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Midnight Sun

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Era ese momento del día en el que más deseaba ser capaz de dormir.

El instituto.

¿O sería «purgatorio» la palabra correcta? De existir siquiera alguna manera de expiar mis pecados, esto debería contar en alguna medida a la hora de hacer balance. No, no me acostumbraba al tedio; cada día se me antojaba más monótono aún que el anterior, si cabe.

Quizá se pudiera considerar esto mi modo de dormir, si el sueño se definiera como un estado inerte entre los periodos de actividad.

Tenía la mirada perdida en las grietas que recorrían el enlucido del rincón opuesto de la cafetería y me imaginaba que formaban unos dibujos que en realidad no estaban ahí. Esa era una de las maneras de bloquear la riada de voces que me farfullaban en la cabeza.

Eran varios los cientos de esas voces a las que hacía caso omiso por puro aburrimiento.

En cuanto a la mente humana, lo había oído todo ya, hasta la saciedad y un poco más. Hoy, lo que consumía el pensamiento de todo el mundo era el insignificante drama de la nueva incorporación al reducido cuerpo del alumnado. Qué poco bastaba para alterarlos. Había visto aquel nuevo rostro repetido en un pensamiento detrás de otro, desde todos los ángulos. Un chico humano normal y corriente. La expectación por su llegada era algo tan predecible que resultaba agotador: la misma reacción que obtendría uno al mostrarle un objeto brillante a un grupo de críos de dos años. La mitad de los miembros femeninos de aquel alumnado tan borreguil ya se imaginaban prendados de él, tan solo porque era algo nuevo que les habían puesto delante. Hice un mayor esfuerzo por no prestarles atención.

Solo eran cuatro las voces que bloqueaba por cortesía más que por repulsión: las de mi familia, mis dos hermanos y mis dos hermanas, que ya estaban tan acostumbrados a la falta de intimidad en mi presencia que rara vez se preocupaban por ello. Yo les daba lo que estaba en mi mano. Intentaba no escuchar siempre que podía evitarlo.

Y, aun así, por mucho que lo intentara... lo sabía.

Bakugou, como de costumbre, estaba pensando en sí mismo: su mente era como una charca de agua estancada que contenía muy pocas sorpresas. Había captado fugazmente un reflejo de su perfil en las gafas de alguien y ahora meditaba sobre su perfección. Nadie tenía el cabello de un tono más semejante al verdadero color del oro, nadie tenía una silueta que fuese tan musculosa y a la vez estilizada, nadie tenía el rostro como un óvalo tan simétrico e inmaculado. No se comparaba con los humanos que había allí; tal yuxtaposición habría resultado risible, absurda. El pensaba en otros como nosotros, ninguno de ellos a su altura.

 

Kirishima, que solía mostrarse despreocupado, tenía el rostro fruncido en un gesto de frustración. Ahora mismo se estaba pasando una de esas manazas por sus hebras en pico del color del fuego y se retorcía los cabellos en el puño. Aún estaba que echaba humo por el combate de lucha que había perdido contra Iida durante la noche. Tendría que recurrir a toda su limitada paciencia para ser capaz de aguantar hasta el final de la jornada escolar y organizar una revancha entonces. Nunca me sentía como un entrometido al escuchar los pensamientos de Kirishima, porque él jamás pensaba nada que no pudiese decir en voz alta o poner en práctica. Es posible que solo me sintiese culpable leyéndoles el pensamiento a los demás porque sabía que ahí dentro habría cosas que ellos no deseaban que yo supiese. Si la mente de Katsuki era una charca de agua estancada, la de Eijiro era un lago cristalino sin la menor sombra.

Pero Iida estaba... sufriendo. Contuve un suspiro.

«Todoroki.» Uraraka pronunció mi nombre, más bien el apellido pero nos habíamos acostumbrado tanto a los honoríficos de Japón que tendíamos a confundir apellidos pasados y los nombres que ocupábamos ahora en América, mentalmente y captó mi atención de inmediato.

Era exactamente igual que si lo hubiera dicho en voz alta. Me alegraba de que mi nombre y apellido se hubiera ido pasando de moda en las últimas décadas: qué molesto había sido en el pasado; siempre que alguien pensaba en algún Todoroki, yo volvía la cabeza en un acto reflejo.

Ahora no la volví. A Ochako y a mí se nos daban bien aquellas conversaciones privadas. Era raro que alguien nos descubriese. No aparté la mirada de las grietas del enlucido.

«¿Cómo lo está llevando?,» me preguntó.

Fruncí el ceño, un leve cambio en la colocación de los labios.

 

Nada que nos delatase ante los demás. Bien podría estar frunciendo el ceño de puro aburrimiento.

Iida llevaba demasiado tiempo inmóvil. No estaba interpretando los tics humanos tal y como debíamos hacerlo todos, en movimiento constante para no destacar, igual que Kirishima se tiraba del pelo, Bakugou cruzaba las piernas hacia un lado y después hacia el otro, pateando un par de veces mi silla, Uraraka daba unos toquecitos con la punta de los pies en el linóleo del suelo o yo me dedicaba a mover la cabeza para quedarme mirando los distintos dibujos en las paredes. Iida parecía estar petrificado, con ese porte esbelto tan erguido, tanto que ni siquiera los cabellos color ébano parecían reaccionar al aire que llegaba desde las rejillas de ventilación.

Los pensamientos de Uraraka adquirieron entonces un tono de alarma, y vi en su mente que estaba observando a Iida con su visión periférica. «¿Hay algún peligro?» Se adelantó y estudió el futuro inmediato, revolviendo entre aquellas visiones de monotonía en busca del origen de mi gesto fruncido. Incluso mientras lo hacía, no dejó de acordarse de colocar uno de los puños, tan pequeños, bajo el mentón redondo y parpadear con regularidad. Se apartó de los ojos un mechón de esos cabellos oscuros, cortos e irregulares.

Volví la cabeza muy despacio hacia la izquierda, como si me estuviese fijando en los ladrillos de la pared, suspiré y la giré hacia la derecha, de vuelta a las grietas del techo. Los demás asumirían que estaba interpretando el papel de humano. Solo ella sabía que le estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza.

Se relajó. «Me lo dirás, si la cosa se pone fea.»

Moví únicamente los ojos, arriba hasta el techo y de nuevo hacia abajo.

 

«Gracias por hacer esto.»

Me alegré de no poder responderle en voz alta. ¿Qué le iba a decir? ¿«Un placer»? No lo era, precisamente. No disfrutaba aguzando el oído para captar los conflictos de Iida. ¿De verdad era necesario hacer este tipo de experimentos? ¿No sería más seguro reconocer sin más que tal vez Iida nunca iba a ser capaz de controlar su sed igual de bien que el resto de nosotros, en lugar de llevarlo hasta el límite? ¿Por qué arriesgarse a la catástrofe?

Habían pasado dos semanas desde nuestra última salida de caza. No es que fuese un intervalo de tiempo poco manejable para el resto de nosotros. Un tanto incómodo sí, de vez en cuando: si un humano se acercaba demasiado, si el viento soplaba en la dirección inadecuada. Aunque los humanos rara vez se acercaban demasiado. El instinto les decía lo que su pensamiento consciente jamás entendería: éramos un peligro que debían evitar.

