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#Carpetober2021

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Toda la habitación era blanca. No era un blanco brillante, que dañara sus ojos, sino nacarado, con reflejos de múltiples colores. A su alrededor no parecía haber ningún mueble, puerta o ventana. Solo ella y la inmensidad blanca.

Uhua había tenido un día muy largo. Una nueva tanda de refugiados había llegado inesperadamente a la base, con todo el desgaste organizativo que eso significaba. Lo hacía encantada, por supuesto, pues eran más bocas para alimentar pero potenciales nuevos miembros para la guerrilla. Sin embargo, lo ultimo que había pensado cuando su cabeza descansó por fin en su desgastada y amarillenta almohada fue que iba a acabar en la habitación blanca.

Deambuló un poco por ella, comprobando un sueño que consideró extremadamente vago por parte de su cerebro, hasta que se encontró delante de una gran escalera, de pureza acorde al resto de la habitación. Se perdía hacia el cielo, si es que se podía llamar así, y se perdía en la vista cuando ya dolía fijar la mirada para seguirla. En el segundo escalón, observando con curiosidad, había una niña.

Una pequeña chiquilla albina, no más de ocho años, de enormes ojos nacarados, nariz pequeña y tupida melena rizada, despeinada como si vinieras de jugar en el patio de la escuela. Clavaba la mirada Uhua, tranquila, pero con una nota de emoción contenida en sus mejillas. Llevaba un vestido vaporoso, con pequeños bordados en falda y mangas que Uhua reconocía: ella misma lo había dibujado siguiendo las descripciones de un antiguo cuento de la isla. La niña se levantó, agarrando con ansia el dobladillo de su falda. Al moverse, un brillo inesperado llamó la atención de Uhua: tenía una gema blanca en la frente.

- ¡Uhua! - exclamó la niña sin poder contener la enorme sonrisa que parecía tener guardada.

La mujer fue a abrir la boca para lanzar alguna de las muchas preguntas que bailaban en su lengua, pero la niña empezó a correr hacia ella y se abrazó a su cintura sin controlar ni la velocidad ni la fuerza a la que iba, desestabilizándola un poco. La apretaba con fuerza y Uhua, confusa, abrazó la enorme mata de pelo con los brazos. La chiquilla se separó, dando diminutos saltitos de felicidad.

- ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin he podido hacerlo!

- ¿Hacer qué? - preguntó Uhua.

No era su pregunta más urgente, pero si la más natural. Y con tal de ir sacándolas, Uhua estaba satisfecha.

- ¡Traerte aquí! Conocerte. - contestó la niña con una sonrisa cantarina. - ¡Llevo esperando mucho tiempo!

- Y, ¿Por qué querías conocerme?

La expresión de la chiquilla se torció, atacada por la confusión. Le miraba con la cabeza girada, como un perrito que no entiende el extraño idioma en el que le hablan.

- Tú me llamaste. - explicó. - Te he traído porque tú me estabas buscando.

Uhua trató de unir los puntos de una intuición que empezaba a rondarle por la cabeza, pero el coro de preguntas era demasiado ruidoso para dejar funcionar su cerebro con normalidad. Sin embargo, sentía su cerebro extraño. Quería gritar, quería asustarse, quería, por lo menos, actuar con su euforia habitual, pero aquella habitación parecía generar en ella una anormal calma, aún con todas las incógnitas en su mente. Aquel lugar la amansaba, la cuidaba.

- ¿Quién eres? - se atrevió a preguntar, por fin.

La niña sonrió.

- ¡Vaya! Esa es una pregunta complicada, no lo sé. - confesó. - No tengo nombre y creo que no tengo historia. Solo estoy aquí. Vosotros me llamasteis. - se encogió de hombros. - Cada día, cada noche, desde hace años, me llamáis. Y yo un día desperté y solo escuchaba vuestras voces, buscándome, pidiendo ayuda. Era frustrante para mi, porque no tenía el poder de daros todas las cosas que me estabais pidiendo, pero poco a poco, cuanto más pedíais, más fuerte me sentía. ¡Y ahora he podido traerte! ¡Creo que por fin estoy preparada!

