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LOS CAMBIADOS

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A medio camino de la salida, aún entre el laberinto de caminos y setos y árboles que nos separaban de la puerta del Ángel Caído, me detuve en seco. Manu me miró.


-¿Qué pasa?


-No era el único.- dije.


-¿No era el único qué?


-No era el único punto del que huía la gente.- dije.- Había más.


-¿Estás seguro?


Sí, estaba seguro, pero no me molesté en repetírselo y volví a mirar a mi alrededor. Algo había llamado la atención y por eso me acordé de ese detalle. Algo… o alguien. Quien quiera que fuera el otro Cambiado, porque cero dudas a que era otro Cambiado, era evidente que era mucho más discreto que el monstruo colosal de antes. Quizá se había escondido en las jardineras, entre los árboles y los grandes arbustos. Aun a pesar de que el invierno quitaba el manto verde de los árboles caducos del parque, había zonas, como aquella, llena de abetos y setos de hoja perenne y, aun a finales de noviembre como entonces, ofrecían un aspecto bastante espeso. 


Así pues recorrimos los umbrosos senderos mirando en todas direcciones sin saber muy bien qué teníamos que buscar. En un momento dado vi una bicicleta abandonada por alguien.


-Genial…- musité corriendo hacia ella.


Manu gruñó.


-Dice Laura que nos espera en la comisaría de Huertas.- dijo mientras me miraba manipular la bicicleta.- Deberíamos irnos.


-¿Ahora la Guardia Civil comparte instalaciones con la Policía Nacional?- pregunté con cierta sorna.


-Me imagino que es por el tipo hidra.- dijo mi colega ignorando el comentario.- Dice que quieren hacerte unas preguntas.


-Claro que sí.- dije subiéndome a la bici.- Dile que voy en un rato.


-Pero…


Di la primera pedaleada alejándome con cierto bamboleo de Manu.


-Dile que no tardaré, que tengo algo que hacer.


Así podría cubrir más distancia en menos tiempo. Seguí escaneando con mis ojos las jardineras y por fin, casi llegando a la verja, noté una cierta distorsión en el aire a mi derecha y dirigí el manillar en esa dirección. A medida que avanzaba, el barullo del Estanque parecía que hubiera ocurrido en otro planeta. El sonido de las ruedas sobre la grava, los pájaros, el viento frío de aquella mañana de domingo que se me estaba haciendo inconcebiblemente larga… Algo cruzó el camino por el que iba y frené tan rápido que casi me caigo. Dejé la bici en el suelo y empecé a caminar con las manos en alto sintiéndome como en la película de Predator.


-Hola…- dije a mi entorno en general. Silencio.- No te preocupes, ¿vale? Note voy a hacer daño. Te aconsejo que cambies a tu apariencia humana porque esto está lleno de policías.- Más silencio.- Venga, piénsalo, sé que estás ahí y te prometo que si sales te ayudaré a salir de aquí sin que te digan nada.


Pajaritos, viento y nada más. Mis ojos no dejaban de recorrer las jardineras, las ramas bajas de los abetos y los parterres. Pero la distorsión estaba ahí. Casi podía palparla.


-¡Sólo quiero ayudarte!- dije.- Yo también soy un Cambiado. 


Maldita sea, sentía que me vigilaban desde algún punto. Me concentré para Ver más claramente, más tranquilamente. Árbol, tronco, ardilla, seto, árbol, seto, matojo, ojos, matojo, set… Giré la cabeza de golpe hacia donde había visto esos ojos, amarillos, enormes y extraños. Entonces saltó desde el seto hacia mí y no se me ocurrió otra cosa que hacerme una bola en el suelo. Después oí un gruñido perruno sobre mí y unas patas que me rodeaban. Se que gemí de puro pavor, pero volví a hablar.


-De verdad que no te quiero hacer nada.- insistí de manera estúpida.- Cambia de nuevo, por favor.


Noté cómo me olisqueaban el pelo.


-Eres sincero.- dijo una voz de mujer.