Ahora mismo, Iida era muy peligroso.

No sucedía con frecuencia, pero de tanto en tanto me sorprendía la inconsciencia de los humanos que teníamos a nuestro alrededor. Todos estábamos tan acostumbrados a ello que siempre nos lo esperábamos, pero en ocasiones parecía más llamativo de lo normal. Ninguno de ellos reparaba en nosotros, allí, pasando el rato en aquella sufrida mesa de la cafetería, a pesar de que una manada de tigres ocupando nuestro lugar sería menos letal que nosotros. Ellos no veían más allá de cinco personas de aspecto raro, lo bastante parecidas a seres humanos como para que colase. Costaba imaginarse lo de sobrevivir con unos sentidos tan increíblemente torpes.

En ese momento, una chica se detuvo en el extremo de la mesa más cercana a la nuestra, para hablar con una amiga. Se quitó el pelo zanahoria de la cara y se lo peinó con los dedos. Los conductos de la calefacción proyectaron su olor hacia nosotros. Estaba acostumbrado a lo que me hacía sentir aquel olor: el dolor seco en la garganta, el vacío del ansia en el estómago, la tensión automática en los músculos, el excesivo flujo de veneno en la boca.

Todo esto era bastante normal, y solía resultar sencillo no hacerle caso. Era más difícil justo ahora, con unas reacciones más fuertes, multiplicadas por dos, mientras observaba a Iida.

Iida estaba dejando volar la imaginación. Lo estaba visualizando: se imaginaba que se levantaba de su asiento junto a Uraraka y se acercaba a aquella chica pelinaranja. Se inclinaría y se aproximaría más, como si fuera a susurrarle algo al oído, y dejaría que sus labios acariciasen el arco de su garganta. Se imaginaba el pulso de aquella chica bajo la frágil barrera de su piel y la sensación que tendría en su boca...

Le di un puntapié a su silla.

Me sostuvo la mirada, con sus ojos negros cargados de resentimiento por un instante, y, acto seguido, bajó la vista. Podía oír la batalla que libraban la vergüenza y la rebeldía en su cabeza.

—Lo siento —masculló Iida. Me encogí de hombros.

—No ibas a hacer nada —le murmuró Uraraka para calmar la desazón que sentía él—. He podido verlo.

Reprimí la mirada de extrañeza que delataría la mentira de Ochako. Teníamos que mantenernos unidos, ella y yo, y no era fácil eso de ser los bichos raros entre los que ya eran de por sí unos bichos raros. Protegíamos mutuamente nuestros secretos.

 

—Sirve de ayuda pensar en ellos como personas —sugirió Uraraka con un tono de voz agudo y musical a una velocidad demasiado elevada como para que los oídos humanos lo entendiesen, de haber habido alguno lo bastante cerca como para oírlo—. Se llama Kendo. Tiene una hermana pequeña a la que adora. Su madre invitó a Yamada a aquella fiesta en el jardín, ¿te acuerdas?

—Ya sé quién es —dijo Iida cortante, y le dio la espalda para quedarse mirando por uno de los ventanucos colocados justo debajo de los aleros, a intervalos regulares por la sala alargada. Su tono de voz le puso fin a la conversación.

Tendría que salir de caza esta noche. Era ridículo arriesgarse de esta manera, tratar de poner a prueba su fortaleza, hacerle ganar resistencia. Tenya debería aceptar sus limitaciones y trabajar dentro de ellas.

Uraraka suspiró en silencio, se levantó, cogió su bandeja —su atrezo, por así decirlo— para llevársela y dejarlo en paz. Sabía reconocer el momento en que Iida se hartaba de que ella le diese aquellos ánimos. Aunque Bakugou y Kirishima eran más descarados con su relación, eran Iida y Uraraka los que conocían todas y cada una de las necesidades del otro como si fueran las suyas. Como si ellos también pudieran leer la mente, pero solo la del otro.

Shoto.

Reacción refleja. Me volví hacia el sonido de mi nombre, aunque nadie lo había pronunciado, tan solo pensado.

Durante medio segundo, me sostuvieron la mirada un par de ojos grandes, verdes como esmeraldas, dispuestos en un rostro de piel pálida con forma de corazón, repleto de pecas. Cuatro en cada mejilla más notorias que las demás. Reconocí esa cara, aunque no la había visto por mí mismo hasta entonces. Había estado muy presente en todas aquellas cabezas humanas en el día de hoy. El nuevo alumno, Izuku Midoriya. El hijo del jefe de policía del pueblo, al que habían traído a vivir aquí por alguna cuestión relacionada con su custodia. Deku. Había corregido a todos los que lo habían llamado por su nombre completo, aunque el diminutivo no era eso sino un apodo, uno raro, un insulto infantil si estuviésemos en Japón.

Aparté la mirada, aburrido. Tardé un segundo en percatarme de que no había sido él quien había pensado en mi nombre, el tono había sido conocido, no nuevo.

«Por supuesto que ya está coladito por los Todoroki», oí que proseguía el primer pensamiento.

Entonces reconocí esa «voz».

Toga Himiko: hacía tiempo que no me daba la lata con sus cotorreos interiores. Qué alivio había supuesto que por fin superase aquella fijación tan desencaminada. Resultaba prácticamente imposible escapar de esa manera suya tan constante y ridícula de soñar despierta. En aquella época, sentía el deseo de poder explicarle con exactitud lo que habría sucedido de haberle acercado lo más mínimo los labios... y los dientes que venían detrás. Eso habría acallado aquellas fantasías tan molestas. Pensar en su reacción casi me arrancó una sonrisa.

«Para lo que le iba a servir al chico», continuaba Toga. «La verdad es que ni siquiera es guapo. No sé por qué lo mira tanto Denki... o Tuoya.»

Mentalmente, la chica dio un respingo con aquel último nombre. Tuoya Himura, su nueva obsesión y un chico que por lo general gozaba de popularidad, se mostraba por completo indiferente ante ella. Al parecer, no tanto con el chico nuevo. Otro crío que intentaba agarrar el objeto reluciente. Esto le dio un aire de maldad a los pensamientos de Toga, que sin embargo se mostraba cordial de cara al exterior con el recién llegado mientras le explicaba lo que todo el mundo sabía sobre mi familia. El alumno nuevo debía de haberle preguntado sobre nosotros.

«Hoy me mira todo el mundo a mí también», pensó Toga con suficiencia. «¿No es una suerte que Deku tenga dos clases conmigo? Seguro que Tuoya querrá preguntarme por el...»

Traté de bloquear aquella cháchara insulsa para que no se me metiera en la cabeza antes de que algo tan nimio y trivial me volviese loco.

—Toga Himiko le está contando todos los trapos sucios del clan Todoroki a ese chico nuevo, Midoriya —le murmuré a Eijiro a modo de distracción.

Se rio entre dientes. «Espero que sea algo que merezca la pena», pensó él.

—Le ha puesto muy poca imaginación, la verdad. Apenas un atisbo de escándalo. Ni un ápice de terror. Me deja un poco decepcionado.

«¿Y el chico nuevo? ¿También se ha quedado decepcionado con el cotilleo?»

Afiné el oído para escuchar lo que pensaba ese tal Deku, el chico nuevo, sobre la historia de Toga. ¿Qué veía él cuando miraba a aquella familia de piel blanca como la tiza a la que todo el mundo evitaba?

