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The devil

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El mundo es por y para los hombres, las mujeres no pueden ser sacerdotes, está escrito en las reglas del Vaticano. Jesús eligió doce apóstoles hombres y así debía seguir... Excepto en un pueblo casi olvidado de Corea.

El lugar era tan pequeño que no hace falta siquiera nombrarlo, nadie lo conocía. Su población era ínfima también, no llegaba a los doscientos habitantes, por eso se conocían entre todos. Si seguían así quizás pronto desaparecería y no quedaría nada más que polvo.

Había una cosa de todo; una escuela, una tienda de ropa, una carnicería, un restaurante, una iglesia. Al ser tan pequeño y nadie visitar el pueblo, la llegada de Dami al lugar aclamando ser el reemplazo del sacerdote muerto hacía unas horas generó un revuelo. Semanas antes de fallecer, el anciano había enviado una carta al Vaticano suplicando un pronto reemplazo y a los días recibió respuesta de que llegaría alguien joven al lugar, todos lo sabían, pero de igual manera fue un shock para el pueblo y cada uno de los habitantes, no sabían que las mujeres podían predicar la palabra del Señor, es más, estaban casi seguros de que estaba prohibido, así que la despreciaron.

"Es imposible que una mujer ocupe ese cargo."

Eso fue lo más leve que oyó porque Dami se pasó noches enteras soportando un bullicio en la puerta de la iglesia que decía que era una impostora, que debía irse y muchas más cosas que prefería no recordar. No dejaron que entierre a su colega siquiera, probablemente eso fue lo que más le dolió.

Las ancianas del pueblo se juntaron y no había nada más letal que más de dos mujeres de pueblo con la lengua casi tan ágil como cualquier deportista. En nombre del lugar le enviaron una carta al Vaticano exigiendo una respuesta a tal atrocidad que había llegado. Recibieron una carta del mismísimo Papa diciendo que traten bien a la sacerdote Dami, que se había ganado su puesto con sudor, lágrimas y la voluntad de Dios. Ese día la puerta de la iglesia no paró de sonar, todo el pueblo se apareció pidiendo disculpas por haber incumplido la voluntad del Señor. Dami los recibió con una sonrisa dulce y un abrazo cálido, su religión le decía eso, que siempre debía poner la otra mejilla y siempre amar al prójimo.

Había pasado años de eso, ahora Dami era parte del lugar y quería a todos como todos la querían, a pesar de la mala impresión primera era un pueblo con mucho amor para dar.

Los domingos de misa asistían todos sin falta. Desde temprano estaban afuera esperando entrar a purificarse el alma. La sacerdote los reciba con una sonrisa y empezaba su discurso de dos horas hablando de cuánto los amaba Jesús y cuánto se había sacrificado por cada uno en la sala. Leía y leía con ayuda de dos ancianas que le hacían de secretarias. Al final saludaba a todos y compartía una que otra pregunta de cómo estaba. Las respuestas variaban de bien en pésimo y suplicaban que la mujer vaya a bendecir sus casas. Dami les decía que sí a todos y marcaba su cita en la libreta para después encerrarse en el confesionario.

El confesionario era una ley después de la misa porque algunos de los habitantes vivían lejos y no se podían dar el lujo de viajar horas para verla, así que a veces ahorraban tiempo y se desligaban de sus pecados en el momento. Siempre era lo mismo; Susan, la esposa del carnicero, confesaba que le había sido infiel a su marido y que estaba completamente arrepentida, Gerald, el carnicero, confesaba que ya no amaba a su esposa y que no sabía qué hacer, Nicholas, el ayudante de cocina del restaurante, había robado y con lágrimas pedía perdón, Tina, la maestra de escuela, pedía y suplicaba por calmar el ardor que sentía cuando veía a su ex besar a su mejor amiga, la respuesta era la misma para todos; después de una especie de sesión con el psicólogo, venía un "Si de verdad te arrepientes de tus pecados pide perdón al Señor y reza treinta Padre nuestro antes de dormir." A veces alternaba de oración, pero no variaba las ganas que tenía de irse a mirar televisión. Ser sacerdote es un trabajo full time y nunca obtenía los descansos que se merecía.

