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El Dios demonio y la doncella mortal

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—Esto no es tan malo —una divertida Ako terminó de agregar la última parte del maquillaje de Sayo antes de darle el visto bueno—. He hecho un trabajo estupendo para convertirte en un demonio poderoso. 

 

Ako se alejó un poco para admirar su trabajo mientras Sayo giraba su cuerpo para verse finalmente en el traje completo del personaje que tenía que representar. 

 

Un par de cuernos de antílope Addax hacían el juego de ser sus cuernos de demonio, las orejas largas y puntiagudas recostadas casi en horizontal le daban un cierto toque de orco, y las escamas rojas y sangrantes en su cuello y nuca, además de los colmillos falsos, le daban un aspecto siniestro. 

 

La ropa hacía lo suyo, un yukata blanco con bordes azules y con bordados dorados a lo largo, le hacían parecer todavía más excéntrica. 

 

—¡Esto es perfecto Sayo-san! —exclamó con felicidad—. Quedas perfecta en el papel del novio demonio. 

 

—Es un buen trabajo —dijo admitiendo la verdad, mientras inspeccionaba más a fondo todo el traje—. Aún así, creo que esto será algo de lo que me voy a arrepentir. 

 

—¡Vamos Sayo-san! No puedes arrepentirte justo ahora. 

 

—No, no lo voy a hacer, pero no me entusiasma mucho la idea de mi participación en esto. 

 

—Hi… Hikawa-san, creo que… que te ves genial. 

 

A las espaldas de Sayo, entrando en la habitación, Rinko admiraba la figura que se reflejaba en el espejo y el rostro de Sayo se pintó de carmesí al darse cuenta, pero enseguida su atención se desvió al traje de Rinko. 

 

—¡Rinrin! —Ako corrió hacia la chica tratando de sacarla de la habitación—. No puedes estar aquí, ¡es de mala suerte ver al novio antes de la boda! 

 

El comentario tan inocente de la más joven, provocó una oleada de vergüenza en las otras dos chicas, e hizo reaccionar a Sayo. 

 

—¡Esto no es una boda de verdad, Udagawa-san! ¡Sólo estamos actuando!

 

—Aún así, es mejor no tentar al destino —Ako empujó a Rinko fuera de la habitación quitándole la oportunidad a Sayo de ver bien el traje occidental de novia que estaba usando su compañera. 

 

—Ako-chan, Hikawa-san tiene razón… —Rinko todavía luchó un poco, pero finalmente Ako logró cerrar la puerta y se recargo para no dejar que Rinko abriera nuevamente. 

 

—¡No, no! Esto tiene que ser perfecto —echó el seguro a la puerta y volvió a acercarse a Sayo que estaba un tanto incómoda con el traje y sentía que si caminaba terminaría cometiendo un error y arruinaría todo el esfuerzo—. Mi historial académico en Haneoka depende de esto. 

 

—¿Cómo es que caíste en las garras de Hina? —Sayo se cruzó de brazos poniendo mala cara y haciendo que el cosplay cobrará vida. 

 

—¡No es mi culpa que álgebra sea tan difícil! —se quejó con amargura—. Hina-san prometió intervenir por mí si le ayudaba con este photoshoot. ¡Por favor Sayo-san! —prácticamente se tiró a sus pies suplicando. 

 

—No puedo creer que me convencieras de hacer esto —Sayo se vio de nuevo en el espejo—. Todo se ve tan genial, pero aún así es demasiado vergonzoso. 

 

—Sayo, sé que te emociona aunque sea un poco. 

 

—Jamás voy a admitirlo. 

 

—Yo lo sé… 

 

Ako se rió y dando un último vistazo a su trabajo, levantó los pulgares y se dispusieron a salir del cuarto. 



El área afuera, parecía estar llena de bullicioso ruido a pesar de que no eran tantas personas. Quizás fuera porque Hina estaba allí dando órdenes y haciendo que todas las chicas del club de teatro y fotografía corrieran de un lado al otro siguiendo sin rechistar las indicaciones. 

 

Resultaba extraordinario ver esa faceta en la menor de las hermanas Hikawa. Hina no era una chica fácil y pocas cosas podían hacer que realmente se empleara a fondo para salirse con la suya. Lastimosamente, Sayo tenía que lidiar con esto cuando la hacia el blanco de sus delirios. 

 

Como todos los años, Haneoka organizaría un gran evento de artes, donde los clubes de esta rama se emplearían para mostrar todo su talento y dar una exhibición de sus proyectos. Dado que, en años anteriores las producciones habían ido a más, tomaron la costumbre de invitar chicas de otras escuelas para unirse a su evento. 

 

Como representantes de Hanasakigawa, Rinko y Sayo fueron quienes resultaron elegidas. Hay que decir que la elección fue algo sesgada en favor de ellas dos, después de que Hina hiciera algunos comentarios en el festival escolar acerca de lo bien que quedarían su hermana y Rinko como las protagonistas del mito del Dios que renunció a su estatus divino por una doncella mortal convirtiéndose en demonio cuando la perdió. 

 

Era una historia de amor oscuro, que rápidamente ganó adeptas y antes de que pudiera darse cuenta, Ako y todo Hanasakigawa le habían orillado a este momento. Sayo se sentía mal por Rinko y como había sido arrastrada a esto también. Pero a esas alturas, a un paso de colocarse en el centro de la atención, no podía echarse atrás. 

 

—Nerviosa~⭐ —detrás de Sayo la voz cantarina de Lisa la sacó de sus pensamientos y le regaló una tímida sonrisa. 

 

—Tanto como previo a un live —le contesto y saludo a Yukina que estaba junto a Lisa—. Minato-san. 

 

Yukina inclinó la cabeza como contestación mientras bebía de una pajita el contenido de un vaso. Lisa seguramente la estaba alimentando, como era su costumbre, aunque se le hacía extraño que lo hiciera con un líquido cuando Lisa prefería dar galletas o pequeños postres. 

 

—No te preocupes, por cierto te ves increíble —Lisa admiró a Sayo y aprobó el traje.

 

—Udagawa-san hizo un buen trabajo. 

 

—Se emociona bastante con estas cosas —Yukina comentó dejando de lado su bebida—. Asi deberia poner el empeño en aprender a leer partituras. 

 

—Yukina —la reprendió Lisa—, sólo hay que darle tiempo. 

 

Mientras estaban en su pequeña discusión alguien del staff del club de teatro le pidió a Sayo acercarse al escenario. Ante esto, Yukina aprovechó para ir a inspeccionar la escenografía dejando a Lisa y Sayo solas. 

 

—Lo harás bien~ —sonrió tomando la mano de Sayo que correspondió tímida. 

 

—Lamento que tengas que pasar por esto Imai-san —dijo como una disculpa—. Traté de que las cosas no fueran así. 

 

—¡Hey! Tranquila —apretó la mano—, yo entiendo, pero aun así, no seas demasiado cariñosa con Rinko o me pondré celosa. 

 

—¡Imai-san!

 

El rostro de Sayo se puso rojo y Lisa rompió a reír con más ganas. 

 

—¡Anda ve, mi Dios demonio! 

 

Lisa la empujó prácticamente para que se fuera y Sayo comenzó a caminar rumbo a donde estaban las chicas del staff. Seguía pensando que todo era una mala idea, tanto para ella como para Rinko y por supuesto Lisa. Los malentendidos podían darse fácilmente. 

 

Dentro de la idea de hacer este fotomontaje, Hina convenció a todos que era mucho más creíble si iban al templo donde había surgido la leyenda del Dios demonio y la doncella mortal. Era así que estaban montando todo su escenario en un viejo templo a las afueras de la ciudad, cerca de un pequeño pueblo de vieja historia. 

 

El sitio, aquel templo, había estado abandonado por mucho tiempo y no había sido sino recientemente que había vuelto a abrir las puertas al público en general. Aún así, requería mucho mantenimiento porque todavía existían zonas que estaban en malas condiciones. Como en la que se encontraban justo ahora, que seguía en trabajos de restauración. Algo había dicho Hina sobre tratar de hacerlo lo más natural posible, como si andar por allí con un traje tradicional de novio japonés siendo un demonio de mentiras fuera lo más natural del mundo. 

 

—Sayo-san —la joven vicepresidenta de Haneoka se acercó a ella a toda prisa y con algo de agitación mientras malabareaba una charola con vasos de papel que por el olor, deducía era café. 

 

—Hazawa-san, debes tener cuidado —la asistió ayudando a sostener la charola antes de que tropezara por su premura. 

 

—Lo lamento Sayo-san —dijo disculpándose por su torpeza—, ¿quieres beber algo? —Sayo vio los vasos y supo de dónde había salido la bebida de Yukina—. O tal vez no, podría arruinar el maquillaje. 

 

—Siento que estás más nerviosa que yo, Hazawa-san —dijo Sayo con una leve sonrisa de comprensión. 

 

—Yo… no… —la chica se sonrojó—. Es sólo que esto parece haberse salido de control. Hina-senpai tiende a hacer todo tan grande, a veces no dimensiono el alcance que pueden llegar a tener sus ideas. 

 

—Lo sé, ella no conoce un no por respuesta —mencionó con un pequeño suspiro—. Lamento que te arrastre a todo esto. 

 

—Oh, no, me alegro de que así sea. Hina-senpai hace que las cosas sean locas y divertidas y el trabajo así vale la pena. 

 

—Aunque digas eso, no dejes que Hina te explote demasiado, y si se pasa, siempre puedo llamarle la atención. 

 

Una pequeña risa la sacó de su regaño y Sayo vio con sorpresa a Tsugumi. 

 

—Sayo-san, si lo dices así con ese cosplay, realmente luces amenazante. Lindo, pero amenazante. 

 

De nueva cuenta los colores rojos aparecieron en el rostro de Sayo al darse cuenta de que en efecto, debía ser una visión particular y curiosa estando vestida como lo estaba. 

 

A lo lejos de aquella escena, Rinko miraba no queriendo hacerlo. Aunque sus ojos iban de Sayo a Tsugu y al suelo porque se sentía incómoda, no podía alejarse y tampoco acercarse a interrumpir. 

 

Como siempre, su densa y tonta compañera de banda y vicepresidenta del consejo estudiantil de Hanasakigawa, parecía pasar de ella para poner su atención en otras cosas. 

 

Rinko había estado nerviosa y asustada con todo este tema. Aunque en un principio la idea no fue de su agrado cuando Hina se lo propuso, poco a poco se entusiasmó al pensar que podría hacer esa puesta en escena si Sayo la acompañaba y la apoyaba. Secretamente quería ver a la guapa guitarrista de Roselia en un cosplay. 

 

Fue tanto su entusiasmo que ella misma había diseñado y confeccionado el traje que Sayo estaba usando en ese momento. La historia del Dios demonio y la doncella mortal, resultaba lo suficientemente romántica que no dudó en dejar salir sus sentimientos para plasmar el cariño que tenía por su compañera. Sólo que, como era usual, Sayo estaba mirando a alguien más. No la culpaba de ello, siendo honesta, pensaba que no tenía mucho que ofrecer siendo tan temerosa. Sabía que Sayo no la vería nunca como algo más que una compañera de escuela o de banda. 

 

—¡Rin-ko-chan~! —Hina llegó de sorpresa brincando sobre Rinko haciendo que la chica gritara del susto y todos a su alrededor se dieran cuenta de su presencia.

 

—Hina… chan… no… hagas… eso… 

 

—Es boppin ver tu expresión —dijo riéndose—. Además parecía que necesitas despejar toda esa energía no boppin. 

 

—¡Hina, no molestes a Shirokane-san! —una Sayo con el ceño fruncido se acercó a ellas al oír el grito de Rinko. 

 

—¡Wow! —Hina abrió la boca asombrada—. ¡Te ves genial! ¡Esto es super dupitiboppin! 

 

—¡Hina! —el rostro de Sayo se ensombreció con el rubor y olvidó su regaño inicial. 

 

—¿A que si Rinko? —Hina codeó a la chica que asintió tímida. 

 

Sayo entonces, miró con detenimiento a Rinko, ya que antes no había tenido la oportunidad de hacerlo adecuadamente puesto que Ako la sacó de la habitación donde estaba antes. 

 

Ahora sí, Sayo pudo admirar el traje de la chica. Era un vestido de novia, de aspecto occidental, aunque el tono era blanco, tenía algunos destellos azulados que se acentuaban más en los bordes y en el tocado de rosas azul pálido en su cabello. Un velo cubria su cabello que estaba recogido y sólo unos mechones negros enmarcaban su rostro y cuello, junto al flequillo sobre sus ojos. 

 

El aliento dejó el cuerpo de Sayo que se quedó sin aire al admirar lo hermosa que se veía Rinko. Su corazón se aceleró. Eso sólo reforzó la sensación de que estaba yendo por el camino equivocado. 

 

—Justo esa expresión es la que necesito para las fotografías —sacándola de su ensoñación, Hina interrumpió el momento—. ¡Mayaaaaa! —gritó para llamar la atención de la baterista de Pasupare–. ¡Vamos! 

 

Hina tomó la mano de Sayo y Rinko y las jaló para llevarlas hasta la explanada del templo antiguo y colocarlas en sus respectivas posiciones. La pequeña Hikawa hiperactiva, se alejó y comenzó a revisar que todo alrededor estuviera en su sitio. 

 

Maya saludó y antes de que pudiera platicar, Hina la interceptó y comenzaron a hablar sobre la sesión. 

 

Después de algunos minutos, las otras chicas que estaban ayudando con la iluminación, la escenografía montada y la que ya existía por la misma naturaleza del lugar, empezaron a correr. Detrás de ellas un par de personas, sacerdotisas del templo miraban toda la puesta en escena. 

 

—Colócate ahí. 

 

—Mira hacia allá. 

 

—Rinko-san puedes moverte hacia ese lado. 

 

Las indicaciones de Maya y los disparos de la cámara iniciaron la sesión. Las chicas del club de teatro, de fotografía y las invitadas del consejo estudiantil y las coladas, se arremolinaron para ver todo el proceso. 

 

Sayo y Rinko se veían algo incómodas siguiendo las órdenes y el movimiento no parecía fluir como se hubiera querido. Se sentía rígido y falto de emoción. 

 

—¡Alto, alto! —Hina cortó la acción—. Esto no está siendo boppin, hermana. 

 

—Sayo-san, Rinko-san, es necesario que entren en el papel —Maya coincidió con Hina—. De lo contrario las fotos se van a sentir antinaturales. 

 

Sayo se inclinó pidiendo disculpas mientras Rinko entraba en pánico, le resultaba extremadamente difícil hacer el papel de la doncella mortal teniendo a Sayo cerca. Era difícil tratar de contener su corazón latiendo desbocado cada vez que la otra chica la miraba o se acercaba demasiado a su espacio personal. Sentía que moriría en cualquier momento y no de forma figurativa. 

 

—¿Conocen ustedes la leyenda del Dios demonio y la princesa mortal? —Maya les preguntó, quería probar a meterlas en el papel. 

 

—No realmente, no había escuchado de esto antes —Sayo confesó apenada. 

 

—Yo… lo leí en un libro sobre mitología japonesa…. Pero no fue mucho... lo que explicaban…

 

—Bueno, no es muy común. De hecho no era muy popular antes, muchas personas comenzaron a interesarse cuando reabrieron este lugar el año pasado —Maya comenzó una explicación.

 

—¡Pero es boppin! —gritó Hina, pero la ignoraron, aunque detrás de ella las sacerdotisas del templo no lo hicieron. 

 

—Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, existía un Dios marcial muy fuerte, tanto, que otros dioses envidiaban su fuerza —una de las sacerdotisas intervino de pronto—. Él solía hacer sus tareas de protección a los fieles que rezaban en este templo y, en recompensa, le dejaban ofrendas de agradecimiento. 

 

La chica, de cabello corto y oscuro, con una mirada avellanada más pronunciada que el resto y de una altura un poco mayor al promedio era quien estaba contando la historia. 

 

—El Dios pasaba mucho tiempo entre los humanos mortales e hizo su hogar un pueblo cercano que ahora está abandonado —Sayo y Rinko prestaron atención a la sacerdotisa—. En dicho pueblo habitaba una hermosa doncella que tocaba música que al Dios le cautivó. Comenzó a pasar más y más tiempo cerca de ella y eso trajo consigo las miradas de los otros dioses y los humanos. 

 

—¡Se enamoró de la doncella! —Hina interrumpió el relato para llegar más rápido al punto. 

 

—Bueno sí, pero fue algo complejo —Maya se rascó la mejilla y la sacerdotisa le dio la razón—. La doncella era una fiel devota del Dios marcial a quien llevaba ofrendas al templo cuando él no estaba cerca, ella también estaba enamorada y aquello llamó la atención, pero no del Dios, sino de los enemigos de éste. 

 

—Entre los dioses —continuó la sacerdotisa—, estaba prohibido mantener relaciones con humanos. Las vidas humanas son efímeras y finitas, por lo que si un Dios quisiera amar a un humano por encima del resto y lo favorece por encima de los demás dándole algún don o extendiendo su vida, se consideraría un pecado. 

 

—Puedo entender eso —dijo Sayo—, pero algo me dice que de haber hecho caso, no tendríamos historia. 

 

—Para ser un Dios —siguió la sacerdotisa—, habiendo nacido humano, tienes que tener una vida ejemplar o realizar un acto que el Dios supremo considere para poder trascender, sin embargo si caes en desgracia, tu destino es caer en el inframundo.

 

—La gente puede ser mala, la envidia corrompe —dijo Hina haciendo un puchero. 

 

La sacerdotisa comenzó a caminar y les pidió seguirla. Sayo dio el paso a Rinko y junto con su hermana y Maya, acompañaron a la chica del templo hasta otro punto. Se adentraron en el bosque alrededor de la entrada del templo, atravesaron un camino de piedra musgosa con señales de ser bastante antiguo y poco transitado. Rinko batalló caminando por el suelo resbaloso y Sayo la sostuvo por la cintura cuando su sandalia se deslizó a causa del limoso verde. 

 

—¿Estás bien? 

 

Los ojos preocupados de Sayo la miraron y contemplarla así, con el traje del Dios demonio, con sus grandes cuernos, las escamas en su cuello y sus orejas puntiagudas, le quitó el aliento. Sayo parecía realmente un ser divino. 

 

Extendió su mano para palpar la rugosidad de los cuernos, y aunque parecían tan reales, al tacto podía saberse que eran falsos. Ako había hecho un gran trabajo. Se quedaron así por unos segundos hasta que llamaron la atención del resto por haberse detenido. 

 

Con la cara roja, ambas, reanudaron la caminata, esta vez con Sayo ayudando a Rinko a caminar por la piedra resbalosa, pero sin que su sonrojo bajara. La proximidad las tenía nerviosas. 

 

Llegaron hasta un santuario, varios metros adelante, el cual estaba techado y cubría unas estatuas de piedra además del altar de ofrendas. El cielo comenzó a nublarse durante su corta caminata y las nubes habían ocultado la luz del sol oscureciendo el ambiente. 

 

Al acercarse y mirar con más detenimiento, después de poner a salvo a Rinko, Sayo se dio cuenta que el monumento de piedra representaba una figura que había perdido buena parte de su forma y que, delante de ella, estaba otra estatua de piedra que había sido quebrada por la mitad y cuyos pedazos estaban esparcidos por el suelo. El techo y la estructura que cubría las estatuas no se veía tan viejo, aunque había sido hecho de la forma tradicional. No había luz eléctrica, sólo la tenue luz de unas velas en el altar. 

 

—La gente de los pueblos cercanos viendo la prosperidad del pueblo de la doncella denunciaron a los dioses el evidente favoritismo por encima del resto. Sin embargo los dioses no intervinieron y eso enojó más a la gente de los pueblos alrededor. 

 

—Eso fue muy malo y perverso —Hina volvió a interrumpir—, lo que hicieron. 

 

La sacerdotisa señaló la estatua destruida indicando el porqué de su estado. 

 

—Invadieron el pueblo de la doncella, la apresaron y la lapidaron después de maltratarla —suspiró con evidente tristeza—. Incluso en los años posteriores, el templo y las imágenes de ellos dos han sido vandalizadas y tratadas del mismo modo. 

 

—¡Eso es horrible! —Rinko se tapó la boca con asombro mirando los restos de piedra—. Sólo había leído… que había muerto… y fue llevada al inframundo…

 

—Cuando el dios marcial volvió buscándola, sólo encontró los restos del pueblo y su templo destruido. Estaba furioso y en su dolor, fue tras los perpetradores y los asesinó. Es por eso que cuando pidió al dios supremo y a sus hermanos dioses le permitieran llevar a la doncella al cielo. Ellos se negaron porque la doncella había descendido al inframundo para pagar los pecados del Dios. 

 

—Y esta es mi parte favorita —con entusiasmo Hina volvió a interrumpir—. El Dios bajó al inframundo a rescatarla aún en contra de los otros dioses, pero ella había sido maldecida y cuando volvieron a la tierra, ella se convirtió en piedra en este lugar. 

 

—Destrozado como estaba, el Dios renegó de su divinidad y asumió su poder como demonio cuando algunos dioses enviados por el Dios supremo bajaron al mundo para castigarlo. Él luchó contra ellos, pero no pudo evitar que destruyeran la piedra en la que la doncella se había convertido. Cegado en su furia, subió al cielo para acabar con los demás dioses que lo habían castigado así. 

 

—Creo que el Dios hizo mal —reflexionó Sayo, aun con la pena de que algo así haya sucedido realmente. 