Levanté la cara. Una señora que rondaba los 60 y tantos, con abrigo de piel, escurrida y estirada como una escoba me miraba desde arriba con la barbilla altivamente levantada. Ah, benditas hijas del Barrio de Salamanca… pensé. Respiré hondo y me incorporé.


-Señora, la policía…


-Sé muy bien que la policía está aquí. Ese monstruo horrible es un peligro, ¿por qué cree que me oculté aquí, joven? Ya es imposible estar seguros. Qué vergüenza…


-Um… - dije. Fácil de palabra que soy, en efecto.- Bueno, entonces no le importará que la acompañe hasta la calle, ¿no?


-Sé ir yo solita perfectamente, muchas gracias.


Dicho lo cual se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta más próxima. Ah, por favor… Alcé las manos y respiré hondo.


-Como usted diga…- entonces se me ocurrió.- Disculpe, ¿sabe si había más cambiados en el parque?


-Quiere decir además de usted y del monstruo.- dijo con desprecio inefable. Arqueé una ceja. 


-Y de usted, sí.


-No sé de lo que me habla.


Gruñí.


-¿Vio a más Cambiados sí o no?


-Le agradecería que no los mencionara en mi presencia, joven. Hasta luego.


Me quedé como el gif de Nathan Fillion, con el dedito alzado y la boca abierta y pensando muchas veces cómo decirle que negarse su condición no haría que desapareciera, pero me lo pensé y desistí. Cogí la bici de nuevo con intención de ir a la comisaría cuando oí algo a mi espalda, como alguien corriendo. Entrecerré los ojos… la… ¿distorsión? Esa distorsión extraña seguía ahí. ¿Era otro de los Cambiados? Salí disparado hacia quien quiera que fuera y conseguí ver a alguien con un abrigo de color claro correr en dirección al Palacio de Cristal. ¿Un espacio abierto? Me puse en pie sobre los pedales para darle velocidad y en nada alcancé el Estanque y después la parte trasera del palacio de Cristal. Miré a mi alrededor y seguía notando la distorsión, cada vez más potente. El corazón me latía a la altura de la glotis, pero sabía que no estaba solo… patos a parte. Cogí el móvil y llamé a Laura. Tardó en coger.


-Laura, cierra las salidas del Parque que dan a Menéndez Pelayo.


-¿Por qué? ¿Has encontrado a más Camb…?


-¡Hazlo, por favor! Luego te explico.- y colgué.


Dejé la bici sin ceremonias al borde del sendero y volví a buscar a mi alrededor. Si esa persona era peligrosa tenía en mí una diana perfecta. No podía estar más al descubierto. Mis ojos fueron del estanque al Palacio. El inmenso invernadero estaba cerrado, pero algo se movía en su interior. Me acerqué. Algo pequeño en el suelo en el centro del palacio distorsionaba el aire a su alrededor. Toqué el cristal y fue como una descarga. ¡El cristal! Fuera lo que fuera no era bueno. No podía serlo en absoluto. Nada que convierte un material no conductor en conductor puede ser bueno.


Quizá esa persona tuviera relación con ese pequeño objeto y quería recuperarlo. ¡Quizá fuera la causa de los cambios repentinos y le había pillado escapando o queriéndose deshacer de las pruebas! Miré el objeto y me dirigí a la puerta, cerrada con un candado. Sólo me tomó unos segundos Ver el mecanismo y utilizar la misma técnica que había usado con la rejilla del desagüe para abrir la puerta.


La distorsión visual era casi táctil a medida que me acercaba, desagradable. Las náuseas de la resaca, casi olvidadas tras los accesos de adrenalina de antes, volvieron. Era como estar cerca de un altavoz inmenso que retumbaba hasta los huesos. Me acerqué al centro del recinto donde se encontraba ese extraño y diminuto objeto. Ese objeto que parecía ser el origen de todos esos problemas. Me agaché y lo cogí con mi mano derecha.


Y hasta aquí puedo leer porque algo me golpeó la cabeza y perdí el conocimiento.

