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Los Retos de la Cuarentena

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Milo

Milo no sabía en qué momento se enamoró de Camus. Se dio cuenta de lo que sentía a final de la preparatoria, pero sabía que sus sentimientos anidaron en su corazón mucho antes que eso. Le conocía desde la primaria y a veces Milo se preguntaba si en algún momento sintió hacia él algo diferente al amor. No que importara, por cierto; así como llegó la aceptación de sus sentimientos, llegó el rechazo. En retrospectiva, Milo fue un estúpido al escuchar en silencio mientras Camus le aseguraba que lo que sentía hacia él no era amor, sino una amistad muy profunda. Sin embargo, en ese entonces era un muchachillo inocente que días atrás desconocía que le gustaban los hombres. Era obvio que Milo creería cualquier cosa con tal de no recibir de golpe el despecho de Camus y por un tiempo se convenció a sí mismo de que lo que sentía hacia su mejor amigo se limitaba a lo platónico.

El gusto no le duró mucho.

Al terminar la preparatoria, Milo y Camus fueron a colegios diferentes, lo que ocasionó que rompieran contacto. Para Milo, esa fue una gran oportunidad para conocer a nuevas personas y explorar su sexualidad. Salió con varios chicos y algunas chicas —solo por si acaso— y trató de despertar en su corazón una devoción tan fuerte como la que llegó a sentir por Camus. Tristemente, no solo no dio con ella, sino que se convenció de que sus sentimientos por Camus serían lo más cercano que estaría a experimentar el amor.

Tal vez, si hubiese tenido un poco más de tiempo, Milo habría tenido oportunidad de sanar sus heridas. No obstante, el mundo le jugó una sucia trampa cierto día en el que coincidió con Camus en una cafetería del vecindario. Después de un incómodo inicio, los jóvenes recordaron épocas pasadas y decidieron, sin palabras, hacer nuevos recuerdos juntos. Retomaron el contacto y se sorprendieron al descubrir que su dinámica poco había cambiado. Además, vivían lo suficientemente cerca como para permitirles verse casi todos los fines de semana.

Para ese entonces, Milo ya se había resignado a vivir para siempre con un amor no correspondido. A falta de fuerza de voluntad, decidió que lo único que necesitaba para ser feliz era estar junto a Camus y se aferró a su amistad con vehemencia. Muy en el fondo, sabía que aquello no era lo mejor para su salud mental, pero Milo sentía que ya era demasiado tarde para él. Vivió tremendamente solo por cinco años y el reencontrarse con Camus fue como llegar a un oasis tras días en el desierto. Milo estaría satisfecho con su amistad siempre y cuando él se la concediera.

Por mucho tiempo, el plan de Milo funcionó bastante bien. No solo recuperó su amistad con Camus, sino que esta regresó con creces. La locura adolescente había pasado tiempo atrás y les permitió conocerse de un modo más profundo. Además, el no tener que pasar las tardes haciendo tareas significó más oportunidad para disfrutar juntos su tiempo libre.

De esa forma, y con el paso de los años, se hicieron cada vez más inseparables. Milo estaba lleno de satisfacción y felicidad y rezaba todos los días porque la situación se mantuviera así para siempre.

No obstante, todas las cosas están destinadas a cambiar tarde o temprano.

Para Milo, fue una tarde mientras cenaban en un restaurantito que quedaba entre su departamento y la casa de Camus.

—Hoy he hecho una solicitud de adopción —dijo Camus mientras doblaba su servilleta y ponía su plato a un lado.

Milo parpadeó dos veces, frunció el ceño y sacudió ligeramente su cabeza.

—¿Disculpa? —preguntó creyendo que había escuchado mal.

—Esta mañana en lugar de ir a trabajar fui a una casa de cuna a hacer una solicitud formal de adopción —continuó. Milo notó que las manos de Camus temblaban ligeramente—. Llevo tres años en contacto con el instituto de cuidado infantil y finalmente se me permitió avanzar a la siguiente fase.

Milo pensó decir algo así como "jamás mencionaste algo sobre querer adoptar", pero sabía que sería una mentira. Camus siempre añoró tener hijos; era un buen maestro y quería extender sus conocimientos más allá de las aulas. Si bien años atrás comentó su interés en adoptar, Milo consideró aquel sueño como uno lejano. Ahora, con treinta y dos años, Camus estaba en una edad apropiada para realizar el trámite y Milo se sintió bobo por haber pensado que se mantendrían como muchachos de veintidós por el resto de sus vidas.

