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Indomables (Las Amazonas 2016 - Spanking fanfiction)

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Pocas cosas había tan extrañas como apreciar un buen rato de silencio y tranquilidad en la Hacienda Las Dianas. Indudablemente, dichos remansos de calma eran exclusivos de cuando Constanza, la menor de las hijas de Don Victoriano Santos, se encontraba ausente. Desde la muerte de su esposa, el patriarca se había impuesto como meta infranqueable convertir a sus tres hijas en mujeres de bien. Responsables, emprendedoras, honestas y, sobretodo, valientes.
Gracias a la buena voluntad de Inés, a quien antaño había bautizado como “su morenita”, las niñas habían conseguido no desfallecer, pues ella fungía principalmente como pilar administrativo y figura materna en aquella enorme casa que, dicho sea de paso, se habría desmoronado sin su presencia. Inés se convirtió en parte de la familia desde que puso un pie dentro de aquella casona por primera vez. Fue ella quien veló por el bienestar de Diana, Casandra y Constanza mientras Don Victoriano vivía el luto, mismo que no se concedió durante mucho tiempo. La procesadora de productos lácteos no se dirigiría sola, ¿cierto?
Siguiendo los consejos de Inés, aquel hombre testarudo, trabajador y, en ocasiones, de carácter difícil, había comprendido que debía darle cierta estabilidad y estructura a sus hijas para que tuvieran algo en qué apoyarse para salir a flote, por dura que fuera su pena en el momento. Él estaba empeñado en demostrarles que, a pesar de la desafortunada partida de Diana María, su esposa, algunas cosas jamás cambiarían. En especial las cosas que definían a la familia Santos y la mantenían unida, incluso con algo tan aparentemente simple como un paseo a caballo. Era tradición en la familia que cada integrante contara con su propio caballo o yegua, razón por la cual el padre no había demorado en regalarle un ejemplar a cada una de sus hijas en cuanto poseyeron uso alguno de razón.

Tiempo atrás, Diana, ahora de doce años de edad, había elegido una yegua joven casi tan blanca como su radiante sonrisa y la había llamado “Maja”, palabra con la cual había escuchado que en España se designaba a una persona linda o agradable. Para Casandra, quien actualmente contaba con diez años, todos los animales del mundo parecían haber dejado de existir en cuanto posó sus ojos sobre un esbelto animal del color del acero, un potrillo color gris obscuro, con sombras de carbón acentuando sus patas, orejas y hocico, con pelaje brillante y saludable; lo llamó “Aquiles”, como aquel poderoso guerrero griego que había sido una pieza clave en la derrota de la antigua ciudad de Troya.

Por su parte, la pequeña Constanza, quien había alcanzado hace poco los siete años, no pudo evitar fijarse en el caballo que más se asemejaba a su oso de peluche, un regalo que Inés, su nana, le había dado de cumpleaños. Y, por supuesto, la niña había decidido que el nombre del caballo sería “Panda”, y no había poder humano en cielo, mar y tierra que la hiciera cambiar de parecer. Aquella elección había arrancado sonoras carcajadas de la garganta de su padre, quien en su momento cruzó una mirada sonriente con Inés. A decir verdad, el nombre le quedaba muy bien, pues era un caballo inmenso para su corta edad, un potro de tiro, un percherón a manchas blancas y negras y crin casi tan larga como la melena de la niña que lo había adoptado como su compañero de juego. Tenía más bien cara de vaca, pero a la menor de las amazonas le había parecido un oso panda y nadie sostendría objeciones al respecto.
No lo admitirían, pero por obvias razones habían comenzado a consentir a Connie (como solían llamarla con afecto) un poco más a raíz de la pérdida de su mamá. Sus hermanas eran un poco mayores cuando la tragedia aconteció, pero tanto Inés como Victoriano creían que era una injusticia que Constanza hubiera convivido escasos siete años con su progenitora. Por todos los diablos, ¡apenas estaba mudando los dientes!