 

***___***

 

Muchas veces vemos en la películas que el héroe al despertarse de una contusión tiene un par de segundos de desorientación, pero luego se levanta quejándose un poco y tira para adelante como si sólo se hubiera dado un pescozón con la puerta del armario de la cocina.


Mentira.


Mentira cochina.


Uno cuando pierde el conocimiento por un golpe en la cabeza se despierta con la cabeza hecha un bombo en el que cada latido es capaz de hacer que veas chiribitas en los ojos y que apenas tengas fuerzas para tenerte en pie. De dos segundos de desorientación nada. Son más bien 30 hasta que más o menos eres capaz de abrir los ojos. Y luego incorpórate. El volver a la verticalidad hace que tu cerebro haga como esos niveles de agua que usan los albañiles. El esfuerzo de enfocar los ojos en algo concreto redoblará el dolor de cabeza y… vaya, en resumen, que no es como un pescozón con la puerta del armario de la cocina.


Cuando por fin pude enfocar, me di cuenta de que ya no estaba en el Palacio de Cristal del Parque del Buen Retiro. Se parecía al Palacio. Se parecía al Parque. No era ninguno de los dos sitios. El aire olía a asfalto caliente a pesar de la capa de nieve de al menos 50 cm de espesor que lo cubría todo. Los cristales rotos hacían que el aire gélido llegara hasta mi y eso me espabiló un poco. Me giré con cuidado. ¿Qué era lo que me había golpeado?


Me puse de cuclillas un momento antes de ponerme en pie y vi el objeto a mis pies. Era como un canto rodado, negro azabache con vetas blancas y del tamaño de mi palma. Lo cogí y los sopesé. Cabía perfectamente en mi mano, estaba suave y ligeramente fresco. Intenté Verlo, pero sólo podía percibir la leve distorsión de antes, aunque mucho más ligera. Me la guardé en el bolsillo y me llevé una mano a la nuca, donde había recibido el golpe. Aún notaba el dolor palpitante.


Salí de allí. El estanque frente al Palacio estaba algo más bajo de agua de lo que lo recordaba de un rato antes. No había patos. Los senderos estaban cubiertos por nieve virgen y no oía un solo pájaro. Ni nada. Ni siquiera el ruido lejano de los coches. Un nudo en el estómago me avisó que aquello rozaba los límites de lo terrorífico y, con el corazón latiéndome en el chichón, emprendí la marcha hacia la salida más próxima.

Fue difícil. La nieve tenía un espesor más que considerable. Por suerte llevaba botas, pero los vaqueros empezaron a calarse a la altura de media pierna. Al menos el ejercicio me calentó, ahuyentando el viento helador. No había caminado ni 50 metros cuando oí un crujido en la nieve a mi espalda y me volví agachándome un poco. Nada. ¡Ding, dong! Paranoia a tu puerta, Dani… Tragué saliva y seguí mi camino con veinte ojos a mi alrededor. 


¿Cómo era posible que nadie hubiera retirado la nieve? ¿¡O que nadie la hubiera pisado!? ¿O que no hubiera nadie? Los caminos estaban totalmente sepultados por la capa de nieve que o cubría todo. Y mis botas no eran impermeables De trekking sí, de agua no. Y mis vaqueros ahora pesaban 3 toneladas por pernera. Sin exagerar. Mascullé una maldición justo cuando vi por fin la valla y la enorme puerta de metal de la salida. Cerrada. Y tras ella, nada. Literalmente nada. Ni calle, no coches, ni edificios. Más allá sólo había una extensión infinita de nieve, frío y ventisca. Joder con el calentamiento global…


-¡Eh!


Me di la vuelta tragándome al mismo tiempo el corazón que a punto estuvo de abandonar mi cuerpo del puro sobresalto. Un hombre de mediana edad con un abrigo de paño impoluto y bufanda de cachemir caminaba sobre la nieve como si no pesara más que unos gramos, como el puto Légolas, y yo hundido en la nieve hasta las rodillas. Tenía el pelo cano, con un corte elegante y un rostro… difícil de ver. No es que fuera feo, es que era difícil de mirar, como si mis ojos y sus rasgos fueran imanes del mismo polo. La sensación era rara de narices y no ayudó en absoluto a tranquilizarme, aunque todo estaba siendo tan surrealista que mi capacidad de asombro estaba reducida a la mínima expresión.


