintió pensativo hacia él chico.

—¿Estabas en un curso avanzado en Tokio?

—Sí.

Avanzado, entonces, era inteligente para ser humano. No me sorprendió.

—Bueno —dijo el señor Banner, frunciendo los labios—, supongo que es bueno que ambos sean compañeros de laboratorio.

Se dio la vuelta y se alejó murmurando para el cuello de su camisa: «Así, los demás tendrán la oportunidad de aprender algo por sí solos». Dudé que él chico hubiese podido oírlo. De nuevo se puso a garabatear círculos en la carpeta.

Por el momento, dos deslices en media hora. Una actuación de lo más pobre por mi parte. Aunque no tenía ni idea de lo que ese chico pensaba de mí —¿hasta dónde me temía?, ¿hasta dónde sospechaba?—, sabía que tendría que esforzarme más por dejarle una impresión distinta. Algo que mitigase sus recuerdos de nuestro último y violento encuentro.

—Es una lástima lo de la nieve, ¿no? —le dije repitiendo la cháchara intrascendente que había oído comentar ya a una decena de alumnos.

Un tema de conversación típico y aburrido. Hablar del tiempo: siempre seguro o eso esperaba, mis habilidades sociales nunca fueron buenas ni como humano ni ahora, como vampiro.

Me lanzó una mirada con una evidente duda en los ojos: una reacción nada normal ante unas palabras tan normales como las mías.

—En realidad, no.

Intenté reconducir de nuevo la conversación por caminos más que trillados. Él venía de un sitio mucho más cálido y luminoso —en cierto modo, y a pesar de su palidez, su piel parecía un reflejo de eso—, y el frío debía de incomodarlo. Mi roce gélido sin duda lo había hecho.

—A ti no te gusta el frío —supuse.

—Tampoco la humedad —reconoció.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks. —Quizá no deberías haber venido, me daban ganas de añadir. Quizá deberías regresar al lugar al que perteneces.

Sin embargo, no estaba seguro de desear aquello. Siempre recordaría el olor de su sangre: ¿qué me garantizaba que no acabaría yendo a buscarlo? Además, si él se marchaba, su mente seguiría siendo un misterio para siempre, un constante y molesto enigma.

—Ni te lo imaginas —dijo en voz baja, mirando con mala cara por encima de mi hombro durante un instante.

Sus respuestas nunca eran lo que yo me esperaba. Me provocaban el deseo de hacerle más preguntas.

—En tal caso, ¿por qué has venido aquí? —quise saber, y al instante fui consciente de que mi tono de voz había sido demasiado admonitorio, no lo bastante informal para aquella conversación. La pregunta había sonado indiscreta, grosera.

—Es... complicado.

Pestañeó y lo dejó en el aire, y yo estuve a punto de reventar de una curiosidad que, en aquel segundo, me quemó la garganta casi tanto como la sed. Lo cierto era que me estaba resultando ligeramente más sencillo respirar. El sufrimiento se iba haciendo más soportable a base de familiarizarme con él.

—Creo que voy a poder seguirte —insistí.

Tal vez la simple cortesía la empujara a responder a mis preguntas mientras yo fuese lo bastante maleducado para formularlas.

En silencio, agachó la cabeza y se miró las manos. Aquel gesto me impacientó. Sentía deseos de ponerle la mano bajo el mentón y levantarle la cabeza para poder leerle la mirada. Pero, claro, no le volvería a rozar la piel en ningún caso.

Alzó la vista de repente. Fue un alivio tener la posibilidad de ver las emociones en sus ojos. Habló a la carrera, atropellándose con las palabras.

—Mi madre se ha casado.

Ah, esto sí que era de lo más humano, fácil de comprender. La pena le revoloteaba por el rostro y le devolvía aquella arruga en el entrecejo.

—No me parece tan complicado —le dije con una voz delicada sin necesidad de recurrir a mis artificios para que así fuera. Su abatimiento me hacía sentir una curiosa impotencia, el deseo de que hubiese algo que yo pudiera hacer para que se sintiera mejor. Un impulso extraño—. ¿Cuándo ha sucedido eso?

—El pasado mes de septiembre. —Exhaló con fuerza, pero no llegó a ser un suspiro, y me quedé de piedra cuando la calidez de su aliento me acarició el rostro.

—Pero él no te gusta —sugerí tras una breve pausa, aún tratando de obtener algo más de información.

—No, Toshinori es un buen tipo —me dijo para corregir mi suposición. La leve sombra de una sonrisa surgió en las comisuras de sus labios—. Demasiado joven, quizá, pero amable.

Aquello no cuadraba con la hipótesis que yo me había estado construyendo en la cabeza.

—¿Por qué no te has quedado con ellos? —Había un exceso de interés en mi voz; sonaba como si estuviera siendo un entrometido.

Y lo estaba siendo, reconozcámoslo.

—Toshinori viaja mucho. Es peleador de boxeo profesional. —La sonrisita se hizo más pronunciada; le hacía gracia que hubiera elegido aquella profesión.

Yo también sonreí, sin haberlo decidido. No estaba intentando que se sintiese cómodo. Su sonrisa acababa de provocarme el deseo de sonreír en respuesta... como quien comparte un secreto.

—¿Debería sonarme su nombre?

Repasé mentalmente las plantillas de todos los peleadores profesionales de boxeo y me pregunté qué Toshinori sería el suyo.

—Probablemente no. No pelea tan bien. —Otra sonrisa—. Solo compite en la liga menor. Pasa mucho tiempo fuera, aún asi, es el mejor para mi, siempre trata de ir más allá, Plus Ultra.

Las plantillas que tenía en la cabeza cambiaron al instante, y ya tenía tabulada una lista de posibilidades en menos de un segundo. Al mismo tiempo, me estaba imaginando la nueva hipótesis.

—Y tu madre te ha enviado aquí para poder viajar con él —le dije. Al parecer, obtenía más información de él haciendo conjeturas que formulando preguntas. Volvió a funcionar. Sacó el mentón y adoptó un repentino ademán de tozudez.

—No, ella no me ha enviado aquí —me dijo, y su voz sonó con un renovado aire de dureza. Mi conjetura lo había disgustado, aunque me veía incapaz de entender por qué—. Fue cosa mía.

No lograba adivinar a qué se refería ni el origen de su resentimiento. Estaba absolutamente perdido.

Era imposible entender a este chico, así de simple. No era como los demás humanos. Quizá el silencio de sus pensamientos y la fragancia de su olor no fuesen lo único inusual que había en él.

—No lo entiendo —admití, y odiaba reconocerlo.

Suspiró y me miró a los ojos durante más tiempo del que la mayoría de los humanos normales era capaz de soportar.

—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero lo echaba mucho de menos —me explicó Deku muy despacio, con un tono de voz que se entristecía con cada palabra—. La separación la hacía desdichada, por lo que decidí que había llegado el momento de venir a vivir con Hizashi, en América.

El surco minúsculo en su entrecejo se hizo más profundo.

—Pero ahora tú eres desgraciado —murmuré.

Continué dándole voz a mis hipótesis con la esperanza de obtener información de sus refutaciones. Pero esta no parecía tan desencaminada.

—¿Y? —dijo él, como si aquello fuese un aspecto que ni siquiera había que tener en cuenta.

Continué mirándolo a los ojos, sintiendo que por fin tenía un primer y auténtico atisbo de su alma. En aquella sola palabra, vi el lugar en el que él se situaba a sí mismo entre sus prioridades. Al contrario que la mayoría de los humanos, sus propias necesidades se hallaban muy abajo en la lista.

Era una persona desinteresada, un pequeño héroe cotidiano.

Al comprender aquello, el misterio del ser que se ocultaba en aquella mente silenciosa comenzó a despejarse un poco.

—No parece demasiado justo —le dije, y me encogí de hombros para tratar de parecer natural.

Se echó a reír, pero no había ninguna diversión en aquel sonido.

—¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.

Sus palabras me dieron ganas de sonreír, aunque yo tampoco sentía ninguna auténtica diversión. Sí, yo sabía un poquito sobre las injusticias de la vida.

—Creo haberlo oído antes.

Me devolvió la mirada, de nuevo parecía confuso. Vacilante, desvió los ojos y los trajo de vuelta hacia los míos.

—Bueno, eso es todo —me dijo.

No iba a dejar que la conversación terminara así. Me preocupaba esa pequeña uve que tenía entre los ojos, un vestigio de su aflicción.

—Das el pego —le dije despacio, valorando aún mi siguiente hipótesis—, pero apostaría a que sufres más de lo que aparentas.

Torció el gesto, entrecerró los ojos, frunció los labios de medio lado y volvió a mirar hacia el frente de la clase. No le gustaba cuando acertaba con mis conjeturas. No era él típico mártir: no estaba buscando un público para su dolor.

—¿Me equivoco?

Dio un leve respingo, pero, más allá de eso, fingió que no me había escuchado.

Eso me hizo sonreír.

—Creo que no.

—¿Y a ti qué te importa? —quiso saber, aún con la mirada perdida.

—Muy buena pregunta —reconocí, más para mí que para él.

Su juicio era mejor que el mío: su mirada iba al núcleo de las cosas mientras yo me las veía y me las deseaba dando vueltas por la periferia, buscando a ciegas entre las pistas. Los detalles de su más que humana vida no deberían importarme. No era correcto que me preocupase por lo que él pensaba. Más allá de proteger a mi familia de las sospechas, los pensamientos humanos no eran significativos.

No estaba acostumbrado a ser el menos intuitivo en ningún dúo. Dependía demasiado de mi oído extra: estaba claro que no era tan perceptivo como yo mismo me creía.

Él chico suspiró y clavó la vista en la parte frontal de la clase.

Había algo cómico en su expresión frustrada. Toda aquella situación, toda aquella charla resultaba cómica. Nadie había estado jamás en mayor peligro ante mí que aquel pobre chico humano: en cualquier instante, distraído por mi ridícula entrega a la conversación, podría respirar por la nariz y atacarlo antes de poder controlarme... Y él estaba irritado porque no había contestado a su pregunta.

—¿Te molesto? —le pregunté con una sonrisa ante lo absurdo de todo aquello.

Me lanzó una mirada rápida, y fue como si sus ojos se quedaran atrapados en los míos.

—No exactamente —me dijo—. Estoy más molesto conmigo. Es fácil ver lo que pienso. Mi madre me dice que soy un libro abierto.

Frunció el ceño, contrariado.

Me quedé mirándolo con asombro. Estaba molesto porque pensaba que era demasiado transparente para mí. Qué singular. Jamás me había costado tantos esfuerzos comprender a nadie en toda mi vida, o, más bien, existencia, ya que el término «vida» no era ni mucho menos el apropiado. Lo que yo hacía no era vivir, precisamente.

—Nada de eso —discrepé con una sensación extraña..., con cautela, como si allí hubiese algún peligro oculto que no alcanzaba a ver. Más allá del peligro evidente, algo más... De pronto estaba con los nervios a flor de piel, la premonición me inquietaba—. Me cuesta leerte el pensamiento.

—Ah, será que eres un buen lector de mentes —supuso, haciendo sus propias conjeturas, que, de nuevo, daban de lleno en el clavo.

—Por lo general, sí —reconocí.

Sonreí de oreja a oreja y permití que mis labios se retiraran para dejar expuestas las hileras de dientes brillantes y acerados que había detrás, un acto que no hacía de manera usual pero con él fluía naturalmente.

Fue una estupidez por mi parte, pero sentí una desesperación súbita e inesperada por hacerle llegar al chico algún tipo de advertencia. Su cuerpo estaba más cerca de mí que antes, después de haber cambiado inconscientemente de postura en el transcurso de nuestra charla. Era como si no funcionaran con él todas esas pequeñas señales, los detalles que bastaban para amedrentar al resto de la humanidad. ¿Por qué no retrocedía y se apartaba de mí aterrorizado? Sin duda, ya había visto lo bastante de mi lado oscuro como para percatarse del peligro.

No tuve la oportunidad de ver si mi advertencia había tenido el efecto que pretendía. El señor Banner llamó la atención de la clase en ese preciso momento, y él apartó de mí la mirada de inmediato. Lo vi un tanto aliviado por la interrupción, así que tal vez sí lo hubiera entendido de forma inconsciente.

Confié en que así fuera.

Reconocí la fascinación que crecía en mi interior, por mucho que tratara de arrancarla de raíz. No me podía permitir encontrar interesante a Deku Midoriya. O, mejor dicho, era él quien no se lo podía permitir. Ya estaba deseando disponer de otra oportunidad de hablar con él. Quería saber más sobre su madre, sobre su vida antes de venir aquí, sobre su relación con su padre. Todos esos detalles insignificantes que le darían más cuerpo a su personaje. Sin embargo, cada segundo que pasaba con él era un error, un riesgo que él no debería tener que correr.

Distraído, se echó a un lado un par de rizos que le tapaban la frente en el preciso instante en que yo me había permitido respirar otra vez. Una ola especialmente concentrada de su fragancia me impactó contra el fondo de la garganta.

Fue como el primer día: como el estallido de aquella granada. El dolor de la ardiente sequedad me provocó un mareo. De nuevo tuve que agarrarme a la mesa para mantenerme en la silla. Esta vez tuve un poco más de control, ligeramente. Al menos no rompí nada. El monstruo rugía dentro de mí, pero no disfrutó con mi dolor. Estaba muy bien atado. Por ahora.

Dejé de respirar por completo y me incliné para apartarme de aquel chico tanto como pude.

No, no me podía permitir que me fascinara. Cuanto más interesante lo encontrara, más probable sería que lo matase. Hoy ya había cometido dos pequeños deslices. ¿Cometería un tercero, uno que no fuese tan pequeño?

Salí volando del aula en cuanto sonó el timbre, y es probable que con ello arruinara cualquier impresión de cortesía que hubiese comenzado a construir en el transcurso de aquella hora. Ya en el exterior, volví a tomar una bocanada de aire fresco y húmedo como si fuese un bálsamo de sanación. Me apresuré a poner tanta distancia como fuese posible entre él chico y yo.

Kirishima me esperaba ante la puerta de nuestra clase de Español.

Por un instante, observó mi expresión desbocada.

¿Cómo ha ido?, preguntó cauteloso.

—No ha muerto nadie —dije entre dientes.

Algo es algo, supongo. Cuando he visto que Ochako se largaba al final, he pensado que...

Mientras entrábamos en el aula, vi el recuerdo de Kirishima de aquellos instantes que acababan de producirse, el panorama que él veía a través de la puerta abierta de su última clase: una Uraraka que empalidecía y cruzaba con brío el campus hacia el edificio de Ciencias. Sentí el recuerdo de su impulso de levantarse y unirse a ella, y después su decisión de quedarse. Si Ochako necesitaba su ayuda, se la pediría.

Horrorizado y asqueado, cerré los ojos y me hundí en mi asiento.

—No me había percatado de que hubiera estado tan cerca. No pensaba que fuese a... No he visto que fuera tan malo —susurré.

No lo ha sido, me tranquilizó Emmett. No ha muerto nadie, ¿cierto?

—Cierto —dije entre dientes—. Esta vez no.

Quizá se vuelva más fácil.

—Claro.

O quizá lo mates. Se encogió de hombros. Tampoco serías el primero que la lía. Nadie te iba a juzgar demasiado duro. Hay veces en que alguien huele mejor de la cuenta. Me impresiona que hayas aguantado tanto.

—No estás siendo de ayuda, Eijiro.

Me repugnaba que él aceptara la idea de que mataría al chico, la idea de que era algo en cierto modo inevitable. ¿Acaso tenía él la culpa de oler tan bien?

Lo sé, cuando me pasó a mí... Se puso a recordar y me llevó con él medio siglo atrás, hasta un camino por el campo al anochecer, donde una mujer de mediana edad estaba descolgando las sábanas secas de una cuerda tendida entre dos manzanos. Yo ya lo había visto, el más intenso de sus dos encuentros, pero el recuerdo parecía especialmente vívido esta vez, quizá porque aún me dolía la garganta por el ardor de la última hora. Kirishima recordaba el ambiente cargado del denso olor de las manzanas: había terminado la cosecha, y por el suelo se hallaba desperdigada la fruta que habían descartado, con la piel estropeada dejando escapar su fragancia en nubes densas. Aquel olor tenía de fondo el aroma de un campo de heno recién segado, muy armonioso. Bakugou le había pedido que hiciera un recado, y Kirishima subía por el camino, casi con indiferencia ante la mujer. Sobre él, el cielo se teñía de violeta, anaranjado sobre las montañas del oeste. Habría continuado su ascenso por aquel serpenteante camino rural, y no habría habido motivo para recordar esa noche, de no haber sido porque una brisa nocturna se levantó de manera repentina y, al inflar las sábanas blancas como si fueran velas, le sopló a Eijiro en la cara el perfume de la mujer.

—Ah —gruñí en voz baja; como si no me bastase con el recuerdo de mi propia sed.

Lo sé. No duré ni medio segundo. Ni siquiera me planteé la posibilidad de resistirme.

Su recuerdo se volvió demasiado explícito como para que yo pudiera soportarlo.

Me puse en pie de un salto, con los dientes muy apretados.

—¿Estás bien, Shoto? —me preguntó la señora Goff, sorprendida ante mi movimiento repentino: pude ver mi rostro en su mente, y supe que tenía un aspecto que distaba mucho de estar bien.

—Discúlpeme —musité conforme salía disparado hacia la puerta.

—Eijiro, por favor, ¿puedes ayudar a tu hermano? —le rogó la profesora señalándome con un gesto de impotencia mientras yo salía volando del aula.

—Claro —le oí decir, y lo sentí justo a mi espalda.

Me siguió hasta el extremo opuesto del edificio, donde me alcanzó y me puso la mano en el hombro.

Se la aparté con una fuerza innecesaria. Habría hecho añicos los huesos de cualquier mano humana, y los del brazo unido a esa mano.

—Lo siento, Shoto.

—Lo sé. —Respiraba hondo, en grandes bocanadas de aire con el fin de despejarme la cabeza y los pulmones.

—¿Tan malo es? —me preguntó al tiempo que trataba de no pensar en el olor y el sabor de su recuerdo, pero sin lograrlo en absoluto.

—Peor, Eijiro, peor. Guardó silencio un segundo. Quizá...

—No, no sería mejor que acabara con esto de una vez. Vuelve a clase,Kirishima. Quiero estar solo.

Se dio la vuelta sin mediar más palabra ni pensamiento y se alejó con rapidez. Le diría a la profesora de Español que me encontraba mal, que me había largado o que era un vampiro que había perdido el control de una forma muy peligrosa. ¿De verdad tenía importancia qué excusa pusiera? Era posible que yo no regresara. Era posible que tuviese que marcharme.

Regresé a mi coche a esperar a que terminaran las clases. A esconderme. Otra vez.

Tendría que haber dedicado ese tiempo a tomar decisiones o a tratar de reforzar mi determinación, pero, igual que un adicto, me descubrí rebuscando entre el murmullo de fondo que surgía de los edificios del instituto. Destacaban las voces conocidas, aunque ahora mismo no me interesaba escuchar las visiones de Ochako ni las quejas de Katsuki. No me costó localizar a Toga, pero la chica no estaba con él, así que continué la búsqueda. Me llamaron la atención los pensamientos de Tuoya Himura, y por fin di con él, en clase de Gimnasia con él. A Tuoya no le gustaba que yo hubiera hablado con él hoy en clase de Biología. Andaba dándole vueltas a la respuesta que le había dado él chico cuando él le había sacado el tema.

La verdad es que nunca le he visto decirle a nadie más de una palabra aquí o allá. Por supuesto que se tenía que decidir a hablar con Deku. No me gusta cómo lo mira. Aunque él tampoco parecía demasiado emocionado con él. ¿Cómo me ha dicho antes? «A saber qué le pasaba el lunes». Algo así. No ha sonado como si le importase. No puede haber sido una verdadera conversación...

Se animó él solo con la idea de que Deku no se mostrara interesado en su charla conmigo. Aquello me irritó bastante, así que dejé de escuchar los pensamientos de Tuoya, creo que el también tenia un apodo peculiar, Dabi, algo más occidental.

Puse un CD de música agresiva y subí el volumen hasta que ahogó las voces. Tuve que concentrarme mucho en la música para evitar que se me fuese el oído de nuevo a los pensamientos de Dabi con el fin de espiar al pobre chico desprevenido.

Hice trampa varias veces cuando la hora llegó a su fin. Eso no era espiar, traté de convencerme a mí mismo. Solo me estaba preparando. Quería saber exactamente cuándo saldría él del gimnasio, cuándo estaría en el aparcamiento. No deseaba que me pillara por sorpresa.

Cuando los alumnos empezaron a salir en fila por la puerta del gimnasio, me bajé del coche, aunque no estaba muy seguro de por qué lo hacía. Caía una lluvia fina: no le hice caso mientras me empapaba lentamente el pelo.

¿Deseaba que me viese allí? ¿Tenía la esperanza de que viniera a hablar conmigo? ¿Qué estaba haciendo yo?

No me moví, aunque intenté convencerme a mí mismo de que debía volver a meterme en el coche, consciente de que mi conducta era censurable. Mantuve los brazos cruzados y una respiración muy superficial cuando lo vi venir caminando muy despacio en mi dirección, con los labios curvados hacia abajo en las comisuras. No me miró. Alzó la vista varias veces hacia las nubes con el gesto torcido, como si lo hubiesen ofendido.

Sentí una decepción cuando él chico llegó a su coche antes de tener que pasar por delante del mío. ¿Me habría dicho algo? ¿Se lo habría dicho yo?

Se subió a una camioneta Chevy de un tono rojo descolorido, un mamotreto oxidado con más años que su padre. Vi que arrancaba el motor —aquel motor viejo rugía más fuerte que cualquiera de los vehículos del aparcamiento— y extendía las manos hacia la tobera de la calefacción. El frío le resultaba incómodo, no le gustaba. Se pasó los dedos por la rizada cabellera y puso su frente delante del chorro de aire caliente como si quisiera que se secaran. Me imaginé cómo olería en la cabina de esa camioneta y luego rápidamente aparté aquel pensamiento de mi cabeza.

Él chico miró a su alrededor al prepararse para salir marcha atrás y, por fin, miró hacia mí. Lo hizo apenas durante medio segundo, y todo cuanto pude leer en sus ojos fue su sorpresa antes de que los apartase de golpe y acelerase marcha atrás. Se detuvo de nuevo con un frenazo cuando la parte trasera de la camioneta estuvo a escasos centímetros de colisionar con el coche de Nicole Casey.

Clavó la vista en el retrovisor, boquiabierto y horrorizado por lo poco que había faltado. Cuando el otro coche terminó de pasar por detrás de él, comprobó dos veces todos los puntos ciegos y salió de la plaza de aparcamiento a paso de tortuga, con tal precaución que me hizo sonreír. Era como si se considerase «peligroso» a sí mismo en su camioneta destartalada.

La idea de que Deku fuese peligroso para alguien, condujera lo que condujese, me hizo reír cuando él chico pasó por delante de mí al volante de su camioneta, con la mirada al frente.

Chapter Text

No tenía sed, la verdad, pero decidí salir otra vez de caza esa noche. Un pequeño atisbo de prevención, aunque sabía que sería insuficiente.

Aizawa vino conmigo. No habíamos estado a solas desde que yo había regresado de Denali. Mientras corríamos por la negrura del bosque, oí que estaba pensando en aquella despedida apresurada de la semana anterior.

En sus recuerdos, vi la mueca de terrible desesperación que me desfiguraba las facciones. Volví a sentir su sorpresa y su repentina preocupación.

«¿Shoto?».

«Tengo que marcharme, Aizawa. Tengo que irme ahora mismo».

«¿Qué ha pasado?».

«Nada. Todavía. Pero lo hará, si me quedo».

Aizawa había alargado entonces la mano hacia mi brazo, y vi el daño que le había causado que me encogiera para retroceder ante ese contacto.

«No lo entiendo».

«¿Alguna vez has...? ¿Te ha pasado alguna vez que...?».

Me vi respirar hondo, vi aquel brillo salvaje en mis ojos a través del filtro de la profunda preocupación de Aizawa.

«¿Ha habido alguna persona, una sola, que te oliese mejor que todas las demás, muchísimo mejor?».

«Oh».

Mi rostro se había hundido por la vergüenza en el momento en que supe que me había comprendido. Él había alargado el brazo para tocarme, haciendo caso omiso cuando yo me había vuelto a encoger, y me había puesto la mano en el hombro.

«Haz lo que debas con tal de resistir, hijo. Te echaré de menos. Toma, llévate mi coche, tiene el depósito lleno».

Ahora se estaba preguntando si entonces había hecho las cosas bien, al decirme que me marchase. Se preguntaba si me había hecho daño con su falta de confianza.

—No —le susurré mientras corría—. Eso era lo que necesitaba. Si me hubieras dicho que me quedase, podría haber traicionado esa confianza con mucha facilidad.

—Siento mucho que estés sufriendo, Shoto, pero deberías hacer cuanto puedas con tal de que él hijo de Midoriya continúe con vida. Aunque eso suponga que te tengas que volver a marchar.

—Lo sé, lo sé.

—¿Por qué has regresado? Sabes lo mucho que me alegra tenerte aquí, pero si esto se vuelve demasiado difícil...

—No me gustaba sentirme como un cobarde —reconocí.

Habíamos ido ralentizando el paso; ahora apenas trotábamos a través de la oscuridad.

—Mejor eso que ponerlo en peligro. Se habrá marchado dentro de un año o dos.

—Tienes razón, y lo sé. —Por el contrario, sus palabras solo sirvieron para generarme más ansias de quedarme: él chico se marcharía dentro de un año o dos...

Aizawa dejó de correr, y me detuve a su lado. Se dio la vuelta para examinar mi expresión.

Pero no vas a huir, ¿verdad?

Me quedé cabizbajo.

¿Es por orgullo, Shoto? No es ninguna vergüenza...

—No, no es el orgullo lo que me retiene aquí. Ahora no.

¿Ningún sitio adonde ir?

Solté una risa breve.

—No, eso no me detendría si fuese capaz de obligarme a marcharme de aquí.

—Iremos contigo, desde luego, si es lo que necesitas. Solo tienes que pedirlo. Tú te has trasladado por todos ellos, sin quejarte. No te lo tendrán en cuenta.

Arqueé una ceja. Se echó a reír.

—Sí, tal vez Katsuki lo haga, pero está en deuda contigo. De todas formas, es mucho mejor para nosotros si nos marchamos ahora, sin hacer daño a nadie, que marcharnos más adelante, después de haber segado una vida. —No había humor de ninguna clase en aquel final.

Me estremecí ante sus palabras.

—Sí —coincidí; mi voz sonó áspera.

Pero ¿no te vas a marchar?

Suspiré.

—Debería.

—¿Qué te retiene aquí, Shoto? No consigo verlo...

—No sé si me veo capaz de explicarlo. —Ni siquiera para mí tenía sentido.

Examinó mi expresión durante un rato largo.

No, no lo veo. Pero respetaré tu intimidad, si así lo prefieres.

—Gracias. Es muy generoso por tu parte, teniendo en cuenta que yo no le dejo intimidad a nadie. —Con una excepción, y estaba haciendo lo imposible con tal de privarlo de ella, ¿no?

Todos tenemos nuestras rarezas. Se rio de nuevo. ¿Vamos?

Aizawa acababa de captar el olor de una pequeña manada de ciervos. No resultaba sencillo despertar demasiado entusiasmo de cara a algo que era —aun en la mejor de las circunstancias— una fragancia que distaba mucho de hacerte la boca agua. Ahora mismo, con el recuerdo de la sangre del chico tan reciente en mis pensamientos, aquel olor me revolvió las tripas.

Suspiré.

—Vamos —acepté, aunque sabía que obligarme a tragar más sangre iba a servir de muy poca ayuda.

Los dos nos agazapamos en la postura de caza y dejamos que aquel olor tan poco atrayente nos guiara en silencio.

Hacía más frío cuando regresamos a casa. La nieve fundida se había vuelto a congelar; era como si una fina capa de cristal lo cubriese todo: cada aguja en cada pino, cada hoja de cada helecho, cada brizna de hierba estaba helada.

Mientras Carlisle iba a vestirse para su turno de madrugada en el hospital, yo me quedé junto al río, esperando a que saliera el sol.

Me sentía casi... hinchado por la cantidad de sangre que había ingerido, pero sabía que la ausencia de una auténtica sed significaría bien poco cuando me volviera a sentar al lado del chico.

Gélido e inmóvil como la piedra en la que estaba sentado, permanecí allí y observé las aguas oscuras que corrían junto a la orilla congelada, observé a través de ellas.

Aizawa estaba en lo cierto. Debería marcharme de Forks. Podrían contar cualquier historia para justificar mi ausencia. Un internado en Asia. Una visita a unos parientes lejanos. Una huida adolescente. La historia daba lo mismo. Nadie haría demasiadas preguntas.

Sería tan solo un año o dos, y él chico desaparecería. Continuaría con su vida, porque tendría una vida con la que continuar. Iría a la universidad en alguna parte, comenzaría una carrera profesional, tal vez se casara. Me lo podía imaginar: él chico vestido en un traje oscuro de pies a cabeza y esperando del lado de su padre con un ritmo acompasado, sus ojos brillantes y un sonrojo exquisito resaltando el polvo estelar que tenía por pecas.

Qué extraño, el dolor que me causaba aquella imagen. No podía entenderlo. ¿Sentía envidia de su futuro porque era algo que yo jamás podría tener? Eso no tenía sentido. Todos y cada uno de los humanos que me rodeaban tenían por delante esa misma posibilidad —una vida—, y rara vez me detenía a envidiarlos.

Debería dejarlo que disfrutase de su futuro. Dejar de poner su vida en peligro. Eso era lo correcto. Aizawa siempre elegía la manera correcta de hacer las cosas. Debería hacerle caso ahora. Lo haría.

El sol se alzó tras las nubes, y el brillo de su tenue luz se reflejó en todos los cristales de hielo.

Un día más, decidí. Lo vería una vez más. Eso sí lo podía manejar. Quizá le mencionara mi próxima desaparición, allanaría el terreno.

Esto iba a ser difícil, lo notaba en la fuerte renuencia que ya me estaba empujando a ponerme excusas para quedarme, para retrasar el plazo dos días más, tres, cuatro... Pero haría bien las cosas. Sabía que podía confiar en el consejo de Aizawa, y también sabía que yo estaba demasiado confuso como para tomar la decisión correcta solo.

Excesivamente confuso. ¿Cuánta de aquella renuencia procedía de mi obsesiva curiosidad, y cuánta tenía su origen en mi apetito insatisfecho?

Entré para cambiarme y ponerme ropa limpia para ir al instituto.

Ochako me estaba esperando, sentada en el escalón más alto, en el tercer piso.

Te vuelves a marchar, pensó en tono acusador. Suspiré y asentí.

No puedo ver adónde vas esta vez.

—Aún no sé adónde voy —susurré.

Quiero que te quedes.

Le dije que no con la cabeza.

¿Podríamos ir contigo Tenya y yo, quizá?

—Te van a necesitar todavía más si yo no estoy aquí para velar por ellos. Y piensa en Yamada. ¿Le arrebatarías la mitad de su familia de un solo golpe?

Menudo disgusto le vas a dar.

—Lo sé. Por eso tú debes quedarte.

No será lo mismo que tenerte a ti aquí, y lo sabes.

—Sí, pero he de hacer las cosas bien.

Hay muchas formas de hacerlas bien, pero también hay muchas formas de hacerlas mal, ¿no?

Por un breve instante, se dejó llevar por una de sus extrañas visiones; observé con ella y vi unas imágenes indefinidas que daban vueltas en un torbellino y parpadeaban. Me vi allí mezclado con unas sombras raras que era incapaz de distinguir: formas borrosas e imprecisas. Entonces, de pronto, la piel me centelleaba bajo la resplandeciente luz del sol en un pequeño claro del bosque. Era un lugar que ya conocía. Había una silueta en aquella pradera, conmigo, pero también se veía indefinida, no estaba «ahí» lo suficiente como para reconocerla. Las imágenes se volvían temblorosas y desaparecían conforme un millón de diminutas opciones reorganizaban de nuevo el futuro.

—No he captado mucho de eso —le dije cuando su visión se oscureció.

Yo tampoco. Tu futuro está cambiando y dando tantas vueltas que no me veo capaz de seguirle el ritmo. Aunque creo que...

Se detuvo y se puso a repasar una inmensa colección de visiones recientes sobre mí. Todas ellas eran iguales: vagas y borrosas.

—Creo que algo está cambiando —dijo en voz alta—. Parece que tu vida ha llegado a una encrucijada.

Sonreí en un gesto circunspecto.

—Te das cuenta de que suenas como la adivina de un puesto de feria, ¿verdad?

Me sacó la diminuta lengua.

—Pero hoy está todo bien, ¿no es así? —le pregunté con una repentina aprensión en la voz.

—No te veo matando a nadie hoy —me garantizó.

—Gracias, Ochako.

—Ve a vestirte. No diré nada: dejaré que seas tú quien se lo cuente a los demás cuando estés listo.

Se levantó y volvió a bajar disparada las escaleras, con los hombros algo hundidos. Te echaré de menos. Mucho.

Sí, yo también la echaría de menos a ella.

El trayecto al instituto fue muy silencioso. Iida notaba que Uraraka estaba disgustada por algo, pero sabía que, si ella hubiese querido hablar del tema, ya lo habría hecho. Kirishima y Bakugou eran totalmente ajenos a ello, sumidos en otro de sus momentos, mirándose el uno al otro a los ojos con asombro: era bastante vergonzoso verlo desde fuera. Todos éramos ya bastante conscientes de lo enamoradísimos que estaban. O tal vez yo estuviera siendo presa de mi amargura por ser el único que estaba solo. Había días en los que era más difícil vivir con tres parejas de amantes perfectamente compenetrados. Este era uno de ellos.

Quizá todos fuesen más felices sin tenerme a mí por allí, con el mal genio y la hostilidad propias del hombre viejo que debería ser a estas alturas, siempre frío e indiferente, con apenas la expresión facial esperada.

Por supuesto, lo primero que hice en cuanto llegamos al instituto fue buscar al chico.

Solo para prepararme, otra vez.

Ya.

Era vergonzoso ver cómo, de pronto, mi mundo parecía haberse vaciado de todo lo que no fuese él.

Sin embargo, era algo bastante sencillo de entender, la verdad. Después de ochenta años de lo mismo todos los días y todas las noches, cualquier cambio se convertía en objeto de una atención absorbente.

Él no había llegado aún, pero alcanzaba a oír el estruendo de los resoplidos del motor de su camioneta en la distancia. Me apoyé en el lateral del coche para esperar. Uraraka se quedó conmigo mientras los demás se dirigían directos a clase. Mi obsesión ya los tenía aburridos: para ellos era incomprensible que cualquier ser humano pudiera tenerme interesado durante tanto tiempo, por muy apetecible que fuera su olor.

Él chico apareció en su camioneta, muy despacio, con los ojos muy atentos a la carretera y las manos bien agarradas al volante. Se le veía preocupado por algo, y tardé un segundo en percatarme de qué era ese algo, cuando caí en la cuenta de que todos los humanos tenían hoy la misma cara. Ah, la carretera estaba resbaladiza por las placas de hielo, y todos intentaban conducir con más precaución. Saltaba a la vista que se estaba tomando muy en serio aquel riesgo añadido.

Eso parecía encajar con lo poco que había averiguado sobre su manera de ser, y lo añadí a mi pequeña lista: era una persona seria, responsable.

Aparcó no muy lejos de mí, aunque no reparó en mi presencia, allí de pie, mirándolo. Me pregunté qué haría cuando me viese. ¿Se sonrojaría y se marcharía? Esa era mi primera opción, aunque lo mismo me devolvía la mirada. Quizá viniese a hablar conmigo.

Respiré hondo y me llené los pulmones esperanzado, por si acaso.

Se bajó de la camioneta con sumo cuidado, probó el suelo resbaladizo antes de apoyar todo su peso en él. No levantó la cabeza, y eso me dejó frustrado. A lo mejor iría yo a hablar con él...

No, eso sería un error.

En lugar de dirigirse hacia el instituto, se acercó a la parte de atrás de la camioneta agarrándose en el lateral de la caja del vehículo de un modo muy cómico, sin confiar ni una pizca en dónde ponía los pies. Me arrancó una sonrisa, y sentí en el rostro la mirada de Uraraka, tal vez porque sonreir sin obligarme a ello era imposible. Fuera lo que fuese, yo no deseaba oír lo que esto le estaba haciendo pensar: me estaba divirtiendo demasiado viendo cómo él chico comprobaba las cadenas de sus ruedas. Tal y como se le resbalaban los pies aquí y allá, parecía estar en verdadero peligro de caerse. Nadie más estaba pasando esos apuros; ¿es que había aparcado en la zona con más hielo?

Se detuvo allí, con la mirada baja y una expresión extraña en la cara. Era tan... tierno. Como si algo que hubiese en aquella rueda lo hubiese... ¿emocionado? Podía ver varias lagrimas escondidas en sus brillantes ojos esmeralda.

Volví a sentir una punzada de curiosidad, tan fuerte como la sed. Era como si tuviese que saber en qué estaba pensando... Como si no importara nada más.

Iría a hablar con él. Tenía pinta de necesitar que le echaran una mano, al menos hasta que saliese del pavimento resbaladizo. Pero, claro, yo tampoco se la podía ofrecer, ¿no? Vacilé, indeciso. Con lo poco que parecía gustarle la nieve, a duras penas agradecería el roce de una gélida mano blanquecina como la mía. Debería haberme puesto guantes...

—¡NO! —soltó Uraraka con un grito ahogado.

Estudié al instante sus pensamientos y lo primero que pensé fue que yo había tomado alguna mala decisión y que Uraraka me había visto haciendo algo inexcusable, pero no tenía nada que ver conmigo, en absoluto.

Era Ojiro Crowley quien había decidido tomar la curva de entrada al aparcamiento a una velocidad imprudente, y esta decisión iba a provocar que patinara sobre una placa de hielo.

La visión se produjo apenas medio segundo antes que la realidad. El monovolumen de Ojiro tomó la curva mientras yo aún presenciaba la imagen que le había arrancado el grito de los labios a Ochako.

No, aquella visión no tenía nada que ver conmigo, y, aun así, tenía absolutamente todo que ver conmigo, porque el monovolumen de Ojiro —cuyos neumáticos pisaban ahora mismo la placa de hielo en el peor de los ángulos— iba a hacer un trompo en el aparcamiento e iba a aplastar a aquel chico que se había convertido en el centro de mi universo sin que nadie se lo hubiera pedido.

Aun sin las visiones premonitorias de Uraraka, habría resultado bastante sencillo interpretar la trayectoria del vehículo, que avanzaba a toda velocidad fuera del control de las manos de Ojiro.

Él chico, que estaba en el peor sitio posible, junto a la parte de atrás de la camioneta, levantó la vista confundido por el ruido del patinazo de los neumáticos. Miró directamente a mis ojos, horrorizados, y volvió la cabeza para ver cómo le llegaba la muerte.

¡Él no! ¡Él no!

Aquellas palabras sonaron en un grito en mi mente, como si fueran de otra persona.

Aún aferrado a los pensamientos de Uraraka, vi que la imagen cambiaba de forma súbita, pero no me dio tiempo de ver cuál sería el resultado.

Me abalancé a través del aparcamiento y me arrojé entre el derrape del monovolumen y él chico paralizado. Me desplacé a tal velocidad que todo se convirtió en pinceladas borrosas salvo el objeto de mi concentración. Él no me vio —no había ojo humano capaz de seguirme en mi vuelo—, continuaba mirando fijamente a aquella mole que estaba a punto de triturarlo contra el metal de la carrocería de su camioneta.

Le pasé el brazo por la cintura, con demasiada urgencia como para ser tan delicado como a él le hubiera hecho falta. En la centésima de segundo que transcurrió entre el acto de arrancar su liviano físico de la trayectoria de la muerte y el de impactar contra el suelo con él en mis brazos, tomé una vívida consciencia de la fragilidad de un cuerpo tan quebradizo como el suyo.

Cuando oí que su cabeza golpeaba contra el hielo, me sentí como si yo mismo me hubiese congelado también.

Pero ni siquiera dispuse de un segundo entero para comprobar su estado. Oí el monovolumen a nuestra espalda, los chirridos y rasponazos al girar contra el sólido chasis de hierro de la camioneta del chico. Estaba cambiando de trayectoria, trazando una curva, y venía de nuevo a por él: como si él chico fuese un imán que tirase de aquella mole hacia nosotros.

Dije entre dientes una palabra que jamás se me había escapado en presencia de una persona decente.

Ya había hecho demasiado. Cuando me había lanzado prácticamente volando por los aires para apartarlo de en medio, ya era del todo consciente del error que estaba cometiendo. Saber que era un error no me había detenido, pero tampoco era ajeno al riesgo que estaba asumiendo, no solo para mí, sino para toda mi familia.

Quedar al descubierto.

Y esto no sería de ayuda, desde luego, pero de ninguna manera iba a permitir que aquel monovolumen se saliese con la suya en su segundo intento de quitarle la vida.

Lo solté, lancé los brazos hacia delante y sujeté el monovolumen antes de que pudiera tocar al chico. La fuerza con la que se aproximaba me arrojó de espaldas contra el coche que estaba aparcado junto a la camioneta, y noté cómo se hundía la carrocería en contacto con mis hombros. El monovolumen se agitó y tembló contra el inflexible obstáculo que formaban mis brazos, se columpió y se balanceó inestable sobre las dos ruedas del costado opuesto a nosotros.

Si retiraba las manos, la rueda trasera del monovolumen le caería sobre las piernas al chico.

Ah, por todos los santos del cielo bendito, ¿es que las catástrofes no se iban a terminar nunca? ¿Había algo más que pudiera salir mal? No me podía quedar allí sentado sujetando el monovolumen en el aire, ni mucho menos, y esperar a que llegara el rescate. Tampoco podía empujar el monovolumen y arrojarlo lejos: había que tener en cuenta al conductor, cuyos pensamientos llegaban incoherentes por el pánico.

Con un gruñido para mis adentros, empujé el monovolumen de tal forma que se balanceara y se alejase de nosotros un instante. En el momento en que volvió a caer hacia mí, lo sujeté por debajo del chasis con la mano derecha al tiempo que de nuevo rodeaba al chico por la cintura con el brazo izquierdo, lo sacaba de debajo de la amenaza de aquella rueda y lo atraía para sujetarlo con fuerza contra mi costado. Su cuerpo se movió inerte mientras yo tiraba de él de un lado a otro para que las piernas quedaran libres: ¿estaba consciente? ¿Qué daños le habría provocado en aquel intento espontáneo de rescate?

Ahora que ya no podía hacerle ningún daño, dejé caer el monovolumen, que se estampó contra el pavimento; se le reventaron a una todos los cristales.

Sabía que me encontraba en medio de una crisis. ¿Cuánto había visto él chico? ¿Me habría visto algún otro testigo materializarme a su lado y después hacer malabarismos con el monovolumen al tratar de sacarlo de debajo? Estas preguntas deberían ser mi mayor preocupación.

Pero me sentía demasiado inquieto como para que la amenaza de quedar al descubierto me importase tanto como debía. Me aterraba la posibilidad de haberle provocado alguna lesión en mi esfuerzo por salvarle la vida. Sentía pánico por tenerlo tan cerca de mí, consciente de que lo olería si me permitía respirar. Tenía demasiado presente el calor de su cuerpo, tan blando y apretado contra el mío: podía sentir ese calor incluso a través del doble obstáculo de nuestros abrigos.

El primero de los temores era el mayor de todos. Cuando estallaron a nuestro alrededor los gritos de los testigos, me incliné para examinar su rostro, para ver si estaba consciente..., con la fervorosa esperanza de que no estuviera sangrando por ninguna parte.

Tenía los ojos abiertos y fijos, una mirada de shock.

—¿Deku? —le pregunté con ansia—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien —dijo aquellas palabras de forma automática y con voz aturdida.

Al oír su voz, me invadió un alivio tan exquisito que resultó casi doloroso. Cogí aire entre los dientes y, por una vez, no me importó el sufrimiento del ardor en la garganta que aquello traía consigo. En un cierto y extraño sentido, fue casi como si lo agradeciese.

Forcejeó para incorporarse, pero yo no estaba dispuesto a liberarlo aún. Me daba la sensación de que tenerlo así, recogido contra mi costado, era... ¿más seguro? Mejor, al menos.

—Ve con cuidado —le advertí—. Creo que te has dado un buen golpe en la cabeza.

No había percibido el olor de la sangre fresca —qué gran bendición—, pero eso no descartaba las lesiones internas. De pronto me sentía ansioso por llevarlo con Aizawa y la dotación completa del equipo de radiología.

—¡Ay! —dijo con un cómico tono de asombro al percatarse de que yo tenía razón respecto a lo del golpe en la cabeza.

—Tal y como pensaba... —El alivio hizo que me resultara gracioso, casi me hizo sentir vértigo.

—¿Cómo demo...? —dejó la frase en el aire y parpadeó con rapidez—. ¿Cómo has llegado aquí tan rápido?

El alivio se volvió amargo, el humor se deshizo. Sí se había dado cuenta, de mucho.

Ahora que parecía que él chico estaba en unas condiciones decentes, la inquietud por mi familia se agravó.

—Estaba a tu lado, Deku.

Por experiencia, sabía que si me mostraba muy confiado al mentir, cualquiera que me interrogara se sentiría menos seguro de la verdad.

De nuevo se revolvió para moverse, y esta vez se lo permití. Me hacía falta respirar para poder interpretar en condiciones mi papel, tenía que separarme del ardor de su sangre caliente de tal forma que no se mezclara con su olor y acabara ganándome la partida. Me aparté de él, tanto como era posible en aquel espacio tan reducido entre los vehículos siniestrados.

Alzó los ojos, me miró sin parpadear, y correspondí a su mirada. Ser el primero en desviarla sería un error que solo cometería un mentiroso incompetente, y yo no lo era. Mi expresión era tranquila y afable. Pareció confundirlo. Eso era bueno.

La escena del accidente ya estaba rodeada de gente. Alumnos, sobre todo, chicos que se asomaban y se empujaban a través de las rendijas por si hubiera algún cuerpo destrozado a la vista. Había un murmullo de gritos y una riada de pensamientos. Leí a toda velocidad los pensamientos para asegurarme de que aún no había ninguna sospecha, y, acto seguido, los bloqueé y me concentré tan solo en él chico.

Estaba distraído con aquel caos. Miraba a su alrededor con una expresión aún aturdido, e intentó ponerse en pie. Le puse una mano con suavidad en el hombro para retenerlo sentado.

—Quédate ahí por ahora.

Parecía estar bien, pero ¿de verdad tenía que ponerse a mover el cuello? Otra vez eché de menos a Aizawa. Mis años de estudio teórico de la medicina no eran en absoluto comparables con sus siglos de ejercicio en la práctica.

—Pero hace frío —se opuso.

Acababa de estar a punto de morir aplastado en dos ocasiones distintas, y era el frío lo que le preocupaba. La risa se me escapó entre los dientes antes de ser capaz de recordar que la situación no tenía ninguna gracia.

Deku parpadeó, y sus ojos se concentraron en mi rostro.

—Estabas allí, lejos.

Aquello me devolvió la seriedad.

Miró hacia el sur, aunque allí no había nada que ver salvo el lateral arrugado del monovolumen.

—Te encontrabas al lado de tu coche.

—No, no es cierto.

—Te he visto —insistió él; era una voz infantil en su tozudez, con el mentón hacia fuera.

—Deku, estaba contigo, a tu lado, y te he quitado de en medio.

Lo miré a los ojos, profundamente, intentando convencerlo de que aceptase mi versión, la única versión racional que había sobre la mesa.

Encajó la mandíbula.

—No.

Traté de mantener la calma, no ser presa del pánico. Ojalá pudiese mantenerlo callado por unos instantes para que me diese tiempo a destruir las pruebas... y a socavar su historia aludiendo al golpe en la cabeza.

¿No debería resultar sencillo mantener en silencio a este chico tan tímido y callado? Solo tenía que hacerme caso, apenas unos segundos...

—Por favor, Deku —le dije con una voz que sonaba demasiado intensa, porque de repente deseaba su confianza, y la deseaba con desesperación, no solo al respecto de este accidente. Un deseo de lo más estúpido. ¿Qué sentido tendría para él confiar en mí?

—¿Por qué? —me preguntó, aún a la defensiva.

—Confía en mí —le rogué.

—¿Prometes explicármelo todo después?

Me irritó tener que volver a mentirle, cuando, de alguna manera, deseaba tanto ser merecedor de su confianza. Cuando le respondí, fue de manera brusca.

—Muy bien.

—Muy bien —repitió él en el mismo tono, sus ojos verdes algo más oscuros por el disgusto.

Mientras se iniciaba el intento de rescate a nuestro alrededor — llegaban los adultos, llamaban a las autoridades, sonaban las sirenas en la distancia—, traté de no prestar atención al chico y de poner en el orden correcto mis prioridades. Estudié todas las mentes del aparcamiento, tanto los testigos como los recién llegados, pero no fui capaz de dar con nada peligroso. Muchos se sorprendían de verme allí al lado de Deku, pero, ya que no había otra conclusión posible, todos daban por sentado que no se habían fijado en mí de pie junto a él antes del accidente.

Él chico era él único que no aceptaba la explicación más sencilla, pero a él lo considerarían él testigo menos fiable. Se había quedado aterrorizado, traumatizado, por no mencionar el golpe que se había llevado en la cabeza. Tal vez se encontrara en estado de shock. Sería algo admisible que su relato estuviese confuso, ¿no? Nadie le daría demasiado crédito por encima del de tantos otros testigos oculares.

Hice una mueca de dolor al captar los pensamientos de Bakugou, Iida y Kirishima, que acababan de llegar a la escena del accidente. Esta noche se armaría una buena por culpa de esto.

Quería alisar la abolladura que había dejado con los hombros en el coche de color beis, pero él chico estaba demasiado cerca. Tendría que esperar hasta que estuviera distraído.

La espera era muy frustrante —tantas miradas sobre mí— mientras los humanos se afanaban con el monovolumen e intentaban apartarlo de nosotros. Podría haberlos ayudado, solo para acelerar las cosas, pero ya me había metido en bastantes líos, y él chico tenía una mirada atenta. Por fin se las arreglaron para moverlo lo bastante como para que los técnicos sanitarios de emergencias llegaran hasta nosotros con sus camillas.

Fue un rostro entrecano conocido para mí el que me evaluó.

—Hola, Shoto —me dijo Brett Warner.

Era enfermero titulado, además de técnico de emergencias, y lo conocía bien del hospital. Fue un golpe de suerte —el único de hoy — que él fuera el primero en llegar a nosotros. En sus pensamientos, Brett se estaba percatando de que yo parecía tranquilo y alerta.

—¿Estás bien, chico?

—Perfectamente, Brett. No he recibido ningún golpe, con nada, pero me temo que aquí, Deku, podría tener una conmoción. Se ha dado un golpe muy fuerte en la cabeza cuando he tirado de él para quitarlo de en medio.

Brett se centró en él chico, que me lanzó una feroz mirada como si lo hubiese traicionado. Ah, cierto, él era un mártir silencioso: prefería sufrir en silencio.

Aun así, no contradijo mi relato de forma inmediata, y eso me hizo sentir más tranquilo.

El técnico sanitario que vino después insistió en que me dejase tratar, pero tampoco resultó muy difícil disuadirlo. Le prometí que me encargaría de que me examinara mi padre, y el hombre lo dejó estar. Con la mayoría de los humanos, bastaba con hablar con calma y seguridad. Con la mayoría de los humanos, pero no con él chico, por supuesto. ¿Es que no encajaba en ninguno de los patrones normales?

Mientras le ponían un collarín —y la cara se le volvía roja como una fresa por la vergüenza—, aproveché el momento de distracción para recomponer en silencio la forma de la abolladura del coche beis con el talón. Solo mis hermanos se percataron de lo que estaba haciendo, y en los pensamientos de Kirishima oí la promesa de que se encargaría de cualquier cosa que se me escapara a mí, como un hombre, casi quise sonreir ante su pensamiento.

Agradecido por su ayuda —y más agradecido aún de que Kirishima, por fin, me hubiese perdonado y a mi peligrosa elección—, me sentí más relajado al subirme al asiento delantero de la ambulancia al lado de Brett.

El jefe de policía llegó antes de que hubiesen terminado de subir a Deku en la parte de atrás de la ambulancia.

Aunque los pensamientos del padre de Deku estaban más allá de las palabras, el pánico y la preocupación que emanaban de la mente de aquel hombre eclipsaban prácticamente todos los demás pensamientos de alrededor. Una ansiedad y una culpa mudas, una gran avalancha de ambas, salían de él a borbotones al ver a su único hijo en la camilla.

Uraraka no exageraba cuando me advirtió de que matar al hijo de Hizashi Midoriya también lo mataría a él.

Al escuchar el pánico en su voz, esa misma culpa me hizo agachar la cabeza.

—¡Izuku! —gritó.

—Estoy perfectamente, Hiza..., papá. —Suspiró—. No me pasa nada.

La garantía de las palabras del chico apenas sirvió para calmar el pavor del jefe de policía, que se volvió hacia el sanitario más próximo para exigirle más información.

Hasta que le oí hablar y formar frases del todo coherentes a pesar del pánico, no advertí que la ansiedad y la preocupación del jefe de policía no eran «mudas». Es que yo... no alcanzaba a oír sus palabras exactas.

Mmm. Hizashi Midoriya no era tan silencioso como su hijo, pero ya veía de dónde lo había sacado él. Interesante.

Nunca había pasado mucho tiempo cerca del jefe de policía del pueblo. Siempre lo había tenido por un hombre de pensamiento lento: ahora me percataba de que aquí el lento era yo. Sus pensamientos estaban ocultos en parte, no ausentes. Solo alcanzaba a distinguir su tenor, el tono que tenían.

Quise escuchar con más atención, ver si conseguía hallar la clave de los secretos del chico en este nuevo enigma un tanto menor, pero ya habían subido a Deku en la parte de atrás, y la ambulancia ya se había puesto en marcha.

Qué duro era obligarme a soltar y dejar ir aquella posible solución del misterio que había llegado a obsesionarme, pero ahora tenía que pensar: observar todo cuanto había sucedido hoy desde todos los ángulos. Debía escuchar, asegurarme de que no nos había puesto a todos en un peligro tal que tuviéramos que marcharnos de inmediato. Debía concentrarme.

En los pensamientos de los técnicos sanitarios de emergencias no había nada que me preocupase. Hasta donde ellos podían ver, al chico no le pasaba nada grave, y Deku se estaba ciñendo a la historia que yo había contado, por ahora, estaba comenzando a murmurar a una velocidad demasiado rapida para un humano pero podía distinguir todo lo que decía perfectamente, no parecía consciente de ello pero no era peligroso.

Al llegar al hospital, la prioridad era ver a Aizawa. Entré con prisas por las puertas automáticas, pero fui incapaz de renunciar por completo a seguir atendiendo a Deku. Continué echándole un ojo metafórico a través de los pensamientos de los técnicos sanitarios.

Era sencillo encontrar el sonido conocido de la mente de mi padre. Estaba en su pequeño despacho, a solas: el segundo golpe de suerte en este desafortunado día.

—Aizawa.

Me oyó aproximarme y se alarmó nada más verme la cara. Se puso en pie de un salto y se inclinó hacia delante, sobre su escritorio de nogal perfectamente organizado.

Shoto... ¿No habrás...?

—No, no. No es eso.

Respiró hondo. Por supuesto que no. Siento haber contemplado esa posibilidad. Tus ojos, claro, tenía que haberlo sabido. Aliviado, reparó en que aún tenía los ojos de color miel.

—Pero sí se ha hecho daño, Aizawa, seguramente nada serio, pero...

—¿Qué ha pasado?

—Un accidente de coche muy absurdo. Estaba en el peor sitio en el peor momento, pero no me he podido quedar ahí plantado; dejar que lo aplastara...

Empieza desde el principio, no lo entiendo. ¿Cómo estabas tú implicado?

—Un monovolumen ha patinado en el hielo —susurré. Mientras hablaba, me quedé mirando a la pared que Aizawa tenía detrás. En lugar de un millar de títulos enmarcados, él tenía una simple pintura al óleo: uno de sus cuadros favoritos, un Hassam desconocido—. Él estaba en medio. Ochako lo ha visto venir, pero ya no había tiempo para hacer nada que no fuese atravesar corriendo a toda velocidad el aparcamiento y empujarlo para quitarlo de en medio. Nadie se ha dado cuenta..., salvo él mismo. También he tenido que parar el monovolumen, pero igual que antes, nadie lo ha visto... aparte de él. Yo... lo siento, Aizawa. No pretendía ponernos en peligro.

Rodeó su escritorio y me abrazó unos segundos antes de retroceder.

Has hecho lo correcto, y no puede haber sido fácil para ti. Estoy orgulloso, Shoto.

Entonces pude mirarlo a los ojos.

—Sabe que yo... Que tengo algo raro.

—Eso no importa. Si tenemos que irnos, nos iremos. ¿Qué ha contado él?

Hice un gesto negativo con la cabeza, un poco frustrado.

—Todavía nada.

¿Todavía?

—Ha aceptado mi versión de los hechos, pero está esperando una explicación.

Valoró aquello con el ceño fruncido.

—Se ha dado un golpe en la cabeza... Bueno, más bien he sido yo —dije, y proseguí de inmediato—: Lo he tirado al suelo con bastante fuerza. Parece que está bien, pero... No creo que haga falta mucho para desacreditar su versión.

Me sentí como un canalla tan pronto como pronuncié esas palabras. Aizawa percibió el profundo desagrado en mi voz.

Tal vez eso no sea necesario. Vamos a ver qué sucede, ¿te parece? Yo diría que tengo un paciente al que examinar.

—Por favor —le dije—. Temo haberle hecho daño.

La expresión de Aizawa le iluminó el rostro. Se pasó la mano por el pelo oscuro —apenas unos tonos más claro que el negro de sus ojos, él no parecía realmente afectado por la falta de alimento aunque nunca era descuidado— y se rió.

Ha sido un día muy interesante para ti, ¿verdad? Pude ver en su mente lo irónico del asunto, y tenía su gracia, al menos para él. Menudo intercambio de papeles. En algún instante en el transcurso de ese breve e irreflexivo segundo en que había salido disparado a través del aparcamiento, me había transformado de asesino en protector.

Me reí con él y recordé lo seguro que había estado de que Deku jamás necesitaría que lo protegiesen de nada más que de mí mismo. En mi risa había un deje de nervios, porque, pese al monovolumen, aquello continuaba siendo totalmente cierto.

Aguardé a solas en el despacho de Aizawa —una de las horas más largas de mi existencia—, escuchando un hospital lleno de pensamientos.

Ojiro Crowley, el conductor del monovolumen, al parecer había sufrido lesiones más importantes que Deku, y las atenciones se habían centrado en él mientras él chico esperaba su turno para entrar en radiología. Aizawa permaneció en un segundo plano y confió en el diagnóstico inicial que decía que él chico apenas había sufrido unas heridas leves. Aquello me hizo sentir ansiedad, aunque sabía que Aizawa estaba en lo correcto al actuar así. En cuanto él le viese la cara, por fugaz que fuese, de inmediato se acordaría de mí, del hecho de que había algo que no encajaba en mi familia, y eso podría hacer que hablase.

Y no cabía la menor duda de que él chico contaba con un acompañante más que dispuesto a conversar. Era como si Ojiro se sintiera consumido por la culpa por haber estado a punto de matarlo y no fuese capaz de dejar de hablar del tema. Podía ver la expresión de la cara de él a través de los ojos de Ojiro, y estaba claro que deseaba que él lo dejara de una vez. ¿Cómo es que el chico no lo veía?

Se produjo un momento de tensión para mí cuando Ojiro le preguntó cómo había conseguido apartarse.

Aguardé, petrificado, mientras él vacilaba.

—Pues... —lo oyó decir Ojiro. Hizo entonces una pausa tan larga que el chico se cuestionó si su pregunta lo habría confundido. Por fin, él chico prosiguió—: Shoto me ha empujado para apartarme de la trayectoria de la camioneta.

Exhalé. Y entonces se me aceleró la respiración. Jamás lo había oído pronunciar mi nombre. Me gustó cómo sonaba, incluso al oírlo a través de los pensamientos de Ojiro. Deseaba oírlo por mí mismo...

—Shoto Todoroki —dijo él al ver que Ojiro no caía en la cuenta. Me sorprendí al verme ante la puerta, con la mano en el picaporte. El deseo de verlo se estaba volviendo más intenso. Tuve que recordarme la necesidad de ser precavido—. Estaba a mi lado.

—¿Todoroki? —Mmm. Qué raro—. No lo he visto... —Habría jurado que...— ¡Vaya, todo ha ocurrido muy deprisa! ¿Está bien?

—Supongo que sí. Anda por aquí cerca, pero a él no le han obligado a utilizar una camilla.

Vi la mirada pensativa en el rostro del chico, la sospecha que le tensaba los ojos, unos cambios sutiles en su expresión de los que Ojiro no se enteraba.

Es mono, estaba pensando él, casi sorprendido. Incluso hecho un desastre, su cabello parece un arbusto y se le ve genial a pesar de eso. No es mi tipo. Aun así... Debería invitarlo a salir. Compensarlo por lo de hoy.

Me encontraba ya en el pasillo, a medio camino de la sala de urgencias y sin pensar por un solo segundo en lo que estaba haciendo. Afortunadamente, la enfermera accedió a la sala antes de que pudiese hacerlo yo: era el turno de Deku en radiología. Me apreté contra la pared en un rincón oscuro a la vuelta de la esquina e intenté recobrar el autocontrol mientras se lo llevaban.

No importaba si Ojiro pensaba que era guapo. Cualquiera podía percatarse de eso. No había ninguna razón para que yo me sintiese... ¿Cómo me sentía? ¿Molesto? ¿O sería más realista decir enfadado? Aquello no tenía ningún sentido.

Permanecí donde estaba durante tanto tiempo como pude, pero la impaciencia se apoderó de mí y di un rodeo hasta la sala de radiología. Ya se lo habían llevado de vuelta a urgencias, pero pude echar un vistazo a sus radiografías mientras la enfermera tenía la atención puesta en alguna otra parte.

Me sentí más tranquilo después de haberlo hecho. La cabeza estaba en perfectas condiciones. No le había provocado ninguna lesión; nada, en realidad.

Allí me encontró Aizawa.

Tienes mejor aspecto, fue el comentario que me hizo.

Me quedé mirando al frente. No estábamos solos, los pasillos estaban repletos de celadores y de visitas.

Ah, sí. Colgó las radiografías a la luz del negatoscopio, pero no me hizo falta verlas por segunda vez. Ya veo, está en perfectas condiciones. Bien hecho, Shoto.

El sonido de la aprobación de mi padre me produjo unas reacciones encontradas. Me habría agradado, pero sabía que él no iba a aprobar lo que iba a hacer a continuación. Al menos, no lo aprobaría si conociese mis verdaderos motivos.

—Creo que voy a ir a hablar con él... antes de que te vea a ti — murmuré para el cuello de mi camisa—. Comportarme con naturalidad, como si no hubiese pasado nada. Suavizar las cosas.

Razones aceptables, todas ellas.

Aizawa asintió distraído, observando aún las radiografías.

—Buena idea. Mmm.

Miré para ver qué atraía su interés.

¡Fíjate, todas esas contusiones cicatrizadas! ¿Cuántas veces se le escapó a su madre de entre los brazos? Aizawa se rio para sus adentros con su propia broma.

—Estoy empezando a pensar que ese chico tiene verdadera mala suerte, siempre en el peor sitio en el peor momento.

Desde luego, Forks es el peor sitio para él, contigo aquí.

Di un respingo.

Adelante. Suaviza las cosas. Me uniré a ti de un momento a otro.

Me alejé con paso rápido, sintiéndome culpable. Tal vez mintiese demasiado bien, si era capaz de engañar a Aizawa.

Cuando llegué a urgencias, Ojiro estaba farfullando entre dientes, seguía disculpándose. Él chico fingía dormir en un intento por escapar de los remordimientos de su compañero. Tenía los ojos cerrados, pero su respiración no era estable, y de vez en cuando tenía un tic de impaciencia en los dedos.

Observé su rostro durante un rato largo. Esta sería la última vez que lo viese. Aquel hecho me produjo un dolor agudo en el pecho.

¿Sería por lo mucho que odiaba dejar un enigma sin resolver? Eso no parecía explicación suficiente.

Por fin, respiré hondo y me moví para quedar a la vista.

Ojiro comenzó a hablar en cuanto me vio, pero me llevé un dedo a los labios.

—¿Está durmiendo? —murmuré.

Los ojos de Deku se abrieron de golpe y se centraron en mi rostro. Por un instante se abrieron de forma exagerada, y luego se entrecerraron en un gesto de ira o de sospecha. Recordé que tenía un papel que interpretar, así que le sonreí como si no hubiera sucedido nada inusual aquella mañana..., aparte del golpe en la cabeza y de una imaginación un tanto desbocada.

—Oye, Todoroki —dijo Ojiro—. Lo siento mucho... Alcé una mano para detener sus disculpas.

—No hay culpa sin sangre —le dije en tono irónico y, sin pensarlo, se me puso una sonrisa demasiado amplia con aquella broma tan personal.

Ojiro sintió un escalofrío y apartó la mirada.

Qué sorprendente, lo sencillo que resultaba hacer caso omiso de Ojiro, allí tumbado a poco más de metro y medio y con unas heridas más profundas que aún sangraban. Jamás había llegado a entender cómo se las arreglaba Aizawa para hacer eso: ignorar la sangre de sus pacientes a la hora de tratarlos. ¿No supondría aquella tentación constante una distracción demasiado fuerte, un peligro excesivo? Pero ahora... Ahora veía que la tentación se reducía a nada si te concentrabas en alguna otra cosa con la intensidad suficiente.

Incluso fresca y a la vista, la sangre de  no era nada en comparación con la de Izuku.

Mantuve la distancia con él y me senté a los pies del colchón de Ojiro.

—Bueno, ¿cuál es el diagnóstico? —le pregunté a él. Sacó un poco el labio inferior en un mohín.

—No me pasa nada, pero no me dejan marcharme. ¿Por qué no te han atado a una camilla como a nosotros?

Su impaciencia me hizo volver a sonreír. Pude oír entonces a Aizawa en el pasillo.

—Tengo enchufe —le dije para quitarle importancia—, pero no te preocupes, voy a liberarte.

Observé con detenimiento su reacción cuando mi padre entró en la sala. Sus ojos se agrandaron y se le abrió la boca en un gesto de sorpresa. Solté un gruñido para mis adentros. Sí, había reparado en el parecido, eso era seguro.