Estaba horas en el confesionario y nunca sabía cuándo salir, así que se quedaba unos minutos en silencio esperando a quien sea que entre. Ese domingo 31 de octubre fue especial, era el día de los muertos, donde las más oscuras alimañas salían de su cueva, pero no lo había pensado hasta que sintió un perfume fuerte invadir el lugar. También sintió el retumbar de unos tacones acercarse y la puerta cerrarse.

"Madre, he pecado." Dijo una voz sensual. A Dami se le pusieron los pelos de punta.

"Cuéntame hija, te escucho." Logró decir pero sentía su cuerpo hervir. Algo andaba mal.

"He sido una mujer tan mala, Madre... Lo único que pienso es en mujeres y como me las quiero llevar a la cama." La sacerdote tenía el corazón latiéndole rápido.

"¿Quién eres?" Dijo Dami con la voz fuerte.

"Eso es secreto, Madre... Necesito confesarme." Lo único que la sacerdote podía ver por la rendija era que la mujer tenía el pelo naranja y la boca roja resaltando contra su piel pálida. "Todo lo que dicen los mandamientos lo he hecho a la inversa, maté, robé... Deseo tanto a la mujer del prójimo... Oh Madre, necesito ayuda, por lo que más quiera ayúdeme con este pesar que siento." Sea quien fuera hablaba de manera exagerada, casi teatral.

"Hija mía, si de verdad quieres purificar tu alma reza todo el día y toda la noche durante una semana, quizás así tu alma sanará." Dijo con incredulidad.

"Gracias, Madre." Dijo la mujer antes de salir. Dami abrió su puerta rápido para intentar verle la cara pero le fue imposible, había desaparecido.

Esa noche Dami no durmió. Pensó en esa mujer y no pudo pegar el ojo.

 

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Pasaron varias semanas en los que su vida estaba normal, casi se había olvidado de la mujer tan extraña que había aparecido, hasta que una noche sintió golpes fuertes en la puerta de entrada. Rápidamente se puso una bata y corrió a abrir, nunca sabía cuándo alguien podía necesitarla, recordemos, ser sacerdote es un trabajo full time.

Afuera había una tormenta fuerte y nadie en la puerta. Tomó coraje y caminó unos pasos pero no vio nada, estaba todo sumamente desolado. Volvió y cerró la puerta nuevamente. Estaba empapada y con frío, corrió a su habitación para poder meterse entre las sábanas y no salir, pero lo primero que vieron sus ojos fue una mujer con el pelo naranja y su boca roja sentada en la cama. La oscuridad de la habitación no le dejaba distinguir mucho sus rasgos pero aún así sabía que era la mujer de esa vez. Se le erizó todo el cuerpo.

"Madre, no funcionó nada de lo que me dijo, ¿De verdad se comunica con el de arriba?" Tenía el mismo tono de voz sensual que la otra vez, casi ronroneaba cada palabra.

"¿Quién eres? ¡Vete de aquí!" Oyó la risa de la mujer. "¡Satanás! No tienes derecho a venir a la casa del Señor." Pudo verla parase y acercarse lentamente. Dami parecía que tenía los pies clavados en el piso.

"Podría decirse lo mismo de ti, Yubin." Nunca sintió tanto miedo como ahora. Hacía mucho tiempo que no oía ese nombre.

"¡Satanás!" Logró decir Dami y sintió unas uñas largas recorrerle el cuello. Le generó un cosquilleo y desde entonces cada vez que intentaba hablar le salía un murmullo.