El tiempo había volado, prácticamente. Cada niña iba creciendo de la mano de su fiel compañero de cuatro patas…por decirlo de alguna forma. Cuando Diana no podía dormir, solía escabullirse por la ventana para ir a los establos, donde pasaba horas enteras cepillando a su yegua mientras miraba a las estrellas y escuchaba el arrullo de los grillos al anochecer. Casandra iba demostrando cada vez más talento y apreciación por ciertos tipos de arte y ciencia, se ponía a dibujar garabatos y figuras en la última hoja de sus cuadernos y en las servilletas de los restaurantes a los que iban de vez en cuando; los dibujos de caballos que bosquejaba a lápiz eran los que mejor se le daban. Y Constanza, bueno…¿cómo decirlo?
Por suerte o por desgracia, había encontrado a su mejor amigo en Emiliano, el hijo de Inés, quien era casi de su misma edad, y jugaba con él siempre que sus hermanas se negaban porque tenían “otras cosas que hacer”. Sin embargo, algunos de sus juegos y travesuras hacían que a Inés le salieran canas verdes…a Victoriano no, porque la mayor parte del tiempo la pasaba trabajando en su fábrica, claro.
Inés había llegado a conocer tan bien a la familia Santos que incluso podía reconocer el sonido de los cascos de cada caballo cuando regresaban de sus paseos. El que menos le costaba identificar era el de Victoriano, pero eso era algo que nadie en la casa sabía. Cada vez que le preguntaban, decía que el caballo al que escuchaba primero era Panda, podía escucharlo a casi 100 metros de distancia, por ser el más grande y pesado…o eso decía. Pero por alguna razón, a pesar de que ya era mediodía, aún no se había hecho presente el sonido de sus pezuñas percutiendo sobre la tierra.
Inés se encontraba en la cocina, preparando el desayuno. Siendo sábado, las niñas no tenían escuela, y aprovechando que su padre había tenido que ir a firmar una serie de documentos importantes a la oficina, supuso que se tomarían la libertad de dar un paseo más largo de lo habitual y regresarían hambrientas.

- Qué raro…ya es tarde, ¿dónde estarán? –dijo Inés en voz baja, mirando por la ventana tras haber terminado de poner la mesa.-
La respuesta a su pregunta no se hizo esperar demasiado, pues pocos segundos después atisbó en el límite del terreno la silueta de dos caballos que se dirigían a la entrada principal a todo galope…
- ¡Nana! –un par de inconfundibles gritos llegaron a sus oídos-. ¡Nanaaaaaaa!
Diana y Casandra. La mujer de cabellera azabache se dirigió a la puerta para recibirlas, intrigada por no haber percibido a la distancia una tercera silueta. Podía sentir que algo andaba mal.
- Diana, ya te he dicho que Maja no es yegua de escaramuza, no debes frenar así con ella–dijo Inés con firmeza mientras dos caballerangos recibían a los animales de los que se bajaron ambas niñas de un salto-. ¿Qué pasa, dónde está Connie?
- Se quedó…le dije que no se pasara de la raya pero no me hizo caso –confesó Casandra inocentemente.-
- ¿Se pasó de la raya? –cuestionó la mayor de las mujeres tratando de comprender la situación para no entrar en pánico-. ¿Cómo, dónde está?
- Le dijimos que no se pasara del límite donde está la carretera pero insistió en explorar ella sola y yo…yo traté de detenerla pero cuando le grité ya estaba galopando del otro lado y preferimos regresar a avisarte –dijo de pronto Diana, quien, siendo la mayor de las tres, se tomaba demasiado en serio la responsabilidad de cuidar a sus hermanas-. Perdón, nana, de verdad que lo intenté… -dijo con ojos vidriosos acercándose a Inés.-
- No, no. Tranquila, hija… -trató de reconfortarla tomando las manos de Diana entre las suyas-. Ustedes entren a desayunar y yo me encargaré de esto –añadió rodeando los hombros de Casandra con un brazo, invitando a ambas niñas a entrar a la casa.-
- ¡¿Connie se perdió?! –irrumpió una voz desde la cocina, revelando después a su portador, Emiliano.-
- No, Emiliano, sólo se quedó por allá, pero irán a buscarl—
- Yo voy por ella –anunció con valentía el niño, interrumpiendo a su madre.-
- Nada de eso, jovencito, usted aquí se queda –refutó Inés, asegurándose de que las niñas se sentaran a desayunar para luego acercarse a su hijo-. Necesito que te quedes a cuidarlas mientras voy a hablar con los caballerangos para ver quién puede ir por ella. ¿Está bien?