Conocer su reacción formaba parte de mi responsabilidad. Yo hacía las veces de explorador —a falta de un término más adecuado— en mi familia. Para protegernos. Si alguien empezaba a sospechar alguna vez, yo podía advertir con antelación y facilitarnos una retirada sencilla. Alguna vez sucedía: algún humano de imaginación inquieta veía en nosotros a los personajes de un libro o de una película. Por lo general se equivocaban, pero era mejor marcharse a vivir a alguna otra parte que arriesgarse a que investigaran en profundidad. En alguna ocasión rara, extremadamente rara, alguien acertaba con sus fabulaciones. A esos no les dábamos la oportunidad de poner a prueba su hipótesis. Desaparecíamos, simplemente, para convertirnos en poco más que un terrorífico recuerdo.

Hacía décadas que no sucedía algo así.

No oía nada, por mucho que aplicara el oído justo al lado del punto donde continuaba manando a borbotones el frívolo monólogo interior de Toga. Era como si no hubiera nadie sentado junto a ella. Qué curioso. ¿Se había movido el chico? No parecía probable, ya que Toga seguía soltándole su parloteo. Alcé la mirada y sentí que perdía el equilibrio. Tener que comprobar mi «oído» extra... era algo que nunca me veía en la obligación de hacer.

Me vi de nuevo anclado a aquellos grandes ojos verdes. Estaba sentado justo en el mismo sitio donde se encontraba antes, y nos estaba mirando; algo natural, supuse, ya que Toga continuaba deleitándolo con los cotilleos del pueblo sobre la familia Todoroki.

Pensar en nosotros también sería lo natural. Pero no oía ni un susurro.

Un rubor cálido le tiñó las mejillas repletas de pecas de manera tentadora cuando bajó la vista y la apartó de la vergonzosa pifia de que te sorprendan mirando con descaro a un desconocido. Que Iida siguiese mirando por la ventana era algo bueno. No me apetecía imaginarme el efecto que aquella acumulación de sangre accesible tendría sobre su capacidad de control.

El rostro del chico mostraba sus emociones con la misma claridad que si las hubiera expresado en palabras: sorpresa al ir asimilando de forma inconsciente las señales de las sutiles diferencias entre su especie y la mía; curiosidad mientras escuchaba las historias que le contaba Toga; y algo más...

¿Fascinación? No sería la primera vez. Éramos guapos para ellos, nuestras presas. Entonces, por último, la vergüenza.

Aun así, aunque sus pensamientos se mostraran con tanta claridad en sus extraños ojos —extraños por la profundidad que había en ellos—, no alcanzaba a oír más que silencio procedente del lugar donde él se encontraba sentado. Solo... silencio.

Me sentí incómodo por un instante.

Jamás me había topado con algo así. ¿Me estaría pasando algo? Me sentía exactamente igual que siempre. Preocupado, escuché con mayor atención.

De repente, todas esas voces que había estado bloqueando me gritaban en la cabeza.

... pregunto qué música le gustará... podría mencionarle mi nuevo CD, a lo mejor..., pensaba Tuoya Himura, dos mesas más allá, concentrado en Deku Midoriya.

Fíjate en cómo lo mira. ¿No le basta con tener a la mitad de las chicas del instituto esperando a que a él... Los pensamientos de Denki Kaminari eran cáusticos, y también giraban en torno al chico.

... qué desagradable. Vamos, ni que fuera famoso o algo... Hasta Shoto Todoroki lo mira fijamente... Toru estaba tan celosa que bien podría tener la cara de un tono verde oscuro como el jade.

 

Y Toga, alardeando de su nuevo mejor amigo. Menudo chiste... Los pensamientos de aquella chica continuaban exudando un rencor virulento.

... seguro que eso ya se lo ha preguntado todo el mundo. Pero me gustaría charlar con él. ¿No hay algo más original que pudiera decirle?, musitaba Sero Hanta.

... a lo mejor está en mi clase de Español..., esperaba Mina Ashido.

... una montaña de cosas que me quedan por hacer esta noche. Trigonometría y el examen de Lengua. Espero que mamá... Tsuyu Asui, una chica muy callada cuyos pensamientos solían ser amables, era la única de la mesa que no estaba obsesionada con aquel tal Deku.

Podía escucharlos a todos, cada detalle insignificante que estuvieran pensando, conforme se les pasaba por la cabeza, pero no me llegaba nada procedente de aquel alumno nuevo que tenía unos ojos tan engañosamente comunicativos.

Y, por supuesto, sí pude oír lo que dijo el chico al dirigirse a Toga. No me hacía falta leer la mente para ser capaz de escuchar su voz baja y clara en la otra punta de la larga sala.

— ¿Quién es el chico de pelo bicolor? —lo oí preguntar mientras me lanzaba otra mirada a hurtadillas con el rabillo del ojo y la volvía a desviar de inmediato al ver que yo seguía observándolo.

De haberme dado tiempo a hacerme la ilusión de que su voz me serviría para localizar con precisión sus pensamientos, habría sufrido una decepción inmediata. Por lo general, los pensamientos de la gente llegaban a mí con un timbre similar al de su voz física, pero aquella voz tímida y silenciosa no me resultaba conocida, no era la de ninguno de los centenares de pensamientos que rebotaban por la estancia, de eso estaba seguro. Era completamente nueva.

¡Ah, sí, buena suerte, idiota!, pensó Toga antes de responder a la pregunta del chico.

—Se llama Shoto. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las personas del instituto le parece lo bastante guapa —resopló en voz baja.

Volví la cabeza para ocultar mi sonrisa. Toga y sus compañeras de clase no tenían ni idea de lo afortunadas que eran de que ninguna de ellas me atrajese de un modo particular.

Sentí un impulso extraño por debajo de aquel humor efímero, un impulso que no terminaba de comprender con claridad. Tenía algo que ver con ese deje despiadado de los pensamientos de Toga que el  chico nuevo desconocía... Sentía la extraña necesidad de interponerme entre ellos, de proteger a Izuku Midoriya  de las oscuras maquinaciones de la mente de Toga. Qué sensación más rara. Tratando de sacar a la luz las motivaciones que había detrás de ese impulso, examiné una vez más al chico nuevo, ahora a través de los ojos de Toga. Mi descaro al mirarlo ya había llamado mucho la atención.

Quizá no fuese más que un instinto protector enterrado mucho tiempo atrás: el fuerte por el débil. De alguna manera, este chico parecía más frágil que sus nuevos compañeros de clase. Tenía una piel tan translúcida, a pesar de las infinitas pecas que la adornaban que resultaba difícil creer que pudiese ofrecerle alguna clase de protección frente al mundo exterior. Podía ver el pulso rítmico de la sangre que le corría por las venas bajo aquella membrana pálida y clara... Aunque no debería concentrarme en eso. Se me daba muy bien aquella vida que había escogido, pero estaba tan sediento como Iida, y carecía de sentido exponerse a la tentación.

El chico tenía una leve arruga en el entrecejo de la que no parecía ser consciente.