 

—Tal vez, pero eso lo hace atractivo. Ir al inframundo y enfrentarte a los Dioses por tu amor. Eso lo ha vuelto popular —Hina dijo como si aquello fuera una hazaña. 

 

—Si —Maya mostró un amuleto del templo—, ahora es el Dios del amor prohibido, no correspondido o imposible. 

 

Sayo alzó las cejas. 

 

—Vaya —se llevó una mano a la barbilla—, sin embargo hay un problema con esa afirmación. Él no es un Dios, se convirtió en un demonio. 

 

Un estruendo en el cielo resonó con fuerza y todas las chicas gritaron. La tormenta que había nublado el cielo estaba arreciando su fuerza. 

 

Rinko se agarró con miedo de lo que tenía más cerca, que era Sayo, y bajó la cabeza cerrando los ojos con fuerza, tanto por el miedo como por la vergüenza al darse cuenta de que a quien estaba agarrando era Sayo. 

 

—¿Estás bien, Shirokane-san? —Sayo preguntó preocupada, ella también se había asustado y su corazón estaba latiendo con fuerza por ello, no por la cercanía de Rinko, o eso es lo que trataba de convencerse. 

 

—Si… creo… fue inesperado… 

 

La chica finalmente alzó la cara y Sayo se mordió la mejilla por la parte interna para no desfallecer con lo hermosa y vulnerable que se veía su compañera. Para distraerse y dejar de mirar esos ojos violetas, volteó a buscar al resto. 

 

Maya había brincado sobre Hina con el fuerte sonido y se aferraba a su hermana, mientras la sacerdotisa había ido al borde del templo para mirar el cielo. La tormenta parecía la antesala de una lucha en los cielos. 

 

—Si regresamos ahora, podremos llegar —comentó la sacerdotisa extendiendo su mano hacia afuera y algunas gotas de lluvia cayeron en su palma—, o quizás nos mojemos. 

 

—¡El equipo! —Maya gritó y salió corriendo para volver al escenario inicial sin detenerse por las demás. 

 

—¡Espera! 

 

Hina fue tras ella y sólo quedaron Rinko, Sayo y la sacerdotisa. Otro relámpago encendió el cielo y el viento apagó las velas de la ofrenda del santuario. Un escalofrío recorrió a Sayo. 

 

La sacerdotisa estaba frente a ellas, pero su rostro se había oscurecido al igual que el ambiente. Sayo alcanzó a reaccionar cuando un brilló reflejó un relámpago del cielo y se interpuso recibiendo un corte en su brazo. 

 

—¡¿Qué le sucede?! —gritó asustada protegiendo a Rinko contra su cuerpo con el otro brazo. 

 

—¡Hikawa-san! ¡Estás sangrando! —un copioso rastro de sangre había manchado el suelo y la estatua detrás de ella. 

 

—¡Está predicho el regreso del Dios demonio! —levantó la voz con fuerza y unas sombras aparecieron alrededor de ellas dos—. Debemos traerlo de vuelta. 

 

—¡¿Qué?! 

 

Antes de poder hacer otra cosa, Sayo recibió un golpe en la cabeza y perdió el conocimiento. 

 

—¡Hi… Hikawa-san, Hikawa-san! —Rinko frenética intentó despertar a Sayo, pero sólo se manchó las manos de sangre—. ¡¿Por qué hiciste esto?! ¡¿Por qué?! —le gritó a la sacerdotisa que todavía mantenía el cuchillo en su mano. 

 

Las lágrimas de desesperación y el miedo por la chica acercándose a ella la dejaron inmóvil. La sacerdotisa agarró el brazo de Rinko y la jaló para acercarla a las estatuas. Aunque se resistió, otra de las sombras que habían aparecido la sujeto y la arrastró hasta donde la sacerdotisa indicó. 

 

Colocando sus brazos y sus manos encima de la estatua de piedra rota, la sacerdotisa comenzó a hablar en una lengua antigua. Quizás un japonés muy viejo del que no distinguía las palabras. 

 

Al mismo tiempo que sucedía eso, otras sombras habían tomado a Sayo y la estaban encadenando a la estatua del Dios demonio. Los brazos abiertos de Sayo rodeaban la parte superior de la imagen de piedra. 

 

Los ojos de la sacerdotisa habían cambiado, eran como dos brazas ardientes que llameaban presas de un poder demoníaco que asustó todavía más a Rinko. Sus manos estaban amoratadas por la presión ejercida por las sombras que la mantenían sometida. 

 

El cuchillo cubierto de la sangre de Sayo, trazó un surco sobre sus antebrazos dibujando unas escarificaciones que comenzaron a sangrar copiosamente cuando se acercaron a sus muñecas y el líquido rojo baño la piedra. 

 

Rinko lloró, no solo por el dolor, sino por el miedo y el terror cuando la sacerdotisa se llenó las manos con su sangre y fue hacía Sayo para hacer las mismas heridas que le había hecho a ella. 

 

Los brazos de Sayo se llenaron de sangre y líneas corrían hacía la piedra que parecía absorber la sustancia. Las oraciones de la sacerdotisa no habían cesado, pero los sentidos de Rinko se sentían desorientados. Estaba débil, mareada. 

 

Apenas pudo ver como la sacerdotisa metia sus dedos manchados con la sangre de Rinko en la boca de Sayo y tomando la sangre de ésta, fue con Rinko para que ella también la probara. 

 

—¡Está hecho! 

 

Dijo finalmente con la tormenta y los rayos cayendo cerca. Rinko estaba rebasada por todas las emociones y se desmayó. 



-o-

 

El sonido del agua corriendo aunque relajante, lo sintió inusual. ¿Por qué estaba escuchando la caída del agua? ¿Acaso había una cascada cerca? Sintió su cuerpo adormecido y sus párpados se negaban a abrirse, pero se obligó a hacerlo. 

 

La luz del sol encandiló sus ojos violeta y tardó en acostumbrarse a los rayos cálidos del sol. Su piel sintió cosquillas y al incorporarse ligeramente se dio cuenta de que estaba sobre una espesa alfombra de pasto. A su alrededor había grandes árboles y cerca un río pasaba después de descender de algunas rocas altas en un desnivel. Ese era el sonido del agua, la pequeña cascada que caía en una poza y seguía su curso más allá. 

 

Un dolor punzante en su cabeza la golpeó y al levantar sus brazos para tallarse la sien, vio sangre seca sobre sus manos, siguiendo la línea hasta sus brazos, se dio cuenta de que su cuerpo también tenía esas manchas de sangre y se asustó. 

 

Como un aluvión, cayeron sobre ella los sucesos que habían provocado esas heridas. El dolor de cabeza se hizo más intenso, tanto que no logró recordar mucho después de que la sacerdotisa la lastimara. Volteó a mirar a todos lados, desesperada, buscando el rastro de Sayo, pero estaba sola. 

 

Unas aves se escucharon a lo lejos y algunos otros ruidos selváticos que no comprendía. Estaba desorientada, asustada y su cuerpo apenas respondía. Con dificultad se levantó y se acercó a la orilla del riachuelo hacia la poza de la cascada y mojando sus manos empezó a quitar los restos de sangre con frenesí. Quería deshacerse de esa sensación sobre su piel y de esas manchas horribles. Sólo que, al ver su reflejo en el agua, también notó que su boca estaba manchada con sangre. Fue entonces consciente del sabor terroso y ferroso en su lengua. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin entender qué estaba pasando. 

 

—Esperaba volver antes de que despertaras. 

 

Escuchó una voz conocida y se giró esperando encontrar a Sayo, y aunque lo hizo, algo no estaba bien en esa imagen. Se quedó inmóvil, sorprendida y confundida. 

 

—Déjame ayudarte. 

 

Ella se hizo hacia atrás cuando Sayo intentó acercarse y perdiendo el suelo, cayó dentro de la poza de agua sumergiéndose por completo. 

 

Escuchó un golpe amortiguado por el agua y una figura ir hacia ella y jalarla a la superficie a pesar de que luchó por separarse. Se estaba quedando sin aire en sus pulmones y el agua estaba entrando por su boca. La figura usó su fuerza para dominarla y la llevó a la superficie donde pudo volver a respirar aire. 

 

—¿Hi… Hikawa-san? 

 

Dijo todavía luchando, pero no se sintió amenazada y poco a poco dejó de resistirse. Se retiró el agua de los ojos y miró a la persona delante de ella. Si fuera Sayo, las prótesis de los cuernos y las orejas no habrían resistido el agua. Ako era muy buena, pero esto estaba fuera de su habilidad. 

 

Asombrada se acercó llevando una de sus manos hacia los cuernos sobre la cabeza de Sayo o lo que fuera que tenía la imagen de Sayo. 

 

Eran los mismos ojos verde esmeralda enmarcados con esas pestañas y cejas características de su compañera de banda, su cabello azulado estaba ligeramente oscuro por el agua que lo había humedecido. Sus rasgos faciales eran idénticos, no es que ella los conociera a fondo, pero se había tomado su tiempo para contemplarlos mientras trabajaban juntas en el consejo estudiantil. 

 

Aún así, había algo que no encajaba. Los cuernos estaban fijos, sus dedos los habían delineado y ahora recorrían la base buscando la unión falsa, pero era como si nacieran desde su piel. Cuando Sayo sonrió, los colmillos quedaron al descubierto y no, no eran falsos. Aún así algo no estaba bien. 

 

—No eres Hikawa-san… 

 

—Ciertamente no —habló con la voz de Sayo y Rinko contuvo un grito con una de sus manos—, en este momento estoy en la transición entre el mundo espiritual donde he sido encerrada y el mundo mortal, en el cuerpo de esta persona. 

 

Jaló a Rinko a la orilla y salieron del agua. Sus ropas estaban empapadas. 

 

—¿Quién eres? —preguntó dejándose llevar de la mano hasta que sus piernas no pudieron más y se derrumbó sobre el abundante pasto. 

 

—Soy la persona que amas —dijo cuando se inclinó sobre Rinko para ayudarla y volvió a sonreír como si fuera la cosa más dulce y hermosa que Rinko jamás hubiera visto y el brillo de sus dientes perfectos reflejando la luz del sol la cegó. 

 

Rinko cerró los ojos. 




Al abrirlos de nuevo no había más bosque o río, sólo el color blanco y el verde pálido. El olor penetrante del desinfectante le hizo arrugar la nariz, pero al querer llevar su mano a ella se percató de que algo la retenía. Fue entonces que notó a su amiga, Ako estaba durmiendo a su lado sosteniendo su mano. 

 

También se dio cuenta de los vendajes que cubrían sus brazos casi por completo y de la aguja y el tubo de látex que salía hasta una bolsa con un líquido transparente sobre su cabeza. La habían canalizado con algún suero o medicamento. 

 

—Ako-chan… —movió a su amiga para que despertara—. Ako-chan… 

 

—¿Rinrin? —la chica abrió los ojos, eran evidentes las ojeras bajo estos y el cansancio en su rostro, pero aún así, al ver a su más entrañable amiga gritó de alegría—. ¡Rinrin! ¡Estás bien! ¿Estás bien?

 

—Si… creo que sí… —la consternación de la niña era evidente así que mintió un poco, todavía no estaba consciente del todo sobre su cuerpo. 

 

—¡Oh Rinrin! Estaba tan preocupada. Cuando las encontramos… todo fue tan terrible… parecía la escena de una película de terror. Ako-chan temió lo peor. 

 

La puerta se abrió y por ella entró otra de sus compañeras de banda, Yukina. Que estaba en el pasillo, pero al oír el grito de Ako fue a ver que sucedía. 

 

—¿Hi… Hikawa-san? —preguntó con cierto temor y con desesperación en sus ojos. 

 

—Sayo está… bien —dijo no muy convencida—, Lisa está con ella, igual que Hina. 

 

El dolor de cabeza le martilleó la sien y aunque quería preguntar más, no se sintió apta para continuar. Yukina se dio cuenta.

 

—Será mejor dejarla descansar —hizo la sugerencia—. Vamos Ako, busquemos a la enfermera para que puedan evaluar a Rinko. 

 

La niña no quería, pero no tuvo más remedio al ver que Rinko estaba muy cansada. El rostro demacrado y las heridas en su cuerpo le daban una imagen muy débil y delicada, pero al menos agradeció que ya hubiera despertado. 

 

Yukina habló con alguien y un par de enfermeras entraron en la habitación. 

Chapter Text

La verdad, que no le dijeron en ese momento, era que aunque Sayo estaba bien físicamente, la chica no había recobrado la conciencia todavía. Lisa había permanecido con ella todo el tiempo, al igual que Hina. Ella quería ir a verla, pero la policía había requerido todo su tiempo y aunque intentó explicar lo mejor que pudo que fue lo que pasó, dudaba que los oficiales realmente hubieran creído todo lo que les dijo. 

 

Ellos solo escucharon asintiendo y anotando, pero no le prestaron atención real. Los médicos le dieron el alta pronto y su madre la había llevado a casa. No le permitieron ver a Sayo. Era como si deliberadamente evitaran que se encontraran. 

 

La visión que había tenido poco antes de despertar seguía manteniéndola confusa e inquieta. No entendía qué significaba. Ni tampoco entendía porque aquella chica las había atacado. Por lo que Ako le había contado, cuando Hina y Maya volvieron a buscarlas se encontraron con toda la escena. Sayo colgada encima de la estatua con la sangre corriendo por su cuerpo hasta el suelo formando un charco con el goteo incesante, a ella desangrándose sobre la roca partida y la sacerdotisa arrodillada entre ellas con el cuchillo encajado en sus entrañas. Como si ofreciera su vida en ese ritual demoníaco. 

 

Sólo pensarlo le producía escalofríos. Apenas había podido dormir después de despertar en ese hospital. Los médicos le habían recetado un montón de medicamentos, ansiolíticos y sedantes, pero se negaba a tomar estos últimos. Tenía miedo de cerrar los ojos y volver a experimentar lo sucedido en el templo, pero estar despierta la inquietaba al punto de que sus manos temblaban cuando alguien se acercaba o escuchaba algún ruido a su alrededor. 

 

Su madre la había obligado a tomarlos ayudada por las enfermeras que inyectaron el medicamento en su suero aun en contra de su voluntad. Al estar en ese estado aletargado y con sus heridas curándose rápidamente, los médicos no vieron razón para retenerla. Sin previo aviso, su madre la sacó del hospital a toda prisa, como si presintiera algo malo. 

 

La ropa que había usado el día del ataque, su madre se encargó de deshacerse de ella, aunque después supo que Ako fue quien la conservó prometiendo limpiarla y repararla. Sin embargo ella no quería volver a verla. 

 

En casa las cosas no mejoraron. Permaneció en cama, encerrada en su cuarto, oyendo a lo lejos llamadas de su madre con la voz alterada, movimientos inusuales de muebles arrastrándose y después todo eso cesó de golpe. 

 

El efecto de los calmantes fue remitiendo saliendo de ese estado nulo de consciencia y fue capaz de distinguir su entorno. Se levantó de la cama, salió de su habitación y todo afuera parecía estar tranquilo. Su madre no estaba en la casa, seguramente su padre seguía de viaje, y siendo hija única, no habría más personas cerca. 

 

Caminó por el pasillo con pasos vacilantes, su cuerpo se sentía débil, cansado, pero se las arregló para bajar a la estancia e ir a la sala y después a la cocina. Notó unas maletas cerca de la puerta de salida, estaban ahí en espera, pero sin nadie además de ella en la casa, no entendía porqué estaban ahí. 

 

Sus oídos zumbaban, había un ruido molesto que estaba taladrando sus sienes. Se encogió arrodillándose tratando de cubrir sus orejas, pero eso no impedía que el zumbido entrara directo a su cerebro. Quería pararlo, detenerlo o se volvería loca. Busco a tientas, sus ojos llorosos por el dolor apenas le dejaban ver algo. Llegó a rastras a la sala de estar y fue hasta el teléfono de la casa. 

 

El zumbido venía directo de allí y era cada vez más fuerte. La bocina estaba en el suelo, como si la llamada hubiera sido interrumpida y el pitido producto de la llamada cortada era lo que estaba produciendo ese dolor. 

 

Apretó el botón de encendido y apagado y el teléfono dejó de hacer aquel espantoso ruido. Respiró de alivio, pero no duró mucho tiempo. 

 

Sintió algo húmedo, su mano estaba mojada. 

 

Tiró al suelo el teléfono cuando se percató que estaba cubierto de sangre. Su mano tenía ahora sangre pegajosa y espesa. Las arcadas del vómito aparecieron y apenas pudo correr al lavabo de la cocina y vomitar ahí y retirar la sangre con el chorro de agua del grifo. 

 

Se restregó los dedos con desesperación repitiendose una y otra vez:

 

—¡Esto no es real! ¡Esto no es real! 

 

Pero la sangre diluida sobre el fregadero le decía que lo era, muy real. Sus manos temblaron, tenía que tomar el medicamento, trató de pensar racional, eso era un ataque de pánico. 

 

Subió a su cuarto buscando entre los cajones y en la mesa al lado de su cama los frascos con pastillas que le habían recetado. Estaba tan nerviosa que, cuando al fin encontró uno de los frascos, todo su contenido cayó al suelo. 

 

Una risa a sus espaldas la asustó y el frasco también se escapó de sus manos. 

 

—¡¿Quién está ahí?! 

 

El miedo se filtró en sus palabras, pero no había nadie. Tomó un par de pastillas del suelo y así, de un sólo paso, las tragó con desesperación. 

 

Tenía que salir de ahí. 

 

Agarrando un abrigo para cubrirse del fresco de la tarde, dejó su casa a pasos rápidos. 

 

 

 

—Imai-san —llamó a la chica abordandola cuando se topó con ella en el estacionamiento del hospital, cerca de la puerta de entrada. 

 

—¿Rinko? —la castaña la miró abriendo los ojos sorprendida de verla—, ¿qué haces aquí? Deberías estar descansando. 

 

—Yo… quería saber cómo está Hikawa-san… 

 

El nerviosismo era evidente, Lisa se dio cuenta del temblor de sus manos y su aspecto desordenado, así que trato de calmarla. 

 

—Ella sigue durmiendo, pero está bien. 

 

—¡¿Está sola?! ¡¿Alguien está con ella?! 

 

—Hina y su mamá están cuidandola, yo salí un momento para comprar algo… ¿Estás bien, Rinko? Pareces alterada. 

 

—Yo… sí… —se retrajo, estaba actuando de manera irracional—. Sólo estoy preocupada… no he podido verla… 

 

—Eso es lo que te tiene inquieta —dijo asumiendo que esa era la explicación y Rinko asintió—. Bueno, podemos ir, las visitas no están restringidas. 

 

—Gracias Imai-san… 

 

Ambas caminaron de vuelta al edificio, pero se sentía la incomodidad en Lisa por lo que Rinko pudo percibir. El temblor en su cuerpo no se había ido del todo y esa sensación de que algo estaba detrás de ella no la había dejado. 

 

—Yo… lo lamento… Imai-san… 

 

Rinko se detuvo de repente inclinándose en una disculpa. Ella sentía que debía hacerlo antes de que cualquier otra cosa sucediera. Lisa avergonzada la hizo levantarse con una risita nerviosa por el gesto inesperado. 

 

—Rinko, no tienes que hacer eso, no es tu culpa —agarró a Rinko de los hombros—. Fueron esas personas locas. 

 

—Imai-san, no pude hacer nada… yo… sólo me congele… no pude ayudarla...

 

—Rinko —apretó su agarre—, eran más que tú, no había nada que pudieras hacer si también estabas herida. Al menos no pasó algo peor. 

 

—Pero… Hikawa-san… ella… —insistió con lágrimas saliendo de sus ojos. 

 

—Los médicos dicen que quizás es sólo el trauma de lo sucedido, su cuerpo está sanando y físicamente todo está bien —suspiró—, así que tranquila, sólo es cuestión de tiempo para que despierte como sucedió contigo. 

 

—Yo… yo… 

 

—Venga, tranquila. 

 

Lisa la abrazó para darle consuelo y Rinko se aferró a ella por unos momentos dejando salir el estrés que estaba cargando. La chica sólo acarició sus cabellos negros y la dejó llorar hasta que los hipidos fueron disminuyendo. 

 

Cuando Rinko se calmó, Lisa sacó un pañuelo de la bolsa de su pantalón y se lo dio para que limpiara su rostro. No intercambiaron más palabras por el momento, simplemente caminaron dentro del edificio. 

 

Llegaron al elevador y Lisa presionó el botón para ir al piso que deseaba. El silencio todavía permaneció por unos segundos. 

 

—Yo sé que ustedes dos…

 

Lisa se sonrojó cuando Rinko habló de pronto dando esa implicación. 

 

—¿Sayo te lo dijo? 

 

—En realidad, lo deduje —bajó la mirada estrujando la tela de su falda—. Ella se expresa de ti de un modo especial, además de cómo te ve. No fue muy difícil saberlo por como estás sufriendo. 

 

—Veo —Lisa carraspeo apenada—. A ti te gusta también, ¿cierto? 

 

Rinko entró en nerviosismo, tartamudeando y balbuceando sin saber qué responder. 

 

—No estoy reclamando nada —Lisa dijo levantando las manos para calmar a su compañera—. Esa tonta y torpe idiota no ve lo mucho que atrae a las personas. Siendo sincera, si no me hubiera atrevido a confesar mis sentimientos, nunca hubiéramos avanzado. 