Dicho esto, el menor asintió, no sin antes prometer que mientras su madre estuviera fuera no le abrirían la puerta a nadie. El personal de la hacienda era de confianza, pero nunca estaba de más ser precavido.
Inés se puso un suéter negro, salió a la cabaña del personal, que se encontraba dentro del mismo terreno y, al no encontrar a nadie, profirió una sarta de improperios en su mente mientras tomaba una decisión a la que jamás creyó que llegaría. Resolvería el asunto ella misma y, una vez más, le pondría un “hasta aquí” a las locuras de la Santos más pequeña. Hasta el momento le había consentido muchas cosas y había sido paciente con ella, pero había cruzado un límite de los pocos que aún quedaban en pie. Había atentado contra su seguridad.
Hacía años que Inés no se subía a un caballo, aunque en el pasado montaba muy bien; por respeto a sus niñas había elegido no quedarse con la yegua que perteneció a Diana María cuando vivía, aunque en determinado momento Victoriano se la ofreció por ser la única persona que la merecía. Había llegado el día. Era eso o enfrentar la amenaza de no recuperar a Constanza. Con pasos de plomo, suspiró y abrió las puertas del establo. Ahí estaba. Artemisa. Una imponente yegua negra, un magnífico ejemplar de Frisón con casi 1.80mts de alzada. Un animal confiable pero terco que, para colmo, sólo se dejaba alimentar por Inés o por Victoriano.
Con una profunda inhalación, Inés dejó momentáneamente a un lado su disfraz de mujer recatada para avocarse a ensillar al animal. En cuestión de minutos estuvo lista, salió y se montó en la yegua, fijando curso con un trote decidido hacia el punto de la carretera al que sabía que las niñas llegaban en sus paseos: un lugar despejado a la orilla de la carretera, donde se hallaba el último alambrado de la zona y una imponente ceiba se erigía con el tronco lleno de espinas.
Al llegar, la mujer se topó con el más absoluto silencio, excepto por unos cuantos pájaros que parecían estar saludándola…o indicándole el camino que Constanza había tomado. Tras detenerse un momento para dejar que Artemisa recuperara el aliento, Inés miró a ambos lados de la carretera. Nada. Después miró al frente, al terreno del otro lado de la carretera, donde se supone que las tres jóvenes amazonas no tenían permitido ir, y vislumbró una pista. Por aquella vasta porción de campo, entre un puñado de viejos sauces y ahuehuetes, se encontraba una lodosa entrada al río, cuyo cauce podía ser escuchado desde donde Inés se encontraba.
Rogando al cielo que Connie no hubiera ido por ahí, se encaminó hacia dicha entrada y confirmó sus sospechas al distinguir sobre el fango una serie de enormes huellas de herraduras, dispersas de manera desprolija.

- ¡Constanza! –gritó casi con frenetismo, mirando hacia todos lados una vez que se hubo adentrado en el inestable y resbaladizo terreno.-

Aguzó el oído y, a los pocos segundos, un chapoteo captó su total atención. A su derecha, justo al pie de una cascada, vio a Constanza parada en la orilla, mojándose los brazos, con la ropa hecha un desastre. Y, claro, a pocos metros de ella, estaba Panda jugueteando junto a un árbol, masticando despreocupadamente cuanta planta se atravesaba en su camino. Rápidamente, Inés espoleó a la yegua y llegó al lugar en el que se encontraba la menor.

- ¡Nanny! –la saludó Constanza con una sonrisita nerviosa, fingiendo no tener frío a pesar de que la mitad de su ropa estaba empapada.-
- Nada de “nanny”, ¿qué haces aquí, Constanza? –cuestionó la mayor sin rodeos mientras bajaba hábilmente de la yegua y amarraba sus riendas a la rama del árbol más cercano.-
- Emm, pues yo…esteee…¿lavándome las manos?

Ante el titubeo en la respuesta de la niña, Inés se aproximó hasta quedar frente a ella, con los brazos cruzados y arqueando una ceja, un gesto característico suyo.