—Felicidades, Camus —optó por decir—. Estás haciendo algo maravilloso.

Camus sonrió desganado y negó con la cabeza, lo que hizo que un mechón de cabello se deslizara por su frente.

—Podré decir eso una vez que concrete el trámite. Me dijeron que puede tomar más de cinco años; todavía hay muchas cosas que pueden pasar.

Milo había escuchado suficientes quejas del proceso de adopción en Grecia como para saber que este podía tardar hasta una década, si acaso alguna vez se concretaba. Era fácil adivinar que la situación sería aún más complicada para un hombre soltero.

Por otro lado, Camus no era cualquier soltero. Él era miembro de una acaudalada y reconocida familia con capacidad de abrir puertas que estarían cerradas para muchas otras personas. Milo no sabía mucho de adopciones, pero sí que sabía que el mundo giraba con mayor facilidad para aquellos con dinero.

—Estoy seguro que todo saldrá bien —dijo con honestidad—. Sé que tarde o temprano te convertirás en un padre maravilloso.

Camus asintió apocadamente y sonrió al escuchar las palabras de aliento de su amigo.

—Muero de los nervios.

Milo extendió su mano sobre la mesa y la colocó sobre la de Camus, dándole un suave apretón y una caricia con el pulgar. Usualmente, lo menos que quería era incomodar a Camus sus expresiones de cariño, por lo que solía evitar el contacto físico. No obstante, Milo estaba convencido que ese día la situación lo apremiaba.

—No te preocupes. Sabes que no estás solo. Puedes contar conmigo para lo que sea, desde cambiar pañales hasta dar la plática del sexo.

Camus bufó.

—Pañales, cuando sea. Lo de la plática, ya veremos.

La conversación quedó ahí y aunque Milo la tuvo en mente durante meses, Camus no volvió a hablarle al respecto. Milo no quiso entrometerse y confió en que su amigo le informaría si su situación cambiaba.

Su confianza quedó bien depositada y, año y medio después de aquella cena, Camus llamó a su puerta un jueves por la noche. Lucía despeinado, pálido y sumamente inquieto. Jugaba nerviosamente con sus manos y miraba de un lado hacia el otro como si esperase que algo o alguien le saltara encima en cualquier momento. Extrañamente también sonreía de oreja a oreja y prácticamente saltó a abrazarle en cuanto abrió la puerta.

—¿Qué ocurre, Camus? —preguntó preocupado—. ¿Te encuentras bien?

—¡Ya está! ¡He firmado! ¡Mañana podré llevar a los niños a casa!

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que hablaron de la adopción, que Milo no tuvo la capacidad de conectar aquel recuerdo con las palabras de su amigo.

—¿Qué niños? ¿De qué hablas?

—¡La adopción! —exclamó—. ¡Seré padre!

Aunque Milo aún no entendía muy bien lo que había pasado, tomó la felicidad de Camus como si fuese suya y correspondió fuertemente a su abrazo. Le condujo lentamente hacia la sala —temía que cayeran juntos— y, después de ofrecerle un té de tila, escuchó con paciencia todo lo que tenía para decirle.

—No te lo había dicho antes porque temía que las cosas no funcionaran conforme a lo esperado —explicó—. Ya antes me habían puesto a un lado en pos de parejas —sus ojos se llenaron de tristeza y Milo contuvo sus ganas de abrazarle—. He seguido este caso desde hace cinco meses. Son dos niños. Uno tiene dos años de edad y el otro apenas tiene un mes. La madre es una adolescente que decidió ponerlos en adopción al iniciar su segundo embarazo. Generalmente entregarían a un grupo de hermanos solo a parejas, pero la madre me apoyó enormemente. Fue ella quien decidió que yo era la persona indicada para adoptar a sus hijos.

—Puedo saber, sin conocer las otras opciones, que la chica tiene razón —Milo se contuvo de comentar lo difícil que sería cuidar a dos niños al mismo tiempo. Estaba seguro que Camus ya había pensado en ello mil y un veces y aun así aceptó la responsabilidad.

—Jamás había estado tan feliz y preocupado al mismo tiempo. Creo que me volveré loco antes traerlos conmigo.

—Te preocupas demasiado —aseguró Milo—. Estoy seguro que encontrarás todas las fuerzas que necesites en cuanto los tengas en tus brazos.

Camus recapacitó largo rato en aquellas palabras. Milo observó con atención la angustiada expresión en su rostro y el modo en el que sus largas pestañas se batían con inusual rapidez.