 

—Aún así… yo… 

 

El timbre del elevador anunció que habían llegado al destino y al abrirse la puerta las saludó un rostro conocido. 

 

—¡Rinko-chan! —Hina saltó con alegría sobre la chica—. ¡Viniste a ver a mi hermana! ¡Ve, ve! Mamá se quedó en el cuarto y yo salí porque tenía hambre —se giró a ver a Lisa—. Acompáñame Lisa-chi. 

 

Prácticamente empujó a Rinko fuera del elevador y mantuvo a Lisa dentro después de presionar el botón para cerrar las puertas. 

 

 

 

Atónita vio cerrarse las puertas del elevador y hasta que cerraron por completo salió de su estupor. Todo pasó muy rápido. Pero justo ahora la necesidad de ver a Sayo fue mayor que el pesar que traía a rastras. Camino hasta la habitación como si supiera cual era y tocó para anunciar su entrada. 

 

Una mujer mayor de cabello azulado la recibió y la saludó, era la madre de Sayo y Hina. 

 

—Buenas noches —se inclinó respetuosa. 

 

—Shirokane-san, buenas noches —contestó amable la mujer mayor—. Vienes a visitar a mi hija —su voz cambió de súbito a una atemorizada o eso le pareció a ella—, las dejaré a solas.

 

Con prisa, la madre de Sayo tomó su sueter del perchero y se apresuró a dejar la habitación usando una excusa. 

 

—Aprovecharé para tomar un poco de aire. 

 

Rinko asintió nerviosa contagiada por el temor de la mujer mayor que se detuvo justo antes de salir. 

 

—Mi hija estaría molesta, aunque feliz, de ver que todos sus amigos se preocupan por ella —sonrió en un gesto extraño—. La dejo a tu cuidado… por favor, tráela de regreso. 

 

El semblante cansado y temeroso de la señora, le hizo saber que había estado al pendiente de su hija y que estaba preocupada por no recuperarla y se sintió culpable por no haber podido venir antes. Si ella podía hacer algo, tenía que intentarlo. Aunque no sabía qué. 

 

La puerta se cerró.

 

El sonido tranquilo de la respiración de Sayo la atrajo y fue hasta la cama donde la encontró. Había un gran vendaje cubriendo sus brazos, pero además de eso, no había ninguna otra señal de heridas. 

 

—Hikawa-san… 

 

Pronunció el nombre sin recibir ninguna reacción. Su compañera seguía con los ojos cerrados. Se atrevió, con sus mejillas rojas, a extender la mano y tocar con vacilación la punta de los dedos de la chica, que era lo único que estaba sin vendajes. 

 

Su mano estaba caliente, como siempre creyó, Sayo era una persona cálida a pesar de siempre aparentar un frío exterior. 

 

—Espero puedas despertar pronto… 

 

Se inclinó llevando la mano de Sayo a su propia mejilla y de esa manera, encontrar el consuelo que estaba buscando. 

 

 

 

—Hina no puedo creer que me arrastraras lejos para buscar comida sin llevar dinero —Lisa regañó a la chica. 

 

—Tú habías ido antes a comprar. 

 

—Sí y volví porque olvidé mi cartera. 

 

—Entonces no soy la única a la que le sucede —hizo un puchero que Lisa ignoró, ella estaba más preocupada (o celosa) por Rinko estando a solas con Sayo. 

 

Salieron del elevador todavía discutiendo cuando escucharon un grito. Hina y Lisa corrieron hacia la fuente y encontraron a la madre de las gemelas inconsciente en el suelo. 

 

—¡Mamá! —Hina se hincó agitando a su madre que no reaccionó.

 

Algo la había atacado. Lisa alcanzó a ver una sombra correr por el pasillo perdiéndose en el fondo. 

 

—Sayo… 

 

Un fuerte ruido proveniente de la habitación de Sayo alertó a Hina y puso en movimiento a Lisa. Al ver que la puerta del cuarto delante de ella estaba abierta, su corazón se contrajo. Sin esperar más, sus piernas corrieron con rapidez para entrar en el cuarto de Sayo. 

 

Como si fuera una cámara lenta sus ojos y su cuerpo en general se movieron una vez estuvo dentro. Una mujer estaba en el suelo sangrando copiosamente del estómago mientras otra de pie junto a ella levantaba un arma para disparar. 

 

Escuchó el primer disparo y su única reacción fue ir y empujar a la mujer con el arma y hacer que el segundo y tercer disparo salieran en otras direcciones, ya que en la primera detonación había disparado hacia donde estaba Sayo postrada en la cama. 

 

A su izquierda el ruido y el viento generado por un aleteo la hizo cubrirse, pero después escuchó el estruendo de los vidrios de la ventana rompiéndose en pedazos y al mirar sus ojos no dieron crédito a lo que había delante de ella. 

 

Sayo desplegando unas alas de piel escamosa oscura, con unos enormes cuernos sobre su cabeza y cargando a Rinko inconsciente entre sus brazos, estaba por saltar del piso del edificio. 

 

De nueva cuenta la mujer con el arma disparó, pero las balas rebotaron en las escamas de la ala y con otro aleteo, que produjo una fuerte ráfaga de viento, obstaculizó a la mujer y Sayo brincó por fin permitiendo que sus alas hicieran el trabajo de llevarla hacia el cielo en lugar del suelo. 

 

Más disparos siguieron y fue cuando Hina entró en la habitación. 

 

La mujer con el arma fue por su compañera que se levantó con dificultad sosteniendo su herida que seguía sangrando y ambas buscaron salir del lugar, sólo que Hina les tapo el paso.

 

—No puedo seguir. 

 

La mujer herida volvió a caer antes de que su compañera pudiera hacer algo por ella. Fue en fracción de segundos que tomó la decisión de deshacerse del problema, le apuntó directo a la cabeza y disparó volandole los sesos que se esparcieron por la pared y salpicaron a Lisa que estaba a su lado. 

 

Lisa se quedó congelada. 

 

Un grito estaba atorado en su garganta y sus ojos no podían creer lo que estaba sucediendo delante de ella. Su cara, su cabello, su ropa tenía pedazos de esa materia pulposa que olía a algo que no podía describir. 

 

Recargando la pistola, la mujer apuntó su arma a Hina sin ningún remordimiento y estaba por jalar el gatillo, cuando Lisa se interpuso empujando el brazo haciendo que la bala impactara la pared y no a Hina. Enojada, la mujer golpeó con la culata a Lisa justo en la cara y la empujó sobre Hina que tuvo que lidiar con el peso de Lisa yendo ambas al suelo.

 

La mujer escapó antes de que alguien más apareciera en el lugar. 

 

 

 

Rinko despertó sobresaltada mirando a su alrededor. Parecía que últimamente este estado era común para ella. Estaba recostada en el suelo, más bien era un piso de concreto y el aire frío de la noche agitó su cabello y la hizo temblar por lo helado que era. Una respiración pesada llamó su atención y al mirar más detenidamente, pudo notar que había algo, alguien, en las sombras. 

 

—¿Hi… Hikawa-san? —le habló, su corazón estaba acelerado.

 

Esperó algunos segundos y el resoplido le indicó que había sido escuchada, pero no hubo ningún movimiento. Todo estaba prácticamente a oscuras, sólo la luz de la luna daba una tenue iluminación. Tardó en acostumbrarse, pero al fin sus ojos pudieron distinguir los contrastes entre la oscuridad. 

 

—Hikawa-san… 

 

Volvió a llamarla y esta vez la figura escondida en las sombras se movió para que pudiera ver su rostro. Tuvo que taparse la boca cuando una luz azul le dejó ver a la otra. 

 

El cabello sudoroso y desordenado de Sayo caía sobre su cara como una cortina pesada que cubría la mitad de su cara. Sobre su cabeza se encontraban esos cuernos que había tocado en sus sueños y un fuego helado, una llama azul, emanaba de su boca y nariz, iluminando su rostro de una forma siniestra. Parecía un dragón herido y cansado. 

 

En lugar de retroceder, Rinko se vio fascinada por la imagen. Era como si el cosplay que Ako había hecho para Sayo hubiera cobrado vida. Los detalles que su amiga había ideado y plasmado sobre la chica, pasmosamente eran reales, incluso había cosas nuevas. 

 

Extendió su mano tentativamente y Sayo se inclinó para dejar que Rinko tocara su cabello y recorriera el contorno de su rostro hasta sus cuernos. 

 

Se sentían rugosos, duros, pero para su sorpresa no estaban fríos. La punta de sus dedos podía sentir una cierta calidez, quizás del fuego que desprendía de la boca. 

 

Ahogó un grito cuando las alas oscuras de Sayo la rodearon y la acercaron más hasta estar entre los brazos de la chica. Fue una sensación extraña. Como estar cerca de una chimenea ardiente y cálida en un frío día de invierno. 

 

Sayo hundió su cara en el cuello de Rinko y uno de los cuernos jalo ligeramente su cabello, pero lo ignoró por la sensación de hormigueo que le produjo la respiración caliente sobre su piel. 

 

Debía tener miedo, en cierta forma era así, pero no lo sentía por Sayo, sino por algo más. No podía saber qué, pero en el fondo, sólo quería estar más cerca. Era una atracción poderosa de la que no quería escapar a pesar del terror en su interior a lo desconocido. 

 

—Te he buscado por tanto tiempo —pronunció con una voz más profunda de la que conocía de su compañera—. Por fin pude salir de mi prisión. 

 

El roce de los labios de Sayo sobre su cuello envió una descarga eléctrica por su cuerpo y no pudo evitar gemir. Se tapó la boca de inmediato, pero el daño estaba hecho. Eso incentivo más a Sayo, o más bien, a lo que parecía ser Sayo. 

 

Las manos de la chica recorrieron su espalda buscando meterse debajo de su ropa. Rinko se mordió un labio, quería continuar, algo dentro de ella le pedía seguir, pero su mente aún estaba funcionando. 

 

—No… espera… —dijo en un susurro muy leve. 

 

Las manos se detuvieron y Rinko pudo hacer algo de espacio entre ellas. Sus ojos se cruzaron y pudo apreciar mejor las llamas danzando en el iris verde azul. Quien quiera que fuera, esta persona no era Sayo. 

 

—Tú… tú no eres Hikawa-san… 

 

—No —contestó sin mostrar vacilación—, ella está… en otro lugar. 

 

—¿Qué le pasó? ¿Dónde está? —se revolvió inquieta. 

 

—Esa persona está bien —habló con calma—, sólo hemos intercambiado lugares.

 

—¿Dónde? 

 

—¿Recuerdas el sitio donde nos vimos antes? —Rinko asintió, era aquel lugar junto al río—. Mientras esté aquí, ella estará a salvo allá. 

 

—¿Por qué? ¿Por qué haces esto… a Hikawa-san? 

 

—No he sido yo quien la ha elegido, fuiste tú. 

 

—¿Yo? —la miró confundida. 

 

—Tu amor no permitido —explicó—, aunque eso no fue lo único, ella lo aceptó. Si no me hubiera permitido hacer la transición, ambas habrían muerto —un rictus de dolor atravesó su rostro y apartó a Rinko antes de que la sangre que salió de su boca la manchara.

 

—¡¿Hikawa-san?! —alarmada Rinko vio la sangre azul sobre la mano de Sayo. 

 

—Todavía estoy débil —dijo con esfuerzo—. Lograron herirme, necesito descansar y recuperarme —tosió salpicando nuevas gotas de sangre. 

 

—¿En que puedo ayudar? —preguntó angustiada y sacó un pañuelo que llevaba en su bolsa, era el pañuelo que Lisa le había dado antes, y con él limpió la sangre de la mano y el rostro de Sayo

 

Un profundo suspiro seguido de unas bolas de humo que salieron de su boca y nariz cortaron la tos y la sangre. 

 

—Necesito recobrar energías —volvió a estrecharla entre sus brazos—, contigo… —le dijo al oído. 

 

—¿Qué tengo que hacer? 

 

—Sé mía, o ella morirá. 

 

Rinko aceptó moviendo la cabeza. No podía dejar que siguiera sufriendo si estaba en sus manos evitarlo.

 

Se separaron apenas un poco y Sayo, o más bien el Dios demonio, sujetó el rostro de Rinko entre sus manos y la acercó para poner sus labios sobre los de ella. Rinko cerró los ojos permitiéndole el contacto con una lágrima escurriendo por su mejilla. 

 

Había soñado tantas veces con esto. Su primer beso, no sólo eso, su primer beso con Sayo. 

 

Sin embargo, el sueño distaba mucho de la realidad. Aunque el contacto había sido lento y cauteloso al inicio, pronto fue más agresivo y doloroso. Su pecho ardía, no por la falta de aire. Era como si el fuego estuviera quemando por dentro. El dolor fue subiendo más y más lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, pero no podía separarse. Era como si una fuerza mayor la mantuviera allí. 

 

Poco a poco el dolor comenzó a bajar y una sensación de alivio calmó su pecho. El beso, si podía llamarse así, fue deteniéndose y finalmente pudo abrir los ojos. 

 

—¿Shi… Shirokane-san? 

 

Rinko miró con asombro a Sayo frente a ella. Los cuernos se habían ido, el fuego, las alas, todo aquello que la había hecho ver como un demonio no estaba ya. Sólo era Sayo con el pijama del hospital y su rostro enrojecido y sus labios brillantes por la saliva del beso que acababan de compartir. 

 

—¡Hi… Hikawa-san! 

 

Se cubrió el rostro al darse cuenta de que realmente había besado a Sayo. 

 

Sayo estaba sin palabras, abriendo la boca y volviéndola a cerrar. Ambas estaban nerviosas, la incomodidad estaba entre ellas. 

 

—Shirokane-san… —pronunció por fin después de varios segundos—, ¿por qué estábamos… humm… besándonos? 

 

Rinko se aferró a mantener sus manos aislando su cara deseando que la tierra la tragara. 

 

—¿Shirokane-san? —insistió. 

 

—Di… dijo que… era para sanarse… —habló apenas entendible. 

 

—Veo —Sayo pasó saliva, sus labios todavía se sentían sensibles—, creo que estoy bien. 

 

Se tocó el costado donde un agujero y sangre sobre su pijama le indicaban que había recibido un disparo, pero su cuerpo, su piel, no tenían ningún daño. 

 

—Gracias, Shirokane-san… 

 

—Hmm… mmm… —fue lo único que pudo decir, su mirada estaba clavada en el suelo y sus manos temblorosas jalaban sus dedos y arrugaban el pañuelo con esa mancha azul—, no tienes porque agradecer… 

 

Sayo iba a interpelar, pero el ruido de un celular la interrumpió. Rinko nerviosamente buscó entre las bolsas de su falda y sacó el aparato. Su celular sonaba con una melodía de NFO, Sayo la conocía porque había jugado ese juego con Rinko y Ako. 

 

—¿Di-diga? —habló torpe, los nervios seguían estando a flor de piel—. ¡Hina-chan! 

 

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Una hora más tarde, Hina, Lisa y una comitiva de policías arribaron al punto donde estaban. Las pocas señales de referencia que había dado Rinko les ayudaron a ubicarlas. Hina había gritado de alegría al oír a su hermana al otro lado del teléfono y eso habría complicado la explicación sino fuera porque Hina conocía casi todos las colinas alrededor de la ciudad gracias a su afición por la astronomía y los mejores sitios para mirar las estrellas. 

 

Los autos habían llegado y la primera que bajó y corrió al abrir la puerta fue precisamente ella, Hina. 

 

—¡Hermanaaaaa! 

 

El tacleo tiró a Sayo al suelo y la cabeza de Hina impactando sobre el pecho de Sayo le sacó el aire. Rinko esperaba que ese sonido que escuchó no fuera una costilla de Sayo rompiéndose. Aún así, la alegría fue contagiosa. Pudo sonreír levemente de alivio al ver a las gemelas juntas. 

 

Detrás de Hina, con algo más de calma, Lisa se acercó caminando con cierta dificultad. Al verla, Sayo se asustó y haciendo a un lado a su hermana menor, fue hacia la chica a toda prisa. Lisa tenía una herida en la cabeza y aunque estaba cubierta con una gasa, eso no aminoró la preocupación de Sayo.

 

—Lisa, ¿qué sucedió? ¿Estás bien? 

 

—Si —la risa característica de Lisa se hizo presente, pero eso sólo provocó una mueca de disgusto en Sayo—, no te preocupes. Es sólo un rasguño, nada grave. Aquí debería ser yo quien tiene que regañarte a ti por lo que ha sucedido, pero… —Lisa se quebró en lágrimas—, me alegro tanto que estés bien… 

 

—Imai-san. 

 

Sayo la jaló para abrazarla con fuerza. Rinko se avergonzó de verlas así. La sensación de ser una intrusa entre ellas se acentuó más. Sayo y Lisa se querían, y de alguna forma, ella había arrastrado a Sayo a lo que fuera que estuviera pasando. Era su culpa. El Dios demonio lo había dicho, ella la eligió para esa condena. 

 

La mano de Hina la apartó de sus pensamientos y agradeció el mudo apoyo de la chica. Pero no pudo hablar, porque dos personas se acercaron a ellas. 

 

—Bueno, parece que la sospechosa está entera en una pieza. Menudo lío que han armado.

 

Vistiendo unos trajes similares a los de las mujeres que las habían atacado en la habitación del hospital, aparecieron detrás de Lisa. 

 

Instintivamente Rinko se alejó asustada, pero una, la del cabello largo y oscuro, levantó la mano en son de paz. 

 

—Wakana Rei —se presentó—, oficial de la Agencia Federal de Asuntos Paranormales, y esta insolente es mi compañera. 

 

—Satou Masuki —dijo mostrando los dientes donde un par de colmillos se asomaron como si fueran los de un demonio—, bienvenida al club. 




El traslado desde aquel lugar en medio de la nada hasta el edificio de la policía fue irreal, como todo lo que le estaba sucediendo últimamente. Se había sentado en piloto automático en el asiento trasero de ese auto después de que le informaron la terrible noticia. 

 

—Tendrá que acompañarnos, Shirokane Rinko —la chica llamada Rei fue quien le habló—. Es necesario que identifique un par de cuerpos que fueron encontrados sin vida. 

 

—¿Cuerpos? —resopló la rubia echando aire por la boca con colmillos—. Si ella logra reconocer algo de esas cosas, será una ganancia. 

 

—Masuki —dijo como advertencia. 

 

—Ambas tendrán que venir con nosotros —señalo a Rinko y a Sayo poniéndose seria. 

 

La rubia, Masuki, se llevó a Sayo y Lisa, pero antes de que las separaran, Sayo le pidió a Hina permanecer con Rinko para ayudarla. Hina no vaciló y acompañó a Rinko junto con la otra policía hasta la morgue. 

 

—Lamento que tenga que hacer esto —dijo con pena—, pero es necesario como parte del protocolo. Los análisis realizados han corroborado la identidad, pero se requiere su firma para continuar con el proceso. 

 

Rinko no habló. En silencio y con la cabeza abajo estaba caminando con Hina sosteniéndola del brazo. La ansiedad anterior había vuelto y no sabía si podría hacer lo que tenía que hacer. Su cuerpo estaba negándose a seguir y aunque Hina estaba dándole palabras de ánimo, su mente no estaba asimilándolas. Era como si un ruido blanco estuviera opacando sus sentidos. 

 

La puerta de acceso al refrigerador de la morgue se abrió y la sensación helada la hizo temblar. Rei indicó por dónde debían ir y un técnico le entregó una tabla con el informe que leyó para después mirar a Rinko. 

 

—Masculino, de 43 años de edad, trabajador de oficina en una compañía de tecnología —Rinko asintió—. Sus compañeros de trabajo comentan que de pronto salió de su oficina después de la visita de una persona que lo dejó afectado. Dejó atrás sus pertenencias para ir al último piso, específicamente la azotea del edificio, y sin previo aviso, saltó al vacío. 

 

Rinko había comenzado a llorar y Hina la abrazaba pasando su mano por la espalda de la chica. 

 

—Shirokane Ren. 

 

El técnico abrió la puerta y sacó la camilla corrediza para después abrir el cierre de la bolsa negra dejando a la vista el cuerpo magullado y destrozado del padre de Rinko. 

 

La chica contuvo el grito de horror y se tapó la cara conteniendo las náuseas y el asco al ver el cuerpo sin forma de lo que parecía ser su padre. 

 

Rei señaló al técnico para que regresara el cuerpo al nicho. 

 

—Es él… —dijo todavía afectada. 

 

No era un padre muy presente en su vida, pero era su padre después de todo. Verlo así, no entendía que pudo orillarlo a cometer suicidio. 

 

—Lamento que tengas que pasar por esto. Puedes descansar y continuar después, pero entre más rápido podamos hacer esto, más rápido podremos pasar a lo siguiente. 

 

—Rinko-chan… —Hina agarró sus manos y las apretó—, tal vez sea mejor dejarlo aquí —se giró a ver a la oficial—. Si ya han identificado los cuerpos, no es necesario que Rinko los vea. Ella puede simplemente firmar el documento y acabar con esto. 

 

Rei le extendió la tabla a Rinko, la formalidad había sido cumplida y la otra chica tenía razón, no había necesidad de someterla a ese suplicio. 

 

—No… Hina-chan… yo tengo… que… 

 

El técnico ya había caminado hasta la otra puerta. 

 

Rei respiró y atrajo la tabla para continuar con el otro informe. 

 

—Femenina, de 41 años de edad, ama de casa. 

 

La puerta fue abierta y la camilla fue sacada del nicho. 