—Bueno, joven Midoriya, ¿cómo se encuentra? —le preguntó Aizawa.

Mi padre tenía un maravilloso trato con los pacientes, los calmaba y lograba que se sintieran cómodos en cuestión de segundos. Yo no podía saber qué efecto había tenido en Izuku.

—Estoy bien —dijo en voz baja.

Aizawa colgó sus radiografías en el negatoscopio que había junto a la cama.

—Las radiografías tienen buena pinta. ¿Te duele la cabeza? Shoto me ha dicho que te has dado un golpe bastante fuerte.

Izuku suspiró e insistió con un «Estoy perfectamente», pero esta vez sí se filtró la impaciencia en su voz. Me lanzó una mirada fulminante.

Aizawa se aproximó más a él y le pasó los dedos con delicadeza por el cuero cabelludo hasta que dio con el chichón bajo el pelo.

La oleada de emoción que me sobrevino me pilló desprevenido. Había visto a Aizawa trabajar con humanos un millar de veces.

Hacía años, incluso había hecho de su ayudante a título informal, aunque solo en situaciones en las que no había sangre de por medio. De modo que no era algo nuevo para mí, ver su manera de actuar con él chico como si él fuese tan humano como él. Había sentido envidia de su autocontrol en muchas ocasiones, pero aquello no era lo mismo que esta emoción. Estaba sintiendo envidia por algo que iba mucho más allá de su autocontrol. Suspiraba por lo que nos diferenciaba a Aizawa y a mí: que él pudiese tocarlo con esa delicadeza, sin temor, sabiendo que jamás iba a hacerle ningún daño.

Él hizo una mueca de dolor, y yo di un respingo en mi asiento. Tuve que concentrarme un instante para poder recuperar la postura relajada.

—¿Te duele? —le preguntó Aizawa. Subió la barbilla en un levísimo gesto.

—No mucho —dijo él.

Acababa de encajar otra pequeña pieza de su forma de ser: era valiente. No le gustaba mostrarse débil.

Tal vez fuese la criatura más vulnerable que había visto jamás, y no quería parecer débil. Se me escapó la risa entre los dientes.

Él me lanzó otra mirada fulminante.

—De acuerdo —dijo Aizawa—, tu padre se encuentra en la sala de espera. Te puedes ir a casa con él, pero debes regresar rápidamente si sientes mareos o algún trastorno de visión.

¿Su padre estaba aquí? Hice un barrido por los pensamientos de la multitud en la sala de espera, pero no fui capaz de localizar en todo el grupo aquella voz mental suya tan sutil antes de que él chico volviese a hablar con una expresión inquieta en la cara.

—¿No puedo ir al instituto?

—Hoy deberías tomarte las cosas con calma —le sugirió Aizawa. Su mirada volvió a deslizarse hacia mí.

—¿Puede él ir al instituto?

Comportarme con normalidad, suavizar las cosas..., hacer caso omiso de la sensación que percibo cuando él me mira a los ojos...

—Alguien ha de darles la buena nueva de que hemos sobrevivido—le dije.

—En realidad —me corrigió Aizawa— parece que la mayoría de los estudiantes están en la sala de espera.

Esta vez anticipé la reacción de Deku: su fobia a ser el centro de atención. No me decepcionó.

—¡Oh, no! —se quejó, y se llevó las manos a la cara.

Me gustó el hecho de haber acertado por fin con una conjetura, estar empezando a comprenderlo.

—¿Quieres quedarte aquí? —le preguntó Carlisle.

—¡No, no! —se apresuró a decir, pasó las piernas sobre el lateral del colchón y se deslizó hasta posar los pies en el suelo. Perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante, en los brazos de Aizawa, que lo sujetó y lo estabilizó.

De nuevo, la envidia se apoderó de mí.

—Me encuentro bien —dijo él con un leve sonrojo en las mejillas, estaba por comenzar a contar todas esas pecas, me tenian cautivado, antes de que Aizawa pudiese hacer ningún comentario.

Por supuesto, aquel sonrojo no suponía ninguna preocupación para Aizawa. Se aseguró de que Deku había recobrado el equilibrio y bajó las manos.

—Toma unas pastillas de Tylenol contra el dolor —le indicó.

—No me duele mucho.

Aizawa sonrió mientras le firmaba el informe.

—Parece que has tenido muchísima suerte.

Deku volvió el rostro ligeramente, para mirarme a mí con una expresión dura en los ojos.

—La suerte ha sido que Shoto estaba a mi lado.

—Ah, sí, bueno —se apresuró a admitir Aizawa en cuanto oyó en su voz lo mismo que había oído yo: Izuku no había descartado sus sospechas como si fueran imaginaciones suyas; aún no.

Todo tuyo, pensó Aizawa. Lidia tú con esto como consideres mejor.

—Muchísimas gracias —susurré, rápido y silencioso; ninguno de los dos humanos me oyó.

Al oír mi sarcasmo, los labios de Aizawa se curvaron levemente hacia arriba al tiempo que se daba la vuelta hacia Ojiro.

—Lamento decirle que usted se va a tener que quedar con nosotros un poquito más —dijo mientras comenzaba a examinar las laceraciones superficiales que le había dejado el estallido del parabrisas.

Bueno, yo había generado aquel embrollo, así que era justo que fuese yo quien lidiase con ello.

Deku se dirigió muy despacio hacia mí y no se detuvo hasta que se situó tan cerca que me resultó incómodo. Recordé aquellas esperanzas que me había hecho —antes del caos— de que se acercara a mí. Esto no era sino una parodia de aquel deseo.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —me dijo entre dientes.

Su aliento cálido me inundó la cara, y tuve que retroceder un paso con un tambaleo. Su atractivo no había decaído un ápice. Cada vez que lo tenía cerca, desencadenaba mis peores instintos, los más incontrolables. El veneno me fluía en la boca, y mi cuerpo ansiaba lanzarse al ataque: agarrarlo entre mis brazos y triturarle el cuello con los dientes.

Mi mente era más fuerte que mi cuerpo, pero solo a duras penas.

—Tu padre te espera —le recordé con la mandíbula bien encajada.

Deku miró hacia Ojiro, que no nos estaba prestando la menor atención, y hacia Aizawa, que sí estaba siguiendo hasta el último de mis movimientos.

Con cuidado, Shoto.

—Quiero hablar contigo a solas, si no te importa —insistió él en voz baja.

Me daban ganas de decirle que sí, que me importaba mucho, pero sabía que acabaría teniendo que pasar por esto. Por qué no acabar con ello de una vez por todas.

Me sentí invadido por incontables emociones en conflicto al salir de la sala con paso decidido, escuchando sus pisadas tambaleantes a mi espalda mientras trataba de no quedarse atrás.

Tenía que hacer mi teatro, y ya sabía el papel que iba a interpretar, un personaje que tenía absolutamente dominado: sería el villano de la obra. Mentiría, lo ridiculizaría y lo trataría con crueldad.

Aquello iba en contra de todos mis buenos impulsos: los impulsos humanos a los que me había aferrado a lo largo de tantos años. Nunca había tenido un mayor deseo de ser digno de confianza que en este momento, cuando me veía en la obligación de hacer añicos cualquier posibilidad de que eso ocurriese.

Saber que este sería el último recuerdo que él tendría de mí solo empeoraba las cosas. Esta era mi escena de despedida.

Me volví hacia él.

—¿Qué quieres? —le pregunté con frialdad.

Mi hostilidad lo hizo encogerse y retroceder ligeramente. Los ojos se le llenaron de desconcierto, y su rostro adoptó la misma expresión que me había estado atormentando.

—Me debes una explicación —me dijo en un hilo de voz. El poco color que tenía le abandonó la piel de marfil, las pecas parecían incluso desaparecer.

Qué difícil me resultaba mantener la dureza en la voz.

—Te he salvado la vida. No te debo nada.

Dio un respingo. Sentí un escozor como el ácido al ver cómo la herían mis palabras.

—Me lo has prometido —susurró.

—Izuku, te has dado un fuerte golpe en la cabeza, no sabes de qué hablas.

Entonces alzó la barbilla.

—No me pasa nada en la cabeza.

Se había enfadado, y esto me facilitaba las cosas. Igualé la agresividad de su mirada y recompuse mi rostro para ser más frío, más duro.

—¿Qué quieres de mí, Izuku?

—Quiero saber la verdad. Quiero saber por qué miento por ti.

Lo que él quería era algo justo, así de simple; me frustraba tener que negárselo.

—¿Qué crees que ha pasado? —dije a punto de gruñir. Sus palabras manaron en un torrente, en voz baja casi como los murmuros en la ambulancia.

—Todo lo que sé es que no estabas cerca de mí, en absoluto, y Ojiro tampoco te ha visto, de modo que no me vengas con eso de que me he dado un golpe muy fuerte en la cabeza. La furgoneta iba a matarnos, pero no lo ha hecho.Tus manos han dejado abolladuras tanto en la carrocería de la furgoneta como en el coche marrón, pero has salido ileso. Y luego la has sujetado cuando me iba a aplastar las piernas...

De pronto apretó los dientes, y en los ojos tenía el brillo de unas lágrimas que no había derramado.

Me quedé mirándolo con una expresión de absoluta burla y desdén, aunque lo que de verdad sentía era asombro; él lo había visto todo.

—¿Crees que he apartado a pulso una furgoneta? —le pregunté con aún más sarcasmo en la voz.

Respondió con un rígido gesto de asentimiento. Adopté un tono más socarrón.

—Nadie te va a creer, ya lo sabes.

Hizo un esfuerzo por controlar sus emociones, la ira, por lo que parecía. Cuando me contestó, pronunció cada palabra con una meditada calma.

—No se lo voy a decir a nadie.

Lo decía en serio, lo veía en sus ojos. Aun furioso y traicionado, guardaría mi secreto.

¿Por qué?

Durante medio segundo, aquella sorpresa echó a perder mi expresión tan cuidadosamente diseñada, y luego me recompuse de inmediato.

—Entonces ¿qué importa? —le pregunté, e hice un esfuerzo por mantener la severidad en la voz.

—Me importa a mí —dijo con una voz intensa—. No me gusta mentir, por eso quiero tener un buen motivo para hacerlo.

Me estaba pidiendo que confiara en él, exactamente igual que yo deseaba que él confiara en mí, pero se trataba de una línea que yo no podía traspasar.

Mantuve el tono insensible en la voz.

—¿Es que no me lo puedes agradecer y punto?

—Gracias —me dijo, y continuó echando humo, en silencio y a la espera.

—No vas a dejarlo correr, ¿verdad?

—No.

—En tal caso... —No podía contarle la verdad ni aunque lo deseara... y tampoco lo deseaba. Prefería que el se inventase su propia historia en lugar de que supiese lo que yo era, porque nada podría ser peor que la verdad: era un no muerto, una criatura de pesadilla surgida directamente de entre las páginas de una novela de terror—. Espero que disfrutes de la decepción.

Nos miramos el uno al otro con el ceño fruncido. Se sonrojó y volvió a rechinar los dientes.

—¿Por qué te has molestado en salvarme?

Aquella pregunta no estaba entre las que me esperaba ni entre las que estaba preparado para responder. Había perdido el hilo del papel que estaba interpretando. Sentí que se me caía la careta, y por esta única vez le dije la verdad:

—No lo sé.

Memoricé su rostro una última vez —todavía había en él una expresión de ira, la sangre no se le había desvanecido aún de las mejillas—, me di la vuelta y me alejé de el.

Chapter Text

Volví al instituto. Era lo correcto, la manera más discreta de proceder.

Antes de que terminara la jornada, casi todos los demás alumnos habían regresado también a clase. Solo Ojiro, Deku y unos cuantos más —que seguramente usaban el accidente como excusa para hacer novillos— seguían ausentes.

No entendía por qué me costaba tanto cumplir con mi deber. Sin embargo, llevaba toda la tarde apretando los dientes contra el impulso de saltarme las clases yo también para ir en busca del chico.

Igual que un acosador. Igual que un acosador obsesivo. Un vampiro obsesionado al acecho.

Las clases de aquel día se me antojaron —por imposible que fuera— todavía más tediosas si cabe que la semana anterior. Había entrado en coma. El color se había escurrido de los ladrillos, los árboles, el cielo, las caras a mi alrededor... Miraba las grietas que discurrían por el enlucido.

También debería estar cumpliendo con mi deber en un segundo aspecto... y no lo estaba haciendo. Aunque, claro, también se podría considerar una conducta incorrecta, desde otro punto de vista.

Desde la perspectiva de un Todoroki —no solamente un vampiro, sino un Todoroki, el miembro de una familia, lo que suponía un caso excepcional en nuestro mundo—, lo correcto habría sido algo parecido a esto:

—Me sorprende verte en clase, Shoto. Me han comentado que has estado involucrado en ese horrible accidente de esta mañana.

—Sí, es cierto, señor Banner, pero he tenido suerte. —Sonrisa amistosa—. He salido ileso. Ojalá pudiera decir lo mismo de Ojiro y Deku.

—¿Cómo están?

—Tengo entendido que Ojiro está bien... Solamente ha sufrido unos cuantos cortes superficiales a causa del parabrisas roto. En cuanto a Deku, no lo tengo tan claro. —Un ceño turbado—. Es posible que sufra una conmoción cerebral. Me han comentado que deliraba... Incluso veía cosas. Al parecer, los médicos estaban preocupados...

Así debería haberse desarrollado la escena. Eso era lo que le debía a mi familia.

—Me sorprende verte en clase, Shoto. Me han comentado que has estado involucrado en ese horrible accidente de esta mañana.

La sonrisa amistosa brilló por su ausencia.

—No me ha pasado nada.

El señor Banner desplazó el peso de una pierna a otra, incómodo.

—¿Por casualidad sabes cómo están Ojiro Crowley e Izuku Midoriya? Por lo que me han dicho, ha habido heridos.

Me encogí de hombros.

—Ni idea.

El señor Banner carraspeó.

—Ejem, bueno... —dijo. Le falló la voz ante la frialdad de mi mirada.

Se alejó a toda prisa hacia la parte frontal del aula y dio comienzo a la clase.

No había estado bien por mi parte. A menos que se contemplara desde un punto de vista más complejo.

Me parecía tan... tan desconsiderado calumniar al chico por la espalda, sobre todo cuando había demostrado ser más digno de confianza de lo que yo podía soñar. No había pronunciado ni una sola palabra que pudiera ponerme en evidencia, aunque tenía buenas razones para hacerlo. ¿Cómo iba a traicionarlo, si no había hecho nada salvo guardar mi secreto?

Mantuve una conversación casi idéntica con la señora Goff, solo que en español en lugar de en inglés, y Kirishima me dedicó una larga mirada.

Espero que tengas una explicación convincente para lo que ha pasado hoy. Blasty está en pie de guerra.

Puse los ojos en blanco sin volverme a mirarlo.

En realidad, había discurrido una explicación de lo más convincente. Suponiendo que no hubiera hecho nada para evitar que la furgoneta aplastara al chico. Me estremecí con solo pensarlo. Pero, de haber sido arrollado, de haber acabado el mutilado y sangrando, el fluido rojo formando regueros desde sus venas hasta el pavimento, el aroma de la sangre fresca latiendo en el aire...

Me estremecí de nuevo, y no solamente por el horror. Una parte de mí temblaba de puro deseo. No, no habría sido capaz de contemplar su sangre sin exponernos a todos de un modo mucho más escandaloso y espeluznante.

Era una excusa lógica y perfecta..., pero no pensaba usarla. Me daba demasiada vergüenza.

Y, de todos modos, no se me había ocurrido hasta mucho después de que acontecieran los hechos.

Lleva cuidado con Iida, prosiguió Eijiro, ajeno a mis cavilaciones. Él no está tan enfadado..., pero es más expeditivo.

Capté lo que quería decir de inmediato y, durante un instante, perdí de vista el aula que me rodeaba. La descarga de rabia fue tan intensa que una neblina roja me empañó la visión. Temí ahogarme en ella.

¡SHOTO! ¡TRANQUILÍZATE!, me gritó Eijiro mentalmente. Su mano se posó en mi hombro y me obligó a permanecer sentado antes de que pudiera levantarme de un salto. Rara vez hacía uso de todas sus fuerzas —casi nunca hacía falta, ya que era mucho más fuerte que cualquier vampiro con el que nos hubiéramos topado jamás, piel como roca, en el estilo mas literal de la palabra—, pero tuvo que usarlas ahora. Me aferró el brazo, más que empujarme contra el asiento. De haber ejercido presión, la silla habría estallado debajo de mi cuerpo.

¡CALMA!, me ordenó.

Traté de tranquilizarme, si bien me suponía un esfuerzo enorme.

La rabia hervía en mi cabeza.

Iida no hará nada hasta que hayamos mantenido una reunión. Solamente he creído que debías saber por dónde van los tiros.

Me concentré en relajarme y noté que la mano de Kirishima aflojaba la presión.

Intenta no llamar tanto la atención. Ya tienes demasiados problemas como para buscarte más.

Inspiré profundamente y por fin Kirishima me soltó.

Eché un vistazo a mi alrededor por pura costumbre, pero nuestro enfrentamiento se había producido en términos tan breves y silenciosos que solamente unas pocas personas sentadas detrás de Kirishima habían reparado en él. Ninguno de ellos supo cómo interpretarlo, así que se encogieron de hombros y siguieron a lo suyo. Los Todoroki eran bichos raros; todo el mundo lo sabía.

Demonios, chaval, estás hecho un desastre, añadió Eijiro con un tono de voz más amable.

—Vete al diablo —rezongué por lo bajo, y le oí soltar una risa entre dientes.

Eijiro no era rencoroso y seguramente debería haberle agradecido más su indulgencia. Pero pude ver que él entendía los motivos de Iida y que también se estaba planteando cuál sería la mejor manera de actuar en este caso.

La rabia hervía ahora a fuego lento, apenas bajo control. Sí, Eijiro era más fuerte que yo, pero todavía no me había vencido en un cuerpo a cuerpo. Él se quejaba de que yo hacía trampas, pero escuchar los pensamientos formaba parte de mi naturaleza, igual que su inmensa fuerza formaba parte de la suya. Luchábamos en igualdad de condiciones.

¿Una pelea? ¿Ese era el inevitable desenlace? ¿Iba a librar una batalla contra mi familia por un humano al que apenas conocía?

Lo medité unos instantes, pensé en la fragilidad que me había transmitido el cuerpo del chico comparado con Iida, Bakugou y Kirishima. Dotados de una fuerza y una rapidez sobrehumanas, ellos eran máquinas de matar por naturaleza.

Sí, lucharía por el. Contra mi familia. Me estremecí.

¡Pero no sería justo dejarlo indefenso cuando había sido yo quien lo había puesto en peligro!

Sin embargo, no podía ganar si luchaba solo, no si tenía que enfrentarme a los tres, y me pregunté quiénes serían mis aliados.

Aizawa, sin duda. Él no pelearía, pero se opondría en cuerpo y alma a los propósitos de Katsuki y Tenya. Tal vez fuera suficiente con eso.

Yamada, tenía mis dudas. No tomaría partido contra mí y odiaría disentir con Aizawa, pero apoyaría cualquier plan que mantuviese a su familia intacta. Su máxima prioridad no sería hacer lo correcto, sino yo. Si Aizawa era el alma de la familia, Yamada era el corazón. Él nos proporcionó un cabeza de familia al que seguir, y el convirtió nuestra lealtad hacia él en un acto de amor. Todos nos queríamos; aun ahora, a pesar de la rabia que me inspiraban Tenya y Katsuki, aunque estuviera planeando enfrentarme a ellos para salvar al chico, era consciente de que los quería.

Ochako..., ni idea. Su elección dependería probablemente del resultado que augurase. Se pondría del lado del ganador, supuse.

Así pues, no podría contar con nadie. Estaría en inferioridad de condiciones, pero no iba a dejar que el chico saliera malparado por mi culpa. Y eso podría implicar la necesidad de recurrir a una maniobra de evasión.

Mi rabia remitió una pizca cuando hizo aparición mi humor negro. Traté de imaginar cómo reaccionaría el cuando lo secuestrase. Cierto, rara vez acertaba cuando trataba de anticiparme a sus reacciones, pero ¿de qué otra manera podía reaccionar sino con terror?

Ahora bien, no tenía claro cómo me las ingeniaría para secuestrarlo. No sería capaz de soportar su cercanía durante largo rato. Quizá se lo devolviera a su madre. Incluso esa estrategia entrañaría gran peligro. Para el, sobre todo si hablamos de ir de un continente a otro.

Y también para mí, comprendí súbitamente. Si llegase a poner fin a su vida por accidente... No estaba seguro de cuánto dolor me causaría su muerte, pero sabía que sería algo polifacético e intenso. El tiempo transcurrió raudo mientras rumiaba las dificultades que tenía por delante: la discusión que me esperaba en casa, el conflicto con mi familia, el alcance de las medidas que me vería obligado a tomar después.

Bueno, no podía quejarme de que la vida al otro lado de estas cuatro paredes fuera monótona. Cuando menos, el chico había cambiado eso.

Cuando sonó el timbre, Kirishima y yo nos dirigimos al coche en silencio. Él estaba preocupado por mí, y por Bakugou. Sabía que no tendría elección cuando le tocara elegir bando, y eso le angustiaba.

Los demás nos esperaban en el coche, también sin pronunciar palabra. Formábamos un grupo muy silencioso. Solamente yo escuchaba los gritos.

¡Idiota! ¡Bastardo de las mitades! ¡Tarado! ¡Imbécil! ¡Necio egoísta e irresponsable! Katsuki me dedicó un rosario de insultos a pleno pulmón mental. Me impedía escuchar a los demás, pero le hice caso omiso en la medida que pude.

Kirishima estaba en lo cierto acerca de Iida. Tenía muy claro lo que había que hacer.

Uraraka estaba inquieta, preocupada por Iida y revisando imágenes de posibles futuros. Fuera cual fuese el frente por el que Iida se acercase al chico, Alice siempre me veía ahí, interponiéndome entre los dos. Qué interesante... Ni Katsuki ni Eijiro se encontraban a su lado en esas visiones. Así pues, Iida tenía pensado trabajar solo. Eso igualaría el combate.

Tenya Iida era el mejor luchador de todos y sin duda el más experimentado. Mi única ventaja radicaba en mi capacidad para prever sus movimientos antes de que los ejecutara.

Nunca me había enfrentado a mis hermanos de un modo que no fuera amistoso. Me horrorizaba la idea de hacerle daño a Tenya de manera voluntaria.

No, no lo haría. Me limitaría a cortarle el paso. Nada más.

Me concentré en Uraraka con el fin de memorizar las distintas posibilidades de ataque por parte de Iida. Mientras lo hacía, sus visiones se alejaban cada vez más del hogar de los Midoriya. Yo lo interceptaba antes.

¡Para ya, Shoto!, me espetó. No puede suceder así. No lo permitiré.

No respondí. Me limité a seguir mirando.

Ella empezó a inspeccionar un futuro más lejano, las regiones vagas y nebulosas de las posibilidades distantes. En aquella zona todo era oscuro e indefinido.

El pesado manto de silencio nos envolvió durante todo el trayecto de vuelta. Aparqué en el enorme garaje que había junto a la casa. El Mercedes de Aizawa estaba allí, junto al gran Jeep de Kirishima, el M3 de Bakugou y mi Vanquish. Me alegré de que Aizawa ya estuviera en casa; el silencio podría quebrarse de manera explosiva y lo quería cerca cuando eso sucediera.

Nos encaminamos directamente al comedor.

El comedor como es natural, nunca se destinaba al uso para el que había sido concebida. Pese a todo, estaba amueblada con una gran mesa de ébano ovalada y sus sillas: éramos muy escrupulosos con nuestro atrezo. A Aizawa le gustaba emplearla como sala de reuniones. En un grupo formado por individuos de personalidades tan potentes y dispares, con frecuencia hacía falta sentarse a discutir las cosas con calma.

Presentía que el escenario no nos iba a resultar de gran ayuda ese día.

Aizawa ocupó su sitio habitual en el lado este de la habitación.

Yamada estaba junto a él. Se tomaron de la mano sobre la mesa.

Yamada mantenía los ojos clavados en mí, esos abismos dorados inundados de inquietud.

Quédate. Ese era su único pensamiento. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de comenzar; sencillamente estaba preocupada por mí.

Ansié poder sonreír al hombre que siempre se había comportado de una manera tan... maternal para mí en todos los sentidos, pero no estaba en mi mano tranquilizarlo.

Me senté al otro lado de Aizawa.

Él entendía mejor que su compañero lo que se avecinaba. Apretaba los labios con fuerza y tenía la frente surcada de arrugas. Su expresión se me antojó demasiado adulta para un rostro tan juvenil.

Cuando el resto de los presentes tomó asiento, advertí que las alianzas acababan de dibujarse.

Bakugou se sentó enfrente de Aizawa, al otro extremo de la mesa alargada. Me fulminó con la mirada, decidido a no despegar los ojos de mí ni por un momento.

Eijiro se acomodó a su lado con una expresión tan socarrona como sus pensamientos.

Iida titubeó y por fin se situó contra la pared, detrás de Bakugou. Había tomado una decisión, fuera cual fuese el resultado de la discusión. Apreté los dientes.

Uraraka fue la última en entrar, con los ojos enfocados en algo muy lejano: el futuro, todavía demasiado incierto como para poder recurrir a él. Sin que pareciera que se paraba a pensarlo, se sentó junto a Yamada. Se frotó la frente igual que si tuviera jaqueca. Iida se revolvió inquieto y se planteó unirse a ella, pero permaneció en su sitio.

Inspiré hondo. Yo había empezado esto; debía ser el primero en tomar la palabra.

—Lo lamento —dije mirando a Katsuki en primer lugar, luego a Tenya y por fin a Eijiro—. No pretendía poneros en peligro. Actué de manera irreflexiva y asumo plena responsabilidad de mis precipitadas acciones.

Bakugou me lanzó una mirada amenazante.

—¿Qué quieres decir con que «asumes plena responsabilidad»? ¿Lo vas a arreglar?

—No del modo que tú insinúas —repliqué. Hacía esfuerzos por hablar en un tono comedido—. Ya tenía pensado marcharme antes de que esto sucediera. Me iré de inmediato... —Si me aseguráis que el chico estará a salvo, añadí mentalmente. Si tengo claro que ninguno de vosotros le pondrá un dedo encima—. La situación se resolverá por sí misma.

—No —murmuró Yamada—. No, Litle listener.

Le di unas palmadas suaves en la mano.

—Solamente serán unos años.

—Pero Yamada tiene razón —intervino Kirishima—. No puedes ir a ninguna parte. Eso no nos ayudaría, sino todo lo contrario. Necesitamos saber qué piensa la gente, ahora más que nunca.

—Ochako captará cualquier cosa relevante —discrepé. Aizawa negó con la cabeza.

—Creo que Eijiro está en lo cierto, Shoto. Hay más probabilidades de que el chico hable si tú desapareces. O nos marchamos todos o ninguno.

—No dirá una palabra —insistí a toda prisa. Katsuki estaba a punto de estallar y yo quería dejar eso claro antes de que lo hiciera.

—No puedes leerle el pensamiento —me recordó Aizawa.

—Ya lo sé. Ochako, échame un cable. Ella me dirigió una mirada fatigada.

—No puedo ver lo que pasará si decidimos ignorar este problema. Miró de reojo a Bakugou y a Iida.

No, no podía ver ese futuro; no mientras Bakugou y Tenya se mostraran tan reacios a pasar por alto el incidente.

Bakugou hizo un explosión sobre la mesa con la palma de la mano.

—No podemos concederle al humano la más mínima posibilidad de hablar. Aizawa, seguro que lo entiendes. Aun si decidiéramos marcharnos sin dejar rastro, no sería seguro dejar atrás historias que puedan perseguirnos. Vivimos de un modo tan distinto al del resto de nuestra especie... Muchos se alegrarían de tener una excusa para señalarnos con el dedo y lo sabes. ¡Tenemos que llevar más cuidado que nadie!

—Ya hemos levantado rumores en otras ocasiones —le recordé.

—Nada más que habladurías y sospechas, mitad mitad. ¡No testigos y pruebas!

—¡Pruebas! —resoplé.

Sin embargo, Iida ya estaba asintiendo con una expresión dura en los ojos.

—Kat... —empezó Aizawa.

—Deja que termine, Aizawa. No será necesario organizar un gran montaje. El chico se ha golpeado la cabeza. Tal vez la herida sea más grave de lo que se pensaba en un principio. —Bakugou se encogió de hombros—. Todo mortal se va a dormir sabiendo que no tiene el despertar garantizado. Los demás dan por supuesto que limpiaremos nuestros estropicios. Estrictamente hablando, eso sería tarea del idiota de Icyhot, pero es obvio que todo esto lo supera. Sabéis que yo soy capaz de controlarme. No dejaré pruebas.

—Sí, Bakugou, todos sabemos hasta qué punto eres un asesino competente —gruñí.

El me bufó, incapaz de hablar por un instante. Ojalá esa incapacidad perdurase.

—Shoto, por favor —dijo Aizawa. Luego se volvió hacia Bakugou

—. Miré hacia otro lado en Rochester porque entendí que necesitaras hacer justicia. Los hombres que asesinaste te habían causado un daño espeluznante. La situación no es la misma. El chico Midoriya es completamente inocente.

—No es nada personal, Aizawa —dijo Katsuki entre dientes—. Se trata de protegernos a todos.

Se hizo un breve silencio mientras Aizawa meditaba su respuesta a conciencia. Cuando asintió, los ojos de Katsuki se iluminaron. Debería haber sido más listo. Yo sabía lo que iba a decir a continuación. Aunque no hubiera sido capaz de leerle el pensamiento, lo habría adivinado. Aizawa nunca transigía.

—Sé que tus intenciones son buenas, Katsuki, pero... deseo que nuestra familia sea digna de ser protegida. Los... accidentes o pérdidas de control que acontecen de vez en cuando son una parte lamentable de nuestra naturaleza. —Era muy propio de él incluirse en el plural, por más que nunca hubiera cometido esa clase de deslices—. Asesinar a un niño inocente a sangre fría es algo del todo distinto. Opino que el riesgo que representa, tanto si expresa de viva voz sus sospechas como si no, carece de importancia frente al peligro mayor que nos acecha. Si hacemos excepciones para protegernos, arriesgamos algo mucho más importante. Arriesgamos la esencia de lo que somos.

Me aseguré de controlar la expresión de mi cara. Sonreír no me ayudaría. Ni aplaudir, como me habría gustado.

Bakugou frunció el ceño.

—Es un acto de responsabilidad.

—Es un acto de crueldad —lo corrigió Aizawa con aplomo —Toda vida es un tesoro.

Bakugou suspiró con fuerza e hizo un mohín. Eijiro le dio unas palmaditas en el hombro.

—No pasará nada, Blasty —lo animó en voz baja.

—Lo que estamos debatiendo —prosiguió Aizawa— es si debemos marcharnos.

—No —gimió el—. Acabamos de instalarnos. No quiero volver a ser alumno de segundo año.

—Podrías conservar tu edad actual, por supuesto —dijo él.

—¿Y volver a tener que mudarnos tan pronto? —replicó Katsuki, quería explotar algo, siempre era así cuando las cosas no salían como a el le gustaban. Aizawa se encogió de hombros.

—¡Me gusta esto! El sol es tan escaso que hemos logrado pasar por personas casi normales.

—Bueno, tampoco tenemos que decidirlo ahora mismo. Podemos esperar a ver qué pasa. Shoto parece muy seguro de que el joven Midoriya guardará silencio.

Bakugou resopló, no conocía al chico pero ya lo detestaba.

Sin embargo, yo ya no estaba preocupado por Katsuki. Notaba que respetaría la decisión de Aizawa, por furioso que estuviera conmigo. La conversación había pasado a tratar detalles sin importancia.

Iida permanecía impasible.

Entendía su actitud. Antes de que Ochako y él se conocieran, Iida vivía en una zona de combate, un teatro bélico incesante. Conocía las consecuencias de incumplir las reglas; había presenciado las nefastas repercusiones con sus propios ojos.

Era revelador que no hubiera intentado tranquilizar a Bakugou con sus poderes extrasensoriales, y que tampoco lo estuviera azuzando ahora. Se mantenía al margen de la discusión; por encima de el.

—Iida—dije.

Me miró a los ojos, impertérrito.

—No pagará por un error que yo he cometido. No lo permitiré.

—¿Se beneficiará entonces? Hoy debería haber muerto, Shoto.

Yo me limitaría a devolver las cosas a su estado natural.

Repetí la frase, enfatizando cada palabra.

—No lo permitiré.

Enarcó las cejas. No se lo esperaba. La posibilidad de que yo fuera capaz de actuar para pararle los pies no había cruzado su pensamiento.

Negó con la cabeza una vez.

—Y yo no permitiré que Ochako viva en peligro, por mínimo que sea. Tú no sientes por nadie lo que yo siento por ella, Shoto, ni has vivido las mismas cosas que yo, tanto si las has presenciado en mis recuerdos como si no. No puedes entenderlo.

—Eso no te lo discuto, Iida. Pero te lo digo muy en serio: no permitiré que le hagas daño a Izuku Midoriya.

Nos miramos, no con odio, sino sopesando al contrincante. Noté cómo tanteaba el estado de ánimo a mi alrededor para medir el alcance de mi determinación.

—Tenya —nos interrumpió Ochako.

Iida me sostuvo la mirada todavía unos instantes antes de volverse hacia ella.

—No te molestes en decirme que sabes cuidar de ti misma, Ochako. Eso ya lo sé. Y no cambia el hecho de que...

—No iba a decir eso —lo cortó Uraraka—. Te iba a pedir un favor.

Vi la imagen que había asomado a su mente y mi boca se abrió con un jadeo audible. La miré con atención, impactado, apenas consciente de que todos salvo Ochako y Tenya me observaban ahora con recelo.

—Sé que me amas. Gracias por preocuparte por mí. Pero te agradecería infinitamente que no intentases matar a Deku-kun. En primer lugar, Shoto habla muy en serio y no quiero que luchen. En segundo lugar, es mi amigo. O, al menos, lo será.

La imagen era clara como el cristal: Ochako sonriendo, el brazo pálido y gélido en torno a los hombros frágiles y cálidos del chico. Y Deku con una sonrisa en el rostro también, ciñendo la cintura de Ochako.

La visión era sólida como una roca; tan solo la fecha era incierta.

—Pero, Ochako... —se sobresaltó Iida. No fui capaz de volver la cabeza para observar su expresión. No lograba arrancar mi atención de la premonición el tiempo suficiente para atender a los pensamientos de él.

—Algún día lo querré mucho, Tenya. Me voy a disgustar contigo si no permites que siga viviendo para que yo pueda conocerlo.

Yo seguía aferrado a los pensamientos de Ochako. Vi titilar el futuro cuando la resolución de Iida vaciló ante la inesperada petición.

—Ah —suspiró ella. La indecisión de él había abierto un nuevo porvenir—. ¿Lo ves? Deku-kun no va a decir nada. No hay motivos para preocuparse.

Su manera de decir el nombre del chico... como si ya fueran amigos íntimos.

—Ochako —pregunté con voz atragantada—. ¿Qué... significa...?

—Ya te dije que se avecinaba un cambio. No lo sé, Shoto.

Pero tensó la mandíbula y advertí que había más. Intentaba no pensar en ello. De pronto sus pensamientos se concentraban con mucha intensidad en Iida, aunque él estaba demasiado aturdido como para hacer progresos en la decisión que tenía por delante.

Ochako recurría a ese truco de tanto en tanto, cuando intentaba ocultarme algo.

—¿Qué pasa, Uraraka? ¿Qué me estás ocultando?

Oí el gruñido de Eijiro. Siempre se ponía de mal humor cuando Ochako y yo manteníamos ese tipo de conversaciones. Ella negó con la cabeza, concentrada en cerrarme el paso.

—¿Guarda relación con el chico? —insistí—. ¿Es algo de Deku?

Ella apretaba los dientes para no perder la concentración. Sin embargo, cuando pronuncié el nombre de Deku, vaciló. El desliz duró apenas una milésima de segundo, pero fue suficiente.

—¡NO! —grité. Escuché el golpe de mi silla contra el suelo y solo entonces me percaté de que me había puesto en pie, la escarcha subía por la pata de la mesa.

—¡Shoto!

Aizawa se había levantado también y me aferraba por el hombro.

Yo apenas era consciente de su presencia.

—Se está consolidando —susurró Ochako—. Con cada minuto que pasa estás más decidido. Solo hay dos caminos abiertos. Es una opción o la otra, Shoto.

Yo veía lo mismo que ella..., pero no podía aceptarlo.

—No —repetí. Ahora prácticamente sin voz. Me flaqueaban las piernas y tuve que sostenerme contra la mesa. Aizawa apartó la mano, ya había congelado una buena parte de la mesa para este momento.

—Esto es tan irritante... —se quejó Eijiro.

—Tengo que marcharme —le susurré a Ochako, haciendo caso omiso del comentario.

—Shoto, ya lo hemos hablado —dijo Eijro de viva voz—. Es muy probable que tu partida solo sirva para empeorar las cosas. Además, si te marchas, no tendremos la seguridad de si el chico está contando algo o no. Tienes que quedarte y afrontar esto.

—No veo que vayas a irte a ninguna parte, Shoto —intervino Ochako—. Ni siquiera sé si todavía puedes marcharte.

Piénsalo, añadió en silencio. Considera lo que implica que te vayas.

Entendí a qué se refería. Sí, la idea de no volver a ver al chico me provocaba... un dolor insoportable. Ya me había sentido así en el pasillo del hospital, cuando me había despedido de el de una manera tan brusca. Sin embargo, marcharme ahora se me antojaba todavía más necesario. No podía aprobar ninguno de los futuros a los que al parecer la había condenado.

No puedo poner la mano en el fuego por Iida, Shoto, prosiguió Ochako. Si te marchas y él piensa que el chico supone un peligro para nosotros...

—No es eso lo que yo oigo —la contradije, aunque seguía percibiendo solo a medias a los demás a nuestro alrededor. Iida todavía titubeaba. No haría nada que pudiera causarle dolor a Ochako.

No de inmediato. ¿Vas a poner en riesgo su vida, dejándolo indefenso?

—¿Por qué me haces esto? —gemí. Enterré la cara entre las manos.

Yo no era el guardián de Deku. No podía serlo. ¿Acaso el futuro dividido que Ochako preveía no constituía prueba suficiente?

Yo también lo quiero. O lo querré. No es lo mismo, pero deseo que esté aquí para que eso pueda llegar a suceder.

—¿Lo quieres... también? —susurré con incredulidad. Ella suspiró.

Estás tan ciego, Shoto. ¿No ves hacia dónde te lleva esto? ¿No ves en qué lugar estás ya? Es tan seguro como que mañana saldrá el sol. Mira lo que yo veo...

Negué con la cabeza, horrorizado.

—No. —Intenté cerrar la mente a las visiones que me estaba revelando—. No tengo por qué tomar ese camino. Me marcharé. Cambiaré el futuro.

—Puedes intentarlo —respondió Ochako en un tono empapado de escepticismo.

—¡Oh, venga ya! —vociferó Eijiro.

—Presta un poco de atención —lo regañó Bakugou—. ¡Cara redonda ha visto que se va a enamorar de un humano! ¡Qué típico de Mitad mitad!

Fingió una arcada. Yo apenas lo oía.

—¿Qué? —dijo Eijiro, sobresaltado. Acto seguido, sus potentes carcajadas resonaron por la habitación—. ¿Esa es la razón de todo esto? —Volvió a reír—. Pobre de ti, Shoto.

Noté su mano en el brazo, pero la aparté, distraído. No podía prestarle atención ahora mismo.

—¿Enamorado de un humano? —repitió Yamada con perplejidad

—. ¿Del chico que ha salvado hoy? ¿Se va a enamorar de el?

—¿Qué ves, Ochako? Exactamente —preguntó Iida.

Ella se volvió a mirarlo. Yo seguía observando el perfil de su cara, anonadado.

—Todo depende de su capacidad de control. O bien lo mata él mismo —de nuevo se giró hacia mí para fulminarme con la mirada

—, lo cual me enfurecería, Shoto, por no mencionar el dolor que te causaría a ti... —Volvió a dirigir la vista hacia Iida—. O algún día será uno de nosotros.

Alguien contuvo una exclamación; no traté de averiguar quién había sido.

—¡Eso no va a pasar! —yo estaba gritando una vez más— ¡Ninguna de las dos cosas!

Ochako habló como si no me hubiera oído.

—Todo depende —repitió—. Tal vez posea la suficiente fuerza de voluntad como para no matarlo..., pero estará muy cerca. Le exigirá un autocontrol enorme no hacerlo —musitó—. Más incluso del que posee Aizawa. Pero no será capaz de mantenerse alejado de el. Eso es una causa perdida.

Yo había perdido la voz. Los demás también, por lo que parecía.

Se hizo un silencio absoluto.

Yo miraba fijamente a Ochako mientras todos los demás me observaban a mí. Veía mi expresión horrorizada desde cinco ángulos distintos.

Al cabo de un rato, Aizawa suspiró.

—Vaya, eso lo complica todo.

—Ya lo creo que sí —convino Eijiro. De nuevo parecía a punto de echarse a reír. Nadie como Eijiro para verle el lado cómico a mi desgracia.

—Pese a todo, no tenemos por qué cambiar de planes, supongo —dijo Aizawa en tono meditabundo—. Nos quedaremos a ver qué pasa. Como es evidente, nadie... lastimará al chico.

Me crispé.

—No —replicó Iida en tono quedo—. Estoy de acuerdo. Si Ochako solo atisba dos caminos...

—¡No! —Mi voz no era un grito ni un gruñido ni un lamento, sino una combinación de los tres—. ¡No!

Tenía que marcharme, alejarme del ruido de sus pensamientos. De la hipócrita repugnancia de Bakugou, de la ironía de Kirishima, de la infinita paciencia de Aizawa...

Y lo que era peor: de la seguridad de Ochako. De la confianza de Iida en esa seguridad.

Y aún más horrible si cabe: de la... alegría de Yamada.

Abandoné la habitación indignado. Yamada buscó mi mano cuando pasé por su lado, pero no respondí a su gesto.

Estaba corriendo antes de llegar siquiera a la puerta. Atravesé el jardín y el río de un salto y me apresuré hacia el bosque. De nuevo estaba lloviendo, un chaparrón tan intenso que en pocos segundos yo ya estaba empapado. Agradecí la densa capa de agua, un muro que me separaba del resto del mundo. Me encerraba, me permitía estar solo.

Corrí rumbo al este, por encima y a través de las montañas en línea recta, hasta que pude atisbar las brumosas luces de Seattle al otro lado de la bahía. Me detuve antes de alcanzar la frontera de la civilización humana.

Aislado por la lluvia, a solas conmigo mismo, me obligué por fin a contemplar lo que había hecho..., cómo había cercenado mi futuro.

En primer lugar, la visión de Ochako y el chico abrazados, caminando juntos por el bosque que rodeaba el instituto; la confianza y la amistad que compartían eran tan tangibles que casi podían palparse. Los grandes ojos color esmeralda de Deku no transmitían confusión en esta visión, pero todavía estaban llenos de secretos... Secretos que parecían felices en ese momento. No retrocedía ante el gélido abrazo de Ochako.

¿Qué significaba eso? ¿Cuánto sabía? En ese instante congelado en el futuro, ¿qué pensaba el de mí?

Y luego la segunda imagen, muy similar a la primera, aunque ahora teñida de horror. Ochako y Deku en el porche delantero de nuestra casa, abrazados como si los uniese una estrecha amistad. Pero esta vez no había diferencia entre ambos brazos; los dos eran pálidos, lisos como el mármol, duros como el acero, aunque aun podia visualizar sus pecas, era lo poco que le daba un aire mas humano. Los ojos de Deku ya no exhibían el color del bosque. Sus iris eran de un rojo intenso e impactante. Y ahora albergaban secretos insondables.

¿Aceptación o desolación? Imposible saberlo. El rostro de el emanaba frío e inmortalidad.

Me estremecí. No podía reprimir las preguntas, parecidas pero distintas: ¿qué implicaba esa imagen? ¿Cómo había sucedido? ¿Y qué pensaba el de mí en esa situación?

Conocía la respuesta a este último interrogante. Si lo había empujado a una vida a medias, hueca, a causa de mi debilidad y egoísmo, sin duda me odiaba.

Sin embargo, había visto una tercera imagen todavía más espeluznante, si cabe; peor que nada que hubiera albergado mi mente jamás.

Mis propios ojos, inyectados en sangre humana, los ojos de un monstruo. El cuerpo desmadejado de Deku en mis brazos, su piel cenicienta, exangüe, sin vida. Era una visión tan concreta, tan nítida...

La estampa se me antojó insoportable. Me superaba. Traté de borrar la imagen de mi mente, ver otra cosa, lo que fuera. Intenté evocar la expresión de su rostro viviente, el mismo que había obstaculizado mi visión durante este último capítulo de mi existencia. Sin resultado.

La lúgubre visión de Ochako inundaba mi pensamiento y yo languidecía por dentro de pura agonía. Mientras tanto, el monstruo que habitaba en mí rebosaba de júbilo, exultante ante la posibilidad de un triunfo semejante. Me asqueaba.

No podía permitirlo. Tenía que haber un modo de burlar el futuro.

No dejaría que la visión de Ochako guiara mis pasos. Podía escoger un camino distinto. Siempre había elección.

Tenía que haber otro modo.

Chapter Text

El instituto. Ya no era el purgatorio, ahora había mudado en el mismísimo infierno. Tormento y fuego... Sí, ambos me acompañaban allá donde iba.

Lo hacía todo como se esperaba de mí. Ninguna «i» sin su punto, ninguna «t» sin su cruz. Nadie podría acusarme de eludir mis responsabilidades.

Para complacer a Yamada y proteger a los demás, me quedé en Forks. Retomé mi antigua rutina. No cazaba más que el resto. Acudía al instituto a diario y me hacía pasar por humano. Aplicaba el oído a cualquier pensamiento relativo a los Todoroki; nunca había novedades. El chico no compartió con nadie sus sospechas, ni una palabra. Se limitó a repetir la misma historia —yo estaba a su lado y lo había apartado de la trayectoria de la furgoneta— hasta que los fisgones se aburrieron y dejaron de pedir más detalles. No había peligro. Mi precipitado acto no había perjudicado a nadie.

A nadie salvo a mí.

Estaba decidido a alterar el futuro. Tal vez no fuera la aspiración menos ambiciosa del mundo, pero era la única alternativa con la que me veía capaz de vivir.

Ochako sostenía que yo carecía de la capacidad de autocontrol necesaria para mantenerme alejado del chico. Le demostraría que se equivocaba.

Pensé que el primer día sería el más complicado. Antes de que terminara la jornada, estaba seguro de haber acertado. Por desgracia, me equivocaba.

Iba a herir los sentimientos del chico y eso me entristecía. Me consolaba pensando que su dolor sería poco más que un pinchazo

—apenas el insignificante aguijón del rechazo— comparado con el mío. Deku era humano e intuía que yo era algo distinto, un engendro aterrador, un error. Con toda probabilidad, cuando yo lo ignorara y fingiera que no existía, el experimentaría más alivio que dolor.

—Hola, S-Shoto —me saludó el primer día después del accidente en clase de Biología. Empleó un tono afable, amistoso, un giro de ciento ochenta grados respecto a la última vez que habíamos hablado. Podía estar seguro que en su rostro salpicado de estrellas y orbes jaspeita había una sonrisa, sonrisa que me dedicaba a mi, que no merecía ni un apice de consideración.

¿Por qué? ¿Cómo debía interpretar ese cambio? ¿Había olvidado lo sucedido? ¿O concluido tal vez que la imaginación le había jugado una mala pasada? ¿Me habría perdonado por incumplir la promesa de contarle la verdad?

Las preguntas me quemaban como la sed que me asaltaba con cada respiración cuando el estaba cerca.

Solo un instante para mirarlo a los ojos, esos de los que nunca parecía librarme. Lo suficiente para buscar en ellos las respuestas...

No. No podía permitirme ni siquiera eso. No si estaba decidido a cambiar el futuro. No podía dejarme hipnotizar por esos bosques profundos.

Giré levemente la barbilla hacia el sin despegar la vista de la parte frontal del aula. Asentí una vez y volví la cara al frente. Mi máscara de frialdad, perfectamente hecha aunque estar cerca solo me congelase a mi. Un adiós a esas sonrisas capaz de desafíar al gran astro brillante.

Fue la última vez que me dirigió la palabra.

Por la tarde, tan pronto como terminaron las clases y di mi interpretación por concluida, corrí en dirección a Seattle, igual que el día anterior. Tenía la sensación de que manejaba mejor el dolor cuando sobrevolaba la tierra, tan rápido que el paisaje a mi alrededor mudaba en un borrón verde, recordandome sus ojos, ojos que ya no tenia permitido observar.

Aquella carrera pasó a formar parte de mi rutina diaria. La única para soportar mi propia decisión.

¿Lo amaba? No lo creía. Todavía no. Sin embargo, las imágenes del futuro atisbadas por Ochako se habían grabado a fuego en mi retina y ahora comprendía lo cerca que estaba de enamorarme de Izuku. Amarlo sería igual que una caída: un acto que no requiere el menor esfuerzo. En cambio, resistirme a su amor era lo opuesto a caer. Me sentía como un mortal escalando un precipicio centímetro a centímetro, una tarea infinitamente ardua cuando tus fuerzas son exiguas. Tratando de apagar las llamas y el hielo que consumían mi ser, una pelea que no acababa.

Transcurrió más de un mes, y cada día me costaba más sostener mi decisión. No podía entenderlo. Seguía esperando el día en que superara el dolor, en que este se tornara más llevadero o se estabilizara, al menos. Esto debía de ser a lo que se refería Ochako cuando predijo que no podría mantenerme alejado del chico. Había entrevisto la escalada del dolor, la frustración, el deseo, la dependencia, el frío.

Sin embargo, yo podía con ese sufrimiento.

No destruiría el futuro de Deku. Si estaba destinado a amarlo, ¿acaso evitarlo no era el mayor acto de amor, por su propio bien? Yo no sabía nada de amor, nunca lo había experimentado, en ningún momento.

Ahora bien, esquivarlo ponía a prueba mis capacidades. Podía fingir que no estaba y no volverme nunca a mirarlo. Podía fingir que no me interesaba. Pero lo cierto era que seguía pendiente de cada soplo de aire que aspiraba, de cada palabra que pronunciaba, de cada murmullo que todos parecían ignorar, casi imperceptibles para los humanos, los únicos momentos en los que su voz de terciopelo parecía acariciar mi triste alma, un remedio para el dolor.

No podía mirarlo con mis ojos, así que lo observaba a través de los ojos ajenos. La gran mayoría de mis pensamientos giraba en torno a el, como si fuera el centro de gravedad de mi mente. Cómo si fuese lo único que me mantenía en este lugar, mi cable a tierra.

Mientras este infierno proseguía, clasifiqué mis tormentos en cuatro categorías.

Las dos primeras las conocía bien. Su aroma y su silencio. O, más bien —por responsabilizarme de ellos, como correspondía—, mi sed y mi curiosidad.

La sed era el más primario de mis suplicios. Me había acostumbrado a no respirar en absoluto en clase de Biología. Por supuesto, siempre había excepciones: cuando debía responder a una pregunta y necesitaba el aliento para hablar. Cada vez que paladeaba el aire en torno a el me sentía igual que el primer día: fuego, necesidad y una violencia brutal que pugnaba por ser liberada. Me costaba un esfuerzo enorme aferrarme mínimamente a la razón o a la fuerza de voluntad en esas ocasiones para no flaquear. E, igual que aquel primer día, el monstruo que había en mí rugía casi a flor de piel.

La curiosidad era el más constante de mis tormentos. La pregunta jamás abandonaba mi mente: ¿Qué estará pensando ahora? Cada vez que lo oía suspirar. Cuando jugueteaba con un mechón de cabello con aire distraído, tratando de alisarlo solo para que él rizo permaneciera igual. Cuando dejaba caer los libros contra el pupitre con más fuerza de lo habitual. Cuando entraba corriendo porque llegaba tarde, haciendo sonar ese calzado de curioso color rojo. Cada vez que golpeteaba el pie contra el suelo de pura impaciencia. Cada que anotaba cosas en esos cuadernos que nadie parecía notar. Cada uno de los gestos que atisbaba por el rabillo del ojo se me antojaban un misterio enloquecedor. Cuando hablaba con los otros compañeros humanos, yo analizaba sus palabras una por una, su tono de voz. ¿Estaba expresando sus verdaderos pensamientos o solo decía lo que creía que era correcto? A menudo tenía la sensación de que se esforzaba en decir lo que su interlocutor esperaba de el, y eso me recordaba a mi familia y a nuestra función cotidiana; nosotros fingíamos mejor que el. Sin embargo, ¿por qué habría el de interpretar un papel? Era uno de ellos: un adolescente humano. Cómo si tuviese miedo a decir sus verdaderos gustos o incluso, como si estos no fuesen importantes. Quería saber quién era el, ese chico de rizos oscuros, ojos brillantes del color de la primavera, mejillas llenas de constelaciones por descubrir y alma juguetona.

Aunque... de vez en cuando no se comportaba como tal. Por ejemplo, cuando el señor Banner propuso un trabajo en equipo para la asignatura de Biología. Tenía por costumbre dejar que los alumnos formaran los grupos. Como siempre sucedía ante este tipo de proyectos, los más osados de entre los estudiantes que aspiraban a sacar nota —Monoma Daws y Awase Laghari— corrieron a preguntarme si quería trabajar con ellos. Expresé mi asentimiento encogiéndome de hombros. Sabían que ejecutaría mi parte a la perfección, y la suya, si acaso no la terminaban. No necesitaba decir mucho, demasiado acostumbrados a mi semblante serio y palabras justas.

No me sorprendió que Tuoya se emparejase con Deku. Lo que no me esperaba fue la insistencia de Deku en incluir a un tercer miembro en el grupo, Mina Ashido.

Por lo general, al señor Banner le tocaba integrar a Mina en un grupo ya constituido. La chica mostró más sorpresa que complacencia cuando Deku le tocó el hombro y le preguntó con torpeza si quería trabajar con el y con Tuoya.

—Bueno —fue la respuesta de Mina.

Cuando regresó a su asiento, Tuoya cuchicheó:

—Es una colgada. No hará nada. Creo que va a suspender Biología.

Deku negó con la cabeza y respondió en susurros:

—N-No te preocupes. Yo completaré su parte si la deja a medias.

La respuesta no tranquilizó a Tuoya.

—¿Y por qué ibas a hacer eso?

Era la misma pregunta que yo me moría por formularle, aunque no en el mismo tono.

Mina, efectivamente, iba a suspender Biología. El señor Banner estaba pensando en ella en ese instante, sorprendido y conmovido por la decisión de Deku.

Nadie le concede nunca una oportunidad a esa niña. Qué gesto tan humano por parte de Deku; es más amable que la mayoría de estos energúmenos.

¿Se había fijado Izuku en que la clase tendía a marginar a Mina? No se me ocurría ninguna razón aparte de la bondad para tenderle la mano a aquella chica, en particular siendo Deku tan tímido. Consideré cuánto malestar le habría provocado el gesto y concluí que seguramente más del que ningún otro humano presente habría estado dispuesto a afrontar por una desconocida. Cómo si ayudar fuese primero a su naturaleza, un alma heroica de la época moderna.

Teniendo en cuenta la capacidad de Deku para Biología, o cualquier materia, me pregunté si la nota del trabajo libraría a Mina del suspenso, al menos en esa asignatura. Y acerté de pleno.

En otra ocasión, durante la comida, Toga y Toru estaban hablando del destino estrella en su lista de deseos. Toga escogió Jamaica y Toru contraatacó con la Costa Azul. Ojiro metió baza y eligió Ámsterdam, pensando en el famoso distrito rojo, y los otros empezaron a meterse con él. Yo aguardaba ansioso por conocer la elección de Deku, pero, antes de que Tuoya (que se sentía atraído por Río) pudiera preguntarle sus preferencias, Denki mencionó con entusiasmo Disneyland, y la mesa al completo estalló en carcajadas.

—Qué infantil —cuchicheó Toru. Toga soltó una risilla maliciosa.

—Sí, ¿verdad?

Ojiro puso los ojos en blanco.

—Nunca tendrás novia —le dijo Tuoya a Denki.

La voz de Deku, en un volumen más alto del que solía permitirle su timidez, se abrió paso entre el tumulto.

—Pues es un destino muy lindo—dijo—. A mí también me gustaría ir.

Tuoya reculó al instante.

—Bueno, algunos sitios son mágicos, Como los castillos. —Debería haber cerrado el pico.

Toga y Toru intercambiaron una mirada fugaz con el ceño fruncido.

Puaj, por favor, pensó Toru.

—Deberíamos ir —le propuso Denki a Deku, emocionado—. O sea, cuando tengamos dinero. —¡Ir a Disneyland en compañía de Deku! Todavía mejor que ir solo...

Deku se quedó descolocado un momento, pero, atisbando de reojo la expresión de Toru, dobló la apuesta.

—Sí, ojalá. Pero debe de ser muy caro, ¿no?

Denki empezó a calcular los precios de las entradas y de los hoteles frente a la posibilidad de dormir en el coche. Toga y Toru retomaron su conversación anterior mientras Tuoya escuchaba desolado a Denki y a Deku.

—¿Cuánto crees que se tarda en llegar? ¿Dos días en coche o tres? —estaba preguntando Denki.

—Ni idea —respondió Deku.

—Bueno, ¿cuánto se tarda de Tokio al parque de allí?

—Puedes hacer el viaje en dos días —dijo el con seguridad—, si estás dispuesto a conducir quince horas al día.

—Orlando debe de estar un poco más cerca, ¿no?

Por lo visto, yo era el único que se había percatado de que Deku estaba representando un papel.

—Ah, sí, Orlando está más cerca. Pero igualmente tardarás dos días, seguro.

Saltaba a la vista que ni siquiera conocía la ubicación de aquel famoso parque. Únicamente había intervenido para impedir que se burlaran de Denki. El gesto hablaba en favor de su carácter —siempre estaba añadiendo cualidades a mi lista—, pero ahora nunca sabría qué destino habría escogido el. Tuoya compartía mi insatisfacción, si bien parecía ajeno a los verdaderos motivos de el.

Izuku acostumbraba a funcionar de ese modo; nunca abandonaba su silenciosa zona de confort, salvo cuando percibía una necesidad en su entorno: cambiar de tema cada vez que su círculo de amigos mortales discutían con excesiva crueldad; dar las gracias a un profesor por la clase cuando lo veía desanimado; renunciar a su taquilla por otra más incómoda con el fin de que dos amigos compartieran ubicación; esbozar cierto tipo de sonrisa que nunca iba destinada a sus alegres compañeros, sino tan solo a las personas que lo estaban pasando mal. Pequeños detalles en los que sus conocidos o admiradores nunca parecían reparar.

A través de estos gestos sin importancia, fui capaz de añadir la cualidad más trascendente a mi lista, la más reveladora de todas, tan sencilla como poco frecuente. Deku era bueno, un pequeño héroe para los más débiles. Todas las demás convergían en esa: amable, humilde, altruista y valiente. Era bueno de la cabeza a los pies. Y nadie parecía ser consciente de ello, aparte de mí. Aunque Tuoya estaba tan pendiente de el como yo.

Y ese era precisamente el más impensable de todos mis tormentos: Tuoya Himura. ¿Quién habría podido imaginar que un mortal tan mediocre y aburrido pudiera resultar tan molesto? Siendo justos, debería estarle agradecido: Tuoya inducía a hablar a Deku más que ninguna otra persona. Obtuve mucha información sobre el a través de sus conversaciones, pero la cooperación del chico en mi proyecto de investigación únicamente servía para sacarme de quicio. Odiaba que fuera él su confidente. Quería ser yo.

En parte me aliviaba saber que él nunca reparaba en sus pequeñas revelaciones, en sus lapsus. Tuoya no sabía nada de el en realidad. Había creado un Deku inexistente en su mente: un chico tan mediocre como él. No se había fijado en el altruismo y la valentía que lo distinguían del resto de los humanos, no percibía la sorprendente madurez de sus pensamientos cuando los expresaba de viva voz. No percibía que, cuando hablaba de su madre, parecía un adulto hablando de un niño y no a la inversa: cariñoso, tolerante, con un toque de humor y un fiero sentimiento de protección. No notaba la paciencia que exudaba su voz cuando fingía interés en los incoherentes relatos del chico, ni tampoco intuía la bondad que denotaba esa paciencia. No hacía caso a sus pequeños nervios al hablar, sus sonrisas torcidas cuando algo le salía bien, sus murmullos que a veces solo era el moviendo los labios mientras su mente se aceleraba y los pensamientos corrían uno sobre el otro.

Sin embargo, todos estos descubrimientos, aunque útiles, no me ayudaron a encariñarme del chico. Su mirada posesiva sobre el — como si fuera un objeto que atesorar— me irritaba tanto como las groseras fantasías que el le suscitaba. Por si fuera poco, él se sentía cada día más seguro en su relación con Izuku, ya que el parecía preferirlo por encima de otros que Tuoya consideraba sus rivales: Ojiro Crowley, Denki Kaminari e incluso, de tanto en tanto, yo mismo. De manera rutinaria, antes de que empezara la clase de Biología, se acercaba a la mesa que yo compartía con Deku para charlar con el, alentado por sus sonrisas. Solo eran sonrisas de cortesía, me decía a mí mismo, el siempre sonreía, me trataba de consolar, tratando de no creer que habia una sonrisa exclusiva para el tonto de ojos azules. De todos modos, con frecuencia me divertía imaginando que lo estampaba de un revés contra la pared del fondo. Dudaba que eso acabase con su vida... Tal vez si ocupaba el fuego o el hielo pudiese prolongar su tortura.

Por lo general, Tuoya no me consideraba un rival. Después del accidente le había preocupado que la experiencia nos uniera de algún modo, pero obviamente había ocurrido todo lo contrario. En aquel entonces todavía le molestaba el hecho de que yo le dispensara a Deku un trato especial. Sin embargo, ahora me limitaba a ignorarlo tan concienzudamente como al resto, y eso lo había empujado a confiarse.

¿Qué pensaba Deku ahora? ¿Recibía con agrado las atenciones de Tuoya?

Y, para terminar, el último de mis tormentos y el más doloroso: la indiferencia de Izuku. Si yo lo ignoraba, el me pagaba con la misma moneda. Nunca más intentó hablar conmigo. Por lo que yo sabía, nunca volvió a pensar en mí siquiera. Extrañaba el sonido de mi nombre siendo pronuncia por esos labios durazno, más gruesos que los míos, sumamente más cálidos.

Esto podría haberme sumido en la desesperación —o, aún peor, haberme empujado a romper mi decisión—, de no haber sido porque de vez en cuando me miraba con tanta curiosidad como antes. Yo no lo veía por mí mismo, ya que no podía permitirme volver la vista hacia el, pero Ochako siempre nos advertía; los otros seguían recelosos del peligro que el chico representaba.

El hecho de que me observara de lejos mitigaba en parte el dolor. Mi analgésico personal, uno que nadie más me podría proporcionar, uno del que dependía y no soportaría perder.

Por supuesto, probablemente no hiciera nada más que preguntarse qué clase de aberración era yo. Con una apariencia peculiar incluso para los míos, con una cicatriz que me ganó mala reputación en mil lugares.

—Deku se va a quedar mirando a Shoto dentro de un momento. Disimulen —dijo Ochako un martes, cuando corría el mes de marzo, y los demás se revolvieron en el asiento o desplazaron el peso de una pierna a otra.

Yo tenía muy presente la frecuencia de esas miradas. Me complacía, aunque no debiera, que no disminuyera con el paso del tiempo. No sabía qué implicaba, pero me ayudaba a sentirme mejor.

Ochako suspiró. Ojalá...

—No vayas por ahí, Ochako —le espeté entre dientes—. Eso no va a pasar.

Hizo un mohín. Ochako estaba deseando entablar con Deku la amistad que había atisbado en su visión. De un modo extraño, añoraba a un chico que no conocía.

Lo admito, eres más fuerte de lo que pensaba. El futuro es un caos de confusión otra vez. Espero que estés contento.

—Para mí tiene mucho sentido. Ella resopló con delicadeza. Cómo si fuese algo absurdo.

Intenté impedirle el acceso a mi mente, demasiado inquieto como para conversar. No estaba de muy buen humor. De hecho, estaba más tenso de lo que dejaba traslucir. Solo Iida era consciente de mi crispación, pues su capacidad para intuir los estados de ánimo ajenos e influir en ellos le permitía percibir la tensión que yo emanaba. Sin embargo, él no entendía los motivos de mis cambios de humor y —como de todos modos yo siempre andaba enfurruñado esos días— no les concedía importancia. Era normal no entender al chico que estaba poniendo a un mortal en un pedestal.

Hoy iba a ser un día complicado. Más que el día anterior, como solía suceder.

Tuoya Himura le iba a pedir a Izuku una cita.

Pronto se celebraría el baile de primavera. En esta ocasión las chicas (y algunos chicos que fuesen a querer ir con otro chico) debían elegir a su pareja, y él tenía grandes esperanzas de que Izuku se lo pidiera. El hecho de que aún no lo hubiera hecho estaba mermando su confianza en sí mismo. Ahora se enfrentaba a una desagradable disyuntiva —yo disfrutaba con su malestar más de lo que debería—, porque Toga Himiko acababa de invitarlo. Tuoya no quería aceptar, ya que aún confiaba en ser el escogido de Deku (y declarado así vencedor sobre sus otros pretendientes en potencia), pero tampoco deseaba responder con una negativa por miedo a quedarse sin pareja. Toga, dolida por las dudas de él y adivinando las razones de estas, le enviaba dagas mentales a Deku. De nuevo sentí el impulso de interponerme entre el y los desagradables pensamientos de su compañera. Ahora comprendía mejor ese instinto, pero el hecho de conocerlo lo tornaba aún más frustrante si cabe, por no poder darle rienda suelta. Quería protegerlo de cualquier cosa que pudiese arrebatarle la felicidad y tranquilidad en su cómoda vida.

¿Cómo había acabado así? Estaba metido hasta las cejas en el mismo melodrama estudiantil que antes tanto despreciaba.

Tuoya intentaba reunir valor mientras acompañaba a Deku al aula de Biología. Yo escuchaba su debate interno conforme se acercaban. El chico era un pusilánime. Había esperado adrede a este baile, temeroso de expresar sus sentimientos antes de que el hubiera insinuado sus preferencias, por un momento pensó que a Deku solo le atraían las chicas pero negó rápido, de ser así el ya habría mencionado a alguien. No quería colocarse en una posición vulnerable y había optado por dejar que fuera el la que diera el primer paso.

