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Lecciones de maná

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El tiempo que había pasado en esta farsa de ser una mercenaria se había alargado demasiado para mí gusto, así como los momentos que he pasado con el "Gran mago Ernon" o cómo yo le digo, mi maestro.

No quería admitirlo por nada del mundo, pero en los últimos meses algo raro me estaba pasando cuando estaba alrededor de él.

Me pasaba cuando me despertaba e iba su habitación para despertarlo a él, sin querer me perdía en la serena expresión que portaba. Cuando comíamos el desayuno juntos y él se encargaba de dejarme una porción extra a mí lado. Cuando me miraba sin decir nada, con aquellos ojos del púrpura más oscuro y que aun así brillaban como gemas al verme, reía de una manera tan dulce que por unos momentos realmente olvidaba que él era el mayor enemigo de nuestras tropas.

En todas aquellas ocasiones, que antes me resultaban tan banales, ahora hacían que un familiar tintineo se apoderara de mi estómago y una sensación de querer protegerlo...Tal cómo había experimentado con Luna Yen, con Curon, con la señorita Anacliffe o con el segundo príncipe.

Sin saberlo, Ernon se había convertido en alguien importante para mí. Yo quería protegerlo.

Y aunque aquello de por sí era un problema que significaba estar entre medio del conflicto de poder sin estar en un bando claro, si hubiera sido solo eso, entonces hubiera estado bien. Él no era la primera persona por la que sentía ese raro tintineo, estaba segura de que sí hubiera sido así entonces no estaría dudando de mí misma y de si realmente quería regresar a las tropas del príncipe...

Si tan solo lo hubiera mantenido a un metro de distancia, entonces esto no habría pasado.

 

        

 

Suspiro en mi habitación, la modesta habitación que Ernon me entregó, puedo escuchar los tres usuales golpes en mi puerta y su voz resonando por entre ella.

— En cinco minutos, prepárate para las lecciones de maná en mi habitación.

Mis mejillas no pudieron evitar sonrojarse ante lo grave de su voz. Su tono era irreverentemente astuto, como si no tuviera vergüenza alguna de que alguien lo fuera a escuchar. Conociéndolo, probablemente era así.

Con aquellas malditas lecciones de maná, empezó mi tormento.

Habían empezado tan inocentemente, que no sabía que fue lo que había tergiversado todo...

Entre medio del bosque, al lado de una hoguera que él había hecho, tal vez habían sido sus manos sobre mi espalda mientras respiraba profundamente, sintiendo el maná fluyendo alrededor de mi cuerpo con su ayuda. Luego de unas semanas, tal vez habían sido sus dedos entrelazándose con cuidado con los míos mientras me ayudaba a dirigir el maná hacia una dirección específica. Tal vez había sido su voz, susurrándome instrucciones seriamente en mi oído, como una caricia.

O habían sido sus manos, acariciando mi cintura de una manera en la que no era necesaria para mi aprendizaje.

Todavía recuerdo su nerviosa voz diciendo...

— L-Lo siento, me dejé llevar...

Probablemente aquello fue lo que me atrapó. El gran mago Ernon, tartamudeando y disculpándose conmigo. Su rostro, etéreamente hermoso y sonrojado, estaba avergonzado de sí mismo.

Un sentimiento que jamás había experimentado antes se apoderó de mí en aquél momento y una sonrisa genuina se coló en mi rostro mientras llevaba sus manos de vuelta a mi cintura.

Toda su cara se coloreó de un rojo brillante en el momento en lo que hice, pero pude palpar sus inseguridades en el aire.

— Tú... ¿N-No lo odias?

Era una pregunta válida, considerando lo que anteriormente le había contado. Sin embargo, no había manera en que pudiera relacionar la rápida manera en mi corazón latía y el sonrojo en mis mejillas con experiencias pasadas.

—...No lo odio.

Con aquellas palabras, las lecciones de maná se habían transformado en algo más que solo lecciones... Y justo ahora estaba llegando tarde a ellas...

Mientras caminaba lentamente a su cercana habitación, guardé el nudo en mi cabeza respecto a nuestra situación. Aun si no quería admitirlo en voz alta, sabía que sin querer, me enamoré de este agobiante y secretamente amable mago.

También sabía en el momento en que abrí su puerta, que lo mejor sería terminar con esto y mantenerlo a un metro de distancia, mi honor como caballero y mucho más que eso estaban en juego, pero...

No había manera en que pudiera mantenerlo a un metro de distancia, porque cuando me sonreía de esa forma, lo quería lo más cerca posible.