 

—Los oficiales acudieron al domicilio de la occisa para informar sobre el deceso del primer sujeto. Al no recibir ninguna respuesta y detectar rastros de sangre en la puerta de entrada de la casa, irrumpieron buscando la causa. 

 

Rinko cerró los ojos recordando la sangre en sus manos cuando tomó el teléfono de la sala de estar. Había tratado de convencerse de que no era real. Todavía se repetía una y otra vez. 

 

—¡Esto no es real! ¡Esto no es real! 

 

El ruido blanco a su alrededor aumentó considerablemente, nublando todo lo demás. 

 

El técnico abrió el cierre de la bolsa dejando a la vista el cuerpo de su madre. 

 

—Contusiones múltiples en la cabeza con un objeto, fractura craneal y exposición de… 

 

—Puede detenerse ahí,  creo que es suficiente —Hina la detuvo. 

 

Rinko escuchaba sus voces sin entender las palabras. El ruido la estaba mareando. Otra vez podía escuchar ese zumbido taladrando su mente. 

 

—¡Rinko-chan! 

 

Hina sostuvo a Rinko y Rei la ayudó cuando el peso de la chica estaba ganándole. Rinko había perdido la conciencia. 

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—¡Ya te lo dije! —una irritada Sayo estaba perdiendo la paciencia ante la rubia policía—. No recuerdo nada más. 

 

—Mira —habló con exasperación—, si crees que el trato que hayas hecho con ese demonio va a salvar lo que sea que deseas, estás siendo muy ingenua. Es un demonio, un mentiroso que te dirá lo que quieres escuchar y te acorralara hasta que no tengas más remedio que aceptar sus condiciones. 

 

Sayo se retrajo en la silla en la que estaba. La policía la había llevado hasta un cuarto aparte sin que Lisa pudiera acompañarla y la estaba sometiendo a un interrogatorio. Sus manos estaban esposadas, pero no eran unas esposas comunes, tenían unos símbolos extraños alrededor que brillaban cada vez que sentía sus sentidos exaltados. 

 

—Sólo recuerdo a esa chica, la sacerdotisa, con ese cuchillo queriendo atacar a Shirokane-san. Me puse en su camino y me hirió, después todo se fue a negro hasta que desperté estando junto a Shirokane-san en ese lugar donde nos encontraron. 

 

Volvió a repetir lo mismo y Masuki se agarró el puente de la nariz enojada. 

 

—No sé porque Rei me envió a hacer esto —respiró profundo y tomando una silla se sentó frente a Sayo con sólo la mesa dándoles distancia entre ellas—. ¡Oh si! ¡Ya sé porqué! —dijo con ironía cruzando los brazos—. En este momento tu novia está en la morgue reconociendo los cadáveres de sus padres y tú estarás pronto haciendo lo mismo si no hablas lo que sabes y dejas que te ayudemos con este problema. 

 

Los símbolos en las esposas brillaron. Masuki sonrió de medio lado, pero Sayo permaneció en silencio con la cabeza clavada mirando las esposas que quería romper. La temperatura bajó unos grados en la habitación. 

 

—¡¿Quién rayos eres tú y porque hablas de ese modo de Shirokane-san?! 

 

La risa de la rubia sólo encendió más el enojo de Sayo. 

 

—Eres como yo cuando comencé con esto. 

 

La temperatura que había descendido, de pronto empezó a aumentar de súbito. Había un calor agobiante que provocó la sudoración en Sayo por el excesivo calor y la hizo respirar con pesadez. Los colmillos de Masuki se mostraron, era como si hubieran aumentado de tamaño de la nada. Algo salvaje en la rubia había despertado. Sus ojos amarillos brillaban como dos llamas incandescentes. 

 

—Hace muchos años, más de los que puedas contar, yo era humana como tú lo eras hasta hace unos días. 




Siempre hemos aparecido como referencias en todas las religiones. Yokais, demonios, hijos del infierno o del inframundo, ángeles caídos, como desees nombrarnos. Ya ni siquiera recuerdo del todo mi vida humana, pero sé que no era algo espectacular si acepté de buen grado hacer un pacto con un demonio. 

 

Soy una de las tres cabezas del perro que cuida las puertas del inframundo, Cerbero. 

 

Él vino a este mundo siguiendo el rastro de un Dios que se atrevió a romper las barreras del inframundo y traer a la vida a un alma perdida. Llevo siglos tratando de detener este ciclo que se repite una y otra vez buscando destruir las reglas que cimentan la estructura de la existencia. He visto doncellas caer en sus garras, humanos volverse sus recipientes en su intento desesperado de volver de su encierro. Y cuando creemos que por fin lo hemos atrapado y confinado de vuelta a su prisión, vuelve a salir para intentar terminar su obra. 

 

Su búsqueda incesante por acabar con el equilibrio del mundo mortal y el divino, es peligroso, y ustedes sólo son los peones que utiliza para lograr ese fin. Es un demonio que antes fue un Dios, conoce sobre el engaño y la maldad tanto como en algún momento supo sobre el amor y la bondad. Fue corrompido por la humanidad y ahora sólo quiere la venganza por lo que le fue arrebatado. No creas si finge culpa o arrepentimiento, el odio es lo único que lo mueve y te tragara si le permites entrar. 

 

Sobre esa chica, Shirokane Rinko, lo que pueda decir sobre salvarla, es una mentira. He combatido contra él y siempre usa las mismas tácticas. Ira cortando uno a uno los lazos que atan a la doncella al mundo, la envolverá en su red y la llevará al inframundo como ofrenda para traer de vuelta a la que alguna vez amó. Él no va a salvarla, él busca condenarla y tú serás la herramienta que usará para eso. 




—Estás despierta —unos dedos suaves recorrieron su rostro apartando el fleco sobre sus ojos. 

 

La hermosa sonrisa de Sayo la recibió como si fuera el mejor aliciente para los eventos horribles que acababa de experimentar. Su compañera de banda estaba sentada a su lado, inclinada ligeramente sobre ella, con cierta preocupación en el rostro por su estado. Podía saberlo por el ligero ceño fruncido de sus cejas. 

 

Se dio cuenta de que estaba acostada sobre una cama y trató de enderezarse, pero un mareo le impidió hacerlo. 

 

—Será mejor que descanses por ahora —Sayo la recostó con delicadeza—. El paso entre los mundos es pesado para los mortales, sé que eres fuerte, pero tu naturaleza tiene sus limitaciones. 

 

El lugar parecía ser una especie de cabaña, quizás una choza, no podía definirlo correctamente. Sin duda era primitiva porque no había indicios de tecnología, al menos no la que conocía. 

 

Una tenue luz se colaba por una ventana entreabierta y la temperatura era agradable, no muy calurosa, pero tampoco fría. La cama era suave, las sábanas frescas y la sensación de comodidad fácilmente la haría caer en el sueño, pero justo ahora no podía permitirse eso. 

 

—¿Dónde estoy, Hikawa-san? —preguntó a Sayo, arrepintiéndose enseguida al darse cuenta que quien estaba delante no era ella. 

 

Los cuernos estaban ahí, al igual que las escamas, las alas no se veían, quizás recogidas detrás en la espalda, aunque sus ojos brillaban con esas leves llamas azules. Rinko retrocedió asustada. 

 

—No voy a hacerte daño. Lamento lo que pasó antes, no era mi intención asustarte o dañarte, sólo quería protegerte y sanar el cuerpo de esa mortal. Agradezco tu amable gesto al permitirme curarla, Shirokane-san. Estoy en deuda y quiero compensarte. 

 

El tono dulce y apacible que Sayo usaba cuando le hablaba era tan parecido que su corazón se aceleró emocionado. Como deseaba escuchar palabras así de Hikawa Sayo. 

 

—No… no tienes porque… yo lo hice… porque… quería… 

 

—Aun así, eso te dejó débil —acercó su mano acunando la mejilla de la chica—. Sé lo difícil que es esto, pero si estas aquí estoy más tranquila. 

 

Una suave risa salió de los labios de Sayo llenando de calidez a Rinko. 

 

—Tal vez sea inapropiado decirlo, pero te extrañe. 

 

—Yo… 

 

—No tienes que responder —movió el pulgar al labio inferior de Rinko que tembló con la caricia—. Sé que no soy ella, sin embargo tengo sus sentimientos en mí y me es inevitable decir las cosas. 

 

Unas lágrimas pesadas llenaron los ojos de Rinko y sin pensarlo abrazó a Sayo colgándose de su cuello. 

 

Como deseaba que eso fuera verdad. 

 

La chica la aceptó atrayéndola hacía sí y Rinko hundió su cabeza en el pecho de la otra. 

 

El olor de Sayo era diferente. No es que ella fuera extraña o se comportara raro y oliera a Sayo como un acosador, pero sin duda podía reconocer el perfume que usaba. El aroma de esta persona era similar, pero había algo que las diferenciaba. Sí, había unas notas frescas de menta, pero en el fondo, también había un toque de violetas. Era dulce. Y aunque no era el perfume de Sayo, no le desagrado. 

 

Un beso en el lóbulo de su oreja la sacó de sus cavilaciones, y otro más la alertó cuando sintió los labios de Sayo sobre su cuello. Era una sensación intoxicante. 

 

—No… espera… 

 

Los besos se detuvieron, pero su piel seguía sensible con la respiración caliente de Sayo sobre ella. 

 

—¿Te estoy lastimando? 

 

El tono culpable hizo que Rinko se arrepintiera de pararla, pero no podía ceder tan fácil, ni aun cuando fuera placentero y la llenara de alegría. 

 

—No, no es eso… 

 

—¿Es por qué no soy ella? 

 

Lo dijo tan directo, como si le molestara a pesar de que no levantó la voz o cambiara la forma delicada en cómo la trataba. Rinko simplemente lo sabía y esa persona se dio cuenta. 

 

—No, tienes razón. Tú la amas, lo sé. Es sólo… ¿Podrías amarme de esa forma algún día? —se acurrucó de nuevo sobre Rinko buscando algún consuelo—. Estoy diciendo tonterías, discúlpame. 

 

Acto seguido, rompió el abrazó y la pérdida de la calidez dejó a Rinko vacía, quería volver a tenerla entre sus brazos. Sayo caminó hacia la puerta y salió sin pronunciar ninguna otra palabra. Rinko, ya recuperada de su mareo inicial, la siguió fuera. No quería perderla. 

 

La luz era intensa, aun cuando grandes árboles filtraban los rayos. Como lo recordaba, el paisaje era hermoso. El ambiente con el canto de los pájaros, el ruido del agua corriendo, y esa sensación de paz y tranquilidad que la relajaban, era un paraíso edénico. 

 

Vio a Sayo unos pasos más adelante, estaba al pie de la poza de agua de la pequeña cascada mirando su reflejo en el espejo de agua. Su rostro estaba afligido, como si una herida estuviera lastimando y no pudiera parar el dolor. 

 

De espaldas, en ese momento no había alas, tal vez las traía a voluntad cuando eran necesarias. Sólo una túnica blanca con bordes oscuros y delineados por un idioma antiguo la vestía. Parecía un ángel, un ser divino. 

 

—Hi… Hika… no… ¿cómo puedo llamarte? 

 

Rinko se acercó con cautela y el Dios volteó a verla, el pesar seguía en su rostro. 

 

—Si tenía un nombre, no lo recuerdo. Lo perdí cuando renuncié a mi estatus en los cielos. No tengo un nombre como para que me llames, al menos no uno que pueda ser utilizado sin el estigma que me persigue. 

 

Extendió la mano hacia Rinko y ésta la tomó entrelazando sus dedos con el Dios demonio. 

 

—Los hombres me han dado un nombre, los dioses me han dado otro, incluso los demonios lo han hecho, pero no son míos… estar aquí me ha quitado tanto. 

 

—Pero es hermoso… este sitio… 

 

—Lo es, tal vez, pero después de siglos dando vueltas en el mismo lugar, desesperada sin encontrar una salida y mirando eternamente a la mujer que amo, sin vida… este lugar se ha convertido en mi propio infierno. 

 

Verla así, tan vulnerable, encogió el corazón de Rinko. Una necesidad comenzó a nacer de su interior. Quería aliviar el dolor y el sufrimiento de esta persona. El espejismo de Sayo le nubló la razón. 

 

Actuó sin pensar, acortando la distancia entre ellas y estaba a tan sólo un suspiro de probar los labios de la otra cuando Sayo la detuvo. 

 

—No —la miró como si fuera lo más precioso—, si haces eso ahora lo estarás haciendo por las razones equivocadas. 

 

Rinko retrocedió un paso, estaba avergonzada. 

 

—Déjame mostrarte algo. 

 

El Dios demonio comenzó a andar con Rinko acompañándole de la mano. Por donde quiera que mirara, Rinko sólo podía ver cosas hermosas. Aunque, en cierto modo entendía porque estar allí por tanto tiempo, que no podía ni imaginar, resultaba agobiante. 

 

La sensación de soledad, de estar en un paraíso solo, sin una compañía y sin nadie con quien compartir, era terrible. Le hizo pensar en todo el tiempo que ella se encerró tras cuatro paredes por miedo al mundo. En un inicio había sido una salida, pero después, se convirtió en un suplicio. Si no hubiera sido por sus amigas, por la amistad que las unía y la fuerza que le habían dado (que Ako en un inicio y después Sayo le habían ofrecido), no habría podido abandonar esa soledad. 

 

—Este es el lugar… lo que me ata y me encadena a este sitio. La condena que estoy pagando por haber amado a una mortal. 

 

Habían llegado a un pequeño claro, la luz, un rayo de sol caía sobre una estatua de piedra. Era como aquel lugar, el templo, el santuario donde las habían atacado. Se detuvo incapaz de moverse. 

 

El Dios demonio avanzó hasta la estatua dejándola atrás. 

 

La figura de piedra era la de una mujer, una muy bella. Largo cabello, casi a la cintura, facciones delicadas y ojos enmarcados con unas hermosas pestañas. Sobre la roca habían delineado perfectamente las curvas de su cuerpo bien proporcionado y parecía tan real que sino fuera por el gris frío de la piedra, Rinko pensaría que era una persona viva respirando en medio de una meditación, ya que sus manos estaban unidas como si recitara una plegaria. 

 

—Es ella a quien amo. Hice todo lo que pude por salvarla. Baje al mismo inframundo para recuperar su alma por la injusticia que fue cometida. Pero ellos… ellos… la convirtieron en esto y me encerraron en este lugar… 

 

Un par de lágrimas corrieron por las mejillas del Dios demonio y Rinko fue a ella sosteniendo su rostro entre sus manos. Le dolía. Todo ese sufrimiento. Era doloroso. 

 

—No soy ella, pero… pienso… no querría que sufrieras así… 

 

—Si, pero por recuperarla haré todo lo que tenga que hacer. 

 

—No… —Rinko mantuvo su agarre sobre la cara del Dios demonio—, no… no estás considerando los sentimientos… de ella… 

 

Esas palabras tan simples impactaron al Dios demonio, tanto que comenzó a reír. 

 

—Es lejana mi memoria, pero, me recuerdas a ella. Por favor… sé mía otra vez. 




—Lisa. 

 

La chica levantó la vista de su taza de té, hacía mucho que se había enfriado, y se encontró con su amiga de la infancia. Yukina se acercó sin que Lisa pudiera responder el saludo. Había abierto la boca, pero ningún sonido salió, era como si hubiera perdido la voz. Seguía impresionada por todo. 

 

—Vine lo más pronto posible —se sentó a su lado—. ¿Cómo estás? —no hubo respuesta—. No sé exactamente qué pasó, pero sabes que cuentas conmigo… si quieres hablar… estoy aquí. 

 

Un largo suspiro lleno el vacío. Lisa revolvió su té renunciando definitivamente a tomarlo. Todavía sentía náuseas al recordar esa… sangre y lo otro que se negaba a definir. Aún tenía la sensación pegajosa de eso sobre su cara y su cabello. Un escalofrío la recorrió. 

 

Le habían permitido tomar un baño y cambiarse de ropa. De hecho justo ahora vestía algo que no era para nada su estilo. Lo único que pudieron prestarle. Un uniforme kaki, como si fuera un detenido por la policía después de ser procesado. Sayo se había asombrado al verla, pensó que la habían detenido realmente cuando fue Sayo quien recibió las esposas y fue llevada como si fuera un criminal.

 

Desorientada, vio como Sayo al inicio se resistió, pero en cuando escucharon a la oficial Wakana decirle a Rinko que debía acompañarlas ya que aparentemente tenían a sus padres en la morgue, Sayo cooperó con ellas. 

 

No podía dejar de pensar en Rinko pálida como la nieve, temblorosa y con los ojos rojos de llorar en silencio. Había notado a Sayo afligida, angustiada, de ver a la chica así. Ella sentía pena. Era algo horrible. Sin embargo, había algo más. Los celos. Sayo miraba a Rinko de una forma diferente. Podría decir que incluso más asustada y preocupada de cómo la vio a ella. 

 

Trató de despejar su mente, era entendible la reacción de Sayo. Ella siempre había visto a Rinko como a una preciada amiga, tenían muchas cosas en común, la escuela, el consejo estudiantil, el club de tiro, Roselia. Era normal estar preocupados, ella lo estaba. Pero, aún así, se sentía mal, culpable por estar celosa de esa atención. 

 

—Oye Yukina —por fin tuvo voz para hablar—, ¿esto es un sueño?

 

—¿De qué hablas? —la miró confundida.

 

—Todo esto —se pasó las manos por la cara, sus ojos estaban desorbitados—. Creo que es un sueño, no, una pesadilla. Una horrible pesadilla. 

 

—Lisa…

 

—Todavía puedo oír el sonido del disparo y puedo oler ese… ese olor asqueroso… Yukina, tenía sobre mí los restos del cerebro de alguien más. Si cierro los ojos, siento mi cuerpo cubierto de sangre.

 

Yukina se quedó sin palabras, que decir a eso, ella no sabía.

 

—Siento que me estoy volviendo loca. Ni siquiera puedo imaginar lo que Rinko debe estar sintiendo ahora.

 

—¿Sus padres? Sigo sin creerlo y lo que Ako balbuceo sobre ustedes.

 

—¡Tampoco lo creería, pero estuve ahí! Ví a Sayo saltar de un edificio y volar por los aires —se jaló el cabello—. ¡Yukina, Sayo era un demonio!

 

—¿En verdad? —se mostró incrédula—. Tal vez fue el estrés...

 

—¡No! ¡Fue real! Es real… 

 

Comenzó a llorar y de forma incómoda, Yukina atrajo a Lisa para abrazarla y consolarla. 

 

El sonido de un timbre las asustó y Lisa buscó en la bolsa de aquel uniforme su celular.

 

—Es Ako —dijo limpiándose las lágrimas.

 

—Tal vez está preocupada por Rinko y por ustedes.

 

Lisa contestó poniendo el altavoz para que Yukina también escuchara, pero solo hubo estática por algunos segundos.

 

—¡Lisa-nee! 

 

—¿Ako?

 

La niña se oía aterrada. Lisa y Yukina se miraron preocupadas.

 

—Lisa-nee, ayuda…

 

—¿Qué sucede Ako?

 

—Mi hermana… —estática—, ayuda… ella está mal… es como si… un de… nio… lastimó a… —se perdió la señal.

 

—¡Ako! ¡Ako! ¿Dónde estás?

 

El ruido blanco se intensificó.

 

—¿Me escuchas? ¿Ako?

 

—Me escondí… en casa… Lisa-nee… tengo miedo…

 

—¡No salgas, me oyes, no salgas! ¡Iremos por ti!

 

La llamada se cortó.

 

Sin esperar a Yukina, que seguía procesando lo que acababa de pasar, salió corriendo para buscar a alguno de los oficiales para que la ayudaran.

 

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—Masuki, tenemos que salir.

 

Rei irrumpió en la habitación en donde se estaba llevando a cabo el interrogatorio que la rubia estaba haciendo a Sayo. La oficial había abierto abruptamente la puerta sin dar muchas explicaciones.

 

—¡Estoy en medio de algo!

 

—Hay otro caso de posesión suprema relacionado a Shirokane Rinko.

 

Al oír eso, la rubia no se quejó. Se levantó de inmediato y agarró su chaqueta para salir. El tiempo apremiaba. Sayo la miró y se desesperó al verla con la intención de irse.

 

—¡Hey! ¡¿Qué sucede?! ¡¿Qué le pasó a Shirokane-san?! 

 

Como la rubia la ignoró, la desesperación aumentó más y sin pensarlo, cerró la puerta sólo usando su mente antes de que la otra dejara la habitación. Las esposas estaban resplandeciendo como si estuvieran en el horno de un herrero.

 

Masuki se detuvo.

 

—Bien —exclamó molesta gruñendo—, vendrás conmigo y lo verás de primera mano.

 

La agarró del cuello y la arrastró fuera a pesar de la negativa de Sayo. 

 

 

—¿Qué hace ella aquí? —cuestionó Rei al ver a Sayo con Masuki. 

 

—Es para ver si coopera.

 

Le entregó a Rei la custodia de Sayo y esta iba a protestar, pero se quedó callada cuando vio a la rubia iniciar su transformación. La temperatura se volvió infernal entre ellas, la ropa de Masuki se quemó por el fuego que la rodeó y las llamas transformaron el cuerpo humano en el de un enorme perro.

 

Era negro como la noche misma, con sus ojos y boca llameantes como brasas, el lomo coronado con una gran llamarada que emanaba el mismo fuego del averno. Era enorme y temible. Sayo tuvo que hacerse hacia atrás por cautela o el fuego que irradiaba la iba a quemar.