Cobarde.

Volvió a sentarse sobre nuestra mesa, a sus anchas en esta situación tan familiar, e imaginé el crujido que haría su cuerpo cuando se le rompieran casi todos los huesos al estamparse contra la pared. O sus gritos al tener fuego y hielo consumiendo su piel.

—Bueno —le dijo a Deku, con la mirada clavada en el suelo—Toga me ha pedido que la acompañe al baile de primavera.

—Eso es estupendo —respondió el de inmediato y con entusiasmo, sus ojos verdes iluminando hasta la esquina más alejada del aula. Casi se me escapó una sonrisa mientras Tuoya procesaba el tono animado de Deku. El chico había esperado percibir consternación—. Te vas a divertir un montón con ella.

Él buscó a toda prisa la respuesta más adecuada.

—Eh, bueno... —titubeó y estuvo a punto de recular. Por fin se lanzó—: Le dije que tenía que pensármelo.

—¿Por qué? —preguntó el. Percibí desaprobación en su voz, pero también un levísimo matiz de alivio.

¿Qué significaba eso? Una furia inesperada e intensa me obligó a cerrar los puños.

Tuoya no notó el alivio. Se puso rojo como la grana —por más que me enfureciera, la pregunta equivalía a una invitación abierta— y miró de nuevo al suelo mientras hablaba.

—Me preguntaba si... Bueno..., si tal vez tenías intención de pedírmelo tú.

Izuku titubeó.

En ese momento, vi el futuro con tanta claridad que ni Ochako me habría aventajado.

El chico podía aceptar o rehusar la invitación insinuada de Tuoya, pero, en cualquier caso, algún día de estos respondería a alguien con un «sí». Era encantador e interesante, cualidades que no pasaban desapercibidas a los varones y féminas humanos. Tanto si se conformaba con una persona de este deslucido grupo de estudiantes como si esperaba a salir de Forks, llegaría el día en que su respuesta sería afirmativa.

Vi su vida como ya la había visualizado antes: universidad, carrera profesional... Amor, matrimonio. Lo imaginé del brazo de su padre otra vez, vestido con un traje a la medida, la cara arrebolada de felicidad según avanzaba al son de la marcha nupcial de Wagner.

El dolor que sentí mientras imaginaba este porvenir solo podía compararse a la agonía de la transformación. No podía soportarlo.

Y no solo dolor, sino una rabia ciega.

La furia me pedía a gritos algún tipo de desahogo físico. Aunque este chico insignificante e indigno no fuera la persona a la que Izuku le diera el sí, ansiaba pulverizarle el cráneo con el puño, convertirlo en el embajador de quienquiera que fuese ese otro.

No comprendía la emoción que estaba sintiendo, esa maraña de dolor, rabia, deseo y desesperación. Nunca antes había experimentado nada parecido; no podía darle nombre. Las ansías por destruír todo crecían,una súplica silenciosa para acabar con esa idea, de alguien más acariciando esos rizos, obteniendo sus sonrisas más dulces, amando esos ojos del color de la vida misma.

De abrazarlo y ocultarlo de todos.

—Tuoya, creo que deberías aceptar la propuesta de Toga — respondió Deku en un tono amable.

Las esperanzas de Tuoya se desmoronaron. En otras circunstancias me habría reído por dentro, pero estaba sumido en el estupor y el remordimiento por lo que el dolor y la furia acababan de hacer conmigo.

Ochako tenía razón. Yo no era lo bastante fuerte.

Ahora mismo, ella estaría viendo el futuro girar y retorcerse, desplomarse una vez más. ¿Se sentiría complacida de saber que había acertado?

—¿Se lo has pedido ya a alguien?  ¿Alguien te lo ha pedido?—preguntó Tuoya en tono hosco. Me miró de reojo, receloso por primera vez en varias semanas. Comprendí que estaba dejando entrever mi interés; mi cabeza estaba inclinada hacia Izuku.

La envidia salvaje que emanaba de sus pensamientos —envidia de quienquiera que este chico prefiriese por encima de él— puso nombre a mi emoción súbitamente.

Estaba celoso.

—No —respondió el con cierto tono de sorna—. No tengo intención de acudir al baile.

A través de la rabia y el rencor, experimenté alivio al escuchar sus palabras. Estaba mal, era incluso peligroso considerar rivales a Tuoya y a los demás mortales interesados en Deku, pero debía reconocer que en eso se habían convertido, nada más y nada menos.

—¿Por qué? —preguntó Tuoya de mala manera. Me molestó que usara ese tono con el. Reprimí un gruñido.

—Ese sábado voy a ir a Seattle —respondió el.

La curiosidad no fue tan atroz como lo habría sido antes. Ahora estaba decidido a averiguar las respuestas a todo. Descubriría las explicaciones que ocultaba esta nueva revelación.

La voz de Tuoya adoptó un desagradable tono persuasivo.

—¿No puedes ir otro fin de semana?

—Lo siento, pero no —replicó Deku con más brusquedad ahora—. No deberías hacer esperar a Toga más tiempo. Es de mala educación.

Su preocupación por los sentimientos de Toga avivó las llamas de mis celos. Saltaba a la vista que el viaje a Seattle no era sino una excusa para rehusar la invitación. ¿Se había negado únicamente por lealtad a su amiga? Le sobraba generosidad para actuar así.

¿Le habría gustado aceptar? ¿O me estaba equivocando en mis suposiciones? ¿Estaría interesado en otra persona?

—Sí, tienes razón —musitó Tuoya, tan desmoralizado que casi sentí pena por él. Casi.

Apartó la mirada del chico, impidiéndome así contemplar el semblante de Izuku en mi mente.

No iba a tolerar aquello.

Me volví para observar su rostro yo mismo, por primera vez en más de un mes. Experimenté un intenso alivio al concederme permiso. La sensación debía de ser parecida a la de aplicar hielo a una quemadura reciente, imaginé. Un súbito cese del dolor. Ironías porque no recordaba si sentí eso cuando mi cicatriz fue hecha, hace mas de un siglo.

El tenía los ojos cerrados, las manos abiertas contra los lados de la cara, enmarcando sus mejillas llenas de estrellas. Los hombros recogidos en actitud defensiva. Sacudió muy ligeramente la cabeza, como si intentara ahuyentar algún pensamiento.

Fue frustrante. Fascinante.

La voz del señor Banner lo arrancó de sus cavilaciones y abrió los ojos despacio. Los volvió hacia mí al instante, quizás porque había notado los míos clavados en el. Sostuvo mi mirada con la misma expresión perpleja que me había obsesionado durante tanto tiempo. No sentí remordimientos, culpa ni rabia en aquel momento. Sabía que volverían a asaltarme, y pronto, pero ahora, por una vez, cabalgaba a lomos de un subidón extraño y tembloroso. Tenía la sensación de haber salido triunfante y no derrotado.

El no desvió la vista, pese a que yo lo observaba con una intensidad inapropiada mientras intentaba en vano leerle el pensamiento a través de sus líquidos ojos verdes. Rebosaban preguntas, más que respuestas.

Veía el reflejo de mis propios ojos, negros de sed, al menos uno en su totalidad. Habían pasado casi dos semanas desde mi última cacería; no era el día ideal para flaquear. Sin embargo, la negrura parcial de mis ojos no parecía asustarlo. No apartó la mirada y un rubor suave, irresistiblemente atractivo, empezó a teñirle la piel, empezaba a adorar la forma en que sus pecas resaltaban.

¿Qué estás pensando?

Estuve a punto de formular la pregunta en voz alta, pero en ese momento el señor Banner pronunció mi nombre. Busqué la respuesta correcta en su mente y dirigí una breve mirada en su dirección al tiempo que tomaba aire a toda prisa.

—El ciclo de Krebs.

La sed me abrasaba la garganta —me crispaba los músculos y me llenaba la boca de veneno— y cerré los ojos, haciendo esfuerzos por concentrarme a través del deseo de su sangre que rugía en mi interior.

El monstruo, más fuerte que antes, estaba exultante. Acogía con los brazos abiertos este futuro dual que le proporcionaba una probabilidad del cincuenta por ciento de conseguir aquello que le inspiraba un ansia tan brutal. El tercer futuro, tan endeble, que yo había tratado de construir mediante la mera fuerza de voluntad, se había desmoronado —destruido por unos vulgares celos, nada menos— y él estaba mucho más cerca de su objetivo.

Los remordimientos y el sentimiento de culpa me quemaban ahora junto con la sed y, si hubiera tenido la capacidad de fabricar lágrimas, ya estarían inundando mis ojos.

¿Qué había hecho?

Consciente de que la batalla ya estaba perdida, no encontré razón para privarme de lo que quería. Me volví para contemplarlo de nuevo.

El había escondido su mirada detrás de los rizos que se deslizaban, pero advertí que su mejillas estaban rojas como la grana, esas cuatro pecas de cada lado sobresalían de manera increíble.

Al monstruo le encantó su rubor.

No buscó mi mirada esta vez, pero se retorció un mechón de pelo oscuro entre los dedos con ademán nervioso. Sus dedos delicados, su delgada muñeca... eran tan frágiles que tuve la sensación de que habría bastado mi aliento para quebrarlos.

No, no, no. No debía ir por ahí. El era demasiado frágil, demasiado bueno, demasiado valioso para merecer esto. No podía permitir que mi vida colisionase con la suya, que la destruyese.

No obstante, tampoco podía mantenerme alejado. Ochako tenía razón en eso.

El engendro que llevaba dentro siseó enfadado conforme yo me debatía.

La hora escasa en su compañía pasó en un suspiro mientras yo vacilaba, atrapado entre la espada y la pared. Sonó el timbre y el empezó a recoger sus cosas sin mirarme. Su reticencia me decepcionó, pero tampoco podía esperar otra cosa. Mi manera de tratarlo desde el accidente no tenía perdón.

—¿Deku? —dije, incapaz de contenerme. Mi fuerza de voluntad yacía en añicos por el suelo.

El vaciló antes de mirarme. Cuando volvió la vista hacia mí, su expresión era recelosa, suspicaz.

Me recordé que tenía todo el derecho del mundo a desconfiar de mí. Que debía hacerlo.

Esperó a que siguiera hablando, pero me limité a observarlo con atención mientras intentaba interpretar su semblante. Aspiré bocanadas de aire a intervalos regulares, tratando de controlar la sed.

—¿Qué? —preguntó por fin con tono cortante—. ¿Me vuelves a dirigir la palabra? – Al instante parecía arrepentido pero trató de borrarlo de su rostro.

No tenía muy claro qué responder a eso. ¿Volvía a dirigirle la palabra, en el sentido que el insinuaba?

No, si podía evitarlo. Tendría que hacer lo posible para evitarlo.

—No, en realidad no —le dije.

El cerró los ojos, un gesto que solo sirvió para complicar las cosas. Cortó mi mejor vía de acceso a sus sentimientos. Inspiró profundamente, despacio, sin abrir los ojos, y por fin habló:

—Entonces ¿qué quieres, Todoroki Shoto?

Sin duda no se trataba de una conversación normal entre humanos. ¿Por qué estaba dispuesto a participar?

Y ante todo, ¿cómo podía responderle?

Con la verdad, decidí. A partir de ahora, sería tan sincero con el como pudiera. No quería merecer su recelo, por más que fuera imposible ganarme su confianza.

—Lo siento —le dije. Era una disculpa infinitamente más sincera de lo que el sabría jamás.

Por desgracia, solo podía ofrecerle disculpas por cuestiones nimias.

—Estoy siendo muy grosero, lo sé, pero de verdad que es mejor así.

Abrió los ojos, todavía con una expresión cauta.

—No sé qué quieres decir.

Intenté que mis palabras le transmitieran tanta prevención como se me permitía.

—Es mejor que no seamos amigos. —Sin duda, eso ya lo había notado. Era un chico listo—. Confía en mí.

Entornó los ojos y recordé que ya le había dirigido esas mismas palabras en otra ocasión; justo antes de romper una promesa. Hice una mueca compungida cuando apretó los dientes con fuerza. Era obvio que el también lo recordaba, el brillo de las lágrimas sin derramar me hizo sentir como un ser repugnante.

—Es una lástima que no lo descubrieras antes —replicó enfadado —. Te habrías ahorrado todo ese pesar.

Lo miré con perplejidad. ¿Qué sabía el de la batalla que yo libraba por dentro?

—¿Pesar? ¿Pesar por qué? —quise saber.

—Por no dejar que esa estúpida furgoneta me hiciera puré.

Me quedé de piedra. Eso no era algo que me esperaba, fue un golpe directo al corazón.

¿Cómo era posible que pensara eso? Salvarle la vida era lo único aceptable que había hecho desde que lo conocí, lo único de lo que no estaba avergonzado, que me inducía a dar gracias por mi existencia. Llevaba luchando por mantenerlo con vida desde el primer instante en que capté su aroma. ¿Cómo podía dudar de mi única buena obra en todo este embrollo?

—¿Crees que me arrepiento de haberte salvado la vida?

—Sé que es así —replicó.

Su manera de interpretar mi conducta me enfureció.

—No sabes nada.

¡Qué confusos e incomprensibles eran sus mecanismos mentales! No debía pensar como el resto de los mortales, en absoluto. Esa era la clave de su silencio mental. No se parecía en nada a los demás.

El apartó el rostro con brusquedad, de nuevo apretando los dientes. Sus mejillas estaban enrojecidas, esta vez de rabia. Empujó los libros para amontonarlos, los recogió a toda prisa y se alejó hacia la puerta sin volverse a mirarme.

Aun irritado como estaba, su enfado se las ingenió para paliar mi furia. No tenía muy claro por qué motivo hallaba su exasperación... entrañable.

Se alejó con la cabeza alta, sin mirar por dónde iba, y se le enganchó la bota en el reborde de la puerta. Se le cayeron los libros al suelo. En lugar de inclinarse para recogerlos, se irguió con rigidez, sin mirar abajo siquiera, como dudando de si merecía la pena recuperarlos.

Nadie me estaba mirando. Me planté a su lado de un salto y recogí los libros antes de que hubiera tenido tiempo de examinar el estropicio.

Empezó a inclinarse, me vio y se quedó de piedra. Le tendí los libros con cuidado de que mi gélida piel no rozara la suya.

—Gracias —dijo en tono hostil.

—¡No hay de qué! —La irritación anterior se filtró en mi voz, pero, antes de que pudiera carraspear y volver a intentarlo, el se incorporó y se alejó ofendido hacia su siguiente clase.

Lo observé hasta que su enfurecida figura se perdió de vista.

La clase de Español pasó en un suspiro. La señora Goff no me llamó la atención por estar distraído —era consciente de que sabía más español que ella y me daba mucha libertad—, de modo que pude pensar a placer.

Así pues, no podía ignorar al chico. Eso saltaba a la vista. Ahora bien, ¿significaba eso que no tenía más remedio que aniquilarlo?

Ese no podía ser el único futuro viable. Tenía que haber alguna otra alternativa, un punto intermedio. Me puse a pensar la manera.

No presté demasiada atención a Eijiro hasta poco antes de que terminara la clase. Ahora mismo estaba pensando en mí con curiosidad. Eijiro no poseía demasiada intuición para captar los estados de ánimo ajenos, pero había percibido un cambio evidente en el mío. Se preguntaba qué habría sucedido para que se hubiera borrado de mi rostro el permanente resentimiento. Se había esforzado en definir el cambio y por fin había decidido que yo parecía «esperanzado».

¿Esperanza? ¿Eso expresaba mi semblante?

Medité la idea mientras nos dirigíamos al Volvo; me preguntaba qué podría estar esperando yo con ilusión, exactamente.

Sin embargo, no tuve demasiado tiempo para reflexionar. Sensible como era a los pensamientos sobre Izuku, el sonido de su nombre en las mentes de dos de esos humanos a los que en ningún caso debería considerar rivales captó mi atención. Tras conocer —con gran satisfacción— el fracaso de Tuoya, se disponían a abordarlo.

Denki ya había tomado posición, recostado contra la camioneta de el, donde no podría esquivarlo. Ojiro seguía atrapado en clase, recibiendo las instrucciones para los deberes, y estaba desesperado por salir a toda prisa para interceptarlo antes de que se le escapara.

No me lo quería perder.

—Espera aquí a los demás, ¿vale? —le murmuré a Eijiro.

Él me observó con suspicacia, pero se encogió de hombros y asintió.

El pobre ha perdido el juicio, pensó con sorna.

Izuku estaba saliendo del gimnasio, y yo esperé donde no pudiera verme. Según se fue aproximando a la emboscada de Denki, salí andando en dirección a el, ajustando la marcha para pasar por delante en el momento adecuado.

Advertí cómo su cuerpo se crispaba cuando avistó al chico esperándolo. Se quedó paralizado por un instante, pero luego se relajó y siguió avanzando.

—Hola, Denki —lo saludó en tono amistoso.

Fui presa de una inquietud repentina e inesperada. ¿Y si ese desgarbado adolescente de piel que siempre parecía contener estática le gustaba? Tal vez sus antiguos gestos de amabilidad hacia él no fueran del todo altruistas.

Denki tragó saliva con dificultad y la nuez le bailó en el cuello.

—Hola, Deku.

El no pareció percatarse del nerviosismo del chico.

—¿Qué hay? —preguntó al tiempo que abría la camioneta sin volverse a mirar la expresión asustada de Denki, si no fuese un simple humano podría jurar que estaba por dejar salir una descarga eléctrica de su cuerpo.

—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo. —Se le quebró la voz al final de la frase.

El alzó la vista por fin. ¿Estaba perplejo o complacido? Denki no se atrevía a mirarlo a los ojos, así que yo no podía ver su semblante en la mente del chico.

—Creí que era la chica o el chico enlistado quien elegía —respondió aturdido.

—Bueno, sí —admitió él en tono angustiado.

Aquel adolescente penoso no me irritaba tanto como Tuoya Himura, pero aun así no logré hallar en mi interior ni un ápice de compasión por su angustia, no hasta que Izuku le hubo respondido con voz amable.

—Te agradezco que me lo pidas, pero ese día voy a estar en Seattle.

Él ya estaba enterado; pese a todo, se sintió decepcionado.

—Oh —musitó, sin apenas atreverse a alzar los ojos más allá de la nariz de Deku—. Bueno, quizás la próxima vez.

—Claro —accedió el. A continuación se mordió el labio, como si se arrepintiera de haberle dejado un hueco para la esperanza. Eso me complació.

Denki hundió los hombros y empezó a alejarse en dirección contraria a su propio coche, tan solo pendiente de marcharse de allí cuanto antes.

Yo pasé junto a Izuku en ese momento y lo oí respirar aliviado. Me reí por lo bajo sin poder contenerme.

El se giró a toda prisa, pero yo miraba al frente mientras hacía esfuerzos por evitar que la sonrisa asomara a mis labios.

Ojiro venía detrás de mí, casi corriendo en sus prisas por alcanzarlo antes de que subiera a su vehículo y se alejara. Era un chico atrevido y más seguro de sí mismo que los otros dos. Si había esperado todo este tiempo para abordar a Deku era solo porque respetaba los derechos adquiridos de Tuoya.

Yo quería que Ojiro lo alcanzara por dos razones. Si —como empezaba a sospechar— tanta atención estaba sacando a Deku de quicio, quería disfrutar observando su reacción. Pero de no ser así, si la invitación de Ojiro era la que el estaba esperando..., entonces también quería saberlo.

Evalué a Ojiro Crowley como si fuera mi rival, consciente de lo censurable de mi actitud. Me parecía un chico corriente hasta extremos tediosos, pero ¿qué sabía yo de los gustos de Deku? Tal vez le gustaban los chicos normales.

Me encogí angustiado ante la idea. Yo nunca sería un chico normal. Qué necio por mi parte considerarme como candidato a su afecto. ¿Cómo podría el encariñarse con alguien que era, por defecto, el villano de la historia? Alguien que no tenía una apariencia que pasaba desapercibida, con una cicatriz que adornaba un cuarto de mi rostro, el cabello de dos colores que dependiendo del lugar tenía que elegir por blanco o rojo, la leve heterocromia que siempre tenía.

Deku era demasiado bueno para un villano.

Si bien debería haber permitido que el escapara, mi inexcusable curiosidad me impedía hacer lo que estaba bien. De nuevo. Pero ¿y si Ojiro perdía ahora la oportunidad solo para hablar con el más tarde, cuando yo no estuviera presente para conocer el resultado? Aparqué el Volvo en el estrecho camino de salida para cortarle el paso a Izuku.

Eijiro y los demás ya se estaban acercando, pero él les había descrito mi extraño comportamiento y ahora caminaban despacio, mirándome con curiosidad y tratando de averiguar qué me traía entre manos.

Observé al chico por el espejo retrovisor. El fulminaba con la mirada la parte trasera de mi coche, sin buscar mis ojos. A juzgar por su expresión, habría dado algo por conducir un tanque en lugar de un Chevrolet oxidado.

Ojiro avanzó hacia su furgoneta y se puso a la cola tras el, dando gracias por mi inexplicable conducta. Le hizo gestos para llamar su atención, pero Deku no lo vio. El chico aguardó un momento, se apeó del coche y se obligó a caminar con tranquilidad hasta llegar a la ventanilla del pasajero. Golpeó el cristal con los nudillos.

El dio un brinco sobresaltado, justo como un pequeño conejo y luego lo miró con desconcierto. Al cabo de un segundo bajó la ventanilla manualmente, al parecer con cierta dificultad.

—Lo siento, Ojiro —dijo en tono irritado—. El coche de los Todoroki me tiene atrapado.

Pronunció mi apellido en tono despectivo.

—Oh, lo sé —respondió Ojiro, sin dejar que el mal humor del chico lo amilanase—. Solo quería preguntarte algo mientras estábamos aquí bloqueados.

Esbozó una sonrisa arrogante.

Me llenó de alegría que el palideciese ante lo que obviamente venía a continuación.

—¿Me vas a pedir que te acompañe al baile de primavera? —dijo él, sin considerar siquiera la posibilidad de un rechazo.

—No voy a estar en el pueblo, Ojiro —respondió el, la irritación todavía palpable en su voz.

—Ya, eso me dijo Tuoya.

—Entonces ¿por qué...? —empezó a preguntar. Él se encogió de hombros.

—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle el rechazo.

Los ojos de Deku echaron chispas, luego se enfriaron.

—Lo siento, Ojiro —dijo, aunque no parecía compungido en absoluto—, pero me voy de verdad.

Dada su tendencia a poner las necesidades de los demás por delante de las propias, me sorprendió su inquebrantable determinación con relación a este baile. ¿De dónde salía?

Ojiro aceptó la excusa sin perder ni una pizca de aplomo.

—Está bien. Aún nos queda el baile de fin de curso. Regresó a su coche con esos andares arrogantes. Había hecho bien en quedarme a presenciar todo esto.

La expresión horrorizada de Izuku no tenía precio. Me informaba de algo cuya confirmación no debería haber buscado con tanta desesperación: no sentía nada por ninguno de esos mortales que tanto ansiaban conquistarlo.

Además, su semblante ahora mismo era, con seguridad, lo más divertido que había visto nunca.

Mi familia llegó en ese momento, extrañada de encontrarme por una vez desternillándome de risa en lugar de fulminando con la mirada a todo aquel que se cruzase conmigo.

¿Qué te hace tanta gracia?, quiso saber Eijiro.

Me limité a negar con la cabeza mientras Deku arrancaba el ruidoso motor con furia. De nuevo parecía estar deseando encontrarse a los mandos de un tanque.

—¡Vamos! —gruñó Bakugou con impaciencia—. Deja de hacer el idiota. Si es que puedes.

Sus palabras no me irritaron. Estaba demasiado entretenido. Pero hice lo que me pedía.

Nadie me dirigió la palabra durante el trayecto a casa. Yo seguía riendo entre dientes de tanto en tanto, recordando la cara de Izuku.

Según accedíamos al camino de entrada —a toda velocidad ahora que no había testigos—, Ochako echó por tierra mi buen humor.

—Entonces ¿ya puedo hablar con Deku? —preguntó de sopetón.

—No —respondí lacónico.

—¡No es justo! ¿A qué estamos esperando?

—Todavía no he tomado una decisión, Ochako.

—Lo que tú digas, Shoto.

Los dos destinos de Deku seguían nítidos en la mente de Uraraka

—¿Qué sentido tiene trabar amistad con el —musité, súbitamente arisco— si lo voy a asesinar?

Ochako titubeó un segundo.

—En eso tienes razón —reconoció.

Tomé la última curva a ciento cuarenta kilómetros por hora y frené en seco a pocos centímetros de la pared trasera del garaje.

—Que disfrutes con tu carrera —me soltó Bakugou con petulancia mientras yo bajaba del coche.

Sin embargo, no salí a correr. En vez de eso, fui de caza.

Los demás tenían previsto salir de caza al día siguiente, pero yo no podía permitirme estar sediento ahora mismo. Me excedí, bebiendo más de lo necesario hasta empacharme de nuevo: un pequeño rebaño de alces y un oso negro con el que tuve la suerte de toparme en estos meses tempranos del año. Estaba tan lleno que me sentía incómodo. ¿Por qué no bastaba con eso? ¿Por qué su aroma tenía que ser más intenso que cualquier otra cosa?

Y no solo su aroma, sino también lo que fuera que lo hiciera tan propenso al desastre. Apenas llevaba unas semanas en Forks y ya había estado dos veces al borde de sufrir un final violento. Por lo que yo sabía, ahora mismo podría estar de camino a una nueva sentencia de muerte. ¿Qué sería esta vez? ¿Un meteorito que se estrellase contra su tejado y lo aplastara en la cama?

No podía cazar más y todavía faltaban muchas horas para la salida del sol. Ahora que se me había ocurrido, no podía quitarme de la cabeza la idea del meteorito y otras catástrofes parecidas. Intentaba pensar de manera racional, considerar las nimias probabilidades contra todas las desgracias que pudiera imaginar, pero no me servía de nada. ¿Qué posibilidades había, al fin y al cabo, de que el chico se hubiera mudado a un pueblo que contaba entre sus residentes fijos con un porcentaje considerable de vampiros? ¿Qué posibilidades de que atrajese a uno de ellos sin remedio?

¿Y si le sucedía algo durante la noche? ¿Y si yo acudía mañana al instituto, con todos los sentidos y sentimientos enfocados en el espacio que el debería ocupar, solamente para enfrentarme a un asiento vacío?

De pronto, el riesgo se me antojó inaceptable.

El único modo de adquirir la seguridad de que estaba sano y salvo era que hubiera alguien allí para detener el meteorito antes de que pudiera tocarlo. El emocionante subidón volvió a recorrerme por dentro cuando comprendí que estaba a punto de ir en busca del chico.

Pasaba de la medianoche y en casa de Deku reinaban la oscuridad y el silencio. Su camioneta estaba aparcada junto a la acera, el coche patrulla de su padre en el patio. No percibía pensamientos conscientes en ninguna parte del vecindario. Observé la vivienda desde la negrura del bosque que la envolvía por el flanco este.

No había indicios de ninguna clase de peligro... que no fuera yo mismo.

Enfocando los sentidos, capté el sonido de dos personas que respiraban en el interior de la casa, incluso de dos corazones distintos. Así pues, todo iba bien. Me recosté contra el tronco de un joven abeto y me dispuse a esperar la caída de meteoritos.

Por desgracia, la ociosa espera le proporcionaba libertad a mi mente para enzarzarse en toda clase de especulaciones. Como es evidente, el meteorito no era sino la metáfora de todos los improbables sucesos desafortunados que podían acontecer. Sin embargo, no todos los peligros surcarían el cielo con una brillante cola de fuego. Se me ocurrían muchos que llegarían sin avisar, amenazas que podían deslizarse inadvertidas al interior del silencioso hogar, que tal vez ya estuvieran allí dentro.

Tanta preocupación era absurda. La calle carecía de conductos de gas natural, de modo que una fuga de monóxido de carbono difícilmente ocurriría. Dudaba que usaran carbón con frecuencia. La península de Olympic albergaba poca vida salvaje que se pudiera considerar peligrosa. Estando yo allí, captaría la proximidad de cualquier animal grande. No había serpientes venenosas, escorpiones o escolopendras, y tan solo unas cuantas especies de araña, que en ningún caso eran mortales para un adulto sano y que, de todos modos, rara vez anidaban en el interior. Era absurdo. Lo sabía. Sabía que me estaba comportando de un modo irracional.

Pese a todo, era presa del desasosiego. No conseguía ahuyentar las oscuras fantasías de mi mente. Si tan solo pudiera verlo...

Echaría un vistazo más de cerca.

En menos de medio segundo, había cruzado el jardín y escalado la fachada. La ventana de la primera planta debía de pertenecer a un dormitorio, seguramente el principal. Tal vez debería haber empezado por la parte trasera. Habría sido más discreto. Colgado del alero con una mano, delante de la ventana, miré a través del cristal y me quedé sin aliento.

Era su habitación. Podía verlo en una cama individual, con el edredón en el suelo y las sábanas retorcidas alrededor de las piernas. Estaba perfectamente bien, por supuesto, como mi parte racional ya sabía. A salvo, pero no tranquilo. Mientras yo lo miraba, se retorció inquieto y levantó un brazo por encima de la cabeza. No dormía con placidez, al menos no esta noche. ¿Acaso presentía el peligro que tenía cerca?

Sentí repugnancia de mí mismo mientras lo veía agitarse. ¿En qué me diferenciaba yo de un asqueroso mirón? No era mejor que un voyeur. Era algo mucho, muchísimo peor. Estaba rompiendo tantas reglas de comportamiento que apenas me reconocía

Relajé las yemas de los dedos para dejarme caer al suelo. Antes, sin embargo, me permití observar su rostro una última vez.

Seguía inquieto. La leve arruga que le surcaba el entrecejo estaba ahí, las comisuras de los labios hacia abajo. Los labios temblorosos se abrieron en ese momento.

—Vale, mamá —musitó. Izuku hablaba en sueños.

La curiosidad se disparó hasta vencer la repugnancia. Llevaba tanto tiempo intentando leerle la mente sin conseguirlo... El poder de atracción de esos pensamientos espontáneos e inconscientes fue demasiado poderoso.

¿Qué importancia tenían para mí, al fin y al cabo, las reglas humanas? ¿Cuántas me saltaba a diario?

Pensé en la enorme cantidad de documentos ilegales que mi familia precisaba para vivir como queríamos. Nombres e historias falsos, documentos que nos permitían asistir al instituto y un título de Medicina para que Aizawa pudiera ejercer. Papeles que le otorgaban a nuestro extraño grupo de adultos con edades muy similares la categoría de familia. No serían necesarios si no hiciéramos lo posible por disfrutar periodos más o menos largos de permanencia, si no prefiriésemos tener un hogar.

Y luego, por supuesto, estaba el modo en que financiábamos nuestras vidas. Las leyes relativas al uso de la información privilegiada no se aplicaban a los videntes, pero desde luego lo que hacíamos no era honrado. Y el traspaso de herencias de un nombre inventado al siguiente tampoco se podía considerar legal.

Por no mencionar el hecho de que todos éramos asesinos.

No nos tomábamos el asesinato a la ligera, pero, como es evidente, ninguno de nosotros había sido juzgado en un tribunal humano por nuestros crímenes. Los encubríamos: también un delito. Entonces ¿por qué me sentía tan culpable por una pequeña fechoría? Las leyes humanas no me afectaban. Y aquel no era en absoluto mi primer coqueteo con el allanamiento de morada.

Sabía que podía hacerlo sin peligro. El monstruo estaba intranquilo pero saciado.

Guardaría una distancia segura. No le haría daño. El no sabría siquiera que había estado allí. Solo quería tener la certeza de que se encontraba a salvo.

Los argumentos no eran sino racionalizaciones, viles excusas sopladas por el demonio en mi hombro izquierdo. Yo lo sabía, pero carecía de un ángel en el derecho. Me comportaría como la criatura de pesadilla que era.

Probé la ventana, que no estaba cerrada, aunque sí atascada por falta de uso. Inspiré hondo —la última respiración mientras estuviera cerca de el— y corrí a un lado la hoja de cristal, encogiéndome ante cada leve gemido del marco de metal. Por fin la abertura fue lo bastante grande como para que me pudiera colar al interior.

—Espera, mamá —murmuró el en un adorable japonés que me pareció un eco de algo llamado pasado—. Por Musutafu es más rápido...

La habitación era pequeña; desorganizada y llena de cosas, pero limpia. Había libros y muchos, muchos comics y mangas amontonados en el suelo, junto a su cama, con los lomos orientados hacia el otro lado, y CD con sus carátulas escampados por el suelo junto a un reproductor barato; encima del aparato solo había un estuche transparente. Montones de papeles y cuadernos de notas rodeaban un ordenador que parecía sacado de un museo dedicado a la tecnología obsoleta. Los zapatos pulcramente ordenados lejos del suelo y un pequeño lugar, costumbres orientales que parecía no haber elimiminado, con una pequeña alfombra sobre el suelo de tarima.

Ardía en deseos de leer los títulos de los libros, comics y mangas y CD, pero estaba decidido a no correr más riesgos. En lugar de eso, me acerqué a la vieja mecedora que había en el rincón más alejado. Mi ansiedad cedió, los pensamientos sombríos se replegaron y mi mente se despejó.

¿De verdad alguna vez lo había considerado un chico mediocre? Pensé en aquel primer día y la hostilidad que me inspiraron los chicos humanos que tan fascinados estaban con el. Y sin embargo, cuando recordé su rostro en las mentes de todos ellos en aquel entonces, no logré comprender por qué no lo había considerado hermoso de inmediato. Su belleza saltaba a la vista.

Ahora mismo —con el pelo enredado, con sus rizos en posiciones realmente graciosas y salvaje en torno a su semblante pálido donde pude apreciar toda la piel disponible repleta de pecas, enfundado en una camiseta raída y unos andrajosos pantalones de chándal, las facciones sumidas en el abandono de la inconsciencia, los labios llenos entreabiertos— su visión me quitaba el aliento. O lo habría hecho, pensé con ironía, de haber estado respirando.

No hablaba. Tal vez el sueño hubiera concluido.

Miré su rostro con atención e intenté pensar algún modo de hacer que el futuro fuera tolerable.

No podría soportar hacerle daño. ¿Significaba eso que mi única opción era volver a marcharme?

Los demás no podrían oponerse esta vez. Mi ausencia no pondría a nadie en peligro. No levantaría sospechas, nadie lo relacionaría con el accidente.

Flaqueé, igual que por la tarde, y nada me pareció posible.

Una pequeña araña marrón salió a rastras por la rendija del armario. Mi llegada debía de haberla perturbado. Eratigena agrestis, una araña vagabunda, un macho joven, a juzgar por su tamaño. Considerada peligrosa en otros tiempos, estudios científicos más recientes habían demostrado que su veneno carecía de consecuencias para los seres humanos. Pese a todo, la picadura seguía siendo dolorosa... Alargué el dedo y la aplasté en silencio.

Tal vez debería haber dejado vivir al animal, pero la idea de que algo pudiera hacerle daño me resultaba intolerable.

Y entonces, de pronto, mis pensamientos se me antojaron también intolerables.

Porque podía matar hasta la última araña de su hogar, cortar las espinas de cada rosal que pudiera rozarlo algún día, impedir el paso a cada coche que se acercara zumbando a un kilómetro de distancia de su persona, pero nunca podría hacer nada que me convirtiera a mí en algo distinto de lo que era. Observé mi mano blanca y pétrea, tan monstruosamente inhumana, y perdí toda esperanza.

No podía aspirar a competir contra los chicos humanos, tanto si despertaban su interés como si no. Yo era el villano, la pesadilla.

¿Cómo iba a verme el de otro modo? De saber la verdad acerca de mí, no sentiría sino miedo y repulsa. Como el protagonista de una película de terror, huiría gritando horrorizado.

Recordé aquel primer día en Biología... y comprendí que esa era exactamente la reacción que el debería tener ante mí.

Era una necedad imaginar que, de haber sido yo el que lo hubiese invitado al estúpido baile, habría cancelado sus precipitados planes y aceptado.

No era a mí a quien estaba destinado a darle el sí, sino a otra persona, alguien humano y cálido. Y ni siquiera me podría permitir—algún día, cuando el pronunciara ese «sí»— perseguirlo y acabar con su vida, porque Deku se merecía a ese hombre, mujer, quienquiera que fuese. Merecía felicidad y amor con la persona que escogiera.

Y yo tenía que hacer lo correcto ahora. Por el. No podía seguir fingiendo que solamente estaba «en peligro» de amarlo.

Al fin y al cabo, en realidad no importaba si me quedaba o me marchaba, porque Deku jamás me vería como yo anhelaba que me viese. Jamás podría considerarme una persona merecedora de amor.

¿Puede romperse un corazón muerto y helado? Yo sentí que el mío se hacía pedazos.

—Shoto—dijo Izuku.

Me quedé paralizado, con la mirada clavada en sus ojos cerrados.

¿Había despertado? ¿Me había visto? Parecía dormido, y sin embargo su voz había sonado tan clara.

Suspiró sin hacer ruido y volvió a revolverse en la cama hasta rodar sobre un costado; todavía completamente dormido y soñando.

—Shoto—murmuró con suavidad. Estaba soñando conmigo.

¿Puede un corazón muerto y helado volver a latir? Yo sentí que el mío estaba a punto de hacerlo.

—Quédate —jadeó—. No te marches. Por favor... No te marches.

Estaba soñando conmigo y ni siquiera era una pesadilla. En sueños, me pedía que me quedara a su lado.

Me esforcé en buscar las palabras capaces de nombrar los sentimientos que me inundaban, pero no había vocablo tan poderoso como para albergarlos. Durante un rato, me ahogué en ellos.

Cuando volví a emerger, no era el mismo hombre que había sido antes.

Mi vida era una noche infinita e inmutable. Para mí, por necesidad, no cabía nada salvo tinieblas. Entonces ¿cómo era posible que el sol estuviera saliendo en mitad de mi noche eterna?

En el instante en que me convertí en vampiro, cambiando mi alma y mortalidad por la vida eterna durante el tormentoso proceso de la transformación, mi existencia se congeló. Mi cuerpo se convirtió en algo más parecido a la piedra que a la carne, resistente e inmutable. Mi yo se paralizó también en el punto en el que estaba: mi personalidad, mis gustos y aversiones, mis estados de ánimo y deseos; todo quedó fijado.

A los demás les sucedió lo mismo. Éramos seres congelados en el tiempo. Piedra viviente.

Cualquier cambio, para nosotros, era algo raro y permanente. Yo lo había presenciado con Aizawa y luego, pasada una década, con Bakugou. El amor los había transformado para toda la eternidad, de un modo que nunca se disiparía. Habían transcurrido más de ochenta años desde que Aizawa conoció a Yamada, y sin embargo él todavía lo miraba con los ojos asombrados del primer amor. Para ellos, eso nunca cambiaría.

Y lo mismo me ocurriría a mí por toda la eternidad. Siempre amaría a este frágil humano, durante el resto de mi existencia ilimitada.

Observé su cara inconsciente y noté cómo el amor por el se asentaba en cada parte de mi pétreo cuerpo.

El dormía más plácidamente ahora, con una sonrisa incipiente en los labios.

Empecé a maquinar.

Lo amaba, de modo que trataría de reunir las fuerzas necesarias para separarme de el. Era consciente de que ahora no contaba con ellas. Tendría que trabajar con ahínco en eso. Pero tal vez fuera también lo bastante fuerte como para burlar el futuro de otra manera.

Ochako había atisbado tan solo dos posibles futuros para Deku, y ahora yo comprendía ambos.

Amarlo no me impediría acabar con su vida, si me permitía cometer algún error. Sin embargo, en este momento, no notaba la presencia del monstruo en mi interior, no podía encontrarlo. Puede que el amor lo hubiera silenciado para siempre. Si lo mataba ahora, no sería un acto voluntario, tan solo un horrible accidente.

Tendría que proceder con extrema cautela. Nunca jamás podría bajar la guardia. Tendría que controlar cada una de mis inhalaciones. Debería guardar una distancia prudente en todo momento.

No cometería errores.

Comprendí por fin el segundo futuro, la visión que tanto me había perturbado. ¿Qué derroteros podían tomar los acontecimientos para que Deku acabara siendo prisionero de esta perpetua vida a medias? Ahora —devastado por el deseo de tenerlo— entendía cómo podría llegar, en un acto de imperdonable egoísmo, a pedirle ese favor a mi padre. Suplicarle que le arrebatara la vida y el alma para que yo pudiera conservarlo a mi lado por siempre.

El merecía algo mejor.

Sin embargo, atisbé un futuro más, un camino exiguo como una cuerda floja que tal vez fuese capaz de recorrer si lograba mantener el equilibrio.

¿Podría hacerlo? ¿Estar con el sin que tuviese que sacrificar su humanidad?

Con deliberación, bloqueé todos los músculos de mi cuerpo y, en esa inmovilidad absoluta, inspiré a fondo una bocanada de aire. Luego otra y otra más, de tal modo que su aroma me corriese por dentro como una llamarada. Su perfume inundaba la habitación; su fragancia estaba impregnada en cada una de las superficies. Me mareé de dolor, pero luché contra el vértigo. Tendría que acostumbrarme a esto si de verdad estaba decidido a pasar tiempo con el. Otra respiración, honda y ardiente.

Lo contemplé mientras dormía hasta que el sol asomó tras las nubes del este, sin dejar de maquinar y respirar.

Cuando llegué a casa, los demás acababan de salir hacia el instituto. Yo me cambié de ropa a toda prisa al tiempo que me aseguraba de eludir la mirada inquisitiva de Yamada, a pesar de estar oculta por esos lentes amarillos. Había advertido el brillo febril de mi rostro y eso le suscitaba preocupación y alivio a partes iguales. Mi larga inmersión en la melancolía le había provocado un gran dolor y se alegraba de que al parecer aquello hubiera llegado a su fin.

Corrí hasta el instituto y conseguí llegar pocos segundos después que mis hermanos. No se volvieron a mirar, si bien Ochako, al menos, debía de saber que yo acechaba entre los frondosos bosques de las inmediaciones. Aguardé a que no hubiera nadie mirando y salí caminando tranquilamente entre los árboles al aparcamiento rebosante de coches.

Cuando oí la camioneta de Deku traquetear por el desvío, me detuve detrás de un Chevrolet Suburban, desde donde podía observar sin ser visto. Se internó en el aparcamiento y fulminó mi Volvo con la mirada un largo instante antes de estacionar en una de las plazas más alejadas, con el ceño fruncido.

Fue raro recordar que seguramente seguía enfadado conmigo, y con razón.

Tuve ganas de reír o de morirme allí mismo. Todos mis planes y maquinaciones serían irrelevantes si yo le era indiferente, ¿verdad? Su sueño bien podía haber versado sobre algo del todo aleatorio. Yo solo era un necio arrogante.

Bueno, en caso de que no se sintiera atraído por mí, tanto mejor para el. Eso no me impediría tratar de acercarme. Ahora bien, aceptaría su negativa. Se lo debía. Le debía más. Le debía la verdad que no se me permitía revelarle. De modo que le ofrecería tanta veracidad como pudiera. Intentaría advertirle. Y, cuando el me confirmase que yo no era el escogido, me marcharía.

Avancé en silencio, mientras meditaba cuál sería el mejor modo de abordarlo. Me lo puso fácil. Cuando bajó de la camioneta, la llave se le escurrió entre los dedos y fue a parar a un gran charco.

Se agachó a recogerla, pero yo me adelanté a recuperarla antes de que hundiera los dedos en el agua helada.

Me recliné contra la camioneta mientras el se erguía con brusquedad, sobresaltado.

—¿Cómo lo haces? —me preguntó. Sí, seguía enfadado.

Le tendí la llave.

—¿Hacer qué?

El alargó la mano y dejé caer el objeto en su palma. Respiré profundamente para inhalar su aroma.

—Aparecer del aire —aclaró.

—Deku, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistado, o que yo sea silencioso.

Era un comentario sarcástico, casi una broma. ¿Acaso había algo que se le pasara por alto?

¿Se percató de que mi voz envolvía su nombre como una caricia?

Me fulminó con la mirada, reticente a reírme la gracia. Su pulso se aceleró. ¿De rabia? ¿De miedo? Pasado un momento, bajó la vista.

—¿A qué vino taponarme el paso ayer? —preguntó sin mirarme a los ojos—. Se suponía que ibas a fingir que yo no existía, no a irritarme hasta acabar conmigo.

Seguía muy enfadado. Requeriría cierto esfuerzo por mi parte reconducir la situación con el. Recordé mi decisión de mostrarme sincero.

—Eso fue culpa de Ojiro, no mía. Tenía que darle su oportunidad.

Se me escapó la risa al recordar la expresión de Deku. No pude evitarlo. Precisaba tanta concentración para mantenerlo a salvo, para controlar mis reacciones físicas a su persona, que apenas me quedaban recursos para dominar mis emociones.

—Tú... —me acusó con voz ahogada, y a continuación echó a andar, al parecer demasiado furioso para terminar la frase. Ahí estaba: la misma expresión de ayer. Contuve otra carcajada. No quería echar más leña al fuego.

—No finjo que no existas —añadí. Me pareció adecuado darle a mi voz un tono desenfadado, burlón. No quería asustarlo más. Debía esconder la profundidad de mis sentimientos, aligerar el ambiente.

—¿Entonces sí que quieres irritarme hasta acabar conmigo, dado que la furgoneta de Ojiro no lo consiguió?

Un destello de rabia latió en mi interior. ¿Cómo era posible que pensara eso?

No tenía razones para sentirme tan ofendido. Deku desconocía los esfuerzos que había dedicado a mantenerlo vivo, no sabía que me había enfrentado a mi familia por el ni la transformación que se había obrado en mí la noche anterior. Pero estaba enfadado a pesar de todo. Emoción mal gestionada.

—Izuku, eres totalmente absurdo —le espeté. Usando su nombre, el cual prefería ante el apodo.

Se sonrojó y me dio la espalda. Empezó a alejarse. Sentí remordimientos. Mi ira no estaba justificada.

—Espera —le supliqué.

No se detuvo, así que lo seguí.

—Lo siento. He sido descortés. No estoy diciendo que no sea cierto —realmente era absurdo imaginar que yo tuviera intención de perjudicarlo del modo que fuera—, pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

—¿Por qué no me dejas solo?

¿Era esta mi negativa? ¿Era eso lo que el quería? ¿Mi nombre en su sueño carecía de trascendencia?

Recordaba a la perfección el tono de su voz, la expresión de su rostro mientras pedía que me quedara.

Pero si su respuesta ahora era un «no»... Bueno, pues que así fuera. Ya sabía lo que debía hacer.

Aligera el ambiente, me recordé. Esta podía ser la última vez que lo viera. Y, de ser el caso, quería separarme de el sin remordimientos. Así que fingiría ser un chico humano normal y corriente. Lo que es más importante, le daría elección y luego aceptaría su respuesta.

—Quería pedirte algo, pero me has desviado del tema.

Se me acababa de ocurrir una posibilidad interesante, y me reí por lo bajo.

—¿Tienes un trastorno de personalidad múltiple? —me preguntó.

Eso debía de parecer desde fuera. Mi estado de ánimo fluctuaba a su antojo, con tantas emociones nuevas como me embargaban.

—Y lo vuelves a hacer —protesté. Suspiró.

—Vale, entonces ¿qué me querías pedir?

—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana... —Una expresión de estupor asomó a su rostro, y tuve que reprimir otra carcajada—. Ya sabes, el día del baile de primavera...

Me interrumpió a media frase, ahora sosteniendo mi mirada.

—¿Intentas ser gracioso?

—Por favor, ¿vas a dejarme terminar?

Aguardó en silencio, mordiéndose el labio inferior. La imagen me distrajo un instante. Reacciones extrañas, desconocidas, aletearon en las profundidades de mi olvidado corazón humano. Traté de ahuyentarlas para poder representar mi papel.

—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me preguntaba si querrías dar un paseo —me ofrecí. Había concluido que, en lugar de limitarme a conocer sus planes, podía compartirlos. Si es que me respondía con un «sí».

Me miró estupefacto.

—¿Qué?

—¿Quieres dar un paseo hasta Seattle?

A solas en un coche con el; la mera idea me abrasó la garganta.

Inspiré profundamente. Acostúmbrate.

—¿Con quién? —preguntó, desconcertado.

—Conmigo, obviamente —respondí despacio.

—¿Por qué?

¿Tanto le extrañaba que quisiera pasar un rato en su compañía? Deku debía de haber asignado el peor significado posible a mi conducta anterior.

—Bueno —dije en el tono más desenfadado que pude adoptar—, planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser honesto, no estoy seguro de que tu camioneta lo pueda conseguir.

Me parecía más seguro mantener el tono jocoso que ponerme demasiado serio.

—Mi coche va perfectamente, muchísimas gracias por tu preocupación —replicó con la misma voz cargada de sorpresa. Echó a andar de nuevo. Yo caminé a su lado.

No era un rechazo explícito, pero casi. ¿Se estaba mostrando educado?

—¿Puede llegar gastando un solo depósito de gasolina?

—No veo que sea de tu incumbencia —rezongó.

El pulso se le había acelerado de nuevo, su aliento surgía ahora con más rapidez. Yo había pensado que el tono burlón lo tranquilizaría, pero puede que lo estuviera asustando otra vez.

—El despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.

A mis oídos, el comentario sonó espontáneo y normal, pero no podía saber si el lo había interpretado así. Su silencio mental siempre me descolocaba.

—De verdad, Todoroki S-Shoto, no te sigo. Creía que no querías ser amigo mío.

Me atravesó un escalofrío cuando pronunció mi nombre y me sentí trasladado de vuelta a su dormitorio, al instante en que pronunció mi nombre en sueños y me pidió que me quedara. Ansié poder vivir en ese momento por siempre.

Sin embargo, por ahora, debía aferrarme a la sinceridad.

—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.

—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —replicó con sarcasmo.

Se detuvo bajo el alero del tejado de la cafetería y de nuevo me sostuvo la mirada. Se le alteró el pulso. ¿De miedo o de ira?

Escogí las palabras con cuidado. Necesitaba que lo entendiera.

Que comprendiera que debía rechazarme por su propio bien.

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amigo. —Sumido en las profundidades de esos ojos color esmeralda fundido, mis dedos se soltaron del concepto «aligerar»—. Pero me he cansado de alejarme de ti, Izuku.

Tuve la sensación de que las palabras incendiaban el camino a mi boca.

Se le cortó el aliento y, en el instante que tardó su respiración en reanudarse, entré en pánico. Ahora sí lo había asustado de verdad,

¿no?

Tanto mejor. Obtendría mi «no» y trataría de sobrellevarlo.

—¿Me acompañarás a Seattle? —pregunté sin más rodeos. Asintió, con el corazón desbocado.

Sí. Me había dado el sí a mí.

En ese momento noté el embate de mi conciencia. ¿Qué precio tendría que pagar Deku por ello?

—Deberías alejarte de mí, de veras —le advertí. ¿Me haría caso?

¿Escaparía del futuro con el que yo lo amenazaba? ¿Podía hacer algo yo para rescatarlo de mí mismo?

Aligera el ambiente, me grité.

—Te veré en clase.

Y al instante recordé que eso no sucedería. Hasta ese punto su presencia me impedía pensar.

Tuve que concentrarme a fondo para no echar a correr conforme me alejaba.

Chapter Text

Lo observé todo el día a través de ojos ajenos, sin apenas ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor.

No recurrí a la mirada de Tuoya Himura, porque ya no podía seguir soportando sus ofensivas fantasías, ni a la de Toga Himiko, porque su resentimiento hacia Deku me irritaba. Tsuyu Asui ofrecía una buena alternativa cuando sus ojos estaban disponibles. Era amable; me sentía cómodo en su mente. Y también, de vez en cuando, los profesores aportaban excelentes vistas.

Me sorprendió descubrir, conforme veía a Deku trastabillar de acá para allá a lo largo del día —tropezando con las grietas de la acera, con algún libro caído y, la mayoría de las veces, con sus propios pies—, que la gente a la que escuchaba a hurtadillas lo consideraba «torpe».

Lo medité. Era cierto que a menudo experimentaba problemas para permanecer erguido. Recordé su accidentada llegada al pupitre aquel primer día, su resbalón en el hielo antes del accidente, su traspiés con el reborde de la puerta ayer mismo. Qué curioso... Tenían razón. Era torpe.

No sé por qué razón me pareció tan gracioso el descubrimiento, pero me reí a carcajadas mientras recorría el trayecto de Historia a Lengua y Literatura. Varias personas me miraron con recelo antes de apartar los ojos a toda prisa de mi dentadura al descubierto. Era tan extraño que el príncipe de hielo, como algunos pensaban de mi, estuviese sonriendo e incluso riendo cuando en los dos años que llevaba en el lugar mis risas eran contadas, sobre todo las reales.

¿Cómo era posible que nunca hubiera reparado en ello? Tal vez porque, en reposo, su porte emanaba elegancia, la posición de su cabeza, el arco de su cuello...

Ahora mismo no desprendía ni un ápice de refinamiento. El señor Warner lo vio introducir la punta de la bota en una junta de la moqueta y desplomarse sobre la silla.

De nuevo se me escapó la risa.

El tiempo transcurrió con insufrible lentitud mientras aguardaba el momento de contemplarlo con mis propios ojos. Por fin sonó el timbre y me dirigí a grandes zancadas hacia la cafetería para asegurarme mi posición. Fui el primero en llegar. Escogí una mesa que solía estar vacía y que sin duda seguiría así en cuanto me vieran sentado allí.

Cuando mi familia entró y me avistó a solas en mi nueva ubicación, no mostraron sorpresa ninguna. Ochako ya debía de haberles advertido.

Bakugou pasó por mi lado sin volverse a mirarme siquiera.

Idiota.

Mi relación con el nunca había sido fácil. Por lo visto lo ofendí desde el primer instante en que abrí la boca para hablar, y a partir de entonces las cosas fueron de mal en peor. Sin embargo, yo intuía que últimamente estaba aún más irritable si cabe que de costumbre. Suspiré. Bakugou se lo tomaba todo como algo personal.

Iida me dedicó una sonrisa de medio lado al pasar.

Buena suerte, me transmitió sin demasiado convencimiento.

Eijiro puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

Ha perdido el juicio, pobre chico.

Ochako, en cambio, exhibía una expresión tan radiante que dejaba demasiado a la vista su resplandeciente dentadura.

¿Ya puedo hablar con Deku?

—Mantente al margen —le dije por lo bajo.

Su gesto languideció, pero al instante volvió a iluminarse. Muy bien. Tú sigue en tus trece. Solo es cuestión de tiempo. Volví a suspirar.

No olvides lo del laboratorio de Biología de hoy, me recordó.

Asentí. Me fastidiaba que el señor Banner hubiera organizado ese ejercicio. Yo había perdido infinidad de horas sentado al lado de Deku en clase de Biología mientras fingía ignorarlo; se me antojó una triste ironía que precisamente hoy fuera a perderme ese rato en su compañía.

Mientras aguardaba la llegada de Deku, lo seguí en los ojos de un alumno de primer curso que caminaba detrás de Toga rumbo a la cafetería. Esta parloteaba sobre el inminente baile, pero Deku no le respondía. Tampoco es que Toga le concediera demasiadas ocasiones de intervenir.

En el instante en que cruzó la puerta, los ojos de Deku saltaron a la mesa que ocupaban mis hermanos. La observó un momento antes de arrugar el entrecejo y bajar los ojos al suelo. No me había visto.

Parecía tan... triste. Sentí el impulso irrefrenable de levantarme y acudir a su lado para consolarlo, si bien ignoraba qué podría servirle de consuelo. Toga proseguía con su cháchara sobre el baile.

¿Estaba Deku disgustado porque se lo iba a perder? No me parecía probable.

Pero de ser así... Ansié poder ofrecerle esa opción. Imposible. La proximidad física que exige un baile sería demasiado peligrosa.

Compró una bebida y nada más para almorzar. ¿Era adecuada su elección? ¿No necesitaría más nutrientes? Nunca antes de ahora había prestado demasiada atención a la dieta humana.

¡Los mortales eran frágiles hasta límites exasperantes! Mis motivos de preocupación se contaban por millones.

—Shoto Todoroki te vuelve a mirar —oí decir a Toga—. Me pregunto por qué se sienta solo hoy.

Di gracias a Toga en silencio —aunque ella estaba más resentida que nunca—, porque Deku levantó la cabeza y sus ojos, ya verdes y brillantes escudriñaron las mesas hasta dar con los míos.

Ahora no había la menor traza de tristeza en su semblante. Ansié que su abatimiento anterior se explicara por la suposición de que yo me había marchado temprano del instituto, y la idea me arrancó una sonrisa.

Con un gesto del dedo índice, le pedí que se reuniera conmigo. Su rostro reflejó tal sorpresa que de nuevo quise tomarle el pelo. De modo que le guiñé un ojo y su boca se abrió con incredulidad.

—¿Se refiere a ti? —preguntó Toga con un tono ofensivo.

—Puede que necesite ayuda con los deberes de Biología — respondió Deku con voz queda e insegura—. Eh, será mejor que vaya a ver qué quiere.

Su respuesta casi significaba otro «sí».

Trastabilló dos veces de camino a mi mesa, aunque no había nada allí salvo linóleo liso y uniforme. Por todos los demonios, ¿cómo era posible que no me hubiera fijado en sus problemas de equilibrio? Había estado más pendiente de sus indescifrables pensamientos, supuse. ¿Qué más me había perdido?

Prácticamente había llegado a la altura de mi mesa. Traté de prepararme. Sé sincero, aligera el ambiente, entoné en silencio.

El se detuvo detrás de la silla que había frente a mí, indeciso.

Aguanta el dolor de la quemazón, pensé sin humor.

—¿Por qué no te sientas hoy conmigo? —le pregunté.

El retiró la silla y tomó asiento, todo ello sin despegar los ojos de mí. Parecía nervioso. Esperé a que hablara.

Tardó un instante, pero al fin dijo:

—Esto es diferente.

—Bueno... —titubeé—. Decidí que, ya puesto a ir al infierno, lo podía hacer del todo.

¿Qué me había inducido a decir eso? Al menos era un comentario sincero. Y tal vez el hubiera captado la sutil advertencia que contenían mis palabras. Quizá lo ayudaran a comprender de una vez por todas que haría bien en levantarse y marcharse sin mirar atrás.

No se movió. Me observó con atención, expectante, como si hubiera dejado la frase a medias.

—Sabes que no tengo ni idea de a qué te refieres —aclaró al comprobar que yo no seguía hablando.

Fue un alivio. Sonreí.

—Cierto.

Me costaba un gran esfuerzo ignorar los pensamientos que resonaban a todo volumen por detrás de su espalda; y, en cualquier caso, quería cambiar de tema.

—Creo que tus amigos se han enojado conmigo por haberte raptado.

Mi comentario no lo alteró lo más mínimo.

—Sobrevivirán.

—Aunque es posible que no quiera liberarte.

Ni siquiera tenía claro si estaba bromeando o siendo sincero. Su proximidad desordenaba mis pensamientos.

Deku tragó saliva con dificultad. Su expresión me arrancó una carcajada.

—Pareces preocupado.

Lo cierto era que no tenía ninguna gracia. Debería estar preocupado.

—No. —Supe que estaba mintiendo. Se le quebró la voz, delatando así el engaño—. Más bien sorprendido. ¿A qué se debe este cambio?

—Ya te lo dije —le recordé—. Me he hartado de permanecer lejos de ti, por lo que me he rendido. —Mantuve la sonrisa en mi rostro con cierta dificultad. Mi estrategia de mostrarme sincero y espontáneo al mismo tiempo no estaba funcionando.

—¿Rendido? —repitió perplejo.

—Sí, he dejado de intentar ser bueno. —Y también al tono casual, por lo visto—. Ahora voy a hacer lo que quiera, y que sea lo que tenga que ser.

Ahora sí estaba diciendo la verdad. Que fuera consciente de mi egoísmo. Que escuchara mi advertencia.

—Me he vuelto a perder.

Yo era tan mezquino como para alegrarme por ello.

—Siempre digo demasiado cuando hablo contigo. Ese es uno de los problemas.

Un problema insignificante, comparado con el resto.

—No te preocupes —me tranquilizó—. No me entero de nada. Bien. En ese caso no se marcharía de momento.

—Cuento con ello.

—Ya. En cristiano, ¿somos amigos ahora? Sopesé la idea un instante.

—Amigos... —repetí. La palabra no me convencía del todo. No me parecía... suficiente.

—O no —musitó con aire apurado.

¿Pensaba acaso que el no acababa de agradarme? Sonreí.

—Bueno, supongo que podemos intentarlo, pero te prevengo que no voy a ser un buen amigo para ti.

Aguardé su respuesta, dividido. Por un lado deseaba que por fin atendiera a mis advertencias, por otro pensaba que moriría si lo hacía. Qué melodramático.

Se le aceleró el corazón.

—Lo repites un montón.

—Sí, porque no me escuchas —le dije, de nuevo con demasiada intensidad—. Sigo a la espera de que me creas. Si eres listo, me evitarás.

Apenas empezaba a atisbar el dolor que me aguardaba cuando Deku intuyese lo suficiente como para tomar la decisión adecuada.

Me dirigió una mirada afilada.

—Me parece que ya has dejado suficientemente clara tu opinión sobre mi intelecto.

No acababa de entender a qué se refería, pero esbocé una sonrisa de disculpa al adivinar que lo había ofendido involuntariamente.

—En ese caso —empezó en tono pausado—, hasta que yo sea listo... ¿Vamos a intentar ser amigos?

—Suena bien.

Agachó la mirada y observó con atención la botella de limonada que sostenía entre las manos.

La curiosidad de siempre volvió a atormentarme.

—¿Qué piensas? —le pregunté. Experimenté un alivio inmenso al pronunciar por fin las palabras en voz alta. No recordaba la sensación de falta de oxígeno en los pulmones, pero supuse que al volver a inhalar se sentiría algo parecido a esto.

El buscó mi mirada y su respiración se aceleró al tiempo que un leve rubor rosado le teñía las mejillas, comenzaba a encontrar algunas constelaciones en ese manto estrellado. Aspiré con la intención de paladear su reacción en el aire.

—Intentaba averiguar qué eres.

Sostuve la sonrisa para borrar cualquier otra expresión, mientras el pánico me atenazaba por dentro.

Pues claro que sentía curiosidad. Era muy inteligente. No podía esperar que se le escapara algo tan evidente.

—¿Y has tenido fortuna en tus pesquisas? —pregunté en el tono más desenfadado que pude adoptar.

—No demasiada —reconoció.

Me reí entre dientes de puro alivio.

—¿Qué teorías barajas?

Sin duda no serían peores que la verdad, por lejos que hubiera llevado sus suposiciones.

El rojo de sus mejillas se tornó aún más intenso y no respondió. El calor de su rubor me alcanzó.

Probaría con mi tono persuasivo. Solía funcionar bien con los mortales normales.

Esbocé una sonrisa sugerente.

—¿No me lo quieres decir? El negó con la cabeza.

—Resulta demasiado embarazoso.

Me impacienté. No saber qué pensaba era la peor de las torturas.

¿Por qué razón le avergonzaban sus especulaciones.

—Eso es realmente frustrante, ya lo sabes.

Mi queja desató algo en su interior. Sus ojos echaron chispas y sus palabras fluyeron más raudas de lo habitual.

—No, no concibo por qué ha de resultar frustrante, en absoluto, solo porque alguien rehúse revelar sus pensamientos, sobre todo después de haber efectuado unos cuantos comentarios crípticos, especialmente ideados para mantenerme en vela toda la noche, pensando en su posible significado... Bueno, ¿por qué iba a resultar frustrante?

Fruncí el ceño, irritado al comprender que tenía toda la razón. No estaba jugando limpio. El desconocía los vínculos de lealtad y los límites que me sellaban los labios, pero eso no le impedía percibir el desequilibrio de la situación.

Prosiguió:

—O, mejor, digamos que una persona hace un montón de cosas raras, como salvarte la vida bajo circunstancias imposibles un día y al siguiente tratarte como si fueras un paria, y jamás te explica ninguna de las dos, incluso después de haberlo prometido. Eso tampoco debería resultar demasiado frustrante.

Fue el discurso más largo que le había oído pronunciar desde que lo conocía y me proporcionó una nueva cualidad que sumar a mi lista.

—Tienes un poquito de genio, ¿verdad?

—No me gustan los dobles raseros.

Su irritación estaba más que justificada, desde luego.

Clavé los ojos en Deku al mismo tiempo que me preguntaba en qué podía beneficiarle a el mi amistad, hasta que un grito silencioso en la mente de Tuoya Himura me distrajo. El chico estaba tan enfadado, hacía gala de una vulgaridad tan infantil, que solté una carcajada ronca una vez más.

—¿Qué? —quiso saber el.

—Tu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo. Se debate entre venir o no a interrumpir nuestra discusión.

Me habría encantado ver cómo lo intentaba. Se me escapó la risa de nuevo.

—No sé de quién me hablas —replicó en tono gélido—. Pero, de todos modos, estoy seguro de que te equivocas.

Me deleité en su facilidad para desdeñarlo con un comentario indiferente.

—No me equivoco. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría de las personas.

—Excepto yo, por supuesto.

—Sí. Excepto tú. —¿Tenía que ser el la excepción en todo? — Me pregunto por qué será.

Lo miré fijamente a los ojos mientras volvía a intentarlo.

El desvió la vista, abrió la limonada y bebió un pequeño trago con los ojos clavados en la mesa.

—¿No tienes hambre? —le pregunté.

—No, aún no me acostumbro del todo a la comida occidental —Contempló el espacio vacío que nos separaba—. ¿Y tú?

—No. No estoy hambriento —respondí. No tenía esa clase de apetito.

Frunciendo los labios, Deku bajó la mirada. Aguardé.

—¿Me puedes hacer un favor? —preguntó, buscando mis ojos de improviso.

¿Qué podía querer de mí? ¿Me pediría una verdad que no estaba autorizado a revelarle, la misma verdad que, si estaba en mi mano, jamás llegaría a conocer?

—Eso depende de lo que quieras.

—No es mucho —prometió.

Esperé, ardiendo con una curiosidad tortuosa, como de costumbre.

—Solo me preguntaba —empezó despacio, miró su botella de limonada y repasó el círculo de la boca con el dedo meñique— si podrías ponerme sobre aviso la próxima vez que decidas ignorarme por mi propio bien. Únicamente para estar preparado.

¿Me pedía una advertencia? En ese caso, debía de molestarle que lo ignorase. Sonreí.

—Me parece justo.