"Me gustas más callada, Yubin." Le susurró la mujer al oído. "Hiciste un gran papel metiéndote en este pueblucho, creo que ni yo podría." Rió tan fuerte que retumbó en toda la iglesia. "¿Eres una mujer de bien ahora? ¿Algo así como la esposa del mismo Dios?" Dami no se podía mover y la mujer se movía alrededor como si estuviera por cazar a su presa. "Si eso es cierto deseo tanto a la mujer de mi prójimo." La sacerdote aún estaba empapada y sintió que alguien le desataba la bata. Pronto sus hombros estaban descubiertos y sentía una respiración cálida en su espalda. "¿Sabe tu Dios que manchaste tu cuerpo con estas marcas?" La mujer recorrió el tatuaje de rosas que adornaba su espalda con la yema de sus dedos. Se le estremeció el cuerpo incluso más cuando besó el dibujo. No esperaba que le ponga una toalla en la espalda. "Voy a volver, Yubin, espera por mí."

Dami oyó los tacones alejarse y cuando todo se volvió silencio pudo moverse nuevamente. Tembló y lloró sin poder dormir.

 

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El domingo dio la misa como siempre y se quedó esperando en el confesionario como cada vez. Un poco se sentía perseguida y rápido despachó a los pecadores para poder encerrarse en el cuarto y poder liberar un poco su mente.

Cuando se estaba quitando la sotana en la sacristía, la puerta se abrió y esa mujer entró. Otra vez se quedó petrificada en el lugar y la muchacha sonrió. Ahora pudo ver todos sus rasgos y era la mujer más linda que pudo haber visto jamás. Tenía la mirada profunda pero se perdió en su outfit que dejaba su abdomen en evidencia. Mostraba demasiada piel y tragó con fuerza.

"¿Me esperabas?" Dijo la mujer acercándose y tomando ella la sotana para quitársela. "Estos trajes son tan del siglo pasado." Dami la tenía tan cerca que el perfume ese que sentía ahora parecía impregnado en su piel. La mujer era más alta que ella así que su vista daba al cuello que tan blanco estaba.

"¡Satanás!" Dijo Dami nuevamente.

"Soy Handong, puedes llamarme Dong si gustas, Yubin."

Dami no habló, solo suspiró cuando sus manos tocaron accidentalmente el abdomen descubierto de la más alta. Pudo sentir un escalofrío recorrerle el cuerpo y tembló. Atribuyó el tsunami de emociones a que hacía mucho tiempo que no tocaba la calidez de una mujer, pero Handong no, la de pelo naranja se acercó a su oído y con un ronroneo encendió algo más que no quería aceptar.

"¿Por qué finges? Somos nosotras dos, nadie puede vernos."

Una parte de ella quería correr y otra quedarse a ver qué pasaba, de qué sería capaz la más alta con esa media sonrisa y esa mirada profunda. "¿Te comió la lengua el gato? Háblame, prometo que no voy a hacer nada que no quieras." Dami liberó todo el aire de sus pulmones cuando la mujer se mordió el labio. Esta era la prueba más difícil a la que se había enfrentado alguna vez.

La sacerdote no habló, no pensaba darle el gusto por más que la torture y Handong estaba lista para eso. En un abrir y cerrar de ojos tenía a la de pelo naranja justo en su espalda. Podía sentir su respiración y cerró los ojos cuando posó la palma de la mano en su espalda baja.

"Padre nuestro que estás en el cielo..."

Comenzó a rezar Dami.

"...santificado sea tu nombre..."

Oyó a la mujer gruñir y pasos alejándose. Quedó silencio.

"...venga a nosotros tu reino..."

Creía estar sola pero tampoco quería abrir sus ojos para asegurarse.

"... hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo..."

Dami trataba de evocar a Dios con sus palabras para que la libre de tal tormento.

"...danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden..."

Cada vez lo decía más fuerte, cada palabra escapaba de su boca con un grito de entusiasmo.

"...no nos dejes caer en la tentación..."

El entusiasmo murió cuando al decir 'tentación' sintió el cuerpo caliente de la mujer otra vez y eso no fue lo peor, la rodeó con sus brazos y coló una de sus manos bajo la camisa que llevaba para tocarle el abdomen.

