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#Carpetober2021

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La cúpula de Ámbar impedía las temperaturas más extremas. Los inviernos pasaban como suaves otoños, los veranos como agradables primaveras. Sin embargo, aquel día Tarla sintió el corazón congelado cuando lo vio.

Con la mano apoyada en la barandilla de su balcón, con el viento arrastrando las hebras doradas del pelo del elfo. Con los pies en el suelo, de pie, como hacía años que no lo veía. Atrás quedaba la cama, de la que no había podido moverse los últimos meses. Tarla sabía por qué Laranthir estaba de pie, y era porque tenía un sitio al que ir. 

El hombre se giró y la miró, con una sonrisa tranquila, Tarla sintió como sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

- ¿Está todo listo, mi capitana? - preguntó Laranthir.

La mujer asintió casi imperceptiblemente, tratando de controlar su tembloroso cuerpo. 

- Bien. - continuó. - Me alegro que hayan podido venir. 

- Capitán... - murmuró Tarla acercándose a la balconada.

- No soy tu capitán, Capitana Ámbar - contestó él mantiendo su sonrisa calmada. - Ya no.

La mujer le ignoró, abrazándole nada más alcanzarle, saltándose todas las normas de protocolo. Pero a ninguno de los dos les importaba. Laranthir acunó la cabeza de Tarla sobre su pecho, apretandola en su último abrazo.

- Lo estás haciendo genial. - le susurró al oído.

- No estoy preparada.

- Lo estás de sobra, lo estas desde el día que te lo pedí. La llama de Ámbar es tan fuerte en ti que puedo sentirla vibrar en tu pecho. - se separó un poco de ella, para poder mirarla. - He sido Capitán demasiado tiempo, Tarla. Sé que tendrás la intuición de saber a quien elegir cuando decidas dejarlo. 

- ¿Está seguro que no quiere que avisemos a la Camara de Gobierno?

- No, no quiero fiestas nacionales ni ritos. - dijo con una risa cansada. - La gente que lamentará que no esté está aquí conmigo hoy y, los que no, me esperan al otro lado del velo. Es lo que necesito.

Tarla asintió y volvió a esconder la cabeza en el abrazo del elfo. 

- Tarla. - llamó. - Hay algo que si quisiera pedirte.

La mujer se apartó, mirándole con un gesto confuso mientras Laranthir le tranquilizó con una sonrisa amable.

- Espero que esto no parezca atrevido por mi parte. - dijo. - Cuando te vi, tus rasgos, los restos de la sangre perdida de mi gente en ti... Fue absolutamente fascinante encontrarte, pensando que no quedaba nada en el mundo salvo yo.

- No soy una rashar, Laranthir. - contestó Tarla bajando la mirada.

- No lo eres. - asintió él. - El último de los rashar desaparece hoy, una raza se extingue para siempre. Sin embargo, la llama, los guerreros de la diosa, permanecerán para siempre en la Guardia Ámbar. Se extingue la raza, pero no su misión, ni sus valores.

Cogió las manos de Tarla con suavidad.

- Al igual que Uhua adoptó al clan olvidado de los Saltorias, como un símbolo de lo que representaban, me gustaría que te quedaras mi apellido a partir de hoy.

La mujer apretó las manos de su capitán en un inesperado espasmo de sorpresa.

- Capitán, no soy digna.

- Si alguien lo es, eres tu. - sonrió él. - ¿Nunca te has preguntado por qué seguía aquí a pesar del dolor, a pesar de que mi frágil cuerpo se marchitaba a pasos agigantados? Por Ámbar. Porque le prometí que cuidaría de mi misión hasta el final de mis días o hasta que alguien mejor apareciera. Esto no tiene que ver con el minúsculo porcentaje de sangre rashar que corre por tus venas, Tarla, tiene que ver con tu determinación, con tu fuerza y con tu valía. Eres tú. Y ella está de acuerdo.

- Dudé. - recordó. - Cuando Lunara.

- Y yo he dudado cientos de veces. He visto morir a gente que amaba, he visto lo mejor y lo peor de esta isla. Dudar es razonable, lo importante es que sigues aquí. - soltó una de sus manos para guiarla suavemente hacia la baranda de la terraza. - Nada me honraría más que saber que tu estirpe llevara el nombre de mi gente.

Abajo, en el patio central de la fortaleza dorada, un hombre jugaba con una pequeña niña de pelos castaños. Su risa, alegre y cantarina, se colaba por los pasillos de la fortaleza como una improvisada canción. Laranthir sonrió.

- Por supuesto, si el Capitán Esmeralda está de acuerdo. - añadió Laranthir.

- No creo que ese sea un problema. - rio Tarla suavemente.