—Gracias —dijo, y alzó la vista. Su rostro parecía tan aliviado que tuve ganas de lanzar una carcajada de puro alivio yo también.

—En ese caso, ¿puedo hacer una pregunta a cambio? —pregunté esperanzado.

—Una —me concedió.

—Cuéntame una teoría. Se sonrojó.

—Esa, no.

—No has puesto condiciones, solo has prometido una respuesta—argüí.

—Claro, y tú no has roto ninguna promesa chico bicolor —me recordó.

—Solo una teoría... No me reiré.

—Sí lo harás.

Parecía convencido, aunque yo no podía imaginar de qué modo sus conjeturas podían resultarme divertidas.

Decidí darle otra oportunidad a mi capacidad de persuasión.

Me sumí en las profundidades de sus ojos grandes y verdes —algo sencillo ante unos ojos tan insondables como los suyos— y susurré:
—Por favor.

El pestañeó y su rostro adoptó una expresión ausente. Vaya, no era esa precisamente la reacción que buscaba.

—Eh... ¿Qué? —me preguntó pasado un segundo. Parecía desorientado. ¿Se encontraba bien?

Volví a intentarlo.

—Cuéntame solo una de tus pequeñas teorías, por favor —le rogué en un tono suave, nada alarmante, al mismo tiempo que le sostenía la mirada.

Sorprendido y satisfecho, descubrí que esta vez sí había dado resultado.

—Pues... Eh... ¿Te mordió una araña radiactiva?

¿Me había tomado por un personaje de cómic? No era de extrañar que temiera mis carcajadas.

—Eso no es muy imaginativo —la reprendí para esconder una nueva oleada de alivio.

—Lo siento, es todo lo que tengo —replicó ofendido.

Eso me relajó todavía más. Podía volver a bromear con el.

—Ni siquiera te has acercado.

—¿Nada de arañas?

—No.

—¿Ni un poquito de radiactividad?

—Nada.

—Maldición —suspiró.

—Tampoco me afecta la kriptonita —me apresuré a decirle (antes de que pudiera preguntar por más mordiscos), y luego no pude evitar reírme ante la idea de que Deku me hubiera tomado por un superhéroe.

—Se suponía que no te ibas a reír, ¿te acuerdas? Apreté los labios con fuerza.

—Con el tiempo, lo voy a averiguar —prometió.

Y cuando lo hiciera, huiría como alma que lleva el diablo.

—Desearía que no lo intentaras —respondí, sin un ápice de la burla anterior.

—¿Por...?

Le debía sinceridad. Intenté sonreír pese a todo, para que mis palabras sonaran menos amenazadoras.

—¿Qué pasaría si no fuera un superhéroe? ¿Y si fuera el chico malo?

Durante una milésima de segundo, sus ojos se agrandaron y un pequeño espacio se abrió entre sus labios.

—Oh —dijo. Luego, transcurrido otro segundo—: Ya veo. Por fin me había escuchado.

—¿Sí? —pregunté, haciendo esfuerzos por ocultar el dolor que me atenazaba.

—¿Eres peligroso? —adivinó. Percibí su aliento entrecortado, el pulso acelerado.

No podía responderle. ¿Sería este el último momento que compartiría con el? ¿Saldría huyendo ahora? ¿Tendría ocasión de decirle que lo amaba antes de que se marchara? ¿O eso lo asustaría todavía más?

—Pero no malo —susurró, sacudiendo la cabeza de lado a lado, sin trazas de miedo perceptibles en esos ojos sinceros—. No, no creo que seas malo.

—Te equivocas —musité

Pues claro que era malo. ¿Acaso no me estaba regocijando ahora al descubrir que me consideraba mejor de lo que merecía? De ser una buena persona, me habría mantenido bien alejado de el.

Alargué la mano por encima de la mesa con la excusa de alcanzar el tapón de la limonada. El no se apartó ante la súbita cercanía de mi mano. Había dicho la verdad: no me tenía miedo. Todavía no.

Hice girar el tapón como si fuera una peonza, observando el objeto en lugar de mirarlo a el. Mis pensamientos eran un caos.

Huye, Izuku, huye. No lograba obligarme a pronunciar las palabras en voz alta.

Se puso en pie. Empezaba a temer que hubiera oído de algún modo mi advertencia silenciosa cuando dijo:

—Vamos a llegar tarde.

—Hoy no voy a ir a clase.

—¿Por qué no?

Porque no quiero acabar con tu vida.

—Es saludable saltarse una clase de vez en cuando.

Para ser más exactos, era saludable para los humanos que los vampiros faltaran a clase cuando se iba a derramar sangre. Hoy el señor Banner tenía previsto analizar los grupos sanguíneos. Ochako ya se había saltado la clase de la mañana.

—Bueno, yo sí voy —dijo. No me sorprendió. Deku era responsable; siempre hacía lo correcto.

Éramos polos opuestos.

—En ese caso, te veré luego —me despedí, de nuevo en un tono desenfadado, sin apartar la vista de las piruetas del tapón. Por favor, sálvate. Por favor, nunca me dejes.

Titubeó y albergué la esperanza momentánea de que se quedara conmigo a pesar de todo. Pero sonó el timbre y el partió a toda prisa.

Esperé a que se hubiera ido para guardarme el tapón en el bolsillo: el recuerdo de una conversación tan relevante. Acto seguido, me encaminé bajo la lluvia hacia mi coche.

Puse mi CD relajante favorito —el mismo al que había recurrido aquel primer día—, pero no estaba destinado a escuchar las notas de Debussy largo rato. Otras notas aleteaban por mi cabeza, un fragmento de melodía que me agradaba e intrigaba a partes iguales. Apagué el equipo y atendí a la música mental, reproduciéndola una y otra vez hasta que evolucionó en una armonía completa. Sin pensar, desplacé los dedos por el aire sobre las teclas imaginarias de un piano.

La nueva composición hacía grandes progresos cuando una oleada de angustia mental captó mi atención.

¿Se va a desmayar? ¿Qué hago?, se preguntaba Tuoya aterrado.

A cien metros de distancia, Tuoya Himura ayudaba a Deku a tumbarse sobre la acera. El se desplomó inconsciente contra el hormigón mojado, los ojos cerrados, la piel cenicienta como la de un cadáver, sin rastro alguno de sus pecas, como si se hubieran apagado.

Estuve a punto de arrancar la puerta del coche. Creo que congelé y quemé algo en ese breve lapso para salir del auto.

—¿Izuku? —grité.

Su rostro exangüe no experimentó el menor cambio cuando grité su nombre. Una sensación gélida se apoderó de mi cuerpo. Tenía delante la confirmación de cada uno de los disparatados escenarios que había imaginado. Tan pronto como lo había perdido de vista...

Fui consciente de la sorpresa exasperada de Tuoya cuando me abrí paso con furia a través de sus pensamientos. El chico solo pensaba en la rabia que yo le inspiraba, de modo que me era imposible averiguar qué le había pasado a Deku. Si había lastimado al chico de algún modo, lo aniquilaría. Ni el más ínfimo fragmento de su cuerpo se recuperaría jamás.

—¿Qué le sucede? ¿Está herido? —lo interpelé para enfocar sus pensamientos. Era desesperante tener que caminar a paso humano. Debería haberme acercado sin llamar la atención.

Por fin alcancé a oír el latido del corazón de Deku e incluso su respiración. Bajo mi atenta mirada, apretó los párpados con fuerza. El gesto mitigó una parte de mi terror.

Vi instantáneas de recuerdos en la cabeza de Tuoya, un despliegue de imágenes procedentes del laboratorio de Biología. La cabeza de Deku sobre la mesa, su tez pálida teñida de un tono verdoso. Gotas rojas contra las tarjetas blancas.

La tipificación de los grupos sanguíneos.

Me detuve y contuve el aliento. Tal vez pudiera soportar su aroma, pero no podía decir lo mismo de su sangre derramada.

—Creo que se ha desmayado —aclaró Tuoya, nervioso y resentido a partes iguales—. No sé qué ha pasado, no se ha llegado a pinchar el dedo.

Me inundó el alivio. Volví a respirar y paladeé el aire. Ah, solamente percibía el minúsculo sangrado del pinchazo de Tuoya Himura . En otro tiempo, me habría parecido apetecible.

Me arrodillé al lado de Deku mientras Tuoya pululaba a mi alrededor, furioso por mi intervención.

—Deku. ¿Me oyes?

—No —gimió—. Vete.

La sensación de alivio fue tan exquisita que me reí. No estaba en peligro.

—Lo llevaba a la enfermería —dijo Tuoya—. Pero no ha querido avanzar más.

—Yo me encargo de el. Puedes volver a clase —lo despaché. A Tuoya le rechinaron los dientes.

—No. Se supone que he de hacerlo yo.

No pensaba quedarme allí discutiendo con ese idiota.

Emocionado y aterrado, en parte agradecido y en parte agitado por el conflicto que implicaba tocarlo, lo recogí de la acera con suavidad y la sostuve en brazos con cuidado de entrar en contacto únicamente con el anorak y los vaqueros, manteniéndolo tan alejado como fuera posible de mi cuerpo. Eché a andar en el mismo movimiento, ansioso por ponerlo a salvo; en otras palabras: más lejos de mí.

Abrió los ojos de par en par, estupefacto.

—¡Bájame! —ordenó con voz frágil. De nuevo se sentía avergonzado, a juzgar por su expresión. No le gustaba mostrar debilidad. Pese a todo, su cuerpo transmitía tal endeblez que dudaba de que fuera capaz de sostenerse por su propio pie, y mucho menos de caminar.

Hice caso omiso de las protestas que profería Tuoya a nuestra espalda.

—Tienes un aspecto espantoso —le dije, incapaz de ocultar mi sonrisa al saber que no le pasaba nada salvo un mareo y una ligera indisposición.

—¡Déjame otra vez en la acera! —insistió. Tenía los labios pálidos.

—¿De modo que te desmayas al ver sangre?

Una retorcida ironía. Cerró los ojos y presionó los labios entre sí.

—Y ni siquiera era la visión de tu propia sangre —añadí. Mi sonrisa se ensanchaba por momentos.

Llegamos a las oficinas. La puerta estaba entornada y la abrí de un puntapié.

La señora Cope dio un respingo al vernos.

—Oh, Dios mío —jadeó mientras examinaba al chico desfallecido en mis brazos.

—Se ha desmayado en Biología —expliqué, antes de que la imaginación de la mujer se disparase.

La señora Cope corrió a abrir la puerta de la enfermería. Deku, de nuevo con los ojos abiertos, lo observaba. Oí el asombro interno de la enfermera mientras yo depositaba cuidadosamente al chico en la única y destartalada camilla de la sala. Tan pronto como lo dejé, me alejé a la otra punta de la habitación. Mi cuerpo rezumaba excitación y deseo, tenía los músculos tensos y el veneno fluía en mi boca. Era tan cálido y fragante...

—Ha sufrido un leve desmayo —tranquilicé a la señora Hammond —. En Biología están haciendo la prueba del Rh.

Ella asintió. Ahora lo entendía.

—Siempre le ocurre a alguien.

Reprimí una risa. Y ese alguien tenía que ser Deku.

—Quédate tendido un minutito, cielo —dijo la señora Hammond —. Se pasará.

—Lo sé —dijo Deku.

—¿Te sucede muy a menudo? —quiso saber la enfermera.

—A veces —reconoció el.

Tosí para disimular una carcajada. Mi gesto captó la atención de la enfermera.

—Puedes regresar a clase —dijo.

La miré a los ojos y mentí con una confianza absoluta.

—Se supone que me tengo que quedar con el.

Mmmm. No sé yo... Ah, está bien. La señora Hammond asintió.

Con la enfermera había funcionado a la perfección. ¿Por qué me resultaba tan difícil con Deku? ¿Tendría que ver la diferencia de género?

—Voy a traerte un poco de hielo para la frente, cariño —dijo la enfermera, ligeramente incómoda después de mirarme a los ojos (como debería sentirse cualquier mortal), y abandonó la consulta.

—Tenías razón —gimió Deku, que volvió a cerrar los ojos.

¿A qué se refería? Al instante imaginé la peor conclusión posible: había decidido hacer caso de mis advertencias.

—Suelo tenerla —dije, aún aferrado al tono socarrón; ahora me sonaba amargo—. ¿Sobre qué tema en particular en esta ocasión?

—Saltarse clases es saludable —suspiró. Ah, de nuevo el alivio.

Deku guardó silencio después de eso. Se limitó a inhalar y exhalar, despacio. Sus labios estaban recuperando el tono sonrosado. Tenía una boca levemente asimétrica, el labio superior demasiado carnoso con relación al inferior. Mirarle la boca me producía una sensación extraña. Me despertaba deseos de acercarme a el, lo que no era buena idea.

—Ahí fuera ha habido un momento en que me has asustado — dije con la intención de reanudar la conversación. El silencio me producía un malestar extraño, me sentía solo sin su voz—. Creía que Himura arrastraba tu cadáver para enterrarlo en los bosques.

—Ja, ja —respondió.

—Lo cierto es que he visto cadáveres con mejor aspecto. —Era verdad—. Me preocupaba tener que vengar tu asesinato.

Y lo habría hecho.

—Pobre Tuoya —suspiró—. Apuesto a que se ha enfadado.

La furia latió en mi cuerpo, pero la contuve a toda prisa. Sin duda su inquietud no era más que compasión. Deku era bondadoso. Nada más.

—Me aborrece por completo —le dije, más animado ante aquella idea.

—No lo puedes saber.

—He visto su rostro... Te lo aseguro.

Seguramente fuera verdad que me habría bastado con ver la expresión en el rostro del chico para sacar esa conclusión en concreto. El entrenamiento con Deku me estaba sirviendo para refinar mi habilidad.

—¿Cómo es que me has visto? Creí que te habías ido.

Su rostro estaba volviendo a la normalidad. El matiz verdoso había desaparecido de su tez translúcida.Las pecas parecían cobrar vida, el verde era hermoso, en sus ojos y cabello.

—Estaba en mi coche escuchando un CD.

Torció la boca, como si no se esperara una respuesta tan prosaica por mi parte.

Abrió los ojos de nuevo cuando la señora Hammond regresó con una compresa de hielo.

—Aquí tienes, cariño —le dijo la enfermera al mismo tiempo que la posaba en la frente de Deku, cubriendo algunos rizos que caían de manera increíble e  su piel ahora más sonrosada—. Tienes mejor aspecto.

—Creo que ya estoy bien —respondió. Se sentó y retiró la compresa de su frente. Cómo no. A Deku no le gustaba que cuidaran de el.

Las manos arrugadas de la señora Hammond revolotearon hacia el chico, como si pretendiera empujarlo de vuelta a la camilla. En ese momento la señora Cope abrió la puerta de la enfermería y se asomó. Con su aparición entró flotando un tufillo a sangre fresca, apenas una leve vaharada.

Invisible al otro lado de la puerta, Tuoya Himura  seguía muy enfadado mientras deseaba que el muchacho recio al que arrastraba ahora fuera el chico que estaba dentro conmigo.

—Ahí viene otro —dijo la señora Cope.

Deku se apresuró a bajar de la camilla, ansioso por dejar de ser el centro de atención.

—Tome —dijo. Le devolvió la compresa a la señora Hammond—.Ya no la necesito.

Con un gruñido, Tuoya prácticamente empujó a Lee Stephens a través de la puerta. La sangre aún goteaba por la mano que Lee sostenía junto a su cara y le resbalaba por la muñeca.

—Oh, no. —Lo consideré una señal de que había llegado el momento de marcharme; al igual que Deku—. Vámonos fuera de aquí, Deku.

El levantó la vista para mirarme con expresión sorprendida.

—Confía en mí... Vamos.

Dio media vuelta y sujetó la puerta antes de que se cerrara para salir disparado hacia el despacho al otro lado. Yo le pisaba los talones. Su cabello esponjoso me rozó la mano.

El se volvió a mirarme, todavía aturdido.

—Por una vez me has hecho caso.

Era la primera vez. Deku arrugó su pequeña nariz.

—He olido la sangre. Lo miré con perplejidad.

—La gente no puede oler la sangre.

—Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mal. Huele a óxido... y sal.

Todavía anclado a sus ojos, mi semblante se petrificó.

¿Era realmente humano? Parecía humano. Su tacto era cálido como el de un humano. Olía como un humano; bueno, en realidad mejor. Y se comportaba como un humano... más o menos. Pero no pensaba como ellos ni reaccionaba como si lo fuera.

Ahora bien, ¿qué otras opciones había?

—¿Qué? —me espetó.

—No es nada.

Tuoya Himura nos interrumpió cuando entró en el despacho envuelto en pensamientos rencorosos y violentos.

—Tienes mejor aspecto —le soltó de malos modos.

Mi mano se crispó cuando me invadió el deseo de enseñarle buenos modales. Tendría que controlarme o acabaría por matar realmente a ese chico repulsivo.

—Tú solo métete la mano en el bolsillo por si acaso —le dijo. Por un segundo enloquecido, pensé que me hablaba a mí.

—Ya no sangra —respondió él malhumorado—. ¿Vas a volver a clase?

—¿Bromeas? Tendría que dar media vuelta y volver aquí.

Qué buena noticia. Pensaba que me perdería esa hora con el y ahora acababa de ganar algún tiempo extra. Un regalo que sin duda no merecía.

—Sí, supongo que sí —musitó Tuoya—. ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?

¿De qué hablaba? Habían hecho planes juntos, al parecer. La rabia me paralizó. Sin embargo, al momento descubrí que se trataba de un viaje en grupo. Tuoya pasaba lista mental de los demás invitados según contaba las plazas. No iban los dos solos. El descubrimiento no mitigó mi furia. Me recosté contra el mostrador para controlar mis reacciones, todavía agarrotado.

—Claro. Te dije que iría —prometió el.

De modo que él también había recibido una respuesta afirmativa.

Los celos me abrasaron por dentro, más dolorosos que la sed.

—Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez. —Y Todoroki NO está invitado.

—Allí estaré —dijo Deku.

—Entonces te veré en clase de gimnasia.

—Hasta la vista —respondió el.

Tuoya se alejó a regañadientes, con la mente rebosante de pensamientos airados. ¿Qué verá en ese bicho raro? Debe de ser porque es rico. A los demás les parece guapo, pero no entiendo por qué motivo. Es demasiado... perfecto. Me juego algo a que su padre lleva a cabo experimentos de cirugía plástica con todos ellos. Por eso son tan blancos y atractivos. No es natural. Y él me produce... escalofríos. A veces, cuando me mira fijamente, juraría que está pensando en matarme. Es un bicho raro.

Tuoya no estaba del todo ciego.

—Gimnasia —repitió Deku con tono quedo. Gimió.

Cuando lo miré, advertí que algo lo había vuelto a entristecer. No tenía claro el motivo, pero era obvio que no le apetecía acudir a la clase siguiente con Tuoya, y yo apoyaba su plan al cien por cien.

Me acerqué hasta situarme a su lado y me incliné hacia el. El calor de su piel flotaba hacia mis labios. No me atreví a respirar.

—Puedo hacerme cargo de eso —murmuré—. Ve a sentarte e intenta parecer paliducho.

Siguiendo mis instrucciones, se acomodó en una de las sillas plegables y apoyó la cabeza contra la pared mientras, a mi espalda, la señora Cope salía de la enfermería de camino a su escritorio. Con los ojos cerrados, Deku parecía a punto de desmayarse otra vez. El color todavía no había regresado del todo a su tez.

Me volví a mirar a la recepcionista. Ojalá Deku prestara atención esta vez, pensé con sarcasmo. Era así como se suponía que debían reaccionar los humanos.

—¿Señora Cope? —pregunté, de nuevo empleando mi voz aterciopelada.

Pestañeó y su corazón se aceleró al instante. ¡Contrólate!

—¿Sí?

Qué interesante. El pulso de Shelly Cope se había alterado porque me consideraba atractivo físicamente, no porque yo le inspirase temor. Estaba acostumbrado a ejercer ese efecto en las mujeres humanas, aquellas que de algún modo se habían acostumbrado a los de mi especie mediante una exposición continuada. Sin embargo, nunca había contemplado esa explicación para justificar las reacciones físicas de Deku. El que fuese un chico no parecía ser un discriminante.

Me agradó la idea, quizá demasiado. Esbocé mi sonrisa afable, diseñada para tranquilizar a los humanos, y la respiración de la señora Cope se tornó más ruidosa.

—Deku tiene gimnasia la próxima hora y creo que no se encuentra del todo bien. ¿Cree que podría dispensarlo de asistir a esa clase?

Me hundí en esos ojos sin misterio, deleitándome en los estragos que mi gesto infligía a sus procesos mentales. ¿Sería posible que Izuku...?

La señora Cope tragó saliva con dificultad antes de poder contestar.

—Shoto, ¿necesitas que también te dispense a ti?

—No. Tengo clase con la señora Goff. A ella no le importará.

Ya no le prestaba demasiada atención. Estaba explorando esa nueva posibilidad.

Mmm. Me habría gustado pensar que Deku me consideraba atractivo igual que lo hacían otros humanos. Sin embargo, ¿desde cuándo mostraba el las mismas reacciones que los demás? No debía hacerme ilusiones.

—De acuerdo, no te preocupes por nada. Que te mejores, Deku. El asintió con debilidad... un tanto sobreactuada.

—¿Puedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez? —le pregunté, divertido ante sus tristes dotes dramáticas. Supuse que querría andar; no le gustaba mostrarse vulnerable.

—Caminaré —respondió. De nuevo, había acertado.

Se levantó y titubeó un instante como para comprobar que era capaz de mantener el equilibrio. Sosteniendo la puerta, le cedí el paso y nos internamos juntos en la lluvia.

Lo observé cuando levantó el rostro hacia el cielo con los ojos cerrados para que la llovizna lo empapara. Un esbozo de sonrisa se dibujó en sus labios. ¿En qué estaría pensando? El gesto, por alguna razón, se me antojó extraño y al momento comprendí por qué no estaba familiarizado con él. Los humanos no solían alzar la cara para disfrutar de la lluvia.

—Gracias —me dijo, ahora sonriendo—. Merecía la pena seguir enfermo para perderse la clase de gimnasia.

Oteé los terrenos mientras me preguntaba cómo prolongar ese rato con el.

—Sin duda —respondí.

—¿Y qué? ¿Tienes pensado ir? Este sábado, quiero decir. — Sonaba esperanzado, sus dulces ojos verdes resplandecian.

Su esperanza amortiguó el resquemor de los celos. Me quería a mí con el, no a Tuoya Himura . Y yo ansiaba responder afirmativamente. Por desgracia, debía tener en cuenta una serie de factores. En primer lugar, el sábado brillaría el sol.

—¿Adónde vais a ir, exactamente? —traté de imprimirle a mi voz un tono de indiferencia, como si la respuesta no me importara en exceso. Tuoya había hablado de la playa. Difícilmente podría eludir la luz del sol a la orilla del mar. Eijiro se molestaría si cancelaba los planes que tenía con él, pero eso no me detendría si había alguna posibilidad de pasar un rato con el.

—A La Push, al puerto. En ese caso, imposible.

Me tragué la decepción y lo miré con una sonrisa burlona.

—En verdad, no creo que me hayan invitado. Suspiró, ya resignado.

—Acabo de invitarte.

—No avasallemos más entre los dos al pobre Dabi esta semana, no sea que se vaya a romper.

Imaginé que hacía trizas al «pobre» Dabi con mis propias manos y me regocijé hasta lo indecible en la imagen mental.

—El blandengue de Dabi... —dijo, de nuevo con desdén. Sonreí. Y acto seguido echó a andar.

Sin pensar en lo que hacía, alargué la mano para aferrarlo por la espalda del anorak. Deku se detuvo en seco.

—¿Adónde te crees que vas?

Estaba disgustado, casi enfadado al comprender que se disponía a marcharse. Quería pasar más tiempo con el.

—Me voy a casa —respondió. Me miró con perplejidad, como si no entendiera por qué me molestaba su partida.

—¿Acaso no me has oído decir que te iba a dejar a salvo en casa? ¿Crees que te voy a permitir que conduzcas en tu estado?

Sabía que mi comentario lo irritaría, la insinuación de que pudiera considerarlos frágil. Sin embargo, tenía que practicar para el viaje a Seattle; comprobar que podía sobrellevar su proximidad en un espacio cerrado. Este trayecto sería mucho más breve.

—¿En qué estado? —protestó—. ¿Y qué va a pasar con mi coche?

—Le pediré a Ochako que te lo acerque después de clase.

Lo arrastré por la espalda hacia mi coche, con suavidad. Por lo que yo sabía, caminar hacia delante ya le suponía suficiente desafío.

—¡Déjame! —exigió. Intentó zafarse de mi agarre y tropezó consigo mismo. Yo alargué la mano para sujetarlo, pero se incorporó antes de que fuera necesario. No debería andar buscando excusas para tocarlo. El pensamiento me llevó de vuelta a la reacción de la señora Cope, pero lo archivé para más tarde. Había mucho que meditar en ese frente.

Lo solté como pedía y al momento me arrepentí; tropezó de inmediato y se estampó contra la puerta del pasajero de mi coche. Debería haber sido aún más cuidadoso, haber tenido en cuenta sus problemas de equilibrio.

—¡Eres tan insistente!

Tenía razón. Me estaba comportando de un modo extraño y aquel era el calificativo más amable que me podía dedicar. ¿Sería una negativa lo siguiente?

—Está abierto.

Subí por el lado del conductor y arranqué el motor. El permaneció inmóvil en una postura agarrotada, todavía a la intemperie aunque la lluvia arreciaba y yo sabía que le molestaban el frío y la humedad. El agua le estaba empapando la rizada melena, que había mudado a un tono negro azabache.

—Soy perfectamente capaz de conducir hasta casa.

Pues claro que lo era. Pero yo ansiaba su tiempo de un modo que no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. No era una necesidad urgente e inmediata como la que me inspiraba la sed, sino algo distinto, otro tipo de anhelo, otra clase de dolor.

Se estremeció.

Bajé la ventanilla del lado del copiloto y me incliné hacia el.

—Entra, Deku.

Entrecerró los ojos y supuse que se estaba planteando salir corriendo hacia su camioneta.

—Te arrastraría de vuelta aquí —bromeé mientras me preguntaba si mi suposición era correcta. La consternación de su rostro me indicó que así era.

Alzando la barbilla con ademán desafiante, abrió la puerta del pasajero y subió al vehículo. Su cabello empapó el tapizado de cuero y sus botas rojas chirriaron cuando se sentó.

—Esto es totalmente innecesario —insistió.

Pensé que parecía más apurado que enfadado. ¿Me estaba comportando de un modo inadecuado? Yo pensaba que estaba coqueteando, que actuaba como cualquier adolescente embelesado, pero ¿y si no lo había entendido bien? ¿Se sentía coaccionado? Comprendí que tenía razones de sobra para sentirse así.

A decir verdad, yo no sabía hacer esto. ¿Cómo podía cortejarlo igual que lo haría un hombre normal, humano, moderno, del año 2005? Como humano, solamente había aprendido las costumbres de mi época. Gracias a mi extraño don, estaba relativamente bien informado de la mentalidad de las gentes, lo que hacían, cómo se comportaban, pero, cuando yo intentaba actuar como un chico despreocupado y moderno, lo hacía todo al revés. Seguramente porque no era normal ni moderno ni humano. Y tampoco había aprendido nada práctico de mi familia en ese aspecto. Ninguno de ellos había protagonizado un cortejo normal, aun exceptuando las otras dos características.

Lo de Bakugou y Eijiro había sido un flechazo, la clásica historia de amor a primera vista. No atravesaron una etapa inicial en la que tuvieran que averiguar qué significaban el uno para el otro. En el instante en que vio a Eijiro, Bakugou se sintió atraído por la inocencia y la honestidad que lo habían eludido durante su vida, y quiso estar con él. En el instante en que Eijiro vio a Katsuki, supo que tenía delante un dios al que idolatraría sin tregua por siempre jamás. Nunca afrontaron una primera conversación incómoda y plagada de dudas, jamás se mordieron las uñas aguardando un «sí» o un «no».

La unión de Ochako e Iida fue aún más peculiar si cabe. Durante los veintiocho años previos a su primer encuentro, Ochako supo que amaría a Iida. Había visto años, décadas, siglos de su futura vida en común. Y Tenya, rendido ante todas aquellas emociones en ese instante por tanto tiempo esperado, anonadado por la pureza, la certeza y la profundidad del amor de Ochako, no pudo sino sucumbir. Debió de vivirlo como un tsunami.

La historia de Aizawa y Yamada discurrió de un modo más típico que las demás, supongo. Yamada ya estaba enamorado de Aizawa —para sorpresa de él—, aunque en su caso no intervino ninguna fuerza mágica o mística. Conoció a Aizawa siendo un niño y, atraído por su dulzura, sabiduría y belleza sobrenatural, construyó un vínculo con él que lo obsesionaría durante el resto de sus años humanos. La vida no trató bien a Yamada y, en consecuencia, no es de extrañar que nadie suplantara en su corazón el recuerdo dorado de aquel buen hombre. Tras la ardiente tormenta de la transformación, cuando despertó ante el semblante de un sueño acariciado durante tanto tiempo, le entregó su afecto incondicionalmente.

Yo había estado ahí para advertir a Aizawa sobre la inesperada reacción de Yamada. Él temía que despertara impactado por la transformación, traumatizado por el dolor, horrorizado al descubrir la clase de ser en que se había convertido, como había sucedido en mi caso. Esperaba tener que dar explicaciones y ofrecer disculpas, tranquilizarlo y desagraviarlo. Sabía que se arriesgaba a que el prefiriese la muerte, que lo despreciara por una elección realizada sin su conocimiento ni consentimiento. De modo que cuando Yamada se mostró dispuesto sin reservas a unirse a esta vida —no tanto a la vida como a él— lo pilló desprevenido.

Él nunca se había visto a sí mismo como el posible objeto de un amor romántico antes de ese momento. Le parecía contrario a lo que él era: un vampiro, un monstruo. El conocimiento que yo le brindé cambió su perspectiva de Yamada y de sí mismo.

Más allá de eso, tomar la decisión de salvar a alguien era algo muy poderoso. No se trataba de una decisión que ningún individuo cuerdo pudiera tomar a la ligera. Cuando Aizawa me escogió, él ya había sentido infinidad de emociones de apego hacia mí antes de que yo comprendiera lo que había pasado. Responsabilidad, ansiedad, ternura, piedad, esperanza, compasión... El acto, de manera natural, conllevaba una responsabilidad hacia el escogido que yo nunca había experimentado en persona, solamente a través de sus pensamientos y los de Bakugou. Él ya se sentía mi padre antes de que yo conociera su nombre. Para mí, fue espontáneo e instintivo adoptar el rol de hijo. El amor surgió por sí solo, si bien yo siempre atribuí esa simplicidad a la personalidad de Aizawa más que al hecho de que él me transformase.

De modo que yo nunca podría saber, ni siquiera recurriendo a mi don para presenciarlo todo tal como sucedió, si la unión entre Aizawa y Yamada surgió de ese vínculo natural o porque sencillamente estaban destinados a amarse. El lo quería y él pronto descubrió que podía corresponder a ese amor. No habría de pasar mucho tiempo antes de que su sorpresa mudase en asombro, descubrimiento y romance. E infinita felicidad.

Tan solo unos momentos embarazosos fáciles de superar, mitigados con la ayuda de una pequeña lectura mental. Nada tan incómodo como mi situación actual. Ninguno de ellos había estado nunca tan perdido como yo.

No transcurrió ni un segundo mientras estas historias de amor menos complicadas que la mía desfilaban por mi mente; Deku acababa de cerrar la puerta del coche. Subí a toda prisa la calefacción para que estuviera más cómodo y bajé la música de tal modo que sonara únicamente de fondo. Circulando hacia la salida del aparcamiento, lo observé por el rabillo del ojo. Su labio inferior se proyectaba hacia fuera en un mohín malhumorado.

De pronto miró la radio con interés. Su expresión hosca se había esfumado.

—¿Claro de luna? —preguntó.

¿Era aficionado a la música clásica?

—¿Conoces a Debussy?

—No mucho —reconoció—. Mi madre pone mucha música clásica en casa, pero solo conozco a mis favoritos. No solemos escuchar a extranjeros

—También es uno de mis favoritos.

Me quedé mirando la lluvia mientras meditaba la información. Al parecer sí tenía algo en común con este chico. Había empezado a pensar que éramos como la noche y el día en todos los aspectos.

Ahora parecía más tranquilo. Observaba el aguacero igual que yo, con la mirada perdida en el infinito. Empleé su distracción momentánea para experimentar con la respiración.

Inhalé con cuidado por la nariz. La sensación fue potente.

Me aferré al volante con fuerza. La lluvia mejoraba su aroma todavía más si cabe. Jamás hubiera pensado que eso fuera posible. Noté un cosquilleo en la lengua, ávida de su sabor.

El monstruo no había muerto, comprendí asqueado. Tan solo estaba esperando el momento propicio. Intenté tragar saliva para paliar la quemazón en la garganta. No me sirvió de nada y me malhumoré. Tenía tan poco tiempo para estar con el. Por qué si no habría organizado este embrollo para conseguir quince minutos más en su compañía. Inspiré de nuevo y bregué con mi reacción. Debía encontrar el modo de ser más fuerte.

¿Qué estaría haciendo si no fuera el villano de esta historia?, me pregunté. ¿Cómo estaría usando este valioso tiempo?

Estaría conociéndolo mejor.

—¿Cómo es tu madre? —quise saber. Deku sonrió.

—Se parece mucho a mí, pero es más guapa. —Le dirigí una mirada escéptica—. He heredado muchos rasgos de Hizashi, sobre todo las pecas y el cabello rizado — prosiguió—. Es más sociable y atrevida que yo.

¿Más sociable? Posiblemente. ¿Más atrevida? Lo dudaba.

—También es amable y un poco ansiosa, y una cocinera impredecible. Es mi mejor amiga. Siempre está ahí para mi

Su voz se había vuelto melancólica. Varias arrugas surcaron su frente.

Como ya había advertido en otras ocasiones, hablaba más como un padre que como un hijo.

Detuve el coche delante de su casa conforme me preguntaba, demasiado tarde, si tenía sentido que yo supiera dónde vivía. No, eso no levantaría sospechas en un pueblo tan pequeño y siendo su padre un representante de la ley.

—Deku, ¿cuántos años tienes?

Debía de ser mayor que sus compañeros. Quizás había empezado la escuela un poco tarde o se había retrasado por alguna razón. Esto último, sin embargo, no me parecía probable, teniendo en cuenta lo brillante que era.

—Diecisiete —respondió.

—No los aparentas. Se rio con ganas.

—¿Qué pasa?

—Mi madre siempre dice que nací con treinta y cinco años y que cada año me vuelvo más maduro, aunque también comenta que puedo parecer de cuatro. —Volvió a reír y luego suspiró—. En fin, uno de los dos debía ser el estable

Eso explicaba muchas cosas. No era difícil concluir que la irresponsabilidad de la madre había propiciado la madurez del hijo. Tuvo que crecer pronto, convertirse en el cuidador. Por eso no le gustaba que cuidaran de el; tenía la sensación de que ese era su papel.

—Tampoco tú te pareces mucho a un adolescente de instituto — dijo, arrancándome de mis cavilaciones.

Fruncí el ceño. Por cada detalle que percibía sobre el, Izuku se percataba de otros tantos detalles sobre mí. Cambié de tema.

—En ese caso, ¿por qué se casó tu madre con Toshinori? Titubeó un momento antes de responder.

—Mi madre tiene... un espíritu muy joven y necesitado para su edad. Creo que Toshinori hace que se sienta aún más joven. En cualquier caso, ella está loca por él.

Sacudió la cabeza con ademán indulgente.

—¿Lo apruebas? —quise saber.

—¿Importa? —preguntó a su vez—. Quiero que sea feliz. Y Toshinori es lo que ella quiere, pero si, el es bueno.

La generosidad de su comentario me habría chocado de no ser porque encajaba a la perfección con esa personalidad suya que yo había ido descubriendo.

—Es muy generoso por tu parte. Me pregunto...

—¿El qué?

—¿Tendría ella esa misma cortesía contigo, sin importarle tu elección?

Era una pregunta estúpida, y ni siquiera pude sostener el tono desenfadado mientras la formulaba. Qué necedad, plantearme siquiera si alguien me daría el visto bueno a mí para su hijo. Qué necedad, pensar que Deku pudiera escogerme.

—E-eso c-creo —balbució. Había experimentado una reacción a mi mirada. ¿Era miedo tal vez? De nuevo pensé en la señora Cope.

¿Cuáles eran las otras señales? Unos ojos muy abiertos podían deberse a ambas emociones. El aleteo de pestañas, sin embargo, indicaba lo contrario a temor. Deku había despegado los labios...

Se recompuso.

—Pero, después de todo, ella es la madre. Es un poquito diferente, además, las costumbres orientales son fuertes.

Esbocé una sonrisa socarrona.

—Entonces, nadie que asuste demasiado.

—¿A qué te refieres con que asuste demasiado? ¿Múltiples piercings en el rostro y grandes tatuajes?

Me sonrió.

—Supongo que esa es una posible definición. Una definición inocua, en mi opinión.

—¿Cuál es la tuya?

Siempre formulaba la pregunta equivocada. O la pregunta exacta, quizá.

—¿Crees que puedo asustar? —le pregunté, tratando de esbozar una pequeña sonrisa.

Lo meditó a fondo antes de responder en tono serio:

—Eh... Creo que puedes hacerlo si te lo propones. Yo también hablaba en serio.

—¿Te doy miedo ahora?

Deku respondió de inmediato, sin pararse a pensarlo.

—No.

Sonreí, ya sin esfuerzo. No creía que fuera del todo sincero, pero tampoco me estaba mintiendo. No estaba lo bastante asustado como para salir corriendo, al menos. Me pregunté cómo se sentiría si le confesara que estaba manteniendo esta conversación con un vampiro, y al instante me encogí por dentro al imaginar su reacción.

—Bueno, ¿vas a contarme algo de tu familia? Debe de ser una historia mucho más interesante que la mía.

Y más terrorífica, cuando menos.

—¿Qué es lo que quieres saber? —pregunté con cautela.

—¿Te adoptaron los Todoroki?

—Sí.

Titubeó y acto seguido preguntó casi en susurros:

—¿Qué les ocurrió a tus padres?

La respuesta no era complicada. Ni siquiera tenía que mentirle.

—Murieron hace muchos años.

—Lo siento —musitó, claramente temeroso de haber entrado en un terreno delicado.

Se preocupaba por mí. Fue una sensación extraña, ser el objeto de su atención, aunque fuera de un modo tan corriente.

—En realidad, los recuerdo de forma confusa —le aseguré—. Aizawa y Yamada llevan siendo mis padres desde hace mucho tiempo.

—Y tú los quieres —adivinó. Sonreí.

—Sí. No puedo concebir a dos personas mejores que ellos.

—Eres muy afortunado.

—Sé que lo soy.

En ese único aspecto, en cuestión de padres, no podía negar que tenía suerte.

—¿Y tu hermano y tu hermana?

Si seguía intentando sonsacarme información, tendría que mentirle. Eché un vistazo al reloj, apenado de que ese rato con ella tuviera que concluir, pero también aliviado. El dolor era agudo y me preocupaba que la quemazón de mi garganta mudara de pronto en una llamarada que no fuera capaz de controlar.

—A propósito, mi hermano y mi hermana, así como Iida y Bakugou, se van a disgustar bastante si tienen que esperarme bajo la lluvia.

—Oh, lo siento. Supongo que debes irte.

No se movió. El tampoco tenía ganas de dar por concluido este rato compartido.

El dolor no era tan terrible en realidad, pensé. Pero debía ser responsable.

—Y tú probablemente quieres recuperar el coche antes de que el jefe de policía Midoriya vuelva a casa para no tener que contarle el incidente de Biología.

Sonreí ante el recuerdo de su apuro cuando lo había llevado en brazos.

—Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los secretos.

Pronunció el nombre del pueblo con desagrado manifiesto. Me reí del comentario. No existían los secretos, claro.

—Diviértete en la playa... —Lancé un vistazo a la lluvia torrencial. Aun sabiendo que no duraría, deseé con más intensidad que nunca que las nubes no escampasen—. Que tengan buen tiempo para tomar el sol.

En fin, eso sería el sábado. Lo pasaría bien. Y su felicidad se había convertido en mi máxima prioridad. Todavía más que la mía propia.

—¿No te voy a ver mañana?

El desencanto que se filtraba en su voz me complació, pero también lamenté no poder poner remedio a su decepción.

—No. Eijiro y yo vamos a adelantar el fin de semana.

Ahora estaba molesto conmigo mismo por haber hecho planes para el día siguiente. Podría haberlos cancelado, pero salir de caza era más importante que nunca en estos momentos, y mi familia ya se preocuparía bastante por mi conducta sin necesidad de revelarles el alcance de mi obsesión. Todavía no acababa de entender la locura que se había apoderado de mí la noche anterior. Debía encontrar un modo de controlar mis impulsos. Tal vez poner cierta distancia me sirviese de ayuda.

—¿Qué es lo que van a hacer? —preguntó. No parecía en absoluto complacido con mi revelación.

Más placer, más dolor.

—Vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del monte Rainier.

Eijiro estaba ansioso por inaugurar la temporada de los osos.

—Ah, vaya, diviértete —me deseó con poco convencimiento. Su falta de entusiasmo me deleitó una vez más.

Mientras demoraba la mirada en Deku, empecé a angustiarme ante la idea de despedirme de el, por más que fuera un adiós temporal. Era tan tierno, tan vulnerable... Se me antojaba una temeridad perderlo de vista, sabiendo que podía pasarle cualquier cosa. Y sin embargo, lo más terrible que le podía suceder sería una consecuencia directa de estar conmigo.

—¿Querrías hacer algo por mí este fin de semana? —le pregunté con expresión grave.

El asintió, aunque perplejo ante la intensidad que yo transmitía.

Aligera el ambiente.

—No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que atraen los accidentes como un imán. Así que... intenta no caerte al océano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo... ¿De acuerdo?

Fingí una sonrisa compungida, con la esperanza de que no pudiera atisbar el verdadero pesar que ocultaban mis ojos. Cuánto me habría gustado que no estuviera más seguro lejos de mí, por más peligros que pudiera correr en esa playa.

Huye, Izuku, huye. Te amo demasiado para tu bien y para el mío.

Mi broma lo ofendió. De nuevo había metido la pata. Me fulminó con la mirada.

—Veré qué puedo hacer —me respondió cortante antes de salir a la tarde lluviosa y cerrar la puerta del coche con todas sus fuerzas.

Cerré la mano en torno a la llave que acababa de extraer de su bolsillo e inhalé su intenso aroma antes de arrancar.

Chapter Text

Cuando llegué al instituto, tuve que esperar un rato. La última clase del día todavía no había terminado. Me alegré, porque tenía cosas en las que pensar y necesitaba estar unos minutos a solas.

Su aroma persistía en el coche. Dejé las ventanillas cerradas con el fin de que la fragancia me embistiese y me ayudase a acostumbrarme al dolor de esa quemazón que me infligía a mí mismo de forma deliberada.

Atracción.

Era una cuestión peliaguda. Con tantos aspectos, tantos sentidos y niveles distintos. No era lo mismo que el amor, pero estaba vinculado a este de un modo inextricable.

No tenía la menor idea de si Izuku se sentía atraído por mí. (¿Su silencio mental me provocaría más y más frustración hasta enloquecerme? ¿O existía un límite y yo acabaría por alcanzarlo?).

Intenté comparar sus reacciones físicas con las de otras personas, como la recepcionista o Toga Himiko, pero el ejercicio no me proporcionó pruebas concluyentes. Marcadores idénticos — cambios en el ritmo cardíaco y en las pautas respiratorias— podían ser tanto indicativos de miedo, sorpresa o ansiedad como de interés.

Sin duda otras mujeres, al igual que hombres, habían reaccionado a mi rostro con aprensión de manera instintiva. De hecho, era una reacción mucho más frecuente que la alternativa. Me parecía improbable que Izuku albergara hacia mí la misma clase de pensamientos que Toga Himiko había albergado en el pasado. Al fin y al cabo, el era muy consciente de que había algo extraño en mi persona, aunque no supiera qué era exactamente. Había tocado mi piel gélida y apartado la mano presa de un escalofrío.

Y sin embargo... recordaba sin poder evitarlo esas fantasías que antes me repugnaban, aunque con Izuku en el lugar de Toga.

Mi respiración se estaba acelerando, el aliento subía y bajaba por mi garganta como llamaradas.

¿Y si hubiera sido Izuku quien hubiese imaginado que le rodeaba el delicado cuerpo con los brazos? ¿Y si el hubiera fantaseado que lo estrechaba contra mi pecho y le levantaba la barbilla con la mano? ¿Que apartaba la rizada melena de su rostro ruborizado, con las pecas sobresaliendo como una noche estrellada y repasaba sus carnosos labios con los dedos? Y acercaba mi cara a la suya hasta tal punto que notaba en la boca el calor de su aliento, cada vez más cerca...

Al llegar a este punto abandoné mis ensoñaciones sobresaltado. Sabía muy bien, igual que cuando Toga imaginaba esas cosas, lo que pasaría si me acercaba a el.

La atracción ofrecía un dilema insoluble, dado que yo ya me sentía demasiado atraído por Izuku del peor modo posible.

¿Quería yo que Izuku sintiera deseo por mí, igual que una persona deseaba a otra?

No, la pregunta estaba mal formulada. Debería preguntar si estaba bien que yo aspirase a despertar en Izuku esa clase de atracción y la respuesta era «no». Porque yo no era humano y no sería justo para el.

Cada fibra de mi ser ansiaba ser un hombre normal para poder envolverlo entre mis brazos sin poner en riesgo su vida. Para tener la libertad de dar rienda suelta a mis fantasías, ensoñaciones que no terminasen con su sangre empapando mis manos, con su sangre brillando en mis ojos.

Mi aspiración era inexcusable. ¿Qué clase de relación le podía ofrecer, si no podía arriesgarme a tocarlo?

Enterré la cara entre las manos.

Estaba confuso a más no poder porque jamás en toda mi vida me había sentido tan humano..., ni siquiera cuando estaba vivo, hasta donde yo recordaba. En aquella época tan solo aspiraba a la gloria del soldado, mi padre alentandome a seguir sus pasos, como un hijo perfecto y yo dispuesto a ello, no habia nada que deseara. La Gran Guerra había causado estragos durante buena parte de mi adolescencia, y únicamente me faltaban nueve meses para cumplir dieciocho años cuando azotó la gran pandemia de gripe española. Tan solo conservaba imágenes difusas de aquellos años humanos, recuerdos turbios que se tornaban menos reales con cada década que transcurría. Recordaba a mi madre por encima de todo y notaba un dolor antiguo cada vez que evocaba su rostro. Me acordaba vagamente del odio que le inspiraba ese futuro que a mí tanto me ilusionaba y su costumbre de rogar cuando bendecía la mesa de la cena que la «espantosa guerra» terminara pronto. No conservaba recuerdos de otro tipo de anhelo. Aparte del amor de mi madre, no había ningún otro afecto que suscitara en mí el deseo de quedarme.

Esto era del todo nuevo para mí. Carecía de experiencia para trazar paralelismos y hacer comparaciones.

El amor que sentía por Izuku había llegado de la forma más pura, pero ahora las aguas se habían enturbiado. Deseaba con toda mi alma tener la posibilidad de acariciarlo. ¿Sentía el lo mismo?

Eso no importaba, traté de convencerme a mí mismo.

Observé mis manos blancas y odié su dureza, su frialdad, su fuerza inhumana... Sus poderes inhumanos

Di un respingo cuando la puerta del pasajero se abrió.

Ja. Te he pillado por sorpresa. Siempre hay una primera vez,

pensó Eijiro mientras tomaba asiento.

—Me apuesto algo a que la señora Goff piensa que andas metido en drogas, con lo raro que estás últimamente. ¿Dónde andabas hoy?

—Estaba... haciendo buenas obras.

¿Eh?

Me reí entre dientes.

—Cuidando enfermos, ese tipo de cosas.

La aclaración terminó de despistarlo, pero en ese momento inhaló y captó el aroma del coche.

—Ah. ¿Ese chico otra vez? Fruncí el ceño.

Esto empieza a ser preocupante.

—Dímelo a mí —musité. Volvió a inhalar.

—Mmm... Menudo aroma desprende, ¿eh?

El gruñido brotó de mi garganta antes incluso de que hubiera procesado sus palabras, un reflejo automático.

—Tranquilo, bro, solo era un comentario.

Los demás llegaron en ese instante. Bakugou percibió el olor de inmediato y me miró con el ceño fruncido. Parecía incapaz de superar su enfado. Me pregunté qué problema tenía conmigo en realidad, pero lo único que encontraba en su mente eran insultos.

Tampoco me gustó la reacción de Iida. Igual que Eijiro, captó al momento el atractivo de Deku. No es que el aroma guardara para ellos ni la milésima del magnetismo que guardaba para mí, pero de todos modos me molestaba que percibieran la dulzura de su sangre. Tenya poseía poca capacidad de control.

Ochako se acercó por mi lado del coche y abrió la palma de la mano para pedir la llave de la camioneta.

—Solo me he visto —dijo crípticamente, como tenía por costumbre—. Tendrás que explicarme los porqués.

—Esto no significa...

—Ya lo sé, ya lo sé. Esperaré. Tampoco será mucho tiempo.

 Suspiré y le entregué la llave.

La seguí hasta el domicilio de Izuku en mi coche. La lluvia azotaba la tierra como millones de minúsculos martillos, tan intensa que los oídos humanos del chico tal vez no oyeran el estrepitoso motor de la camioneta. Observé su ventana, pero no salió a mirar. Puede que no estuviera allí. No había pensamientos que escuchar.

Me entristeció no percibir ni siquiera su temperatura emocional, lo suficiente para saber que estaba contento o sano y salvo, al menos.

Ochako se acomodó en el asiento trasero y pusimos rumbo a casa a toda velocidad. Las carreteras estaban vacías, de modo que apenas tardamos unos minutos en llegar. Entramos en tropel y al momento nos enfrascamos en nuestras respectivas aficiones. Eijiro y Tenya estaban enzarzados en una compleja partida de ajedrez que implicaba ocho tableros unidos a lo largo del cristal de la pared trasera y su propio sistema de intrincadas reglas. No me dejaban jugar; tan solo Ochako osaba desafiarme ya.

Ochako se acercó al ordenador, ubicado a la vuelta de la esquina, y oí cómo los monitores cobraban vida. Estaba trabajando en un proyecto de moda para el guardarropa de Katsuki, al igual que un plan de entrenamiento que nunca haria efecto a un cuerpo ya perfecto, que esta vez no se plantó tras ella para darle indicaciones relativas al corte y al color o el tiempo y las repeticiones mientras la mano de Ochako se desplazaba por las pantallas táctiles. En vez de eso, Katsuki se desparramó en el sofá malhumorado y procedió a cambiar de canal veinte veces por segundo en la pantalla plana, sin detenerse ni un instante. Lo oía tratando de decidir si salir o no al garaje a tunear el BMW una vez más.

Percibí el canturreo de Yamada procedente de la primera planta, donde se encontraba dibujando una serie de planos. Siempre estaba diseñando algo. Tal vez fuese un proyecto para nuestra nueva casa, o para la que ocuparíamos después de esa.

Pasado un momento, Ochako asomó la cabeza y empezó a soplarle a Tenya los siguientes movimientos de Eijiro, que estaba sentado de espaldas a ella, aunque Tenya no planeaba hacerle caso, su honor se lo impedia, habia comenzado a amar las reglas y el honor desde nuestra estadia en Japón. Con ademán impasible, Tenya mató el alfil favorito de su oponente.

Y, por primera vez en tanto tiempo que me sentí avergonzado, yo me senté al espectacular piano de cola que se erguía justo al lado de la entrada.

Deslizando la mano con suavidad por las teclas, toqué las escalas para probar los tonos. La afinación era perfecta.

Arriba, el lápiz de Yamada se detuvo sobre el papel. Ladeó la cabeza para escuchar.

Toqué la primera línea melódica que me había venido a la mente en el coche, complacido al descubrir que sonaba todavía mejor de lo que había imaginado.

Shoto está tocando otra vez, pensó Yamada con júbilo, conforme una sonrisa se extendía por su semblante. Abandonó la mesa de dibujo y se deslizó en silencio hacia la parte alta de la escalera.

Añadí la serie armónica, dejando que la melodía central se entrelazara con esta.

Yamada suspiró satisfecho, se sentó en el peldaño superior y recostó la cabeza contra la barandilla. Un tema nuevo. Hacía tanto tiempo. Qué música tan maravillosa. El amaba la música, algo que había traído desde su tiempo humano.

Dejé que la melodía tomara un nuevo rumbo y le sumé la línea del bajo.

¿El mitad-mitad está componiendo de nuevo?, pensó Katsuki, y al momento apretó los dientes con un resentimiento feroz.

En ese instante perdió la concentración y pude atisbar la indignación subyacente. Entendí la razón de que estuviera tan molesto conmigo. Y por qué la idea de asesinar a Izuku Midoriya no le provocaba el menor remordimiento.

Para Katsuki, todo giraba en torno a la vanidad, con ser el mejor.

La música cesó de golpe y se me escapó la risa, una carcajada efímera que cesó tan pronto como me llevé la mano a la boca, cada vez haciendo cosas que llevaba tanto tiempo sin hacer, alejando ese rostro sin emociones que tendía a tener.

Katsuki se volvió para fulminarme con la mirada y sus ojos lanzaron chispas cargadas de furia abochornada.

Eijiro y Tenya se giraron a mirar también, y pude percibir el desconcierto de Yamada. Al instante estaba en la planta baja para interponer su presencia entre Katsuki y yo.

—No pares, Shoto —me animó tras un instante de tensión.

Le di la espalda a Katsuki y, haciendo esfuerzos por controlar la sonrisa que me bailaba en el rostro, seguí tocando. El se puso en pie y abandonó ofendido la estancia, más enfadado que avergonzado. Pero sin duda un tanto avergonzado. Podía ver por reflejo las chispas que salian de sus manos, señal que destruiria algo pronto, eso si sus explosiones no eran dirigidas hacia el bosque.

Si dices una palabra, te liquido como a un perro, icyhot.

Reprimí otra carcajada.

—¿Qué pasa, Blasty? —le gritó Eijiro.

Katsuki no se volvió. Rígido como una vara, prosiguió hacia el garaje y se escurrió bajo su coche como si pudiera enterrarse allí. Probablemente deberiamos comprar otro, el auto no soportaría el calor de una explosión, por mas pequeña que fuese

—¿A qué ha venido eso? —me preguntó Eijiro.

—No tengo ni la menor idea —mentí. Eijiro protestó entre dientes, frustrado.

—Sigue tocando —me apremió Yamada. Mis dedos se habían detenido de nuevo.

Obedecí y el acudió a situarse detrás de mí para posarme las manos en los hombros.

El tema sonaba cautivador, aunque todavía incompleto. Probé un interludio, pero no me acabó de gustar.

—Es encantador. ¿Tiene nombre? —preguntó Yamada.

—Todavía no.

—¿Hay una historia detrás? —me preguntó con una sonrisa en la voz. Esto le proporcionaba una alegría inmensa y me sentí culpable por haber abandonado la música durante tanto tiempo. Había sido un egoísta.

—Es... una nana, creo.

En ese preciso instante, di con el interludio adecuado, que me llevó con fluidez al siguiente movimiento igual que si la pieza cobrara vida propia.

—Una nana —repitió para sí.

Sí, había una historia detrás de la melodía y, tan pronto como entendí aquello, las piezas encajaron sin esfuerzo. Era la historia de un chico durmiendo en una cama angosta, el cabello oscuro, rizado y salvaje, retorcido como algas marinas sobre la almohada...

Ochako dejó a Tenya a su suerte y acudió para sentarse a mi lado en la banqueta. Con su voz trémula de carrillón, improvisó un acompañamiento sin letra dos octavas por encima de la melodía.

—Me gusta —murmuré—. Pero ¿qué te parece esto?

Añadí su línea a la armonía —mis manos aleteaban sobre las teclas para encajar las piezas—, la modifiqué mínimamente y le di un nuevo rumbo.

Ella captó la intención y me acompañó.

—Sí. Perfecto —dije.

Yamada me estrechó el hombro con cariño.

Sin embargo, yo empezaba a atisbar la conclusión de mi pieza, según la voz de Ochako se elevaba por encima de la melodía para conducirla hacia otro lugar. Adivinaba adónde se dirigía la canción, porque el chico durmiente era perfecto tal y como era, y cualquier cambio acarrearía malestar, tristeza. La pieza derivó hacia esa revelación, cada vez más lenta y grave. La voz de Ochako descendió con ella y se tornó solemne, un tono que habría sido adecuado bajo las resonantes bóvedas de una catedral, a la luz de las velas.

Toqué la última nota y apoyé la cabeza en las teclas.

Yamada me acarició el cabello. Todo va a salir bien, Shoto. Las cosas suceden por algo. Mereces ser feliz, hijo mío. El destino te lo debe.

—Gracias —susurré. Ojalá pudiera creerlo. Ojalá fuera mi felicidad la que importase.

A veces el amor no aparece en el envase más práctico.

Proferí una carcajada amarga.

Tú, de todas las personas de este planeta, eres quizá el más preparado para afrontar este dilema tan complicado. Eres el mejor y el más inteligente de todos nosotros.

Suspiré. Todo padre pensaba eso mismo de su hijo.

Yamada aún estaba exultante ante la idea de que alguien se hubiera abierto paso a mi corazón después de tanto tiempo, por más que todo apuntase a una tragedia. Había llegado a pensar que siempre estaría solo.

No me cabe duda de que te corresponderá, pensó de pronto. El rumbo de sus reflexiones me tomó por sorpresa. Es un chico listo.

Sonrió.

Aunque no concibo que exista ninguno tan obtuso como para no darse cuenta del gran partido que eres.

—Para ya, papá, me estás haciendo sonrojar —me burlé. Sus palabras, por improbables que fueran, me animaron.

Ochako se rio y empezó a tocar la melodía de Heart and Soul. Yo sonreí y me uní a ella con el acompañamiento. Acto seguido la obsequié con una versión de Chopsticks.

Lanzó una risita y al momento suspiró.

—Me gustaría que me contaras qué te ha hecho tanta gracia con relación a Kat —dijo Ochako—. Pero ya veo que no lo harás.

—No.

Me propinó un capirotazo en la oreja.

—Sé amable, Ochako —lo regañó Yamada—. Shoto se está portando como un caballero.

—Pero quiero saberlo.

Me reí de su tono quejumbroso y luego volví la cabeza hacia atrás.

—Para ti, Yamada —dije, y empecé a tocar su canción favorita, un homenaje sin título al amor que compartían Aizawa y el desde hacía tantos años.

—Gracias, Litle listener. —Me hizo otra caricia en el hombro.

No precisaba concentrarme para tocar esa pieza que me resultaba tan familiar. En vez de eso pensé en Katsuki, que metafóricamente seguía retorciéndose de vergüenza en el garaje, y sonreí para mis adentros.

Recién descubierta la potencia de los celos en mi propia carne, sentí una pizca de compasión por el. Los celos son un sentimiento mezquino. Como cabía esperar, los suyos eran mil veces más ruines que los míos. El clásico caso del perro del hortelano.

Me pregunté si la vida y la personalidad de Katsuki habrían sido distintas de no haber sido siempre el más asombroso. ¿Habría sido una persona más feliz, menos egocéntrica, más bondadosa... si su físico y habilidad no hubiera sido su mejor baza? En fin, tampoco tenía mucho sentido darle vueltas, porque el mal ya estaba hecho y el realmente había sido siempre el mas asombroso y capaz en cualquier ocasión. Aun siendo humano, su belleza llamaba la atención allá donde iba, siempre siendo admirado. Y a el no le molestaba, precisamente, sino todo lo contrario: ansiaba admiración por encima de cualquier otra cosa. Eso no había cambiado con la pérdida de la mortalidad.

No era de extrañar, pues, conociendo esta necesidad suya, que se hubiera sentido ofendido cuando yo no había caído postrado ante su belleza y poder nada más conocernos, como les sucedía a casi todas las mujeres y demasiados hombres. Y no porque se hubiera fijado en mí en ningún aspecto; ni de lejos. Pero le sacaba de quicio que yo no lo admirara o envidiara, incluso deseara, aunque el no albergara ningún interés hacia mí.

El caso de Tenya y Aizawa era distinto; ellos ya estaban enamorados de otras personas. Yo, en cambio, carecía de compromiso y sin embargo me mostraba obstinadamente impasible a su belleza.

Pensaba que Katsuki había dejado atrás ese antiguo resentimiento, que lo había superado hacía tiempo. Y así había sido... hasta el día en que por fin conocí a una persona cuya belleza y personalidad me impactó de un modo que la suya no había logrado. Cómo no. Debería haber intuido hasta qué punto le molestaría. Y lo habría hecho, de no haber estado tan angustiado.

Katsuki debía de haber estado convencido de que, si yo no consideraba su belleza y sus dones dignos de adoración, ninguna belleza en el mundo me conmovería. Había estado furioso desde el instante en que salvé la vida de Deku, seguramente porque había percibido, gracias a una intuición astuta y competitiva, un interés del que yo todavía no era consciente. Le ofendía sobremanera que yo considerase a un insignificante humano más atractivo, poderoso y mejor que el.

Reprimí una vez más las ganas de reír a carcajadas.

Me molestaba en cierta medida, sin embargo, la opinión que tenía de Izuku. Katsuki lo consideraba realmente un chico del montón, un simple extra, algo más desesperante que los otros.

¿Cómo era posible que pensara eso? A mí me parecía inconcebible. Una consecuencia de los celos, sin duda.

—¡Ah! —exclamó Ochako de pronto—. ¿Sabes qué, Tenya?

Vi lo mismo que ella acababa de ver y mis manos se paralizaron sobre las teclas.

—¿Qué, Ochako? —preguntó Tenya.

—¡Tensei y Fuyumi vendrán de visita la semana que viene! Van a pasar por aquí cerca. Qué agradable sorpresa, ¿verdad?

—¿Qué te pasa, Shoto? —me preguntó Yamada al percibir la tensión en mis hombros.

—¿Tensei y Fuyumi van a venir a Forks? —le pregunté a Ochako crispado.

Ella puso los ojos en blanco.

—Tranquilízate, Shoto. No es su primera visita.

Apreté los dientes. Era su primera visita desde la llegada de Izuku, y la dulzura de su sangre no me atraía solo a mí.

Advirtiendo mi expresión, Ochako frunció el ceño.

—Nunca cazan aquí. Ya lo sabes. Además le caes bien a Fuyumi, te siente como un hermano, tal vez por su parecido.

Pero Tensei, que había sido una especie de hermano para Tenya, y la pequeña vampira a la que él amaba no eran como nosotros. Ellos se alimentaban de la manera habitual. No podía fiarme de ellos si Deku andaba cerca.

—¿Cuándo? —pregunté.

Ochako hizo un mohín de disgusto, pero me dijo lo que quería saber.

El lunes por la mañana. Nadie va a lastimar a Deku.

—No —coincidí, antes de volverme hacia el otro lado—. ¿Estás listo, Eijiro?

—Pensaba que nos marchábamos por la mañana.

—Regresaremos el domingo a medianoche. Podemos marcharnos cuando tú quieras.

—De acuerdo, está bien. Deja que me despida de Blasty.

—Claro.

Estando Katsuki de tan mal humor, la despedida sería breve.

Has perdido un tornillo, Todobro, te lo digo en serio, pensó mientras se dirigía hacia la puerta trasera.

—Supongo que sí.

—Tócame otra vez la pieza nueva —me pidió Yamada.

—Si te apetece escucharla... —accedí, aunque tenía reparos en llevarla hasta su inevitable final; el mismo final que me provocaba un nuevo tipo de malestar. Lo medité un momento y, acto seguido, extraje el tapón de botella que llevaba en el bolsillo y lo dejé en el atril vacío. Eso me sirvió de ayuda; mi pequeño recuerdo de su «sí».

Asentí para mis adentros y empecé a tocar.

Yamada y Ochako intercambiaron una mirada, pero no preguntaron.

 

 

 

 

 

 

—¿Nadie te ha enseñado que no se juega con la comida? —le grité a Eijiro.

—¡Ah, hola, Bro! —respondió con una sonrisa al tiempo que me saludaba con la mano. El oso aprovechó la distracción para asestarle un potente zarpazo en el pecho. Las agudas garras le rasgaron la camisa y chirriaron contra su piel como cuchillas contra acero, incluso sin endurecerse era obvio que el seria el ganador

El oso rugió, molesto por el agudo sonido.

¡Diablos, Blasty me regaló esta camisa!

Eijiro respondió al encolerizado animal con otro rugido.

Suspiré y me senté en una roca cercana. Aquello podía ir para largo. No obstante, Eijiro casi había terminado. Dejó que el oso intentara arrancarle la cabeza de otro zarpazo y estalló en carcajadas cuando la pata rebotó y el animal trastabilló hacia atrás. El plantígrado protestó de nuevo. Eijiro le respondió entre risas. Por fin se abalanzó sobre el oso, que le sacaba una cabeza entera plantado sobre las patas traseras, y los cuerpos de ambos se precipitaron enmarañados al suelo, llevándose consigo una pícea madura en el proceso. Los gruñidos del animal cesaron con un gorgoteo.

Pocos minutos más tarde, Eijiro trotó hasta mi improvisado asiento. Tenía la camisa destrozada: desgarrada, ensangrentada, pegajosa de savia y cubierta de pelos de oso. El cabello rojo y puntiagudo no ofrecía mucho mejor aspecto. Su rostro exhibía una enorme sonrisa.

—Este era de los fuertes. Casi he notado sus zarpas.

—Eres un crío, Eijiro.

Observó con recelo mi camisa impoluta.

—¿No has logrado capturar al puma, entonces?

—Por supuesto que sí. Pero yo no me alimento como un salvaje. Eijiro estalló en atronadoras carcajadas.

—Ojalá fueran más fuertes. Sería más divertido.

—Nadie dice que tengas que luchar contra tu comida.

—Sí, pero ¿con quién voy a pelear si no? Ochako y tú hacen trampas, Blasty no quiere porque no vale la pena y Yamada se enfada si Tenya y yo nos aplicamos a fondo.

—La vida es dura por todos los flancos, ¿verdad?

Eijiro me sonrió y desplazó el peso para adoptar una súbita postura de ataque.

—Venga, Shoto. Apaga eso un momento y luchemos en igualdad de condiciones. Podemos ocupar tus flamas y el hielo pero deja la lectura de lado

—No se apaga —le recordé.

—No entiendo qué hace ese chico humano para impedirte la entrada a su mente —musitó Eijiro— A lo mejor me puede dar unos cuantos consejos.