 

—¿A dónde iremos? —habló con voz de trueno.

 

—La casa Udagawa.

 

De un tirón, Rei puso a Sayo encima del lomo de Masuki y ella se montó detrás. El perro gigante comenzó a correr dando grandes zancadas. Las llamas envolvían a Sayo, pero no la quemaban y eso la impresionó sobremanera. Pensó en la asombrosa criatura que era. 

 

Asustada y con la respiración agitada, Sayo miró en todas direcciones, pero era como si los demás no se dieran cuenta de su presencia. Eran invisibles para el resto.

 

Cruzaron la ciudad en un tiempo récord y pronto estuvieron delante de la casa de Ako.

 

Sayo cayó al suelo mareada y vomitando ácido de su estómago, ya que no tenía nada en el vientre. Pronto percibió un olor que la saco de ese estado, pero ese olor era aún más chocante. Chamuscado, el olor nauseabundo como de grasa, plástico y carne quemada fue lo que percibió. Al levantar la mirada del suelo, vio las lenguas de fuego alzarse a varios metros de altura y devorar a su paso la casa frente a ellas. 

 

—¡¿Udagawa-san?! —exclamó aterrorizada por tan cruel imagen.

 

Masuki volvió a su forma humana y Rei empezó a hacer algunas formas extrañas con sus manos, era como si estuviera rezando. 

 

Las llamas crepitaron con fuerza en respuesta.

 

—¡Hey! —Masuki se dirigió a Sayo—. Esto —señaló la casa—, es obra de ese maldito. ¡Puedo oler tu rastro pestilente! —gruñó—. ¡Esa peste asquerosa de violetas!

 

—Pero… ¿cómo?

 

—No eres su única herramienta.

 

Sayo vio una sombra parada delante de la casa. Se sentía maligna, como un espíritu perverso.

 

—Aún hay una persona dentro, apenas con vida —informó Rei después de su busqueda psíquica. 

 

—Entiendo —Masuki se trono el cuello y se alistó para entrar en acción. 

 

Rei dibujó algo en el suelo y como si insuflará desde lo profundo de su pecho, una rafaga de viento partió las llamas. Masuki usó ese puente para correr al interior de la casa, olfateando como un perro de rescate en busca de la víctima.

 

—¡Cuidado! —advirtio Rei al sentir una presencia extraña. 

 

Un par de figuras aparecieron en la calle y comenzaron a disparar en su dirección. Rei la protegió levantando una barrera de aire que desvió las balas. Eran las que le habían atacado antes, no podía asegurarlo, pero tenía ese presentimiento.

 

Una de las balas impactó cerca y se dio cuenta de que brillaba como lo hacían las esposas que usaba. Se agachó para recogerla y apreció la filigrana luminosa que la rodeaba. Era como un hechizo puesto en la bala. Si estaban usando eso, era claro que la querían muerta.

 

—¡Alto! ¡Agencia Federal de Asuntos Paranormales! —Rei dijo la identificación de rigor—. Este sujeto está bajo la protección del estado.

 

Las dos mujeres con traje no bajaron sus armas, una de ellas apuntando a Rei y la otra a Sayo.

 

—No nos importa, oficial —escupió con desdén—. Sólo entrega a Azazel y podemos pensar en dejarte ir.

 

 

 

De una patada, Masuki derribó la puerta de la entrada y caminó dentro, hacia la sala de estar. Las llamas lamían las paredes llegando hasta el techo y envolviendo a éste. La casa estaba por colapsar producto de la alta temperatura que volvía frágil el concreto y consumía la madera. El humo era espeso y apenas se veía nada, pero debía apresurarse. El tiempo era vital. 

 

Pasó la sala de estar, yendo hacía las escaleras, pero hubo un obstáculo.

 

Con la mitad del cuerpo carbonizado, se movía lo que parecía ser o había sido una persona. La carne del brazo izquierdo, así como su pierna, estaban ennegrecidas y cenicientas hasta el hueso. Los músculos y tendones estaban estirados a causa del fuego que los había consumido casi en su totalidad. Era una chica, una parte de su cabello rosa todavía estaba entero, pero su cara y la mitad de su cabeza ardían con la grasa escurriendo al suelo.

 

Debía estar muerta, ningún humano podría sobrevivir a algo como eso. Masuki comprendió que había más de un poseído en la casa. 

 

Un inferni. 

 

Un muerto consumiéndose eternamente en el fuego del infierno. Su alma estaba perdida, la habían corrompido. 

 

—¡Deja de enviar a tus esbirros! ¡Puedo oler tu asqueroso trasero! 

 

A pesar del humo, por encima de eso, el aroma de violetas se volvió más intenso. Tenía que apresurarse. Un trozo del piso superior se desprendió y cayó justo frente a ella. La inferni camino sobre los escombros y se abalanzó para atacarla.

 

De un movimiento rápido, golpeó y sujetó la cabeza ardiente. Con el uso de la fuerza en sus brazos, estiró la cabeza para separarla del cuerpo. Un crujido se escuchó cuando el hueso cedió y el cuerpo que luchaba por quitarla se movió enloquecido buscando su cabeza que Masuki aplastó con su pie cuando la dejó caer al suelo. 

 

—Hummm… el sonido de huesos… ¡Esto me encanta! ¡Qué comience el espectáculo! 

 

Con agilidad, cruzó las escaleras y subió al segundo piso o lo que quedaba de él. 

 

En el pasillo que daba acceso a los cuartos de la vivienda, una figura apareció de una de las habitaciones. En su mano derecha sostenía a la única superviviente, apenas con vida se retorcia tratando de escapar. Ako trataba de quitar los dedos que apretaban alrededor de su cuello, pero el aire caliente y sofocante la estaba matando. Apenas respiraba en su agitación. Las fuerzas estaban abandonando su cuerpo. 

 

Una posesión suprema. 

 

La chica, o lo que había sido una chica, mantenía en el aire a la víctima con la bestial fuerza de sus bíceps. Los brazos estaban al descubierto y los musculos estaban hipertrofiados, vestia un largo pantalón negro cuyo dobladillo emanaba pequeñas manchas de fuego. Su cara estaba cubierta, toda su cabeza en realidad, con una especie de casco triangular de donde sobresalía en la parte trasera, mechones de cabello rojo. 

 

La otra mano, con la que no sostenía a la niña, sujetaba una enorme paleta de remo. 

 

—Caronte.

 

Masuki titubeó. El barquero del inframundo. Habían logrado engañar al guardián de la barca del paso entre el mundo de los vivos y los muertos. Esto era más grave de lo que en un principio pensó Masuki. 

 

—Entrega a la chica, Caronte, ella no es un pasante al inframundo. 

 

—Traidor… —murmuró—, vengo por aquellos que han de pagar la cuota de aquel que cruzó sin permiso. 

 

—Yo estaba ahí también —respondió Masuki tratando de encontrar la forma de acercarse—. Me engañó y ahora lo estoy buscando como mi castigo, pero esa niña no es parte de esto. 

 

Caronte miró hacia un lado como si alguien detrás de ella le estuviera susurrando algo. El olor a violetas volvió a manifestarse con intensidad. 

 

Masuki uso ese segundo de distracción, yendo contra sus instintos, para actuar. Con sus garras desgarró el brazo con el que Caronte sostenía a la niña, pero aún así los dedos estaban tan firmemente cerrados sobre el cuello de Ako que Masuki batalló para retirarlos. 

 

Las manchas amoratadas pintaron el cuello de la niña y, el rostro azul por la falta de oxígeno, la tenían en un hilo delgado sosteniendo su vida. 

 

Caronte ignoró a Masuki y rompiendo la pared brincó fuera de la casa hacia la calle. 

 

Masuki cargo a la niña y siguió a Caronte, debían salir de allí. 

 

 

 

A pesar de los esfuerzos de Rei, las dos mujeres estaban usando todo su arsenal hechizado para acabar con ella y con Sayo. Una bala había pasado apenas rozando la cabeza de Sayo y la sangre por la herida estaba manchando la mitad de su cara. Había estado a tan sólo milímetros de entrar por su sien. 

 

Aunque estaba temblando de miedo, ella quería luchar también. Sin embargo, las esposas le impedían hacer cualquier cosa. Estaban bloqueando su cuerpo, la energía demoníaca de su interior. 

 

—¡Quítalas! —le gritó a Rei que se negó—. ¡Quítalas para que pueda ayudarte! 

 

—No, no lo voy a hacer. 

 

El descuido le costó caro. Una de las mujeres con traje pateó sus manos haciendo que su arma saliera volando por los cielos lejos de ella. Y ahora, la punta de la pistola de esa mujer estaba bajo su mentón. 

 

Estaba por jalar el gatillo cuando la explosión de vidrios y piedras cayó sobre ellas. Rei pudo hacerse hacia atrás para salvar su vida, apenas lo suficiente para que un enorme remo de madera pasará cerca de ella y golpeara a la mujer con traje. 

 

Sayo abrió los ojos sin dar crédito a lo que veía. Rei la tomó del brazo y la alejó unos pasos. 

 

—¿Qué es eso? 

 

—Caronte, el barquero del inframundo —explicó—. Ya veo porque tardaste tanto —se dirigió a la recién llegada. 

 

—Lamento la demora. 

 

La rubia apareció junto a ella y le entregó el cuerpo de la niña. Sayo se quedó petrificada al ver a Ako. Sus ropas estaban manchadas con el hollín, olía a chamuscado y su cuello estaba morado. Deseó con todas sus fuerzas que estuviera viva. 

 

Recordó lo que Masuki le había dicho. "Él va a cortar todos los lazos." ¿Es lo que estaba haciendo aquí? ¿Iba a matar a Udagawa-san? Rinko no podría soportar otra perdida así. Sabía lo mucho que significaba Ako para Rinko. 

 

—Dámela —llena de ira Sayo fue hacia Rei para que ésta le entregará a la niña—. Van a necesitar pelear las dos. 

 

—Esta es una batalla que no podremos ganar así —Rei habló—. La prioridad es poner a salvo al objetivo. 

 

—Los refuerzos deben estar pronto aquí —Masuki dijo comenzando su transformación en el perro del infierno y su voz volviéndose más grave—. Les daré un poco de tiempo. Voy a contener a Caronte. 

 

Masuki fue tras el barquero que estaba aplastando con su pala a una de las mujeres mientras la otra vaciaba su cargador para detenerlo. Esas armas de bajo nivel no podrían atravesar la barrera de un demonio de nivel medio. En este punto, Caronte habia regenerado su brazo y estaba disfrutando del crujir de los huesos de la mujer caída. 

 

Con su hocico, Masuki mordió el remo cubierto de sangre y vísceras. Al sentir la oposición, Caronte usó más fuerza para sacar su arma de la boca del perro infernal. Y al hacerlo, golpeó la mandíbula rompiendo algunos dientes. Masuki sangraba de la boca. 

 

Un nuevo movimiento del remo y el aire alrededor tiró al suelo a la mujer con traje que quedaba con vida y el arma otra vez alcanzó a golpear a Masuki que chilló herida. 

 

—Mal perro… 

 

Olvidándose de la mujer, Caronte concentró su atención en Masuki que estaba inmovilizada. 

 

—Te rebelas ante tu amo… 

 

Una y otra vez, el remo voló buscando impactar de nuevo sobre el guardián de las puertas del inframundo. Masuki logró esquivar las primeras, más por puro instinto de supervivencia que por otra cosa, pero finalmente el remo pegó sobre su costado lastimando la pata delantera, rompiendo el hueso debido a la gran fuerza. 

 

Masuki trastabilló y vio el remo venir sobre su cabeza. Sólo podía defenderse, ya había ido en contra de su naturaleza al atacarlo antes. Cerró los ojos esperando el impacto, pero antes de que eso sucediera una gran lanza de hielo golpeó a Caronte enviándolo hacia atrás varios metros partiendo en pedazos su arma. 

 

Masuki miró hacia donde había venido aquello y la hermosa figura de una dragona azul saltó cerca de ella. Cada paso suyo dejaba detrás de sí la estela de escarcha sobre el suelo. Era majestuosa con el pelambre desprendiendo copos de nieve. 

 

El vaho de su boca era lo que quedaba del enorme trozo de hielo que había formado y lanzado. 

 

Masuki se levantó gruñendo hacia Caronte, renovada por la ayuda que había llegado. 

 

—Lo tenía bajo control. 

 

La risa suave no se hizo esperar, pero fueron interrumpidas por Caronte lanzando el pedazo de lo que quedaba de su remo.  

 

Haciendo un movimiento con sus manos, el fuego que consumía la casa Udagawa pasó a formar un remolino alrededor del barquero, por donde las llamas pasaban, el hielo se iba derritiendo. 

 

Tomando parte del fuego, Caronte lanzó dos bolas de energía llameante sobre la dragona azul. La primera la detuvo, pero al ser un fuego infernal, su hielo protector estaba siendo superado. Masuki tomó la segunda bola desviandola usando una energía similar. El segundo impacto habría herido a su compañera.

 

Caronte iba atacar de nuevo, pero si el primer refuerzo había llegado, quería decir que el resto ya estaba aquí. 

 

Rei convocó un hechizo con ayuda de otras tres hechiceras más. En conjunto, las cuatro realizaron una formación recitando sus oraciones y moviendo las manos, de tal modo que, un círculo con inscripciones apareció debajo de Caronte y cadenas surgieron del círculo apresando al barquero. 

 

Caronte se resistió, rompiendo algunas de las cadenas que sujetaban sus manos y pies, pero al ser demasiadas, y emerger una tras otra, le sometieron contra el suelo. 

 

—¡Labynkyr, congelalo! 

 

A la orden de Rei, la dragona azul emitió una fuerte ventisca con sus alas heladas que fue sofocando las llamas alrededor del demonio del inframundo. La fuerza fue abandonando a Caronte y en un último intento por liberarse, una estaca de hielo golpeó su cabeza rompiendo su casco triangular. 

 

El rostro quedó al descubierto. 

 

—¡Tomoe-san! —Sayo pronunció al ver quien era la que las estaba atacando. 

 

¡Tomoe Udagawa había intentado matar a su hermana! Sayo golpeó el suelo enojada e impotente por tal atrocidad. 

 

Las he chiceras mantuvieron su concentración y el círculo de contención aceleró su rotación haciendo que el demonio fuera exorcizado de ese cuerpo. 

 

La chica portadora finalmente cayó al suelo inconsciente. 

 

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—¡Masuki-chan! 

 

Devuelta en su forma humana, la rubia se dejó caer al suelo sosteniendo su brazo. Una chica de cabellera azul, menuda y bajita corrió a ella para ayudarla. 

 

—Estaré bien, me tomó con la guardia baja. 

 

Una mueca de disgusto salió de la otra niña. Ella sabía que Cerbero no podía oponerse a Caronte, por lo que esto había sido un logro. Alguien deliberadamente había traído al barquero sabiendo que era la debilidad de Masuki y si ella no hubiera llegado a ayudar, las cosas habrían tomado otro rumbo. 

 

Las sirenas de la ambulancia resonaron acercándose. Pronto los alcanzaron y fueron a socorrer a los heridos. 

 

Rei buscó a la mujer del traje que la había atacado antes, pero esta ya no estaba. Había aprovechado el momento y huido para evitar ser capturada. Aun así, habían logrado rescatar a la niña y contener al demonio. Sólo restaba que pudiera sobrevivir la víctima del ataque. 

 

Sayo subió en la ambulancia donde transportaban a Ako. Mirando como hacían todo lo posible porque Ako respirara otra vez. 

 

Su cuerpo pequeño apenas soportaba la compresión de su pecho y la insuflación en su boca. No parecía funcionar. 

 

El mundo se detuvo. 

 

Juntó sus manos pidiendo, si realmente existía un poder superior, que permitiera que Ako viviera. 




Llegaron al hospital, aunque sería más correcto decir clínica. Era un anexo del lugar donde las mantenían a salvo. Un conjunto de edificios pertenecientes a la Agencia Federal de Asuntos Paranormales. A Lisa le costaba todavía pronunciar ese nombre. Yukina ni siquiera creía que algo así realmente existiera. 

 

Se habían acercado al oír el ruido de las sirenas. Habían permanecido en la puerta del edificio principal en espera de noticias. Lisa se había negado a moverse cuando supo, porque escucharon en un radio, que Sayo había ido con el grupo de avanzada. 

 

Las puertas de la ambulancia se abrieron y los paramédicos enseguida bajaron la camilla. Lisa y Yukina se quedaron impresionadas al ver a Ako en esa camilla. Sayo bajo después. Su cara manchada de sangre, los ojos llorosos y la culpa como una losa sobre su espalda. 

 

—¡Sayo! 

 

Lisa y Yukina la llamaron y la chica volteó a verlas, para después bajar la mirada por la vergüenza. 

 

Lisa abrazó a Sayo que rompió a llorar derrumbándose en los brazos de su novia. 

 

Otra ambulancia llegó con segundos de diferencia y las puertas se abrieron de un portazo. La rubia demonio peleaba con los paramédicos que la estaban intentando contener. 

 

—¡Estoy bien! ¡No necesito nada de esto! 

 

En medio de su rabieta, la chica de cabello azul que había llegado a rescatarla, la jaló de la oreja y procedió a darle un regaño. 

 

—Te callas y dejas que hagan su trabajo —dijo con voz firme y la arrastró dentro de la clínica. 

 

Rei llegó poco después. También lucía las señas de haber peleado, pero a diferencia del resto se veía con menos heridas. Dio algunas instrucciones antes de ir donde estaba Sayo, la chica también requería atención médica, aunque le permitió estar algunos segundos más con sus compañeras.

 

—Será mejor atender eso —se acercó interrumpiendo el abrazo de Lisa y Sayo—. Seguirá sangrando hasta que no retiren el hechizo, así que es mejor que me acompañes.

 

Como si fuera en piloto automático, Sayo se dejó llevar por la oficial, todavía tenía algunas lágrimas en el rostro debido a su pequeño quiebre, pero las apartó tratando de volver a su forma. Lisa y Yukina la acompañaron detrás en silencio, Lisa aún se aferró a Sayo sosteniendo una de sus manos para darle fuerza. 




Probablemente no había pasado más de una hora cuando Rinko apareció en el lugar. Después del desmayo que había sufrido en la morgue, la habían trasladado a una habitación segura para que pudiera recuperarse. Hina había permanecido a su lado en espera de noticias. Sin embargo, Rinko había estado tan profundamente dormida, que no supo nada hasta que abrió los ojos. Todavía estaba mareada y débil. 

 

Cuando un oficial les informó de la incursión del equipo de rescate, de quienes habían ido y a donde, creyó que iba a perder el conocimiento otra vez. Un miedo aterrador se apoderó de ella. De nuevo habían ido detrás de alguien importante en su vida. 

 

Estaba desesperada. 

 

Hina no la pudo detener cuando salió en busca del resto de sus amigas, así que fue con ella para encontrar el lugar donde tenían a Ako. 

 

En cuanto Yukina, Lisa y Sayo la vieron, sintieron su pesar. Yukina trató de pararla, pero Rinko escapó de sus manos. Necesitaba ver a Ako. 

 

Sayo la alcanzó y la sostuvo con fuerza. Le pidió que se tranquilizara porque sólo así la llevaría con la niña. Que de otro modo, no le permitirían verla. 

 

Rinko lloró en el hombro de Sayo, aferrándose fuertemente a ella como si fuera la roca que la sostenía. Sayo acariciaba sus cabellos, dándole pequeñas palabras de aliento. El tono, la forma tan amorosa en cómo la trataba, fue haciendo que poco a poco Rinko se calmara. 

 

Fue inevitable para Rinko comparar ese momento con el que había experimentado antes. El perfume de Sayo, de la Sayo real. El olor de su sudor, el calor de su cuerpo. Quería aferrarse a eso. 

 

—Rinko… 

 

Pero no podía. 

 

La voz de Lisa y la mano de ésta sobre su hombro la sacaron de su mente. Fue consciente de la presencia de Lisa y de Yukina allí también. Ni siquiera se había dado cuenta de que la chica la había tratado de detener, tal era su estado de alteración al inicio. 

 

Con vergüenza dejó los brazos de Sayo resintiendo de inmediato la pérdida de la calidez de su compañera. 

 

Las esposas que anteriormente tenía Sayo, habían sido sustituidas por un par de brazaletes y un collar alrededor de su cuello que bloqueban cualquier tipo de manifestación demoníaca. No podían dejar que Sayo estuviera libre, pero le dieron un poco más de libertad. 

 

—¿A… Ako-chan? 

 

—Está viva —dijo Sayo—. Lamento lo que pasó. Ha sido mi culpa —apretó los puños con rabia e impotencia, mordiéndose los labios casi hasta hacerlos sangrar. 

 

—No… —Rinko sostuvo su mano—. No es tu culpa Hikawa-san… 

 

Se miraron a los ojos perdiéndose una en la otra. 

 

Esos ojos llenos de pesar, de tristeza, movieron el corazón de Rinko. Era como si volviera a ese edén y quien tuviera enfrente fuera al Dios demonio. Pero no, era Sayo. Sin pensarlo, Rinko acarició la mejilla de su compañera subiendo sus dedos hasta la gasa que ocultaba la herida recibida antes. 

 

—¿Estás bien? 

 

—Si, no es nada. 

 

—Ako está en aislamiento hasta que pueda despertar. 