Uhua escuchaba a la niña con la boca medio abierta, mientras los puzles terminaban de montarse. La niña vio su expresión y, atacada por una inspiración repentina, respiró profundamente y sonrió de nuevo:

- Soy la esperanza de tu pueblo, Uhua. - continuó. - Soy la fuerza que tenéis dentro, vuestra determinación. Soy la plegaria que hacéis en la noche, antes de meteros en la batalla, que soltáis muda cuando hacéis la señal con el brillo de...

- La Perla. - terminó Uhua.

La niña asintió.

- Pero habías dicho que no sabías quien eras.

- ¡Ahora lo sé! - exclamó emocionada. - Tú me lo has dicho, Uhua, es lo que tú piensas, me lo han dicho tus ojos.

- ¿Entonces sólo estás en mi imaginación? - dijo con media mueca. - ¿Eres realmente un sueño?

Negó con la cabeza.

- No. O puede que sí. - rio. - Pero yo creo que no. - suspiró tranquila - Tengo una misión, Uhua, una que vosotros me habéis dado. Pero no puedo cumplirla sin vuestra ayuda.

- ¿Qué misión?

- ¡Fue lo primero que supe cuando nací! ¡Tu deseo más ansiado! ¡Soy la buscadora de diosas!

Por primera vez en aquella estancia, Uhua notó los nervios en su estómago. Aquella habitación no le dejara sentir pánico ni gran inquietud, pero si filtraba emociones como la duda o la felicidad. Aquellos nervios, aquella explosión, señalaban los puntos del mapa que su cerebro que faltaban por unirse. Se recordó a sí misma repasando, una y otra vez, la misma maldita línea en aquel libro que robó por casualidad, donde se nombra a las diosas, a las antiguas, a las perdidas. Aquella frase que despertó en ella la llama de la revolución. Aquellas palabras que le llevaron a comprender que había una historia, una cultura, algo que habían perdido. Se llevó la mano a la boca, al descubrirse a si misma con una enorme mueca de júbilo.

- Necesito que creáis en mi. - continuó la niña. - Que penséis que estoy aquí para vosotros, que puedo conseguirlo. He logrado traerte aquí, Uhua, pero no ha sido fácil. Si no me ayudáis no podré ir allí con vosotros, no podré salir de aquí para buscar lo que quieres que encuentre. - una mueca inseguro cruzó su rostro. - Necesito que creáis en mi para ser más poderosa, para poder hacer más. Por ti, por Holhora, por Bulio, por Mesmeri, por todos los demás...

Uhua sonrió al oír los nombres de sus compañeros, sobre todo porque no esperaba de algunos de ellos que dedicaran plegarias mudas a su causa. Su determinación creció. Se agachó a la altura de la niña, que pareció emocionarse ante la tardía reacción de su compañera.

- Creo en ti. - dijo ella. - No esperaba que aparecieras y lo has hecho. He rezado por ti todo este tiempo, ahora debo devolverte el favor. - notó las lágrimas aparecer en sus ojos. - Gracias.

La niña volvió a abrazarse a Uhua, esta vez con más fuerza. Uhua guardo entré sus brazos aquello que llevaba tantos años buscando. La niña suspiró de nuevo, como si algo entrara en su cuerpo inesperadamente.

- Uhua. - dijo a su oído. - Ya sé mi nombre.

- Lo sé, Perla. - contestó ella. - Lo sé.

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Aunque cierre los ojos, aunque se centre en el sonido del viento en sus oídos, el pitido no deja de sonar. Es un sonido estático, constante, que lleva acompañándole ya varios meses. Se ha acostumbrado ya a su presencia, que aparece cada vez que puede disfrutar de un momento para él. 