Mi buen humor se esfumó al instante.

—Ni te acerques a el —gruñí entre dientes.

—No seas tan susceptible.

Suspiré. Eijiro se acercó para sentarse a mi lado en la piedra.

—Perdona. Ya sé que estás pasando una mala racha. Y hago grandes esfuerzos por no portarme como un patán insensible todo el tiempo, pero dado que es mi estado natural...

Aguardó a que le riera la broma. Luego hizo una mueca.

Estás tan serio todo el tiempo... ¿Qué bicho te ha picado ahora?

—Estoy pensando en el. Bueno, preocupándome por el, en realidad.

—¿Y por qué tendrías que preocuparte hoy? ¡Ya te ocuparás mañana! —Se rio con estrépito.

De nuevo hice caso omiso de su chiste, pero respondí a su pregunta.

—¿Nunca te has parado a pensar hasta qué punto son frágiles? ¿Cuántas cosas terribles le pueden pasar a un mortal?

—La verdad es que no. Aunque entiendo lo que dices. Yo no era rival para un oso en aquel momento, ¿verdad?

—Osos —musité, y añadí un nuevo miedo a una lista ya interminable—. Eso sería muy propio de Izuku, ¿verdad? Un oso perdido en el pueblo. Y por supuesto se dirigiría directamente hacia el.

Eijiro rio entre dientes.

—Hablas como un chiflado. Eres consciente, ¿no?

—Tú imagina por un momento que Katsuki fuese humano, Eijiro. Y que pudiera toparse con un oso... o ser atropellado por un coche... o alcanzado por un rayo... o caer por las escaleras... o ponerse enfermo... Contagiarse de una enfermedad... —Las palabras brotaban de mí a borbotones. Fue un alivio pronunciarlas en voz alta; llevaban reconcomiéndome todo el fin de semana— ¡Incendios, terremotos y tornados! ¡Uf! ¿Cuándo fue la última vez que viste las noticias? ¿Te has fijado en la cantidad de cosas que les pasan? Asaltos y homicidios...

Hice una mueca de rabia. De improviso estaba tan furioso ante la idea de que otro ser humano pudiera lastimarlo que no podía respirar.

—¡Eh, eh! Para el carro, chaval. Vive en Forks, ¿recuerdas? Se moja cuando llueve. Punto.

Se encogió de hombros.

—Creo que lo persigue la mala suerte, Eijiro, te lo digo de verdad. Solo hay que ver las pruebas. De todos los lugares del mundo a los que podría haber ido a parar, ha terminado en un pueblo donde los vampiros constituyen un porcentaje significativo de la población.

—Sí, pero somos vegetarianos. ¿Eso no es buena suerte, más que mala?

—¿Y qué me dices del olor que desprende? Definitivamente mala. Y, por si fuera poco, el efecto que ese olor ejerce sobre mí. Fulminé mis manos con la mirada. De nuevo las odiaba.

—Salvo que tú tienes más capacidad de control que nadie, exceptuando a Aizawa. Eso es buena suerte, otra vez.

—¿La furgoneta?

—Eso no fue nada más que un accidente.

—Deberías haber visto cómo se precipitaba hacia el, Ei, una y otra vez. Fue como si Deku ejerciera alguna clase de atracción magnética sobre el vehículo, te lo juro.

—Pero tú estabas allí. Eso fue buena suerte.

—¿Sí? ¿Que un vampiro se enamore de ti? ¿Puede haber peor fortuna que esa?

Eijiro lo meditó un instante en silencio. Visualizó al chico mentalmente y la imagen lo dejó indiferente. A decir verdad, yo no le veo el magnetismo por ninguna parte.

—Bueno, yo tampoco aprecio el atractivo de Katsuki —repliqué de mala manera—. «A decir verdad», dudo que una cara bonita y músculos definidos compense tantas molestias.

Eijiro rio entre dientes.

—Supongo que no me dirás...

—No sé cuál es su problema, Eijiro —mentí con una sonrisa amplia y repentina, después de hablar de el o solo pensar en sus ojos verdes y su piel llena de pecas podia sonreir sin dificultad, como una dosis de endorfinas privada

Percibí su intención a tiempo para prepararme. Trató de empujarme de la roca y sonó un restallido cuando una grieta recorrió la piedra entre los dos.

—Tramposo —masculló.

Aguardé a que volviera a intentarlo, pero sus pensamientos tomaron un rumbo distinto. De nuevo estaba visualizando el rostro de Deku, aunque ahora lo veía más pálido, sus pecas más notorias, los ojos de un rojo intenso.

—No —repliqué con voz estrangulada.

—Eso resolvería tus inquietudes relativas a la mortalidad, ¿no es cierto? Y ya no tendrías que preocuparte por si lo matas. ¿No te parece la mejor opción?

—¿Para mí? ¿O para el?

—Para ti —respondió con naturalidad. Su tono de voz venía a añadir: «obviamente».

Lancé una carcajada amarga.

—Respuesta incorrecta.

—Para mí no fue tan terrible —me recordó.

—Para Katsuki sí.

Suspiró. Ambos sabíamos que Katsuki haría cualquier cosa, renunciaría a todo, con tal de recuperar su condición humana. A todo. Incluido Eijiro.

—Sí, para Blasty sí —concedió con voz queda.

—No puedo... No debería... No voy a destrozar la vida de Deku. ¿No te sentirías así si se tratara de Katsuki?

Eijiro lo meditó un instante. ¿De verdad... lo amas?

—Ni siquiera puedo describir lo que siento por el, Ei. De un día para otro, este chico se ha convertido en el centro de mi mundo. Todo lo demás no tiene sentido sin el.

¿Pero no lo quieres transformar? No vivirá para siempre, Shoto.

—Ya lo sé —gemí.

Y, como tú mismo has señalado, es quebradizo, por así decirlo.

—Eso también lo sé, créeme.

Eijiro no tenía demasiado tacto, y las conversaciones delicadas como esta no eran su especialidad. Ahora hacía esfuerzos para transmitir lo que le rondaba la cabeza sin resultar ofensivo en exceso.

¿Puedes tocarlo siquiera? Es decir, si lo amas..., ¿no desearás, bueno, acariciarlo?

Eijiro y Katsuki compartían un amor intensamente físico. Le costaba imaginar que fuera posible amar renunciando a ese aspecto.

Suspiré.

—Ni siquiera puedo pensar en eso, Eijiro.

—Uf. Entonces ¿qué alternativas tienes?

—No lo sé —susurré—. Estoy buscando la manera de... de apartarme de el. Sencillamente no se me ocurre cómo forzarme a mí mismo a mantenerme alejado.

Con una profunda sensación de satisfacción, comprendí que, estando Tensei y Fuyumi de camino, yo debía quedarme en el pueblo, al menos de momento. Deku estaría más seguro si yo andaba cerca, temporalmente al menos, que si me marchaba. Sería su improbable guardián mientras hiciera falta.

La idea me puso nervioso. Ansiaba regresar para empezar a cumplir con mi misión cuanto antes.

Eijiro advirtió el cambio en mi expresión.

¿En qué piensas?

—Ahora mismo —reconocí con cierta timidez— me muero por regresar a Forks para comprobar que está bien. No sé si aguantaré hasta el domingo por la noche.

—¡Ni hablar! No vas a volver a casa antes de tiempo. Espera a que Blasty se haya aplacado un poco. ¡Por favor! Hazlo por mí.

—Lo intentaré —respondí con poca seguridad.

Eijiro dio unos toques al teléfono que yo llevaba en el bolsillo.

—Ochako llamaría si tu ataque de pánico estuviera justificado. Está tan obsesionada con ese chico como tú.

Eso no se lo podía discutir.

—Vale. Pero me quedaré hasta el domingo como máximo.

—No tiene sentido darse prisa en volver. Además, va a salir el sol.

Ochako dijo que no debemos ir a clase hasta el miércoles.

Yo negué con la cabeza, sin dar mi brazo a torcer.

—Tensei y Fuyumi se comportarán. Sobre todo ella, te ve como un niño

—Me da igual, Eijiro. Con la mala suerte que tiene Deku, seguro que sale a pasear al bosque en el peor momento posible y... —Me encogí, horrorizado—. Pienso volver el domingo.

Eijiro suspiró. Loco de remate.

 

 

 

 

 

 

 

 

Izuku dormía plácidamente cuando entré por la ventana de su dormitorio el lunes a primera hora de la mañana. Había llevado aceite para engrasar el mecanismo —sucumbiendo por completo a los susurros del diablo de mi hombro— y la ventana se desplazó en silencio.

Noté, por el modo en que su cabello yacía revuelto sobre la almohada, que había pasado una noche menos inquieta que cuando lo visité por última vez. Dormía con las manos plegadas bajo la barbilla como un niño pequeño y tenía la boca ligeramente entreabierta. Oía su aliento entrar y salir despacio entre sus labios. Sus pecas. adornando su cuerpo cual lienzo nocturno, trazando miles de contelaciones ansiosas por ser descubiertas, como una noche de primavera, fresa y rebosante de vida, de calor y amor.

Era un alivio increíble estar allí, volver a verlo. Comprendí que nunca acababa de estar tranquilo a menos que lo tuviera delante. Nada iba bien cuando estaba alejado de el. Era increíble mi grado de dependecia hacia este frágil humano de ojos verdes y amor por los comics, simplemente ya no podia ver a nadie mas que el, mi vida entera, la vida de mi vida.

Aunque tampoco iba todo bien si estaba con el. Suspiré e inhalé, dejando que la quemazón me arañara la garganta. Llevaba demasiado tiempo alejado de Deku. El tiempo transcurrido sin dolor ni tentación tornaba mi condición más vehemente ahora. La sensación era tan fuerte que me daba miedo arrodillarme junto a su cama para leer los títulos de sus mangas. Quería conocer las historias que llevaba en la cabeza, pero no solo temía mi sed, me asustaba confirmar que, si me concedía permiso a mí mismo para acercarme demasiado a el, querría estar todavía más cerca.

Sus labios parecían tan suaves y cálidos. Imaginé que los rozaba con la yema del dedo. Con infinita suavidad...

Esa era exactamente la clase de error que debía evitar.

Mis ojos recorrían su rostro una y otra vez en busca de cambios. Los mortales cambiaban todo el tiempo; me ponía nervioso la posibilidad de perderme algo.

Pensé que parecía... cansado. Como si le hubieran faltado horas de sueño este fin de semana. ¿Habría salido?

Me reí con amargura, sin hacer ruido, de lo mucho que esto me inquietaba. ¿Y qué, si lo había hecho? El no me pertenecía. No era mío.

No, no era mío... Y me entristecí de nuevo.

—Mamá —murmuró por lo bajo—. No... Déjame. Por favor...

La arruga de estrés que tenía en el entrecejo, en forma de uve, se le marcaba ahora con fuerza. Lo que fuera que la madre de Deku estuviera haciendo en su sueño le preocupaba. Rodó súbitamente hacia el otro lado de la cama, pero sus párpados no se abrieron.

—Sí, sí —musitó. Acto seguido suspiró—. Ugh. Es demasiado verde.

Una de sus manos se crispó y advertí que tenía arañazos superficiales, apenas curados, en la palma de la mano. ¿Se había hecho daño? Aunque no era una herida grave, no por eso dejaba de inquietarme. A juzgar por la ubicación, debía de haber tropezado. Me pareció una explicación plausible, visto lo visto.

Rogó a su madre unas cuantas veces más y murmuró algo sobre el sol antes de deslizarse a un sueño más tranquilo. Ya no se movió más.

Me reconfortaba pensar que no tendría que dar mil vueltas a cada uno de estos pequeños misterios por siempre. Ahora éramos amigos; o, al menos, intentábamos serlo. Podía preguntarle por el fin de semana, por la playa o por esa actividad nocturna que lo había dejado tan cansado. Podía preguntarle qué le había pasado en las manos. Y reírme con suavidad cuando confirmara mi teoría sobre los arañazos.

Sonreí con dulzura mientras sopesaba si se habría caído al mar. Y me pregunté si lo habría pasado bien en la excursión. Si sus pensamientos habrían viajado hacia mí en algún momento. Si me habría echado de menos, aunque fuera una minúscula parte de lo que yo lo había extrañado a el.

Traté de imaginarlo bajo el sol de la playa. La escena estaba incompleta, sin embargo, porque yo nunca había visitado First Beach. Únicamente conocía su aspecto a través de las fotos.

Me invadió la aprensión cuando pensé en la razón por la que nunca había pisado esa bonita playa situada a poca distancia de mi casa. Izuku había pasado el día en La Push, una comunidad a la que yo tenía prohibido acceder debido a un tratado. Una zona en la que unos cuantos ancianos todavía recordaban las historias sobre los Todoroki; recordaban y creían. Un lugar en el que nuestro secreto se conocía.

Sacudí la cabeza. No tenía que preocuparme por nada. Los quileutes también estaban obligados por el acuerdo a guardar silencio. Aunque Deku se hubiera topado con uno de esos sabios, los ancianos no le habrían revelado nada. Además, por qué iba a salir a colación el tema. No, los quileutes tal vez fueran la menor de mis preocupaciones.

Miré al sol con resentimiento cuando empezó a alborear. Su presencia me recordó que no podría satisfacer mi curiosidad durante los días siguientes. ¿Por qué tenía que empezar a brillar ahora?

Con un suspiro, me escabullí por la ventana antes de que hubiera luz suficiente para que nadie me viera. Tenía pensado quedarme en el frondoso bosque que rodeaba la casa y observar desde allí cómo se dirigía al instituto, pero, cuando alcancé los árboles, descubrí sorprendido el vestigio de su aroma en la angosta senda que se internaba en la espesura.

Lo seguí a toda prisa, con curiosidad al principio y luego preocupado según el rastro me llevaba cada vez más adentro. ¿Qué había estado haciendo Deku en las profundidades del bosque?

El olor cesaba de manera abrupta en mitad de ninguna parte. Se había desviado unos pasos del camino, hacia los helechos, donde había tocado un tronco caído. Tal vez se hubiera sentado allí...

Tomé asiento en el mismo lugar en el que había estado el y miré alrededor. Allí no había nada más que helechos y árboles. Seguramente estaba lloviendo cuando se sentó; el aroma se percibía desvaído, como si no hubiera llegado a impregnar el tronco.

¿Por qué razón había ido Deku hasta allí para sentarse a solas — y había estado solo, de eso no cabía duda— en mitad de un bosque húmedo y lúgubre?

No tenía sentido y, a diferencia de los otros detalles que me habían provocado curiosidad, este asunto no podía sacarlo a colación en una conversación informal.

Bueno, Deku, estuve siguiendo el rastro de tu aroma por el bosque el otro día, al salir de tu dormitorio... Fue un allanamiento sin importancia, no te preocupes. Solamente estaba... exterminando arañas. Sí, sería un comienzo excelente para romper el hielo. Odiaba mi nula capacidad social y mi mirada de hielo

Nunca sabría qué había estado haciendo el allí, ni qué pensaba, y no podía salvo rechinar los dientes de pura frustración. Lo que era peor, esto se parecía demasiado al escenario que le había pintado a Eijiro: Deku vagando a solas por los bosques, donde su aroma atraería a cualquiera que estuviera en posesión de los sentidos necesarios para rastrearlo.

Gemí. No solamente tenía mala suerte, además la tentaba.

Bueno, de momento contaba con un guardián. Yo lo vigilaría e impediría que le hicieran daño durante tanto tiempo como pudiera justificarlo.

De pronto me sorprendí a mí mismo deseando que la estancia de Tensei y Fuyumi fuera muy larga.

Chapter Text

Los invitados de Tenya pasaron dos días soleados en Forks, pero yo apenas los vi. La única razón por la que pasé por casa fue para que Yamada no se preocupara. Por lo demás, mi existencia parecía más propia de un espectro que de un vampiro. Merodeaba invisible entre las sombras, desde donde podía seguir al objeto de mi amor y mi obsesión, verlo y oírlo a través de las mentes de los afortunados humanos que podían caminar junto a el bajo el sol. A veces, le rozaban la mano con la suya sin querer, pero el nunca parecía reaccionar a ese contacto: la piel de los demás era tan cálida como la suya.

El lunes por la mañana espié una conversación que tenía el potencial de destruir mi confianza en mí mismo y de convertir en una tortura el tiempo que pasaba lejos de el. Sin embargo, terminó alegrándome el día.

No me quedaba otro remedio que sentir un poco de respeto por Tuoya Himura: era más valiente de lo que yo había dado por supuesto. No se había contentado con rendirse y retirarse a lamerse las heridas, sino que tenía intención de volver a intentarlo.

Deku llegó bastante temprano al instituto. Al parecer, quería disfrutar del sol mientras durase, así que se sentó en uno de los bancos de las mesas de pícnic a esperar que sonara la campana. Su cabello reflejaba el sol de formas diversas e inusitadas; resplandecía con unos destellos negros y verdes que no me esperaba.

Allí, garabateando de nuevo en un nuevo cuaderno y moviendo los labios como si murmurara, fue donde lo encontró Tuoya, encantado con su buena suerte. Mientras tanto, yo no podía más que observar, impotente, atrapado en las sombras del bosque por la brillante luz del sol. Era una agonía.

El lo saludó con entusiasmo; aquello lo puso eufórico y a mí... lo opuesto.

¿Ves? Le gusto. No sonreiría así si no le gustara. Seguro que quiere ir conmigo al baile. ¿Qué habrá en Seattle que sea tan importante?

El chico reparó en el cambio de su cabello.

—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos verdes.

Le cogió un mechón con dos dedos y arranqué sin querer el joven abeto sobre el que descansaba mi mano.

—Solo al sol —respondió el.

Para mi profunda satisfacción, se apartó un poco cuando él le colocó el mechón detrás de la oreja. Tuoya tardó un minuto en aunar el coraje necesario e hizo tiempo con una conversación trivial. El le recordó que tenían que entregar un trabajo el miércoles. A juzgar por la expresión ligeramente petulante de su rostro, Deku ya lo había terminado. En cambio, a él se le había olvidado por completo, lo que disminuía en gran medida su tiempo libre.

Por fin fue al grano —mientras yo apretaba los dientes con tanta fuerza que habría sido capaz de pulverizar granito—, pero ni siquiera entonces fue capaz de preguntárselo directamente.

—Te iba a preguntar si querías salir.

—Ah —respondió el.

Se produjo un breve silencio.

¿«Ah»? ¿Y eso qué quiere decir? ¿Me va a decir que sí? Un momento... Creo que en realidad no se lo he preguntado.

Tuoya tragó saliva.

—Bueno, podríamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más tarde.

Serás estúpido... Eso tampoco es una pregunta.

—Dabi...

Me golpeó una oleada de celos agónicos y furiosos tan poderosa como la de la semana anterior. Sentí la necesidad de cruzar hasta donde estaban a toda prisa, a una velocidad superior a la que es capaz de registrar el ojo humano, y llevármelo, apartarlo de aquel chico al que, en aquel momento, odiaba tanto que lo podría haber matado sin una razón más allá de mi propio disfrute.

¿Aceptaría salir con él?

—Creo que no es una buena idea.

Volví a respirar. Mi cuerpo rígido se relajó.

Resulta que lo de Seattle era solo una excusa, después de todo. No debería habérselo pedido. ¿En qué estaba pensando? Seguro que es por ese bicho raro de Todoroki.

—¿Por qué? —preguntó él con resentimiento.

—Creo... —vaciló—. Y te voy a dar una buena tunda sin remordimiento alguno como repitas una sola palabra de lo que voy a decir. —Oír una amenaza en boca de el me hizo reír en voz alta.

Un arrendajo graznó, sobresaltado, y se alejó de mí a toda prisa—. Pero creo que eso heriría los sentimientos de Toga.

—¿Toga?

¿Qué dice? Pero... Ah. Ya. Supongo que... Vaya.

Sus pensamientos habían perdido toda coherencia.

—De verdad, Tuoya, ¿estás ciego?

Estaba de acuerdo con Deku. No debería esperar que todo el mundo fuese igual de intuitivo que el, pero en este caso era más que evidente. A Tuoya le había costado muchísimo atreverse a preguntarle a Deku si quería salir con él, pero ¿acaso había imaginado que a Toga le había resultado igual de difícil? Debía de ser su egoísmo lo que lo cegaba respecto a los demás. Deku, en cambio, era tan poco egoísta que lo veía todo.

Toga. Vaya. Guau. Vaya...

—Vaya —balbució.

Deku aprovechó su confusión para marcharse.

—Es hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.

A partir de entonces, Dabi se convirtió en un punto de vista poco fiable. A medida que le daba vueltas al asunto de Toga, fue descubriendo que no le desagradaba la idea de resultarle atractivo a la chica. Para él era un segundo plato; habría preferido que fuese Deku quien se sintiera así.

Bueno, es guapa, supongo. De cuerpo no está mal, tiene mejor figura que Deku. Mejor pájaro en mano...

Y se marchó, perdiéndose en nuevas fantasías, tan vulgares como las que protagonizaba Deku, solo que estas solo me irritaban, no me enfurecían. No se merecía a nadie, para él eran casi intercambiables. Después de aquello, me mantuve alejado de su mente.

Cuando ya no lograba ver a Deku, me acurruqué contra el tronco fresco de un enorme madroño y dancé de mente en mente para no perderlo de vista. Siempre era un placer poder verlo a través de los ojos de Tsuyu Asui. Ojalá hubiera alguna forma de darle las gracias a esa chica, solo por ser una persona amable. Pensar que Deku tenía una amiga que merecía la pena me hacía sentir mejor.

Contemplaba el rostro de Deku desde cualquier ángulo disponible. Estaba disgustado por algo. Esto me sorprendió, ya que pensaba que el sol bastaría para hacerlo sonreír. A la hora de comer, lo vi mirar una y otra vez a la mesa vacía de los Todorki, y sentí que me ponía eufórico. Quizá el también me echaba de menos.

Después de clase, Deku tenía planes para salir con los otros chicos —yo planeé de inmediato la vigilancia subsiguiente—, pero Toga los pospuso porque Dabi la había invitado a acompañarlo en la cita que había organizado para Deku.

Así pues, me dirigí a su casa para hacer un rápido barrido por el bosque y asegurarme de que no había nadie peligroso por las inmediaciones. Sabía que Tenya había avisado a su antiguo hermano de que debía evitar el pueblo —mencionando mi locura a modo de explicación a la vez que lo advertía del peligro—, pero no pensaba arriesgarme. Tensei y Fuyumi no tenían ninguna intención de causar animosidad en el seno de mi familia, pero no debía olvidar la naturaleza cambiante de las intenciones.

De acuerdo, estaba exagerando. Era consciente de ello.

Deku, como si supiera que yo lo observaba, como si sintiera compasión de mi agonía cuando no podía verlo, salió al patio trasero tras pasar una larga hora en el interior de la casa. Tenía un manga en la mano y una manta bajo el brazo.

Trepé con sigilo a las ramas más altas de un árbol cercano que daba al patio. El extendió la manta sobre la hierba húmeda, se tumbó boca abajo y empezó a hojear las páginas del ajado manga — que obviamente había sido leído incontables veces— mientras trataba de encontrar el punto donde se había quedado. Leí por encima de su hombro.

Vaya, más superheroes. Le gustaba MHA. Saboreé el efecto que la luz del sol y el aire libre ejercían sobre su aroma. El calor parecía endulzar su fragancia y mi garganta ardía de deseo; había pasado tanto tiempo alejado de el que el dolor era fresco y, de nuevo, feroz. Dediqué un momento a controlarlo y me obligué a respirar por la nariz.

Leía rápido, cruzando y descruzando los tobillos en el aire, sus tenis rojos resaltaban, parecia gustarle ese color de calzado, me pregunte si seria de mala educación regalarle unos personalizados de alguna marca reconocida. Yo ya conocía el tomo, aunque no lo habia leido en el idioma original, así que no lo acompañé en su lectura. Me dediqué a contemplar cómo el viento y la luz del sol jugueteaban sobre su cabello hasta que, de repente, se quedó rígido, con la mano congelada sobre el papel. Había llegado a la última página del segundo capítulo. Una escena de pelea, donde el protagonista trata de ayudar a su rival para que no siga cargando odio y resentimiento en su vida, una forma de liberarlo de su pasado y sus ataduras.

Cogió un montón de páginas y las pasó de golpe, casi como si algo de lo que había leído lo hubiese enfurecido. ¿Pero el qué? La historia acababa de empezar; el autor estaba planteando el primer conflicto entre suegro y yerno. Presentaba al héroe, Shoto Mori, y ensalzaba los méritos de Yamikumo Mido. Repasé de memoria el capítulo anterior en busca de algo que pudiera resultarle ofensivo en la narración dedicada al enfrentamiento emocional de Kohei. ¿Qué podría haberlo disgustado?

Se detuvo en una página en la que se leía el título de Furue! Charenjā . Iba a empezar otro capítulo. Sin embargo, no pasó de la séptima página de ese capítulo. Esta vez sí leí junto a el pero seguía sin encontrar algo malo, el protagonista habia perdido pero relataba sobre la mirada triste de su adversario y la necesidad de salvarlo, Deku apretó los dientes y cerró el tomo de golpe. Respiró hondo, como si quisiera serenarse, arrojó el manga a un lado y rodó hasta quedar tumbado boca arriba. Entonces se arremangó, dejando la piel de los antebrazos expuesta al sol.

¿Por qué reaccionaba de ese modo a una historia que ya conocía? Otro misterio. Suspiré.

Se quedó muy quieto; solo se movió una vez para apartarse el cabello de la cara. Tenía la melena desplegada alrededor de la cabeza, como un arbusto verde oscuro, mezclando los reflejos negros con los verdes que le daban un aire etéreo. Después se quedó inmóvil de nuevo. Ofrecía una imagen muy apacible, allí tumbado a la luz del sol. Respiraba con más suavidad, pues había recuperado la paz que un rato antes parecía hhaberlo abandonado. Tras unos largos minutos, le empezaron a temblar los labios. Murmuraba en sueños.

Sentí un incómodo ramalazo de culpa, porque lo que estaba haciendo en aquel momento no era precisamente bueno, pero no era ni la mitad de malo que mis actividades nocturnas. En realidad, ni siquiera estaba cometiendo allanamiento —las raíces del árbol se hallaban en el solar de al lado—, ni ningún otro acto delictivo. Sin embargo, sabía que cuando cayera la noche continuaría por la senda del mal.

Incluso ahora, una parte de mí deseaba cometer allanamiento. Deseaba saltar al suelo, aterrizar con sigilo sobre los dedos de los pies y penetrar poco a poco en el brillante círculo de luz solar que lo rodeaba, solo para estar más cerca de el, para oírlo murmurar palabras como si me las estuviera susurrando a mí.

No era mi cuestionable moralidad lo que me impedía hacerlo, sino el aspecto que me confería la luz del sol. Ya era bastante malo que mi piel fuese pétrea e inhumana en las sombras; no quería verme al lado de Deku iluminado por el sol. La diferencia entre los dos ya era insalvable, ya dolía lo suficiente sin esa imagen en la cabeza. ¿Se podía ser más grotesco? Imaginé el terror de su mirada si abría los ojos y me descubría junto a el.

—Mmm... —gimió.

Retrocedí hasta apoyarme en el tronco del árbol, sumergiéndome más entre las sombras. El suspiró.

—Mmm...

No temí que se hubiera despertado. Su voz no era más que un murmullo suave y anhelante.

—Shou-chan... Ah...

¿Shou-chan? Recordé el pasaje donde había interrumpido su lectura, justo cuando habían mencionado al rival por primera vez. ¡Ajá! Comprendí, de un ánimo sombrío, que no estaba soñando conmigo. Mi desprecio por mí mismo regresó con fuerza. Soñaba con personajes de ficción. Quizá había sido así todo el tiempo, y todos sus sueños los había protagonizado Hugh Grant con un uniforme de secundaria. Eso me pasaba por arrogante.

No volvió a decir nada inteligible. La tarde pasó sin que yo dejara de observarlo, presa, una vez más, de la impotencia. El sol descendió poco a poco desde el cielo y las sombras empezaron a arrastrarse hacia el por el césped. Quise apartarlas, pero, por supuesto, la oscuridad era inevitable. Al final, las sombras lo envolvieron. Cuando la luz se hubo esfumado, su piel adquirió un aspecto demasiado pálido, fantasmal, sus pecas parecían desaparecer dejando ese color lechoso. El cabello volvía a verse oscuro, casi negro alrededor de su rostro.Sin matices de ese verde que habia comenzado a adorar, como si fuese una imagen sagrada.

La imagen me resultó aterradora, como si estuviera presenciando las visiones de Ochako convirtiéndose en realidad. Los latidos fuertes y rítmicos de Deku eran mi único consuelo, el único sonido que evitaba que aquel momento se convirtiera en una pesadilla.

Me sentí aliviado cuando su padre llegó a casa.

Oía poco de sus pensamientos a medida que el coche se acercaba a la casa. Sentía vagamente que estaba molesto... Pero ya había pasado, era algo relacionado con el trabajo. Sentía expectación por algo y eso se entremezclaba con el hambre: supuse que tenía ganas de cenar. Sin embargo, sus pensamientos eran tan silenciosos y contenidos que no estaba seguro de haber acertado. Solo percibía lo más esencial. Me pregunté cómo serían los pensamientos de la madre de Izuku, qué combinación genética había dado lugar a una persona tan particular.

Cuando las ruedas del coche de su padre golpearon el camino pavimentado de la entrada, Deku se despertó sobresaltado y se incorporó de golpe. Miró a su alrededor, confundido por la repentina oscuridad. Por un instante, su mirada acarició las sombras donde me escondía, pero enseguida apartó la vista.

—¿Hizashi? —preguntó en voz baja, mirando los árboles que rodeaban el pequeño patio.

 

La puerta del coche se cerró de golpe y el miró hacia la fuente del sonido. Se puso de pie a toda prisa y recogió sus cosas, no sin mirar una vez más hacia el bosque. Me desplacé hasta un árbol que estaba junto a la ventana de atrás, la más cercana a la pequeña cocina, y escuché cómo transcurría su velada. Comparar las palabras de Hizashi con sus vagos pensamientos era interesante. El amor y la preocupación que sentía por su único hijo eran abrumadores y sus palabras, en cambio, siempre concisas y triviales. La mayoría del tiempo se hacían compañía en silencio.

La oí hablar de sus planes para ir de compras a Port Angeles la tarde siguiente con Toga y Tsuyu y, mientras lo escuchaba, fui trazando los míos propios. Tenya no había advertido a Tensei y Fuyumi que se mantuvieran alejados de Port Angeles. Aunque yo sabía que se habían alimentado hacía poco y que no tenían intención de ir de caza por las inmediaciones de nuestro hogar, iría a vigilarlo, por si acaso. Al fin y al cabo, por ahí fuera rondaban otros de mi especie y, además, ahora debía tener en cuenta todos esos peligros humanos que nunca antes había tomado en consideración.

Le dijo a su padre que le preocupaba no estar para hacerle la cena y sonreí al ver confirmada mi teoría: sí, aquí también era el quien se hacía cargo de los cuidados.

Me fui, consciente de que volvería cuando estuviese dormido, ignorando todo argumento ético y moral contrario a mi comportamiento. Pero, por supuesto, no violaría su intimidad como lo haría un mirón cualquiera. Estaba aquí para protegerlo, no para contemplarlo con la misma lujuria con la que sin duda lo haría Tuoya Himura, de ser lo bastante ágil como para desplazarse por las copas de los árboles. Yo no lo trataría de forma tan burda.

No había nadie en casa cuando llegué. Mejor así. No echaba de menos esos pensamientos confusos o desdeñosos que cuestionaban mi cordura. Eijiro me había dejado una nota en el poste de la escalera.

«¿Partido de fútbol en el campo Rainier? ¡Venga, por favor!».

Busqué un bolígrafo y escribí «lo siento» debajo de su súplica. De todas maneras, sin mí eran pares para hacer los equipos.

Me fui de caza. Fue una excursión muy breve; me conformé con criaturas más pequeñas y amables, menos sabrosas que los demás depredadores. Luego me puse una muda limpia y regresé corriendo a Forks.

Esa noche Deku no durmió bien. Se revolvía bajo las mantas, con el semblante a veces preocupado y otras veces triste. Me pregunté cuál sería la pesadilla que lo atormentaba... y entonces me di cuenta de que tal vez no quería saberlo.

Cuando hablaba, era sobre todo para mascullar algo despectivo sobre Forks con tono melancólico. Solo una vez, cuando murmuró la palabra «vuelve» en un suspiro y abrió la mano de forma súbita — un ruego mudo—, tuve la oportunidad de desear que estuviese soñando conmigo.

Al día siguiente, el último día que el sol me tendría prisionero, la jornada de instituto se desarrolló más o menos igual que el día anterior. Deku tenía un aspecto todavía más taciturno y me pregunté si cancelaría sus planes. No parecía estar de humor para ir de compras. Sin embargo, se trataba de Deku, así que lo más probable era que pusiera el deleite de sus amigas por encima del suyo.

Llevaba puesta una camisa negra que resaltaba a la perfección su piel de color cremoso.

Cuando terminaron las clases, Toga les dijo a los dos que pasaría a buscarlos más adelante. Fui a casa a por mi coche. Al descubrir que Tensei y Fuyumi estaban allí, decidí que podía darles a las chicas y el chico, el único en mi vida, alrededor de una hora de ventaja. De todos modos, me habría costado horrores seguirlas conduciendo al límite de velocidad. Qué espanto.

Todos estaban reunidos en el luminoso salón. Tanto Tensei como Fuyumi se percataron de que estaba distraído cuando los saludé y me disculpé sin entusiasmo por mi ausencia. Besé a Fuyumi en la mejilla y le estreché la mano a Tensei, pero luego no fui capaz de concentrarme lo suficiente para unirme a la conversación. En cuanto pude, me excusé educadamente, me senté al piano y empecé a tocar con suavidad.

Qué criatura más tierna, pensó Fuyumi, que tenía el cabello blanco y varias mechas rojas y una complexión similar a la de Ochako pero mayor en edad, tal vez unos ocho o siete años. Y eso que la última vez que vinimos fue muy serio, ahora parece haber encontrado lo que le faltaba.

Los pensamientos de Tensei pupulaban sobre mi actitud, tambien pero no de la misma forma.

 

Debe de ser por comer animales. La falta de sangre humana los acaba volviendo locos, concluyó. Tenía el pelo tan oscuro que parecia azul y casi tan largo como su compañera. Eran muy parecidos, excepto en el tamaño: él era casi tan alto como Eijiro. Siempre me había parecido que hacían buena pareja.

¿Para qué se molesta en venir a casa?, pensó Katsuki con desdén.

Oh, Shoto. Cómo odio verlo sufrir. La preocupación de Yamada empezaba a empañar su felicidad. Hacía bien en preocuparse. La historia de amor que había imaginado para mí se inclinaba hacia la tragedia con más claridad a cada segundo que pasaba.

Diviértete en Port Angeles esta noche, pensó Ochako alegremente.

Ya me dirás cuándo puedo hablar con Deku.

Eres patético. No me puedo creer que te perdieras el partido de anoche por ver a alguien dormir, gruñó Eijiro, no lo consideraba nada masculino.

Al cabo de unos segundos, todos salvo Yamada dejaron de pensar en mí, así que seguí tocando de forma muy sutil para no llamar la atención. Pasé largo rato sin prestarles atención, permitiendo que la música aliviara mi inquietud. No tener a Deku a la vista siempre era angustioso. Volví a reparar en la conversación cuando empezaron las despedidas.

—Si vuelves a ver a Mei —dijo Tenya con cierto recelo—, dile que le deseo lo mejor.

 

Mei era la vampira que había creado a Tenya y a Tensei; a Tenya a finales del siglo XIX y a Tensei hacía menos tiempo, en los años cuarenta. En una ocasión, cuando vivíamos en Calgary, había venido en busca de Tenya. Había sido una visita memorable... Tuvimos que mudarnos de inmediato. Tenya le pidió educadamente que en el futuro se mantuviera alejada de nosotros.

 

—No creo que nuestros caminos vayan a cruzarse pronto — respondió Tensei con una carcajada. Era innegable que Mei era peligrosa y ella y Tensei no se tenían mucho aprecio. Al fin y al cabo, él había tenido un papel clave en la deserción de Tenya. Este había sido siempre el preferido de Mei; para ella, el hecho de haber intentado matarlo era una nimiedad—. Pero si es así, lo haré, no lo dudes.

Se dieron un apretón de manos, preparándose para su partida. Dejé que la canción que tocaba se fuese apagando hasta llegar a un insatisfactorio final y me puse en pie a toda prisa.

—Fuyumi, Tensei... —Asentí.

—Me alegro de volver a verte, Shoto —dijo Fuyumi, vacilante, sabia que queria decirme varias cosas pero se limito a decirlas de manera mental y si hubiese sido capaz de sonrojarme lo habria hecho.

Tensei se limitó a imitar mi gesto.

Pirado, me espetó Eijiro

Idiota, pensó Katsuki al mismo tiempo.

Pobre listener se lamentó Yamada.

Y Ochako, en tono de reprimenda, añadió: Se van hacia el este, a Seattle. Bien lejos de Port Angeles. Me mostró pruebas en forma de visiones.

Fingí no haberlo oído. Mis excusas ya eran lo bastante inconsistentes.

Cuando me subí al coche, me tranquilicé un poco. El robusto ronroneo del motor, cuya potencia Katsuki había aumentado para mí —el año anterior, cuando estaba de mejor humor—, me relajaba. Ponerme en marcha fue un alivio, pues sabía que, con cada kilómetro que pasaba volando bajo mis ruedas, estaba más cerca de Izuku. Mi Sol.

Chapter Text

Cuando llegué a Port Angeles, descubrí que no podía adentrarme en la ciudad. El sol resplandecía demasiado y seguía en lo alto del cielo y, aunque llevaba las lunas tintadas para protegerme, no había razón para correr riesgos innecesarios. O más riesgos innecesarios, debería decir.

Qué condescendiente había sido en el pasado al juzgar a Eijiro por sus actos irreflexivos o a Tenya por su falta de disciplina. Ahora era yo quien incumplía conscientemente las reglas, con un abandono y una insensatez que, en comparación, convertía sus fallas en nimiedades. Yo solía ser el responsable. Siempre siendo el hijo perfecto en este mundo tan difuso, sin la necesidad de demostrar más emociones de las necesarias, tenía demasiado metido en la piel al chico, el único en lo que durara mi existencia porque vida no era lo que yo tenia, vida era el, la autentica representación con sus rizos verdosos que recordaban a la naturaleza, las pecas cual estrellas en el firmamento, esa piel clara y rosada que indicaba salud y los ojos mas expresivos y dulces del mundo, luceros que se convertían en mi puerto seguro, la ancla que me hacia permanecer cuerdo.

Suspiré.

Estaba seguro de que sería capaz de encontrar los pensamientos de Toga desde la distancia. Los suyos eran más escandalosos que los de Tsuyu, pero, una vez que encontrase a la primera, no tardaría en oír a la segunda. Más tarde, cuando las sombras empezaran a alargarse, podría acercarme más. Salí de la carretera justo antes de entrar a la ciudad y me detuve en un camino que no parecía usarse con demasiada frecuencia. Me llamaba la atención que invitaran a un chico a este tipo de cosas, los chicos normalmente iba separados para ordenar ramilletes en alguna floristería sofisticada y después se irían al cine o, si eran todavía seguidores de los lugares retro, algún arcade.

Sabía en qué dirección buscar: en Port Angeles no había muchas tiendas de vestidos. No tardé en encontrar a Toga, que daba vueltas frente a un espejo tríptico, y entonces vi a Deku en su visión periférica, alabando el vestido negro y largo que su amiga llevaba puesto. El tenia un conjunto oscuro que le sentaba de manera esplendida pero lucía ciertamente incomodo, como si no estuviese acostumbrado a ocupar ese tipo de prendas. Traté de imaginarlo con un traje de color café, una boina ocultando parcialmente sus rizos alborotados y de haber podido mi corazón se hubiese saltado un latido, la imagen mental era sobrecogedora, una belleza.

Deku sigue cabreado, ja, ja. Tsuyu tenía razón, Ojiro es un engreído. Pero no me puedo creer que le haya molestado tanto. Al menos el sabe que tiene una cita asegurada para el baile de fin de curso. ¿Y si Tuoya no se lo pasa bien en el baile del sábado y no me vuelve a pedir salir? ¿Y si le pide a Deku que vaya al baile de fin de curso con él? ¿Pensará que es más guapo que yo? ¿Piensa el que es más guapo que yo? ¿Cree qué por ser chico tiene más posibilidades? ¿Tendré yo, más posibilidades?

—Creo que el azul me gusta más. Te resalta mucho el color de los ojos, el ámbar parece brillar.

Toga le sonrió a Deku con falso afecto mientras lo miraba con suspicacia.

¿Lo piensa de verdad? ¿O quiere que el sábado parezca una vaca? ¿Incluso un chico sabe como combinar colores o solo lo dice porque quiere que haga el ridículo?

Ya me estaba hartando de escuchar a Toga. Busqué a Tsuyu a su alrededor, pero la chica se estaba cambiando de vestido, así que salí a toda prisa de su mente para darle un poco de intimidad. Las mujeres siempre me dieron incomodidad, incluso con mi habilidad era díficil entenderlas. 

Bueno, Deku no podía meterse en muchos líos en unos grandes almacenes. Decidí dejar que hicieran sus compras y volver cuando hubieran acabado. El cielo no tardaría mucho en oscurecerse: las nubes estaban volviendo, flotando a la deriva desde el oeste. Solo alcanzaba a atisbarlas intermitentemente a través de los gruesos árboles, pero sabía que acelerarían la llegada del crepúsculo. Les di la bienvenida, ansiaba sus sombras mucho más de lo que nunca antes las había anhelado. Al día siguiente volvería a sentarme junto a Deku en el instituto, volvería a monopolizar su atención a la hora de comer. Podría hacerle todas las preguntas que me había estado guardando. Podría contar a mi antojo sus pecas, observar sus rizos caer y crear sombras sobre sus ojos verdes, perderme en ese bosque profundo.

Así que estaba furioso por lo que Ojiro había dado por hecho. Yo ya lo había visto en la mente del chico: cuando le había dicho a Deku que todavía les quedaba el baile de fin de curso, lo había hecho de forma literal, estaba reclamando su territorio. Recordé la expresión de incredulidad e indignación de Deku de la tarde anterior y me eché a reír. Me pregunté qué le diría a Ojiro. ¿O quizá preferiría fingir ignorancia, marcarse un farol y esperar que eso lo disuadiera? Sería interesante ver qué hacía, cualquier cosa que el chico de ojos color vida hiciera sería interesante.

El tiempo pasaba despacio mientras esperaba a que las sombras se alargaran. De vez en cuando echaba un vistazo a los pensamientos de Toga; su voz interior era la más fácil de encontrar, pero no me gustaba permanecer ahí mucho tiempo. Vi el lugar donde pensaban ir a cenar. Para entonces ya habría oscurecido... Quizá yo elegiría el mismo restaurante por casualidad. Me metí la mano en el bolsillo y toqué el teléfono, pensando en invitar a Ochako a que me acompañase. Estaría encantada, pero también querría hablar con Deku. No estaba convencido de querer que el chico acabase más involucrado en mi mundo. ¿No tenía ya bastantes problemas con un solo vampiro? Una familia entera a tu disposición no era el sueño de cualquier adolescente, mucho menos de alguien tan puro como el que le había dado luz a mi pobre y nada importante existencia.

Volví a echar un vistazo rutinario a Toga. Estaba pensando en sus joyas y le pedía opinión a Tsuyu.

—Igual debería devolver el collar. En casa tengo uno que seguramente me combine y ya me he gastado más de lo que debía. Mi madre se subirá por las paredes. ¿Cómo se me ha ocurrido?

—No me importa volver a la tienda. Pero ¿no crees que Deku nos estará buscando?

¿Qué quería decir eso? ¿Izuku no estaba con ellas? Primero miré a través de los ojos de Toga y luego cambié a los de Tsuyu. Estaban en la acera frente a una hilera de tiendas y acababan de dar media vuelta. Izuku no estaba por ninguna parte. La ansiedad y preocupación empezaban a asentarse en mi ser.

Uf, ¿y a quién le importa Deku?, pensó Toga con impaciencia antes de responder la pregunta de Tsuyu.

—Estará bien. Llegaremos al restaurante con tiempo de sobra aunque volvamos a la tienda. Además, me parece que le apetecía estar solo, a los chicos no les gusta estar pegados a las chicas, sobre todo cuando vamos de compras, probablemente este en una tienda de videojuegos, creo que tenia que recoger un encargo, un libro o algo así.

Vislumbré una imagen fugaz de la librería a la que Toga pensaba que Deku había ido.

—Bueno, pues démonos prisa —contestó Tsuyu. Espero que Deku no piense que le hemos dado esquinazo. Antes, en el coche, ha sido muy amable conmigo. Pero ha estado un poco triste todo el día. ¿Será por Shoto Todoroki? Seguro que por eso nos ha preguntado por su familia.

Tendría que haber prestado más atención me reprendí duramente. ¿Qué me había perdido? ¿Deku estaba deambulando por ahí solo y había preguntado por mí? Tsuyu estaba escuchando a Toga—que parloteaba y parloteaba sobre el imbécil de Tuoya— y ya no iba a conseguir sacarle más información, no debí perderlo de vista, cualquier cosa podría pasar, un conejito en un lugar lleno de zorros.

Evalué las sombras. El sol no tardaría en esconderse tras las nubes. Si me quedaba en la parte oeste de la carretera, donde los edificios proyectarían su sombra bajo la tenue luz...

Mientras conducía a través del escaso tráfico hacia el centro de la ciudad, empecé a ponerme nervioso. No había previsto que Deku se marchase solo y no tenía ni idea de cómo encontrarlo. ¡Debería haber considerado la posibilidad!

Conocía bien Port Angeles. Fui directo hasta la librería que había visto en la mente de Toga con la esperanza de que mi búsqueda fuese breve, pero dudaba que fuera a ser tan fácil. Izuku nunca me lo ponía fácil.

Por supuesto, la pequeña librería estaba vacía, salvo por la mujer de ropajes anacrónicos que se encontraba tras el mostrador. No parecía la clase de sitio que a Deku le resultaría interesante, era demasiado new age para alguien tan pragmático, aunque no  podía asegurar nada, no lo conocía bien, no sabía como había sido su vida en Japón, un lugar más avanzado. Me pregunté si se habría molestado siquiera en entrar.

Encontré un lugar en la sombra donde aparcar. Desde allí se extendía un camino oscuro que llegaba justo hasta la marquesina de la tienda. No debía hacerlo. Pasearme durante las horas de sol no era seguro. ¿Y si un rayo de sol se reflejaba en un coche y me iluminaba justo en el peor momento?

Pero ¡no sabía de qué otro modo buscar a Izuku! Saber de el era más importante, el era más importante que yo.

Aparqué, salí del coche y caminé sin apartarme del lado en el que las sombras eran más densas. Entré en la librería a grandes zancadas al captar ligeras trazas del aroma de Deku en el aire. Había estado allí, en aquella acera, pero no había restos de su fragancia en el interior de la tienda.

—¡Bienvenido! ¿Puedo ayudar...? —comenzó a decir la librera, pero yo ya me había marchado.

Seguí el olor de Deku tanto como me permitieron las sombras y me detuve al borde de las mismas, justo donde empezaba la luz del sol. ¡Qué impotente me sentía! Estaba atrapado por esa línea que separaba la luz de la oscuridad y que se extendía a lo largo de la acera ante mis ojos. No me quedó más remedio que deducir que habría continuado calle abajo, en dirección al sur. Por allí no había nada. ¿Se había perdido? Aquella posibilidad no parecía improbable, tratándose de el...

Volví al coche y conduje despacio por las calles, buscándolo. Me apeé en algunas otras zonas que también se hallaban sumidas en la sombra, pero solo percibí su olor una vez más, y la dirección que había tomado me resultó confusa. ¿Adónde intentaba ir? El chico realmente me confundía, no lo entendía.

Conduje de la librería al restaurante varias veces con la esperanza de avistarla. Toga y Tsuyu ya estaban allí e intentaban decidir si pedir o esperarlo. Toga insistía en pedir de inmediato.

Empecé a ir de una mente a otra, a mirar a través de los ojos de desconocidos. Alguien tenía que haberlo visto en algún sitio.

Cuanto más tiempo pasaba sin encontrarlo, más angustiado me sentía. No había previsto lo difícil que podía llegar a ser dar con el cuando, como en aquel momento, estaba lejos de mi vista y apartado de sus caminos habituales.

Las nubes seguían agrupándose en el horizonte; en unos minutos sería libre para seguirlo a pie. Entonces no tardaría mucho en encontrarlo; el sol era lo único que me detenía, llenándome de impotencia. Solo unos minutos más y volvería a tener la ventaja, sería el mundo humano quien quedaría indefenso.

Otra mente, y otra. Eran tantos y tantos los pensamientos triviales...

... creo que el bebé vuelve a tener otitis...

¿Era seis-cuatro-cero o seis-cero-cuatro? Otra vez tarde. Tengo que decírselo...

¿Qué haces?

Ahí, al fin, estaba su rostro. ¡Por fin alguien se había fijado en el! Pero el alivio solo duró una fracción de segundo, hasta que leí más a fondo los pensamientos del hombre que se regodeaba con la expresión de Deku mientras el vacilaba entre las sombras, parecía confundido y asustado, cons sus ojos abiertos y totalmente expresivos.

La mente del hombre me era extraña, pero no del todo desconocida. Antaño me había dedicado a cazar mentes idénticas a la suya.

—¡NO! —rugí.

Un torrente de gruñidos brotó de mi garganta. Pisé a fondo el pedal del acelerador, pero ¿para ir adónde?

Sabía de dónde venían sus pensamientos, pero la ubicación no era lo bastante específica. Tenía que haber algo, lo que fuera, el letrero de la calle, un escaparate, cualquier cosa en su campo de visión que delatara su localización exacta. Pero Deku estaba sumergido en las sombras y los ojos de él estaban clavados en su expresión aterrorizada. Disfrutaba de su miedo, al parecer ya se habian encontrado antes.

El rostro de Deku se difuminaba en la mente del hombre, mezclándose con otros. No era su primera víctima, rostros femeninos y masculinos por igual.

El sonido de mis rugidos sacudió el coche, pero eso no me distrajo. No había ventanas en la pared a espaldas de Deku. Era una zona industrial, alejada del transitado distrito comercial. Doblé una esquina derrapando con las ruedas del coche y adelanté a otro vehículo, en dirección a lo que esperaba que fuese el lugar correcto. Para cuando el otro conductor hizo sonar la bocina, yo ya estaba muy lejos.

¡Mira cómo tiembla! El hombre se rio, expectante. Era el miedo lo que lo atraía, esa era la parte que disfrutaba.

—No traigo mucho, pero si quieren...

La voz de Deku era grave y firme; no chillaba, a pesar de tener una pistola a pocos metros de el.

—Tenemos que ser discretos, Guarda la pistola.

Observó cómo el se estremecía al ver el arma bajar y ya no ser dirigida hacia su persona, aunque parecia estar atento a alguien que venía de otra dirección. La actitud lo irritó. ¡Cierra el pico, Jeff!, pensó, pero le encantó ver la manera en que el dudaba, sopesando si valdría la pena correr. Lo excitaba. Empezó a imaginar sus súplicas, la forma en que le rogaría...

No me había dado cuenta de que había otros con él hasta que no escuché la fuerte risotada. Miré a través de sus ojos, desesperado por encontrar algo útil. Dio un primer paso hacia el mientras flexionaba las manos, tenia una tuberia que pasaba de una mano a otra, disfrutando del peso.

Las mentes que lo rodeaban no eran un pozo de oscuridad, como la suya. Todos iban un poco ebrios y ninguno se había dado cuenta de lo lejos que pensaba llegar el hombre al que llamaban Lanny. Lo seguían ciegamente: les había prometido un poco de diversión...

Uno de ellos echó un vistazo hacia el final de la calle, nervioso. No quería que lo pillaran golpeando a un simple chico. Me dio lo que necesitaba: reconocí la intersección hacia la que miraba.

Crucé volando un semáforo en rojo, pasando por un espacio apenas lo bastante ancho entre dos coches en movimiento. Los bocinazos retumbaron a mi paso.

Me vibraba el teléfono en el bolsillo, pero lo ignoré.

Lanny se acercó despacio hacia el chico, alargando el suspense, el momento de terror que lo excitaba. Esperó a oírlo gritar, dispuesto a saborear el instante, listo con la valla metálica.

Sin embargo, Deku apretó los dientes y se preparó. Eso lo sorprendió; esperaba que echara a correr. Estaba sorprendido y ligeramente decepcionado. Le gustaba perseguir a su presa, sentir la adrenalina de la caza.

Este es de los valientes. Supongo que así es mejor... Más luchará, una cría de cerdo es aun mejor.

Yo estaba a una manzana de allí. Aquel maníaco ya podía oír el sonido del motor de mi coche, pero no le prestó atención. Estaba demasiado concentrado en su víctima.

Ya veríamos lo que disfrutaba de la caza cuando él se convirtiera en la presa. Ya veríamos qué pensaba de mis métodos de caza.

En otro compartimento de mi mente, me encontraba rebuscando entre los horrores de los que había sido testigo durante mis días como justiciero, en busca del más doloroso de todos. Nunca había torturado a mi presa, por mucho que lo mereciera, pero este hombre era distinto. Sufriría por esto. Se retorcería, agonizante. Los demás se limitarían a morir por haber tomado parte, pero esta criatura llamada Lanny suplicaría que lo matase mucho antes de que le concediera ese deseo.

El hombre estaba en la carretera, cruzándola, dirigiéndose hacia el.

Doblé la esquina con brusquedad y los faros del coche iluminaron la escena. Los demás se quedaron paralizados. Podría haber atropellado al líder, que se apartó de un salto, pero habría sido una muerte demasiado rápida.

Dejé que el coche siguiera girando; di una vuelta completa de forma que el morro quedase de cara a la calle por la que había venido y la puerta del copiloto, más cerca de Deku. Cuando la abrí, el ya corría hacia el coche.

—Entra —gruñí.

¿Quién demonios es este?

¡Ya sabía yo que no era buena idea! No está solo, esos niños nunca lo están.

¿Qué hago, me voy corriendo? Creo que voy a vomitar...

Sin pensárselo un segundo, Deku entró de un salto en el coche y cerró la puerta de golpe. Me miró con la expresión de confianza más absoluta que jamás había visto en un rostro humano y todos mis violentos planes se desmoronaron, como si su sola presencia me trajera cordura. Tardé mucho, mucho menos de un segundo en darme cuenta de que no sería capaz de dejarlo en el coche para lidiar con los cuatro hombres y las dos mujeres que había en la calle.

¿Qué le diría, que no mirara? ¡Ja! ¿Cuándo había hecho el lo que yo le pedía? Era más fácil intentar congelar el mar.

¿Qué iba a hacer? ¿Arrastrarlos fuera de su vista y dejarlo allí solo? Era poco probable que hubiera otro psicópata pululando por las calles de Port Angeles aquella noche, pero ¡también lo era que hubiese uno, y sin embargo el había ido a topar con él! Me hallaba ante la prueba irrefutable de que no estaba loco: como un imán, Deku atraía todos los peligros. Si no estaba yo lo bastante cerca para proporcionárselo, sería otro mal el que ocupase mi lugar.

Para el, todo debió de ser parte de un mismo movimiento: aceleré para alejarlo de sus perseguidores, tan rápido que me miraron boquiabiertos, pasmados. Deku no repararía en mi instante de vacilación.

Ni siquiera podía golpearlo con el coche. Lo habría asustado, que fuese un chico no quería decir que amara la violencia, era demasiado bueno como para disfrutar algo tan oscuro.

Deseaba su muerte con tanta fiereza que las ansias resonaban en mis oídos, me nublaban la vista y me dejaban un sabor amargo en la boca, más fuerte que el ardor que me provocaba la sed. Tenía los músculos agarrotados por culpa del apremio, la avidez, la necesidad de darle caza. Tenía que matarlo, lo necesitaba. Lo desollaría poco a poco, lo destruiría pedazo a pedazo, le arrancaría la piel de los músculos, los músculos de los huesos...

Pero el chico —el único chico que había en el mundo— estaba aferrado al asiento con ambas manos y me miraba fijamente, con unos ojos que reflejaban una tranquilidad e incondicionalidad extrañas. La venganza tendría que esperar. Esa mirada me retendría siempre que quisiera, un esclavo totalmente leal a aquella mirada.

—¡Arranca, Shoto! ¡Sácanos de aquí! ¡Tiene una pistola! 

No moví ni un centímetro el coche, demasiado ocupado en mi furia y la pequeña, pero tan satisfactoria, sensación de tenerlo de vuelta a mi lado.

— Agacha la cabeza — ordené y abrí la puerta del conductor, recibiendo el aire frío del exterior pero no pasó nada cuando ya tenia su mano, agarrada a la mía, suave y tibia, me detuve ante el toque, no cedí pero sus dedos se aferraron a mi chaqueta.

—¿Qué estás haciendo? — parecía exigir — ¡Arranca!

Vi sus ojos observarme y yo dirigí mi mirada hacia nuestras manos, una aferrada a la otra, entrecerré los ojos solo para calmarme un momento y traté de asesinar con la mirada a esos repulsivos humanos, el parecía preocupado, como si esperara que dispararan, lo cual era gracioso, un arma no podría dañarme, pero el miedo que podría generarle era suficiente para replantearme todo.

— Dame un minuto, Deku — supliqué con los dientes apretados, no me costaría nada desasirme de su mano, aunque claro, esperaría a que fuese el quien lo hiciera, un movimiento mio podría fracturarle todo el brazo. No parecía dispuesto a hacerlo.

— Si sales ahí, iré contigo — dijo en voz baja — No voy a permitir que te dispare.

Mis ojos se clavaron al otro lado de la luna durante medio segundo más, sabía que lo haría, su alma de héroe sería capaz incluso de ponerse enfrente mio para recibir el impacto, que no me dañaría en lo absoluto físicamente pero a el si y con ello a mi también. Cerré la puerta de un golpe, nada fuerte si lo pensaba pero suficiente para que el se diera cuenta que la idea no me agradaba y aceleré el coche en reversa, todo en menos de un minuto entero. Asentí como diciendo "de acuerdo"

—Ponte el cinturón de seguridad —le ordené.

Mi voz sonaba áspera por el odio y la sed de sangre. No era la sed de sangre habitual. Hacía mucho que había adoptado el compromiso de abstenerme de la sangre humana, y no permitiría que esa criatura me condujese a romperlo. Se trataba solo de venganza.

Se puso el cinturón y el sonido metálico lo sobresaltó. Aquel ruidito lo hizo saltar, pero ni siquiera se estremeció cuando recorrí la ciudad a toda velocidad, ignorando todas las normas de circulación. Sentía su mirada sobre mí. Por extraño que fuera, parecía relajado. No tenía sentido, no después de lo que le acababa de ocurrir.

—¿Estás bien? —me preguntó, con la voz ronca por el estrés y el miedo.

¿Quería saber si estaba bien? ¿Yo? Quise regañarlo, decirle que el tenia que ver por el y no preguntarme a mi si estaba bien.

¿Lo estaba?

—No —respondí, en un tono impregnado de ira.

Lo llevé hasta el mismo camino desierto donde había pasado la tarde dedicado a la peor misión de vigilancia jamás efectuada, no olvidaría esto nunca, una vergüenza total para alguien con mis habilidades. Allí, bajo los árboles, todo estaba oscuro.

Me sentía tan furioso que mi cuerpo estaba congelado, absolutamente inmóvil. Mis manos gélidas y cerradas en puños ansiaban aplastar a su atacante, machacarlo en pedazos, dejarlo tan mutilado que jamás pudieran identificar su cuerpo. Pero eso implicaría abandonarlo allí, solo y desprotegido en mitad de la negra noche.

Mi mente reproducía escenas de mis días de caza, imágenes que deseaba olvidar, sobre todo ahora, cuando las ansias de matar eran más fuertes que cualquier otra compulsión de cazar que hubiese sentido nunca.

Ese hombre, esa abominación, no era el peor de los de su clase, aunque no era fácil clasificar las profundidades del mal según su mérito. No obstante, aún recordaba al peor de todos. Jamás había dudado que mereciera ese título.

La mayoría de los hombres a los que había dado caza durante el tiempo en que hice las veces de juez, jurado y verdugo habían sentido algún tipo de remordimiento, o, al menos, miedo a ser descubiertos. Muchos de ellos recurrían al alcohol o las drogas para silenciar sus preocupaciones. Otros establecían una separación, creaban fracturas en sus personalidades y vivían como dos hombres, uno en la luz y otro en la oscuridad.

Pero para el peor, para la más vil aberración con que jamás me había encontrado, los remordimientos no eran un problema.

Nunca me había topado con nadie que aceptara su maldad con tanto agrado, que la disfrutara de tal modo. Sentía alborozo ante el mundo que había creado, un mundo de víctimas indefensas y gritos torturados. El dolor era el objeto de todo su interés y había adquirido mucha destreza en provocarlo y prolongarlo.

Yo estaba muy comprometido con mis reglas, con mis justificaciones ante todas las víctimas que me cobraba. Sin embargo, en aquella ocasión, vacilé. Darle a ese hombre en concreto una muerte rápida me parecía una huida demasiado fácil para él.

Fue la ocasión en que más cerca estuve de cruzar esa línea. Y, sin embargo, lo maté con tanta rapidez y eficiencia como al resto.

Quizá el resultado habría sido distinto si cuando lo descubrí no hubiera tenido a dos de sus víctimas encerradas en aquel sótano de los horrores, dos mujeres jóvenes y muy malheridas. Aunque las llevé a ambas a un hospital tan rápido como pude, solo una de ellas sobrevivió.

No tuve tiempo de beberme su sangre. No importó. Había muchos otros que también merecían morir.

Como este tal Lanny. Él también era una atrocidad, pero de ningún modo era peor que aquel hombre que yo recordaba. Entonces ¿por qué me parecía correcto, imperativo, que sufriera mucho más?

Pero, primero...

—¿Deku? —lo llamé entre dientes.

—¿Sí? —respondió con voz ronca. Se aclaró la garganta.

—¿Estás bien?

Aquello era, en realidad, lo más importante, la máxima prioridad. La venganza era secundaria. Lo sabía, era consciente de ello, pero mi cuerpo estaba tan colmado de ira que pensar no me resultaba sencillo.

—Sí —repitió, con la voz todavía espesa... de miedo, sin duda.

Así que no podía dejarlo. Aunque no estuviera en riesgo constantemente por alguna maldita razón —por alguna broma que trataba de gastarme el universo—, aunque pudiera estar del todo seguro de que estaría bien en mi ausencia, no sería capaz de dejarlo solo en la oscuridad.

Debía de estar tan asustado...

Y, sin embargo, yo no estaba en condiciones de reconfortarlo, ni siquiera si hubiera sabido con exactitud cómo hacerlo, lo que no era así. Debía de sentir la brutalidad que yo irradiaba, seguro que al menos eso era obvio. Lo asustaría todavía más si no lograba calmar la avidez de aniquilación que hervía en mi interior. Pero era tan difícil cuando recordaba lo cerca que estuve de perderlo, de perder todo, absolutamente todo lo que me hacia seguir existiendo.

Necesitaba pensar en otra cosa.

—Distráeme, por favor —le rogué.

—Perdona, ¿qué?

Apenas tenía el control suficiente para explicarle lo que necesitaba.

—Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme... —No se me ocurría cómo expresarlo. Elegí la palabra que más se le acercaba.

No había dado con las palabras adecuadas; fui consciente de ello en cuanto las pronuncié, pero no podía preocuparme por eso ahora. Lo único que me mantenía en el interior del coche era saber que el me necesitaba. Oía los pensamientos del hombre, su ira, su decepción. Sabía dónde encontrarlo. Cerré los ojos y deseé no poder verlo.

—Eh... —vaciló, supongo que intentando encontrarle un sentido a mi petición. ¿O se habría ofendido? Y entonces continuó—: Mañana antes de clase voy a atropellar a Ojiro Crowley —lo dijo como si fuera una pregunta. Su rostro lleno de pecas parecía dudar, pero verlo me llenó de ternura y alivio, seguía aquí, conmigo.

Sí, era justo lo que necesitaba. Por supuesto que a Izuku se le ocurriría decir algo inesperado. Como había sucedido antes, la amenaza de violencia en su boca resultaba cómica y discordante. Si no hubiese estado ardiendo en ansias de matar, me habría echado a reír.

—¿Por qué? —pregunté, para que volviera a hablar.

—Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción — respondió indignado, como si eso fuese absurdo—. O está loco o todavía intenta compensarme por haber estado a punto de matarme cuando... Bueno, tú lo recuerdas —añadió secamente—. Y cree que el baile es la forma adecuada de hacerlo, podría comprarme un comic o algo y sería feliz. Así que imagino que, si pongo su vida en peligro, estaremos en paz y ya no podrá seguir intentando enmendarlo. No necesito enemigos, y puede que Toru se apacigüe si Ojiro me deja tranquilo. Aunque también podría destrozarle el Sentra —continuó, pensativo —. No podrá llevar a nadie al baile de fin de curso si no tiene coche, sobre todo, un chico...

Era un alivio ver que a veces el también se equivocaba. La perseverancia de Ojiro no tenía nada que ver con el accidente. No parecía comprender lo atractivo que les resultaba a las chicas y chicos humanos del instituto. ¿Acaso tampoco se daba cuenta de lo atractivo que me resultaba a mí? Era el príncipe de hielo de ese lugar y había sonreído mas veces en su presencia que en los dos años que llevaba compartiendo aula.

Ah, estaba funcionando. Los desconcertantes procesos de su mente siempre eran cautivadores. Estaba empezando a recuperar el control sobre mí mismo, a ver más allá de la venganza y la masacre.

—Estaba enterado —contesté. Había dejado de hablar y yo necesitaba que continuase.

—¿Sí? —me preguntó, incrédulo, parecía realmente sorprendido que alguien quisiera llevarlo al baile, o considerarlo potencial pareja. Con la voz más enfadada que antes, añadió—: Si está paralizado de cuello para abajo, tampoco podrá ir al baile de fin de curso.

Deseé que hubiera alguna forma de pedirle que siguiera con las amenazas de muerte y daños físicos sin parecer un demente. No podría haber escogido una forma mejor de tranquilizarme. Además, sus palabras —aunque en su caso no eran más que sarcasmo e hipérboles— eran un recordatorio que en aquel momento yo necesitaba encarecidamente.

Suspiré y abrí los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó el con timidez.

—En realidad, no.