¡Aquello era increíblemente frustrante! No me costaba ver la presión que suponía para el estar allí sentado, dar conversación a unos desconocidos, ser el centro de atención. Podía percibir su timidez en la postura de sus hombros, de aspecto frágil, ligeramente caídos, como si se esperase que lo rechazaran en cualquier momento. Y, aun así, lo único que yo podía hacer era verlo, sentirlo e imaginar. No había más que silencio en aquel chico humano que no tenía nada de extraordinario. No podía oír nada. ¿Por qué?

— ¿Nos vamos? —murmuró Katsuki, que interrumpió mi concentración.

Aparté la mente del chico y sentí alivio. No deseaba continuar con aquella decepción: el fracaso era algo poco frecuente para mí, y aún más irritante que inusual. No quería fomentar ningún interés en sus pensamientos ocultos tan solo porque me fueran inaccesibles. No tenía la menor duda de que, cuando los descifrase —y encontraría la manera de hacerlo—, serían tan baladíes y tan triviales como los de cualquier otro ser humano. No merecería la pena el esfuerzo que tendría que emplear para llegar hasta ellos.

—Y bien, ¿El nuevo nos tiene miedo ya? —preguntó Kirishima, que aún esperaba mi respuesta a su anterior pregunta.

Me encogí de hombros. Kirishima no tenía tanto interés como para insistirme en que le diera más información.

Nos levantamos de la mesa y nos marchamos de la cafetería. Kirishima, Bakugou e Iida se hacían pasar por alumnos de último año; se marcharon camino de sus clases. Yo interpretaba un papel más joven que el suyo; me dirigí a mi clase de Biología de penúltimo año y me fui preparando mentalmente para el tedio. Dudaba mucho que el señor Banner, un hombre con un intelecto medio —en el mejor de los casos—, se las arreglara para ofrecer algo en su clase que pudiera sorprender a alguien que ostentaba dos títulos de Medicina.

En el aula, me acomodé en mi sitio y dejé que los libros —más atrezo: no había nada en ellos que no supiera ya— se desparramaran sobre la mesa. Era el único alumno que tenía una mesa entera para sí. Los humanos no eran tan listos como para ser conscientes de que me temían, pero su instinto innato de supervivencia bastaba para mantenerlos lejos.

La clase se fue llenando poco a poco, según iban entrando de vuelta de la comida. Me apoyé en el respaldo de la silla y aguardé a que pasara el tiempo. De nuevo, deseé ser capaz de dormir.

Dado que había estado pensando en el chico nuevo, cuando Tsuyu Asui lo acompañó al cruzar la puerta, su nombre se entrometió en mi atención.

Deku parece tan tímido como yo. Seguro que hoy ha sido un día realmente duro para el. Ojalá pudiera decirle algo..., pero lo más probable es que sonara estúpido.

¡Sí!, pensó Tuoya Himura, que se giró en su asiento para ver entrar a ambos.

Seguía sin llegarme nada desde el lugar donde Deku Midoriya se encontraba de pie. El espacio vacío allá donde se suponía que debían estar sus pensamientos me desconcertaba y me incomodaba.

 

¿Y si lo perdía todo? ¿Y si esto solo era el primer síntoma de alguna clase de deterioro mental?

Con qué frecuencia había deseado ser capaz de escapar de aquel jaleo de voces, ser normal... hasta donde era posible para mí. Pero ahora me entraba el pánico con solo pensarlo. ¿Quién sería yo sin mis capacidades? Jamás había oído nada semejante. Iría a ver si Aizawa lo había oído alguna vez.

El chico recorrió el pasillo que tenía a mi lado y se dirigió hacia la mesa del profesor. Pobre, el único sitio disponible era el que había junto al mío. Automáticamente, despejé lo que sería su lado de la mesa y empujé mis libros para apilarlos. Dudaba de que se fuera a sentir muy cómodo allí. Le esperaba un largo semestre, al menos en aquella asignatura. Pero, bueno, quizá allí, sentado junto a él, sería capaz de hacer salir sus pensamientos del escondite... No es que hubiera necesitado nunca la proximidad física, ni tampoco creía que hubiese nada que me fuera a parecer digno de escuchar.

Deku Midoriya pasó por delante de la corriente de aire caliente que soplaba en mi dirección desde el conducto de la calefacción.

Percibí su olor como la arremetida de un ariete, el estallido de una granada. No había una imagen lo bastante violenta para abarcar toda la fuerza de lo que me sucedió en ese momento.

Me transformé al instante. No me parecía en nada a aquel humano que había sido antaño. No quedaba ni rastro de los jirones de humanidad en los que había conseguido envolverme a lo largo de los años.

Era un depredador, y él mi presa. No existía absolutamente nada más en el mundo salvo esa verdad.

No existía el aula llena de testigos: en mi imaginación, ya eran un daño colateral. El misterio de lo que pensaba él había quedado en el olvido. Sus pensamientos no significaban nada, ya que no iba a seguir albergándolos durante mucho más tiempo.

Yo era un vampiro, y él tenía la sangre más dulce que había olido en más de ochenta años.

Jamás me había imaginado que pudiera existir un aroma semejante. De haberlo sabido, hacía mucho tiempo que me habría dedicado a buscarlo. Habría escudriñado el planeta entero en busca de él. Ya me imaginaba el sabor...

La sed me quemaba en la garganta como si la tuviera en llamas. Sentía la boca abrasada y reseca, y el flujo renovado de veneno no lograba disipar lo más mínimo esa sensación. Tenía un nudo en el estómago a causa del hambre que era un reflejo de la sed. Mis músculos se contrajeron para saltar.

No había transcurrido ni un solo segundo entero. El chico aún estaba dando el mismo paso que lo había situado en la corriente de aire que venía hacia donde yo me encontraba.

Cuando tocó el suelo con el pie, sus ojos se deslizaron hacia mí, un movimiento que él pretendía claramente que pasara desapercibido. Su mirada se cruzó con la mía, y me vi reflejado en el espejo de sus ojos.

El impacto del rostro que vi allí le salvó la vida durante unos instantes bien peliagudos.

Él no facilitó las cosas. Cuando procesó la expresión de mi rostro, la sangre le volvió a inundar las mejillas pecosas y le puso la piel del color más delicioso que había visto jamás. Su olor era un denso manto de niebla en mi cerebro. A duras penas era capaz de lograr que mis pensamientos lo atravesaran. Rugían mis instintos, se resistían al control, incoherentes.

Aceleró el paso entonces, como si comprendiese la necesidad de escapar. Las prisas lo entorpecieron: se le enganchó el pie, se tropezó hacia delante y estuvo a punto de caer sobre la chica que estaba sentada delante de mí. Vulnerable, débil. Incluso más de lo habitual para un humano.

Intenté concentrarme en la cara que había visto en sus ojos, un rostro que reconocía con repugnancia. El semblante del monstruo que había en mi interior: aquel rostro al que había rechazado gracias a décadas de esfuerzo y de una disciplina sin fisuras. ¡Con qué facilidad volvía a salir ahora a la superficie!

De nuevo me vi envuelto en aquel olor, que dispersó mis pensamientos y estuvo a punto de tirarme de la silla.

No.

Me agarré con la mano a la mesa por debajo del borde al tratar de mantenerme en el asiento. La madera no estaba a la altura de aquella tarea, destrocé el puntal de la mesa y saqué la mano llena de una masa de astillas después de dejar la marca de los dedos tallada en la madera que había resistido en el sitio.