—Sí. Tienes razón. Aun así… —carraspeó y posó su mirada en su regazo—. Sé que es muy poco tiempo de antelación y que no hemos hablado de esto antes, pero si pudieras…

—¡Claro que te ayudaré! —exclamó Milo al momento—. No sé nada de bebés, pero hay tanta información hoy en día que sé que no tardaré mucho en aprender. Será mucho más fácil cuidar de ellos entre dos personas.

Camus le miró absorto por largo rato. Sus ojos estaban abiertos de par en par, su boca entreabierta y su rostro se había encendido con un intenso color rojo. Milo supo al instante que había hablado de más y comenzó a morderse el labio por la imprudencia de sus palabras. ¿Sería ese un buen momento para ir al parque más cercano y cavar su propia tumba?

—¿Harías eso por mí, Milo? —preguntó Camus.

Milo no supo qué era lo que Camus quería escuchar. El cuidado infantil era un tema sumamente delicado y no quería imponerse ni hacerle creer que no sería capaz de cuidar a los niños por sí mismo. Aun así, deseaba con todas sus fuerzas ayudarle y pensó que si había un momento para ofrecer su ayuda, sería ese.

—Por supuesto que sí —aseguró—. Tengo suficiente tiempo libre para apoyarte en las tardes y los fines de semana. Incluso podría mudarme contigo por un tiempo, en lo que te aclimatas a la nueva situación. Solo si así lo quisieras, claro. No me involucraré más de lo que consideres necesario.

Camus bajó la mirada y Milo notó que su agitada respiración se volvió aún más errática. Un largo e incómodo silencio les cubrió y Milo pensó en retractarse, pero se resistió a sabiendas de que lo mejor sería dejar la decisión en manos de Camus.

—Pensaba solo pedirte que me acompañaras al centro de adopción. Sin embargo, no me vendría mal un par de manos adicionales. Yo… —carraspeó—. Mi madre ofreció ayudarme, pero sabes lo controladora que es.

—No tienes que tomar la decisión ahora. Mañana te acompañaré al centro y si en algún momento consideras que necesitas mi ayuda, estaré ahí en un parpadeo.

—No, no —Camus cubrió su enrojecido rostro con ambas manos—. No necesito pensarlo —posó sus manos en su regazo y miró a Milo con tanta intensidad que a este le costó trabajo sostener la mirada—. Agradecería mucho tu ayuda, Milo. Al menos durante el primer mes. Puedes quedarte en la casa, sabes que hay cuartos de sobra.

Milo prácticamente saltó de su asiento y gritó de felicidad. Camus estaba a punto de embarcarse a una maravillosa aventura y le había dado la oportunidad de acompañarle. Sentía que ese era el momento más feliz de su vida y se aseguraría de cumplir todas las expectativas de su amigo. Por él y por los niños se convertiría en el mejor niñero de todo el mundo.

Una vez tomada la decisión, los hombres afinaron los detalles durante tantas horas que Camus terminó quedándose a dormir en el departamento de Milo. Este no tenía un cuarto adicional, así que ofreció su propia cama mientras que él se quedó en el viejo sofá cama de la sala.

No que hubiera habido diferencia, por cierto. Ni uno ni otro lograron conciliar el sueño.


Al día siguiente, los hombres fueron al centro de adopción para recoger a los pequeños. El mayor se llamaba Isaac y, a pesar de que Camus ya había tenido contacto con él, sus ojos brillaban con la promesa de una larga sesión de lágrimas. No obstante, se mantuvo firme a sabiendas de que él no era el único en esa situación. Su hermano menor, Hyoga, era apenas un bultito en los brazos de Camus, e Isaac estaba atento para cuando hubiese necesidad de ayudarle.

Hyoga no empezó a llorar hasta que Camus le sujetó en el asiento para niños de la camioneta. El aspaviento no tardó en inquietar a Isaac y en cuestión de segundos inició un agudo coro de desesperados lamentos. Desconcertado, Camus no supo cómo reaccionar y Milo tuvo que tomar el volante mientras el otro miraba constantemente hacia el asiento trasero del auto y trataba de consolarles a distancia.