-¿Quién es usted?- pregunté.


-Eso no te importa.- dijo con voz grave y con el tono del que está acostumbrado a recibir un “sí, señor” por respuesta. Mi ceja derecha se alzó un instante como un tic. Huelga decir que no reacciono bien ante ese tipo de gente. Problemas con la autoridad, lo llaman…- Tienes algo que me pertenece.


Ajá… ¿Eh?


-Perdone, ¿qué?- dije. En mi defensa diré que aún me dolía mucho la cabeza, ¿vale?


El tipo no había dejado de andar como un gato por la superficie de la nieve y, por ende, mirándome desde una buena altura durante todo el camino. Se detuvo a unos tres metros. Aquello no pintaba bien. Si intentaba cualquier cosa no podría huir con la verja a mi espalda y nieve por todas partes.


-El Paragón.- dijo por fin.- Dámelo.


Me planteé por un momento repetir el “¿Qué?”, pero empezaría a parecer medio imbécil y ante gente así no puedes permitirte esos lujos. Me metí las manos en los bolsillos y me ergí haciéndole frente. El hombre alzó una ceja y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, altivo. ¿Qué os he dicho de la actitud? Aunque sea mentira, chavales, haced caso a tito Dani. Que se lo crean, aunque sea un maldito farol. Tienes la situación controlada hasta que se demuestre lo contrario. El problema venía cuando querían demostrarlo, claro, pero ya cruzaríamos ese puente en su momento. 


-Me temo que no puedo hacer eso, señor…


-Joven, no me hagas repetírtelo una tercera vez.


La prepotencia, la soberbia, el “aparta escoria” en su tono y su actitud me cabreó. No pude evitarlo y, francamente, no me dio la gana evitarlo. Ese tío era un imbécil. Mi mano tocó la piedra negra. ¿Sería el Paragón al que se refería?


-O si no, ¿qué?- repliqué todo gallito. Tenía que hacer algo o ese tío me rompería la cara. 100% garantizado. 


Decidí referirme a él como Sir Légolas porque algún nombre tenía que ponerle. Me miró con profundo desprecio durante 3 segundos y luego alzó una mano enguantada y produjo una llamita azul idéntica a la mía, pero más grande, más brillante y como más concentrada, como un mini sol azul. Y éso, amigos, es lo que realmente me dejó en shock de todo aquel circo. Nunca había visto a nadie con mi mismo Cambio y ese tío parecía que lo sabía usar muchísimo mejor que yo, así que me le quedé mirando con la boca abierta como un gilipollas. Pude ver, fascinado, cómo hacía un movimiento con la mano y la bola salía despedida hacia mi como una bala. En el último instante me lancé de lado a la nieve, pero me llegó alcanzar en el hombro.


Y en efecto quemar no quemaba, pero me arrancó el aliento de puro dolor, mucho más que un hueso roto, mucho más que una jaqueca cósmica. Aquello era un dolor total, en todo el cuerpo, del tipo que puede durar horas sin variar en su intensidad, del tipo que agota, del que te cambia el carácter, del que tratan en los hospitales con drogas tan fuertes que generan síndrome de abstinencia. Duró como unos mil años antes de que cediera y cuando lo hizo, lo hizo de golpe, tal y como llegó. El alivio hizo que se me saltaran las lágrimas y me di cuenta que había hecho un agujero en la nieve virgen en mis convulsiones. Estaba hecho un ovillo, temblando, respirando de manera irregular como si hubiera corrido una maratón.


-Ah… qué interesante…- dijo el hombre que se colocó sobre mi, ligero como una pluma, sobre la nieve que aún no había destrozado a mi alrededor.- Daniel Ibor, ¿me equivoco?  