Destruir las pruebas. Esa era una norma fundamental. Pulvericé de inmediato los bordes de la silueta de mis dedos y no dejé más que un orificio irregular y un montón de virutas en el suelo, que desperdigué con el pie.

Destruir las pruebas. Daños colaterales...

Ya sabía lo que tenía que pasar ahora. Él chico tendría que venir a sentarse a mi lado, y yo tendría que matarlo.

No podría permitir que se marcharan los inocentes que se hallaban en el aula, otros dieciocho chicos y un hombre adulto, después de haber visto lo que no tardarían en ver.

Me estremecí ante la idea de lo que debía hacer. Incluso en los peores momentos, yo jamás había cometido aquella clase de atrocidad. Nunca había matado a inocentes. Y ahora planeaba masacrar a veinte de ellos de una tacada.

El rostro del monstruo en mi reflejo se estaba riendo de mí.

Aun cuando una parte de mí se apartaba temblorosa de él, había otra parte que estaba planificando lo que iba a suceder a continuación.

Si mataba primero al chico, solo dispondría de unos quince o veinte segundos con él antes de que reaccionaran los demás humanos del aula. Tal vez un poco más, si en un principio no se percataban de lo que estaba haciendo. A él no le daría tiempo a gritar ni a sentir dolor; no me iba a ensañar al matarlo. Al menos eso sí se lo podía conceder a aquel desconocido con una sangre tan horrorosamente apetecible.

Pero después tendría que impedir que el resto escapase. Las ventanas no serían un problema: eran demasiado pequeñas y estaban demasiado altas como para proporcionarle a nadie una vía de escape. Tan solo la puerta: bastaba con bloquearla y estarían atrapados.

Sería algo más lento y más difícil tratar de liquidarlos a todos en un estado de pánico y corriendo de aquí para allá, moviéndose en el caos. No era imposible, pero harían mucho más ruido. Daría tiempo a una gran cantidad de gritos. Alguien los oiría... y yo me vería obligado a matar a más inocentes en aquella hora tan luctuosa.

Y la sangre del chico se enfriaría mientras yo mataba a los demás.

Aquel olor me castigaba, me cerraba la garganta con un dolor seco...

De modo que los testigos primero, entonces.

Tracé el plan mentalmente. Me encontraba en el medio del aula, en la fila más alejada del frente de la clase. Primero me ocuparía de mi lado derecho. Calculé que iría partiendo unos cuatro o cinco cuellos por segundo. Eso no sería ruidoso. El flanco derecho sería el afortunado: no me verían venir. Si daba la vuelta por delante y regresaba por el lado izquierdo, tardaría como mucho unos cinco segundos en poner fin a todas las vidas que había en aquella sala.

Sería el tiempo suficiente para que Deku Midoriya  viese, fugazmente, lo que se le venía encima. El tiempo suficiente para que sintiese miedo. El tiempo suficiente, quizá —si es que el aturdimiento no lo congelaba en el sitio—, para que él sí gritara, un grito suave que no haría que viniese nadie corriendo.

Respiré hondo, y aquel olor fue como una llamarada que me corría por las venas resecas y me ardía en el pecho para consumir cualquier impulso mejor del que yo fuese capaz.

Él chico estaba girando justo ahora. En unos segundos, estaría sentado apenas a unos centímetros de mí.

El monstruo se regocijaba en mis pensamientos.

Alguien cerró de golpe una carpeta a mi izquierda. No levanté la mirada para ver cuál de aquellos malhadados humanos había sido, pero el movimiento envió una bocanada de aire ordinario y sin olores que pasó flotando por delante de mi cara.

Logré pensar con claridad por un breve segundo. En ese valioso instante, vi dos rostros en mi cabeza, uno junto al otro.

 

Uno era el mío, o lo había sido: ese monstruo de ojos rojos que había matado a tanta gente que ya había dejado de contarlos. Asesinatos justificados, racionalizados. Había sido un asesino de asesinos, asesino de otros monstruos menos poderosos. Aquello era un complejo de dios, eso lo reconocía: decidir quién merecía una sentencia de muerte. Era un compromiso conmigo mismo. Me había alimentado de sangre humana, pero solo conforme a la más laxa de las definiciones. Teniendo en cuenta sus diversos y oscuros pasatiempos, mis víctimas eran poco más humanas que yo.

El otro semblante era el de Aizawa.

No había el menor parecido entre ambos rostros. Eran el día más luminoso y la noche más oscura.

Tampoco había razones para que existiese tal parecido. Aizawa no era mi padre en el sentido biológico más básico. No teníamos ningún rasgo en común. La similitud en el color de piel era producto de lo que éramos: todo vampiro tenía una palidez cadavérica. La semejanza en el color de los ojos era otra cuestión: el reflejo de una elección mutua.

Y, aun así, aunque no hubiera base ninguna para encontrar un parecido, me imaginaba que mi rostro había comenzado a ser un reflejo del suyo —en cierta medida— en los últimos setenta y tantos años en que yo había abrazado la misma decisión que él y había seguido sus pasos. Mis rasgos no habían cambiado, pero a mí me daba la sensación de que una parte de su sabiduría había dejado huella en mi semblante, que se podía hallar un rastro de su compasión en la postura de mis labios y que en la frente se me veía de forma obvia algún eco de su paciencia.

Todos aquellos avances tan minúsculos se perdían en el rostro del monstruo. En unos breves instantes, en mí no quedaría nada que reflejara los años que había pasado con mi creador, mi mentor, mi padre en todos los aspectos relevantes. Los ojos me brillarían rojos como los de un demonio; todo parecido se perdería para siempre.

En mis pensamientos, la mirada amable de Aizawa no me juzgaba. Sabía que él me perdonaría por aquel horrible acto. Porque me quería. Porque él pensaba que yo era mejor de lo que era.

Deku Midoriya se sentó en la silla a mi lado con movimientos rígidos y torpes —el miedo, sin duda—, y el olor de su sangre brotó en una inevitable nube a mi alrededor.

Iba a demostrarle a mi padre que se equivocaba sobre mí. La desolación de aquel hecho me dolía tanto como la llamarada en mi garganta.

Me incliné hacia atrás para apartarme de él por pura repugnancia, asqueado ante aquel monstruo que ansiaba liquidarlo.

¿Por qué había tenido que venir aquí este chico? ¿Por qué había tenido que existir? ¿Por qué había tenido que estropear ese pequeño remanso de paz que tenía yo en aquella existencia mía sin vida? ¿Por qué había tenido que nacer siquiera aquel ser humano tan exasperante? Sería mi ruina.

Aparté la cara de él en el instante en que me invadió un odio repentino, fiero e irracional.

¡Yo no quería ser ese monstruo! ¡No quería matar a toda aquella clase de críos inofensivos! ¡No quería perder todo lo que había logrado a lo largo de una vida de sacrificio y abnegación!

No lo haría.

Él no me podía obligar.

El problema era el olor. Ese aroma de su sangre, tan tentador que resultaba espantoso. Ojalá hubiera alguna forma de resistirlo... Ojalá me aclarase la mente otra bocanada de aire fresco.