Ese sonido, formado por todas aquellas voces en consonancia: las peticiones, las súplicas, las exigencias...las inseguridades.  Se rasca los ojos mientras nota el cosquilleo de la hierba en sus pies. Es verano en Triffa y, aprovechando la intimidad y lejanía que le ofrece la montaña, el Capitán Esmeralda se ha desprovisto de los incómodos ropajes que la cámara de gobierno le obliga a llevar. Bajo el árbol, su capa buena, su gambesón elegante y sus botas incómodas, dejando solo su camisa de lino y pantalones oscuros. 

Liberarse de las cadenas de las normas de etiqueta le hacen un poco más ligero, pero no espanta el sonido en sus oídos. El pitido danza, la onda toma la forma de una frase, una que le atormenta desde que la escuchó, hace ya unos meses:

"No podrás evitar que la gente rompa esta isla."

Humedece sus labios mientras acaricia con cuidado la hierba bajo su cuerpo, como buscando el abrazo de la tierra. Y lo siente. Siente que está haciendo las cosas bien y, sin embargo, no paran de ir a peor. El conflicto entre saber que está haciendo lo correcto pero que los resultados son lentos. De saber que ha sacado la manzana podrida pero es demasiado tarde para la gran parte del saco. 

"Eso tendrías que haberlo hecho tú. Yo solo puedo intentar recoger los pedazos."

Los pedazos son pequeños, se escapan de sus dedos, le cortan las manos cuando intenta recogerlos. Pero sigue haciéndolo, aunque su cuerpo sangre, porque si deja uno solo, la herida nunca cerrará. 

Un cuerpo musculado y recio se tumba a su lado con un suspiro de queja, el Capitán Esmeralda abre los ojos al notarlo. La Paladina retira sus botas empujándolas con los pies, dejando que rueden unos metros por la colina.

- ¿Quién está atendiendo a los ministros? - pregunta Ceidarán con una nota de reproche en su voz.

- Karim. - contesta la paladina retirando el broche de su capa.

- Es demasiado novata. - insiste mientras se incorpora. - Debo...

Drania posa su enorme mano en el pecho del capitán, obligándolo a tumbarse de nuevo. 

- Está preparada. - dice Drania frunciendo el ceño - Y esto forma parte de sus tareas. Tienen aires de grandeza y quieren hablar con el gran capitán, pero literalmente no es tu trabajo, Ceidarán.

El hombre la mira, con medio gesto de sorpresa en el rostro. Drania le sonríe.

- Me gustaría tutearle hoy, mi capitán. - añade. - Si me lo permite.

Él asiente, aunque mantiene la mirada cauta y curiosa ante las decisiones de su segunda. Drania termina de quitarse la capa con calma, imitando a su capitán y dejando todo detalle innecesariamente incómodo al lado. Luego, se acomoda en el cesped, a su lado, respirando profundamente con una sonrisa en el rostro. Ceidarán quiere preguntar el por qué de su visita, pero conoce a Drania lo suficiente como para saber que ella será quien se lo diga tarde o temprano. Recupera su posición de reposo, mirando al cielo despejado.

Los minutos pasan, capitán y paladina disfrutan de su conexión con la montaña, cosa que, desde hace unos meses, ha sido prácticamente imposible. Las energías se cuelan en sus pulmones en forma de aire fresco.

- Lamento haberte interrumpido. - dice Drania, por fin. - Supongo que querías estar solo, por la forma en la que te has escapado.

- No me he escapado. - puntualiza Ceidarán, molesto. - No tenía reuniones esta tarde.

- Eso es parcialmente verdad, pero también en parte falso. Siempre hay alguien que quiere reunirse contigo.

El capitán suelta una risa amarga.

- ¿Y has venido a llevarme a una? - pregunta.

- Esmeralda me libre, no. - sonríe la paladina. - He decidido escaparme de mis tareas deliberadamente dejando a mi ayudante y he venido a que me reprendas personalmente. 

- Estoy seguro de ello.

Drania suelta una risotada al aire. Ceidarán la acompaña con una un poco más sincera que la anterior.

- Necesito, como tu paladina, que seas sincero conmigo. - dijo ella cuando el silencio volvió entre ambos. - Pero no sé como plantear la pregunta para que me contestes y no lo sientas como una obligación.