Tragué. Dios, aquello era difícil…Puse las temblorosas manos en el suelo sucio y traté de incorporarme. Tiritaba entero y no de frío. Conseguí ponerme de rodillas con dificultad. Le miré. Sonrió. O vamos, me dio la sensación de que sonreía. Seguía sin poder retener sus rasgos. Sus gestos sí, pero no podría describirle en mi vida.


-Tienes potencial, chaval, pero esto te queda grande. Al menos todavía. Dame el Paragón y no tires tu futuro por la borda, hijo.


Es curioso cómo, además de temblores generalizados por todo el cuerpo, la adrenalina te agudiza todos los sentidos, especialmente cuando un Cambio misterioso los había convertido en algo casi sobrenatural. En ese momento a mi Cambio y mi Vista especial, se le había sumado un +2 del cabreo que llevaba encima y ahora veía a ese tipo desde un punto de vista más… amplio. Y amarré velas. Aquel tipo era un bloque monolítico, perfecto, ni una sola fisur que denotara ningún tipo de debilidad. Sólo el aire a su alrededor parecía removerse inquieto, deshaciéndose, como si los bordes de su persona arañaran el tejido del espacio-tiempo. O algo así. Era muy desagradable, muy inquietante, muy… malo. Desvié la mirada. Estaba, oficialmente, acojonadísimo.


-Dámelo, Daniel.


Estuve a punto. Lo juro. Tenía la piedra en la mano, pero mis tripas, las suicidas, las que siempre hacen que alguien me rompa la cara, me dijeron que ni se me ocurriera, que si ese tío se apoderaba de esa piedra misteriosa, esa especie de horribilidad a su alrededor dejaría se estar sólo a su alrededor. Y daría lo mismo que hubiera salvado el pellejo porque sólo habría retrasado lo inevitable. Apreté la mandíbula y…


-¡Oh!- exclamé mirando a un punto por detrás de él.


Sir Légolas miró también justo para ver cómo una de mis bolitas diminutas rompía una rama inmensa de abeto llena de nieve a apenas dos metros por encima de él. Lo vio y tuvo apenas tiempo suficiente para cubrirse con los brazos antes de que varias decenas de kilos de madera y nieve le sepultaran. Haciendo un esfuerzo ímprobo me levanté lo más rápido que pude para salir de ahí a toda hostia. Por otro lado, decidí que aquel era un gran momento para explorar el lado más pragmático de mi Cambio y traté de ver, en la estructura de la nieve, las partes más firmes o con menos nieve que me ayudaran a avanzar más rápido. Con la angustia y mirando todo el rato por encima del hombro, tardé un poco en encontrar el camino, pero tardé poco en encontrar el camino como áreas en las que la nieve parecía más blanca, más sólida… Y no es que ahora corriera como el viento, pero sí conseguí ir más rápido y con menos esfuerzo.


Me metí en lo más profundo del Parque. Quizá podría esconderme entre los setos y tratar de volver al Mundo Real (TM) de alguna manera. Aquella dimensión polar no me gustaba un pelo. En mi carrera me di cuenta con cierta zozobra que por mucho que huyera, Sir Légolas me encontraría siguiendo el rastro de nieve pisada. Mierda. Ok, y ahora qué hago… Vale, bueno, pues poner distancia será lo mejor, ¿no? Al menos ganaría un poco de tiempo para pensar… a menos que me congelara o nos tiráramos dando vueltas por esa versión del Retiro on the rocks por toda la eternidad.


Uf, paso.


Vale, metros, hay que poner metros entre los dos. Corrí. Que al menos el gimnasio y los 25 años que le aventajaba al Légolas se notaran, por mucho shoryuken que me lanzara. Y corrí mucho. Dejé el Palacio de Velázquez a mi espalda y seguí corriendo por el Paseo del Marqués de Pontejos. Tenía los pulmones ardiendo y mi garganta me amenazaba con una faringitis de dinosaurio, pero me obligué a calmarme, a mirar atrás y buscar algo de refugio tras los setos donde no hubiera tanta nieve. Detrás de unos arbustos inmensos como muros, crecían dos abetos que parecían triángulos blancos. Me colé como pude entre la nieve y las ramas y me metí en el refugio de ramas y mullido suelo de agujas. Me pinché al sentarme porque estaba teniendo esa clase de día…


Saqué la piedra y la observé. Nada. Una piedra negra con vetas blancas, suave, limada por el agua y el tiempo, grandecita, pero manejable. Una puñetera piedra sin más. Respiré hondo y me concentré para calmar mis nervios. Fracasé. Volví a Mirar la piedra.