No, estaba más tranquilo, pero no mejor, porque acababa de comprender que no podía matar a ese maníaco llamado Lanny. En este momento, lo único que deseaba por encima de cometer un asesinato más que justificado era a ese chico. Aunque no podía ser mío, solo el sueño de que lo fuera imposibilitaba que dedicase mi noche a una matanza.

Izuku merecía algo mejor que un asesino.

Había pasado más de siete décadas intentando ser algo — cualquier cosa— distinto a un asesino, pero todos esos años de esfuerzo jamás me harían merecedor del chico que estaba sentado a mi lado. Y aun así sentía que regresar a esa vida, aunque fuera solo por una noche, lo pondría para siempre fuera de mi alcance. Aunque no me bebiera la sangre de esos hombres, aunque la ausencia del rojo llameante en mis iris no fuese una prueba fehaciente de ello, ¿acaso no percibiría el la diferencia?

Estaba intentando ser lo bastante bueno para el. Era una meta imposible, pero no soportaba la idea de rendirme.

—¿Qué es lo que pasa? —susurró.

Su aroma me inundó la nariz, y recordé por qué jamás sería digno de el. Después de todo lo sucedido, incluso con lo mucho que lo amaba... se me seguía haciendo la boca agua.

Le regalaría toda la sinceridad que pudiese. Se lo debía.

—A veces tengo problemas con mi genio, Izu. —Oteé la negra noche, deseoso de que oyera el horror inherente a mis palabras y al mismo tiempo anhelando que no pudiera oírlo. Fundamentalmente, esperaba que no pudiera oírlo. Huye, Izu, huye. Quédate, Izu, quédate—. Pero no me serviría de nada dar media vuelta y dar caza a esos... —Solo pensarlo bastó para que estuviese a punto de bajar del coche. Respiré hondo y dejé que su aroma me abrasara la garganta—. Al menos, de eso me intento convencer.

—Ah.

No dijo nada más. ¿Cuánto había entendido? Le dirigí una mirada furtiva, pero su rostro era impenetrable, ilegible, quizás debido a la conmoción. Bueno, no estaba gritando horrorizado. Todavía no.

—Toga y Tsuyu se van a preocupar —dijo en voz baja. Su voz sonaba muy tranquila y yo no acababa de entender cómo era eso posible. ¿Estaba en estado de shock? Igual todavía no había comprendido la magnitud de los acontecimientos de aquella noche

— Iba a reunirme con ellas, solo iba por un libro...

¿Quería estar lejos de mí? ¿O solo le preocupaba asustar a sus amigas?

No le contesté, pero arranqué el coche y lo llevé de vuelta. Cuanto más me aproximaba a la ciudad, más me costaba cumplir lo que me había propuesto. Estaba tan cerca de ese hombre...

Si era imposible, si no podía estar con este chico ni tampoco merecerlo, ¿qué sentido tenía no castigar a aquel hombre? Era algo que podía concederme, sin duda.

No. No iba a rendirme, todavía no. Lo quería demasiado para rendirme.

Llegamos al restaurante donde iba a reunirse con sus amigas antes de que consiguiera dar sentido a mis pensamientos. Toga y Tsuyu habían terminado de cenar y, ahora sí, ambas estaban muy preocupadas por Izuku. Se disponían a ir en su busca e iban camino de la calle oscura.

No era la noche adecuada para que deambularan por ahí.

—¿Cómo sabías dónde...?

La pregunta inacabada de Izuku, no diria su apodo otra vez, ni siquiera en mi mente, necesitaba su nombre mas de lo que pensé, sobre todo al recordar el verdadero significado de esas cuatro letras juntas, me interrumpió y me di cuenta de que había vuelto a meter la pata. Había estado demasiado distraído como para acordarme de preguntarle dónde se suponía que se iba a encontrar con sus amigas.

Pero, en lugar de terminar su pregunta e insistir en que le diera una respuesta, Izuku negó con la cabeza y esbozó una media sonrisa, de esas que parecían iluminar más que el propio gran astro.

¿Qué significaba eso?

Bien, no tenía tiempo de intentar descifrar su inexplicable aceptación de mi aún más inexplicable conocimiento. Abrí la puerta del coche.

—¿Qué haces? —preguntó, sobresaltado.

No quitarte la vista de encima. Y no permitirme quedarme solo esta noche. En ese orden.

—Llevarte a cenar.

Bueno, esto iba a ser interesante. Parecía una noche totalmente distinta a cuando me había imaginado allí con Ochako, fingiendo haber elegido el mismo restaurante que Izuku y sus amigas por casualidad.

Y aquí estaba, prácticamente en una cita con el chico, solo que no contaba, porque tampoco le había dado la oportunidad de negarse.

El ya tenía la puerta medio abierta cuando rodeé el coche para abrírsela; no me había dado opción a tener aquel gesto caballeroso. Normalmente, no moverme a una velocidad que no llamara la atención no me resultaba tan frustrante. Esperé a que se uniera a mí, cada vez más nervioso al ver que sus amigas seguían caminando hacia la esquina oscura.

—Detén a Toga y a Tsuyu antes de que también tenga que ir a buscarlas a ellas —le ordené—. Dudo que pudiera volver a contenerme si me tropiezo otra vez con tus amigos.

No, no tendría fuerzas para contenerme.

El se estremeció, pero recobró la compostura enseguida, dio un paso hacia ellas y las llamó:

—¡Toga! ¡Tsuyu!

Cuando se volvieron, las saludó con el brazo en alto para que lo vieran. La ternura de ese gesto logró que las ganas asesinas disminuyeran un poco, pero aun quería destrozarlo, el casi me había robado a mi vida cuando lo dejé solo unas horas.

¡Deku! ¡Oh, está bien!, pensó Tsuyu, aliviada.

Llega un poco tarde, ¿no?, gruñó Toga para sí, aunque ella también estaba aliviada de que Izuku no hubiese desaparecido ni estuviese herido. Eso hizo que me cayera un poco mejor.

Se acercaron a toda prisa, pero cuando me vieron junto a el se detuvieron, pasmadas.

¡Pero, bueno!, pensó Toga, asombrada. ¡No me lo puedo creer!

¿Shoto Todoroki? ¿En serio? ¿Se ha ido por su cuenta para encontrarse con él? Pero ¿por qué iba a preguntar si estaban fuera de la ciudad si sabía que estaba aquí? Vi una imagen fugaz de la expresión avergonzada de Izuku cuando le había preguntado a Tsuyu si mi familia faltaba a menudo al instituto. No, no es posible que lo supiera, concluyó Tsuyu.

Los pensamientos de Toga habían dejado atrás la sorpresa y estaban plagados de sospecha. Deku me esconde cosas, será un chico pero solo Tuoya y yo somos los más cercanos al pequeño conejo.

—¿Dónde has estado? —preguntó, mirando a Izuku pero espiándome a mí por el rabillo del ojo.

—Me he perdido, y luego me he encontrado con Shoto — respondió el, y me señaló con la mano. Su tono de voz era sorprendentemente normal, como si eso fuera realmente lo único que había sucedido.

Debía de estar en estado de shock. Era la única explicación plausible para su tranquilidad.

—¿Les importaría que me uniera a ustedes? —pregunté por educación. Sabía que ya habían cenado, traté de mostrar algo mas que mi neutra expresión, algo mas fácil debido al Sol que tenia al lado.

¡Madre mía, está buenísimo!, pensó Toga. Sus pensamientos se habían vuelto súbitamente incoherentes. Los de Tsuyu no eran mucho más serenos: Ojalá no hubiésemos cenado ya. Guau... Es que... Guau.

Pero ¿por qué no podía tener ese efecto en Izuku?

—Eh, sí, claro —accedió Toga. Tsuyu frunció el ceño.

—De hecho, Deku, lo cierto es que hemos cenado mientras te esperábamos —admitió—. Perdona.

¡Cállate!, protestó Toga mentalmente.

Izuku se encogió de hombros de forma desenfadada, como si nada, casi como si estuviese acostumbrado a ese tipo de tratos. Definitivamente, estaba en estado de shock.

—No pasa nada, no tengo hambre.

—Creo que deberías comer algo —protesté.

Necesitaba algo de azúcar en su organismo; aunque su olor ya era lo bastante dulce, pensé con ironía. De un momento a otro, el horror que había vivido caería como una losa sobre sus hombros y tener el estómago vacío no le sería de ayuda. Se desmayaba con facilidad, lo había visto con mis propios ojos.

Las chicas no correrían peligro alguno si iban directas a casa. A ellas, el peligro no les iba pisando siempre los talones. Además, prefería estar a solas con Deku... Siempre que el estuviese dispuesto a estar a solas conmigo.

—¿Les importa que lleve a Izuku a casa esta noche? —le pregunté a Toga antes de que Izuku pudiera responder—. Así no tendrán que esperar mientras cena.

—Eh, supongo que no... hay problema... —Toga miró fijamente a su amigo, buscando una señal que le confirmara que eso era lo que el quería. Un signo que creí solo existía entre las de su mismo género.

Seguro que lo quiere para el solo. ¿Y quién no?, pensó. Al mismo tiempo, vio que Izuku le guiñaba un ojo.

¿Izuku guiñando el ojo? ¿El chico que se sonrojaba cuando una chica lo veía por mas de cinco segundos continuos?

—De acuerdo —respondió Tsuyu enseguida, ansiosa por quitarse de en medio si eso era lo que Izuku quería. Y parecía que sí lo quería—. Os vemos mañana, Deku, Shoto...

Le costaba pronunciar mi nombre con un tono despreocupado.

Cogió a Toga de la mano y empezó a tirar de ella.

Encontraría la forma de darle las gracias a Tsuyu por esto.

El coche de Toga estaba cerca, en medio de un resplandeciente círculo de luz que arrojaba una farola. Izu las observó con expresión atenta y el ceño fruncido de preocupación que se me volvió a antojar compararlo con un pequeño conejo, verde y esponjoso hasta que entraron, así que, de algún modo, sí era consciente de que había estado en peligro. Toga se despidió con la mano mientras se alejaba conduciendo e Izuku respondió al saludo. Hasta que el coche no desapareció en la distancia, no respiró hondo y se volvió para mirarme.

—De verdad, no tengo hambre —insistió.

¿Por qué había esperado a que se marcharan para hablar? ¿De verdad quería quedarse a solas conmigo, incluso después de presenciar mi ira literalmente homicida? Estaba seguro que, independiente que el fuese un chico, mi actitud no había sido la de un humano, no uno racional al menos.

Fuera o no el caso, Izuku tenía que comer algo.

—Compláceme —le dije.

Le abrí la puerta del restaurante y esperé. El suspiró y entró, algo incomodo por el gesto, supongo.

Caminé junto a el hacia la recepcionista, que esperaba detrás del atril. Izuku todavía parecía estar completamente sereno. Quería acariciarle la mano, la frente, tomarle la temperatura, pero mi mano fría le repugnaría, como ya había ocurrido antes. Tantos sentimientos nuevos, tantas sensaciones y todo provocado por el pequeño humano que se situaba junto a mi.

Madre mía... La voz mental de la recepcionista, bastante escandalosa, interrumpió mis propios pensamientos. Pero, madre mía...

Al parecer, esta noche me tocaba a mí ser el centro de todas las miradas. ¿O acaso lo notaba más que de costumbre por lo mucho que anhelaba que Izu me viera con esos ojos? Siempre les resultábamos atractivos a nuestras presas, pero hasta entonces no me había detenido a pensar en ello demasiado. En general —a no ser que, como ocurría con gente como Shelly Cope y Toga Himiko, hubiera una repetición constante que amortiguara el horror —, el miedo sustituía con notable rapidez a la atracción inicial.

—¿Tienen una mesa para dos? —pregunté al ver que la recepcionista no decía nada.

Uf, qué voz...

—Eh... Sí, claro. Bienvenidos a El Sol de Oriente. Síganme, por favor.

Estaba absorta, sus pensamientos eran calculadores.

Igual es su primo, un amigo o lo que sea. No puede ser su hermano, no se parecen en nada. Pero son familia, sin duda. No es posible que esté con el. Son chicos, bueno, no es como si eso fuese raro pero juntos no están, un par de primos que vienen a cenar.

Los ojos humanos siempre estaban nublados, no veían nada con claridad. ¿Cómo podía esta mujer tan mezquina sentirse tan atraída por mis encantos físicos —una trampa para las presas— y ser incapaz de ver la sutil perfección del dulce chico que me acompañaba?

Bueno, tampoco tengo por qué ayudarlo, no vaya a ser..., pensaba la recepcionista mientras nos llevaba a una mesa para cuatro en la parte más concurrida del restaurante. ¿Le podré dar mi número con el delante?, rumió.

Me saqué un billete del bolsillo de atrás. La gente siempre se mostraba muy solícita cuando había dinero de por medio.

Izuku ya se estaba sentando en el asiento que le había indicado la camarera sin poner objeciones. Yo hice un gesto negativo, mirándolo, y el dudó y ladeó la cabeza con curiosidad. Sí, esta noche sin duda despertaría su curiosidad. Un sitio en el que estuviéramos rodeados de gente no era la opción idónea para tener esta conversación.

—¿Tiene, tal vez, algo más privado? —le pregunté a la recepcionista mientras le tendía el dinero. Se sobresaltó, sorprendida, pero lo cogió.

—Naturalmente.

Miró el billete mientras nos llevaba detrás de una mampara.

¿Cincuenta dólares por una mesa mejor? Encima es rico. Tiene sentido. Seguro que su chaqueta vale más que mi último sueldo. Maldita sea. ¿Por qué quiere un sitio más privado para estar con un chico así? Parece incluso menor que el.

Nos ofreció un reservado en una esquina apartada del restaurante donde nadie nos podría ver. Nadie sería testigo de las reacciones de Izuku a lo que yo le iba a contar. No tenía ni idea de qué querría de mí, ni tampoco de qué le daría yo.

¿Cuánto habría adivinado? ¿Qué explicación se habría inventado para darles sentido a los acontecimientos de la noche?

—¿Algo como esto? —preguntó la recepcionista.

—Perfecto —respondí, y, sintiéndome algo molesto por su actitud resentida hacia Izuku, le dediqué una ancha sonrisa, enseñándole los dientes, para que me viera con claridad.

Guau.

—Esto... Ahora mismo los atienden.

No puede ser de verdad. Igual el desaparece... Igual puedo escribirle mi número en el plato con salsa de tomate, un hombre como el no se ve a diario.

Se marchó inclinándose un poco hacia un lado. Qué raro. Seguía sin estar asustada. De repente, me acordé de cuando Eijiro me había tomado el pelo hacía varias semanas. «Estoy seguro de que yo lo habría asustado un poquito mejor».

¿Estaría perdiendo facultades?

—De veras, no deberías hacerle eso a la gente. —Izuku interrumpió mis pensamientos con su tono de desaprobación—. Es muy poco cortés.

Miré la expresión crítica de su rostro. ¿A qué se refería? No había conseguido asustar a la recepcionista, pese a mis intenciones.

—¿Hacer qué?

—Deslumbrarla... Probablemente, ahora está en la cocina hiperventilando.

Vaya, Izuku estaba casi en lo cierto. En ese momento, la recepcionista le estaba describiendo, de forma bastante incoherente, su poco ajustada imagen de mí a su amiga camarera.

—Oh, venga —me reprendió al ver que no contestaba—. Tienes que saber el efecto que produces en los demás.

—¿Los deslumbro? —Era una forma interesante de describirlo y, para esa noche en concreto, bastante acertada. Me pregunté cuál era la diferencia...

—¿No te has dado cuenta? —preguntó, todavía con gesto crítico —. ¿Crees que todo el mundo se sale con la suya con tanta facilidad?

—¿Te deslumbro a ti?

Di voz a mi curiosidad de forma impulsiva; cuando me quise dar cuenta, las palabras ya estaban ahí fuera y era demasiado tarde para retirarlas. Sin embargo, antes de que me diera tiempo a arrepentirme demasiado, respondió:

—Con frecuencia.

Y sus mejillas se tiñeron de un suave resplandor rosado. Lo deslumbraba.

Mi silencioso corazón se hinchió con la esperanza más intensa que recordaba haber sentido jamás.

—Hola —dijo alguien.

Era la camarera, se estaba presentando. Sus pensamientos eran escandalosos y más explícitos que los de la recepcionista, pero desconecté. Me quedé mirando a Izuku, observando cómo la sangre se extendía sobre sus pómulos, resaltando como siempre esas dulces pecas, pero no me fijé en cómo aquello hacía que me ardiera la garganta, sino en cómo le iluminaba el pálido rostro, en cómo resaltaba el color cremoso de su piel.

La camarera estaba esperando a que yo le dijera algo. Ah, sí, nos había preguntado qué queríamos beber. Seguí contemplando a Izuku y la mujer se volvió para mirarlo a regañadientes.

—Voy a tomar una Coca-Cola —dijo Izu, como si buscara aprobación.

—Dos —lo corregí.

La sed —la sed humana normal— era uno de los síntomas del estado de shock. Pensaba asegurarme de que recibiera una dosis extra de azúcar con la bebida. Sin embargo, parecía encontrarse bien. Más que bien; estaba radiante.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Debía de estarse preguntando por qué lo miraba así. La camarera se había marchado, pero yo apenas me había dado cuenta.

—¿Cómo te sientes?

Parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Estoy bien.

—¿No tienes mareos, ni frío, ni malestar...? Se mostró todavía más confundido.

—¿Debería?

—Bueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.

Esbocé una media sonrisa. Supuse que lo negaría. No querría que cuidaran de el. Tardó un instante en responder; su mirada estaba algo desenfocada. A veces, cuando le sonreía, sus ojos respondían así. ¿Lo habría... deslumbrado?

Me habría encantado creerlo.

—Dudo que eso vaya a suceder. Siempre se me ha dado muy bien reprimir las cosas desagradables —respondió, casi sin aliento, como quien habla de algo que le sucede a menudo.

¿Quería eso decir que tenía práctica con las cosas desagradables? ¿Habría sido su vida siempre igual de peligrosa?

—Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.

La camarera nos trajo las Coca-Colas y un cesto de pan. Los dejó delante de mí y me preguntó qué quería comer mientras intentaba que nuestras miradas se cruzasen. Le sugerí que atendiera a Izuku y volví a desconectarme de su mente. Era muy vulgar.

—Eh... —Izuku echó un vistazo al menú—. Tomaré el katsudon.

La camarera se volvió hacia mí, ilusionada.

—¿Y usted?

—Nada para mí.

Izuku hizo una mueca. Mmm... Debía de haberse percatado de que no comía nunca. Se percataba de todo. Siempre me olvidaba de ser cuidadoso cuando estaba con el. Esperé hasta que volvimos a quedarnos a solas.

—Bebe —insistí.

Me sorprendió que me obedeciera de inmediato y sin protestar. Bebió hasta terminarse todo el vaso, así que le acerqué el otro con un empujoncito, frunciendo un poco el ceño. ¿Tenía sed o estaba en estado de shock?

Bebió un poco más y se estremeció.

—¿Tienes frío?

—Es solo la Coca-Cola —contestó, pero se estremeció de nuevo. Le temblaban los labios, como si estuviesen a punto de castañetearle los dientes.

La sencila playera que vestía parecía demasiado delgada como para abrigarlo como era debido. Se le pegaba como una segunda piel, casi tan frágil como la primera.

—¿No tienes una sudadera? — Sabía que su estilo era de usar sudaderas más grandes que su talla, pantalones de mezclilla y playeras con palabras graciosas en su idioma natal.

—Sí. —Miró a su alrededor, algo perplejo—. Vaya, me la he dejado en el coche de Toga.

Me quité la mía, con la esperanza de que mi temperatura corporal no estropeara el gesto. Me habría gustado poder ofrecerle un abrigo cálido. Me miró a los ojos y se volvió a sonrojar. ¿Qué estaría pensando? Le tendí la chaqueta y se la puso al instante, aunque se volvió a estremecer, agradecía ser más alto y con mayores músculos que el.

Sí, me habría gustado ser cálido, el fuego que poseía era inútil en estas situaciones.

—Gracias —dijo.

Respiró hondo y se recogió las mangas para que no le tapara las manos. Volvió a respirar profundamente. ¿Habría empezado a comprender lo que le había sucedido? Seguía teniendo buen color. Su piel era como nata con puntos y rosas en contraste con el color oscuro de su camisa.

—Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color negro —le halagué. Solo estaba siendo sincero, aunque no era común ese tipo de cumplidos entre chicos.

Tenía buen aspecto, pero arriesgarse no tenía ningún sentido. Le acerqué el cestito de pan.

—No voy a entrar en estado de shock, de verdad —protestó al adivinar lo que pretendía.

—Pues deberías, una persona normal lo haría, y tú ni siquiera pareces alterado. —Lo miré con desaprobación y me pregunté por qué no podía ser normal y, después, me pregunté si de verdad quería que lo fuese.

—Me siento seguro contigo —explicó, con los ojos nuevamente colmados de confianza. Una confianza que no me merecía. Una que anhelaba.

Sus instintos funcionaban mal, al revés. Ese debía de ser el problema. No reconocía el peligro como se suponía que hacían los seres humanos normales. Tenía la reacción opuesta: en lugar de huir, se quedaba, atraído por aquello que debería aterrarlo.

¿Cómo iba a protegerlo de mí mismo si ninguno de los dos lo deseaba?

—Esto es más complicado de lo que pensaba —murmuré.

Me di cuenta de que el le daba vueltas a lo que yo había dicho y me pregunté cómo lo interpretaría. Cogió un palito de pan y empezó a comérselo; no parecía ser consciente de lo que hacía. Masticó y ladeó la cabeza, pensativo.

—Normalmente estás de mejor humor cuando tus ojos están claros —dijo de forma despreocupada, como si hubiese hecho un análisis y llegado a una solución satisfactoria desde hace mucho y se complaciera al ver que acertaba.

La observación, expresada de forma tan natural, me dejó impactado.

—¿Qué?

—Estás de mal humor cuando tienes los ojos negros. Entonces, me lo veo venir. Tengo una teoría al respecto —añadió en tono desenfadado.

Así que se había buscado su propia explicación. Por supuesto. Sentí un profundo terror al preguntarme cuánto se habría acercado a la verdad.

—¿Más teorías?

—Ajá.

Volvió a morder el palito con un aire totalmente indiferente, como si no estuviese discutiendo los distintos aspectos de un demonio con el demonio en cuestión.

—Espero que esta vez seas más creativo —mentí al ver que no seguía hablando. Lo que de verdad esperaba era que se equivocase, que estuviese a kilómetros de la verdad—. ¿O sigues tomando ideas de los mangas y comics?

—Bu-bueno, n-no. No la he sacado de ningún comic —reconoció, algo avergonzado tartamudeando al inicio—. Pero tampoco me la he inventado.

—¿Y? —pregunté entre dientes.

Seguro que no hablaría con tanta entereza si estuviese a punto de chillar.

Mientras el dudaba y se mordisqueaba el labio, apareció la camarera con su comida. Dejó el plato sobre la mesa y me preguntó si quería algo, pero yo no le estaba prestando demasiada atención. Le dije que no, pero le pedí más Coca-Cola, ya que el no se había dado cuenta de que los vasos estaban vacíos.

—¿Qué decías? —insistí, ansioso, en cuanto volvimos a quedarnos solos.

—Te lo diré en el coche —respondió en voz baja. Ah, aquello no pintaba bien. No quería hablar de sus suposiciones delante de la gente—. Si... —añadió de repente.

—¿Hay condiciones? —Estaba tan tenso que casi rugí las palabras.

—Tengo unas cuantas preguntas, por supuesto.

—Por supuesto —repetí con aspereza.

Seguramente, sus preguntas me bastarían para saber por dónde iban sus pensamientos. Pero ¿cómo las contestaría? ¿Con mentiras responsables? ¿Lo apartaría de mí confesándole la verdad? ¿O sería incapaz de decidirme y no le diría nada?

Nos quedamos sentados en silencio mientras la camarera le rellenaba el refresco.

—Bueno, adelante —le dije con la mandíbula apretada, cuando la mujer se hubo retirado.

—¿Por qué estás en Port Angeles?

Era una pregunta demasiado fácil... Para el. No revelaba nada; pero mi respuesta, si era sincera, le daría demasiada información. Prefería que fuese el quien revelase algo en primer lugar.

—Siguiente pregunta.

—Pero esa es la más fácil.

—La siguiente.

Mi negativa lo exasperó. Apartó la vista y miró al plato. Despacio, devanándose los sesos, se llevó un pedazo de carne a la boca y masticó con decisión.

De repente, mientras el comía, se me vino una extraña comparación a la cabeza. Vi a Perséfone con la granada en la mano, descendiendo al inframundo.

¿Ese era yo? ¿Era el mismísimo Hades, que codiciaba la primavera y la robó, condenándola a la noche eterna? Intenté apartar el pensamiento, sin éxito. El dio un sorbo de Coca-Cola para ayudarse a tragar y por fin me miró. Tenía los ojos entornados con aire suspicaz, el verde brillaba entre las luces tenues.

—En tal caso, de acuerdo. Supongamos que, hipotéticamente, alguien es capaz de... saber qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes, salvo unas cuantas excepciones.

Podría ser peor.

Eso explicaba esa media sonrisa que había esbozado en el coche. Era listo, ninguna otra persona lo había adivinado, excepto Aizawa, y al principio había sido algo muy evidente. Yo respondía a sus pensamientos como si los hubiese pronunciado en voz alta. Él comprendió lo que pasaba antes que yo.

Esta pregunta no era tan difícil. Estaba claro que sabía que había algo raro en mí, pero no era tan grave como podría haber sido. Leer la mente, al fin y al cabo, no era un aspecto canónico del vampiro. Le seguí la corriente.

—Solo una excepción —la corregí—. Hipotéticamente. Reprimió una sonrisa; mi vaga sinceridad lo complacía, parecía incluso emocionado de conocer a alguien así.

—De acuerdo entonces, una sola excepción. ¿Cómo funciona? ¿Qué limitaciones tiene? ¿Cómo podría... ese alguien... encontrar a otra persona en el momento adecuado? ¿Cómo sabría que el está en un apuro?

—¿Hipotéticamente?

—Claro. —Apretó los labios y me miró expectante con esos límpidos ojos marrones.

—Bueno... —vacilé—. Si... ese alguien...

—Supongamos que se llama Jane —sugirió.

Su entusiasmo me hizo sonreír. ¿Realmente pensaba que la verdad sería algo bueno? Si mis secretos fuesen agradables, ¿qué razón tendría yo para ocultárselos?

—En ese caso, Jane. Si Jane hubiese estado atenta, la sincronización no tendría por qué haber sido tan exacta. —Negué con la cabeza y reprimí un escalofrío al pensar en lo cerca que había estado de llegar demasiado tarde—. ¿Cómo puede alguien meterse en tantos problemas, sistemáticamente, en lugares tan improbables? Destrozarías las estadísticas de delincuencia para una década, ya sabes. 

Curvó los labios hacia abajo e hizo un mohín.

—Estamos hablando de un caso hipotético.— Me eché a reír al ver que se había molestado.

Esos labios, esa piel... parecían tan suaves... Quise comprobar si eran tan aterciopelados como parecían. Imposible. Mi tacto le resultaría repulsivo.

—Sí, cierto. —Volví a la conversación antes de deprimirme profundamente—. ¿Qué tal si te llamamos Joe?

Se inclinó hacia mí por encima de la mesa, con la expresión desprovista de humor e irritación.

—¿Cómo lo has sabido? —preguntó en voz baja e intensa.

¿Debía contarle la verdad? Y, en ese caso, ¿cuánto debía contarle?

Quería confesárselo. Quería merecer la confianza que todavía reflejaba su rostro. Y, como si pudiera oír mis pensamientos, susurró:

—Puedes confiar en mí, ya lo sabes.

Alargó una mano, como si quisiera tocar las mías, que descansaban sobre mi lado de la mesa. Las aparté; odiaba la idea de tener que presenciar su reacción al tocar mi piel frígida y pétrea. El dejó caer la mano.

Sabía que podía confiar en el, que guardaría mis secretos. Era pura honestidad, poseía un corazón bondadoso. Sin embargo, no confiaba en que esos secretos no lo fueran a horrorizar. Deberían hacerlo. La verdad era un auténtico horror.

—No sé si tengo otra alternativa —murmuré. Recordé que una vez le había tomado el pelo, llamándolo «excepcionalmente despistado». Lo había ofendido, si no me había equivocado al interpretar su expresión. Bueno, al menos podía enmendar esa injusticia—. Me equivoqué. Eres mucho más observador de lo que pensaba.

Y, aunque quizá no se diese cuenta, ya pensaba muy bien de el.

—Creí que siempre tenías razón —bromeó, sonriente.

—Así era.

Antes sabía lo que hacía. Siempre estaba seguro de cuál era el camino a seguir. Ahora, en cambio, todo era caótico y tumultuoso..., pero no lo habría cambiado por nada. No si ese caos significaba que podía estar cerca de Izuku, el corazón me dolió solo de la magnitud de mis sentimientos, sabia que mi existencia tenia sentido al verlo, pero el miedo a que se esfumara por el horror de saber la verdad era grande.

—Hay otra cosa en la que también que equivoqué contigo — proseguí, para dejar clara la segunda cuestión—. No eres un imán para los accidentes... Esa no es una clasificación lo suficientemente extensa. Eres un imán para los problemas. Si hay algo peligroso en un radio de quince kilómetros, inexorablemente te encontrará.

¿Por qué el? ¿Qué había hecho el para merecer esto? Su semblante se tornó serio de nuevo.

—¿Te incluyes en esa categoría?

La sinceridad de mi respuesta respecto a esta pregunta era mucho más importante que respecto a ninguna otra.

—Sin ninguna duda.

Entornó ligeramente los ojos, no con suspicacia, sino, por extraño que pudiera parecer, con preocupación. Sus labios se curvaron en esa sonrisa tan particular que solo le había visto exhibir cuando se hallaba ante el dolor de otra persona. Volvió a alargar la mano sobre la mesa, despacio y con determinación. Yo aparté un poco las mías, pero hizo caso omiso de mi gesto; estaba decidido a tocarme. Contuve el aliento, no por su aroma, sino por la tensión abrumadora y repentina que me inundaba. Por miedo. Mi piel le repugnaría, saldría corriendo.

Rozó el dorso de mi mano suavemente con las puntas de los dedos. El calor de su tacto gentil y dispuesto no era comparable a nada que hubiera sentido nunca. Era casi puro placer; lo habría sido de no ser por el miedo. Contemplé su rostro mientras sentía el pétreo hielo de mi piel; aún no me veía capaz de respirar.

Su sonrisa de preocupación mutó a algo más cálido y poderoso.

—Gracias —me dijo, y su intensa mirada se clavó en la mía—. Es la segunda vez.

Sus suaves dedos seguían sobre mi piel, como si les resultara placentera. Le respondí de la forma más casual de la que fui capaz.

—No dejarás que haya una tercera, ¿de acuerdo?

Frunció el ceño con suavidad, pero asintió. Aparté las manos, que seguían debajo de la suya. Por exquisito que fuese su tacto, no estaba dispuesto a esperar a que la magia de su tolerancia se desvaneciera, a que apareciera la repulsión. Oculté las manos bajo la mesa.

Estudié su mirada; pese a que su mente estaba siempre en silencio, en sus ojos percibía asombro y confianza. En ese preciso instante, me di cuenta de que quería responder a sus preguntas. Lo deseaba, y no solo porque se lo debiera, no porque quisiera que confiase en mí.

Quería que me conociera.

—Te he seguido a Port Angeles —confesé; las palabras brotaron con tanta rapidez que no tuve tiempo de medirlas. Conocía los peligros que encerraba la verdad, sabía el riesgo que corría. Esa calma antinatural de la que el hacía gala se haría añicos de un momento a otro y daría lugar a la histeria. Sin embargo, ser consciente de eso solo me hizo hablar con más premura—. Nunca antes había intentado mantener con vida a alguien en concreto y es mucho más problemático de lo que creía, pero eso tal vez se deba a que se trata de ti. La gente normal parece capaz de pasar el día sin tantas catástrofes.

Lo observé expectante.

Volvió a sonreír. Su mirada verdosa y cristalina parecía más profunda que nunca.

Acababa de admitir que lo había estado siguiendo y su reacción era... sonreír. Que ser más curioso y excepcional.

—¿Crees que me había llegado la hora la primera vez, cuando ocurrió lo de la furgoneta, y que has interferido en el destino?

—Esa no fue la primera vez —respondí. Bajé la vista al mantel granate, con los hombros hundidos, avergonzado. Había derrumbado todas las barreras y la verdad seguía fluyendo libre y desenfrenada—. La primera fue cuando te conocí.

Era cierto, y me enfurecía. Yo sobrevolaba su vida como la hoja de una guillotina, como si siguiera los designios del destino, tal y como el había dicho. Como si ese destino cruel e injusto lo hubiese marcado para la muerte y, al haberme negado yo a cumplir mi cometido, no cejara en su empeño de ejecutarlo. Imaginé al destino personificado, una vieja bruja celosa y espeluznante, una harpía vengativa.

Quería que algo, alguien, asumiese su responsabilidad sobre aquello para tener algo concreto contra lo que luchar. Algo que destruir, cualquier cosa, para que Izu estuviese a salvo.

Se había quedado muy callado y se le había acelerado la respiración. Levanté la vista para mirarlo, consciente de que por fin vería en su rostro el terror que había estado esperando. ¿Acaso no acababa de admitir que había estado a punto de matarlo? Había estado más cerca de acabar con el que la furgoneta que no le había arrancado la vida por apenas unos centímetros y, sin embargo, su semblante seguía sereno, su mirada tensa, pero solo de preocupación.

—¿Lo recuerdas? —pregunté.

—Sí —respondió con voz grave y firme. La profundidad de sus ojos indicaba que lo había comprendido.

Lo sabía. Sabía que había deseado matarlo. ¿Dónde estaban los gritos?

—Y aun así estás aquí sentado —dije, señalando la inherente contradicción.

—Sí, estoy aquí... gracias a ti. —Su expresión mutó, se tornó curiosa, mientras cambiaba de tema de forma sutil—. Porque de alguna manera has sabido encontrarme hoy.

Desesperanzado, empujé una vez más la barrera que protegía sus pensamientos, desesperado por comprender. No tenía ninguna lógica. ¿Cómo podía darle importancia a todo aquello cuando esa terrible verdad estaba sobre la mesa?

Esperó, con curiosidad y nada más. Tenía la piel pálida, lo que era normal en el, pero me preocupaba de todos modos. Su plato de comida seguía casi intacto. Si yo seguía hablando demasiado, cuando entrase en estado de shock no habría forma de devolverlo a la normalidad.

Le expuse mis condiciones.

—Tú comes y yo hablo.

Se lo pensó medio segundo y luego se llevó un bocado a los labios a una velocidad que se contradecía con su serenidad. Estaba más ansioso por mi respuesta de lo que revelaban sus ojos, brillando de curiosidad, con ese verde tan potente que amenazaba con exponerme.

—Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual —confesé—. Normalmente puedo hallar a alguien con suma facilidad siempre que haya «oído» su mente antes.

Mientras confesaba, observé su rostro con atención. Suponer algo era una cosa, que te lo confirmaran era otra muy distinta. Se quedó inmóvil, con la mirada inexpresiva. Apreté los dientes mientras esperaba a que se dejara llevar por el pánico.

Pero parpadeó, tragó con fuerza y se metió otro pedazo de carne en la boca.

Estaba deseando que continuase.

—Vigilaba a Toga sin mucha atención —proseguí, mientras evaluaba el efecto que tenía cada palabra que pronunciaba—. Como te he dicho, solo tú puedes meterte en líos en Port Angeles—No me pude resistir a añadir aquello. ¿Era consciente de que el resto de vidas humanas no estaban tan plagadas de experiencias cercanas a la muerte, o pensaba que las cosas que le pasaban eran normales?—. Al principio no me he percatado de que te habías ido por tu cuenta y luego, cuando he comprendido que ya no estabas con ellas, he ido a buscarte a la librería que he vislumbrado en la mente de Toga. He percibido que no habías llegado a entrar y que te habías dirigido al sur. Sabía que tendrías que dar la vuelta pronto, por lo que me he limitado a esperarte, investigando al azar en los pensamientos de los viandantes para saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese modo dónde estabas. No tenía razones para preocuparme, pero estaba extrañamente ansioso...

Se me aceleró la respiración al recordar esa sensación de pánico. Su aroma me ardía en la garganta y me alegré de ello. Ese dolor significaba que estaba vivo.

Mientras yo conviviera con las llamas, el estaría a salvo.

—He comenzado a conducir en círculos, seguía alerta. —Esperé que la palabra tuviera sentido para el; todo aquello debía de resultarle confuso—. El sol se ha puesto al fin y estaba a punto de salir y seguirte a pie cuando...

El recuerdo se adueñó de mí, tan nítido y vívido como si me hubiese trasladado hasta ese momento, y sentí que la misma furia asesina se me extendía por todo el cuerpo, convirtiéndolo en hielo, tenia que tener cuidado o congelaría la mesa.

Lo quería muerto. Debería estar muerto. Apreté la mandíbula con fuerza mientras me concentraba en contenerme, en quedarme allí, sentado a la mesa. Izu todavía me necesitaba. Eso era lo único que importaba. Lo único que me importaba.

—¿Qué ha pasado entonces? —susurró con los ojos muy abiertos.

—He oído lo que pensaban, también el arma —confesé entre dientes, incapaz de evitar que esas palabras se convirtieran en un gruñido—. Y he visto tu rostro en sus mentes.

Aún sabía exactamente dónde encontrarlo. Sus negros pensamientos impregnaban el cielo nocturno y me atraían hacia él. Me cubrí la cara, consciente de que exhibía la expresión de un cazador, de un asesino. Fijé la imagen de Izuku tras mis párpados cerrados para controlarme. Vislumbré la delicada complexión de sus huesos, la fina capa de su pálida y pecosa piel, como seda o un manto de estrellas estirada sobre vidrio, increíblemente suave y quebradiza. Era demasiado vulnerable para este mundo. Necesitaba un protector, lo necesitaba imperiosamente y, debido a un retorcido error del destino, yo era lo más parecido a eso.

Intenté explicarle el porqué de mi violenta reacción.

—Ha sido duro, no sabes cuánto, dejarlos... vivos —susurré—. Te podría haber dejado ir con Toga y Tsuyu, pero temía que, si me quedaba solo, iría a por ellos.

Por segunda vez aquella noche, confesé mi intención de cometer un asesinato. Al menos este sí estaba justificado.

Mientras yo me esforzaba por recuperar el control, el seguía en silencio. Escuché los latidos de su corazón. El ritmo era irregular, pero se fue acompasando a medida que pasaba el tiempo, hasta estabilizarse. Su respiración también era lenta y pausada.

Estaba al borde de un precipicio. Tenía que llevarlo a casa antes de...

¿Lo mataría, entonces? ¿Volvería a convertirme en un asesino ahora que el confiaba en mí? ¿Había alguna forma de contenerme?

Me había prometido que me contaría su última teoría cuando estuviéramos a solas. ¿Quería escucharla? Estaba ansioso por conocerla, pero ¿sería peor satisfacer mi curiosidad que permanecer en la ignorancia?

En cualquier caso, el ya debía de haber tenido suficientes verdades por una noche.

Lo miré de nuevo. Estaba más pálido que antes, pero sereno.

—¿Estás listo para ir a casa? —pregunté.

—Lo estoy para salir de aquí —respondió tras elegir con cuidado sus palabras, como si un simple «sí» no acabara de expresar lo que quería decir.

Qué frustrante.

La camarera volvió. Había oído las últimas palabras de Izuku, ya que había estado rumiando detrás de la mampara, pensando qué más podía ofrecerme. Con algunas de sus ocurrencias me habían entrado ganas de poner los ojos en blanco.

—¿Qué tal todo? —me preguntó.

—Dispuestos para pagar la cuenta, gracias —le dije sin apartar la vista de Izuku, al que tanto queria llamar mio.

Su respiración se aceleró, pues mi voz la había —en palabras de Izu— «deslumbrado» momentáneamente.

En un repentino momento de lucidez, al oír la forma en que mi voz resonaba en la mente de aquella insignificante humana, comprendí por qué esa noche parecía causar tanta admiración, libre de los estragos del miedo que despertaba habitualmente en los de su especie.

La razón era Izuku. Al esforzarme tanto por no ser un peligro para el, por ser menos terrorífico y, en resumidas cuentas, más humano, había perdido mi toque. Con mi horror innato bajo control, los demás humanos solo veían belleza.

Miré a la camarera y esperé a que recuperase la compostura.

Ahora que había comprendido la razón, me parecía casi gracioso.

—Claro. Aquí la tiene. —Me tendió la carpetita con la cuenta, pensando en la tarjeta que había dejado dentro. Una tarjeta en la que había escrito su nombre y su número de teléfono.

Sí, era bastante gracioso.

Yo ya tenía el dinero preparado, así que le devolví la carpetita de inmediato para que no malgastase su tiempo esperando una llamada que no llegaría jamás.

—Quédese con el cambio —le dije, con la esperanza de que la generosa propina mitigase su decepción.

Me puse en pie e Izuku enseguida me imitó. Quise ofrecerle mi mano, pero consideré que tal vez sería tentar demasiado mi suerte. Le di las gracias a la camarera sin dejar de mirar a Izuku ni un instante. A juzgar por la expresión de Izu, algo de todo aquello le había hecho gracia también a el.

Caminé todo lo cerca de el que me permitía mi atrevimiento, lo suficiente como para que el calor que emanaba de su cuerpo fuese como una caricia en la parte izquierda del mío. Suspiró con suavidad cuando le abrí la puerta para que pasara y me pregunté cuál sería la pena que le pesaba. Lo miré a los ojos, a punto de preguntárselo, pero entonces el bajó la vista, aparentemente avergonzado. Aquello no hizo más que alimentar mi curiosidad, aunque también me volvió más reticente a preguntárselo. El silencio se alargó mientras le abría la puerta y ambos subíamos al coche.

Encendí la calefacción; las altas temperaturas habían bajado de forma abrupta y el frío del coche debía de ser incómodo para el. Se acurrucó bajo mi chaqueta con una tímida sonrisa en los labios.

Esperé, pospuse la conversación hasta que las luces del paseo marítimo se apagaron en la distancia. Me sentía todavía más a solas con el.

¿Estaba haciendo lo correcto? El coche parecía muy pequeño. Su aroma se arremolinaba a mi alrededor con la corriente de la calefacción, crecía y se fortalecía; fue ganando peso hasta convertirse en una tercera entidad en el interior del vehículo, una presencia que exigía ser identificada.

Y así era; yo ardía, pero, sin embargo, ese fuego era aceptable. Por extraño que pudiera parecer, se me antojaba adecuado. Esa noche se me había dado mucho, más de lo que esperaba. Y el seguía aquí, a mi lado, por voluntad propia. Le debía algo a cambio. Un sacrificio. Una ofrenda de fuego.

Ojalá pudiera limitarse a eso..., a esas llamas en la garganta y nada más. Pero el veneno me llenaba la boca, los músculos se me tensaban, expectantes, como si estuviese de caza.

Tenía que mantener esos pensamientos alejados de mi mente y sabía bien qué me distraería.

—Ahora... —le dije, y el temor a su respuesta mitigó ese ardor—.

Te toca a ti.

Chapter Text

—¿Puedo hacerte solo una pregunta más? —me rogó en lugar de responder a mi demanda. Sabía que no soportaría mucho, era un chico curioso, los ojos verdes brillando con curiosidad.

Yo tenía los nervios crispados, me temía lo peor. Y, sin embargo, qué tentador era prolongar ese momento, tenerlo conmigo, dispuesto a estar a mi lado, aunque fuese solo durante unos segundos más. Suspiré ante el dilema y luego respondí:

—Una.

—Bueno... —vaciló unos instantes, como si estuviese decidiendo qué pregunta elegir—. Has dicho que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido hacia el sur. Solo me preguntaba cómo lo sabías.

Miré por el parabrisas. Otra pregunta que no revelaba nada por su parte y demasiado por la mía.

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas — insistió con un tono crítico y contrariado.

Qué ironía... El se mostraba implacablemente evasivo y ni siquiera era su intención. En fin, el quería que fuese directo y, fuera como fuese, esta conversación no iba a terminar bien. Lo sabía, era lo único que tenía coherencia, aunque eso matase un corazón que ya no latía desde hace casi un siglo.

—De acuerdo —me rendí—. He seguido tu olor.

Quise observar su reacción, pero me daba miedo lo que podía encontrarme. Me limité a escuchar su respiración, que se aceleró y luego se estabilizó. Volvió a hablar al cabo de un instante, con una voz más firme de lo que me esperaba.

—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dijo.

Lo miré con el ceño fruncido. El también estaba intentando ganar tiempo.

—¿Cuál?

—¿Cómo funciona lo de leer mentes? —preguntó, reiterando lo que me había planteado en el restaurante—. ¿Puedes leer la mente de cualquiera en cualquier parte? ¿Cómo lo haces? ¿Puede hacerlo el resto de tu familia...? —se interrumpió y se sonrojó de nuevo. Sus mejillas salpicadas de pecas reluciendo.

—Has hecho más de una pregunta —protesté. El se limitó a mirarme, esperando mi respuesta.

Y ¿por qué no dársela? Ya había adivinado mucho al respecto y era un asunto mucho menos peliagudo que el otro que se cernía sobre nosotros.

—Solo yo tengo esa facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta esa «voz», más lejos soy capaz de oírla, pero aun así no más de unos pocos kilómetros. —Intenté dar con una forma de describirlo para que lo entendiera, una analogía que pudiera interpretar—. Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Solo es un zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces está claro lo que piensan... La mayor parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer demasiado. —Fruncí el ceño—. Y así es más fácil parecer normal, y no responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya expresado con palabras.

—¿Por qué crees que a mí no puedes «oírme»? —Respondí con otra verdad y otra analogía.

—No lo sé —admití—. Mi única suposición es que tal vez tu mente funcione de forma diferente a la de los demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo solo captase los de frecuencia modulada.

En cuanto pronuncié las palabras, me di cuenta de que esa analogía no le iba a gustar; sonreí al anticiparme a su reacción. No me decepcionó:

—¿Mi mente no funciona bien? —preguntó, alzando la voz—¿Soy un bicho raro?—

Ah, otra ironía.

—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro...

Me eché a reír. Izu, porque decidí que era mejor que Deku, me hacía pensar que de esa forma era algo solo de ambos, era capaz de comprender todos los pequeños detalles, pero lo esencial lo entendía al revés. Sus instintos siempre funcionaban a la contra.

Se estaba mordiendo el labio y ya le había aparecido esa arruga en el entrecejo, esta vez profunda.

—No te inquietes —lo tranquilicé—. Es solo una teoría... —Y todavía nos quedaba una teoría más importante que discutir. Estaba ansioso porque llegara el momento. A cada segundo que pasaba, más sentía que estaba disfrutando de un tiempo robado—. Y eso nos trae de vuelta a ti.

Suspiró; seguía mordiéndose el labio. Lo hacía todo el tiempo, me preocupaba que se hiciera daño. Me miró a los ojos con una expresión atribulada.

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —dije en voz baja.

Bajó la vista; estaba batallando contra un dilema interno. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos de par en par. El terror se reflejó en su rostro por primera vez.

—¡Dios santo! —gritó.

Me asusté. ¿Qué había visto? ¿En qué momento lo había asustado? Y entonces volvió a gritar:

—¡Ve más despacio! —

—¿Qué pasa? —No entendía qué lo había aterrorizado tanto.

—¡Vas a ciento sesenta! —chilló.

Miró por la ventanilla y retrocedió al ver los oscuros árboles que pasaban por nuestro lado con una celeridad vertiginosa. ¿Una nimiedad como esta, un poco de velocidad, lo hacía chillar de terror? Puse los ojos en blanco.

—Tranquilízate, Izu.

—¿Pretendes que nos matemos? —preguntó con una voz aguda y crispada. Sus orbes jaspeita estaban turbados

—No vamos a chocar —le prometí.

Cogió aire con fuerza y luego, en un tono un poco más sosegado, preguntó:

—¿Por qué vamos tan deprisa?

—Siempre conduzco así.

Lo miré a los ojos, divertido ante su expresión conmocionada.

—¡No apartes la vista de la carretera!

—Nunca he tenido un accidente, Izu. Ni siquiera me han puesto una multa. —Le sonreí y me toqué la frente. Aquello hacía que la situación fuese todavía más cómica: era absurdo poder bromear con el sobre algo tan extraño y tan secreto—. Llevo un detector de radares incorporado.

—Muy divertido —me espetó con sarcasmo, aunque en su voz había más miedo que ira—Hizashi es policía, ¿recuerdas? He crecido respetando las leyes de tráfico. Además, si nos la pegamos contra el tronco de un árbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, seguro que tú te puedes levantar y marcharte tranquilamente.

—Probablemente —repetí, y me reí con amargura. Sí, en un accidente de tráfico correríamos suertes muy distintas. Tenía razones para estar asustado, a pesar de mis habilidades al volante

—. Pero tú no. —Suspiré y disminuí a una velocidad de tortuga—¿Satisfecho?

Echó un vistazo al velocímetro.

—Casi.

¿Seguía yendo demasiado rápido para el?

—Odio conducir despacio —mascullé, pero reduje la velocidad un poco más.

—¿A esto lo llamas despacio? —inquirió.

—Basta de criticar mi conducción —dije con impaciencia.

¿Cuántas veces había evitado responder a mi pregunta? ¿Tres?

¿Cuatro? ¿Tan horribles eran sus conjeturas? Necesitaba saberlo. De inmediato—. Todavía estoy esperando a que me cuentes tu última teoría.

Se volvió a morder el labio y adoptó una expresión de disgusto, casi de dolor. Contuve la impaciencia y suavicé el tono de voz; no quería angustiarlo.

—No me voy a reír —le prometí, con la esperanza de que fuese solo la vergüenza lo que lo empujaba a callar.

—Temo más que te enfades conmigo —susurró.

—¿Tan malo es? —pregunté, esforzándome para que no me temblara la voz.

—Bastante, sí.

Bajó la vista, reacio a mirarme a los ojos. Los segundos iban pasando.

—Adelante —lo apremié.

—No sé cómo empezar... —confesó con una vocecilla.

—¿Por qué no empiezas por el principio? —Recordé lo que había comentado antes de cenar—. Has dicho que no era de tu invención.

—No —respondió, y volvió a quedarse en silencio.

Pensé en cosas que podrían haber inspirado sus suposiciones.

—¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película?

Tendría que haber echado un vistazo a su colección, eran temas recurrentes en su lado del mundo, mientras el estaba fuera de casa. Si había ejemplares de Bram Stoker o Anne Rice entre su arsenal de mangas, comics y libros de bolsillo, yo no tenía ni idea.

—No —repitió—. Fue el sábado, en la playa.

Eso no me lo esperaba. Las habladurías respecto a nosotros nunca habían ido por derroteros demasiado extraños... ni demasiado precisos. ¿Corría en el pueblo un rumor nuevo del que yo no estaba enterado? Izu levantó la vista de sus manos y vio mi expresión de sorpresa.

—Me encontré con un viejo amigo de la familia... Shinsou Hitoshi— Luego añadió—: Su padre y Hizashi han sido amigos desde que yo era niño.

Shinsou Hitoshi... No conocía ese nombre y, sin embargo, me recordaba a algo... A otro tiempo, muy muy lejano... Miré por el parabrisas mientras buscaba entre mis recuerdos, intentando dar con la conexión.

—Su padre es uno de los ancianos de los quileutes —dijo.

Shinsou Hitoshi. ¡Shota Hitoshi! Era uno de sus descendientes, no me cabía la menor duda.

Las cosas no podían ir peor. Izuku sabía la verdad.

Mi mente recorría a toda prisa todas las posibles ramificaciones mientras el coche volaba por las oscuras curvas de la carretera; tenía el cuerpo rígido de angustia, inmóvil, excepto por los movimientos leves y automáticos que requería la conducción.

Sabía la verdad.

Pero... si lo había descubierto el sábado... Esta noche ya lo sabía, y aun así...

—Fuimos a dar un paseo... —continuó—, y él me estuvo contando viejas leyendas para asustarme. Me contó una...

Se detuvo de golpe, pero ya no había necesidad de apelar a los escrúpulos. Yo ya sabía lo que iba a decir. El único misterio que quedaba por resolver era por qué estaba allí conmigo.

—Continúa —la apremié.

—... sobre vampiros —musitó con un hilo de voz, apenas un susurro.

De algún modo, oírlo pronunciar la palabra fue aún peor que confirmar que lo sabía. Me estremecí al escucharlo, pero enseguida me controlé de nuevo.

—¿E inmediatamente te acordaste de mí? —quise saber.

—No. Shinsou mencionó a tu familia.

¿No era irónico que fuese un descendiente del mismísimo Shota el que hubiera violado el tratado que él había jurado respetar? Un nieto suyo, o bisnieto. ¿Cuántos años habían pasado?

¿Setenta?

Debería haberme dado cuenta de que el peligro no estaba en los ancianos que creían en las leyendas. Estaba, por supuesto, en la generación más joven, en aquellos que habían sido advertidos pero que consideraban las viejas supersticiones como algo risible. Era ahí donde residía el peligro de quedar expuestos.

Supuse que eso significaba que ahora podía masacrar a esa pequeña e indefensa tribu de la costa, si así lo deseaba. Shota y su manada de protectores llevaban mucho tiempo muertos.

—Solo creía que era una superstición estúpida —dijo Izu de repente, con la voz teñida de una ansiedad distinta, casi como si pudiera leerme la mente—. No esperaba que yo me creyera ni una palabra. —Por el rabillo del ojo, vi que se retorcía las manos, inquieto—. Fue culpa mía —añadió al cabo de unos segundos, y luego agachó la cabeza, como si estuviese avergonzado—. Lo obligué a contármelo.

—¿Por qué? —Ya no me costaba hablar con voz firme. Lo peor ya había pasado. Mientras discutiésemos los detalles de la revelación, no tendríamos que hablar de las consecuencias de la misma.

—Toru dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. —Hizo una mueca al recordarlo. Me distraje momentáneamente: quería saber por qué el hecho de que alguien hablase sobre mí podría ser una provocación para Izuku—. Y un chico mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a la reserva, solo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Shinsou a solas y lo engañé para que me lo contara.

Agachó aún más la cabeza al admitirlo, con una expresión que parecía... culpable. Aparté la vista y solté una carcajada, un sonido ronco. ¿Se sentía culpable? ¿El? Pero ¿qué podría haber hecho que mereciera reprimenda alguna?

—¿Cómo lo engañaste? —quise saber.

—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había pensado —explicó, y su voz se tornó incrédula al recordar el suceso. Teniendo en cuenta lo atractivo que parecía resultarles a los ejemplares masculinos y femeninos de cualquier especie —aunque el no fuese en absoluto consciente de ello—, era capaz de imaginarme lo abrumador que podía llegar a ser cuando realmente intentaba ser atractivo. De repente, sentí compasión por el pobre chico sobre el que se había desatado de repente semejante poder de seducción.

—Me gustaría haberlo visto —dije, y me eché a reír otra vez, dejándome llevar por mi humor negro. Ojalá hubiese visto la reacción del chico, ojalá hubiese sido testigo de su desolación—. Y tú me acusas de confundir a la gente... ¡Pobre Shinsou Hitoshi!

No estaba tan enfadado con el responsable de haberme delatado como cabría esperar. ¿Qué sabía él? Y ¿cómo iba a pretender que nadie le negase algo a este chico? No, solo sentía empatía por los estragos que Izu debía de haber causado en la quietud de su espíritu.

Noté cómo su rubor caldeaba el aire que había entre los dos. Le eché un vistazo; el miraba por la ventanilla, de nuevo en silencio.

—¿Qué hiciste entonces? —insistí. Era hora de volver a la historia de terror.

—Busqué en internet— Siempre tan práctico.

—¿Y eso te convenció?

—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces... —Se interrumpió de nuevo. Oí que apretaba los dientes.

—¿Qué? —lo apremié. ¿Qué había encontrado? ¿Qué le había dado sentido a la pesadilla?

Hizo una corta pausa y entonces susurró:

—Decidí que no importaba.

El impacto congeló mis pensamientos durante medio segundo; de repente, todas las piezas encajaron. Por qué había dejado que sus amigas se fuesen en lugar de escaparse con ellas; por qué se había metido conmigo en el coche en vez de salir corriendo, llamando a gritos a la policía...

Sus reacciones siempre eran erróneas, total y absolutamente equivocadas. Atraía el peligro hacia sí. Lo invocaba.

—¡¿Que no importaba?! —repetí entre dientes, rebosante de ira.

¿Cómo iba a proteger a un chico tan... tan... tan empeñado en estar desprotegido?

—No —respondió en voz baja, con un tono inexplicablemente tierno—. No me importa lo que seas.

Era un caso perdido.

—¿No te importa que sea un monstruo? ¿Que no sea humano?

—No.

Empecé a recelar de su salud mental. Suponía que podía encargarme de que recibiera el mejor tratamiento posible... Aizawa tendría contactos para hallar a los mejores médicos, a los terapeutas más renombrados. Tal vez se pudiera hacer algo para arreglar lo que le pasaba, lo que fuera que hacía que estuviese sentado al lado de un vampiro tan alegremente, con el corazón latiéndole de forma tranquila y acompasada. Yo montaría guardia en las instalaciones, por supuesto, e iría a verlo tanto como el me permitiera.

—Te has enfadado —suspiró—. No debería haber dicho nada.

Como si esconderme estas tendencias tan perturbadoras nos fuese a servir de algo a alguno de los dos...

—No. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo que pienses sea una locura.

—Así que ¿me equivoco otra vez? —preguntó con actitud beligerante.

—No me refiero a eso. —Volví a apretar la mandíbula—. «No importaba» —repetí en tono mordaz.

El dio un respingo.

—¿Estoy en lo cierto?

—¿Importa? —repliqué.

Respiró hondo. Iracundo, esperé su respuesta.

—En realidad, no —respondió, de nuevo con voz firme—. Siento curiosidad.

«En realidad, no». En realidad, no importaba. Le daba igual.

Sabía que era inhumano, un horror, y no le importaba.

Empecé a sentir, además de la preocupación por su cordura, el fulgor de un pequeño rayo de esperanza. Intenté acallarlo.

—¿Sobre qué sientes curiosidad? —le pregunté. Ya no quedaban secretos, solo pequeños detalles.

—¿Cuántos años tienes?

Mi respuesta fue automática, la tenía muy arraigada.

—Diecisiete.

—¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?— Intenté no sonreír al oír su tono condescendiente.

—Bastante —admití.

—De acuerdo.

De pronto sonaba entusiasmado. Me sonrió. Cuando lo miré, de nuevo angustiado por su salud mental, sonrió todavía más. Yo fruncí el ceño.

—No te rías —me advirtió—, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?

Me reí de todos modos. Parecía que durante su investigación no había dado con resultados que se alejaran de lo habitual.

—Un mito.

—¿No te quema el sol?

—Un mito.

—¿Y lo de dormir en ataúdes?

—Un mito. —Hacía mucho tiempo que dormir no tenía lugar alguno en mi vida, al menos hasta hacía unas noches, desde que observaba a Izu soñar—. No puedo dormir —añadí, para ofrecerle una respuesta más completa.

El se quedó en silencio unos instantes.

—¿Nada?

—Jamás —respondí en voz baja.

Al encontrarme con su mirada penetrante y descubrir en ella sorpresa y compasión, anhelé súbitamente dormir. No por abandonarme al olvido, como antaño, ni por escapar del aburrimiento, sino porque deseaba soñar. Quizá, si pudiera caer en la inconsciencia, si pudiera soñar, podría vivir durante unas horas en un mundo donde el y yo pudiéramos estar juntos. El soñaba conmigo y yo quería soñar con el.

Me miró con una expresión maravillada. Tuve que apartar la vista. Si yo no podía soñar con el, el no debería soñar conmigo.

—Aún no me has formulado la pregunta más importante —le dije.

El corazón de piedra que descansaba en mi pecho mudo parecía haberse tornado más frío y más duro que antes. Tenía que obligarlo a comprender. En algún momento, era preciso que viera que todo esto sí importaba... más que cualquier otra cosa. Importaba más que el hecho de que yo lo amaba, por ejemplo.

—¿Cuál? —preguntó, sorprendido.

No sabía a qué me refería; aquello solo me hizo hablar con más dureza.

—¿No te preocupa mi dieta?

—Ah... Esa —respondió en un tono calmado que no supe interpretar.

—Sí, esa. ¿No quieres saber si bebo sangre? Retrocedió un poco, por fin.

—Bueno... Shinsou me dijo algo al respecto.

—¿Qué dijo Shinsou?

—Que no cazaban personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa porque solo daban caza a los animales.

—¿Dijo que no éramos peligrosos? —pregunté con tono cínico.

—No exactamente —aclaró—. Dijo que se suponía que no lo eran, pero los quileutes siguen sin quererlos en sus tierras. Solo por si acaso.

Me quedé mirando la carretera. Mis pensamientos eran una maraña sin remedio y me dolía la garganta debido a ese fuego tan familiar.

—Entonces ¿tiene razón en lo de que no cazan personas? — inquirió, con tanta tranquilidad como si me estuviese preguntando por la previsión del tiempo.

—La memoria de los quileutes llega lejos... —Asintió para sí, pensativo —. Aunque no dejes que eso te vuelva confiado —añadí enseguida—. Tienen razón al mantener las distancias con nosotros. Seguimos siendo peligrosos.

—No comprendo.

No, estaba claro que no lo entendía. ¿Cómo podía hacérselo ver?

—Intentamos... —expliqué—. Normalmente se nos da muy bien, pero a veces cometemos errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.

Su aroma seguía estando muy presente en el coche. Había empezado a acostumbrarme, ya casi podía ignorarlo, pero no se podía negar que mi cuerpo todavía lo anhelaba por la peor razón imaginable. Tenía la boca repleta de veneno. Tragué saliva.

—¿Esto es un error?

Habló con la voz teñida de dolor, y eso me desarmó. Quería estar conmigo. A pesar de todo, quería estar conmigo. La esperanza volvió a despuntar, pero la aplasté.

—Uno muy peligroso —respondí con sinceridad, pese a que deseaba que, de algún modo, la verdad dejase de importar.

El tardó unos instantes en contestar. Oí que su respiración cambiaba, que se entrecortaba de maneras extrañas que no parecían tener nada que ver con el miedo.

—Cuéntame más —me pidió de repente, con la voz distorsionada por la angustia.

Lo miré con atención. Parecía estar sufriendo. ¿Cómo había podido permitir que sucediera algo así?

—¿Qué más quieres saber? —pregunté mientras intentaba hallar la forma de no causarle más dolor. El no debía sentir dolor, no podía tolerar que sufriera.

—Dime por qué cazáis animales en lugar de personas — respondió, todavía angustiado.

¿Acaso no era obvio? Aunque quizá esto tampoco le importaba.

—No quiero ser un monstruo —murmuré.

—Pero ¿no bastan los animales?

Pensé en otra comparación, algo que lo ayudase a entender.

—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía a vivir a base de queso y leche de soja. Nos llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste privado. No sacia el apetito por completo, bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces. —Bajé la voz. Me avergonzaba por haberlo expuesto al peligro, por seguir exponiéndolo —. Unas veces es más difícil que otras.

—¿Te resulta muy difícil ahora?

Suspiré. Por supuesto, me había hecho justo la pregunta que no quería contestar.

—Sí —admití.

Esta vez, anticipé correctamente su respuesta física: siguió respirando con regularidad, los latidos de su corazón no se alteraron. Era lo que había adivinado, pero seguía sin comprenderlo.

¿Cómo era posible que no tuviese miedo?

—Pero ahora no tienes hambre —afirmó con total seguridad.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Tus ojos —contestó en tono despreocupado—. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los hombres en particular, están más gruñones cuando tienen hambre, experiencia propia supongo, en ese sentido somos iguales.

Me reí entre dientes por su descripción: «gruñones». Eso se quedaba corto, pero había dado en el clavo, como de costumbre.

—Eres muy observador, ¿verdad? —me volví a reír.

El esbozó una tímida sonrisa, pero volvió a arrugar la frente, como si estuviese concentrado en algo.

—Este fin de semana estuviste cazando con Eijiro, ¿verdad? — me preguntó cuando terminé de reír.

Su despreocupada forma de hablar me resultaba tan fascinante como frustrante. ¿De verdad era capaz de tomárselo con tanta tranquilidad? Yo estaba más cerca que el de entrar en estado de shock.

—Sí —respondí y, entonces, cuando estaba a punto de dejarlo ahí, sentí el mismo impulso que había sentido en el restaurante: quería que me conociera—. No quería salir, pero era necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

—¿Por qué no querías marcharte?

Respiré hondo y me volví para mirarlo a los ojos. Esta clase de sinceridad también era difícil, aunque de un modo muy distinto.

—El estar lejos de ti me pone... ansioso. —Supuse que con esa palabra bastaría, aunque carecía de la fuerza suficiente—. No bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el fin de semana, preocupándome por ti, y, después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne del fin de semana. —Entonces recordé que tenía arañazos en las palmas de las manos—. Bueno, no del todo —me corregí.

—¿Qué?

—Tus manos —le recordé.

Suspiró y curvó los labios hacia abajo.

—Me caí.

—Eso es lo que pensé —dije, incapaz de reprimir la sonrisa—. Supongo que, siendo tú, podría haber sido mucho peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es que puse a Eijiro de los nervios.

Lo cierto era que no tendría que haber conjugado la frase en pasado. Seguramente, seguía sacando de quicio a Eijiro, a él y al resto de la familia. Salvo Ochako.

—¿Tres días? —preguntó, con un tono repentinamente irritado—¿No acabas de regresar hoy?

No entendía el deje afilado en su voz.

—No, volvimos el domingo.

—Entonces ¿por qué no fueron ninguno de udtedes al instituto?—quiso saber.

Me resultaba confuso que estuviera molesto. No parecía haber reparado en que esta pregunta también estaba relacionada con la mitología.

—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del día... Al menos, no donde me pueda ver alguien.

Eso lo distrajo de su misterioso enfado.

—¿Por qué? —preguntó ladeando la cabeza.

Para esta cuestión en concreto, dudaba de ser capaz de dar con una analogía adecuada, así que le respondí sin más:

—Alguna vez te lo mostraré.

Me pregunté de inmediato si acabaría rompiendo esa promesa. La había hecho sin pensar, pero no me imaginaba cumpliéndola.

De todos modos, ahora no debía preocuparme por eso. No sabía si podría volver a verlo después de esta noche. ¿Lo amaba lo suficiente como para ser capaz de separarme de el?