Deku Midoriya se echó el pelo —rizado, denso y de color negro verdoso— hacia el frente pero dejando que cierta parte lo cubriera de la parte en que yo me encontraba.

¿Estaba loco?

No, no llegó ninguna bocanada de aire en mi ayuda. Pero tampoco tenía por qué respirar.

Contuve el flujo de aire hacia los pulmones. El alivio fue instantáneo, pero incompleto. Aún tenía el recuerdo de su olor en la cabeza, su sabor en el fondo de la lengua. No sería capaz de resistir ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Todas y cada una de las vidas del aula estaban en peligro mientras él chico y yo estuviéramos juntos en ella. Tenía que huir. Quería salir corriendo, alejarme del calor de su cuerpo junto al mío y del extenuante dolor de la quemazón, pero, si desbloqueaba los músculos para moverme, aunque solo fuera para ponerme en pie, tampoco estaba seguro al cien por cien de que no me abalanzaría a cometer la masacre que ya había planeado.

Aunque quizá sí pudiera resistir durante una hora. ¿Bastaría una hora para recuperar el control y moverme sin atacar? Lo dudé, y después me obligué a comprometerme. Yo me encargaría de que bastase. Solo el tiempo justo para salir de aquella aula llena de víctimas, unas víctimas que tal vez no tenían que serlo si yo era capaz de aguantar durante una breve hora.

Qué sensación tan incómoda, el no respirar. Mi cuerpo no necesitaba el oxígeno, pero era algo que iba en contra de mis instintos. En los momentos de estrés me guiaba por el olfato más que por cualquier otro de mis sentidos. Era la orientación en la caza, la primera advertencia en caso de peligro. No era frecuente que me cruzase con algo tan peligroso como yo mismo, pero el instinto de supervivencia era tan fuerte en mi especie como lo era en un humano medio.

Incómoda, pero manejable. Más soportable que olerla a él y no clavarle los colmillos en esa piel tan fina, delgada y transparente hasta llegar al cálido, húmedo latir de...

¡Una hora! Solo una hora. No debía pensar en el olor, en el sabor. Él chico, silencioso, mantenía el cabello entre los dos, inclinado hacia delante de tal modo que le caía en cascada sobre su rostro. No podía verle la cara para intentar interpretar las emociones en esos ojos tan limpios y profundos. ¿Estaba tratando de ocultármelos? ¿Por miedo? ¿Timidez? ¿Para guardar sus secretos? Mi anterior irritación al haberme visto obstaculizado por sus pensamientos mudos palidecía y se empequeñecía en comparación con la necesidad —y el odio— que ahora me poseía. Porque odiaba a ese chico tan frágil que tenía a mi lado, lo odiaba con todo el fervor con el que me aferraba a mi antiguo yo, al amor de mi familia, a mi sueño de ser algo mejor de lo que era. Odiarlo, odiar la manera en que me hacía sentir... ayudaba un poco. Sí, la irritación que había sentido antes era débil, pero eso también ayudaba un poco.

Me aferré a cualquier pensamiento que me distrajese de imaginarme a qué sabría él...

Odio e irritación. Impaciencia. ¿Es que no iba a pasar nunca aquella hora?

Y cuando terminase aquella hora... Él chico saldría del aula. ¿Y qué haría yo?

Si era capaz de controlar al monstruo, hacerle ver que la espera merecería la pena... podría presentarme. Hola, me llamo Shoto Todoroki. ¿Me permites que te acompañe a tu siguiente clase?

Él diría que sí. Eso sería lo cortés. Aunque ya me tuviese miedo, como seguramente hacía, seguiría los convencionalismos y caminaría a mi lado. Resultaría bastante sencillo conducirlo en la dirección que no era. Una pequeña extensión del bosque se estiraba como un dedo para tocar el rincón del fondo del aparcamiento. Podría decirle que se me había olvidado algún libro en el coche...

¿Se percataría alguien de que yo había sido la última persona con lo que la habían visto? Estaba lloviendo, como de costumbre. Dos chubasqueros de color oscuro que se apartaban del resto del mundo tampoco despertarían demasiado interés ni me delatarían.

Salvo que yo no era el único alumno que estaba hoy pendiente de él, por mucho que ninguno de los demás la percibiese de un modo tan abrasador como yo. Tuoya Himura, en particular, se fijaba en cada mínimo cambio en la posición del cuerpo del chico mientras él jugueteaba con el pelo allí sentado: se le veía incómodo tan cerca de mí, exactamente igual que lo estaría cualquiera, tal y como yo lo había esperado justo antes de que su olor aniquilase toda preocupación generosa por mi parte. Tuoya Himura se percataría si él chico saliese del aula conmigo.

Si podía aguantar una hora, ¿podría aguantar dos? Me resistí al dolor de la quemazón.

Él chico volvería a casa y se la encontraría vacía. El jefe de policía Midoriya tenía una jornada de ocho horas. Yo conocía su casa, igual que conocía todas las demás en este pueblo tan pequeño, apartada y protegida por la espesura del bosque a su espalda, sin vecinos cercanos. Aun en caso de que le diera tiempo a gritar —que no le daría—, no habría nadie que lo oyese.

Esa sería la manera responsable de encargarse de esto. Había pasado más de siete décadas sin la sangre humana; si contenía la respiración, podría aguantar dos horas. Y cuando lo tuviera a solas, no habría ninguna posibilidad de hacer daño a nadie más. Ni tampoco habría razón ninguna para acabar a toda prisa con semejante experiencia, añadió el monstruo en mi cabeza.

Era falaz pensar que el hecho de salvar a los diecinueve humanos de aquella aula con esfuerzo y paciencia haría que fuese un poco menos monstruo cuando matase a aquel inocente chico.

Aunque lo odiaba, era plenamente consciente de que el odio era injusto. Sabía que mi odio, en realidad, era hacia mí mismo, y nos odiaría aún más a los dos cuando él estuviese muerto.

Así fue como logré llegar al final de la hora: imaginándome las mejores maneras de matarlo. Intenté evitar imaginarme el acto en sí. Eso habría sido excesivo para mí, así que me dediqué a planificar la estrategia y nada más.

En una ocasión, ya casi hacia el final, él chico me lanzó una mirada a través del muro rizado de sus cabellos. Sentí cómo ardía en mí y salía al exterior aquel odio injustificado al mirarlo a los ojos, al ver el reflejo de aquello en su mirada aterrorizada. La sangre le tiñó la mejilla antes de que él pudiese volver a ocultarse detrás del pelo, y estuve a punto de venirme abajo.

Pero sonó la campana, y qué tópico, pero nos salvó a los dos. A él de la muerte. A mí, por unos breves instantes, de ser esa criatura de pesadilla que tanto temía y detestaba.

Ahora tenía que ponerme en movimiento.

 

Aun concentrando toda mi atención en la más simple de las acciones, no pude caminar tan despacio como debería; salí disparado del aula. De haber habido alguien mirándome, podría haber sospechado que había algo raro en mi salida. Nadie me estaba prestando atención; todos los pensamientos seguían dándole vueltas a aquel chico nuevo que estaba condenado a morir dentro de poco más de una hora.

Me oculté en mi coche.