- ¿Me estás diciendo la verdad?

Aquella pregunta ya enfrascaba una segunda oportunidad en sí misma, razón por la cual la pequeña rubia reconsideró sus palabras y suspiró, negando con la cabeza a la vez que escondía las manos tras la espalda.

- Me caí –admitió con esa vocecita que usaba cuando algo la intimidaba o la ponía nerviosa-. Pero estoy bien.
- Ay, Connie… -suspiró Inés, inclinándose hacia el frente, incitando a la niña a mostrarle las manos, mismas que examinó minuciosamente-. ¿Segura?
- Sí, nana –asintió la de ojos azules-. Es que…es que Panda se resbaló y pues me caí. ¡Pero puse las manos! Sólo dolió un poquito la caída, pero-
- ¿Cuántas veces les he dicho que no deben venir al río a caballo solas? –la reprendió su protectora-. ¡Mira nada más cómo traes la ropa!

Sin dar espacio a demasiadas palabras, la mujer tomó a la menor del antebrazo y se agachó para mojar un poco su mano libre, ayudando a su protegida a librarse de la suciedad restante sobre su piel. Decir que el agua estaba helada era quedarse corto, por fortuna era un día soleado y no tardaría en recuperar el calor. Especialmente por lo que estaba a punto de suceder.

- Gracias, nanny… -murmuró la niña, algo avergonzada.-

Una vez habiendo comprobado que estaba bien, la institutriz sacudió un poco la ropa de la rubia y, para sorpresa de la mujercita, a continuación la tomó de la oreja con firmeza, llevándola hasta una roca aplanada que se encontraba completamente iluminada por la luz solar; se sentó sobre ella, mandando olímpicamente al demonio los preámbulos, bajó los jeans de la menor y la tumbó boca abajo sobre sus rodillas, tomando la precaución de inmovilizarla colocando una mano sobre su espalda baja.

- ¡P-Pero nana, nooo! ¡¿Qué haces?! –protestó la chiquilla al percatarse de que no podía oponer resistencia alguna, era demasiado tarde.-
- Poniéndote el alto que desde hace un buen rato te hace falta, jovencita –respondió Inés sin más, mientras remangaba su suéter para tener mayor libertad de movimiento-. Ahora dime, ¿qué hacías aquí si sabes que no debes venir tú sola?
- Nadaaa, ¡sólo vine a lavarme las manos porque me caí y me llené de tierra!

Y con eso, el primer azote se hizo presente, haciéndole saber a la rubia la gravedad del problema en el que estaba metida.

- No hablo de eso y lo sabes, Constanza. No debes ni siquiera cruzar esa carretera sola, ¿por qué lo hiciste? –cuestionó la mayor, comenzando a repartir palmadas contundentes y pausadas, alternando entre un lado y otro.-
- ¡Auch! -se quejó la receptora de su inconformidad-. No séeeee, quería explorar más, pero como Didi es muy aburrida pues se fueron y yo no quise.

Ante aquella afirmación, la pelinegra dio una fuerte nalgada justo en el centro del diminuto trasero que tenía frente a ella y durante el minuto siguiente se concentró en lo que planeaba decir. Por supuesto, estaba conteniendo gran parte de su fuerza, pero quería que su mensaje quedara más que claro.

- Diana es tu hermana mayor. Cuando salen a cabalgar y tu papá no está, ella es responsable de ustedes porque son menores, y deben obedecerla si ella les pide que sigan las reglas que él y yo pusimos para ustedes –dijo con firmeza, sin levantar la voz más de lo debido-. Le desobedeciste y por eso mismo nos desobedeciste a los dos…sabes lo decepcionado que estaría tu papá, mi niña. Tus hermanas estaban muy preocupadas por ti, ahora ves por qué. Bendito sea Dios que no te caíste al río ni te topaste con un extraño por aquí –consiguió decir, no sin que se le quebrara ligeramente la voz.-

Con esa simple llamada de atención bastó para que la niña comenzara a entrar en razón, permaneciendo en silencio mientras bajaba la cabeza.