- Prefiero que seas directa. Y me reservo el derecho a no contestar.

- Esa es la cuestión, Ceidarán, necesito que lo hagas. 

Él la mira de reojo, ella le aguanta la mirada. El capitán mueve la mano en el aire, pidiéndole que continúe.

- ¿Como estás? - Ceidarán suelta una risa. - Quiero decir, lo sé, pero... Estamos cansados, esto es dificil, pero las últimas semanas...

- Ah, Drania. - dice Ceidarán llevando las manos a su cara. - Déjalo.

- Ah, ¿Crees que a mi me gusta? - contesta frunciendo el ceño. - Nos hemos encargado de dar fuerza y apoyo a nuestra guardia estos meses, para que se sintieran preparados ante todas las cosas duras que iban a pasar. Y tú me has dado discursos motivacionales en quince idiomas que en ocasiones siento que estás dando a ti mismo. - suspira. - Lo único que necesito saber es que piensas más allá de la fachada de hombre que lo aguanta todo.

A Ceidarán se le escapa una mueca de molestia. Es incómodo, raro, oír a su paladina hablarle de esa manera. Entiede los motivos, por supuesto, comprende que no debe de haber sido agradable convivir con él todos esos meses.

- No me estoy quejando. - añade Drania leyendo su rostro. - Ceidarán, has actuado como debías en todas tus decisiones. Lo que estoy intentando decir es...que estoy preocupada por ti. 

Él la vuelve a mirar de reojo. Las ojeras aparecieron apenas pasaron tres meses de su nombramiento, cuando, determinado, empezó a investigar. Desde entonces, se han mantenido como una seña de identidad en su rostro. Ceidarán duda. Y, dudoso, decide que su paladina merece saber su tormento.

- Cuando investigamos a los D'Altorga, llegamos la Academia. - tapó sus ojos con el brazo, evitando el sol que empezaba a alcanzarles. - Los hilos empezaron a correr y me encontré a mi mismo leyendo el nombre de mi padre. - suspiró. - Y dudé, Drania. ¿Cómo pude llegar el punto en que dude de la integridad de mi propio padre? 

- Hiciste bien. - dijo ella. - Es tu responsabilidad como capitán no dejar que las emociones te nublen ante una investigación.

- Jamás habría evitado que le investigaran. - continuó Ceidarán. - Y sé que él está de acuerdo conmigo. Mi problema fue ese miedo que sentí, esa posibilidad. Como si realmente pensara que no queda nadie en quien pueda confiar ciegamente, como si viera enemigos por todas partes. Aquello que me dijo Argana: "No podrás evitar que la gente rompa esta isla.", asumiendo que no queda integridad alguna en Triffa. El pensamiento que me atormenta es: ¿Tiene razón? ¿Debo estar siempre atento? 

- Sí. Por desgracia. 

Hay una nota amarga en la voz de Drania. Ceidarán se gira para mirarla, descubriéndola, ahora incorporada, perdiendo una mirada triste hacia el horizonte.

- No hay nada de malo en que estés atento. - continúa. - La traición puede venir de cualquier parte en cualquier momento. Pero estar atento no es lo mismo que estar paranoico. Que estés atento a tu alrededor, a las señales, no quiere decir que no puedas confiar en que esas señales nunca vayan a llegar. Solo significa que, cuando lleguen, no mirarás hacia otro lado intentando obviar una realidad. 

Él se incorpora a su lado, mirándola con una pregunta en su mirada. Ahora es Drania la que parece querer evitarla a toda costa, apretando sus dedos con las manos. Pero eso no sería justo. Al fin y al cabo, él ha sido sincero.

- Amadra... - intenta explicar, pero cierra los ojos sintiendo la impotencia.

Ceidarán devuelve la mirada al infinito, dejándole espacio.

- Lo sé. - dice.

