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#Carpetober2021

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Toda la habitación era blanca. No era un blanco brillante, que dañara sus ojos, sino nacarado, con reflejos de múltiples colores. A su alrededor no parecía haber ningún mueble, puerta o ventana. Solo ella y la inmensidad blanca.

Uhua había tenido un día muy largo. Una nueva tanda de refugiados había llegado inesperadamente a la base, con todo el desgaste organizativo que eso significaba. Lo hacía encantada, por supuesto, pues eran más bocas para alimentar pero potenciales nuevos miembros para la guerrilla. Sin embargo, lo ultimo que había pensado cuando su cabeza descansó por fin en su desgastada y amarillenta almohada fue que iba a acabar en la habitación blanca.

Deambuló un poco por ella, comprobando un sueño que consideró extremadamente vago por parte de su cerebro, hasta que se encontró delante de una gran escalera, de pureza acorde al resto de la habitación. Se perdía hacia el cielo, si es que se podía llamar así, y se perdía en la vista cuando ya dolía fijar la mirada para seguirla. En el segundo escalón, observando con curiosidad, había una niña.

Una pequeña chiquilla albina, no más de ocho años, de enormes ojos nacarados, nariz pequeña y tupida melena rizada, despeinada como si vinieras de jugar en el patio de la escuela. Clavaba la mirada Uhua, tranquila, pero con una nota de emoción contenida en sus mejillas. Llevaba un vestido vaporoso, con pequeños bordados en falda y mangas que Uhua reconocía: ella misma lo había dibujado siguiendo las descripciones de un antiguo cuento de la isla. La niña se levantó, agarrando con ansia el dobladillo de su falda. Al moverse, un brillo inesperado llamó la atención de Uhua: tenía una gema blanca en la frente.

- ¡Uhua! - exclamó la niña sin poder contener la enorme sonrisa que parecía tener guardada.

La mujer fue a abrir la boca para lanzar alguna de las muchas preguntas que bailaban en su lengua, pero la niña empezó a correr hacia ella y se abrazó a su cintura sin controlar ni la velocidad ni la fuerza a la que iba, desestabilizándola un poco. La apretaba con fuerza y Uhua, confusa, abrazó la enorme mata de pelo con los brazos. La chiquilla se separó, dando diminutos saltitos de felicidad.

- ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin he podido hacerlo!

- ¿Hacer qué? - preguntó Uhua.

No era su pregunta más urgente, pero si la más natural. Y con tal de ir sacándolas, Uhua estaba satisfecha.

- ¡Traerte aquí! Conocerte. - contestó la niña con una sonrisa cantarina. - ¡Llevo esperando mucho tiempo!

- Y, ¿Por qué querías conocerme?

La expresión de la chiquilla se torció, atacada por la confusión. Le miraba con la cabeza girada, como un perrito que no entiende el extraño idioma en el que le hablan.

- Tú me llamaste. - explicó. - Te he traído porque tú me estabas buscando.

Uhua trató de unir los puntos de una intuición que empezaba a rondarle por la cabeza, pero el coro de preguntas era demasiado ruidoso para dejar funcionar su cerebro con normalidad. Sin embargo, sentía su cerebro extraño. Quería gritar, quería asustarse, quería, por lo menos, actuar con su euforia habitual, pero aquella habitación parecía generar en ella una anormal calma, aún con todas las incógnitas en su mente. Aquel lugar la amansaba, la cuidaba.

- ¿Quién eres? - se atrevió a preguntar, por fin.

La niña sonrió.

- ¡Vaya! Esa es una pregunta complicada, no lo sé. - confesó. - No tengo nombre y creo que no tengo historia. Solo estoy aquí. Vosotros me llamasteis. - se encogió de hombros. - Cada día, cada noche, desde hace años, me llamáis. Y yo un día desperté y solo escuchaba vuestras voces, buscándome, pidiendo ayuda. Era frustrante para mi, porque no tenía el poder de daros todas las cosas que me estabais pidiendo, pero poco a poco, cuanto más pedíais, más fuerte me sentía. ¡Y ahora he podido traerte! ¡Creo que por fin estoy preparada!

Uhua escuchaba a la niña con la boca medio abierta, mientras los puzles terminaban de montarse. La niña vio su expresión y, atacada por una inspiración repentina, respiró profundamente y sonrió de nuevo:

- Soy la esperanza de tu pueblo, Uhua. - continuó. - Soy la fuerza que tenéis dentro, vuestra determinación. Soy la plegaria que hacéis en la noche, antes de meteros en la batalla, que soltáis muda cuando hacéis la señal con el brillo de...

- La Perla. - terminó Uhua.

La niña asintió.

- Pero habías dicho que no sabías quien eras.

- ¡Ahora lo sé! - exclamó emocionada. - Tú me lo has dicho, Uhua, es lo que tú piensas, me lo han dicho tus ojos.

- ¿Entonces sólo estás en mi imaginación? - dijo con media mueca. - ¿Eres realmente un sueño?

Negó con la cabeza.

- No. O puede que sí. - rio. - Pero yo creo que no. - suspiró tranquila - Tengo una misión, Uhua, una que vosotros me habéis dado. Pero no puedo cumplirla sin vuestra ayuda.

- ¿Qué misión?

- ¡Fue lo primero que supe cuando nací! ¡Tu deseo más ansiado! ¡Soy la buscadora de diosas!

Por primera vez en aquella estancia, Uhua notó los nervios en su estómago. Aquella habitación no le dejara sentir pánico ni gran inquietud, pero si filtraba emociones como la duda o la felicidad. Aquellos nervios, aquella explosión, señalaban los puntos del mapa que su cerebro que faltaban por unirse. Se recordó a sí misma repasando, una y otra vez, la misma maldita línea en aquel libro que robó por casualidad, donde se nombra a las diosas, a las antiguas, a las perdidas. Aquella frase que despertó en ella la llama de la revolución. Aquellas palabras que le llevaron a comprender que había una historia, una cultura, algo que habían perdido. Se llevó la mano a la boca, al descubrirse a si misma con una enorme mueca de júbilo.

- Necesito que creáis en mi. - continuó la niña. - Que penséis que estoy aquí para vosotros, que puedo conseguirlo. He logrado traerte aquí, Uhua, pero no ha sido fácil. Si no me ayudáis no podré ir allí con vosotros, no podré salir de aquí para buscar lo que quieres que encuentre. - una mueca inseguro cruzó su rostro. - Necesito que creáis en mi para ser más poderosa, para poder hacer más. Por ti, por Holhora, por Bulio, por Mesmeri, por todos los demás...

Uhua sonrió al oír los nombres de sus compañeros, sobre todo porque no esperaba de algunos de ellos que dedicaran plegarias mudas a su causa. Su determinación creció. Se agachó a la altura de la niña, que pareció emocionarse ante la tardía reacción de su compañera.

- Creo en ti. - dijo ella. - No esperaba que aparecieras y lo has hecho. He rezado por ti todo este tiempo, ahora debo devolverte el favor. - notó las lágrimas aparecer en sus ojos. - Gracias.

La niña volvió a abrazarse a Uhua, esta vez con más fuerza. Uhua guardo entré sus brazos aquello que llevaba tantos años buscando. La niña suspiró de nuevo, como si algo entrara en su cuerpo inesperadamente.

- Uhua. - dijo a su oído. - Ya sé mi nombre.

- Lo sé, Perla. - contestó ella. - Lo sé.