- Las reglas existen para mantenerlas seguras, Connie. No debiste cruzar la carretera ni llegar hasta aquí…mientras sean menores, deberán conformarse con pasear dentro de los límites establecidos cuando su papá no esté con ustedes. Hoy te pusiste en peligro y nos asustaste…me asustaste mucho, porque cualquier cosa pudo haberte pasado. Y por eso tengo que asegurarme de que esto no vuelva a pasar.

Dicho esto, la mayor puso manos a la obra. Literalmente.
Reanudó el castigo que había iniciado, suscitando en su pequeña un rehilete de quejidos y patadas alternados.

- Pero ¡AY! Nanny, nooooo, ¡LO SIENTO!
- ¿Qué sientes? –inquirió Inés sin pausar sus movimientos.-
- Haber desobedecido-¡AUCH!
- ¿Sólo eso, Constanza?

El que su nana utilizara su nombre completo ya era un indicador negativo, pero por más que la niña se esforzaba en pensar, no se le ocurría otro motivo por el que debiera estar arrepentida en ese momento.

- Pues…¡pues síiiiiiii! –dijo, pataleando presa de la desesperación, pues el escozor comenzaba a nublar su razón.-
- No, señorita –la mujer incrementó el ritmo de los azotes mientras continuaba con el regaño, empeñada en hacerle ver a la niña su error-. Nos desobedeciste a tu papá y a mí, no escuchaste a tus hermanas y ya ves lo que pasa. Te caíste y no había nadie aquí para ayudarte. Pudo haber sido peor. ¿Por qué no traes tu sombrero?

Los azotes pararon en seco y la niña se quedó pasmada unos segundos. ¿Sombrero? ¿A qué venía eso?

- ¿Sombrero? ¿Ese feo que me dio mi papá?
- Sí ,ese –respondió Inés escuetamente, conteniéndose de rodar los ojos.-
- Ash, pues porque no combina con la ropa que traigo puesta. Duh –resongó la niña con ese aire de malcriadez que la definía cuando hablaba de temas como la moda y ropa de temporada.-
- Muy bien, a ver si esto combina con esa actitud que traes hoy… -dijo la mayor con cierto misterio.-

Aprovechando que no había espectadores en los alrededores, Inés despojó a la infante de la única prenda que aún la protegía, bajó su ropa interior hasta las rodillas y continuó impasible con el correctivo, ahora aplicando un poco más de fuerza y velocidad, lo que tomó desprevenida a Constanza, que no hacía más que patalear y protestar.

- Pero, pero… ¡¡¡NOOOO, NANA, PARAAAAA!!! POR FAVOR, ¡NO LO VUELVO A HACER! –suplicó, llevando una mano hacia atrás para intentar protegerse, lo que sólo ocasionó que la pelinegra la inmovilizara sosteniendo esa mano contra su espalda baja.-
- De eso me encargo yo –decretó y continuó dejando palmadas contundentes, alternando entre ambos lados.-

Tras unos minutos que parecieron verdaderamente eternos, la niña no pudo contener unos cuantos sollozos y dejó caer la cabeza, dándose por vencida. Al fin había dejado de protestar. Era verdad, Connie era muy pequeña aún, pero no por eso menos inteligente y avispada. En este momento de confrontación y tensión inesperada, de pronto había recordado las palabras de su padre el día que le regaló aquel artefacto tan carente de estilo: “Cuando salgas a montar, siempre ponte el sombrero, mhija. Aunque te quede grandote y se vea feo con tu ropa, puede salvarte la vida en una caída. ¿Está claro?”

Había quedado claro en el momento, pero los acontecimientos a lo largo de los años habían hecho que la pequeña se distrajera y pues no, al parecer ya el mensaje no estaba tan “claro” como antes, así que Inés lo estaba reforzando.

- Lo siento, nanny…lo olvidé –consiguió externar con una vocecita apenas audible.-

Tras diez azotes más, Inés se detuvo. Había escuchado perfectamente, y podía sentir la sinceridad detrás de aquellas simples palabras, pero quería asegurarse de haber entendido bien.

- ¿Lo olvidaste?
- Sí –asintió la rubia-. Mi papá siempre me está recordando del sombrero, pero como hace mucho que no sale a montar con nosotras pues…se me olvidó.