—Me podrías haber llamado—. Qué conclusión tan extraña.

—Pero sabía que estabas a salvo.

—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —Se interrumpió abruptamente y se miró las manos.

—¿Qué?

—Me disgusta no verte —confesó con timidez, al tiempo que se le encendía la piel de las mejillas—. También me pone ansioso.

¿Ya estás contento?, me dije. Ahí estaba la recompensa a mis esperanzas.

Estaba perplejo, eufórico, horrorizado —sobre todo horrorizado—, pues mis fantasías más descabelladas no se habían alejado tanto de la realidad. Por eso no le importaba que fuese un monstruo. Era exactamente la misma razón por la que a mí tampoco me importaban ya las reglas, la misma por la que mis prioridades habían cambiado, descendiendo un puesto para que ese chico ocupase el primero.

Yo también le importaba a Izu.

Sabía que no podía ser nada comparado con lo mucho que lo amaba yo. El era mortal, susceptible a los cambios. No estaba congelado, sin esperanzas de recuperarse. Y, sin embargo, yo le importaba lo suficiente como para arriesgar su vida sentándose a mi lado. Como para arriesgarla de buena gana.

Lo suficiente como para causarle dolor si hacía lo correcto y lo abandonaba.

¿Había algo que pudiera hacer ya para no causarle dolor? ¿Algo, fuera lo que fuese?

Cada palabra que nos habíamos dicho era una de las semillas de la granada. Esa extraña visión que había tenido en el restaurante se aproximaba a la verdad más de lo que había imaginado.

Debería haberme mantenido lejos de el. Jamás debería haber vuelto a Forks. No le causaría más que dolor.

¿Saber esto evitaría que me quedase ahora? ¿Haría que me marchase para no empeorar las cosas?

La forma en que me sentía en ese momento, la sensación de notar su calor sobre la piel...

No. Nada lo evitaría.

—Ay —gruñí para mí—. Esto no está bien.

—¿Qué he dicho? —preguntó; enseguida había dado por hecho que era culpa suya.

—¿No lo ves, Izuku? De todas las cosas en las que te he involucrado, esta es una de las que me hace sentir peor. No quiero oír que te sientes así. —Era verdad y era mentira. Mi lado más egoísta flotaba en la euforia de saber que me deseaba igual que yo a el —. Es un error. No es seguro. Izu, soy peligroso. Grábatelo, por favor.

—No. —Hizo un mohín con gesto testarudo.

—Hablo en serio.

Estaba librando una cruel batalla contra mí mismo; medio desesperado porque tuviese en cuenta mis advertencias y medio desesperado por evitar que las escuchara, tanto que mi voz se había transformado en un rugido que se me escapaba entre los dientes.

—También yo —insistió—. Te lo he dicho, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.

¿Demasiado tarde? Durante un segundo interminable, el mundo se convirtió en algo lúgubre y blanco y negro. En mi memoria, vislumbré las sombras que cruzaban la hierba soleada, acechando a un Izu Durmiente. Eran inevitables, no había forma de detenerlas. Le robaban el color de la piel y lo arrojaban a la oscuridad, al inframundo.

¿Demasiado tarde? La visión de Ochako daba vueltas y vueltas en mi mente; allí, los ojos rojo sangre de Izu me miraban, impasibles e inexpresivos. Era imposible que no me odiase por condenarlo a ese futuro. Me odiaría por arrebatárselo todo.

No podía ser demasiado tarde.

—Jamás digas eso —le espeté.

El miraba por la ventanilla, de nuevo mordiéndose el labio. Tenía las manos apretadas en dos puños, encima del regazo, y respiraba de forma entrecortada.

—¿En qué piensas? —Necesitaba saberlo.

Negó con la cabeza sin mirarme. Vi un destello resplandeciente en su mejilla, como el cristal.

Pura agonía.

—¿Estás llorando?

Era yo quien lo había hecho llorar, tal era la gravedad con que lo había herido. Se enjugó la lágrima con el dorso de la mano.

—No —mintió con la voz rota.

Un instinto que llevaba mucho tiempo enterrado me impulsó a alargar una mano hacia el. Durante ese segundo, me sentí más humano de lo que me había sentido nunca, pero entonces recordé que... no lo era. Y bajé la mano.

—Lo siento —le dije con la mandíbula apretada.

¿Cómo podía expresar lo mucho que lo sentía? Sentía todos los errores estúpidos que había cometido. Sentía mi egoísmo infinito. Sentía que fuese tan desafortunado como para haber inspirado este primer, último y trágico amor mío. Sentía todo lo que escapaba a mi control, ser el verdugo que había elegido el destino para poner fin a su vida.

Respiré hondo, ignoré el despreciable efecto que el aroma que impregnaba el coche ejercía sobre mí e intenté recuperar la compostura. Quería cambiar de tema, pensar en otra cosa. Por suerte, la curiosidad que sentía por este chico era insaciable.

—Dime una cosa —le pedí.

—¿Sí? —preguntó con la voz ronca, todavía impregnada de lágrimas.

—Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué pensabas? No he conseguido comprender tu expresión... No parecías asustado, sino más bien concentrado al máximo en algo.

Recordé su rostro y su mirada de determinación, obligándome a olvidar al dueño de los ojos desde los que lo miraba.

—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante —respondió con un tono más firme—. Ya sabes..., autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a ese...

No consiguió mantener la compostura hasta el final de la frase; la voz le falló y se le distorsionó a causa del odio que destilaba. No era una hipérbole, y su furia carecía de toda gracia ahora. Vislumbré su frágil figura —seda sobre vidrio— eclipsada tras las sombras de aquellos agresivos y corpulentos monstruos humanos que querían hacerle daño. La furia hervía en el fondo de mi mente.

—¿Ibas a luchar contra ellos? —Quise gemir. Esos instintos suyos acabarían matándolo—. ¿No pensaste en correr?

—Me caigo mucho cuando corro —admitió, cabizbajo.

—¿Y en chillar?

—Estaba a punto de hacerlo— Negué con la cabeza, incrédulo.

—Tienes razón —le dije, con un matiz de amargura en la voz—. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar mantenerte con vida.

El suspiró y volvió a mirar por la ventanilla. Luego, sus ojos se volvieron hacia mí.

—¿Te veré mañana? —preguntó de repente.

Si debíamos recorrer el camino que nos llevaría al infierno, ¿por qué no disfrutar del viaje?

—Sí. También tengo que entregar un trabajo. —Le sonreí, y eso me hizo sentir bien. Estaba claro que no era solo su instinto el que funcionaba al revés—. Te reservaré un asiento para almorzar.

El corazón le palpitó de forma agitada y el mío, muerto como estaba, pareció entrar en calor. Detuve el coche frente a la casa de su padre, pero el no hizo ademán de alejarse de mí.

—¿Me prometes estar ahí mañana? —insistió.

—Lo prometo.

¿Cómo era posible que hacer lo incorrecto me causara tanta felicidad? Tenía que ser un error.

El asintió, satisfecho, y empezó a quitarse la chaqueta.

—Te la puedes quedar... —le ofrecí. Me apetecía dejarle algo mío. Un amuleto, como el tapón de botella que yo llevaba en el bolsillo en este momento—. No tienes una para mañana.

Pero el me la tendió con una sonrisa triste.

—No quiero tener que explicárselo a Hizashi.— Ya imaginaba que no. Le sonreí.

—Ah, de acuerdo.

Llevó la mano a la manija de la puerta, pero entonces se detuvo. No deseaba marcharse, del mismo modo que yo no deseaba que se marchara.

Que estuviese desprotegido, aunque fuese solo unos instantes... Hacía ya rato que Tensei y Fuyumi se habían despedido; ya debían de haber dejado Seattle atrás, no me cabía duda. Pero siempre podía haber otros.

—¿Izu? —lo llamé, maravillado ante el placer que me producía simplemente pronunciar su nombre, sobre todo de una forma que nadie más lo hacía, de una forma tan amorosa como pudiese ser la entrega las devota de fidelidad y compromiso, un nombre que estaba tatuado en mi ser. Mi única razón para existir.

—¿Sí?

—¿Vas a prometerme algo?

—Sí —accedió felizmente, y luego entornó los ojos, como si estuviese pensando en una razón para oponerse.

—No vayas solo al bosque —le advertí, al tiempo que me preguntaba si sería mi petición lo que provocaría sus objeciones.

Parpadeó, desconcertado.

—¿Por qué?

Miré fijamente hacia la traicionera oscuridad. La ausencia de luz no era un problema para mis ojos, pero tampoco lo sería para otro cazador.

—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.

Se estremeció, pero se recuperó enseguida e incluso me sonrió al responderme:

—Lo que tú digas.

Su aliento me acarició el rostro. Era tan dulce... Podría haberme quedado así toda la noche, pero el necesitaba dormir. Ambos deseos se me antojaban igual de poderosos; luchaban entre sí en mi interior, sin descanso. Lo deseaba y a la vez deseaba su bienestar.

Suspiré ante tanta imposibilidad.

—Nos vemos mañana —le dije, a sabiendas de que lo vería mucho antes de entonces. Aunque, claro, el no me vería a mí hasta el día siguiente.

—Entonces, hasta mañana —respondió mientras abría la puerta. De nuevo la agonía de verlo marchar.

Me incliné tras el; quería retenerlo.

—¿Izu?

Se volvió y se quedó paralizado, sorprendido al encontrar mi rostro tan cerca del suyo. Yo también me sentía abrumado por su proximidad. Emitía calor en oleadas que me acariciaban; casi podía sentir la seda de su piel, las pecas como parte de un hechizo al cuál caía con gusto y anhelo.

El corazón le dio un brinco y entreabrió los labios.

—Que duermas bien —susurré.

Me aparté antes de que la urgencia que se había adueñado de mi cuerpo —ya fuera la sed que me era tan familiar o esa nueva avidez tan extraña y repentina que crecía en mi interior— me llevaran a herirlo de algún modo.

Se quedó allí sentado, inmóvil durante un segundo, con los ojos muy abiertos y asombrados. Deslumbrado, supuse.

Igual que yo.

Recuperó la compostura —aunque seguía teniendo un aspecto algo atolondrado— y estuvo a punto de caerse al salir del coche. Se tropezó con los pies y se tuvo que agarrar de la puerta para no darse de bruces contra el suelo.

Me reí, esperaba que con el suficiente disimulo como para que no se hubiera dado cuenta. Luego lo observé trastabillar hasta la nube de luz que bañaba la puerta. Estaba a salvo por el momento. Y yo no tardaría en volver para asegurarme de que siguiera siendo así.

Sentí que me seguía con la mirada mientras conducía por la calle oscura. No estaba acostumbrado a esa sensación. Por lo general, si me apetecía, sencillamente podía verme a mí mismo a través de los ojos de otro. Esto era emocionante y extraño: esta sensación intangible de que alguien me observaba. Aunque sabía que solo era así porque se trataba de Izu.

Conduje sin rumbo en mitad de la noche, mientras millones de pensamientos se perseguían los unos a los otros a través de mi mente. Di vueltas y vueltas por las calles, sin dirigirme a ningún sitio en particular; solo pensaba en Izuku y en el increíble alivio que sentía ahora que la verdad había salido a la luz. Ya no tenía que vivir aterrorizado esperando el momento en el que descubriera lo que yo era: ya lo sabía y no le importaba. Aunque esto era indudablemente malo para el, para mí era una maravillosa liberación.

Además, pensaba en Izuku y el amor correspondido. El no era capaz de amarme como yo lo amaba a el; un amor tan abrumador, poderoso y aplastante rompería un cuerpo tan frágil. Sin embargo, sus sentimientos tenían la fuerza suficiente para subyugar el miedo instintivo, la fuerza suficiente para que quisiera estar conmigo. Y estar con el me provocaba la felicidad más intensa que había conocido jamás.

Ya que estaba solo y, para variar, no le estaba haciendo daño a nadie, me permití el lujo de disfrutar durante un rato de esa felicidad sin regodearme en la tragedia. Me permití sentirme exultante porque el también me quisiera, regocijarme en el triunfo que suponía haberme ganado su afecto, en imaginarme sentado a su lado al día siguiente, escuchando su voz y siendo el destinatario de sus sonrisas. Sonrisas llenas de luz, como mi Sol personal en esta media noche eterna que era mi existencia.

Reproduje esa sonrisa en mi mente; observé cómo sus mullidos labios se curvaban desde las comisuras y recordé ese suave hoyuelo que se le formaba en la barbilla, la forma en que sus cálidos ojos se derretían. El tacto de sus dedos era suave y cálido, esta noche lo había sentido. Imaginé cómo sería acariciar la delicada piel cubierta de dulces pecas que recubría sus pómulos, tan cálida, tan sedosa, tan... frágil. Seda sobre vidrio... Terroríficamente quebradiza.

No vi adónde se dirigían mis pensamientos hasta que no fue demasiado tarde. Mientras me perdía en esa devastadora vulnerabilidad, otras imágenes de su rostro interrumpieron mis fantasías.

Perdido entre las sombras, pálido de terror, pero con la mandíbula tensa en un gesto de decisión, la mirada concentrada y el cuerpo preparado para golpear a las corpulentas siluetas que lo rodeaban, a las pesadillas ocultas en la penumbra.

—Ah... —gruñí, al tiempo que ese odio hirviente que mi amor por el me había hecho olvidar resurgía y se transformaba en una ira infernal.

Estaba solo. Confiaba en que Izu estaría a salvo en su hogar. Por un instante, me alegré mucho de que su padre fuese Hizashi Midoriya, el jefe de la policía local, un hombre armado y entrenado. Eso tenía que servir de algo, debía proporcionarle cierto amparo.

El estaba sano y salvo y yo no tardaría mucho en destruir al mortal que había querido herirlo. Todo por una maldita confusión, el lucía tan inocente como para pertenecer al cuerpo policial pero a la vez no me costaba imaginarlo de uniforme, salvando a los necesitados, un héroe en todo el sentido... Y a la vez tan desprotegido.

No. Izu merecía algo mejor. No podía permitir que quisiera a un asesino.

Pero... ¿y los demás?

Izu estaba a salvo, sí, y seguro que Tsuyu y Toga también; ya debían de estar en la cama. Pero un depredador andaba suelto por las calles de Port Angeles. Era un monstruo humano, ¿no lo convertía eso en un problema de los humanos? No solíamos interferir en los problemas de los humanos, excepto Aizawa, que trabajaba de forma constante curándolos y salvándolos. Para el resto de nosotros, la debilidad por la sangre humana era un impedimento a la hora de involucrarnos estrechamente con ellos. Y, por supuesto, también estaban nuestros vigilantes en la distancia, el cuerpo de policía de facto de los vampiros, los Vulturis. Nosotros, los Todoroki, llevábamos una vida demasiado alejada de la norma. Llamar su atención con un numerito de superhéroe inoportuno sería extremadamente peligroso para nuestra familia.

Sin duda, se trataba de un asunto humano que no incumbía a los de nuestro mundo. Cometer el asesinato que ansiaba cometer no era lo correcto y lo sabía. No obstante, dejarlo en libertad para que volviera a atacar tampoco podía serlo.

Pensé en la recepcionista rubia del restaurante, en la camarera a la que ni siquiera me había molestado en mirar. Ambas me habían causado un fastidio trivial, pero eso no quería decir que merecieran estar en peligro, los adolescentes que solo salían a divertirse y por unas monedas no regresaban a casa, chicos tan inocentes como el que amaba, que solo eran confundidos y que no seguían respirando cómo mi vida, tranquilo en su cama.

Giré hacia el norte y, ya con un propósito, pisé el acelerador. Cada vez que me enfrentaba a un dilema que me superaba, algo tangible, como esto, sabía dónde acudir en busca de ayuda.

Ochako estaba sentada en el porche, esperándome. Detuve el vehículo delante de la casa en lugar de aparcarlo en el garaje.

—Aizawa está en su despacho —me dijo antes de que le preguntara.

—Gracias.

Le alboroté el pelo al pasar por su lado. Muchas gracias por devolverme la llamada, pensó con sarcasmo.

—Vaya. —Me detuve al lado de la puerta, me saqué el móvil del bolsillo y lo miré—. Lo siento. Ni siquiera me he parado a mirar quién era. Estaba... ocupado.

—Sí, ya lo sé. Yo también lo siento. Cuando vi lo que iba a pasar, ya te habías ido.

—Ha faltado poco... —murmuré.

Lo siento, repitió, avergonzada.

Ahora que sabía que Izu estaba bien, ser generoso me resultaba sencillo.

—No lo sientas. Soy consciente de que no puedes prestar atención a todo. Nadie espera que seas omnisciente, Ochako.

—Gracias.

—He estado a punto de pedirte que cenaras conmigo hoy. ¿Has podido verlo antes de que cambiara de idea?

Sonrió.

—No, eso también se me ha escapado. Ojalá lo hubiera sabido, habría ido.

—¿En qué estabas tan concentrada para que se te hayan escapado tantas cosas?

Tenya está pensando en nuestro aniversario. Se echó a reír. Intenta no decidirse por ningún regalo, pero creo que ya lo he adivinado...

—No tienes vergüenza.

—Pues no.

Apretó los labios y levantó la vista para mirarme con aire acusador. Después he prestado más atención. ¿Piensas contarles que lo sabe?

Suspiré.

—Sí, luego.

Yo no voy a decir nada, pero hazme un favor y no se lo digas a Katsuki cuando yo esté delante, ¿vale?

Me estremecí.

—Claro.

Deku se lo ha tomado bastante bien.

—Demasiado bien.

Me sonrió. No lo subestimes.

Intenté bloquear la imagen que no quería ver. Izuku y Ochako, mejores amigos. Respiré hondo; estaba impaciente. Quería terminar con la siguiente parte de la noche; quería encargarme de ello ya. Sin embargo, salir de Forks me preocupaba.

—Ochako... —empecé a decir. Ella vio lo que me disponía a preguntar.

Esta noche no le va a pasar nada. Ahora estoy más atenta.

Parece que necesita vigilancia las veinticuatro horas, ¿no?

—Por lo menos.

—De todos modos, no tardarás en estar con el.

Suspiré profundamente. Esas palabras se me antojaron maravillosas. Si tuviese la capacidad, un sonrojo adornaria mi piel tan blanca.

—Venga, termina con esto de una vez y podrás estar donde quieres estar —me animó.

Asentí y me dirigí a toda prisa a la habitación de Aizawa. Él me estaba esperando; tenía la vista clavada en la puerta en lugar de en el grueso libro que descansaba sobre el escritorio.

—He oído que Ochako te decía dónde encontrarme —dijo, y sonrió.

Era un alivio estar con él, ver la comprensión y esa profunda inteligencia de sus ojos. Aizawa sabría qué hacer.

—Necesito ayuda.

—Cualquier cosa, Shoto —me prometió.

—¿Te ha contado Ochako lo que le ha sucedido a Izuku?

Lo que casi le ha sucedido, me corrigió.

—Sí, casi. Tengo un dilema, Aizawa. Verás... Tengo muchas ganas de matarlo. —Las palabras empezaron a fluir con rapidez y pasión—. Muchísimas. Pero sé que no estaría bien, porque sería venganza y no justicia. Solo habría ira, no imparcialidad. Pero, de todos modos, dejar suelto a un asesino y violador en serie por Port Angeles tampoco puede estar bien. No conozco a los humanos de allí, pero no puedo permitir que nadie ocupe el lugar de Izuku como víctima. Las demás mujeres, chicos distraídos, policías tranquilos... ¡No está bien!

Su ancha e inesperada sonrisa interrumpió en seco mi torrente de palabras.

El te hace mucho bien, ¿verdad? Cuánta compasión, cuánto control... Estoy impresionado.

—No vengo en busca de cumplidos, Aizawa.

—Por supuesto que no. Pero no puedo controlar mis pensamientos, ¿no te parece?

Sonrió de nuevo. Yo me encargo; puedes quedarte tranquilo.

Nadie saldrá herido ocupando el lugar de Izu.

Vi el plan que se formaba en su mente. No era exactamente lo que yo quería porque no satisfacía mis ansias de brutalidad, pero comprendí que era lo correcto.

—Te enseñaré dónde encontrarlo —le dije.

—Vamos.

Cogió su bolsa negra mientras se dirigía a la puerta. Yo habría preferido una forma más agresiva de sedación —partirle el cráneo gracias al hielo, por ejemplo—, pero dejaría que Aizawa hiciera las cosas a su manera.

Cogimos mi coche. Ochako seguía en el porche. Sonrió y saludó cuando nos alejamos. Pude ver que había mirado en el futuro para mí: no tendríamos ninguna dificultad.

El viaje por la carretera oscura y vacía fue muy breve. Dejé las luces apagadas para no llamar la atención. Pensé en cómo reaccionaría Izu a la velocidad a la que íbamos ahora y eso me hizo sonreír. Antes, cuando el había protestado, yo ya estaba conduciendo más despacio de lo habitual para prolongar nuestro tiempo juntos.

Aizawa también estaba pensando en el.

No había previsto que tuviera un efecto tan positivo sobre él. Ha sido inesperado. Quizá estuvieran predestinados, tal vez todo esto tenga un propósito futuro. Aunque...

Imaginó a Izu con la piel fría como la nieve, sin sus pecas color chocolate claro y los iris color rojo sangre en lugar del hermoso jaspeita, pero apartó rápidamente la imagen.

Sí, en efecto. «Aunque...». ¿Cómo podía haber algo bueno en destruir algo tan puro y encantador?

Clavé la vista en la noche oscura; todo resto de felicidad se había desvanecido.

Shoto merece ser feliz. Le toca. La fiereza de los pensamientos de Aizawa me sorprendió. Tiene que haber una manera.

Deseé poder creer en sus esperanzas, pero lo que le estaba sucediendo a Izu no respondía a ningún propósito. No era más que la voluntad de una cruel harpía, de un destino amargo y terrible que no soportaba que el tuviese la vida que merecía.

No me quedé mucho rato en Port Angeles. Llevé a Aizawa al antro donde aquella retorcida criatura llamada Lanny ahogaba su decepción en alcohol junto a sus amigos, dos de los cuales ya habían bebido hasta perder la conciencia. Aizawa se dio cuenta de lo difícil que me resultaba estar tan cerca de aquel monstruo, oír sus pensamientos y ver sus recuerdos; recuerdos en los que Izuku se mezclaba con las chicas menos afortunadas a las que ya nadie podía salvar, chicos distraídos que seguían en carteles de "Se busca", policías dados de baja.

Se me aceleró la respiración y me agarré al volante con más fuerza.

Vete, Shoto, me dijo con gentileza. Yo me encargaré de que las demás estén a salvo. Vuelve junto a Izuku.

Era justo lo que necesitaba oír. Su nombre era la única distracción que tenía algún significado para mí.

Dejé a Aizawa en el coche y corrí hasta Forks en línea recta, a través del bosque durmiente. Tardé menos que en el viaje de ida, que habíamos hecho en coche a toda velocidad. Apenas unos minutos después, trepé por un lado de su casa y abrí la ventana.

Suspiré en silencio, aliviado. Todo estaba tal y como debía estar. Izu estaba a salvo en su cama, soñando, con el pelo húmedo y rizado de manera graciosa enredado en la almohada.

Pero, a diferencia de la mayoría de las noches, hoy estaba hecho un ovillo, apretujado bajo las mantas, que lo cubrían hasta los hombros. Supuse que tenía frío. Antes de que pudiera instalarme en mi asiento habitual, se estremeció en sueños. Le temblaban los labios.

Me detuve a pensar durante unos breves instantes y luego salí al pasillo, para explorar otra parte de su casa por primera vez.

Hizashi roncaba estruendosa y acompasadamente. Casi pude atisbar parte de su sueño. Tenía que ver con una corriente de agua y una paciente expectación... ¿Estaría pescando?

Allí, al lado de las escaleras, había un armario de aspecto prometedor. Lo abrí, esperanzado, y encontré lo que buscaba. Elegí la manta más gruesa entre toda la ropa de cama y la llevé a la habitación. La guardaría en su sitio antes de que se despertara y así nadie se enteraría.

Contuve el aliento y tapé a Izu con cuidado. No reaccionó al peso. Me senté en la mecedora.

Mientras esperaba ansioso a que entrase en calor, me pregunté dónde estaría Aizawa. Sabía que su plan funcionaría a la perfección; Ochako lo había visto.

Suspiré al pensar en mi padre. Tenía demasiada confianza en mí. Deseé ser la persona que él veía. Esa persona, la que merecía la felicidad, podría albergar la esperanza de ser digno del chico que ahora dormía frente a mí. Qué distinto sería todo si pudiera ser ese Shoto.

O, si yo no podía ser lo que debía, al menos debería haber cierto equilibrio en el universo para compensar por mi oscuridad. ¿No debería existir un bien opuesto equivalente? Vislumbré al destino con rostro de bruja como si fuese la explicación a las pesadillas aterradoras e improbables que perseguían a Izu sin cesar: primero yo, luego, la furgoneta y, después, la abominable bestia de esta noche. Pero, si ese destino era tan poderoso, ¿no debería haber una fuerza equivalente que actuara para contrarrestarlo?

Alguien como Izu debería tener un protector, un ángel de la guarda. Se lo merecía. Y, sin embargo, era evidente que lo habían dejado indefenso. Me habría encantado creer que lo vigilaba un ángel, u otra cosa, cualquiera que pudiera protegerlo de algún modo, pero, cuando intentaba imaginar a semejante defensor, me resultaba obvio que era imposible que existiera. ¿Qué ángel de la guarda habría permitido que Izu viniese a este pueblo, que se cruzara en mi camino siendo el como era? Nunca había existido posibilidad alguna de que no me fijara en el: un aroma de una potencia impensable que pedía mi atención, una mente silenciosa para alimentar mi curiosidad, una belleza tranquila de la que mis ojos quedaran prendados y un alma altruista que me fascinara. Si le añadíamos la falta total de instinto de supervivencia que hacía que yo no le repugnara, además de la catastrófica mala suerte que lo situaba siempre en el peor sitio posible y en el peor momento posible...

No había pruebas más concluyentes de que los ángeles de la guarda eran una fantasía. Nadie necesitaba o merecía uno más que Izu, y cualquier ángel que hubiese permitido que nos conociésemos sería tan irresponsable, tan temerario, tan... tan descerebrado, que de ningún modo podría estar del lado del bien. Preferiría que la aborrecible harpía fuese real antes que enfrentarme a un ser celestial tan inútil. Contra un destino terrible, al menos, se podía luchar.

Y lucharía, seguiría luchando. Fuera cual fuese la fuerza que ansiaba herir a Izu, tendría que pasar por encima de mí. No, el no tenía ningún ángel de la guarda, pero yo haría todo lo posible por compensar esa carencia.

Un vampiro de la guarda... Quizá fuera pasarse un poco

Al cabo de una media hora, Izu relajó su postura ovillada. Su respiración se fue haciendo más profunda y empezó a murmurar. Sonreí, satisfecho. Era una nimiedad, pero al menos esa noche dormiría mejor porque yo estaba ahí.

— Shōto —suspiró, y el también esbozó una sonrisa.

Olvidé la tragedia por el momento y me permití volver a ser feliz.

Chapter Text

La CNN fue la primera en dar la noticia.

Me alegré de que informaran de ello antes de que llegase la hora de ir al instituto. Estaba ansioso por saber cómo contarían los humanos lo sucedido y cuánta atención atraería el suceso. Por suerte, ese día estaba cargado de noticias. Se había producido un terremoto en Sudamérica y un secuestro político en Oriente Medio, así que, al final, el asunto se vio reducido a unos cuantos segundos, unas pocas frases y una fotografía de baja calidad.

«Orlando Calderas Wallace, sospechoso de asesinato buscado en los estados de Texas y Oklahoma, fue detenido anoche en Portland, Oregón, gracias a un chivatazo anónimo. La policía encontró a Wallace inconsciente en un callejón a primera hora de la mañana, a solo unos metros de la comisaría. Los agentes todavía no pueden confirmar si será extraditado a Houston o a Oklahoma City para la celebración del juicio».

La foto era borrosa; era una instantánea policial y en ella el hombre lucía una barba muy espesa. Aunque Izu la viese, era poco probable que lo reconociera. Esperé que eso no sucediera, solo serviría para asustarlo innecesariamente.

—Aquí en el pueblo no se hará mucha cobertura del tema. Lo han detenido demasiado lejos como para que lo consideren de interés local —dijo Ochako—. Ha sido buena idea que Aizawa lo sacara del estado.

Asentí. De todos modos, Izu no veía mucho la televisión, y yo nunca había visto a su padre mirando algo que no fuesen deportes.

Había hecho lo que había podido. Aquella criatura repugnante ya no podría darle caza a nadie y yo no me había convertido en un asesino. Al menos, no recientemente. Había hecho bien en confiar en Aizawa, por mucho que deseara que aquel ser despreciable no hubiese tenido un castigo tan benévolo. Me descubrí deseando que lo extraditaran a Texas, donde la pena de muerte era tan popular.

No. Eso daba igual. Dejaría este tema atrás y me concentraría en lo importante.

Había salido de la habitación de Izu hacía menos de una hora y ya ansiaba volver a verlo.

—Ochako, ¿te importa...?

—Va a conducir Katsuki —me interrumpió—. Se hará el enfadado, pero ya sabes que le encantará tener una excusa para presumir de su coche.

Ochako soltó una carcajada musical y yo le sonreí.

—Nos vemos en el instituto.

Cuando suspiró, mi sonrisa se transformó en una mirada fulminante.

Sí, ya lo sé, pensó. Todavía no. Esperaré a que estés preparado para que Deku me conozca. Pero deberías saber que si insisto no es por egoísmo: yo también le caeré bien a el.

Me fui a toda prisa sin contestarle. Era una forma distinta de ver la situación. ¿Querría Izu conocer a Ochako? ¿Tener una amiga vampira?

Conociendo a Izuku, esa idea no le molestaría lo más mínimo.

Fruncí el ceño. Lo que Izuku quería y lo que era mejor para el eran dos cosas muy distintas.

Empecé a sentirme inquieto mientras aparcaba en la entrada de la casa de Izu. El proverbio humano decía que las cosas tenían un aspecto distinto por la mañana, después de haberlas consultado con la almohada. ¿Me vería Izuku de manera distinta bajo la luz mortecina de un día nublado? ¿Sería más o menos siniestro que envuelto en la negrura de la noche? ¿Habría asimilado la verdad mientras dormía y tendría, por fin, miedo de mí?

Sin embargo, aquella noche sus sueños habían sido apacibles. Había pronunciado mi nombre una y otra vez, siempre con una sonrisa. Más de una vez había rogado que me quedara en un murmullo. ¿Acaso eso no significaría nada durante el día?

Esperé, nervioso, mientras escuchaba los sonidos que se producían en el interior de su casa: unos pasos rápidos y traspiés en las escaleras, el ruido del papel de aluminio al rasgarse, el contenido de la nevera chocando y repiqueteando tras cerrar la puerta de golpe. Sonaba como si tuviera prisa. ¿Estaría ansioso por llegar al instituto? Esa idea me hizo sonreír, esperanzado de nuevo.

Eché un vistazo al reloj. Supuse que, teniendo en cuenta la velocidad a la que debía de limitarlo su destartalada camioneta, sí que iba con un poco de retraso.

Salió a toda prisa de su casa con la mochila colgada del hombro y el pelo peinado en una especie de "desorden natural" que ya se le estaba encrespando, más de lo normal. Llevaba un jersey verde y grueso que no abrigaba lo suficiente, a juzgar por cómo hundía sus delgados hombros para protegerse de la fría niebla. Aunque acentuaba su verde mirar.

El jersey era demasiado grande para el; no le favorecía. Enmascaraba su delgada y algo musculosa figura y convertía sus suaves curvas en un amasijo sin forma. Lo agradecí casi tanto como deseé que se hubiese puesto algo más parecido a la camisa oscura de la noche anterior. La tela se le pegaba a la piel de una forma muy atractiva y tenía una abertura que mostraba el cautivador relieve de sus clavículas, que despuntaban desde el hueco de la garganta. El negro fluía como el agua sobre la sutil silueta de su cuerpo.

Era mejor —esencial— que mantuviera mis pensamientos muy muy alejados de esa silueta, así que agradecí que llevase un jersey tan poco favorecedor. No podía permitirme ningún error, y habría sido un error monumental obsesionarme con esas ansias tan extrañas que se desataban en mi interior cuando pensaba en sus labios..., su piel..., su cuerpo... Unas ansias que me habían evitado durante cien años. Pero no debía pensar en tocarlo; eso era imposible.

Lo rompería.

Izu se dio la vuelta con tanta prisa que casi pasó corriendo junto a mi coche sin verlo. Se detuvo en seco; sus piernas se agarrotaron como las de un potro asustado. La mochila, de color amarillo, se le deslizó más abajo por el brazo y miró el coche con unos ojos como platos.

Salí sin preocuparme de moverme a velocidad humana y le abrí la puerta del copiloto. No tenía intención de seguir engañándolo: sería yo mismo, al menos cuando estuviésemos a solas.

Me miró, sobresaltado, al ver que prácticamente me había materializado en la niebla frente a el. Pero entonces la sorpresa de sus ojos mutó a otra cosa y dejé de tener miedo —o esperanzas— de que sus sentimientos por mí hubiesen cambiado durante la noche. En las profundidades translúcidas de aquellos ojos flotaba calidez, asombro y fascinación.

—¿Quieres que te lleve yo hoy? —le pregunté. A diferencia de lo que había ocurrido en la cena de la noche anterior, esta vez lo dejaría elegir. De ahora en adelante, siempre tendría elección.

—Sí, gracias —musitó mientras se subía al coche sin vacilar.

¿Alguna vez dejaría de emocionarme que fuera a mí al que el le decía que sí?

Rodeé el coche como un rayo, deseoso de acompañarlo. No dio muestras de estar sorprendido por mi repentina reaparición.

La felicidad que sentía al tenerlo sentado a mi lado de ese modo no tenía precedentes. Por mucho que disfrutase del amor y la compañía de mi familia, pese a los muchos pasatiempos y distracciones que me ofrecía mi mundo, jamás había sido tan feliz. Incluso a sabiendas de que no era lo correcto, de que era imposible que esto terminase bien, cuando estaba con el era incapaz de borrarme la sonrisa de la cara.

Había dejado mi chaqueta doblada sobre el reposacabezas de su asiento. El la miró.

—He traído la cazadora para ti —le dije. Iba a ser mi excusa, de haber necesitado una para justificarme por haberme presentado en su casa sin invitación. Hacía frío y el no tenía chaqueta. Era una caballerosidad aceptable, seguro—. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.

—No soy tan delicado —respondió con la mirada fija en mi pecho en lugar de mi cara, como si no se atreviera a mirarme a los ojos.

Pero se puso la chaqueta antes de que tuviera que recurrir a las súplicas o la persuasión.

—¿Ah, no? —murmuré para mí.

Miró a la carretera mientras yo aceleraba en dirección al instituto. Solo soporté unos segundos de silencio; tenía que saber qué pensaba el esta mañana. Muchas cosas habían cambiado entre nosotros desde la última vez que había salido el sol.

—¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy? —le pregunté, de nuevo tratando de aligerar el ambiente.

El sonrió, parecía complacido de que le hubiese sacado el tema.

—¿Te molestan mis preguntas?

—No tanto como tus reacciones —respondí con sinceridad y con otra sonrisa.

El curvó los labios hacia abajo.

—¿Reaccioné mal?

—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no es natural. —Hasta el momento, no había gritado ni una sola vez.

¿Cómo era posible?—. Eso me hace preguntarme qué piensas en realidad.

Por supuesto, todo lo que hacía o dejaba de hacer me llevaba a preguntármelo.

—Siempre te digo lo que pienso de verdad.

—Lo censuras.

Se mordió el labio. No parecía reparar en el gesto, era una respuesta inconsciente a la tensión, como esos murmuros tan inintengibles que ni un vampiro podía entender.

—No demasiado.

Esas palabras bastaron para que se despertara en mí una curiosidad imperiosa. ¿Qué información me ocultaba a propósito?

—Lo suficiente para volverme loco —dije. Vaciló y luego susurró:

—No quieres oírlo.

Tuve que pensar unos segundos, repasar la conversación de la noche anterior al completo, palabra por palabra, para poder atar cabos. Quizá tuve que concentrarme tanto porque no se me ocurría nada que no quisiese que compartiera conmigo. Pero entonces, al percatarme de que su tono de voz era idéntico al de la noche anterior —una vez más, escondía una nota de dolor—, lo recordé. Le había pedido que no me dijera lo que pensaba. «Nunca digas eso», le había espetado. Lo había hecho llorar...

¿Era eso lo que me ocultaba? ¿La profundidad de lo que sentía por mí? ¿Que el hecho de que yo fuese un monstruo no le importaba y que era demasiado tarde para cambiar de opinión?

Era incapaz de hablar, porque el júbilo y el dolor eran demasiado poderosos para las palabras, el conflicto entre ambos demasiado feroz como para darle una respuesta coherente. En el coche reinaba el silencio, excepto por los sonidos rítmicos de sus pulmones y su corazón.

—¿Dónde están tus hermanos? —preguntó de pronto.

Respiré hondo, aspirando el aroma que flotaba en el aire con verdadero dolor por primera vez desde que se había subido al coche. Me di cuenta, satisfecho, de que empezaba a acostumbrarme. Me obligué a comportarme de nuevo con desenfado.

—Han venido en el coche de Katsuki. —Aparqué al lado del vehículo en cuestión y reprimí una sonrisa al ver que abría unos ojos como platos—. Ostentoso, ¿verdad?

—Eh... ¡Caramba! Si el tiene esto, ¿por qué viene contigo?

Katsuki hubiera apreciado la reacción de Izu... si fuera capaz de ser objetivo con Izuku, claro, lo cual probablemente no ocurría nunca.

—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.

Por supuesto, a Izu se le había pasado por alto la contradicción inherente a mi propio coche. No era casualidad que a menudo se nos viera con el Volvo, un coche del que se valoraba sobre todo la seguridad. Seguridad, lo único que los vampiros jamás necesitarían de un vehículo. Pocos reconocerían el modelo de carreras, que era poco común, por no hablar de las modificaciones que le habíamos hecho después de comprarlo.

—No tienen éxito —replicó, y luego soltó una carcajada despreocupada.

Ese sonido jovial y libre de preocupaciones me calentó el pecho vacío.

—Entonces ¿por qué ha conducido Katsuki hoy si es más ostentoso?

—¿No lo has notado? Ahora estoy rompiendo todas las reglas.

Mi respuesta debería haberlo asustado moderadamente, así que, por supuesto, sonrió. Una vez que salimos del coche, caminé tan cerca de el como me permitía mi audacia, mientras observaba detenidamente si mi proximidad le molestaba. En dos ocasiones, vi que extendía la mano hacia atrás, para luego apartarla. Parecía querer tocarme... Se me aceleró la respiración.

—¿Por qué todos vosotros tienen coches como esos si quieren pasar desapercibidos?

—Un lujo —admití—. A todos nos gusta conducir deprisa.

—Me cuadra —masculló en tono amargo.

No levantó la vista para ver la sonrisa con que le respondí.

¿¡Qué!? ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo narices se las ha arreglado Deku para conseguirlo?

La perplejidad mental de Toga interrumpió mis pensamientos. Estaba esperando a Izu bajo el alero del tejado de la cafetería, resguardada de la lluvia, con su anorak colgado del brazo. Tenía los ojos abiertos de par en par.

Izuku la vio enseguida. Cuando reparó en la expresión de su amiga, se le tiñeron las mejillas de un rosa suave, había 284 pecas en cada mejilla, con las cuatro características sobresaliendo, como era natural en su perfecto rostro.

—Eh, Toga. Gracias por acordarte —la saludó.

Toga le tendió la chaqueta sin mediar palabra. Decidí ser educado con los compañeros de Izu, fueran buenos amigos o no.

—Buenos días, Toga.

Guau...

Parecía que se le fuesen a salir los ojos de las órbitas, pero no se estremeció ni dio un paso atrás, como yo esperaba. Aunque en el pasado me había encontrado atractivo, siempre había mantenido las distancias, igual que hacían todos nuestros admiradores de forma inconsciente. Era extraño y gracioso descubrir lo mucho que estar cerca de Izu me había ablandado, lo cierto era que me avergonzaba un poco. Parecía que ya nadie me tenía miedo. Si Eijiro se enteraba, se pasaría un siglo entero burlándose de mí.

—Eh... Hola —balbució Toga, y le dedicó a Izu una mirada cargada de significado—. Supongo que te veré en Trigonometría.

Más vale que me lo cuentes todo. Con detalles. ¡Quiero todos los detalles! ¡El mismísimo Shoto Todoroki!

Izuku hizo una mueca.

—Sí, allí nos vemos.

Toga se fue a toda prisa en dirección a su primera clase, volviéndose para mirarnos de vez en cuando. Sus pensamientos iban a toda velocidad. Quiero saberlo todo, no pienso conformarme con menos. ¿Habían quedado anoche en encontrarse? ¿Están saliendo juntos? ¿Desde cuándo? ¿Cómo ha podido Deku guardarme el secreto? ¿Por qué querría que fuese un secreto? No tiene pinta de ser una tontería, debe de estar muy colado. Lo pienso descubrir. ¿Se habrán liado? Ay, que me va a dar algo... De repente, su voz interior se volvió inconexa, se transformó en un remolino de fantasías sin palabras. Hice una mueca al ver la dirección que tomaban sus conjeturas, y no solo porque en sus imágenes mentales se hubiese cambiado por Izuku.

Lo nuestro no podía ser así. Y, sin embargo, anhelaba...

Me resistí a admitirlo, ni siquiera para mí mismo. ¿De cuántas formas incorrectas podía querer a Izu? ¿Cuál acabaría por matarlo?

Negué con la cabeza e intenté animarme.

—¿Qué le vas a contar? —le pregunté.

—¡Eh! —protestó en un susurro—. ¡Creía que no podías leerme la mente!

—No puedo. —Lo miré, sorprendido, mientras intentaba descifrar a qué se refería. Ah... Debíamos de haber pensado lo mismo a la vez—. Pero puedo leer la suya. Te va a tender una emboscada en clase.

Izuku gimió mientras se deslizaba la chaqueta por los hombros. Al principio no comprendí que pretendía devolvérmela, así que tardé demasiado en ofrecerle mi ayuda. Yo no se la habría pedido; prefería que se la quedara, como un amuleto. Me la tendió y se puso su anorak.

—Bueno, ¿qué le vas a decir? —insistí.

—Una ayudita, ¿qué quiere saber? Las chicas pueden ser confusas, no tengo ni idea de que responder.

Sonreí y negué con la cabeza. No quería darle pistas, quería aprovechar para ver lo que pensaba.

—Eso no es elegante —respondí. El entornó los ojos.

—No, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes— Claro, no le gustaban los dobles raseros.

—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas —dije despacio—. Y también qué sientes por mí.

Enarcó las cejas, no en un gesto de sobresalto, sino de ingenuidad. Se estaba haciendo el inocente.

—¡Oh, no! —murmuró—. ¿Qué debo decirle?

—Mmm...

Siempre intentaba que yo le revelara más de lo que el me revelaba a mí. Consideré mi respuesta.

Un mechón de pelo rebelde, ligeramente húmedo por culpa de la niebla, se deslizó sobre su frente llena de pequitas del color de la leche con chocolate, rizandose más de lo normal y dándole un aire infantil. Bajé la vista y deslicé la mirada por las otras curvas ocultas... Sobre todo al recordar sus clavículas o los músculos leves pero definidos que recordaba.

Alargué una mano con cuidado de no tocarle la piel —esa mañana ya hacía suficiente frío— y lo volví a colocar en su sitio, en ese estilo despeinado, para que no volviera a distraerme. Recordé cuando Tuoya Himura le había tocado el pelo y se me tensó la mandíbula. Entonces, el se había apartado de él, pero su reacción a mi gesto no tuvo nada que ver: de repente, un torrente de sangre zumbó bajo su piel y el corazón le empezó a palpitar de forma irregular.

Intenté ocultar mi sonrisa y respondí su pregunta.

—Supongo que, si no te importa, le puedes decir que sí a lo primero... —Su elección, siempre debía ser su elección—. Es más fácil que cualquier otra explicación.

—No me importa —susurró el. Su corazón todavía no había recuperado el ritmo habitual.

—En cuanto a la pregunta restante... —Ya no era capaz de esconder la sonrisa—. Bueno, estaré a la escucha para conocer la respuesta.

Ya le había dado algo en que pensar. Contuve una carcajada al ver su expresión conmocionada. Me di la vuelta enseguida, antes de que pudiera preguntarme nada más. Me costaba mucho no revelarle lo que quería saber, y yo quería oír sus pensamientos, no los míos.

—Te veré en el almuerzo —le dije volviendo la vista hacia atrás, una excusa para ver si seguía mirándome.

Estaba boquiabierto. Miré al frente y me eché a reír.

Mientras me alejaba, era consciente a medias de los pensamientos asombrados e inquisitivos que flotaban a mi alrededor, de los ojos que iban del rostro de Izu a mi figura según los iba dejando atrás. No les presté mucha atención; no podía concentrarme. Ya me resultaba bastante difícil hacer que mis pies se movieran a una velocidad aceptable mientras me desplazaba por la hierba mojada en dirección a mi primera clase. Quería correr, correr de verdad, lo bastante rápido para desaparecer, para sentir que volaba. Una parte de mí ya estaba volando.

Cuando llegué a clase me puse la chaqueta y dejé que su densa fragancia me envolviera. Ahora me abrasaría, pero dejaría que el olor me insensibilizara y más tarde, cuando me reuniera con el a la hora de comer, me costaría menos ignorarlo.

Menos mal que los profesores ya no se molestaban en preguntarme nada sobre la lección. Este podría haber sido el día en que me pillaran desprevenido, poco preparado y sin respuestas. Mi mente deambulaba por muchos lugares, en el aula solo estaba mi cuerpo.

Por supuesto, estaba observando a Izu. Se había convertido en algo natural, tan automático como respirar, algo de lo que apenas era consciente. Escuché su conversación con un desmoralizado Tuoya Himura. El no tardó en desviar el tema hacia Toga y yo dibujé una sonrisa tan ancha que Rob Sawyer, que se sentaba a mi derecha, se estremeció de forma visible y se hundió más en su asiento, para alejarse de mí.

Uf... Qué repelús.

Bueno, todavía conservaba algunas de mis facultades.

También estaba echándole una ojeada a Toga, viendo cómo iba perfeccionando las preguntas que le haría a Izu. Apenas podía esperar a que llegase la cuarta hora de la mañana; estaba diez veces más nervioso y entusiasmado que la curiosa chica humana que ansiaba enterarse de los últimos cotilleos.

Y también escuché a Tsuyu Asui. No había olvidado la gratitud que sentía hacia ella; en primer lugar, por pensar siempre bien de Izu y, en segundo, por la ayuda que me había prestado la noche anterior. Así que aquella mañana deambulé por su mente en busca de algo que deseara. Di por hecho que sería fácil: como cualquier otro ser humano, debía de anhelar algún juguete o chuchería; varios, probablemente. Le enviaría algo en un paquete anónimo y así estaríamos en paz.

Pero, en cuestión de pensamientos, Tsuyu demostró ser casi tan poco complaciente como Izuku. Estaba extrañamente satisfecha para ser una adolescente. Era feliz. Quizá era eso lo que motivaba su inusual amabilidad: era una de esas pocas personas que tenía lo que quería y quería lo que tenía. Cuando no prestaba atención a los profesores o a sus apuntes, pensaba en sus hermanos pequeños, a los que iba a llevar a la playa ese fin de semana. Imaginaba la emoción de los gemelos con un placer casi maternal. Los cuidaba a menudo, pero no sentía ningún resentimiento por ello. Era muy tierno.

Aunque a mí no me servía de mucho.

Tenía que haber algo que quisiera; tendría que seguir buscando. Pero lo haría más tarde: a Izuku y a Toga les tocaba Trigonometría.

Me dirigí hacia clase de Lengua y Literatura sin mirar por dónde iba. Toga ya estaba sentada en su sitio y golpeteaba en el suelo con los pies, impaciente y deseosa de que llegara Izuku. Me sorprendía que el tuviese tal afinidad para reunirse con chicas en lugar de chicos, pero recordando que los chicos que se le acercaban no lo hacían por metas de amistad dejaba eso de lado, había chicas que también estaban interesadas en Izuku pero el parecía decantarse por los chicos.

Por el contrario, yo, cuando llegué a mi asiento, me acomodé y permanecí quieto como una estatua. Tuve que recordarme que debía moverme de vez en cuando, para seguir representando correctamente mi papel. No era fácil; mis pensamientos estaban muy concentrados en los de Toga. Esperaba que prestase atención e intentase analizar bien el rostro de Izuku en mi beneficio.

La chica golpeteó el suelo todavía con más intensidad cuando lo vio entrar.

Parece... triste. ¿Por qué? Igual no tiene nada con Shoto Todoroki. Sería una decepción, aunque... significaría que él sigue disponible. Si ahora, de repente, está interesado en salir con alguien, a mí no me importaría echarle una mano...

Izu no parecía triste, sino reticente. Estaba preocupado; sabía que yo escucharía toda la conversación.

—¡Cuéntamelo todo! —le pidió Toga mientras el se quitaba la chaqueta y la colgaba del respaldo. Se movía de forma deliberada, renuente.

Uf, mira que es lento. A ver si llega pronto a los detalles jugosos.

—¿Qué quieres saber?

Izuku se sentó despacio, intentaba ganar tiempo.

—¿Qué ocurrió anoche?

—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.

¿Y después? ¡Venga ya, tiene que haber algo más! Es mentira, estoy segura. Se lo voy a decir.

—¿Cómo llegaste a casa tan pronto?

Vi que Izu ponía los ojos en blanco ante una desconfiada Toga.

—Conduce como un loco. Fue aterrador.

Esbozó una sonrisilla y yo me reí tan alto que el señor Mason interrumpió su discurso. Intenté disimular fingiendo que tosía, pero no engañé a nadie. El señor Mason me miró con fastidio, pero ni siquiera me molesté en escuchar lo que estaba pensando. Me interesaba más Toga.

Vaya, pues parece que está contando la verdad. ¿Por qué hay que sacársela palabra por palabra? Yo estaría presumiendo a tope.

—¿Fue como una cita? ¿Le habías dicho que os reuniríais allí?

Toga vio que la expresión de Izu se tornaba confusa; le decepcionó darse cuenta de que no fingía.

—No, me sorprendió mucho verlo en Port Angeles —aclaró Izuku.

¿Qué está pasando?

—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... Tiene que haber algo que no me está contando.

—Sí... Eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la noche pasada no tenía la cazadora.

Pues eso no es muy emocionante, pensó Toga, de nuevo decepcionada.

Su interrogatorio empezaba a hastiarme; quería enterarme de algo que no supiera ya. Esperé que no estuviese tan insatisfecha como para saltarse las preguntas que me interesaban.

—Así que... ¿vais a salir otra vez? —quiso saber Toga.

—Se ofreció a llevarme a Seattle el sábado, ya que cree que mi coche no es demasiado fiable. ¿Eso cuenta?

Vaya... Pues parece que se está esforzando mucho para..., bueno, para cuidarlo. Tiene que haber algo por el lado de él, si es que no lo hay por el de Deku. Pero ¿cómo es posible? Deku está pirado.

—Sí —respondió Toga.

—Bueno, entonces, sí.

—V-a-y-a... ¡Shoto Todoroki!

No sé si a el le gustará o no, pero, de todos modos, esto es un bombazo.

—Lo sé...

Izu suspiró. Su tono de voz animó a Toga. ¡Por fin parece que se da cuenta!

Me pregunté si Toga estaría interpretando bien el tono de Izuku.

Ojalá le hubiese preguntado qué quería decir en lugar de darlo por hecho. De repente, pareció acordarse de la pregunta más importante.

—¡Aguarda! ¿Te ha besado?

Por favor, dime que sí. ¡Y luego descríbemelo segundo por segundo!

—No —murmuró Izuku, y se miró las manos, con el rostro ensombrecido—. No es de esos.

Madre mía... Ya me gustaría a mí. ¡Ja! Y parece que a el también.

Fruncí el ceño. Izuku parecía disgustado por algo, pero no era posible que estuviese decepcionado, como Toga pensaba. No era posible que deseara algo así, no cuando sabía lo que sabía. ¿Cómo iba a querer estar tan cerca de mis... dientes? Igual incluso pensaba que tenía colmillos.

Me estremecí.

Toga insistió:

—¿Crees que el sábado...?

Izuku respondió, con una expresión aún más frustrado:

—Lo dudo, de verdad.

Sí, está claro que se muere de ganas. Lo siento por el.

No parecía que Toga se equivocase. ¿O me daba esa impresión porque lo estaba viendo todo a través de sus percepciones?

Durante medio segundo, me distrajo esa idea, esa imposibilidad.

¿Cómo sería besar a Izuku? Mis labios sobre los suyos, la fría piedra sobre la seda cálida y blanda.

Y entonces... caería muerto.

Sacudí la cabeza, me estremecí y me volví a concentrar.

—¿Sobre qué hablasteis?

¿Hablaste con él de verdad o lo exprimiste para sacarle información como estoy haciendo yo contigo?

Sonreí con cierta tristeza. Toga no se alejaba mucho de la realidad.

—No sé, Himiko, de un montón de cosas. Hablamos un poco del trabajo de Literatura.

Muy poco. Sonreí todavía más.

¡Venga ya!

—Por favor, Deku. Dame algunos detalles.

Izuku reflexionó unos instantes, como si tratara de recordar lo que hacían los humanos, actuando de nuevo.

—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la camarera flirteando con él. Fue una pasada, pero él no le prestó ninguna atención.

Qué extraño el detalle que Izu había decidido compartir, los chicos no solíamos prestar atención a eso, tal vez era diferente en Japón. Me sorprendió incluso que se hubiese dado cuenta. Para mí, era una nimiedad.

Interesante...

—Eso es buena señal. ¿Era guapa?

Vaya... A Toga le parecía más relevante que a mí. Izuku parecía entender esa relevancia, como si fuese algo que todos tenían que saber.

—Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.

Toga se distrajo con un recuerdo fugaz de Tuoya en su cita del lunes por la noche. Había sido un poco demasiado amable con una camarera que a ella no le había parecido nada guapa. Apartó la imagen, se tragó su irritación y volvió a su misión.

—Mejor aún. Debes de gustarle.

—Eso creo —respondió Izuku despacio. Yo estaba en el borde de mi asiento, rígido e inmóvil—. Pero resulta difícil de saber. Es siempre tan críptico...

Supuse que mi transparencia, obviedad y falta de control no habían sido tan evidentes como me pensaba. De todos modos, con lo observador que era, ¿cómo era posible que no se hubiese dado cuenta de que estaba enamorado de el? Repasé nuestra conversación y casi me sorprendí al descubrir que no había pronunciado esas palabras exactas. Las había dado por sabidas, sentía que eran el subtexto de cada frase que intercambiábamos.

¡Vaya! ¿Cómo se hace para sentarse delante de un modelo y darle conversación?

—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él.

Izuku se sobresaltó.

—¿Por qué?

Qué reacción más extraña. ¿Qué se cree que quiero decir?

—Intimida tanto... —¿Cómo se lo digo?—. Yo no sabría qué decirle.

Hoy no he podido ni hablarle en mi idioma, y lo único que ha hecho es darme los buenos días. Debo de haber quedado como una idiota.

Izuku sonrió, comprensivo,como si a todos les pasara.

—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él.

Debía de estar intentando que Toga no se sintiera mal. Cuando estábamos juntos, siempre era absolutamente dueño de sí, de una forma casi antinatural.

Toga suspiró.

—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.

De repente, el rostro de Izu adoptó una expresión fría; le brillaron los ojos del mismo modo que cuando le molestaba alguna injusticia. Toga, sin embargo, no se dio cuenta del cambio.

—Él es mucho más que eso.

¡Oh! Ahora sí que vamos a algún lado.

—¿De verdad? ¿Como qué?

Izuku se mordió el labio y dijo:

—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble por dentro.

Apartó la vista de Togs; tenía la mirada perdida, como si estuviese mirando algo muy lejano.

Me sentía igual que cuando Aizawa o Yamada me halagaban más de lo que merecía. Era un sentimiento parecido pero más intenso; me consumía.

Este se cree que soy tonta... No hay nada mejor que esa cara. A no ser que se refiera al cuerpo. ¡Ay, me va a dar algo!

—¿Es eso posible?

Toga se rio, pero Izuku no la miró. Siguió con la mirada perdida en la distancia, ignorándola.

Una persona normal estaría presumiendo. Igual es mejor que le haga preguntas más simples... Ja, ja, ja. Como si estuviese hablando con un niño pequeño.

—Entonces ¿te gusta?

Me puse tenso otra vez. Izuku no la miró.

—Sí.

—Me refiero a que si te gusta de verdad.

—Sí.

¡Se ha puesto rojo! Dios sus pecas parecen chispas de chocolate.

—¿Cuánto te gusta? —insistió Toga.

La clase de Literatura se podría haber incendiado de repente y yo no me habría dado ni cuenta. Izuku se había puesto como la grana; su imagen mental casi emanaba calor. Aunque la comparación más cercana sería una fresa.

—Demasiado —susurró—, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.

¡Ay! ¿Qué me acaba de preguntar el señor Varner?

—Esto... ¿Qué número, señor Varner?

Me alegré de que Toga no pudiera seguir interrogando a Izu. Necesitaba un minuto. ¿Dónde narices tenía ese chico la cabeza?

¿«Más de lo que yo le gusto a él»? ¿De dónde sacaba eso? ¿«No sé qué hacer para remediarlo»? ¿Qué se suponía que significaba eso? No conseguía encontrar una explicación racional a sus palabras. No tenían ningún sentido.

Según parecía, no podía dar nada por sentado. De algún modo, las cosas más obvias y razonables se deformaban en ese cerebro suyo tan extraño. Fulminé el reloj con la mirada, rechinando los dientes. ¿Cómo era posible que los minutos pasaran tan rematadamente lentos para un inmortal? ¿Dónde había quedado mi perspectiva?

Tuve la mandíbula tensa durante toda la clase de Trigonometría del señor Varner. Presté más atención a esa lección que a la mía. Izuku y Toga no hablaron más, pero la segunda miró de reojo al primero varias veces y en una ocasión reparó en que de nuevo se había puesto como un tomate sin razón aparente.

No veía el momento de que llegase la hora de comer.

Tenía la esperanza de que Toga consiguiera algunas de las respuestas que yo ansiaba cuando terminara la clase, pero Izuku fue más rápido. En cuanto sonó la campana, se volvió hacia ella y le dijo:

—En Lengua, Tuoya me ha preguntado si me has dicho algo sobre la noche del lunes.

Se le escapó una sonrisa. Comprendí su estrategia: un buen ataque es la mejor defensa.

¿Dabi ha preguntado por mí? La mente de Toga se enterneció repentinamente por el júbilo, se volvió menos afilada y perdió su sarcasmo habitual.

—¡Estás de guasa! ¡¿Qué le has dicho?!

Estaba claro que ya no obtendría nada más de Toga. Izuku sonreía, como si hubiese llegado a la misma conclusión, como si me hubiese ganado la partida.

Bueno, la hora de comer sería otra historia.

Durante la clase de gimnasia, Ochako y yo nos movimos con apatía, como siempre que teníamos que hacer deporte junto a los humanos. Ella estaba en mi equipo, por supuesto. Ningún humano querría nunca formar equipo con nosotros. Era el primer día de bádminton. Suspiré, aburrido, mientras movía la raqueta a cámara lenta para golpear la pluma hacia el otro lado. Toru Hagurake estaba en el otro equipo; falló. Ochako daba vueltas a su raqueta como un bastón, mirando al techo. Dio un paso hacia la red y Toru retrocedió dos.

Todos odiábamos gimnasia, sobre todo Eijiro. Perder los partidos a propósito era una afronta a su filosofía de vida. Ese día, la clase me parecía peor de lo normal; estaba tan molesto como Kirishima. Sin embargo, antes de que mi cabeza pudiera explotar de pura impaciencia, el entrenador Clapp dio los partidos por terminados y nos dejó salir antes. Me sentí ridículamente agradecido
de que se hubiese saltado el desayuno —un nuevo intento de ponerse a dieta— y de que el hambre resultante de tal experimento lo hubiese apremiado a salir antes del instituto para ir en busca de una comida grasienta. Se había prometido que volvería a empezar al día siguiente...

Eso me dio tiempo para llegar al edificio de Matemáticas antes de que Izu saliera de clase.

Pásatelo bien, pensó Ochako mientras iba al encuentro de Tenya. Solo tienes que ser paciente unos días más. Supongo que no saludarás a Deku de mi parte, ¿no?

Negué con la cabeza, exasperado. ¿Serían así de petulantes todos los videntes?

Ah, para que lo sepas, este fin de semana hará sol en los dos lados de la bahía. Quizá deberías cambiar de planes.

Suspiré y seguí caminando en la dirección contraria. Petulante pero útil, sin duda.

Me apoyé en la pared, al lado de la puerta, a esperar. Estaba tan cerca que oía la voz de Toga a través de los ladrillos, además de sus pensamientos.

—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?

Tiene un aspecto... radiante. Seguro que hay un montón de cosas que no me ha contado.

—Creo que no —respondió Izu; sonaba extrañamente inseguro.

¿Acaso no le había prometido que comeríamos juntos? ¿En qué estaría pensando?

Salieron juntos del aula y abrieron unos ojos como platos al verme, aunque yo solo podía oír a Toga.

Uf, madre mía. Sí, seguro que aquí están pasando más cosas de las que me cuenta.

—Te veo luego, Deku.

Izu vino hacia mí, pero se detuvo a un paso de distancia, todavía inseguro. Tenía la piel de los pómulos sonrosada, cada vez me acostumbraba más a contar las pecas. Lo conocía lo bastante bien como para saber que no había miedo alguno tras su vacilación. Al parecer, se debía al abismo que imaginaba que separaba sus sentimientos de los míos. «Más de lo que yo le gusto a él». ¡Qué absurdo!

—Hola —lo saludé en tono cortante. Se sonrojó todavía más.

—Hola.

No parecía que fuese a decir nada más, así que me dirigí hacia la cafetería y el me siguió en silencio.

La chaqueta había funcionado: su aroma no me había golpeado como de costumbre. Solo era una intensificación del dolor que ya sentía. Era capaz de ignorarlo con más facilidad de lo que antes creía posible.

Izuku estaba inquieto mientras esperábamos en la fila, jugueteaba distraídamente con la cremallera de la chaqueta y cambiaba el peso de un pie a otro, nervioso. Me miraba con frecuencia, pero, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, bajaba la vista, avergonzado. ¿Sería porque mucha gente nos estaba mirando? Quizá oía los indiscretos susurros; hoy los rumores corrían verbalmente, además de mentalmente.

O quizá había comprendido, al ver mi expresión, que le iba a pedir algunas explicaciones.

No dijo nada hasta que no empecé a elegir su comida. Todavía no sabía qué le gustaba, así que cogí una cosa de cada.

—¿Qué haces? —protestó en voz baja—. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?

Negué con la cabeza y empujé la bandeja hacia la caja registradora.

—La mitad es para mí, por supuesto.

Enarcó una ceja con aire escéptico, pero no dijo nada más. Pagué y lo acompañé a la mesa donde nos habíamos sentado la semana anterior. Parecía que hubiese pasado mucho más tiempo; ahora todo era distinto.

Se sentó enfrente de mí y yo empujé la bandeja en dirección a el.

—Toma lo que quieras —lo animé.

Cogió una manzana y le dio vueltas en las manos, con una mirada inquisitiva.

—Siento curiosidad—. Qué sorpresa.

—¿Qué harías si alguien te desafiara a comer? —continuó en voz baja, tanto que debió de pasar desapercibida a oídos humanos. Los oídos inmortales eran otra historia, siempre que prestasen atención. Fruncí el ceño.

—Tú siempre sientes curiosidad —me quejé.

Qué se le iba a hacer. Tampoco era como si no hubiese tenido que comer nunca, era parte del teatro. Una parte desagradable.

Alargué una mano y cogí lo primero que pillé. Le di un pequeño mordisco sin dejar de mirarlo a los ojos. No sabía qué era. Era viscoso, repulsivo y con tropezones, como cualquier otro alimento humano. Mastiqué rápido y tragué, intentando no hacer muecas. La bola de comida me descendió de forma lenta e incómoda por la garganta. Suspiré al pensar que tendría que sacármelo más tarde. Qué asco.

Izu estaba asombrado. Impresionado. Me entraron ganas de poner los ojos en blanco. Por supuesto que habíamos perfeccionado este tipo de engaños.

—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad?— Arrugó la nariz y sonrió.

—Una vez lo hice... en una apuesta. No fue tan malo. —Me eché a reír.

—Supongo que no me sorprende.

¿Cómo ha podido? ¡El muy idiota egoísta! ¿Cómo ha podido hacernos esto? Los penetrantes rugidos mentales de Katsuki interrumpieron mi buen humor.

—Cálmate, Blasty —oí susurrar a Eijiro desde el otro lado de la cafetería. Le había puesto el brazo sobre los hombros para atraerlo hacia sí. Para sujetarlo.

Lo siento, Shoto, pensó Ochako en tono culpable. Ha deducido que Deku sabía demasiado por vuestra conversación y... Bueno, habría sido peor si yo no le hubiera contado la verdad enseguida. Créeme.

Hice una mueca al ver la imagen mental que me ofreció después, al ver lo que habría sucedido si Katsuki se hubiera enterado de todo más tarde, en casa, cuando no hubiese tenido que mantener su fachada. Tendría que esconder mi Aston Martin en otro estado si no se había calmado cuando terminasen las clases. Me disgusté al ver mi coche preferido destrozado y envuelto en llamas, aunque sabía que me lo había ganado.

Tenya no estaba mucho más contento.

Lidiaría con ellos después. Mi tiempo con Izuku era limitado y no pensaba malgastarlo.

Shoto y Deku parecen estar muy a gusto, ¿verdad? Los pensamientos de Toga irrumpieron en mi mente mientras intentaba ignorar los de Katsuki. Esta vez no me molestó la interrupción. El lenguaje corporal pinta bien. Luego se lo comentaré a Deku. Está inclinado hacia el en la posición exacta que indica que está interesado. Se le ve interesado. Se le ve... perfecto. Suspiró. Ñam.

Encontré la mirada de curiosidad de Toga y ella apartó la vista, nerviosa, y se encogió en su asiento. Mmm... Creo que es mejor que me quede con Touya. Mejor la realidad que una fantasía...

No había pasado mucho rato, pero Izu se dio cuenta de que me había abstraído, sus ojitos brillaban de curiosidad y me envolvían de manera que no había nada más en mi ser que devoción por su existencia.