 

Fue Yukina quien habló cortando ese extraño momento incómodo. Había visto a Lisa mirar dolida la forma en que Sayo y Rinko habían interactuado, que se vio en la necesidad de hacer algo por su amiga de la infancia. 

 

—Están pasando muchas cosas y estoy perdida. ¡¿Puede alguien explicarme de forma lógica que es todo esto?! 

 

El enojo se coló en su voz. De todas, Yukina no había estado al tanto de casi nada de lo sucedido. Pero ni Lisa, Sayo o Rinko sabían por dónde comenzar. 

 

—Me uno a la explicación —Hina levantó la mano, hasta ese momento nadie se había percatado de su presencia—. Quiero saber qué está pasando. 

 

—Hina, estás aquí.

 

—¡Hermana! —como de manera usual, Hina brincó sobre Sayo para abrazarla y revisar con curiosidad la herida en la cabeza. Rinko y Lisa se apartaron un poco o iban a ser golpeadas por la efusividad de la gemela menor.

 

—Creí que estarías con mamá.

 

—Ella está bien, nos preocupa más cómo estás tú. Parece que volviste a tener algo de acción.

 

—Si —se tocó la herida—, fue una suerte que sólo pasara esto.

 

—¡Aahh! ¡¿Quién fue el que se atrevió a tocar a mi hermana?! —gruñó molesta haciendo algunos pucheros.

 

—Hablaremos de ello, por ahora —volteo a ver a Rinko— debo llevar a Shirokane-san con Udagawa-san.





Antes de que pasaran a una habitación aparte para hablar y aclarar las cosas, Rinko había insistido en ver a Ako, por lo que Rei se hizo cargo y la llevó hasta la habitación donde los médicos estaban tratando a la niña. Lisa y Yukina fueron con ella mientras Hina y Sayo fueron a tomar aire. La mayor de las Hikawa necesitaba ordenar sus pensamientos y Hina no quería despegarse de ella, estaba preocupada por su condición.

 

Hina la condujo hasta la azotea, donde había estado antes en lo que esperaba que Rinko volviera a despertar luego de su desmayo. 

 

—Incluso para mí, fue algo crudo —dijo Hina al finalizar de contarle a Sayo lo sucedido en la morgue. 

 

La cara de Sayo sólo mostró la impotencia y la desesperanza. Quería hacer algo, pero las cadenas que le habían puesto encima le impedían cualquier cosa. Las sentía pesadas y asfixiantes, sobre todo el collar en su cuello. Hina se dio cuenta de esto. 

 

—Podemos buscar la forma de quitarlas… 

 

—Eso me gustaría, pero muy a mi pesar, entiendo la razón de su uso. No sé qué podría pasar si liberara a esa cosa. 

 

—No creo que sea tan malo —los ojos de Hina brillaron con emoción—. Vi como ¡fahhh! Se abrieron tus alas y ¡fuuuu! Volaste por los aires con Rinko en tus brazos. ¡Eso fue tan boppin! 

 

Sayo ignoró el comentario poco empático, pero aún así fueron poco acertadas sus palabras. 

 

—Estás diciendo tonterías, Hina —le llamó la atención—. ¡Hay personas muriendo!

 

—¡Eh! Yo… lo siento hermana… 

 

—Como sea —suspiró, Hina solamente estaba siendo Hina—, quiero ayudar a Shirokane-san. Pero, no sé cómo. Siento que todas las decisiones que he tomado han sido malas o nefastas. 

 

Hina asintió, como si eso fuera un hecho lamentable, pero esperable. 

 

—Todo fue porque aceptaste ser la novia de Lisa-chi cuando a quien querías era a Rinko-chan. Te advertí que era una mala elección.

 

Sayo se mordió el labio. 

 

—Fui muy estúpida. 

 

—¡Hermana! —Hina la vio con pena—. No quiero decir te lo dije, pero te lo dije. Era muy obvio que a Rinko-chan le gustabas. Le sigues gustando. 

 

—¡Agh! —Sayo se encogió sentándose en el suelo.

 

—Sé que quieres a Lisa-chi, pero aceptar estar con ella por miedo al rechazo de Rinko-chan estuvo mal —Hina puso una mano en el hombro de Sayo—. Menospreciaste los sentimientos de Rinko-chan y los tuyos. 

 

Sayo quiso dar una excusa, decir que fue porque Rinko y su timidez le hicieron creer que la chica la rechazaría por miedo. Porque ella era muy dura y fría, insensible y poco cariñosa y comprensiva para alguien tan frágil y delicada como ella. Pero sabía que se estaría mintiendo. Rinko no era ninguna chica frágil, ella era fuerte y cada día se hacía más. Sólo se negó a verlo y fue más cómodo besar a otra persona que no le pedía esforzarse. 

 

—Hina, ¿qué debo hacer ahora? 

 

—Tú lo sabes —palmeó su hombro—. Hablar con la verdad. 

 

—¿Aunque eso signifique herir a Imai-san? 

 

—Ella entenderá. Tampoco es una tonta. Ella lo sabe —Hina se llevó las manos detrás del cuerpo—. No es que hayas disimulado mucho en la última hora tus sentimientos por Rinko-chan. Hasta Yukina se dio cuenta. 

 

—Soy una terrible persona. 

 

—Eres la mejor hermana, pero no eres muy lista. 

 

—Gracias Hina. 

 

La chica soltó sobre su hermana y las dos cayeron al suelo. La efusividad de Hina siempre era algo que, aunque lo negara, le aliviaba el corazón. 

 

—Ahora, ¿podemos romper esos grilletes? —dijo Hina intentando sacarlos por la fuerza—. Quiero que vayas por Rinko y te la lleves lejos de aquí. 




Rinko miró desde el otro lado del cristal a Ako. La niña estaba tendida en una cama con un respirador artificial y muchas máquinas monitoreando su estado. Físicamente, su cuerpo se veía maltratado, había marcas de quemaduras aquí y allá y, aunque los aparatos marcaban el ritmo cardiaco y su respiración, se notaba que le estaba costando trabajo mantenerse con vida. Fue duro y difícil verla así. Sin mencionar que, aparentemente habían colocado unas protecciones adicionales para evitar que algún ente del mal pudiera entrar y terminar con lo que había comenzado. Había marcas en idiomas antiguos rodeando a Ako. 

 

Todo eso era su culpa, era consciente de eso. 

 

—No puedo creer que esto esté sucediendo. 

 

—Yo… lo siento… Yukina-san… 

 

—No, Rinko, esto no es culpa de nadie —Lisa aún se mostró comprensiva y protectora. 

 

Eso sólo aguijoneó más su corazón. La forma amable con que Lisa la estaba tratando era mucho para ella. Por la manera en que había actuado, no merecía esa clase de trato. 

 

—Imai-san… esto es mi culpa… él lo dijo… esto es porque yo… —se calló, no sabía cómo decir lo siguiente. 

 

¿Cómo decirle a Lisa que era porque amaba a Sayo? Que todo este drama era porque su corazón estaba enamorado de Sayo y que era consciente de que no podía ser correspondido porque Sayo amaba a Lisa y estaba con ella, pero aún así, había cometido el pecado de besar a Sayo. Ella no quería ser una traidora, ni engañar a Lisa que sólo le daba amabilidad. Ella no era ese tipo de persona.

 

—Rinko… 

 

—No… hay algo… que debo decirte… Imai-san...

 

—¿Qué sucede? 

 

—Este… disculpen… —una chica bajita las interrumpió, era la misma chica que había estado en el rescate de Ako—. Lamento interrumpir, pero debemos salir. Las visitas no se permiten por mucho tiempo.

 

Yukina la miró con el ceño fruncido, Lisa trató de calmarla y así enfurruñada, fueron con la chica y Rinko dejando el lugar. Antes de salir, Rinko miró una última vez a su mejor amiga.

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Rei estaba sentada en una silla detrás de una larga mesa en una de las salas de juntas del edificio de la agencia. Probablemente era habitual para los agentes el reunirse a discutir y aclarar casos en los que estuvieran trabajando y lo hacían ayudándose de las diferentes ideas y aportaciones de todos en conjunto. Esparcidos por toda la mesa había expedientes y más expedientes que causaron curiosidad a Lisa, por unos momentos se sintió dentro de una historia de policías y ladrones dónde las llevaban a interrogatoria usando la técnica del policía bueno y el policía malo. Al menos esa vibra daban ambas mujeres frente a ellas.

 

Mirando con detenimiento los papeles sobre la mesa, una imagen en específico llamó su atención, era una foto tomada de una cámara de video de seguridad, eso parecía por la calidad de la foto. Rápidamente Lisa se dio cuenta de que era del hospital donde había estado internada Sayo, en ella su novia estaba volando fuera del edificio con Rinko entre sus brazos. Un pinchazo de verde ira le golpeó el pecho. 

 

Por lo que recordaba, apenas había podido mirar la espalda y el costado de su novia antes de perderla de vista en la oscuridad de la noche después de todo el desastre dejado atrás. Ver esa foto, aunque de mala calidad, con Sayo de frente donde parecía aterradora le dio escalofríos. Realmente lucía como un demonio. Aún así, su propio demonio de celos  interno se revolvía furioso y envidioso de querer estar en ese lugar en vez de Rinko. Podía sentirlo arañar sus entrañas queriendo salir y reclamar lo que era suyo. Porque Sayo era de ella y solo de ella, sin importar su apariencia angelical y hermosa o terrible y siniestra. 

 

—¡Hey! ¡No tenemos todo el día! 

 

Masuki se quejó con un grito que la sacó de sus pensamientos y apartó las nubes grises de su mente, la agente rubia también estaba ahí revisando algunas de las carpetas sobre el escritorio y se veía sumamente molesta, incluso más cuando por unos instantes cruzaron miradas y sintió como si pudiera ir más allá de ella, directo a su mente. Apartó la mirada el sentirse desnuda y evidenciada en ese horrible aspecto de su persona. Ella no era así, jamás lo fue, pero… algo le estaba susurrando al oído palabras que le estaban volviendo loca. 

 

La joven de cabello azul, que entró con ellas, les indicó que tomaran asiento y hasta que todas estuvieron sentadas frente a la mesa, la chica fue a sentarse junto a la rubia. Hina estaba junto a Yukina, Yukina al lado de Lisa y ésta junto a Sayo, Rinko se sentó en el otro extremo de Sayo y enseguida Lisa busco la mano de Sayo para reconfortarse y hacerle saber de forma discreta a Rinko cual era su lugar. 

 

Ese susurro en su interior le hizo actuar de esa manera y pareció regocijarse cuando los ojos de Rinko se desviaron con evidente tristeza. 

 

—De acuerdo al informe de policía sobre el incidente en el templo —Rei habló sosteniendo una carpeta y haciendo que todas pusieran sus ojos sobre ella mientras las ignoraba para continuar su discurso policial—. Se está considerando como la primera posesión, el punto cero, a la sacerdotisa que llevó a cabo el ritual de transmigración. A partir de allí, se debió dar el primer encuentro con los demonios que fueron convocados gracias al pago de una vida, la misma sacerdotisa que llevó a cabo el ritual. 

 

—Espera un momento —Yukina interrumpió con su escepticismo—. ¿Qué significa todo eso? ¿Quién diablos son o qué quieren? No entiendo porque hicieron lo que hicieron esas personas y cual es el papel que tienen ustedes en todo esto. 

 

Sayo se quedó con la boca abierta y la palabra a medio camino, Yukina le había ganado el argumento. Ella también quería tener un mejor panorama de lo que estaba sucediendo, a ella y a Rinko, sobre todo a esta última. La mano de Lisa apretó la suya y miró a la chica, una pequeña sonrisa de apoyo apareció en sus labios y agradeció el gesto, aunque también le sentó mal. No merecía ese tipo de calidez, así que se movió para que Lisa soltara su mano. 

 

—Creo que es necesario explicar lo básico —fue la chica pequeña quien habló evitando que Masuki respondiera con alguna barbaridad porque estaba apunto de hablar. 

 

—Muy bien —con un suspiro, Rei dejó su carpeta y cruzó los dedos sobre la mesa—. La Agencia Federal de Asuntos Paranormales es una entidad creada para monitorear, regular y controlar fenómenos paranormales, específicamente pertenecemos al departamento encargado de demonios y posesiones demoníacas. Como ya se les había mencionado antes, la única manera de pertenecer a este departamento es siendo un hechicero. 

 

—¿Y por qué ellas están aquí y no siendo cazadas por ustedes dado que son demonios también? —dijo en tono mordaz Yukina señalando a Masuki y a Rokka. 

 

—Los hechiceros y los demonios han tenido una estrecha relación a lo largo de los siglos. Incluso entre ellos hay escalas y rangos, además de reglas, que son respetadas, sin embargo si sus reglas son rotas, ellos vienen aquí a este mundo para atrapar a los infractores. 

 

—Seria idiota no usar los recursos disponibles y la ayuda extra de este mundo —Masuki bufó cruzando los brazos sobre su pecho con su ceño fruncido—. Ellos hacen el trabajo del rastreo y nosotros asestamos el golpe. 

 

Yukina alzó una ceja, tal colaboración podía ser beneficiosa, no había duda, pero también planteaba otras interrogantes morales y éticas, aunque no era momento de resolverlas. Lo que era, era y punto. El fin justifica los medios, aunque estos medios sean aliarte a tu enemigo para cazar otro enemigo en común. 

 

—Tal… tal vez… sea conveniente que nos presentemos… —de forma tímida la chica de lentes se adelantó al ver como las más jóvenes seguían recelosas—. De nuevo… pero nuestra identidad real… —el nerviosismo fue a más y en desesperación, no se calmó hasta que la rubia puso una mano en su hombro—. ¡Iiiii! —gritó de forma torpe y con las mejillas rojas siguió–. Eso… quizás ayude a crear confianza… 

 

De mala gana Masuki volteo los ojos con fastidio y Rei le hizo la seña para que continuara, así que retomo la palabra para alivio de Rokka. 

 

—¡Bien! —gruñó—. Utilizó el cuerpo de este mortal como recipiente, soy Cerbero, una de las cabezas del perro guardián del inframundo —mostró los dientes de manera amenazante haciéndose hacia adelante para asustar a las chicas y la chica de lentes trató de contenerla. 

 

—¡Me… me presentó! —chilló—. Mi nombre mortal es Asahi Rokka, portadora del demonio Labynkyr, un dragón helado de los hielos perpetuos del inframundo. 

 

—¡Eso es tan superdutitiboppin! —Hina brincó casi tirando la silla detrás de ella y con toda la emoción que su pequeño cuerpo contenía desbordada—. ¡¿Eso quiere decir que mi hermana es como ustedes?! ¡Genial! 

 

—¡Hina! —rápidamente Sayo le llamó la atención para aplacarla. 

 

—Sólo quiero saber como —dijo bajando su tono y haciendo un puchero ante el inminente regaño de su hermana mayor. 

 

—Por increíble que parezca —Rei ignoró el intercambio fuera de lugar que no estaba llevando a donde quería—, los demonios existen en otro plano, otro mundo, ya sea el inframundo o un mundo intermedio. Ellos pueden pasar al nuestro por medio de la transmigración, realizando una posesión. Esto es que ponen su Alma en el cuerpo de un mortal y pueden vivir en él yendo y viniendo entre los mundos. Suelen ser los más comunes y los que controlamos y erradicamos. Pero entre las posesiones que existen, tenemos una clasificada como posesión suprema. Esta ocurre cuando no sólo el demonio cambia o invade el cuerpo de un mortal, sino que lo sustituye y lo transforma a una forma demoníaca destruyendo todo rastro de mortalidad y humanidad. 

 

—¡Oh! ¿Eso fue lo que le pasó a mi hermana en el hospital? —dijo ya con preocupación, y ayudó a la interrogante que también tenía el resto. 

 

—Esa fue una posesión suprema, sin duda, sin embargo este demonio tiene un sello de restricción particular que impidió que la transformación fuera completa y le permitió volver a ser humana otra vez. 

 

Un escalofrío recorrió la espalda de Sayo y Lisa volvió a tomar su mano aferrándose para ser su soporte. A su lado, Rinko se revolvió avergonzada y con mayor culpabilidad. 

 

—Ese maldito ha tratado de romper la restricción sobre él desde hace siglos. La misma historia cada vez, en un ciclo sin fin. Siempre buscando recipientes y doncellas para sacarlo de su cárcel y traerlo aquí para desatar su venganza —una iracunda Masuki despotricó con fuerza y de nuevo Rokka tuvo que calmarla. 

 

—De acuerdo a los textos sagrados de hechicería —continuó Rei mostrando un viejo libro forrado en cuero abriendolo justo donde había una elaborada ilustración pintada en la hoja—, en el principio de los tiempos, entre la corte celestial, un Ángel de gran sabiduría y compasión por los humanos, bajaba a la tierra para compartir los conocimientos reservados a los cielos. Él enseñó a la humanidad sobre medicina, hechicería y el orden de las cosas.

 

—Sólo que el muy ladino acostumbraba a compartir más que sólo conocimientos entre los humanos, especialmente a las mujeres —Masuki soltó el comentario mordaz y la cara de Sayo se puso roja por la vergüenza de escuchar tal cosa. 

 

Los ojos de Yukina y Lisa fueron sobre ella y Hina rió sin mucho disimulo. Rei suspiró. 

 

—Por este Ángel es que existe mi casta entre los mortales, los nephilim. Sólo los descendientes de ese linaje producto de la mezcla del Ángel con humanos es que nosotros somos capaces de invocar hechizos. 

 

—A ese tipo le encanta fornicar —dijo Masuki todavía cabreada debido a la risa de la gemela menor—. ¿A qué intentó hacer algo más contigo, doncella? 

 

—Eh… —Rinko también se coloreó haata las orejas y trató de ocultar su rostro detrás de su flequillo y sus manos, no supo qué decir al ser el centro de la atención ahora. 

 

—¡Ja! ¡No me dijiste nada de eso hermana! —Hina estaba realmente divertida mirando burlonamente a Sayo. 

 

—¡No pasó nada! —Sayo se defendió soltando de nuevo el agarre de Lisa que estaba muda sin quitar la vista de Rinko. 

 

—Eso quiere decir que sí pasó —Masuki levantó las cejas en señal de triunfo uniéndose de forma indirecta a la burla de Hina—. Ese maldito cabrón no puede tener las manos quietas. ¡Por algo es un demonio de lujuria!

 

Rinko se encogió aún más. El peso de su vergüenza sumado a la expresión de Lisa fue demoledor. Sólo quería salir de allí, huir y esconder su pecado. No quería que lo que sucedió se supiera de ese modo. No así, no quería dañar más personas por sus acciones imprudentes. 

 

—¿Sayo que fue lo que pasó? —esa fue Lisa que miró con toda seriedad a su novia esperando una explicación, estaba tratando de ser racional a pesar de que en lo profundo de su mente ese monstruo verde estaba furioso golpeando con fuerza para liberarse, y sólo se fortaleció más cuando Sayo desvío la mirada avergonzada incapaz de soportar el juicio de Lisa. Todavía dudo en si debía hablar o no, no quería lastimar a Lisa ni a Rinko, aunque entendía que no podía seguir callando. Si querían respuestas, tenía que comenzar a responder las preguntas. Suspiró resignada antes de hacer su confesión. 

 

—No era mi intención que algo así pasara —habló sin mirar a nadie, sólo a sus manos que mantuvo pegadas a ella—. Mientras estaba inconsciente me encontré vagando en un desierto, en medio de una tormenta de arena. Creí que moriría allí ya que por más que caminaba no encontraba un refugio ni una salida —trago saliva—. Pasó de un momento a otro, que simplemente la tormenta se detuvo milagrosamente. Como si mis plegarias hubieran sido escuchadas. No sabía exactamente porqué pasó esto, pero gracias a ello logré distinguir un camino a lo lejos. Con desesperación anduve con las pocas fuerzas que aún tenía para ir hasta él y seguirlo. Caminé por el camino de piedra arenosa hasta que me encontré con una chica.

 

—¿Una chica? —Rei preguntó interesada, Masuki también lo estaba, esta era la información que desde un inicio quería obtener de Sayo. 

 

—Si, una chica. 

 

—¡Espera! —Hina se metió—. ¿Rinko-chan también estaba ahí? 

 

—No, era muy parecida a Shirokane-san, pero sabía que no era ella. Había algo diferente. 

 

—Llegaremos a eso después, continúa —Rei pidió. 

 

—En realidad, todo a mi alrededor era como un espejismo. Parecía estar en un limbo entre el desierto de arena y un oasis. Todo fue confuso. Porque de pronto mi visión de esa chica desapareció. Por más que la llame, ella no volvió. Fue ahí cuando él vino. 




Era igual a mí, físicamente compartiamos los mismos rasgos. Era como verme en un espejo y yo sé lo que es eso al tener a Hina conmigo. Sin embargo era diferente, extraño. Tenía estos cuernos, las escamas en el cuello y los ojos como si hubiera fuego en ellos, un fuego azul emanando, como si quemara sus pupilas y las llamas salieran tan largas que dejaba un rastro a su paso. Me habló de un tiempo perdido, de la soledad de su encierro y de la necesidad de salir de ahí. No confíe en él ni en sus palabras a pesar de que fue amable y cordial. 