- Esas mismas primeras sospechas que tuviste, yo también las tuve. - consigue decir Drania. - Y se las plantee a mi capitana, la mujer que mas respetaba y en la que más confiaba. Y ella se negó a investigarlo. Las alarmas empezaron a gritar en mi mente, pero decidí ignorarlas. Porque ella nunca haría algo así, porque ella era alguien en quien podía confiar. - suspira -Luego, un día, simplemente dimitió. Bueno, ya lo sabes, ni siquiera se quedó a enseñar al nuevo capitán. Se fue de la isla, probablemente con los bolsillos llenos y la conciencia tranquila.

El capitán frunce el ceño y Drania suelta una risotada al verle.

- Mírate, ya estás enfadado porque se te escapó.

- No. - corta, tajante, pero no da más explicaciones.

Ambos son conscientes del paso del tiempo, que pronto su ausencia se evidenciará en Salarias, por lo que, en mudo acuerdo, se levantan y empiezan a recuperar sus prendas descartadas. El camino es largo.

- Si algún día te saltan las alarmas conmigo, síguelas. - dice Ceidarán mientras termina de ponerse sus botas.

- No ocurrirá. - contesta Drania. 

- Has dicho que siempre hay que estar atento.

- También he dicho que eso no quiere decir que no puedas confiar en que esas alarmas no llegarán nunca. Con Amadra me cegaban las emociones. - sonríe. - Pero contigo me guía la certeza de tus actos. Y mi instinto.

Ceidarán deja escapar una sonrisa. Un pequeño ruido lastimero les interrumpe. Apenas a unos metros de ellos, un pequeño pájaro parece querer alzar el vuelo desde el suelo mientras un ala aparentemente rota se agita con desesperación. Drania gira la cabeza hacia su capitán y él se sonroja un poco mientras da unos pasos hacia el animal. Lo recoje entre sus manos, llamando a Esmeralda. Sus ojos se iluminan en verde durante un segundo mientras la energía fluye por su piel y, un segundo después, el pájaro sale volando hacia el cielo.

- ¿Puedo hacer una última confesión? - pregunta Ceidarán.

- Por supuesto. - dice Drania con sorpresa.

- Odio esto. - dice señalando los bordados plateados de su gambesón. - Y echo de menos eso. - añade con el dedo hacia el pájaro.

- Y con razón. - rie Drania. - ¿Sabes qué? No me importaría hacerme cargo del despacho cuando todo esto acabe. Estoy mayor, necesito más papeleo y menos aventuras. 

- No digas tonterías.

Los caballos tardan poco en llegar cuando Drania silba al aire. Antes de que el galope acelerado les impida oírse más entre ellos, ella se gira por última vez:

- Y además. - continúa - Tú necesitas algo de esa libertad. Da mucha pena verte aletear desesperado de esa forma por volver a volar. Y, bueno, "Todos los animales deberían importar igual en la Guardia Esmeralda".

Ceidarán la reprende con la mirada.

- Hasta aquí, ¿Verdad?

- Sí, mi paladina.

 

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Nunca fue un hombre de emociones muy intensas. Criados juntos, su hermano había sido siempre muy pasional, lanzado, aventurero, carismático. Él no. Si había un problema, había una solución. Si hablaba, lo hacía directo, brutalmente honesto. Racionalizar todo no sólo era su arma de defensa, sino la única manera que tenía de ver el mundo.

Eso hacía que, en general, hubieran muy pocas cosas que le hicieran sentir tristeza, enfado o euforia. La comodidad se encontraba, pues, en su apatía. Hacer el trabajo bien, sobrevivir cada día. Sí, podía disfrutar de una buena bebida, podía apreciar el trabajo bien hecho. Pero pocas cosas fuera de su control podían alterarle. 

Es por eso por lo que había una cosa, una sola, que le molestaba especialmente del drow. No era su voz repelente y su tono condescendiente. Tampoco eran sus aires de grandeza. Ni la forma que tenía, al principio, de subestimarle. Tampoco era la reacción instintiva de su cuerpo, esa atracción. Había vivido eso otras veces, con otros, y era fácil de solucionar, como ya había podido comprobar. No, era aquella sensación, una especialmente rara.