No me gustaba pensar en mí como alguien que necesitaba esconderse. Qué cobarde sonaba aquello. Pero ya no me quedaba la suficiente disciplina como para seguir rodeado de humanos. Concentrar tanto mis esfuerzos en no matar a uno de ellos me dejaba sin recursos para resistirme a los demás. Qué desperdicio sería eso. Si cediese ante el monstruo, ya podría hacer al menos que la derrota mereciese la pena.

Puse un CD que solía tranquilizarme, aunque ahora me servía de poco. No, lo que más me ayudaba era el aire fresco y húmedo que entraba con la llovizna por las ventanillas abiertas. Aunque recordaba el olor de la sangre de Deku Midoriya con perfecta claridad, inhalar aquel aire fresco era como hacerme un lavado del interior del cuerpo para desinfectarme de él.

Volvía a estar cuerdo. Otra vez era capaz de pensar. Y podía luchar de nuevo. Podía combatir aquello que no deseaba ser.

No tenía que ir a su casa. No tenía que matarlo. Obviamente, yo era una criatura racional, con capacidad para pensar, y tenía la posibilidad de elegir. Siempre había elección.

No me había sentido así en el aula..., pero ahora estaba lejos de él.

 

No tenía por qué decepcionar a mi padre. No tenía por qué causarle estrés a Yamada, ni darle preocupaciones... o provocarle dolor. Sí, aquello haría daño también al equivalente de madre adoptiva, que era tan dulce, tan tierno y cariñoso. Provocarle dolor a alguien como Yamada era algo verdaderamente inexcusable.

Tal vez, si evitara a ese chico con mucho, muchísimo cuidado, no haría falta que mi vida cambiase. Tenía las cosas ordenadas a mi gusto. ¿Por qué iba a permitir que un humano exasperante y delicioso que no era nadie lo echara a perder?

Qué paradójico que hubiese querido proteger a ese mismo humano de la triste amenaza sin mordiente que eran los retorcidos pensamientos de Toga Himiko. Yo era la última persona que jamás se postularía como protector de Izuku Midoriya. Ese chico jamás necesitaría que lo protegieran de algo con más ahínco que de mí.

¿Dónde estaba Uraraka? Me lo pregunté de repente. ¿Acaso no me había visto matar al tal Midoriya en multitud de maneras? ¿Por qué no había acudido en mi ayuda, a impedírmelo o a limpiar las pruebas, lo que correspondiese? ¿Tan absorta estaba vigilando los problemas de Iida que había pasado por alto esta posibilidad mucho más horrible? ¿O es que yo era más fuerte de lo que pensaba? ¿De verdad no le habría hecho nada a ese chico?

No, yo sabía que eso no era cierto. Uraraka tenía que estar muy centrada en Iida.

Busqué en la dirección en la que sabía que estaría mi hermana, en el edificio de menor tamaño que se utilizaba para las clases de Lengua. No tardé en localizar su «voz», tan conocida para mí. Y no me equivocaba. Tenía todos sus pensamientos volcados en Iida, observando sus pequeñas decisiones con minucioso escrutinio.

Deseaba poder pedirle consejo, pero, al mismo tiempo, me alegraba de que ella no supiera de lo que yo era capaz. Sentí otro ardor en el cuerpo: el de la llama de la vergüenza. No quería que lo supiera ninguno de ellos.

Si podía evitar a Izuku Midoriya , si me las arreglaba para ser capaz de no matarlo —no había terminado de pensar aquello y el monstruo ya se retorcía y rechinaba los dientes de frustración—, entonces no tendría por qué saberlo nadie. Si pudiese mantenerme lejos de su olor...

No había razón para no intentarlo, al menos. Tomar una buena decisión. Tratar de ser lo que Aizawa pensaba que era.

Prácticamente había terminado la última hora de clase. Decidí poner en práctica de inmediato mi nuevo plan, mejor que quedarme ahí sentado en el aparcamiento, por donde él podría pasar y echar a perder mis esfuerzos. Otra vez sentí ese odio injusto hacia él chico.

Caminé deprisa —demasiado deprisa, pero no había testigos— y crucé el diminuto campus hasta las oficinas.

Aquello estaba desierto salvo por la recepcionista, que no se percató de mi entrada silenciosa.

—¿Señora Cope?

La mujer del pelo rojo tan poco natural alzó la mirada y se sorprendió. Siempre se quedaban fuera de juego con aquellos pequeños detalles que se escapaban a su comprensión, por muchas veces que hubieran visto ya a alguno de nosotros.

—Oh —exclamó un tanto aturullada. Se alisó la camisa. Tonta, pensó. Es tan joven que casi podría ser mi hijo—. Hola, Shoto. ¿Qué puedo hacer por ti? —Aleteó las pestañas detrás de las gruesas gafas.

Qué incómodo. Pero yo sabía ser un encanto cuando quería serlo. Era sencillo, ya que tenía la posibilidad de saber al instante cómo se tomaban cualquier tono o gesto.

Me incliné hacia delante y correspondí a su mirada como si estuviera clavando los ojos en los suyos, pardos y planos. La mujer ya tenía el pensamiento agitado. Esto debería ser simple.

—Me preguntaba si me podría ayudar con el horario que tengo — le dije con esa voz suave que me reservaba para no asustar a los humanos.

Oí cómo se le aceleraba el ritmo de los latidos del corazón.

—Por supuesto, Shoto. ¿Qué puedo hacer por ti? —Demasiado joven, demasiado joven, se decía con un canturreo. Se equivocaba, desde luego. Era más mayor que su abuelo.

—Me preguntaba si podría cambiar mi clase de Biología por otra de ciencias de último año, ¿Física, quizá?

—¿Hay algún problema con el señor Banner, Shoto?

—En absoluto, es solo que ya he estudiado todas esas materias...

—En ese instituto de enseñanza acelerada al que fuisteis todos vosotros en Alaska. Ya. —Frunció los labios mientras lo valoraba. Deberían estar todos en la universidad. He oído cómo se quejan los profesores. Todos con una media de diez, perfecta, jamás vacilan al responder, ni un solo fallo en un examen. El señor Varner prefiere creer que copian en Trigonometría antes que pensar que pueda haber un alumno más listo que él. Seguro que su padre les da clases en casa...—. Lo cierto, Shoto, es que la clase de Física está bastante llena ya. El señor Banner odia tener más de veinticinco alumnos en clase...

—No le causaría ningún problema.

Desde luego que no. Jamás, alguien tan perfecto como un Todoroki.

—Ya lo sé, Shoto, pero es que no hay asientos suficientes tal y como...

—¿Puedo dejar de ir a esa clase, entonces? Aprovecharía el tiempo para estudiar por mi cuenta.

—¿Dejar Biología? —Se quedó boquiabierta. Menuda locura.

¿Tan difícil es aguantar sentado en una asignatura que ya dominas? Tiene que haber algún problema con el señor Banner—. No conseguirás los créditos suficientes para graduarte.

—Lo recuperaré el año que viene.

—Quizá deberías hablar con tus padres al respecto.

Se abrió la puerta a mi espalda, pero quienquiera que fuese no estaba pensando en mí, así que hice caso omiso del recién llegado y me concentré en la señora Cope. Me incliné hacia ella un poco más y le clavé los ojos como si la estuviese mirando con mayor intensidad. Esto funcionaría mejor si hoy los hubiera tenido dorados en vez de negros. El negro aterrorizaba a la gente, tal y como debería.