 

Me dijo que debía tomar su lugar al menos por un momento, porque si no lo hacía yo podía morir y conmigo la doncella. En un inicio no supe a qué se refería, pero insistió con más desesperación cada vez. Fue hasta que escuche la voz de Shirokane-san que entendí que algo estaba pasando más allá. Enseguida me percaté de que ella estaba en peligro. Él dijo que sería momentáneo ya que no podría resistir estar en este mundo por mucho tiempo. 

 

Finalmente acepté y antes de poder moverme o hacer algo más, él se acercó poniendo su mano sobre mi frente y al cerrar los ojos sentí un tremendo dolor, como si me hubieran golpeado con algo ardiente en mi costado. Podía sentir mi respiración menguar, creí por un instante que esta vez mi muerte era inminente, que me había engañado y ahora recibía el castigo por ello. Sólo que, de pronto, el dolor y el ardor comenzaron a disminuir, mi respiración volvía a ser normal y cuando la oscuridad cedió, pude abrir los ojos y estaba con Shirokane-san. 



—¡Lo lamento Imai-san…! —Rinko se levantó de la silla inclinándose como disculpa—. Fue mi culpa. Yo… besé a Hikawa-san… —se mantuvo en su posición de disculpa—. Él dijo que era el único modo de salvarla… estaba herida… Hikawa-san sangraba y… yo no… no sabía qué hacer… 

 

De sus ropas sacó el pañuelo que aún conservaba la mancha de sangre impregnada en él y se lo ofreció a Lisa que lo reconoció, era el pañuelo que le había dado a Rinko antes. Los ojos verdes de Lisa se abrieron con asombro, dudó en si debía tomarlo o no, pero al final agarró el pañuelo, aunque no supo qué hacer con él. 

 

—No… no sabía que haría eso… él sólo me dijo que Hikawa-san moriría… que debía ser… ser suya… a cambio de curar el cuerpo de Hikawa-san… 

 

Las manos de Lisa estrujaron el trozo de tela entre sus dedos. Sus ojos se sintieron húmedos, pero enseguida se vistió con una máscara de comprensión para ocultar su rostro. El susurro interior de los celos se hizo angustioso además de doloroso. Su garganta estaba seca y llena de enojo. 

 

—Lo que hizo fue tomar la energía vital de la doncella para sanarse, Shirokane-san —explicó Rei—. Demonios que no han podido llevar a cabo por completo la transmigración o la posesión suprema, consumen rápidamente el cuerpo del portador o de su recipiente, necesitan la energía vital de otros seres vivos para mantenerse en este mundo. Según lo declarado, Hikawa Sayo tenía una herida de bala mágica, creada especialmente para matarla. De no haber cedido parte de tu energía, el portador habría muerto. 

 

—Imai-san, perdoname por no haberlo dicho antes —Sayo se giró hacia su novia también inclinándose para disculparse—. No deseaba que lo supieras de este modo. Asumo la responsabilidad de mis acciones. 

 

—Está bien, Sayo —se rió nerviosa dejando de lado el pañuelo sobre la mesa y tomando el rostro de Sayo entre sus manos—. Entiendo que era por algo importante… no había más remedio. Lo principal es que tú estás bien y eso es suficiente para mí. 

 

Aunque se comportó como si le restara importancia, Sayo sabía que Lisa sólo estaba actuando. Creía conocerla lo suficiente para sentir que a pesar de sus palabras de comprensión, en el interior Lisa estaba sufriendo. Pudo comprobarlo cuando alzó la mirada y sus ojos se cruzaron, había una tristeza, una especie de decepción. Sayo tomó las manos de Lisa aún pidiendo perdón con la culpa sobre ella. 

 

—¿Has vuelto a tener contacto con él otra vez? —Rei preguntó a Sayo para cortar el momento incómodo para el resto y retomar el tema. 

 

Recomponiendo su postura y su imagen Sayo negó moviendo la cabeza. 

 

—No, las cadenas bloquean cualquier intercambio, he sentido como si algo me llamara, pero con esto —alzó las manos mostrando los brazaletes en sus manos—, no sucede nada. 

 

—Ahora, tengo curiosidad —Masuki se inclinó hacia la mesa viendo a Rinko que ya había vuelto a tomar asiento—. Sé que él ya debió de presentarse contigo, ¿me equivoco? 

 

—Yo… yo… —fue el turno de Rinko para pasar saliva y hablar—, me sucedió algo similar a lo que Hikawa-san dijo… —miró con timidez—. Cuando estuve inconsciente en el hospital… no… no tenía noción del tiempo… después de lo que sucedió en el templo… desperté en un jardín, un jardín hermoso… no era para nada como el lugar donde Hikawa-san fue… él estaba ahí… era como Hikawa-san… creí que era ella, pero no… fue amable y cariñosa… no del tipo que dicen… sólo tierna… además, parecía sufrir… 

 

—Es un gran mentiroso, no creas lo que diga. Diría cualquier cosa para romper su maldición —Masuki asintió con suficiencia. 

 

—Hablaste de un jardín… —Rei se acercó a Rinko—. ¿Cómo era? 

 

—Pues… muy hermoso… como un bosque con mucha vegetación y animales… el canto de pájaros… el ruido del agua… Había un estanque y una cascada...

 

—Donde llegaste debe ser dentro de la barrera, directo con él —Masuki buscó entre las diversas carpetas sobre la mesa y sacó una que lucía muy vieja y desgastada de tanto uso—. El sitio donde está fue construido para contenerlo —mostró una especie de mapa pintado a mano—. No sabemos exactamente qué hay dentro o qué tan profundo es. Las doncellas y los recipientes anteriores hablaron del desierto de arena, que es el límite entre su celda y la nada. Después está el oasis, que es como un primer círculo, donde suele mantener a los recipientes hasta que mueren. En el segundo hay un mundo basto sin nada más que el reflejo del cielo sobre el mar, el lugar de las lamentaciones. En el tercer círculo existe un jardín, como el jardín del edén. El cuarto círculo, es el área de tormento. Es hasta donde llegan las doncellas antes de morir. Debe haber un quinto círculo, que nadie ha logrado penetrar, éste debe ser el lugar de la expiación. Nunca una doncella ha pasado a ese punto. 

 

—Si has estado en el jardín, esto es más grave de lo que pensé. Aunque si tomamos en cuenta que hay más posesiones supremas y con los ataques a tus lazos familiares, el proceso está avanzado. Nos lleva ventaja. 

 

—¿Qué quiere decir oficial Wakana? 

 

—Quiere decir que Caronte será el menor de nuestros problemas —contestó Masuki  a Yukina, y antes de que se desviaran Rei preguntó:

 

—¿Has estado de nuevo con él? 

 

Rinko ocultó sus manos debajo de la mesa y Sayo frunció el ceño, no le gustaba para nada esa idea. 

 

—Cuando… me desmayé en la morgue… desperté de nuevo en el jardín… él me llevó dentro de su casa… creo que era como su casa… estaba recostada en la cama cuando… desperté… me abrazo y trato de reconfortarme… quiso ir más allá… pero no pude… no en ese momento —bajó la cabeza avergonzada, tenía la cara roja al revelar esa última parte. 

 

—¿Hicieron algo? —Sayo sonó más molesta de lo que pretendía y no pasó desapercibido para los demás. 

 

Rinko negó enérgica. 

 

—No era adecuado… él lo entendió y en lugar de seguir, me llevó a verla… a su amor… estaba convertida en piedra… sentí pena… por él, su soledad y el destino de su amor… le pregunté cuál era su nombre, pero dijo que había tenido muchos, tantos que no importaba cómo es que lo habían nombrado… sólo me pidió que no lo llamara por ninguno de ellos, porque no le pertenecían… que el suyo ya no lo recordaba…

 

—La mujer que nos atacó en la casa Udagawa, ella mencionó un nombre —Sayo trató de hacer memoria—. Aza…

 

—Azael o Azazel —Rei mostró un medallón que tenía oculto debajo de su ropa, un grabado de la cabeza de una cabra con una inscripción debajo en otro idioma—. Como dije, él es el padre de los nephilim, los hechiceros en este mundo. Pero así como nosotros cazamos a los demonios, hay otros que hacen lo mismo. Ellos también cazan demonios, incluso a otros hechiceros que se interpongan en su camino, con el argumento de que al ser los hechiceros hijos de Azael, deben borrar toda su existencia de este mundo. Nos consideran aberraciones de la creación. El pecado hecho carne de los ángeles que se revelaron a Dios. 

 

—El cuento de que se enamoró de una sola doncella deja mucho que desear —Masuki se rió con sarcasmo—. Azael se acostaba con las mujeres mortales, eso no les gusto a algunos, y si bien una sobre las demás mujeres era su favorita, yo no diría que era amor lo que sentía. Pero sí puedo decir que llenó de enojo, buscó acabar con aquellos que provocaron la muerte de los suyos. La venganza es su único propósito. 

 

—Pero él estaba muy triste… por la doncella que estaba ahí… convertida en piedra… yo quise ayudarlo… consolarlo de alguna manera… pero él me rechazó… dijo que… —la chica bajó las manos y estrujo la tela de su falda—. Dijo que tenía que ser por él, no por pena… que tenía que amarlo… como a Hikawa-san… 

 

Lisa de inmediato buscó la cara de Sayo y se encontró con las mejillas rojas de ésta y una mirada que no supo interpretar más que de felicidad que rápidamente se fue al enojo reconociendo los celos en los ojos de Sayo, el celo por Rinko y lo que fuera que el demonio aquel representara para ella. Sus entrañas se revolvieron provocando náuseas y sus propios celos arañaron la superficie de su máscara. Ella sabía que a Rinko le gustaba Sayo, pero aquí las cosas estaban yendo mucho más allá. Hablaban de amor. Rinko amaba a Sayo. ¿Sayo amaba a Rinko? Esa pregunta la torturó, pero después de ver la reacción de Sayo, ella sabía la respuesta. Siempre la supo. 

 

—¡¿Qué es lo que va a hacer después?! ¡¿Eh?! ¡¿Qué es lo que pretende haciendo esto?! ¡¿Matarla como han dicho?! 

 

Los brazaletes y el collar en el cuello de Sayo titilaron ante el exabrupto. Sayo estaba evidentemente molesta. Sus puños estaban apretados con fuerza enterrando las uñas en su carne. 

 

—Rinko… Sayo —Lisa susurró mirando a ambas, ella se sentía fuera de todo eso, pero aún así no le gustaba ver a su novia en ese estado. 

 

—¡Este ciclo se ha repetido infinidad de veces, te lo dije! —Masuki ladró en respuesta para contener a Sayo mientras proyectaba su propia aura demoniaca para hacerse prevalecer—. La doncella debe pagar el precio para la libertad de Azael y una vez la obtenga, tú dejarás de existir y sólo serás un recipiente, el mismo cuerpo, pero será él quien esté en ti. 

 

—¿Eso es lo que no entiendo? —fue Yukina quien preguntó todavía confundida—. ¿Qué tiene que ver eso con las otras muertes? Si sólo quiere a Rinko y a Sayo porque está involucrando a más personas. 

 

Rei tomó otros dos expedientes que dejó sobre la mesa al alcance de Yukina y Lisa. Uno de ellos era el informe de los asesinatos de los padres de Rinko. Yukina tomó una de las carpetas y al abrirla se encontró con el informe policial y las fotografías de la evidencia. De inmediato cerró la carpeta y desvió la mirada con un evidente disgusto después de ver por unos segundos el estado en el que habían retratado a los cuerpos prácticamente desmembrados de una masa de carne desconocida. Tuvo que contener el asco. 

 

—Después del ritual para abrir el camino de la transmigración, comienzan a suceder los asesinatos. Uno a uno va cortando los lazos de las doncellas. Su familia, sus amigos, aquello que más quiera y aprecie va a ir siendo destruido para que ellas no tengan nada más que rendirse ante él en la desesperación y la soledad. En cuanto tuvimos el primer reporte, comenzamos a movernos, pero no fue lo suficientemente rápido.  

 

—Eran los objetivos más obvios —completó Masuki—, pero localizarlos nos retrasó y no fue posible llegar a tiempo, al menos ustedes siguen aquí. Aunque irá por el resto aún con nosotros de por medio. Así que es su decisión si ayudan y cooperan para intentar detenerlo o dejan que él acabe con ustedes sin oponer resistencia. 

 

La rubia señaló a los presentes y Yukina y Lisa tragaron saliva. 

 

—Pero, ¿quienes hacen esto? ¿Ese demonio? ¿Cómo? Se supone que Sayo lo está conteniendo, ¿cierto? 

 

—Minato Yukina —le contestó hablando con calma dado que la chica estaba impacientandose—, así como yo y Masuki, otros hechiceros y demonios trabajan para mantener el orden, pero no todos lo hacen. Hay una parte de la casta de nephilim que desea el regreso del padre y algunos de ellos también trabajan con demonios y otros más pelean contra ellos, pero no están con nosotros. Fue un grupo diferente quién estuvo detrás del ritual inicial, las muertes de los padres de Shirokane Rinko y el ataque a los Udagawa.

 

—¿Eso fue lo que sucedió con Ako? ¿Un ataque de estas personas? 

 

Tanto Rei como Masuki asintieron a la pregunta de Yukina. 

 

—Gracias a la intervención oportuna de Imai Lisa, logramos recuperar al objetivo, aunque hubo algunas bajas lamentables —señaló a la otra carpeta, sólo que esta vez Yukina no quiso abrirla para ver el reporte, en su lugar preguntó:

 

—Oficial Wakana, ¿qué pasará con las hermanas Udagawa? 

 

—Eso es clasificado. Por lo pronto será mejor que permanezcan aquí para su seguridad. Shirokane Rinko —se dirigió a la chica—, tendrás que ir con la oficial Asahi para realizar el informe sobre el resto de tus lazos mundanos. Debemos asegurar a todos los blancos, aunque las principales estén aquí no queremos que nadie se nos escape y ocurra otra tragedia. 

 

Muy a regañadientes, Yukina se levantó de su asiento para seguir al resto. Fue la última en dejar la habitación y al echar una mirada hacia atrás, encontró a las dos oficiales hablando entre ellas, más bien discutiendo en voz baja. Parecían estar en desacuerdo con algo, pero no pudo entender sus palabras, hablaban en un idioma extraño. 

Chapter Text

Luego de que las chicas fueron despedidas de la sala de juntas, Rinko se separó de ellas yendo con Rokka a otro sitio. El resto fue reubicado en otro edificio para tenerlas a resguardo. El edificio donde las llevaron servía de residencia para algunos trabajadores, era fácil de deducir ya que parecía un simple complejo de apartamentos y las pocas personas que se toparon en el camino se veían más relajadas, tanto en su paso como en sus ropas. Daba la sensación de normalidad entre tanta locura. Una oficial las guió hasta un piso intermedio de aquel edificio y las dejó en un apartamento que era utilizado para mantener a las visitantes como ellas. 

 

Una vez las dejó, cada una se separó, pero todavía permaneciendo cerca en la sala. Fue notable mirar el gran ventanal que dejaba entrar la luz exterior e iluminaba toda aquella área. Hina revoloteo admirando la vista mientras Sayo estaba inquieta caminando de un lado al otro de la sala común. Únicamente se escuchaba el tintineo de sus brazaletes llenando el incómodo silencio. Yukina se había situado de inmediato en una de las plazas del sofá principal, con el mal humor dibujado por toda su cara. Lisa permaneció de pie, detrás de Yukina y se concentró en seguir con la mirada a Sayo sin decir una palabra, aún se sentía abrumada por todo lo que estaba pasando y por la revelación de eso que ya sabía, pero se había negado a ver. Aún estaba en debate sobre qué iba a hacer a continuación. Su corazón estaba adolorido, a punto de romperse en muchos pedazos y estaba luchando en mantenerlo unido por la fuerza. Sus ojos estaban llenándose de lágrimas, sólo que justo Hina pasó a su lado y las aportó rápidamente antes de que la chica se diera cuenta. Sin embargo, Hina pasó de largo sin detenerse a mirarla y en su lugar fue hacia la puerta para cerciorarse de que estuviera abierta. Se sorprendió al ver que no tenía ningún seguro puesto, la abrió y sólo grito:

 

—¡Hermana, voy a salir! 

 

Y así, son más y antes de que Sayo le dijera algo, se fue a explorar el resto del piso y lo que pudiera ver del edificio, por lo que las había dejado a solas a las tres, Sayo, Lisa y Yukina. Se podía sentir la tensión asfixiando como un nudo en la garganta. 

 

De todas, Hina era quien se mostraba más curiosa y abierta a los eventos extraordinarios a diferencia del resto. Sayo lo atribuyó a su peculiar carácter extrovertido y deseoso de aprender cosas nuevas a velocidades inhumanas. Sólo Hina, siendo Hina. 

 

—¿Podrías dejar de hacer eso? No puedo concentrarme —la voz irritada de Yukina sacó de sus pensamientos a Sayo y detuvo su caminar de un lado a otro. 

 

Sayo iba a interpelar a Yukina cuando Lisa la tomó del brazo y la jaló para llevarla aparte. Aquellas palabras le habían sacado de su propio trance y Lisa pudo al fin moverse. Sayo opuso cierta resistencia, pero después se dejó guiar a donde quiera que Lisa la llevaba. 

 

Entraron en una de las habitaciones del apartamento y apenas estaba cerrándose la puerta cuando Lisa rodeó con sus brazos la cintura de Sayo para pegarse en un muy necesitado abrazo lleno de desesperación y desconsuelo. 

 

Para Lisa la sensación de que su novia era una persona completamente distinta en estos últimos días la tenía al borde de su razón, sin contar los eventos extraños de las últimas horas. Todo parecía tan surreal, que necesitaba desesperadamente un poco de normalidad, un poco del cariño y amor de Sayo. 

 

—¿Imai-san? 

 

Su voz sonó nerviosa y sorprendida, el agarre de Lisa sobre ella era apretado, los dedos de la chica se clavaban en su espalda y la cabeza estaba recargada sobre su hombro izquierdo, podía escuchar la fuerte respiración y después un ligero sollozo. Se mordió la mejilla por la parte interna debido a la culpa. Lisa estaba sufriendo y era consciente de que era por su causa. 

 

Al ver que Sayo vacilaba y no correspondía el abrazo sólo contribuyó a su ansiedad. Su cabeza, su mente estaba llenándose de ideas negativas. 

 

"¿Siempre iba a ser la chica relegada al segundo lugar?" 

 

"Ella está conmigo, ella me ama, ella está conmigo, pero ella no me ama."

 

"Es otra vez la misma historia, siempre hay algo más importante."

 

Con Yukina, las cosas se volvieron difíciles y complicadas, siempre se esforzó por estar a la par de su amiga, pero ella estaba más enfocada en lograr sus metas personales con la música. Ella aceptó estar por debajo de eso y la apoyó incondicionalmente al final. En su deseo de no ser dejada atrás a pesar de las deficiencias que creía tener, soportó muchas situaciones donde su corazón salió lastimado. Sin embargo, no culpaba a Yukina por esto, ella era quien había tomado la decisión y se hacía responsable por ello. 

 

Aunque se sentía a gusto con Roselia, que era como su familia, quería tener esa dicha de ser importante para una persona, de recibir el mismo amor que ella estaba dispuesta a dar. Ser lo más importante para alguien y que su amor fuera devuelto de la misma manera en que ella se entregaba.

 

Al inicio de Roselia, Sayo fue un poco cruel con sus llamados de atención y la exigencia para estar al nivel que se requería para la banda. Sin embargo eso no la desanimó, ella fue perseverante, se esforzó para estar a la altura. Su deseo de mostrar que ella podía, que era capaz fue su motor, y cuando Sayo elogió su trabajo y dedicación, un sentimiento comenzó a surgir. 

 

Pronto se vio esforzándose fuerte para ser notada, para que Sayo la mirara y la felicitara. Era lindo ver como se sonrojaba al decirle esas palabras y la confianza comenzó a hacerse más grande y Lisa empezó a coquetear con la idea de atrapar a Sayo. El tiempo que pasaron juntas se fue haciendo más y más, que se volvió codiciosa de la atención y la mirada de su compañera. Quería toda la atención de Sayo en ella ya que era la única que a pesar de los desacuerdos iniciales, en el interior era noble y amable y le daba lo que tanto había anhelado recibir de Yukina, cariño. Por eso cuando Sayo empezó a hablar de Rinko, a pasar tiempo con ella y a hacer cosas por la chica, sintió pánico. No quería perder ese sentimiento cálido que le daba felicidad, así que fue y se declaró consciente de que Sayo sería lo suficientemente amable para no rechazarla. 

 

—Imai-san… 

 

Hasta entonces Sayo la rodeó con sus brazos. La desesperación aumentó, podía sentir una tensión incómoda en ese abrazo, como si el espacio entre ellas se hubiera hecho abismal a pesar de la cercanía. 

 

Movió sus manos agarrando el cuello de la camisa de Sayo y atrayéndola en un beso desesperado. 

 

Sus labios chocaron. 

 

Fue tan repentino que los segundos entre que pudo reaccionar y tratar de hacerse hacia atrás no fueron suficientes. Lisa sujetó la cara de Sayo para evitar que escapara y profundizó el beso invadiendo la boca de la otra con su lengua. 

 

A Sayo le gustaba besar a Lisa, lo habían hecho muchas veces antes. Era tan fácil. Lisa iniciaría casi todas las veces y ella sólo se dejaría llevar. 

 

—Por favor, Sayo… 

 

—Imai-san… 

 

Lisa se separó apenas lo suficiente para desabotonar esa horrible camisa kaki y dejarla caer al suelo. Las manos de Sayo se encontraron con la piel desnuda de Lisa tomándola de las caderas para tratar de detenerla con poco entusiasmo. 