Y había un problema, y es que era muy fácil que apareciera. No estaba cuando le besaba, ni cuando le tocaba, pues esas eran sensaciones diferentes. Aparecía en momentos como aquel.

- Y entonces le digo: "¿Sabes qué? Igual deberías dejar de pensar tanto y simplemente asumir que esto es lo que hay". Es que no entiendo por qué se empeñan en negociar, si claramente las pruebas están en la mesa y no tienes mas opción.

Entonces Sendor apoya la mano en su puño y lo observa, yendo de arriba para abajo por la habitación mientras gesticula con su único brazo. Tiende a moverlo descontrolado entre espasmos en el aire y retirarse el pelo que va bailando y acumulándose en su cara. 

- Es algo que me cabrea, ¿sabes? Porque mi trabajo sería mucho más fácil si simplemente me hicieran caso desde el principio. 

Sendor ve ahí su oportunidad, una sonrisa se esconde y no llega a salir físicamente, aunque él la siente dentro.

- Es lógico. - dice - Es una mujer poderosa, igual te hubieras metido en un problema.

Entonces el drow se gira, indignado. Como si lo que hubiera dicho fuera completamente imposible. Y Sendor vuelve a reír en su interior, porque sabe que ha conseguido su objetivo.

- ¿Qué? ¡Para nada! Sólo cree que tiene el control, pero en realidad...

Riddle se pasará entonces diez minutos enganchando un argumento con el siguiente, para explicarle detalladamente por qué él tiene razón y Sendor no. Y el hombre simplemente lo escuchará, valorará sus argumentos mientras juguetea con la luna de cuarzo entre sus dedos. Y cuando menos se lo espere, allí estará. Esa sensación que no notaba hacía años hasta que apareció en su vida. Una sensación agradable, de calma, de hogar. 

La primera vez que lo sintió se fue de la habitación, dejando a Riddle con la palabra en la boca, cosa que tardó en perdonarle. Ahora simplemente observa mientras se analiza a sí mismo, buscando los motivos y esquivando la única explicación lógica a todo aquello. Porque lo que piensa, su temor, esta fuera de todo raciocinio. 

Riddle termina de explicar. Mira a Sendor buscando la replica en sus ojos. Él se levanta, lo busca y lo besa.

- ¿Esta es tu respuesta? - dice el drow entre risas.

- Sí, creo que tienes razón.

Saca entonces una enorme sonrisa. Le encanta tener razón. Sendor lo sabe. En aquella sonrisa, la sensación explota en su pecho. Él la odia. Pero la sigue buscando. Hay algo fascinante en todo eso. 

- ¿Te pone cachondo que la tenga? - ríe Riddle.

- Eres insoportable.

Y efectivamente, lo es. Eso es lo más terrible de todo el asunto. Que no puede con él. Entonces, ¿Por qué estar con él se siente como una buena bebida, como un trabajo bien hecho? ¿Por qué estar a su lado es como estar al lado de una chimenea en invierno? 

"No debes permitirlo" "No puedes dejar que te haga sentir así" "Debes parar" piensa Sendor mientras lo rodea con los brazos y acaricia las puntas de su pelo por la espalda. Mientras le besa. 

"Esta es la última vez", se dice, como se ha repetido las últimas decenas de veces. 

 

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La cúpula de Ámbar impedía las temperaturas más extremas. Los inviernos pasaban como suaves otoños, los veranos como agradables primaveras. Sin embargo, aquel día Tarla sintió el corazón congelado cuando lo vio.

Con la mano apoyada en la barandilla de su balcón, con el viento arrastrando las hebras doradas del pelo del elfo. Con los pies en el suelo, de pie, como hacía años que no lo veía. Atrás quedaba la cama, de la que no había podido moverse los últimos meses. Tarla sabía por qué Laranthir estaba de pie, y era porque tenía un sitio al que ir. 