"...líbranos del mal..."

Ahora la mujer mordió su hombro sin importarle la ropa. Sabía que le había sacado sangre porque le ardía demasiado.

"... amén..."

En ese momento Dami supo que Dios la había abandonado a su suerte, sobre todo cuando mordió su cuello descubierto y apretó uno de sus pechos a la misma vez. Un gemido se le escapó y sintió tanta vergüenza que mordió su lengua para que no vuelva a suceder.

"Te abandonó, Yubin, entregate a mí... Yo nunca podría olvidarme de ti." Handong pasó la lengua por la mordida que había hecho y por el lóbulo de su oreja.

Debía ser fuerte pero sus piernas le temblaban. No sabía cuánto más podía aguantar si la mujer seguía recorriéndola con la lengua. Estaba a punto de caer, ya no podía aguantar que le provoque tantas cosas...

Y tocaron la puerta.

Martha, una de sus ayudantes, golpeó fuerte la puerta y gritó su nombre. Parecía desesperada y solo eso necesitó para salir de esa ensoñación y alejarse.

No miró atrás y corrió a la puerta para abrirla al instante. La anciana estaba desesperada porque su marido había tenido un accidente y necesitaba que llamen por teléfono al médico. Dami corrió a su cuarto y rápido llamó al doctor, pidiéndole que pronto vaya a la casa de la mujer.

La anciana estaba con un ataque de nervios, así que la abrazó y juntas fueron a ver al hombre que estaba inconsciente en la cama. A pesar de que el anciano tenía un buen diagnóstico y despertó pocas horas después, Dami se quedó toda la noche, dijo que era para que Martha se encuentre bien pero en realidad tenía miedo que al volver a la iglesia la mujer aparezca otra vez.

 

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El domingo de misa era su momento. Se olvidaba de sus problemas y podía estar tranquila. Handong no había vuelto pero sí quedaron sus marcas en el cuello y sus dientes en el hombro. La mordida la podía ocultar fácil y solo la desinfectada dos veces por día, pero las marcas en su cuello eran diferentes, tuvo que decir que tenía una alergia aunque nadie le creyó. Todos se miraban entre sí buscando quién era el que estaba pecando con la mismísima sacerdote. Pretendía no ver cómo la miraban con picardía.

Cuando comenzó la misa y pisó el presbiterio para predicar la palabra, justo en la puerta de la iglesia pudo ver a la mujer apoyada lamiendo un dulce y mirándola con la mirada más pasional y oscura con la que la habían visto alguna vez. Su corazón le latía con fuerza y comenzó a tartamudear. Todos la miraron preocupados mientras la mujer del fondo se reía. Martha paró todo cuando la vio temblar y la llevó a la sacristía para preguntarle qué le pasaba. Dami dijo que nada, que estaba bien, que solo fue un momento y que regresaría. La anciana la miró como quien mira a una hija terca y la acompañó al presbiterio nuevamente. Esta vez no encontró rastro de la mujer y continuó la misa, quedándose algunos minutos para ver si la podía encontrar, pero nadie la había visto.

Se estaba volviendo loca.

 

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Aunque lo negara la esperó después de que todos se hayan despedido. Había algo dentro de ella que la atraía pero no quería aceptarlo. De todas maneras no volvió. Al menos no ese día.

 

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Dami recibió varias invitaciones para pasar Navidad pero decidió que quería estar sola. Estas fechas siempre eran difíciles para los solitarios y ella no era la excepción. Tampoco quería que alguien cargue con el peso de su soledad, así que pasaría la noche tranquila. O no.

Handong volvió el día de Navidad como un regalo del infierno. Ese día se hacía una misa también, pero no se apareció allí, tampoco en el almuerzo que se preparó después con todo el pueblo, la de pelo naranja se apareció en la oscuridad de la noche como tan característico de ella era.