Joder.


Uf.


Me entraron náuseas. Lo de tener rebordes tenebrosos y chungos era tendencia. Primero Sir Légolas y ahora esta piedra. Era mucho más sutil. Lo de Légolas era más burdo, más a… simple vista. Para captar esta anomalía en esa piedra me había tenido que esforzar. Era obvio que no era una piedra sin más. Ese tío la quería y era la que me había llevado hasta ese lugar cuando quise cogerla en el Palacio de Cristal. Y si me había traído, por mis muertos que me sacaría de allí.


Le di vueltas y revueltas, la miré por todas partes, todos los ángulos. Le di golpecitos y hasta la mordí. Puaj. Respiré hondo tratando de aplacar el pánico. Estaba perdiendo muchísimo tiempo y seguro que Sir Légolas estaba ya muy cerca. Volví mi atención a la piedra. Igual es que no estaba comprendiendo bien lo que ERA. No podía Verla ya que era, a falta de otra palabra, perfecta, pero mi don me había dado métodos para conocer cosas que no se veían a simple vista.


Tendría que utilizar mi llamita y eso era más difícil que la bolita de fuerza o mi Visión. Calmé mi respiración y cerré los ojos. Intenté retrotraerme a la noche anterior, en mi casa, con Manu, Azu y Óscar, la sensación de confianza, calma… El hueco en blanco en mi mente me costó un pequeño dolor de cabeza, pero ahí estaba. Abrí los ojos.


La llamita titilaba al ritmo de mi ansiedad en la palma de mi mano, iluminando con un débil destello azulado las ramas que me cobijaban. Respiré hondo preparándome para el impacto, y puse la piedra sobre la llamita y ésta la envolvió suavemente chisporroteando feliz durante un instante. El efecto fue inmediato.


La información empezó a aparecer en mi cabeza como si siempre hubiera estado ahí. Sabía cosas sobre ese objeto de manera tan instintiva como supe el nombre y los hechos y milagros de Óscar la noche anterior y era un tipo de conocimiento que tendría conmigo para siempre a un nivel difícil de explicar y, lo que me quedaba claro de primeras, era que aquella piedra era mucho más que una piedra… si es que era siquiera una piedra. Lo que yo veía como una piedra negra era la representación que hacía mi mente de ESO. Por eso era un Paragón. 


Obvio.


Duh.


La RAE dice que “paragón” es una comparación, una semejanza. El “paragón” es la forma antigua de “parangón”. Algo no tiene parangón cuando algo es incomparable. Un Paragón por definición era algo que podía ser comparado, puesto a la misma altura que otra cosa e igualado a algún nivel para que se pudieran ver las diferencias.


El Paragón, esa piedra, de alguna manera, lograba exactamente eso. Quizá por eso esa dimensión extraña se pareciera al REtiro, pero no era igual. El Palacio… y Légolas… ahora todo tenía más sentido.


Oí un ruido y vi como ese tipo encopetado y siniestro aparecía por el camino, aún a 20 metros de distancia. Tragué saliva.


-Señor Ibor, dejemos este juego de una vez.- dijo mientras se acercaba. “¿Señor Ibor?” ¿Desde cuándo me trataba de señor ese tipo?- Sabe que no puede salir de aquí y no tengo intención de dar vueltas hasta que usted se canse.