Con un suspiro, la mayor dio por terminada su tarea y ayudó a Constanza a ponerse de pie y acomodar la ropa en su lugar. A continuación, la miró fijamente.

- Lo siento…pero ya me acordé que los sombreros pueden salvar vidas, ¡de verdad, nanny! –dijo haciendo un puchero.-
- Eso quería escuchar. ¿Segura de que no va a volver a pasar, Connie?

Constanza negó con vehemencia, incapaz de evitar sobarse.

- Está bien…ven acá –concedió la institutriz y con ternura colocó su suéter negro sobre los hombros de la menor para evitar que la humedad de su ropa le hiciera daño-. Nunca más, ¿estamos, mi niña? –preguntó tomando a Constanza por la barbilla-. No quiero perder a otra de las lucecitas de esta casa.
- ‘Tamos… -respondió y se aventuró a abrazar a su nana, quien correspondió sin dudarlo ni un segundo y la estrechó entre sus brazos ahora que se había asegurado de que la luz de sus ojos estaba fuera de peligro y había comprendido el mensaje.-

Acto seguido, Inés sonrió, depositó un beso en la frente de la rubia y se dispusieron a partir. Para evitarle un rato de incomodidad a Constanza, ambas subieron a la yegua de Inés, quien guió a Panda de regreso a la hacienda con ayuda de una cuerda.
Durante el camino de regreso, Inés mantuvo muy cerca de su pecho a la pequeña, en parte para hacerla sentir a salvo y en parte porque ella secretamente seguía recuperándose del susto que por un momento le dio el pensar que podía haber perdido a una de sus niñas. La muerte de su jefa, amiga y confidente ya había sido un golpe suficientemente fuerte para ella.
Afortunadamente, al llegar a la hacienda, el recibimiento que obtuvieron la sacó de sus turbios pensamientos. Diana y Casandra estaban dando saltitos de felicidad en la puerta y, en cuanto se bajaron de la yegua, corrieron a abrazarlas a ella y a Constanza.

- Sis, ¡nos tenías muy preocupadas! No te vuelvas a ir así, por favor… -le dijo Diana con genuino interés en el tono de su voz.-
Casandra secundó las palabras de su hermana mayor y se contuvo de darle un zape a Constanza. En realidad estaba más que feliz de que nada demasiado grave había ocurrido y ya estaban juntas otra vez, aunque podía presentir que Inés no había dejado impune aquella escapada de su hermanita, pues conocía bien la forma en la que su nana lidiaba con ellas cuando su comportamiento no era el más adecuado.
Connie no hizo más que asentir, sin embargo bastó sólo ver a Emiliano aproximarse para sonreír y sonrojarse como jitomate en segundos. Sin mediar palabra, el jovencito correspondió con una amplia sonrisa y la abrazó con firmeza, haciéndole entender en aquel idioma secreto que ambos compartían que le alegraba inmensamente tenerla de vuelta, sana y salva.

Tras aquella efusiva bienvenida, Constanza subió a su habitación a bañarse con ayuda de Inés y después bajó para desayunar con ella y con Emiliano, que había decidido esperarla para desayunar juntos. Estaba HAMBRIENTA.
Diana y Casandra fueron a sus respectivos cuartos a asearse, dejando a aquel peculiar trío realizar el alimento más importante del día mientras conversaban animadamente de temas variados, que iban desde programas infantiles de televisión hasta moda (obviamente) y equitación. Para el momento de la sobremesa, Connie ya se encontraba sentaba en el regazo de su nana (el asiento más cómodo en ese momento, evidentemente) disfrutando de una humeante taza de chocolate caliente con pan dulce. Se encontraba en casa, y no necesitaba más que levantar la vista hacia aquel profundo par de orbes castaños que la vigilaban tan amorosamente en todo momento y le recordaban a su propia madre.

Esos cuatro diablillos constituían la razón de la gran mayoría de los dolores de cabeza que Inés padecía, pero también eran la fuente de su orgullo y alegría, sin importar lo que hicieran. Esos niños eran su familia y estaría para ellos día y noche velando por su bienestar, así como ellos estaban siempre para ella procurándole amor y sonrisas, fruto de sus interminables ocurrencias.