Oyó tres golpes suaves en la puerta y su cuerpo ya le dijo de quién se trataba. De manera innata se fue en busca de su destino y abrió la pesada puerta. Handong vestía una chaqueta y un pantalón de cuero. También un top que dejaba en evidencia su abdomen plano. Tenía un dulce en la boca y la miraba con provocación, invitándola a lo prohibido.

Esta vez Dami la dejó pasar sin cruzar palabra y la guió hasta la cocina donde estaba asando un pedazo de carne cortesía de la familia del carnicero. Mientras cortaba las verduras pudo sentir a la mujer recorrer la habitación como si buscara cualquier tipo de trampa. Cuando no la encontró se puso a su lado.

"¿Necesitas ayuda?" Otra vez ese ronroneo mientras lamía el dulce.

"Estoy bien, prepara los platos si quieres." Handong lo hizo, lentamente tomó los platos de la encimera y los colocó en la mesa. La cocina era tan pequeña que por momentos se tenía que pegar al cuerpo de la sacerdote, a veces por error y a veces queriendo, pero a diferencia de los otros encuentros, Dami no protestaba, seguía haciendo su trabajo.

Una vez que Dami sirvió la comida y se sentó, oró en silencio ante la atenta mirada de Handong y sirvió vino en ambas copas.

"Nadie te conoce aquí, ¿Qué eres?" Dijo la sacerdote mientras le ofrecía un brindis. El ruido de las copas chocar pasó casi desapercibido.

"La antítesis de tu Dios, soy lo que él detesta y condena." Dami la miró atentamente. Handong tenía la mirada oscura y casi no parpadeaba. Era hipnotizante verla beber vino y como una gota rebelde le recorría el cuello.

"¿Por qué yo?" La de pelo naranja se limpió la gota y se chupó el dedo, dejando a Dami ningún remedio más que mirar esos labios rojos que parecían ser lo más suave del mundo.

"¿Por qué no? Yubin, eres mucho más de lo que crees, tienes todo para gustarle a alguien, que tengas de amiguito a Dios es solo un plus, si no lo fueras me gustarías igual." Seguía comiendo su carne como si estuviera hambrienta.

"Lo sabes..." Dami bebió toda la copa de una vez y se sirvió nuevamente. A este paso acabaría ebria antes de las diez.

"¿Qué? ¿Que mataste a tu padre y te escapaste al pueblo más recóndito de Corea? ¿Que fingiste ser sacerdote ante todo este pueblucho? ¿Que esas cartas de Roma no eran más que un amigo tuyo ayudándote? ¿Qué de todas esas cosas?" Handong miró a Dami esperando terror en su cara pero en cambio encontró alivio.

"¿Nada escapa de ti?"

"Nada, ni siquiera que me esperaste la última vez." Nuevamente la dejó sin habla y siguieron comiendo en silencio. Dami dejó de beber vino porque estaba teniendo más calor del normal, sobre todo teniendo la mirada de Handong atenta como una lupa sobre ella.

Una vez que terminaron, la sacerdote tomó los platos para lavarlos. Le daba la espalda a la de pelo naranja y pensó que quizás así podía recuperarse. Lo que no esperaba es que la abrace por detrás y plante besos en su cuello.

"Gracias por la cena, no estoy acostumbrada a que sean tan atentos conmigo." Dijo suavemente.

"No era por ti, me sobraba." Handong rió y le puso las manos en la cintura.

"Entonces gracias por hacer de más." La más alta la soltó y se alejó para recorrer la iglesia. El lugar olía a roble, miró cada figura que mostraba un Jesús adolorido y una María impoluta. Miró los cuadros que seguían el mismo hilo casi manipulando a quien los veía. Se subió al presbiterio para ver al altar. Acarició la biblia que la sacerdote leía, incluso tomó el cáliz de oro entre sus manos y lo examinó unos minutos.