Y me llamaba de usted. Ja. Quizá lanzar ramas cargadas de nieve era el nuevo apretón de manos varonil y me había granjeado su respeto. Pero demonios, tenía razón. Aquella huida era idiota. Salí del refugio de los abetos con gran estropicio de nieve que me cayó encima y alrededor de los dos árboles. Sí, había quedado bastante torpe visto desde fuera, pero cuando tienes tanto frío y tanto miedo que no sabes ni dónde pones los pies tiendes a ser un poco patoso. Légolas me miró desde donde estaba… o bueno, dirigía su cara hacia mí en líneas generales, porque seguía sin poder ver los detalles de su rostro. 


-No sabe lo que está haciendo Sr. Ibor.- dijo.- Esto le supera. Devuélvame el Paragón y siga con su lamentable vida.


Tenía la piedra aún en la mano derecha ocupándome toda la palma, fría, suave, lisa.


-Me temo que no puedo hacerlo, lo siento.- dije con más firmeza de la que sentía.


Aquel Parque del Retiro era como mi Parque, pero no era igual. Estaba ante mis ojos para ser comparado, para ser medido. La puerta de entrada había sido el Palacio de Cristal. Ese era el punto de contacto. Un punto común, idéntico, comparable, entre los dos parques y por ende, un punto de conexión entre las dos… eh… ¿dimensiones? Apreté la piedra en mi mano. Ahora sólo tenía que encontrar otro punto similar que sirviera de salida. Un punto idéntico con mi realidad. Eso, al menos, lo tenía bastante claro.


-Está claro que quiere hacerlo por las malas.- declaró Sir Légolas mientras preparaba otro shoryuken azul en sus manos… que desapareció con un suspiro.


Di un paso hacia el camino. Sir Légolas me miró. Podría decir que perplejo, pero no podía ver su expresión. Sólo sé que estaba girado hacia mí y estaba muy quieto sobre la nieve. Cuando por fin salí al camino tras atravesar el seto, ci que daba un paso atrás.


-¿Cómo lo ha hecho?


-Este Paragón… ¿no? Es muy curioso.- dije enseñando la piedra firmemente agarrada en mi mano.- Te hace ver las cosas de diferente forma, ¿sabe? O más bien, cómo son realmente.


Sir Légolas decidió en ese momento ir con todo. Vi cómo formaba un par de sus bolas azules de dolor absoluto en cada mano con la rapidez de los efectos especiales del cine palomitero y, de igual modo, cómo las dos bolas de energía desaparecían con la brisa. Sonreí.


-Me pregunto qué es lo que ve usted.- dije con verdadera curiosidad.


-No sabe lo que hace, joven. - dijo el hombre con verdadero hielo en la voz.- No tiene ni idea.


Quizá, para qué nos íbamos a engañar. Pero no me iba a quedar allí para descubrirlo, así que empecé a caminar hacia Légolas, no por parecer amenazador, sino porque realmente quería irme y tenía que ir por ahí. El hombre retrocedió, pero no me atacó. Cuando estaba a apenas un par de metros de él me detuve.


-Voy a salir de aquí.- declaré.- ¿Va a intentar hacerme daño de nuevo?


-No.- dijo.


Me acerqué un poco más. Imposible. Mirarle a la cara era imposible.


-¿Quién es usted?- pregunté.


El hombre no reaccionó. Sencillamente se despidió con un gesto de la mano, como si se tocara el ala de un sombrero invisible y… desapareció. Sin más. Me fijé un momento en el lugar que había ocupado hasta hacía un momento. Nada, ni una sola huella. Suspiré y miré la piedra. Mi teoría había resultado correcta, ¿eh?


—Menudo invento…- musité ahogando una risa.


Tardé un rato en encontrar ese punto común a pesar de que iba por la nieve más propicia a mis pasos. Tras pasar el Estanque, llegué al gazebo frente a la entrada al metro. Noté la misma vibración en la piedra que había sentido en el Palacio de Cristal, pero era ligeramente distinta. No surgía de la piedra como unos bajos a todo volumen en unos bafles gigantes, sino como algo que venía de fuera hacia dentro… El punto en común. Un paragón. Subí los escalones y donde la vibración era más fuerte…