 

Lisa la arrastró hasta la cama de esa habitación y empujando apenas con algo de resistencia, tiró a Sayo sobre el colchón y ella se sentó encima de su cintura sin dejar de besar. 

 

—Dejame tener esto… 

 

Lágrimas anegaron los ojos verdes de Lisa antes de poder retirar la camisa de Sayo, pero no pudo hacerlo. Sayo la sujetó deteniéndola. 

 

—Imai-san, esto no es correcto. 

 

—¿Me harás suplicar? —la miró con esos ojos llorosos que golpearon de nuevo con culpa. 

 

Lisa reanudó sus besos a lo largo del mentón de Sayo y por su cuello, al menos lo que dejaba libre el collar en él. Las manos terminaron de descubrir el torso y tocaron con cierto temblor los senos de Sayo. No era como si no hubiera sucedido esto antes. Sayo era fácil de llevar en los caprichos de Lisa, al menos casi siempre. 

 

—No… hacer esto ahora no es bueno… Imai-san, te estimo mucho como para… 

 

—¿Para lastimarme? —Lisa se rió manteniendo la cabeza agachada sobre el pecho de Sayo—. No soy una niña, Sayo, puedo cuidarme sola. 

 

—Necesitamos hablar.

 

Sayo intentó echar atrás a Lisa y levantarse, pero Lisa volvió a empujarla sobre la cama manteniendo su posición. 

 

—¿De qué? ¿De qué no quieres seguir conmigo? ¿De qué te has dado cuenta de que no podrás amarme? ¿De qué quieres a Rinko? ¡¿De eso quieres hablar?! 

 

Poco a poco la voz de Lisa se fue elevando hasta terminar en un reclamo fuerte. Sus manos estaban apretadas con fuerza alrededor de la camisa de Sayo. 

 

—Las cosas no son así… 

 

—¿Entonces cómo son, Sayo? ¿Podrías explicarme? Porque yo no entiendo nada. 

 

—De este modo no son, Lisa… 

 

—Estuviste a punto de morir, he estado en una situación estresante tras otra como un simple espectador, con cosas que no acabo de entender y sólo con la certeza de que todo se irá al carajo. ¡Al menos dame esto, déjame sentir una vez más que realmente te importo, que soy la primera en tu corazón y luego vete si te quieres ir! 

 

La culpa es un peso muy grande, uno que a veces sofoca y no permite actuar correctamente, es una carga que soportas y tratas de aliviar el dolor y sufrimiento intentando hacer algo por la persona por la cual sientes esa culpa, pero siempre terminas haciendo cosas que solo te hunden más en esa poza, ahogandote poco a poco sin poder remediar tus problemas. 

 

Sayo abrazó a Lisa, apretando su agarre sobre esa piel cálida que en otras ocasiones se estremecía con su toque. Sintió asco de sí misma, náuseas de sus malas decisiones, pero todavía continuó cavando más profundo. 

 

—Imai-san… lo siento… —dejó salir algunas lágrimas—. Realmente, te quiero, te estimo mucho. Eres importante para mí, así como todo el tiempo que hemos compartido juntas… pero… 

 

Lisa le tapó la boca con la mano, no quería oír el pero. En vez de dejarla continuar, al retirar su mano, calló su boca con sus labios. El beso sabía salado, pero Lisa no supo si era a causa de sus lágrimas o de las de Sayo. No había rastro de esos besos tímidos y dulces que compartieron antes, no había el nervio ni el temblor en la otra, ni la sensación de mariposas en el estómago y el deseo hormigueando en la intimidad. 

 

Sólo había una sensación de pesadez, de amargura y resquemor. Las manos de Sayo no eran suaves, eran ásperas y frías. Los besos de Lisa eran agridulces y sus dientes se encajaban sin cuidado en la piel, buscando hacer daño, al igual que sus uñas arañaban con rudeza dejando líneas rojas por su paso. 

 

Lo que buscaba Lisa, no lo encontró. No existe consuelo, no hay resignación. Únicamente obtuvo tristeza y enojo. Enojo contra Sayo, pero principalmente contra ella. La sensación de placer no fue suficiente para barrer con la culpa, en ninguna de las dos. Aquello que estaban haciendo ni siquiera podía considerarse un acto de amor. 

 

Al final, cuando Sayo se levantó de la cama y buscó su ropa, Lisa permaneció dándole la espalda, sollozando ocultando su cuerpo con la sábana. Sayo no dijo nada, hablar en esa situación no serviría y sólo se lastimarían más. Ya habían hecho suficiente. 

 

Dejó la habitación. Necesitaba respirar aire fresco, no el aire viciado de ese cuarto que la asfixiaba. 

 

Pasó el área común sin ser vista por Yukina, la chica estaba al teléfono hablando sin prestar atención a su alrededor. No es que quisiera que la viera o le hablara, no en este momento. No quería recibir la mirada juzgadora de Yukina y el reclamo silencioso por haber dañado a alguien importante para las dos. 

 

Caminó por el pasillo del edificio buscando el elevador o las escaleras, quería salir de allí. 

 

 

 

Hina acababa de volver de su recorrido por todo el edificio. Había encontrado algunas cosas interesantes y eso la puso de buen humor. Al entrar en el área común del piso donde las habían asignado, se encontró a Yukina mirando por la ventana. Estaba escribiendo algo en el celular, pero levantó la vista al oír a Hina. Los ojos rojos delataron que algo malo había pasado. 

 

—¿Estás bien Yukina-chan? 

 

Hina se acercó, pero de inmediato Yukina la apartó empujando su hombro. Eso fue brusco y Hina no esperó algo así, la desbalanceo haciendo que trastabillara.

 

—¡No te acerques! —las lágrimas de rabia salían de los ojos de Yukina—. ¡Están muertos! ¡Los padres de Ako, Uehara-san también! Mitake-san no sabe que paso, ella está destrozada. Yo… no… no tuve el valor para decirle… decir… que fue Tomoe quien mató a sus padres, a la chica que amaba e intentó matar a su hermana… —en este punto su voz se había elevado y el nudo en la garganta le estaba lastimando las cuerdas vocales—. ¡Esa cosa…! ¡No era Tomoe…! Pero… ¿cómo explicas eso? 

 

Las facciones casi siempre inexpresivas de Yukina se contorsionaron en una mueca de rabia profunda. Sus manos estaban tan apretadas, que sus uñas estaban enterrándose y a punto de hacer sangrar la palma de la mano.

 

Hina no entendía, o al menos parecía no entender el pesar de la otra. Nunca había sido particularmente buena en las relaciones interpersonales, Sayo siempre se lo había dicho, además de Chisato y las demás chicas de su banda. Las personas eran complicadas. 

 

—¿Qué dices? 

 

—¡Esto es culpa de Sayo! —gritó—. ¡Dije que nada de sentimientos personales en la banda! ¡Nada que afecte el rendimiento de Roselia! 

 

—Yukina-chan… —Hina la miró confundida, indecisa entre defender a su hermana y tratar de entender a Yukina. 

 

—¡Mirá donde estamos ahora! ¡Esto es culpa de Sayo! ¡Ella trajo esto y arruinó a Roselia! 

 

—Yukina-chan, esto es algo que nadie esperaba… —avanzó unos pasos con las manos a la altura del pecho para intentar calmarla. 

 

—¡Es su culpa! —empujó de nuevo a Hina cuando se acercó demasiado. 

 

—¡Yukina! 

 

La voz de Lisa interrumpió la ira de su amiga yendo a poner distancia entre Yukina y Hina antes de que aquello pasara a mayores. No es que Yukina fuera agresiva, al menos no en el aspecto físico, aunque podía ser enérgica. Y en este momento era evidente que estaba alterada. Lisa se había terminado de vestir a toda prisa al oír los gritos de Yukina y salió de la habitación donde estaba, había alcanzado a escuchar parte de los reclamos y después de lo sucedido entre ella y Sayo, se enganchó de inmediato muy a su pesar. 

 

—Si quieres culpar a alguien, puedes hacerlo a mí. 

 

Caminó hasta su amiga con la cara llena de enojo, una vista que Yukina pocas veces había visto en su vida, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Yukina la miró a los ojos con nerviosismo. 

 

—Lisa… 

 

—Fui yo quien no hizo caso de tus palabras, Yukina. Fui yo quien le pidió a Sayo ser su novia… fue por mi culpa que Roselia se contaminó… todas sabemos que soy el miembro más débil del grupo… el más voluble y sentimentalista… 

 

Hina miró a una y a otra, era obvio que ella no tenía nada que ver en la discusión, este asunto ya no era de su competencia así que lo mejor era no intervenir, pero bueno, es Hina, no hablar no iba con ella. Y antes de que Yukina pudiera decir algo para contestarle a Lisa, ella lo hizo. 

 

—Creo que esto se está saliendo de control y no es justo que Lisa-chi o mi hermana carguen con una culpa que no es enteramente suya —dijo con una ligera nota de disgusto—, después de todo Yukina-chan es quien desde el inicio dejó unirse a Lisa-chi a Roselia porque la ama. Si alguien dejó que sus sentimientos la manejaran fuiste tú, Yukina-chan. 

 

Lisa se quedó mirando a Hina por unos segundos tratando de encontrarle sentido a lo que acababa de decir. 

 

—¿De qué estás hablando, Hina? 

 

Algo parecido al pánico golpeó a Yukina que se puso blanca como una hoja mientras Lisa fue quien se puso roja. La mente de Lisa corrió a mil por hora con cientos de preguntas que brincaron a la vez. ¿Yukina la amaba? ¿Cómo amigas? ¿Cómo otra cosa? No entendía, porque después de todo, había sido Yukina quien la dejó de lado, ¿cómo era posible eso que decía Hina? Debía estar mal. Era, seguramente, una idea loca de Hina o algún disparate de los que solía decir y que no tenían sentido para nadie más que para ella. 

 

—Habló de lo que es, Lisa-chi, mi hermana no tiene la culpa en esto… al menos no toda. 

 

Perpleja como estaba y al ver que Hina mantenía su posición, se giró hacia Yukina en busca de respuestas. Ella debía decir algo, cualquier cosa, lo que fuera para esclarecer lo que se estaba diciendo. Quizás simplemente le restaría importancia y diría que era un disparate y zanjarían el tema. 

 

—Yukina, ¿eso es verdad? Es una broma de Hina, ¿cierto? ¡Hina, no es momento para hacer una broma como esa! 

 

—¡No es una broma! ¡Es la verdad! —insistió cuando Lisa la volvió a ver y se encogió de hombros señalando a Yukina—. ¡Es la verdad! 

 

Lisa de nuevo puso sus ojos en Yukina y ésta, sólo bajó la cabeza resignada. Sus labios estaban tan apretados uno contra el otro en un intento de detener las palabras, pero Lisa seguía viéndola con insistencia esperando una respuesta. El debate interno de la chica la tenía al borde del colapso. 

 

Finalmente aflojó los labios para hablar. 

 

—Ti… tiene razón —exclamó con timidez, más bien con miedo. 

 

—Yukina… ¿cómo? —la voz de Lisa salió con cierta confusión—. Nunca dijiste nada… yo creí que… —agitó la cabeza tratando de entender, pero sólo hizo que un fuerte dolor apareciera en sus sienes—. No, espera… ¿a que te refieres con ese tiene razón? 

 

Lisa se acercó agarrando uno de los hombros de Yukina para hacerla reaccionar y que la viera. 

 

—¡Lisa te amo! —Yukina se movió rápido sujetando la mano que Lisa había usado para agarrarle el hombro. 

 

—Cómo amiga, ¿cierto? —fue el turno de Lisa de intentar huir. 

 

De nuevo Yukina apretó sus labios, su mirada en el suelo lejos de los ojos de Lisa, tratando de no mirarla para no descubrir más su vergüenza. 

 

—Yukina… no puedes decir eso… no ahora… Yukina, por favor no hagas esto… 

 

Habló con desesperación, sintió como si hubiera caído en una gran poza de agua y el peso de su cuerpo fuera tan grande que se estaba hundiendo sin remedio. Le hacía falta el aire. 

 

—Lo siento… —dijo Yukina apenas audible y Lisa se llevó las manos a la cabeza jalando los cabellos castaños que estaban revueltos. 

 

—No… no… no. ¡No! ¡Tú me dejaste de lado! ¡Me apartaste! ¡No puedes decir que me amas o me amaste! Yo… yo ya no sé… no Yukina… no puedes… 

 

Era evidente que Lisa se estaba ahogando y Yukina la estaba arrastrando al fondo. 

 

—Yo creí que era lo mejor… no tenía nada para ofrecerte —se defendió Yukina—. La música me absorbió por completo y no había más que pudiera darte… no era justo para ti… perdoname… 

 

Yukina dio un paso hacia Lisa, extendiendo su mano para tomar la de la chica, pero Lisa se hizo hacia atrás, su rostro se veía herido. Las lágrimas estaban asomándose manchando sus mejillas. Sus pulmones estaban pidiendo aire precioso que no estaba llegando a ellos. El ataque de pánico inicial de Yukina, ahora lo estaba sufriendo Lisa, pero con mucha más fuerza. 

 

—Yukina, yo te amaba… te seguí ciegamente, todo el tiempo… quise estar ahí para ti… pero sólo me cerraste las puertas… me hiciste a un lado… ¿cómo puedes decir que me amas? 

 

—No merecía a alguien como tú… yo… yo sin la música no soy nada… o eso creí… pero luego te vi con Sayo… 

 

—¡Eras todo para mí! —grito y tanto Yukina como Hina brincaron sorprendidas—. Eras todo para mí, Yukina. Ir al fin del mundo, seguirte en Roselia a pesar de todo, habría hecho lo que fuera por ti y tú… no te importó… nunca… hasta que alguien más apareció… 

 

—Lisa —volvió a intentar tomar su mano, pero de nuevo la chica no se lo permitió. 

 

—¡Dejaste que otra persona me llevara! ¡Permitiste que me fuera! Dejaste que alguien más me… lastimara. No… yo no puedo hacer esto… no puedo seguir en este juego retorcido entre tú, Sayo y yo… 

 

—Lisa… espera… ¡Lisa! 

 

La chica corrió fuera, su rostro estaba bañado en llanto y no quería ver a Yukina ni a Sayo, ni a nadie. Todos habían sido crueles y malos y ella había sido tonta e ingenua al creer en el amor. 

 

Llegó al elevador presionando el botón para llamar al ascensor, pero este no respondía. Oyó la puerta del apartamento abrirse detrás y a Yukina ir tras ella. No podía esperar el elevador. Las escaleras de acceso estaban a un costado, sólo tenía que empujar la puerta, lo cual hizo, y le puso seguro para impedir que fuera abierta y así retrasar a su amiga. No quería verla. Se sentía estúpida, una completa idiota. 

 

Se dio la vuelta ignorando los golpes desesperados de Yukina al otro lado y comenzó a subir las escaleras hacia la planta alta, la azotea. Escuchó el intento de Yukina de abrir la puerta por la fuerza, pero no lo lograría, era demasiado grande para alguien como ella. 

 

Subió a prisa, paso a paso cada escalón en un loco frenesí. Al mirar atrás, hacía el piso anterior, percibió algo extraño. Era como una sombra, una oscuridad que hizo que las luces a su alrededor titilaran por unos segundos. Un miedo se apoderó de su corazón, era como el presentimiento de que había algo maligno acechando, tratando de acercarse a ella. Sin pensarlo más, corrió el resto de la escalera. 

 

Llegó hasta la puerta de acceso de lo que era la azotea, y al abrir la recibió el frío aire de la tarde. Algo inusual que le dio escalofríos. Comenzó a temblar, aunque no sólo por ello, también por cómo se sentía. Cerró la puerta intentando escapar de aquello que la seguía y al sentirse segura, se derrumbó. 

 

—¡Yukina eres una idiota! ¡Sayo eres una idiota también! Yo soy… una idiota… 

 

Cayó sobre sus rodillas llorando amargamente. Estaba destrozada, su corazón hecho añicos. El rechazo de Sayo le había golpeado a su, ya débil, corazón. 

 

A sus espaldas, y sin que ella se diera cuenta, por debajo de la puerta, la oscuridad empezó a colarse. El frío en su cuerpo se volvió más intenso y se abrazó a sí misma con fuerza. El dolor se afianzó en sus entrañas, en una mezcla de celos, rencor, desesperación y menosprecio. 

 

A su mente vino la imagen de Sayo abrazando tiernamente a Rinko en el hospital de ese lugar, como el alivio se dibujó en su rostro al verla sana y salva, y como se olvidó por completo de que ella estaba ahí, a unos pasos. Esa preocupación, ese amor, Sayo nunca la había visto así. Ni siquiera Yukina lo había hecho. 

 

¿Y qué era esa locura de Yukina diciendo que la amaba? Ella nunca lo había hecho. La meta de Yukina siempre fue el Future World Fest y poco le importaba lo demás, ella ni siquiera había estado en una escala debajo de eso. Yukina la había sacado de su vida, ignorándola por completo. Ella había luchado por mantener su amistad, pero una y otra vez sólo recibía el desprecio de la chica. 

 

Yukina siempre la había dado por hecho. La siempre fiel Lisa, la que estaría ahí a pesar de todo y no importaba cuanto la despreciara, permanecería ahí. Yukina no la amaba, amaba la devoción que le daba porque llenaba su ego, así como a ella le lleno el ego la atención de Sayo que ahora se había esfumado. 

 

No tenía nada. 

 

"No tienes a nadie." 

 

Nadie la amaba. 

 

"Nadie te ama."

 

Las lágrimas se hicieron más grandes y pesadas y salían sin detenerse. Su corazón se revolcó de dolor como si algo estuviera comiéndose ese órgano de su cuerpo. Cada pulsación era un rayo de dolor. La bestia, el monstruo de los celos había cambiado, ahora era un demonio devorando sus entrañas, revolviendo sus vísceras, alimentándose de sus temores y debilidades. 

 

Esto, lo que fuera, era más fuerte que ella. Más que su optimismo, su generosidad y su amor. 

 

El amor. 

 

Se sentía tan lejano. 

 

Algo inalcanzable. 

 

La imagen de Yukina apareció delante de ella y se desvaneció cuando parpadeó para aclarar su vista de las lágrimas que la nublaban, en su lugar, apareció ahora, la imagen de Sayo dándole la espalda y yendo hacia adelante alejándose de ella. 

 

Se levantó del suelo queriendo atrapar aquello que no estaba a su alcance. 

 

Caminó hasta el borde de la azotea. Sus pies estaban pesados, su cuerpo estaba cansado, su voluntad estaba siendo aplastada. La sombra detrás de ella la había rodeado y no la dejaba avanzar. 

 

Un vacío, una desesperación sin fondo le oprimía el interior. La oscuridad estaba abrazándola, susurrando cosas horribles, jugando con su cabeza. 

 

Eres una mala persona. Una amiga pésima. No estuviste allí para Yukina como lo prometiste. Le diste la espalda cuando eran niñas, por eso te apartó. Te volviste frívola, banal y superficial, por eso te aborreció. A ella le gustabas, pero así, en esa persona que te convertiste, no podía estar contigo. 

 

Jamás te diste cuenta de que también le gustabas. Eres una mala persona. Preferiste dejarla, preferiste continuar con tu máscara de banalidad e irte con alguien más en un espejismo de amor egoísta. Te conformaste en recibir migajas de alguien por lástima. 

 

Mereces el peor destino. 

 

Sayo no te ama, no te va a amar. Yukina dice amarte, pero ¿realmente lo hace? ¿A ti? A la chica que sigue las modas, le gusta tener las uñas pintadas, finge alegría y optimismo para agradar a las personas, que es insistente y no conoce los límites para alimentar a su ego disfrazado de amabilidad. La música es lo más importante para Yukina, como Rinko es más importante para Sayo. Jamás podrás tener el amor de nadie siendo así. Ni siquiera puedes tocar el bajo, Yukina te dejó estar en su banda por pena, por lastima. 

 

Eso es lo único que vales, lástima. Hazles un favor. 

 

La puerta de la azotea se abrió de golpe, entre sus ojos nublados y su mente confusa, Lisa apenas pudo ver a Yukina acercándose a ella con cautela. 

 

—Lisa ven aquí. Podemos hablar. 

 

"Salta."

 

—No… tú no me amas… Sayo no me ama… ella sólo me usó por temor a ser rechazada por quien amaba de verdad… y tú… me apartaste porque no soy suficiente, porque me volví algo que odiabas… no soy suficiente para nadie… no soy importante… no soy más que un lastre para Roselia… para ti… 

 

—Eso no es verdad. Lisa, por favor ven aquí. 

 

"Salta."

 

—Lisa-chi, ¿qué estás haciendo? —Hina también apareció detrás de Yukina, lucía sorprendida, tenía la boca abierta después de ver la imagen frente a ella—. No hagas una locura. 

 

Lisa trastabilló, estaba confundida. No sabía dónde estaba o qué estaba haciendo, pero las voces en su cabeza la estaban atormentando sin cesar. 

 

"Salta."

 

—Yukina…

 

Su pie resbaló. 

 

Yukina corrió extendiendo su mano para agarrarla. 

 

Estaba demasiado lejos y no era tan atlética. Se maldijo por jamás serlo. 

 

Sus ojos sólo vieron a Lisa caer por el borde antes de cerrarlos y no ver como perdía a su amiga de la infancia. Sólo se retrajo y se encogió a llorar.