Más pronto que tarde Dami estaba en la puerta viéndola atentamente. Handong le hizo una seña con la mano para que se acerque y aunque dudó lo terminó haciendo. Cerró los ojos cuando la acarició con la yema de sus dedos y sintió cosquillas en todo el cuerpo.

No estaba segura pero tampoco podía frenarse, tenía a la más alta mirándola como si la fuera a devorar.

Fue Dami quien inició todo. Se despojó de cada impedimento y la besó como si no hubiera un mañana. Sus labios sabían a fresa y eran incluso más suaves de lo que pensó.

Besarla era como tocar el cielo con las manos y más cuando la más alta la abrazaba y apretaba contra su cuerpo. La sacerdote clavó sus uñas en la cintura descubierta y la otra sumergió sus manos en la corta cabellera. No podían estar ni un centímetro separadas.

En algún punto quien se separó fue Handong y se posó contra la pared más cercana. Paradójicamente en su espalda estaba una inmensa cruz y lejos de ahuyentarse, Dami tomó sus manos para elevarlas encima de su cabeza y dejarla a su completa merced. La aprisionaba con sus piernas mientras se internaba en su cuello. Se había dado cuenta de dónde nacía ese perfume que le encantaba y no quería separarse. Sintió tanto bienestar que olerla no era suficiente y comenzó a besar su cuello. La más alta sonreía ante tal placer, sobre todo cuando en pleno frenesí la sacerdote mordió justo el lugar donde su pulso latía con fuerza. Gruñó cuando no pudo moverse ni siquiera para arquear la espalda del placer.

Dami no dejó de acorralarla ni un momento, tenía fuerza de sobra para liberar una de sus manos y plantarla en el nacimiento de su garganta. Ejercía presión con sus dedos mientras su palma se apoyaba en la piel cálida de su pecho, de esta manera lograba dominancia sin ahogarla. Handong la miraba atentamente mordiéndose el labio. Estaba expectante, le encantaba conocer este lado de la sacerdote, ese lado que no se atrevía a mostrar. Le gustaba ver cómo su mirada se oscurecía cuando añadía presión al agarre de su cuello. Le gustaba ver cómo se lamía los labios cuando la veía sudar, cómo su mente maquinaba intentando detener su instinto de tomarla en ese mismo lugar.

Casi terminó ganando el instinto cuando además de mirarla como si la fuera a comer, Handong soltó una de sus manos y tomándola de la cabeza la acercó para besarla. Sentía su cuerpo dar espasmos de las ganas que tenía de tocarla pero algo le decía que no. Su conciencia tan arraigada a Dios le reclamaba en lo más profundo de su mente. Sabía que Dios la había perdonado por matar al abusivo de su padre con la condición de que le sea fiel toda la vida y al primer obstáculo había fallado miserablemente. No podía hacer esto. Se separó como si la mujer fuera lo más repulsivo que alguna vez había tocado.

Esto no le gustó nada a Handong, cambió su cara y la miró con el ceño fruncido. 

"¿A qué estás jugando?" Le salió una voz profunda.

"Creo que debes irte." Dami no la miraba.

"¿Crees o estás segura?" Ahora su voz tenía una pizca de picardía.

"Estoy segura." La sacerdote la miró. Handong tenía una media sonrisa provocativa.

"¿En serio?" Se lamió los labios y al no recibir respuesta asintió en silencio. Se paró alejándose de la pared y se acomodó la ropa sin dejar de mirarla. Dami sentía un nudo en la garganta. "Esta es tu última oportunidad para arrepentirte, no creo volver."

Silencio. La sacerdote era una estatua frente a ella, ni siquiera pestañeaba. Handong le dio una última sonrisa y le lanzó un beso. Sus pasos resonaban en toda la iglesia y cuando bajó los tres escalones del presbiterio, Dami corrió para tomarla por la espalda y desvestirla torpemente. La más alta podía sentir el corazón de la sacerdote latir contra su espalda. Cerró los ojos alimentándose de la desesperación.

Le encantaba.