El hombre se giró y la miró, con una sonrisa tranquila, Tarla sintió como sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

- ¿Está todo listo, mi capitana? - preguntó Laranthir.

La mujer asintió casi imperceptiblemente, tratando de controlar su tembloroso cuerpo. 

- Bien. - continuó. - Me alegro que hayan podido venir. 

- Capitán... - murmuró Tarla acercándose a la balconada.

- No soy tu capitán, Capitana Ámbar - contestó él mantiendo su sonrisa calmada. - Ya no.

La mujer le ignoró, abrazándole nada más alcanzarle, saltándose todas las normas de protocolo. Pero a ninguno de los dos les importaba. Laranthir acunó la cabeza de Tarla sobre su pecho, apretandola en su último abrazo.

- Lo estás haciendo genial. - le susurró al oído.

- No estoy preparada.

- Lo estás de sobra, lo estas desde el día que te lo pedí. La llama de Ámbar es tan fuerte en ti que puedo sentirla vibrar en tu pecho. - se separó un poco de ella, para poder mirarla. - He sido Capitán demasiado tiempo, Tarla. Sé que tendrás la intuición de saber a quien elegir cuando decidas dejarlo. 

- ¿Está seguro que no quiere que avisemos a la Camara de Gobierno?

- No, no quiero fiestas nacionales ni ritos. - dijo con una risa cansada. - La gente que lamentará que no esté está aquí conmigo hoy y, los que no, me esperan al otro lado del velo. Es lo que necesito.

Tarla asintió y volvió a esconder la cabeza en el abrazo del elfo. 

- Tarla. - llamó. - Hay algo que si quisiera pedirte.

La mujer se apartó, mirándole con un gesto confuso mientras Laranthir le tranquilizó con una sonrisa amable.

- Espero que esto no parezca atrevido por mi parte. - dijo. - Cuando te vi, tus rasgos, los restos de la sangre perdida de mi gente en ti... Fue absolutamente fascinante encontrarte, pensando que no quedaba nada en el mundo salvo yo.

- No soy una rashar, Laranthir. - contestó Tarla bajando la mirada.

- No lo eres. - asintió él. - El último de los rashar desaparece hoy, una raza se extingue para siempre. Sin embargo, la llama, los guerreros de la diosa, permanecerán para siempre en la Guardia Ámbar. Se extingue la raza, pero no su misión, ni sus valores.

Cogió las manos de Tarla con suavidad.

- Al igual que Uhua adoptó al clan olvidado de los Saltorias, como un símbolo de lo que representaban, me gustaría que te quedaras mi apellido a partir de hoy.

La mujer apretó las manos de su capitán en un inesperado espasmo de sorpresa.

- Capitán, no soy digna.

- Si alguien lo es, eres tu. - sonrió él. - ¿Nunca te has preguntado por qué seguía aquí a pesar del dolor, a pesar de que mi frágil cuerpo se marchitaba a pasos agigantados? Por Ámbar. Porque le prometí que cuidaría de mi misión hasta el final de mis días o hasta que alguien mejor apareciera. Esto no tiene que ver con el minúsculo porcentaje de sangre rashar que corre por tus venas, Tarla, tiene que ver con tu determinación, con tu fuerza y con tu valía. Eres tú. Y ella está de acuerdo.

- Dudé. - recordó. - Cuando Lunara.

- Y yo he dudado cientos de veces. He visto morir a gente que amaba, he visto lo mejor y lo peor de esta isla. Dudar es razonable, lo importante es que sigues aquí. - soltó una de sus manos para guiarla suavemente hacia la baranda de la terraza. - Nada me honraría más que saber que tu estirpe llevara el nombre de mi gente.

Abajo, en el patio central de la fortaleza dorada, un hombre jugaba con una pequeña niña de pelos castaños. Su risa, alegre y cantarina, se colaba por los pasillos de la fortaleza como una improvisada canción. Laranthir sonrió.

- Por supuesto, si el Capitán Esmeralda está de acuerdo. - añadió Laranthir.

- No creo que ese sea un problema. - rio Tarla suavemente.