—Toga está analizando todo lo que hago —dije, utilizando la distracción menos importante como excusa—. Luego te lo contará con todo lujo de detalles.

Katsuki seguía destilando furia en un cáustico monólogo interno y constante. Apenas callaba un segundo o dos para buscar insultos nuevos que poder dedicarme. Me obligué a relegar el sonido a un segundo plano y concentrarme en mi conversación con Izu. Podía escuchar explosiones leves que sus dedos producían, tratando de no explotarme.

Empujé el plato de comida hacia el —resultó ser pizza— mientras me preguntaba por dónde empezar. Me sentí frustrado de nuevo al recordar sus palabras: «Más de lo que yo le gusto a él. Pero no sé qué hacer para remediarlo».

Dio un bocado al mismo trozo de pizza que había mordido yo. Me fascinaba lo confiado que era. El no sabía que yo era venenoso, claro, aunque compartir la comida no le haría daño. De todos modos, yo seguía esperando que me tratase de forma distinta. Como uno trataría a «algo» diferente. Pero nunca lo hacía.

Así que empezaría por ser amable.

—¿De modo que la camarera era guapa?— Volvió a enarcar una ceja.

—¿De verdad que no te diste cuenta?

Como si hubiese en el mundo otro ser que me atrajese, además de Izu, que pudiese captar mi atención. De nuevo, absurdo.

—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.

—Pobre chica —dijo Izu con una sonrisa.

Le complacía que la camarera no me hubiese resultado en absoluto interesante. Lo comprendía. ¿Cuántas veces me había imaginado mutilando a Tuoya Himura en el aula de Biología?

Pero no era posible que Izuku creyera sinceramente que los sentimientos humanos, que los frutos de diecisiete cortos años mortales, pudieran ser más fuertes que esta bola de demolición que había arrasado en mi interior después de un siglo de vacuidad.

—Algo de lo que le has dicho a Toga... —No conseguí que mi tono de voz fuese desenfadado—. Bueno..., me molesta.

Se puso a la defensiva de inmediato.

—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los cotillas.—

Que los cotillas jamás oían nada bueno sobre sí mismos. Eso decían.

—Te previne de que estaría a la escucha —le recordé.

—Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.

Ah, estaba pensando en el momento en que lo había hecho llorar.

—Lo hiciste —respondí con la voz espesa y cargada de remordimientos—. Aunque no tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que piensas... Todo. Solo que desearía que no pensaras algunas cosas.

Más medias verdades. Sabía que no debía desear que el me quisiera, pero lo deseaba. Por supuesto que lo deseaba.

—Esa es una distinción importante —gruñó con el ceño fruncido.

—Pero, en realidad, ese no es el tema ahora mismo.

—Entonces ¿cuál es?

Se inclinó hacia mí, acariciándose la garganta con una mano. Eso atrajo mi mirada... Me despistó. Qué suave debía de ser su piel... Pecas que no había visto aún...

Concéntrate, me ordené.

—¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti?

La pregunta se me antojó ridícula, como si las palabras estuviesen desordenadas. El se quedó paralizado unos instantes; incluso dejó de respirar. Luego apartó la vista y parpadeó rápidamente. Tomó aire dando un suave respingo.

—Lo has vuelto a hacer —murmuró.

—¿El qué?

—Deslumbrarme —admitió, mirándome con recelo.

—Ah...

No sabía muy bien qué hacer al respecto. Seguía entusiasmándome ser capaz de deslumbrarlo, pero no estaba contribuyendo a la fluidez de la conversación.

—No es culpa tuya. —Suspiró—. No lo puedes evitar.

—¿Vas a responderme a la pregunta?— El bajó la vista a la mesa.

—Sí —se limitó a decir.

—¿Sí me vas a responder o sí lo piensas de verdad? —insistí con impaciencia.

—Sí, lo pienso de verdad —admitió sin levantar los ojos.

En su voz había un leve matiz de tristeza. Volvió a sonrojarse y se mordió el labio de forma inconsciente. De improviso, me di cuenta de lo mucho que le costaba reconocerlo, ya que lo creía de verdad. Yo no era mejor que el cobarde de Dabi, pidiéndole que me confirmara sus sentimientos antes de confirmar yo los míos. No importaba que lo que yo sentía estuviese claro como el agua para mí. No se lo había transmitido a el, así que no tenía excusa.

—Te equivocas —le prometí.

Debió de notar la ternura que impregnaba mi voz, porque levantó la vista y me miró. Sus ojos eran impenetrables, no me daban ninguna pista. Esmeralda pura.

—Eso no lo puedes saber —musitó.

—¿Qué te hace pensarlo?

Deduje que Izu pensaba que yo subestimaba sus sentimientos porque no podía leerle la mente. Pero, en realidad, el problema era que el subestimaba los míos de manera flagrante.

Me miró con el ceño fruncido, sin dejar de morderse el labio. Deseé, desesperadamente y por enésima vez, poder oír lo que le rondaba por la cabeza. Cuando estaba a punto de empezar a suplicar, alzó un dedo para acallarme.

—Déjame pensar —me pidió.

Mientras solo estuviese organizando sus pensamientos, yo sería capaz de ser paciente. O de fingir que lo era.

Presionó las manos una contra la otra, enredando y desenredando sus largos dedos. Se las miró mientras hablaba, como si pertenecieran a otra persona. Tenía 45 pecas en cada una.

—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... No estoy seguro, yo no puedo leer mentes, pero algunas veces parece que intentas despedirte cuando estás diciendo otra cosa.

No levantó la vista. Por supuesto que se había dado cuenta de eso. ¿Comprendía que lo que me mantenía a su lado eran el egoísmo y la debilidad? ¿Pensaba mal de mí por eso?

—Muy perceptivo —musité y, horrorizado, vi que su expresión reflejaba un intenso dolor. Me apresuré a desmentir sus conclusiones precipitadas—. Aunque por eso es por lo que te equivocas. —Me detuve y recordé las primeras palabras de su explicación. Me molestaban, aunque no acababa de entenderlas —.¿A qué te refieres con «lo obvio»?—

—Bueno, mírame. —Ya lo estaba mirando. Era lo único que hacía, lo único que desearé por siempre.

—. Soy absolutamente normal; bueno, salvo por las cosas malas, como las experiencias mortales, mis murmullos, aficiones o esta torpeza que me convierte casi en un inútil. Y ahora mírate a ti.

Me señaló con un gesto teatral, como si estuviese diciendo algo tan obvio que no merecía la pena ponerlo en palabras.

¿Se pensaba que era corriente? ¿Creía que, de algún modo, yo era preferible a el? ¿Según quién? ¿Humanos bobos de miras estrechas como Toga o la señora Cope? ¿Cómo podía no darse cuenta de que era lo más hermoso..., lo más exquisito...? Ni siquiera esas palabras le hacían justicia.

Y el no tenía ni idea.

—No te ves a ti mismo con mucha claridad, ¿sabes? —le dije—. Voy a admitir que has dado en el clavo con las cosas malas. —Me reí sin humor. El cruel destino que lo perseguía no me parecía gracioso. Su torpeza, en cambio, sí que era divertida. Dulce. ¿Me creería si le decía que era hermoso,dulce, maravilloso, perfecto, por dentro y por fuera? Quizá si se lo corroboraba sería más persuasivo—. Pero no has oído lo que pensaban todos los chicos de este instituto el día de tu llegada.

Ah, la esperanza, la emoción, las ansias de todos aquellos pensamientos... Lo rápido que se habían convertido en fantasías imposibles. Imposibles porque a el no le interesaba ninguno de ellos.

Me había dicho que sí a mí.

Esbocé una sonrisa que debió de ser petulante. El estaba perplejo.

—No me lo creo... —murmuró.

—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.

No estaba acostumbrado a los cumplidos, era evidente. Se sonrojó y cambió de tema.

—Pero yo no estoy diciendo adiós.

—¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se preocupa, porque si he de hacerlo... —¿Conseguiría algún día renunciar a mi egoísmo y hacer lo correcto? Negué con la cabeza, desolado. Debía encontrar las fuerzas para lograrlo. El merecía tener una vida, y no el futuro que Ochako había visto para el—. Si dejarlo es lo correcto... —Y tenía que ser lo correcto, ¿verdad? El lugar de Izuku no estaba a mi lado. El no había hecho nada para merecer mi inframundo—. Sufriré para evitar que resultes herido, para mantenerte a salvo.

Deseé que mis palabras fuesen ciertas en cuanto las pronuncié.

El me fulminó con la mirada. Por alguna razón, mi afirmación lo había enfurecido.

—¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo? —me preguntó,furioso.

Tan furioso, tan suave y frágil. ¿Qué daño podría hacerle a nadie?

—Nunca vas a tener que tomar la decisión —respondí, de nuevo deprimido por la vasta diferencia que nos separaba.

El se me quedó mirando; la ira de sus ojos se había convertido en preocupación. Arrugó la frente. Había algo terriblemente erróneo en el orden del universo si alguien tan bondadoso y tan frágil no merecía un ángel de la guarda que lo mantuviese a salvo.

Bueno..., pensé con sarcasmo, al menos tiene un vampiro de la guarda...

Sonreí. Me encantaba tener una excusa para quedarme.

—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo que requiere de mi constante presencia.

El me devolvió la sonrisa.

—Nadie me ha intentado matar hoy —apuntó, más relajado, y luego adoptó una expresión interrogante antes de volver a dejar la mirada inexpresiva.

—Aún —añadí con aspereza.

—Aún —repitió el, para mi sorpresa. Había esperado que negara necesitar protección.

Al otro lado de la cafetería, las quejas de Katsuki, en lugar de apagarse, iban aumentando en estridencia.

Lo siento, pensó Ochako de nuevo; debía de haberme visto hacer una mueca. Pero escucharla me recordaba que aún tenía que encargarme de otros asuntos.

—Tengo otra pregunta para ti.

—Dispara —me animó el, sonriente.

—¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es solo una excusa para no tener que dar una negativa a tus admiradores?

Me miró con el ceño fruncido.

—Todavía no te he perdonado por el asunto de Ojiro, ya sabes. Es culpa tuya que se haya engañado hasta creer que lo voy a acompañar al baile, o a cualquier lugar, no se decir que no fácil pero los bailes no están a discusión—

—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, solo quería ver tu cara. —Me reí al recordar su expresión de espanto. Nada de lo que le había contado yo sobre mi oscura historia había provocado un horror semejante—. Si te lo hubiera pedido, ¿me habrías rechazado?

—Probablemente, no, pero lo habría cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.

Qué raro.

—¿Por qué?

Negó con la cabeza, como si le decepcionara que no lo hubiese entendido a la primera.

—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.

Ah, claro.

—¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo que tropezar?

—Obviamente.

—Eso no sería un problema. Todo depende de quién lleve a quién al bailar.

Durante una breve fracción de segundo me sentí abrumado ante la idea de tenerlo entre mis brazos en un baile; una ocasión para la que seguro que se pondría algo bonito y delicado,como el traje del otro día en lugar de ese jersey horroroso. Con perfecta claridad, recordé la sensación de tener su cuerpo bajo el mío tras haberlo apartado de la trayectoria de la furgoneta. Era una sensación más poderosa que el pánico o la desesperación. Era tan cálido, tan suave, encajaba con tanta facilidad en mi propia silueta pétrea...

Me alejé de aquel recuerdo.

—Pero aún no me has contestado —dije a toda prisa para evitar que se enfrascara en una discusión conmigo, que era lo que claramente pretendía—. ¿Estás decidido a ir a Seattle o te importaría que fuéramos a un lugar diferente?

Qué ladino... Le había dado a elegir sin darle la opción de librarse de mí. No era justo. Pero la noche anterior le había hecho una promesa. Había sido inconsciente, no lo había pensado bien, pero... tenía que ganarme la confianza que había depositado en mí sin que yo la mereciera. Tenía que cumplir todas las promesas que pudiera, aunque me aterrorizara.

El sábado brillaría el sol. Podía enseñarle mi verdadero yo si lograba aunar el coraje necesario para soportar su espanto y su repugnancia. Y conocía el lugar perfecto para correr ese riesgo.

—Estoy abierto a sugerencias. Pero he de pedirte un favor. —Era un sí. ¿Qué querría?

—¿Cuál?

—¿Puedo conducir?

¿Era eso lo que entendía por una broma?

—¿Por qué?

—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Hizashi que me iba a Seattle, me preguntó concretamente si viajaba solo, como era en ese momento. Probablemente, no le mentiría si me lo volviera a preguntar, pero dudo que lo haga de nuevo, y dejar el coche
enfrente de la casa solo sacaría el tema a colación de forma innecesaria. Y, además, porque tu manera de conducir me asusta.

Puse los ojos en blanco.

—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción.

Le funcionaba el cerebro al revés, no me cabía duda. Negué con la cabeza, disgustado. ¿Por qué no podían asustarle las cosas adecuadas? ¿Por qué no podía yo desear que fuera así? No fui capaz de proseguir con el tono juguetón de nuestra charla.

—¿No le quieres decir a tu padre que vas a pasar el día conmigo?—le pregunté, con la voz impregnada de oscuridad. Pensé en todas las razones por las que aquello era importante, aunque ya adivinaba cuál sería su respuesta.

—Con Hizashi, menos es siempre más —respondió, convencido

—. De todos modos, ¿adónde vamos a ir?

—Va a hacer buen tiempo —respondí despacio, luchando contra el pánico y la indecisión. ¿Cuánto me arrepentiría de esto?—. Por lo que me mantendré alejado de sitios públicos... Y podrás estar conmigo si así lo quieres.

Izu lo entendió enseguida. Me miró con ojos brillantes e ilusionados, ah, esmeraldas llenas de vida, vida que deseaba preservar.

—¿Y me enseñarás a qué te refieres con lo del sol?

Quizá, como tantas otras veces, su reacción sería lo opuesto a lo que esperaba. Sonreí ante esa posibilidad, esforzándome por recuperar la ligereza de la conversación.

—Sí, pero... —Todavía no me había dicho que sí—. Si no quieres estar a solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a Seattle tú solo. Me estremezco al pensar con qué problemas te podrías encontrar en una ciudad de ese tamaño.

Frunció los labios; se había ofendido.

—Solo en población, Tokio es diez o veinte veces más grande que Seattle. En tamaño físico...

—Pero al parecer en Tokio no te había llegado la hora —lo interrumpí—. Por lo que preferiría que permanecieras cerca de mí.

Podría quedarse para siempre y seguiría sin ser demasiado tiempo.

No debía pensar eso. No disponíamos de un «para siempre». Los segundos que pasaban contaban más que nunca; cada segundo lo cambiaba, mientras que yo permanecía inmutable. Al menos físicamente.

—Pues resulta que no me importa estar a solas contigo.— No, claro, porque sus instintos funcionaban al revés.

—Lo sé. —Suspiré—. Pero se lo deberías contar a Hizashi.

—¿Por qué diablos iba a hacer eso? —preguntó; la sola idea lo mortificaba.

Lo fulminé con la mirada, aunque la ira, como de costumbre, iba dirigida hacia mí. Ojalá pudiera darle una respuesta distinta.

—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de vuelta —le espeté.

Debía concederme al menos eso: un testigo que me obligase a ser cauteloso. El tragó saliva con fuerza y me contempló largo rato. ¿Qué veía?

—Creo que me arriesgaré —decidió.

¡Uf! ¿Es que arriesgar su vida le parecía emocionante?

¿Necesitaba el subidón de adrenalina?

¡¿Te quieres callar de una vez?! El grito mental de Katsuki se agudizó y penetró mi abstracción. Vi lo que pensaba de nuestra conversación, de cuánto sabía Izu exactamente. Miré atrás de inmediato y vi que me observaba con furia, pero entonces comprendí que no podía importarme menos. Que me destrozara el coche si quería. Solo era un juguete.

—Hablemos de cualquier otra cosa —propuso Izu de repente.

Volví a mirarlo, maravillado de que pudiese darle tan poca importancia a lo que de verdad importaba. ¿Por qué no me veía como el monstruo que realmente era? A Katsuki no le costaba nada.

—¿De qué quieres hablar?

Miró a la izquierda y a la derecha, como si quisiera asegurarse de que nadie nos estaba escuchando. Debía de tener intención de sacar otro tema relacionado con la mitología. Por un segundo, sus ojos se detuvieron en algún punto y se puso rígido, pero enseguida volvió a mirarme a mí.

—¿Por qué te fuiste a ese lugar, Goat Rocks, el último fin de semana? ¿Para cazar? Hizashi dijo que no era un buen lugar para ir de acampada a causa de los osos.

Era tan inocente. Me le quedé mirando y enarqué una ceja.

—¿Osos? —ahogó un grito.

Esbocé una sonrisa burlona y lo observé mientras asimilaba la información. ¿Conseguiría con esto que me tomara en serio?

¿Habría algo capaz de lograrlo?

Cuéntaselo todo, ya que estás. No es que tengamos reglas, ni nada parecido, me espetó Katsuki desde sus pensamientos. Me esforzaba por no oírlo. Podía ver mi auto explotando.

Izu se recompuso.

—Ya sabes, no estamos en temporada de osos —aseveró con los ojos entornados.

—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen solo la caza con armas.

Perdió el control sobre sus facciones por un instante. Se quedó boquiabierto.

—¿Osos? —repitió, esta vez, tenía más de pregunta que de exclamación.

—El favorito de Eijiro es el oso pardo.

Lo miré a los ojos mientras se recuperaba poco a poco de su asombro.

—Mmm... —murmuró.

Dio un mordisco a la pizza y bajó la vista. Masticó, pensativo, y luego bebió.

—Bueno —dijo al fin, y levantó los ojos—. ¿Cuál es tu favorito? —Supuse que debería haberme esperado una pregunta como esa,
pero me sorprendió.

—El puma —respondí con brusquedad.

—Ah —dijo en tono neutral.

Seguía respirando con normalidad, de forma acompasada, como si estuviésemos hablando de mi restaurante favorito. Bueno, de acuerdo. Si quería comportarse como si aquello no fuese nada inusual...

—Por supuesto, debemos tener cuidado para no causar un impacto medioambiental desfavorable con una caza imprudente — añadí, con voz distante y cínica—. Intentamos concentrarnos en zonas con sobrepoblación de depredadores... Y nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos y alces. Nos servirían, pero ¿qué diversión puede haber en eso?

Escuchó con una expresión de educado interés, como si yo fuese un guía describiendo un cuadro en un museo. No me quedó más remedio que sonreír.

—Claro, qué diversión —murmuró con serenidad, y tomó otro bocado de pizza.

—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Eijiro para cazar al oso —proseguí en el mismo tono—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más irritables.

Habían pasado setenta años y todavía no había superado su derrota en aquel primer combate.

—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado. —Asintió solemnemente.

No pude reprimir una risita. Negué con la cabeza, incrédulo ante su ilógica tranquilidad. Tenía que ser impostada.

—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.

—Me lo estoy intentando imaginar, pero no puedo. —Volvió a arrugar la frente—. ¿Cómo cazáis a un oso sin armas?

—Oh, las tenemos —respondí, y le dediqué una sonrisa resplandeciente. Esperaba que retrocediera, pero se quedó muy quieto, observándome—. Solo que no de la clase que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto atacar a un oso en la televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Eijiro.

Desvió la vista hacia la mesa en la que estaban los demás y se estremeció.

Por fin. Me reí de mí mismo, porque sabía que una parte de mí deseaba que sus instintos siguieran funcionando al revés.

Me miró con sus ojos verdes y profundos muy abiertos.

—¿También tú te pareces a un oso? —preguntó casi en un susurro.

—Más al puma, o eso me han dicho —respondí, esforzándome por volver a sonar distante—. Tal vez nuestras preferencias sean significativas.

Sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba.

—Tal vez —repitió. Entonces ladeó la cabeza. Era fácil distinguir la curiosidad en sus ojos—. ¿Es algo que podría llegar a ver?

Por un instante, la imagen de mi mente fue muy vívida. El cuerpo desfallecido y exangüe de Izuku entre mis brazos. Era como si la visión hubiese sido mía, en lugar de haberla visto en la mente de Uraraka. Pero no necesitaba ser vidente para ilustrar semejante horror; la conclusión era obvia.

—¡Absolutamente no! —gruñí.

Se apartó de golpe, impactado y asustado ante mi rabia repentina. Yo también retrocedí; quería dejar un espacio entre los dos. Jamás se iba a dar cuenta, ¿verdad? No pensaba mover ni un dedo para ayudarme a mantenerlo con vida.

—¿Demasiado aterrador para mí? —preguntó con voz firme. Sin embargo, su corazón latía al doble de la velocidad habitual.

—Si fuera eso, te sacaría esta noche —mascullé entre dientes—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te podría sentar mejor.

—Entonces ¿por qué? —insistió, sin inmutarse.

Le dirigí una mirada furibunda; quería que tuviera miedo. Yo lo tenía.

Pero sus ojos seguían cargados de curiosidad, impacientes y nada más. Izuku esperaba su respuesta, no pensaba ceder.

Aunque la hora de comer había terminado.

—Más tarde —dije de forma cortante, y me puse en pie—. Vamos a llegar con retraso.

Miró a su alrededor, desorientado, como si hubiese olvidado que estábamos en la cafetería, como si se hubiese olvidado de que nos encontrábamos en el instituto y le sorprendiera ver que no estábamos solos en un lugar privado. Comprendía perfectamente esa sensación. Cuando estaba con el, me costaba acordarme del resto del mundo.

Se levantó con rapidez, de un saltito, y se echó la mochila a la espalda.

—En tal caso, más tarde —respondió, y percibí la determinación en su gesto.

No se olvidaría.

Chapter Text

Izu y yo nos dirigíamos en silencio hacia la clase de Biología. Pasamos por delante de Tsuyu Asui, que se había quedado rezagada discutiendo un trabajo con un chico de su clase de Trigonometría. Analicé sus pensamientos por encima, esperando sentirme decepcionado una vez más, pero me vi sorprendido por su tono melancólico.

Ah, así que sí que había algo que Tsuyu quería.

Desgraciadamente, no era algo que yo pudiera regalarle.

Sentí un consuelo extraño durante un breve momento mientras oí los fútiles anhelos de Tsuyu. Me atravesó una sensación de afinidad, y, en ese segundo, estuve en consonancia con la amable humana.

Fue extrañamente reconfortante saber que no era el único ser que estaba viviendo una trágica historia de amor. El desamor estaba en todas partes.
Inmediatamente después, me invadió una ira repentina. Porque la historia de Tsuyu no tenía por qué ser trágica. Ella era humana, y él era humano, y esos obstáculos insalvables de su mente eran totalmente ridículos comparados con los míos. No tenía motivos para tener el corazón roto. Qué congoja tan desperdiciada. ¿Por qué esta historia no debería tener un final feliz?

Quería hacerle un regalo... Pues bien, le daría lo que quería. Conociendo como conocía la naturaleza humana, probablemente ni siquiera me resultaría difícil. Examiné los pensamientos del chico que estaba a su lado, el objeto de sus deseos, y no parecía reacio. Estaba simple y llanamente bloqueado por las mismas razones que ella.

Lo único que tenía que hacer yo era sembrar la idea en sus cabezas.

El plan se elaboró fácilmente; la historia se escribía sola sin ningún esfuerzo por mi parte. Necesitaría la ayuda de Eijiro..., solo que conseguir que me ayudara con esto sería lo único realmente difícil. La naturaleza humana era mucho más fácil de manipular que la naturaleza inmortal.

Me complació mi solución, el regalo que le haría a Tsuyu. Fue una agradable manera de no pensar en mis propios problemas. Ojalá los míos se arreglaran con tanta facilidad.

El humor me cambió ligeramente a mejor en cuanto Izu y yo ocupamos nuestros sitios. Quizá debería ser más positivo. Quizá había alguna solución para nosotros que se me escapaba, del mismo modo en el que a Tsuyu le había resultado invisible la suya, tan obvia. No era muy probable..., pero ¿por qué desperdiciar el tiempo con la desesperanza? No había tiempo que perder cuando estaba con Izu. Cada segundo contaba.

El señor Banner entró arrastrando un reproductor de vídeo y una tele un tanto arcaicos. Se iba a saltar toda una sección en la que no estaba muy interesado que digamos —las enfermedades genéticas— poniéndonos una película los tres días siguientes. El aceite de la vida no era una obra alegre, pero eso no impidió que los alumnos estuviesen encantados. No había que tomar apuntes ni habría examen. Los humanos se regocijaron.

A mí nada de eso me importaba, de todas formas. No había planeado prestarle atención a nada que no fuese Izuku.

Hoy no alejé mi silla de la suya para poder respirar. Al contrario, me senté cerca de el, como lo haría cualquier humano. Más cerca de lo que nos sentábamos en mi coche, lo suficientemente cerca como para que el lado izquierdo de mi cuerpo se sintiese envuelto por el calor de su piel. Sentía unas pequeñas llamas aparecer entre mis dedos, señal de que mi cuerpo reaccionaba a su compañero.

Era una sensación extraña, agradable y ansiosa a la vez, pero prefería estar así a sentarme al otro lado de la mesa. Era más de a lo que yo estaba acostumbrado y, aun así, me di cuenta rápidamente de que no me bastaba. No estaba satisfecho. Estar tan cerca de el solo me hacía desear estar más cerca todavía. Nunca estaría satisfecho, siempre querría más de el.

Lo había acusado de ser un imán para el peligro. Ahora mismo, parecía como si aquella fuese la única verdad. Yo era el peligro, y, con cada centímetro que me permitía a mí mismo acercarme a el, su atracción era más y más fuerte.

Entonces el señor Banner apagó las luces.

No me esperaba la gran diferencia que supuso aquel detalle, teniendo en cuenta que la falta de luz apenas significaba algo para mi vista. Aún podía ver igual de bien que antes. Cada detalle de la clase estaba claro.

Así que ¿de dónde venía la repentina descarga eléctrica que había en el aire? ¿Se debía a que sabía que yo era el único que podía ver con claridad? ¿Que tanto Izuku como yo éramos invisibles para el resto? Como si estuviésemos solos, únicamente los dos, escondidos en la clase a oscuras, sentados tan cerca el uno al lado del otro.

Mi mano se movió en su dirección sin que yo le diera permiso. Solo para tocar su mano, para sostenerla en la oscuridad. ¿Tan terrible error sería? Si mi piel lo molestaba, solo tendría que apartarla.

Retiré la mano, crucé los brazos con fuerza contra mi pecho y apreté los puños. Ningún error; me lo había prometido a mí mismo. Si sostenía su mano, solo querría más: otro roce insignificante, otro movimiento para estar más cerca de el. Lo sentía. Un nuevo tipo de deseo crecía en mi interior, luchando contra mi autocontrol.

Ningún error.

Izu cruzó los brazos firmemente contra su pecho, con los puños cerrados. Exactamente igual que yo.

¿En qué piensas? Me moría por susurrarle la pregunta, pero la habitación estaba demasiado silenciosa como para ocultar incluso una charla en susurros.

La película empezó, iluminando solo un poco la oscuridad. Izuku me miró. Notó la postura rígida de mi cuerpo —exactamente igual a la suya— y sonrió. Sus labios se abrieron suavemente y sus ojos parecieron llenarse de invitaciones placenteras. Por amor a su vida, no volvería a ver nada verde sin pensar en esas joyas que tenía como orbes.

O quizá yo veía lo que quería ver.

Le devolví la sonrisa. Recuperó el aliento con un suspiro y apartó la mirada rápidamente.

Eso lo empeoró. No sabía lo que pensaba, pero de repente supe que antes había estado en lo cierto, que el quería que yo lo tocara. Había sentido aquel peligroso deseo igual que lo había sentido yo.

La electricidad zumbaba entre su cuerpo y el mío.

No se movió en toda la hora, manteniendo su postura controlada y rígida; yo mantuve la mía. De vez en cuando me lanzaba una mirada de soslayo, y el zumbido de la corriente me atravesaba con una sacudida repentina.

Pasó la hora... lentamente y, sin embargo, no lo suficientemente despacio. Todo esto era tan nuevo que podría haber permanecido sentado así con el días enteros, solo para experimentar aquella sensación en toda su plenitud.

Me debatí de doce maneras diferentes contra mí mismo mientras pasaban los minutos, luchando racionalmente contra el deseo.

Por fin, el señor Banner encendió de nuevo la luz.

Bajo el brillo de los fluorescentes, el aire de la clase volvió a la normalidad. Izu suspiró y se estiró, flexionando los dedos delante de el. Mantener aquella posición durante tanto tiempo debía de haberle resultado incómodo. Para mí era más fácil: la quietud me salía de forma natural.

Reí al ver la expresión de alivio en su rostro.

—Bien, ha sido interesante.

—Mmm —murmuró, entendiendo claramente a qué me refería yo, pero sin hacer ningún comentario. Qué no daría yo por oír lo que estaba pensando en aquel preciso instante.

Suspiré. Por mucho que lo deseara, no serviría de ayuda.

—¿Nos vamos? —pregunté, al tiempo que me levantaba.

Hizo una mueca y se puso en pie torpemente, con las manos extendidas como si tuviese miedo de caerse.

Podía ofrecerle mi mano. O podía poner la mano debajo de su codo —solo ligeramente— y sujetarlo. Seguramente eso no sería una infracción atroz.

Ningún error.

Mientras andábamos hacia el gimnasio, Izuku permaneció muy callado. Tenía los labios fruncidos y murmuraba en silencio, señal evidente de que estaba absorto en sus pensamientos. Yo también estaba absorto en los míos.

Un roce de mi piel no le haría daño, afirmaba la parte egoísta de mi ser.

Podía moderar fácilmente la presión de mi mano. No sería precisamente difícil. Mi sentido del tacto estaba mejor desarrollado que el de un humano: podía hacer juegos malabares con doce bolas de cristal sin romper ninguna; podía acariciar una pompa de jabón sin hacerla estallar. Siempre y cuando pudiese controlarme con firmeza a mí mismo.

Izuku era como una pompa de jabón: frágil y efímera. Temporal.

¿Durante cuánto tiempo podría justificar mi presencia en su vida?

¿De cuánto tiempo disponíamos? ¿Volvería a tener otra oportunidad como esta, como este momento, como este segundo? No siempre estaría al alcance de mi mano.

Izu se giró para mirarme en la puerta del gimnasio y abrió mucho los ojos ante la expresión de mi rostro. No habló. Me fijé en mi reflejo en sus ojos y vi el conflicto que rugía en los míos. Observé cómo cambiaba mi semblante cuando la mejor parte de mí perdió la batalla.

Mi mano se elevó sin recibir una orden consciente para hacerlo. Suavemente, como si Izuku estuviese hecho del cristal más fino, como si fuese igual de frágil que la pompa que había imaginado, mis dedos acariciaron la cálida piel que le cubría los pómulos cubiertos de estrellas. Se calentó bajo mi tacto, y pude sentir el ritmo de la sangre acelerándose bajo su piel translúcida.

Basta, ordené, aunque mi mano suspiraba por acoplarse a la forma de su rostro. Basta.

Fue difícil retirar la mano, obligarme a mí mismo a no acercarme aún más a el. Mil posibilidades distintas recorrieron mi mente en un instante... Mil maneras distintas de tocarlo. La punta de mis dedos recorriendo la forma de sus labios. Mi mano sosteniendo su barbilla. Quitándole los rizos de su frente y dejando que enmarcaron su redondeado rostro. Mis brazos rodeándolo por la cintura, sujetándolo contra mi cuerpo.

Basta.

Me obligué a girarme, a alejarme de el. Mi cuerpo se movió con rigidez... sin quererlo.

Dejé que mi mente se quedara atrás para observarlo mientras yo me alejaba rápidamente, casi huyendo de la tentación. Oí los pensamientos de Tuoya Himura —eran los más sonoros— mientras miraba cómo Izuku pasaba delante de él sin reparar en su presencia, con los ojos perdidos y las mejillas sonrojadas. Frunció el ceño y de repente mi nombre se mezcló con una serie de insultos en su cabeza. No pude evitar sonreír levemente ante eso.

La mano me hormigueaba. La flexioné y luego la cerré en un puño, pero seguía punzándome sin dolor.

No, no lo había herido..., pero, aun así, tocarlo había sido un error.

Sentía que unas brasas ardían en mi interior, como si una versión apagada de mi sedienta quemazón se hubiese extendido por todo mi cuerpo.

La próxima vez que me acercara a el, ¿sería de nuevo capaz de refrenar mis impulsos de tocarlo? Y si lo tocara una vez más, ¿sería capaz de detenerme ahí?

Ni un error más. Eso era todo. Saborea el recuerdo, Shoto, me dije tristemente a mí mismo, y guárdate tus manos para ti. Era eso, o tendría que obligarme a partir... de alguna manera. No me podía permitir estar cerca de el si no lograba dejar de cometer errores.

Respiré profundamente y traté de poner en orden mis pensamientos.

Eijiro me alcanzó fuera del edificio de Lengua.

—Eh, Shotobro. —Tiene mejor aspecto. Extraño, pero mejor. Feliz.

—Eh, Ei. —¿Parecía feliz? Supuse que, a pesar del caos en mi cabeza, sentía algo parecido a la felicidad.

Vaya forma más sutil tienes de cerrar el pico, bro. Katsuki te va a arrancar la lengua.

Suspiré.

—Lamento que tengáis que haber lidiado con ello por mi culpa.

¿Estáis enfadados conmigo?

—Nah. A Blasty se le pasará. Iba a suceder antes o después. —

Con lo que Ochako ha visto venir...

En aquel momento, no quería pensar en las visiones de Ochako.

Miré hacia delante, con los dientes muy apretados.

Mientras buscaba algo para distraer mi atención, vi a Tokoyami Cheney entrar en la clase de Español por delante de nosotros. Ah... Esta era mi oportunidad para darle a Tsuyu Asui mi regalo.

Detuve mi paso y agarré a Kirishima del brazo.

—Espera un segundo.

¿Qué pasa?

—Sé que no lo merezco, pero ¿me harías un favor igualmente?

—¿Qué favor? —preguntó con curiosidad.

Hablando en voz muy baja, y a una velocidad que habría hecho ininteligibles mis palabras a cualquier humano, le expliqué lo que quería.

Me miró detenidamente cuando acabé, con la mente tan en blanco como su rostro.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿Me ayudarás a hacerlo? Tardó un minuto en contestar.

—Pero ¿por qué?

—Venga, Ei. ¿Y por qué no?

¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Todobro?

—¿Acaso no eres tú el que se queja de que en el colegio todo es siempre igual? Pues esto es algo distinto, ¿no? Míralo como un experimento... Un experimento sobre el comportamiento humano, haciendo algo masculino.

Me miró de nuevo antes de ceder.

—Bueno, sí que es distinto, lo admito. Bien, vale. —Eijiro resopló y luego se encogió de hombros—. Te ayudaré.

Le sonreí, más entusiasmado con mi plan ahora que contaba con él. Katsuki era una lata, pero siempre le estaría agradecido por haber elegido a Eijiro; nadie tenía un hermano mejor que el mío.

Eijiro no necesitó practicar. Le susurré entre dientes las frases que tenía que decir según entrábamos en clase.

Tokoyami ya estaba en su sitio, detrás de mí, sacando sus deberes. Eijiro y yo nos sentamos e hicimos lo mismo. La clase aún no estaba en silencio; el murmullo de las tenues charlas continuó hasta que la señora Goff nos llamó la atención. No tenía prisa alguna y estaba corrigiendo los exámenes de la clase anterior.

—Así que —dijo Eijiro con un tono de voz más elevado del necesario—... ¿ya le has pedido salir a Tsuyu Asui?

El sonido del papeleo a mi espalda se detuvo de golpe y Fumikage se quedó de piedra, con su atención súbitamente centrada en nuestra charla.

¿Tsuyu? ¿Están hablando de Tsuyu?

Perfecto. Había captado su interés.

—No —dije, moviendo la cabeza lentamente para parecer arrepentido.

—¿Por qué no? —improvisó Eijiro—. ¿Falta de valor, quizá? Eso no es muy masculino bro—Lo miré frunciendo el ceño.

—No. Es que oí que estaba interesada en otra persona.

¿Shoto Todoroki  le iba a pedir a Tsuyu que saliese con él? Pero... no... Eso no me gusta. No quiero que se acerque a ella. Él no es... bueno para ella. No es... seguro.

No había previsto esa caballerosidad ni su instinto protector. Más bien había esperado celos por su parte. Pero también podía trabajar con esto.

—¿Y vas a dejar que eso te detenga? —preguntó Eijiro en tono socarrón, improvisando de nuevo—. ¿No vas a luchar por ella?

Le dediqué una mirada furibunda, pero aproveché sus palabras.

—Mira, creo que le gusta mucho ese tal Tokoyami no se que. No voy a intentar convencerla. Hay más chicas... o chicos— No pude evitar decirlo, quería que todos supieran que yo ya tenía una persona a la cual adorar y respetar.

La reacción en la silla de detrás de mí fue eléctrica.

—¿Quién? —preguntó Eijiro volviendo al guion.

—Mi compañero de laboratorio dijo que era un chico llamado Tokoyami. No sé quién es.

Reprimí la sonrisa. Solo a los altivos Todoroki les podía salir bien fingir que no conocían a todos los estudiantes de esta diminuta escuela.

A Tokoyami le daba vueltas la cabeza de la impresión. ¿Yo? ¿Por delante de Shōto Todoroki? Pero ¿por qué iba a gustarle yo?

—Shoto —murmuró Eijiro en un tono más bajo, desviando la mirada hacia el chico—. Está justo detrás de ti —dijo moviendo los labios, para que el humano pudiese leer sin problemas las palabras.

—Oh —murmuré yo.

Me giré en la silla y le eché una mirada al chico sentado detrás de mí. Durante un segundo, aquellos ojos negros detrás de las gafas reflejaron miedo, pero luego se enderezó y cuadró los hombros, ofendido ante mi escrutinio tan despectivo y descarado. Alzó la barbilla y un arrebato de enfado le oscureció su piel pálida, sus cabellos azabaches se corrieron.

—Ajá —dije arrogante mientras me giraba de nuevo hacia Eijiro.

Piensa que es mejor que yo. Pero Tsuyu no lo piensa. Se lo demostraré...

Perfecto.

—Pero ¿no dijiste que Tsuyu iba a ir al baile con Denki? — preguntó Eijiro, y resopló al pronunciar el nombre del chico al que muchos menospreciaban por su torpeza y estar siempre lleno de estática.

—Por lo visto, fue una decisión de grupo. —Quería asegurarme de que Tokoyami tuviese esto muy claro—. Tsuyu es tímida. Si To..., bueno, si un chico no es lo bastante valiente como para pedirle que salga con él, ella nunca se lo pediría a él.

—A ti te gustan las personas tímidas —dijo Eijiro, volviendo a improvisar.

Chicos tímidos. Chicos como... Mmm... No sé, ¿Izuku Midoriya, quizá?

Le sonreí abiertamente.

—Exacto. —Luego volví a retomar mi papel—. A lo mejor Tsuyu se cansa de esperar. Puede que le pida que vaya al baile conmigo.

No, no lo harás, pensó Tokoyami, irguiéndose en la silla. ¿Y qué si es más alta que yo? Si a ella no le importa, entonces a mí tampoco. Es la chica más simpática, lista y guapa de este colegio... y me quiere a mí.

Me gustaba este Tokoyami. Tenía pinta de ser brillante y con buenas intenciones. Quizá hasta merecedor de estar con una chica como Tsuyu.

Levanté los pulgares por debajo de la mesa para que lo viera Kirishima al tiempo que la señora Goff se ponía en pie y saludaba a la clase.

Vale, lo reconozco... Ha sido un poco divertido, pensó Eijiro.

Sonreí para mis adentros, encantado de haber podido darle forma a una historia de amor. Estaba seguro de que Tokoyami cumpliría y Tsuyu recibiría mi regalo anónimo. Mi deuda estaba saldada.

Qué necios, los humanos; eran capaces de permitir que una diferencia de altura de quince centímetros se interpusiera en su felicidad.

Mi logro me puso de buen humor. Volví a sonreír cuando me acomodé en mi silla, preparado para el espectáculo. Después de todo, tal y como Izu me había dicho a la hora de comer, nunca lo había visto en acción en clase de gimnasia.

Los pensamientos de Tuoya eran los más fáciles de localizar en el batiburrillo de voces que invadía el gimnasio. Me había familiarizado demasiado con su mente durante las últimas semanas. Suspirando, me resigné a tener que escuchar a través de él. Al menos podía estar seguro de que el chico estaría pendiente de Izu.

Llegué justo a tiempo de oír cómo le pedía a Izuku que fuera su pareja de bádminton; cuando se lo ofreció, se le pasaron por la cabeza otro tipo de emparejamientos con el. Se desvaneció mi sonrisa, apreté los dientes y me tuve que recordar a mí mismo que matar a Tuoya Himura seguía sin estar permitido.

—Gracias, Tuoya, no tienes por qué hacerlo, ya lo sabes.

—No te preocupes, me mantendré lejos de tu camino.

Izu le dedicó una amplia sonrisa, y destellos de muchos accidentes, siempre relacionados con Izuku de un modo u otro, parpadearon en la cabeza de Tuoya.

Al principio, Tuoya jugó solo, mientras Izuku titubeaba en la mitad trasera de la pista, sujetando la raqueta con mucho cuidado, como si fuese a explotar si la movía con demasiado ahínco. Después el entrenador Clapp se acercó y le ordenó a Tuoya que dejara jugar a Deku.

Oh, oh, pensó Tuoya cuando el se adelantó con un suspiro, sujetando la raqueta en un ángulo raro.

Ericka Uzumaki sacó la pluma directamente hacia mi Izu, con un giro petulante en sus pensamientos. Tuoya vio a Izuku tambalearse hacia él, balanceando la raqueta a varios metros de su objetivo, y corrió para intentar salvar el punto.

Miré alarmado la trayectoria de la raqueta de Izu. Efectivamente, golpeó la tensa red y rebotó contra el; impactó contra la frente de Izuku antes de girarse y golpear a Tuoya en el brazo con un sonoro clonc.

Au. Au. Ains. Me va a salir un buen moratón.

 

Izuku se estaba masajeando la frente, sus 49 pecas que tenia ahí se acentuaban y el retenia unas ligeras lagrimas. No me resultaba fácil quedarme en mi silla sabiendo que estaba herido. Pero ¿qué podía hacer, aunque estuviese ahí con el? Y no parecía nada serio. Dudé mientras observaba.

El entrenador se rio.

—Lo siento, Himura. —Ese chico es el peor gafe que he visto en mi vida. No debería imponérselo a los demás.

Volvió la espalda deliberadamente y se fue a mirar otro juego para que Izuku pudiese retomar su anterior rol de mera espectador.

Au, pensó de nuevo Tuoya, masajeándose el brazo. Se volvió hacia Izuku.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Y tú? —preguntó el tímidamente.

—Creo que lo superaré. —No quiero quedar como un cobardica, pero, colega, ¡cómo duele!

Tuoya empezó a mover el brazo en círculos, con una mueca de dolor.

—Me quedaré aquí detrás —dijo Izu, exhibiendo más vergüenza que dolor en su rostro. A lo mejor Tuoya se había llevado la peor parte. Sin duda deseé que así fuera. Al menos Izu ya no jugaba. Sujetaba la raqueta con muchísimo cuidado detrás de la espalda, con una expresión de remordimiento absoluto... Tuve que ponerme a toser para disimular la risa.

¿De qué te ríes?, quiso saber Eijiro.

—Luego te lo cuento —murmuré.

Izuku no se arriesgó a volver a jugar. El entrenador la ignoró y dejó que Tuoya jugara solo.

Hice el examen con los ojos cerrados al terminar la hora y la señora Goff me dejó salir antes. Según caminaba por el campus, escuchaba a Tuoya con atención.

Toga me juró que están saliendo. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que elegirlo a el?

Tuoya no era consciente de que en realidad lo que había pasado era... que el me había elegido a mí.

—Así...

—Así... ¿qué? —preguntó Izuku.

—Tú y Todoroki, ¿eh? —Tú y el bicho raro ese. Bueno, si para ti un tío con pasta es lo importante...

Apreté los dientes ante semejante suposición.

—No es de tu incumbencia, Dabi.

Está a la defensiva. O sea, que es cierto. Mierda.

—No me gusta.

—No tiene por qué —le contestó Izu secamente.

¿Por qué no es capaz de ver la atracción de circo que es Shoto? Como todos ellos. El modo en que lo observa. Me da escalofríos con solo mirarlo.

—Te mira como si... Te mira como si fueras comestible.

Me encogí, esperando su respuesta.

Se puso rojo como la grana, pero su imagen solo era comparable con una fresa y apretó los labios como si estuviese aguantando la respiración. Y, luego, de repente, se le escapó una risa tonta.

Qué bien. Ahora se ríe de mí.

Tuoya se dio la vuelta, con la mente esquiva, y se alejó hacia los vestuarios.

Me apoyé en la pared del gimnasio e intenté calmarme.

¿Cómo había podido reírse de la recriminación que le había hecho Tuoya? Había dado tan en el blanco que empecé a preocuparme de que todo Forks también estuviese al tanto. ¿Por qué se había reído cuando él había sugerido que yo era capaz de matarlo, cuando el sabía perfectamente que era la pura verdad?

¿Qué demonios le pasaba a Deku?

¿Acaso tenía un sentido del humor morboso? Aquello no me cuadraba en absoluto con la noción que tenía yo de su carácter, pero ¿cómo podía estar seguro? O puede que mi idea del ángel insensato fuera real en cierto sentido: Izuku no sentía miedo. Valiente. Esa era una palabra para describirlo. Otros dirían que estúpido, pero yo sabía lo brillante que era. Sin importar el motivo,

¿era esta extraña ausencia de miedo por su parte lo que lo ponía en peligro constantemente? A lo mejor siempre necesitaría que yo estuviese con el.

Y así fue como mejoró mi ánimo.

Si pudiese ser más disciplinado, convertirme en alguien seguro, entonces sí que cabía la posibilidad de que estar cerca de el fuese lo correcto.

Cuando cruzó las puertas del gimnasio, tenía los hombros rígidos y se estaba apretando otra vez el labio inferior con sus dedos, murmuraba sin emitir sonido. Un claro signo de ansiedad. Pero, en cuanto nuestras miradas se encontraron, se relajó y una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Era un gesto extrañamente tranquilo. Caminó hasta mí sin dudarlo, y solo paró cuando estuvo tan cerca que el calor de su cuerpo cayó sobre mí como una ola.

—Hola —murmuró.

La felicidad que sentí en aquel momento no tenía, una vez más, precedentes.

 

—Hola —dije, y después, como estaba de tan buen humor que no podía resistirme a tomarle un poco el pelo, añadí—: ¿Cómo te ha ido en gimnasia?

Le vaciló la sonrisa.

—Bien.

Mentía muy mal.

—¿De verdad? —pregunté, a punto de insistir más en el tema; aún estaba preocupado por su cabeza, ¿le dolía? Pero entonces, los pensamientos de Tuoya Himura se hicieron tan sonoros que perdí la concentración.

Lo odio. Ojalá se muriese. Espero que se despeñe por un acantilado con ese coche tan reluciente que tiene. ¿Por qué no puede dejarlo en paz y punto? Limitarse a los de su propia especie... A los monstruos.

—¿Qué pasa? —preguntó Izuku.

Volví a centrarme en su rostro. Miró cómo se alejaba Tuoya, y luego a mí de nuevo.

—Himura me saca de mis casillas —admití.

Se quedó con la boca abierta y su sonrisa se desvaneció. Debía de haber olvidado que yo tenía las capacidades necesarias para haberlo observado durante su desastrosa última clase, o quizá había esperado que no las utilizara.

—¿No habrás estado escuchando otra vez?

—¿Cómo va esa cabeza?

—¡Eres increíble! —dijo entre dientes, y luego se alejó caminando furioso hacia el aparcamiento. Su piel se había puesto colorada. Estaba avergonzado.

Lo alcancé y me puse a caminar con el, deseando que se le pasara pronto el enfado. Solía perdonarme rápidamente.

—Has sido tú quien ha mencionado que nunca te había visto en clase de gimnasia —le expliqué—. Eso ha despertado mi curiosidad.

No me contestó. Arqueó las cejas.

Se detuvo de golpe en el aparcamiento cuando vio que el camino hasta mi coche estaba siendo bloqueado por una multitud de estudiantes, en su mayoría chicos.

Me pregunto a qué velocidad han puesto este trasto.

Mira ese cambio de marchas SMG. No lo había visto más que en las revistas.

¡Menudas rejillas laterales!

Ojalá me sobraran sesenta mil dólares...

Este era precisamente el motivo por el que era mejor que Katsuki solo usara su coche fuera del pueblo.

Me abrí paso a través de aquellos chicos lujuriosos hasta llegar a mi propio coche. Después de dudarlo un segundo, Izu me siguió.

—Ostentoso —murmuré cuando subió a mi lado.

—¿Qué tipo de coche es ese? —preguntó.

—Un M3.

Frunció el ceño.

—No hablo la jerga de Car and Driver.

—Es un BMW. —Puse los ojos en blanco y luego me concentré en no atropellar a nadie mientras echaba marcha atrás. Tuve que mirar fijamente a varios chicos que no parecían estar dispuestos a moverse ni un ápice. Medio segundo sosteniendo sus miradas fue suficiente para persuadirlos.

—¿Sigues enfadado? —le pregunté. Ya no tenía el entrecejo tan fruncido.

—Muchísimo —contestó bruscamente.

Suspiré. A lo mejor no debería haber sacado el tema. Paciencia.

Podía intentar arreglarlo, supuse.

—¿Me perdonarás si te pido disculpas? —Se lo pensó un momento.

—Puede... Si te disculpas de corazón —decidió— y si prometes no hacerlo otra vez.

No tenía intención alguna de mentirle, pero tampoco pensaba, ni por asomo, acceder a esa petición. A lo mejor le podía hacer una contraoferta.

—¿Qué te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el sábado? —Me estremecí solo de pensarlo.

Volvió a fruncir el ceño mientras le daba vueltas al nuevo pacto.

—Hecho —dijo después de pensárselo un momento.

Y ahora debía disculparme... Nunca antes había intentado deslumbrar a Izuku a propósito, pero este parecía un buen momento. Lo miré fijamente a los ojos mientras me alejaba conduciendo del colegio, preguntándome si estaba haciéndolo bien. Usé el tono de voz más persuasivo que tenía.

—Entonces, lamento haberte molestado.

El pulso le latía mucho más fuerte que antes, y el ritmo pasó a ser un brusco staccato. Tenía los ojos como platos. Estaba aturdido.

Sonreí un poco. Parecía que había funcionado. Por supuesto, a mí también me estaba costando apartar la mirada de sus ojos. Estaba igual de deslumbrado que el. Agradecí conocer de memoria aquella carretera.

—A primera hora de la mañana del sábado estaré en el umbral de tu puerta —añadí para cerrar el trato.

 

Parpadeó suavemente, moviendo la cabeza como si quisiera despejarla.

—Mmm —dijo—. Que, sin razón alguna, un Volvo se quede aparcado enfrente de mi casa no me va a ser de mucha ayuda con Hizashi.

Ah, qué poco sabía todavía de mí.

—No tengo intención de llevar el coche.

—¿Cómo...? —empezó a preguntar.

Lo interrumpí. La respuesta solo serviría para generar otra ronda de preguntas.

—No te preocupes. Estaré ahí sin coche.

Echó la cabeza a un lado y por un instante pareció que iba a pedirme más explicaciones, pero luego cambió de idea, aparentemente.

—¿Ya es «más tarde»? —preguntó, haciéndome recordar la charla que habíamos dejado a medias en la cafetería.

Debería haber respondido a su otra pregunta. Esta era mucho menos apetecible.

—Supongo que sí —accedí reacio.

Aparqué enfrente de su casa, tenso, intentando pensar cómo explicárselo... sin que se notase mucho mi naturaleza monstruosa, sin volverlo a asustar. ¿O acaso era un error intentar disimular mi oscuridad?

Izu esperaba con la misma expresión de interés que, por cortesía, había tenido durante la comida. Si yo no hubiese estado tan nervioso, me habría puesto a reír ante su ridícula tranquilidad.

—Y aún quieres saber por qué no puedes verme cazar, ¿no? —le pregunté.

 

—Bueno, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción — dijo.

—¿Te he asustado? —pregunté, seguro de que me diría que no.

—No. —Qué gran mentira.

Intenté no sonreír, pero no fui capaz.

—Lamento haberte asustado. —Y entonces mi sonrisa desapareció, al igual que el momentáneo buen humor—. Ha sido solo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.

—¿Estaría mal?

La imagen que se creó en mi cabeza fue demasiado: Izu, tan vulnerable en aquella oscuridad vacía; yo, fuera de control... Intenté borrarla de mi mente.

—En grado sumo.

—¿Por...?

Respiré hondo, concentrándome un segundo en aquella sed que me abrasaba. Sintiéndola, gestionándola, demostrándole que podía controlarla. Nunca me volvería a dominar... Quise que fuese cierto. Yo lograría ser alguien seguro para el. Miré hacia las nubes sin verlas realmente, deseando creer que mi determinación sería suficiente si, en plena caza, me llegaba el aroma de Izu.

—Nos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos —le conté, midiendo cada palabra antes de hablar—. Nos regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del olfato. Si estuvieras en cualquier lugar cercano cuando pierdo el control de esa manera...

Sacudí la cabeza, agonizando ante la idea de que sin duda eso sería lo que pasaría, no lo que «podría» llegar a pasar.

Escuché el incremento de sus latidos, y luego me giré, inquieto, a leer sus ojos.

La cara de Izuku estaba serena, pero su mirada era grave. Tenía ligeramente fruncidos los labios en lo que me pareció un gesto de preocupación. Pero ¿preocupado por qué? ¿Por su propia seguridad? ¿Existía la esperanza de que finalmente pudiese haberle hecho entender la realidad tal y como era? Seguí mirándolo, intentando convertir su expresión ambigua en algo certero.

Me devolvió la mirada. Sus ojos se abrieron después de un momento y se le dilataron las pupilas, aunque la luz no había variado.

Se me aceleró la respiración, y de repente el silencio del coche parecía zumbar, tal y como había pasado en la oscuridad de la clase de Biología esta misma tarde. La corriente eléctrica fluía entre nosotros una vez más, y mi deseo por tocarlo fue, brevemente, más fuerte incluso que mi sed de el.

La vibración de la electricidad me hizo sentir como si tuviese pulso de nuevo. Mi cuerpo la acompañaba. Como si fuese humano. Por encima de cualquier otra cosa en el mundo, quería sentir el calor de sus labios contra los míos. Durante un segundo, tuve que luchar desesperadamente para hallar la fuerza, el control necesario para poder acercar tanto mi boca a su piel.

Izuku respiraba entrecortadamente, y solo entonces me di cuenta de que, cuando a mí se me había empezado a acelerar la respiración, a el se le había detenido la suya.

Cerré los ojos, intentando cortar aquella conexión entre nosotros. Ni un error más.

La existencia de Izuku estaba ligada a un millar de procesos químicos delicadamente equilibrados, todos fácilmente alterables: la expansión rítmica de sus pulmones, ese flujo de oxígeno, para el significaba la vida o la muerte. La cadencia agitada de su frágil corazón se podía detener por cualquier accidente o enfermedad estúpidos o... por mi culpa.

Yo sabía que ningún miembro de mi familia —salvo, posiblemente, Eijiro— vacilaría ni un segundo si se le ofreciera la posibilidad de regresar, de intercambiar la inmortalidad por mortalidad de nuevo. Katsuki y yo, y también Aisawa, nos meteríamos en una hoguera solo a cambio de eso. Arderíamos los días o siglos que fuesen necesarios.

La mayoría de nuestra especie anteponía la inmortalidad a todo lo demás. Incluso había humanos que la deseaban, que buscaban en lugares oscuros a aquellos que les pudieran ofrecer el regalo más tenebroso.

Nosotros no. Mi familia no. Cambiaríamos cualquier cosa por ser humanos.

Pero ninguno de nosotros, ni siquiera Katsuki, había estado jamás tan desesperado por regresar como ahora.

Abrí los ojos y miré los agujeros y defectos microscópicos del parabrisas, como si en aquel cristal imperfecto pudiese hallar alguna solución. La electricidad no se había desvanecido, y tuve que concentrarme para mantener las manos en el volante.

La mano derecha me empezó a punzar sin dolor una vez más, como si recordara el tacto de Izuku.

—Izu, creo que deberías entrar en casa.

Obedeció de inmediato, sin decir nada, salió del coche y cerró la puerta detrás de el. ¿Era capaz de sentir el potencial desastre tanto como yo? ¿Le dolía irse tanto como me dolía a mí verlo partir? Mi único consuelo era que lo vería pronto. Antes de lo que el me vería a mí. Esbocé una sonrisa ante la idea, luego bajé la ventana y me incliné para hablar con el una vez más. Ahora era más seguro, con el calor de su cuerpo fuera del coche.

Se giró para ver lo que quería, curioso, sus hermosos ojitos verdes brillando, los adoraba.

Siempre tan curioso, a pesar de que yo le había contestado casi todas sus innumerables preguntas. Era mi curiosidad la que no estaba satisfecha en absoluto. No era justo.

—¿Izu?

—¿Sí?

—Mañana me toca a mí. Frunció el ceño.

—¿El qué te toca?

—Hacer las preguntas.

Mañana, cuando estuviésemos en un lugar más seguro, rodeados de testigos, obtendría mis propias respuestas. Sonreí ante la idea, y luego me aparté cuando Izuku no hizo movimiento alguno para irse. Incluso con el fuera del coche, el eco de la electricidad zumbó en el aire. Yo también quería salir, acompañarlo hasta la puerta para tener una excusa para quedarme a su lado.

Ningún error más. Apreté el acelerador y luego suspiré cuando el desapareció detrás de mí. Era como si siempre estuviera corriendo hacia Izuku o huyendo de el, nunca quieto. Tendría que hallar la manera de permanecer firme, si es que alguna vez queríamos llegar a encontrar la paz.

 

Mi casa parecía tranquila y silenciosa desde el exterior mientras pasaba por delante de ella, en dirección al garaje. Pero podía escuchar la agitación que había dentro, tanto la que se hablaba en voz alta como como la que se pensaba en silencio. Eché una mirada pensativa hacia mi coche favorito —aún impecable, de momento— antes de salir y enfrentarme a las consecuencias de mis actos. Sabía que no lograría recorrer la corta distancia que iba del garaje a la casa sin que me abordaran.

Katsuki salió disparado por la puerta principal en cuanto oyó mis pasos. Se plantó en la base de las escaleras y me mostró los dientes, en sus manos pequeñas explosiones dejaban una estela de humo, listo para atacar, ya podia escuchar los " ¡Muere icyhot!"

Me detuve a unos veinte metros de distancia, sin agresividad alguna en mi postura. Sabía que me lo merecía.

—Lo siento mucho, Bakugou —le dije antes de que tuviese tiempo de ordenar sus pensamientos y lanzarse al ataque. Probablemente, yo no podría decir mucho más después de eso, las explosiones eran molestas y tardaba en limpiarme.

Cuadró los hombros y alzó la barbilla, desafiante.

¿Cómo has podido ser tan estúpido?

Eijiro bajó lentamente las escaleras detrás de ella. Sabía que, si Katsuki me atacaba, Eijiro se interpondría entre nosotros. No para protegerme. Sino para evitar que Kat me provocara demasiado y yo tuviera que defenderme.

—Lo siento —le dije de nuevo.

Pude ver lo sorprendido que estaba por la falta de sarcasmo en mi voz, por mi rápida rendición. Pero estaba demasiado enfadado todavía como para aceptar disculpas.

¿Estás contento?

—No —dije, con tal sufrimiento en mi voz que evidenciaba toda negativa.

¿Por qué lo hiciste, entonces? ¿Por qué se lo contaste? ¿Solo porque el te lo preguntó? Las palabras en sí no eran tan duras: era su tono mental el que estaba afilado como un cuchillo. En su mente también estaba la cara de Izuku..., solo que se trataba de una caricatura del rostro que yo amaba. Por mucho que Katsuki me odiara en este momento, no era nada en comparación al odio que sentía por Izuku. Quería hacerse creer a sí mismo que este odio estaba justificado, basado únicamente en lo mal que me había portado yo, y que Izuku solo era un problema porque ahora representaba un peligro para nosotros. Una regla quebrantada. Izuku sabía demasiado.

Pero pude ver lo mucho que le nublaban el juicio los celos. Ya no se trataba solo del hecho de que yo encontrase a Izuku mucho más fascinante de lo que jamás había considerado a Katsuki. Sus celos habían cambiado y modificado el rumbo. Izuku tenía todo lo que Katsuki quería. Era humano. Podía elegir. A Kat le enfurecía que Izu pusiese todo eso en peligro, que coqueteara con la oscuridad cuando tenía otras opciones.

Katsuki había llegado a pensar que aceptaría incluso intercambiarse la cara con aquel chico al que consideraba tan mediocre, siempre que pudiese meter su humanidad en el trato.

Aunque Katsuki intentaba no pensar en todas estas cosas mientras esperaba mi respuesta, no podía alejarlas totalmente de su cabeza.

—¿Por qué? —exigió en voz alta cuando yo no dije nada. No quería que yo siguiera leyéndole la mente—. ¿Por qué se lo contaste?

 

—Estoy francamente sorprendido de que fueses capaz —dijo Eijiro antes de que yo pudiese contestar—. Casi nunca hablas de eso, ni siquiera con nosotros. No es tu tema favorito, que digamos bro.

Eijiro estaba pensando en lo mucho que nos parecíamos su Blasty y yo en esto, en cómo los dos siempre evitábamos usar aquel término de la no vida que tanto odiábamos. Él no tenía tantas reservas al respecto.

¿Cómo sería sentirse como Eijiro Kirishima? ¿Ser tan práctico, tan libre de arrepentimientos? ¿Ser capaz de aceptar las cosas y avanzar tan fácilmente?

Bakugou y yo seríamos mucho más felices si pudiéramos imitarlo.

Ver eso —nuestras similitudes— de manera tan clara hizo que me resultara todavía más fácil perdonar aquellas agujas envenenadas que Bakugou enviaba mentalmente en mi dirección al no poder explotarme el rostro.

—No te equivocas —le dije a Eijiro—. Dudo que yo mismo hubiese podido decirlo alguna vez.

Eijiro ladeó la cabeza hacia un lado. Detrás de él, dentro de la casa, podía sentir la conmoción del resto de la audiencia. La única que no estaba sorprendida era Ochako.

—Entonces ¿por qué lo sabe? —siseó Katsuki.

—No exageres —le dije sin mucha esperanza. Arqueó las cejas

—. No violé las normas a propósito. Probablemente sea algo que deberíamos haber previsto.

—¿De qué estás hablando? —exigió.

—Izuku es amigo del bisnieto de Shota Hitoshi.

Katsuki se quedó de piedra. A Eijiro también lo había pillado desprevenido. Al igual que yo, no estaban preparados para que las cosas tomaran aquel rumbo.

 

Aizawa apareció en la puerta. Aquello era mucho más que una simple pelea entre Katsuki y yo.

—¿Shoto? —preguntó.

—Tendríamos que haberlo sabido, Aizawa. Como era de esperar, los ancianos advirtieron a la nueva generación cuando volvimos. Y, como era de esperar, la nueva generación no se creyó nada. Otra estúpida historia más. El chico que respondió a las preguntas de Izuku, no se creía nada de lo que él mismo le estaba contando.

No estaba nervioso por la reacción de Aizawa. Sabía cómo respondería. Pero sí que presté especial atención a la habitación de Ochako, para oír lo que pensaba Tenya.

—Tienes razón —dijo Aizawa—. Naturalmente, así sería — suspiró—. Ya es mala suerte que la progenie de Shota tenga un público tan bien informado.

Tenya había oído la respuesta de Aizawa, y le preocupaba. Pero sus pensamientos giraban más en torno a irse con Ochako que en torno a silenciar a los quileutes. Ochako ya veía las ideas para el futuro que tenía Tenya, y se preparaba para refutarlas. No tenía intención alguna de ir a ninguna parte.

—De mala suerte, nada —dijo Katsuki entre dientes—. Es culpa de Shoto, alias bastardo mitad y mitad que el chico lo sepa.

—Es cierto —le di la razón rápidamente—. Es culpa mía. Lo siento.

Por favor, Katsuki pensó directamente hacia mí. Se acabó el jueguecito de arrastrarte. Deja de hacerte el arrepentido.

—No estoy jugando —le dije—. Sé que la culpa de todo esto es mía. Lo he estropeado todo.

—Cara redonda te dijo que yo estaba pensando en quemarte o mejor, explotar el coche,¿verdad?

Sonreí..., más o menos.

—Sí. Pero me lo merezco. Si así te sientes mejor, hazlo.

Me miró un rato largo, planteándose si debía seguir adelante con la destrucción o no. Poniéndome a prueba, para ver si aquello era un farol por mi parte.

Me encogí de hombros hacia el.

—Solo es un juguete, Bakugou.

—Has cambiado —dijo de nuevo entre dientes. Asentí.

—Lo sé.

Se dio la vuelta y se fue hacia el garaje. Pero ahora era el él que se estaba echando el farol. Si no podía herirme, aquello no tenía ningún sentido. De toda mi familia, el único que sentía la misma devoción que yo por los coches era el. El mío era demasiado bonito para destrozarlo sin motivo.

Eijiro lo siguió con la mirada.

—Supongo que no vas a contarme lo que pasa realmente.

—No sé de qué estás hablando —dije con tono inocente. Puso los ojos en blanco y luego siguió a su estrella.

Miré a Aizawa y articulé el nombre de Tenya en silencio. El asintió. Sí, me lo imagino. Iré a hablar con él.

Ochako apareció en la puerta.

—Te está esperando —le dijo a Aizawa. Aizawa le sonrió con una pizca de ironía. Aunque estuviésemos tan acostumbrados a Ochako — todo lo acostumbrados que podíamos estar—, solía resultar inquietante. Aizawa le dio unas palmaditas en su castaño y lacio cabello cuando pasó por delante de ella.

Me senté en lo alto de las escaleras con Ochako junto a mí, ambos escuchando la conversación del piso de arriba. Ochako no estaba en absoluto tensa. Sabía cómo terminaría aquello. Me lo enseñó, y mi tensión se esfumó también. El conflicto se acabó antes de empezar siquiera. Tenya admiraba a Aizawa tanto como cualquiera de nosotros, y estaba feliz siguiendo su ejemplo... hasta que pensó que Ochako podría estar en peligro. En aquel momento comprendí mejor la perspectiva de Tenya. Qué extraño era todo lo que había sido incapaz de entender antes de que Izu llegara a mi vida. El me había cambiado más de lo que yo había creído posible, sin dejar por ello de ser yo mismo.