Le gustaba que luche contra ella misma, su mente diciéndole que no y su cuerpo suplicándola. Le gustaba que su carne haya ganado.

Handong estaba acostumbrada a ganar pero esta era la victoria más satisfactoria que había tenido, sobre todo si Dami estaba besándole el cuello otra vez y le había quitado el último rastro de tela que cubría su pecho. Se dio vuelta y besó su boca. Sus besos eran bruscos esta vez, como si se negara a pensar y fuera su cuerpo el que hablaba. La calma de la sacerdote estaba muerta y ahora le mostraba su verdadero ser, el impulsivo, brusco e impaciente.

Clavó sus uñas en la carne tan fuerte que Handong pudo sentir su piel romperse, pero no le importó, no cuando se podía alimentar de esa pasión y menos cuando Dami la besaba con tanto esmero.

Lejos de la primera impresión que te da ver a una sacerdote con sotana y todo, siendo lo más pulcro del planeta, Dami era todo lo contrario. La besaba como si nada le importara, como si su vida acabaría mañana. Le lamía los pechos mientras la acariciaba y Handong arqueaba su espalda mientras la tomaba de la cabeza sin darle pie a que se despegue de su piel o siquiera que respire. Si Dami moría ahogada entre esos dulces pechos podría morir feliz.

Handong la guió hasta el altar y de un tirón lanzó todo lo que había encima. La sacerdote estaba tan cegada por su cuerpo desnudo que no le importó que cayó el cáliz, ni su biblia y mucho menos el mantel tan pulcro, solo le importó que la más alta comenzó a desnudarla y besaba cada rastro de piel que lograba ver. Sus labios contra su carne se sentían como cera caliente. Ardían y dejaban marca, no visible, pero sentía un escozor por debajo de la piel que le quedaba más tiempo del normal.

Dami la acorraló nuevamente contra el altar y comenzó a quitarle los pantalones mientras la besaba. En su mente solo tenía una cosa y era que quería probarla lo antes posible. Cuando quitó la última tela de su cuerpo y se desnudó ella misma, la sacerdote la sentó en la mesa y se arrodilló ante ella. Handong nunca había sentido tanto placer en su vida como cuando vio a Dami de rodillas mirándola como si fuera una diosa a la que le entregaba su vida. Tembló cuando se internó entre sus piernas y tocó su sexo con la lengua. Necesitaba más pero fue solo una provocación, porque enseguida su boca recorrió sus piernas lentamente. No, Dami no pensaba darle todo tan fácil. Estuvo minutos enteros torturándola, amagando de que se quedaría más tiempo en su sexo, pero no, y lo peor es que lo disfrutaba. Reía ante cada suspiro de hartazgo que Handong largaba. Estaba creciéndole una furia dentro, pero rápidamente se apagaba cuando la oía.

"¿Me harás suplicarte?" Dami no respondió, la miró desde abajo con una sonrisa. "Yubin, yo no suplico, nunca." La sacerdote se mordió el labio inferior. Este era un desafío que tomaba, no iba a parar hasta que le suplique.

Handong creyó ganar cuando Dami recorrió su sexo de punta a punta para después internarse en ese lugar que la aclamaba. La sacerdote estaba en todo, había comenzado con movimientos leves y luego comenzó a mover la lengua con más velocidad. Handong gritaba mientras se trataba de sostener como podía. Ninguna cerró los ojos, se miraron en cada momento, lo que hacía a Dami esmerarse incluso más. Lo mejor de todo fue cuando sintió espasmos en todo el cuerpo. Mientras se movía y gemía por estar a punto de llegar al tan preciado orgasmo, la sacerdote la soltó y se paró alejándose de ella. La más alta gruñó con furia, lo que la hizo largar una carcajada.

"No te necesito." Le dijo entre dientes mientras su mano derecha iba hacia su sexo, pero antes que cualquier otra cosa Dami era precavida, así que se acercó y se puso entre sus piernas para tomarle las manos, impidiéndole moverse. Handong hacia fuerza para separarse pero era inútil, estaba a su merced.