Aquel viaje fue el más tortuoso que Milo o Camus hubiesen experimentado jamás y los problemas solo escalaron hasta que llegaron a su destino. Camus llevó a Isaac a conocer la casa y Milo depositó a Hyoga en su nuevo portabebés. Una vez que Camus regresó, le enseñó a Milo a preparar la leche de fórmula de Hyoga y, después de alimentarlo, los adultos e Isaac se sentaron a la mesa del comedor. El niño tenía poco apetito, pero Milo logró que se terminara sus verduras a cambio de una galleta de chocolate con crema. Hyoga se despertó en tres ocasiones y las tres veces Camus tuvo que arrullarlo por todo el comedor.

La primera noche fue especialmente difícil. Isaac lloró la mayor parte del tiempo, despertando a Hyoga y escalando la situación. A las tres de la mañana Milo no pudo más y se llevó a Isaac del cuarto de los niños y lo condujo hacia la sala, donde jugaron con un rompecabezas de pececitos. Las piezas de madera eran lo suficientemente grandes como para ser manejadas por las inexpertas manos de Isaac y, sobre todo, facilitaban a Milo el recuperarlas cada que el niño intentaba metérselas a la boca. Finalmente, tras media hora de armar y desarmar el rompecabezas, Isaac comenzó a adormilarse y Milo pudo regresarlo a su alcoba, donde Camus cabeceaba en una silla cercana con Hyoga en sus brazos.

Juntos, acomodaron a los niños en sus camas y salieron de la habitación a sabiendas de que no pasaría mucho tiempo antes de que alguno de ellos despertara nuevamente. Dispuestos a aprovechar al menos una hora de sueño, se dirigieron a la habitación más cercana y cayeron rendidos sobre la cama.


Al final, Milo vivió con Camus durante tres meses. Dicho tiempo fue más que suficiente para que Isaac se acostumbrara a su nueva rutina y a su nuevo padre. De ser temeroso y defensivo, pasó a ser creativo y amable. A pesar de que en ningún momento dejó de ser introvertido, Milo sospechaba que eso era más por su personalidad que por sus experiencias pasadas. Amaba hacer burbujas de jabón y, desde que descubrió el acuario de Camus, les resultó difícil separarlo de su cristal. Por si fuera poco, su desarrollo físico y mental iba a un buen ritmo. Crecía con rapidez, cada día su andar era más hábil y pronto estaría listo para ir al baño por su cuenta.

Con Hyoga la situación fue más fácil, pero a la vez más complicada. Fue fácil porque no fue necesario ganar su confianza antes que su cariño. Desde un principio Hyoga se acopló a Camus y no tuvieron que lidiar con sus inseguridades o temores. Por otro lado, con lo que sí tuvieron que lidiar fue con los pañales, la alimentación cada tres horas, el baño, los cólicos y los llantos solo porque sí.

Cuidar de ambos hermanos era una tarea titánica y Milo estaba sumamente feliz de haber podido ayudar a Camus en una etapa tan complicada para su nueva familia. No solo se había encariñado con los niños, sino que había descubierto un nuevo lado de Camus; uno dulce y encantador que de algún modo logró hacer que se enamorara aún más de él. Tristemente, con el paso de las semanas Milo comenzó a quedarse sin motivos por los cuales pasar toda la noche con ellos; sobre todo una vez que terminó su mes de vacaciones y tuvo que regresar a trabajar. No creía que las pocas horas que les dedicaba a los niños fuesen suficientes para darle un respiro a Camus y a veces sentía que hacía más mal que bien. No quería ser un estorbo y una vez que Camus le aseguró que estaría bien por su cuenta, Milo regresó a vivir a su departamento. El día en el que se llevó sus maletas fue sumamente emotivo.

Aunque, a decir verdad, derramar lágrimas tras recibir el cálido abrazo de Isaac fue un tanto ridículo considerando que al día siguiente llevó a toda la familia al zoológico. Milo no pasaba las noches con ellos, pero lo hacía casi todas las tardes y todo el fin de semana. Por más que Camus trabajara desde casa, una persona no era suficiente para cuidar a un bebé y a un niño que comenzaba a chocar contra todas las superficies posibles. Así pues, su relación con Camus se cimentó aún más. Ya era demasiado tarde para que Milo se preocupara por eso, pensaba. Lo único que importaba era el bienestar de su mejor amigo y el de sus hijos y estaba dispuesto a apoyarles en todo lo que fuera posible por el resto de su vida.

O, al menos, ese era el plan antes de que la cuarentena le hiciera abrir los ojos ante el embrollo en el que él mismo se había metido.

Al menos, ese era el plan hasta que la pandemia le convenció de alejarse de Camus por el resto de su vida.