Mi error de cálculo afectó a la mujer, que retrocedió de un respingo, confundida por el conflicto de sus instintos.

—¿Señora Cope? Por favor —murmuré con una voz tan sedosa y cautivadora como podía ser, y sus reparos momentáneos se mitigaron—. ¿No hay ningún otro departamento al que me pueda trasladar? Estoy seguro de que tiene que haber alguna plaza libre en alguna parte. No puede ser que Biología en la sexta hora sea la única opción...

Sonreí a la recepcionista con cuidado de no mostrar tanto los dientes como para volver a asustarla y dejé que el gesto me suavizara la expresión de la cara.

El pulso se le aceleró. Demasiado joven, se repetía ella, frenética.

—Bueno, tal vez pueda hablar con Bob... Con el señor Banner, quiero decir. Podría ver si...

Bastó un segundo para cambiarlo todo: el ambiente en la sala, mi objetivo allí, la razón por la que me inclinaba hacia la mujer pelirroja... Lo que había tenido un fin concreto, ahora tenía otro.

Un segundo fue lo que tardó Samantha Wells en entrar, dejar un parte por impuntualidad firmado en el cesto junto a la puerta y volver a salir corriendo, con prisas por marcharse del instituto. Recibí una ráfaga repentina de aire y me di cuenta de por qué no me había interrumpido con sus pensamientos la primera persona que había entrado en la sala.

Me di la vuelta, a pesar de que no me hacía falta para estar seguro.

Deku Midoriya tenía la espalda apoyada en la pared junto a la puerta y una hoja de papel agarrada con fuerza en las manos. Los ojos se le agrandaron aún más al contemplar la ferocidad de mi mirada inhumana.

El olor de su sangre saturaba cada partícula de aire en aquella estancia minúscula y sofocante. Sentí una llamarada en la garganta.

De nuevo, el monstruo me fulminaba con la mirada desde el espejo de sus ojos, la máscara del mal.

Mi mano vaciló en el aire, sobre el mostrador. No tendría ni que girarme para alargar el brazo y estamparle la cabeza a la señora Cope contra su mesa con la fuerza suficiente para matarla. Dos vidas mejor que veinte. Un trueque.

El monstruo aguardaba inquieto, hambriento, a que lo hiciese. Pero siempre había elección... Tenía que haberla.

Interrumpí el movimiento de mis pulmones y me fijé la imagen del rostro de Aizawa delante de los ojos. Me volví para mirar a la señora Cope y oí su sorpresa interior ante el cambio en mi expresión. Retrocedió ante mí, pero su temor no se concretó en palabras coherentes.

Recurrí a todo el autocontrol que había aprendido a dominar en mis décadas de abnegación y modulé una voz tersa e inalterada. En los pulmones me quedaba el aire justo para hablar una sola vez más, con palabras aceleradas.

—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Me di la vuelta y me abalancé para salir de la sala al tiempo que trataba de no percibir el calor de la sangre templada en el cuerpo del chico al pasar a escasos centímetros de él.

Me desplacé demasiado rápido durante todo el camino hasta el coche, y no me detuve hasta que lo alcancé. La mayoría de los humanos ya se habían marchado, así que no quedaban muchos testigos. Oí a un alumno de segundo año —D. J. Garrett— que se percató, pero lo dejó pasar...

¿De dónde ha salido Todoroki? Es como si hubiera aparecido de la nada... Ya estoy otra vez con la imaginación. Mamá siempre me dice...

Al meterme en mi Volvo, los demás ya estaban allí. Intenté controlar la respiración, pero inspiraba cada bocanada de aire fresco como si me hubiera estado asfixiando.

—¿Shoto? —me preguntó Ochako con un tono de alarma en la voz.

Me limité a hacerle un gesto negativo con la cabeza.

—¿Qué demonios te ha pasado? —quiso saber Kirishima, que se distrajo por un instante del hecho de que Iida no estuviese de humor para su revancha.

En lugar de responder, metí la marcha atrás. Tenía que salir de aquel aparcamiento antes de que Deku pudiera seguirme también hasta allí. Mi propio demonio particular, que me atormentaba... Di la vuelta al coche y aceleré. Alcancé los sesenta y cinco por hora antes del salir del aparcamiento. Ya en la carretera, lo puse a ciento diez antes del primer recodo.

Sin mirarlos, ya sabía que Kirishima, Bakugou e Iida se habían girado para mirar a Uraraka. Ella se encogió de hombros. No podía ver lo que había sucedido, únicamente lo que iba a pasar.

Y ahora estaba mirando hacia el futuro por mí. Los dos procesamos lo que ella estaba viendo mentalmente, y los dos nos quedamos sorprendidos.

—¿Te marchas? —susurró Uraraka.

Los demás me miraron a mí entonces.

—¿Me marcho? —mascullé enseñando los dientes.

Entonces lo vio, cuando me flaqueó la determinación y surgió otra posibilidad que le dio un giro más tenebroso a mi futuro.

—Oh.

Izuku Midoriya, muerto. Mis ojos, de un rojo vivo y deslumbrante gracias a la sangre fresca. La búsqueda que vendría después. El tiempo medido que aguardaríamos antes de que fuera seguro para nosotros el alejarnos de Forks y volver a empezar...

—Oh —volvió a decir.

La imagen se volvió más específica. Vi el interior de la casa del jefe Midoriya por primera vez, vi a Deku en una pequeña cocina con armarios amarillos, dándome la espalda mientras yo lo acechaba entre las sombras y dejaba que su olor me llevara hasta él...

—¡Basta! —rugí, incapaz de continuar soportándolo.

—Lo siento —susurró Uraraka. El monstruo se regocijaba.

Y la visión en la mente de Uraraka volvió a transformarse. Una carretera desierta en la noche, los árboles que la flanqueaban cubiertos de nieve, pasando veloces a más de trescientos kilómetros por hora.

—Te echaré de menos —dijo Uraraka—, por breve que sea el tiempo que estés fuera.

Kirishima y Bakugou cruzaron una mirada de aprensión.

Ya casi habíamos llegado al desvío del largo camino de entrada que llevaba hasta nuestra casa.

—Déjanos aquí —me indicó Uraraka—. Deberías ser tú quien se lo cuente a Aizawa.

Asentí, y el coche se detuvo de repente con un chirrido.

Kirishima, Bakugou e Iida se bajaron en silencio; ya le pedirían a Uraraka que les diera explicaciones cuando yo me hubiese ido. Uraraka me tocó en el hombro.

—Harás lo correcto —murmuró. Esta vez no era una visión, sino una orden—. Ese chico es la única familia que tiene Hizashi Midoriya. Eso también lo mataría a él.

 

—Sí —le dije, coincidiendo solo con la última parte.

Se bajó para unirse al resto, con las cejas fruncidas en una expresión de inquietud. Se desvanecieron en el bosque y los perdí de vista antes de dar media vuelta al coche.

Ya sabía que las visiones en la mente de Uraraka se convertirían en fogonazos como los de una luz estroboscópica mientras yo regresaba a Forks a ciento cuarenta por hora. No sabía muy bien adónde iba. ¿A despedirme de mi padre? ¿O a abrazar al monstruo que llevaba en mi interior? La carretera volaba bajo los neumáticos.