"Pídelo por favor." La voz de Dami era profunda y más cuando se lo susurraba al oído. "Dime cuánto deseas venirte."

Handong se mordió la lengua de tanto que la calentaba oír a la sacerdote sonar tan dominante mientras la tomaba con fuerza. No iba a decir ni una palabra, no por orgullo, sino porque le gustaba la mirada oscura de Dami. Le gustaba la verdadera Dami que estaba entre sus piernas.

Al no oír ni un suspiro, la sacerdote juntó sus manos en su espalda y liberó una de sus propias manos para tomarla del cuello. Handong sudaba, su cuerpo parecía brillar ante la luz tenue y no había otra cosa que Dami quisiera hacer más que marcarla todo lo posible.

"Pide por mí." Silencio. Handong solo la miraba con media sonrisa. Ambas jugaban a quien perdía el control más rápido y quién lo hizo fue Dami harta de no oír nada. La tomó del pelo y de un tirón dejó el cuello pálido totalmente al descubierto. Ya tenía marcas de momentos atrás contra la inmensa cruz, así que ahora se encargó de morder pequeños lugares que aún estaban libres. Primero la lamía y después la mordía. Un dulce y un castigo. Y aún así no hablaba.

Decidió ir por más. Soltó el pelo y la recorrió con la yema de sus dedos. Handong tragó con fuerza. Le generó un cosquilleo tortuoso. No iba a aguantar mucho.

"Yubin... Por favor..." La sacerdote sonrió y se arrodilló nuevamente. Oír su nombre de esa manera tan desesperada era el halago más lindo que alguna vez había oído. No necesitó mucho para que la mujer se retuerza en sus brazos y termine quedando tan liviana como una pluma. Temblaba mientras Dami lamía cada rastro del orgasmo y nunca se sintió tan plena como cuando después besó su boca y aún conservaba su propio sabor.

Ambas se subieron al altar. Ahora, a la misma altura, Handong no podía creer lo bella que podía ser Dami. Tenía el cuello completamente húmedo de sudor, era tentador, decidió que la secaría con su propia lengua. Se hubiera quedado ahí de no ser que la sacerdote tomó sus manos y la guió donde más la necesitaba. Se sorprendió al sentir tanta humedad. Dami estaba esperándola desde hace tiempo, tanto, que era doloroso. La quería y deseaba con fuerza. No había lugar para pensar en otra cosa más que en Handong mirándola fijamente mientras se lamía los labios para después bajar lento, porque la tortura anterior se la iba a cobrar.

Fue más que el cielo cuando sintió su lengua sumergirse en ella. Nunca había sentido tal placer y la mejor parte es que Handong no se podía separar. Lamía como si su vida se iría en ello. Se había hecho adicta a su sabor y no pensaba desperdiciar ni un poco.

Fue casi poético cuando llegó el primer orgasmo. Tenía su espalda arqueada, sus piernas temblaban como una hoja de papel y afuera los fuegos artificiales sonaban como si se acabara el mundo. El cielo se iluminaba pero tampoco le importaba demasiado, tenía sus ojos entrecerrados porque Handong no paró. Al contrario de ella, Handong no le iba a negar el orgasmo, la iba a castigar dándole todos los que pueda aguantar e incluso más.

Handong era una mujer de excesos.

No supo contar cuántos fueron, ni cuanto tiempo pasó, solo sabía que oyó que tocaron la puerta pero estaba tan cegada por las manos de la de pelo naranja que no tuvo tiempo siquiera de darse cuenta.

Y tampoco pensaba separarse.

Esta era su noche libre, la noche en la que dejaría su verdadero ser salir. Solo hoy, mañana se arrepentiría, lo sabía, pero no tenía cabeza para pensar en otra cosa que no fuera las cálidas manos de Handong acariciándola como la más preciada joya.