Actions

Work Header

Una luz tranquila

Work Text:

--

 

Sucedía entonces algo extraño: el barro seco en nuestra piel

acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje: el paisaje era de barro.

En ese momento la piedra no era impermeable ni dura;

era el lomo de una gran madre que acechaba camarones en el río.

-- de “La piedra del rio,” José Watanabe Varas

 

Tanyuu no cuenta los días, pero no necesita hacerlo. Aún cuando no la presta atención, la oscuridad se desliza por su pierna como un exceso de palabras lentamente sacando con sifón desde el aire alrededor de ella, los alientos de sus pulmones, los susurros de las hojas rozando el techo de la casa. En todo hay tantos cuentos, pero ella no puede escuchar las palabras sola. 

El crujido de sus muletas cuenta el tiempo en su vez, el sonido de la madera esforzándose cada vez más fuerte mientras ella sigue moviéndose. Un salto, otro, otro. Es un tiempo de manera diferente. 

 

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

-- de “El guardián del hielo,” José Watanabe Varas

 

Ginko no es el único con cuentos, pero a Tanyuu le gustan más los suyos, un hecho que ella menciona, las palabras resbalándose de su boca, más efímeras que la tinta que es más que tinta, pero permanente igualmente. 

Ginko no riza. Ginko agarra su mirada, inclinándose la cabeza mientras la inclina ligeramente a un lado. 

“Todo el mundo me dice cuentos sobre el muerte de todo el mundo,” dice Tanyuu, dirigiendo sus ojos a la ventana, a la brisa cargando las vainas de semillas de los arces -- un viaje a otras partas acabando de empezar.

“Hay tantas cosas vivas en todo el mundo,” dice Ginko, y sorbe su té. 

 

Mi cuerpo no es mucho. Soy

una palada de órganos enterrados en la arena

y los bordes imperceptibles de mi carne

no están muy lejos.

A veces sueño que me expando

y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande

que los más grandes. Yo soy entonces

toda la arena, todo el vasto fondo marino.

-- de “El Lenguado,” José Watanabe Varas



Hay una sensación particular, cuando toca su brocha al papel. Una vez, Ginko le pregunta cómo es. 

Se siente en la roca en el campo de hierbas ásperas. Mira al cielo, el horizonte esperándose como una promesa de un futuro que, quizás, ella pueda probar. Su pierna está tranquila. Saciada. 

“Se siente como sangrando,” dice, levantando su mano, la brisa se escurriendo delicadamente entre los dedos, invisible al ojo. “Se siente como soltando.”

Ginko inclina la cabeza una vez, aunque ella siente que las palabras no son exactamente correctas, y él sigue su mirada a las lomas distantes.

Es como escuchar de lugares desconocidos, ella piensa. 

No importa que las palabras no bastan. En verdad, no. 

 

Hace mucho supe que no eras un animal terminado. 

-- de “La oruga,” José Watanabe Varas



El cuento es todo, pero el cuento es nada. Tanyuu se sienta por la mesa, sus ojos trazando las letras que nadan dentro de las aguas borrosas del océano que nunca ha visto, mientras que el vaho condensa en nubes en su visión. Una gota, otra -- unas emociones derraman a través de los párpados y aterrizan en el papel sin emborronarlo.

¿Es tristeza? Ella limpia los ojos y alcanza a las muletas, la madera familiar al toco. Hay un cuento de tipo distinto allí, uno que no posee palabras o narrativas o una entrada en los archivos. Cada cosa tiene su secreto propio: la madera de la muleta, el viento soplando por los aleros, el mushi prohibido que reside en su carne. Todo es un cuento.

Tanyuu respira profundamente y pasa los dedos por encima de las palabras. 

 

Ay poeta, 

otra vez la tentación 

de una inútil metáfora.

 La piedra 

era piedra 

y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora

Asume su responsabilidad; nos guarda 

en su impenetrable intimidad. 

-- de “La piedra del río,” José Watanabe Varas

 

A veces, en la noche, Tanyuu mira las estrellas en el cielo oscuro y piensa en su antepasada, la primera quien contenía el mushi prohibido, su cuerpo manchado por completo. Su pierna surge desde entre los pliegues de la tela, y ella no echa una mirada por abajo a su piel, pero en cambio a sus dedos teñidos con tinta, algo que ella se ha hecho a sí misma. 

“Las historias tempranas eran como cuentos para niños, mukashi-banashi,” ella recuerda, sus palabras flotando al techo. 

“Yo soy cuento,” susurra, “Y un día salvaré el dragón y salirme del castillo.” 

Los mushi-shi vienen, los asesinos de dragones arrastrando cuentos de muerte. Tama viene a su puerta, tocando ligeramente la madera del marco antes de que lo deslize abierto.

“Ginko ha venido,” dice. Tanyuu prepara su brocha para escribir cuentos de dragones que logran entender, de vez en cuando, como cualquier otra persona. A fin de cuentas, ella mantiene a uno adentro. 

 

No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.

-- de “Anónimo,” José Watanabe Varas

 

De vez en cuando los dos se sienten hombro a hombro en la engawa, Ginko con su tabaco, ella con su pipa. La hierba cruje y los grillos chirrían, ocultos en las hojas.

Ginko exhala círculos de humo que vagan a través del aire, expandiéndose para abrazar al mundo. Tama trae té que fluye suave y cálido por su garganta.  

Hay tantas cosas vivas, tantas cosas maravillosas. Ginko sonríe a nada en particular, y Tanyuu se encuentra riendo; él empieza reírse también y luego traga mal y tose. El aire se suspende dulce de los cielos.  

No necesitan decir nada.

 

¿Sabes que mañana serás del aire?

-- de “La oruga,” José Watanabe Varas

 

--