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LOS CAMBIADOS

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Entrar en un Vips siempre tiene un no sé qué de deja vù. El que sean todos iguales sea cual sea en el que estés, es lo que tiene. Vas a uno y es como si hubieras estado en todos. Yo, personalmente, no había estado nunca en el de Goya, pero no me decepcionó. Era exactamente igual que todos los demás. A esa hora de la mañana aún había poca gente. Las horas pico de desayuno y comida quedaban un poco lejos, así que los pocos clientes que había disfrutaban del local prácticamente para ellos solos.


Laura estaba sentada en una mesa que controlaba estratégicamente las escaleras, la salida y la entrada a los baños. En sus manos un café y en su rostro la expresión vacía y ligeramente altiva que la caracterizaba. Era una mujer indudablemente atractiva. Mucho. Era muy posible que la agresividad y la frialdad que exudaba fuera la consecuencia de ello, una suerte de maniobra de defensa inconsciente. Laura, cordobesa de nacimiento, era el tópico de mujer andaluza morena, esbelta, de ojazos negros y pelazo que, de servicio, siempre anudaba en un moño apretado como una estrella de neutrones. Su actitud en general era seca, cortante, no dada a los lugares comunes de la interacción social básica. Cierto era que a mi me tenía cierta inquina, pero había visto cómo se desenvolvía y parecía que no hacía falta ser yo, específicamente, para recibir su espeluznante trato. Si no fuera porque había visto cómo se comportaba con Manu, la hubiera tachado de bruja infame y jurado no volver a cruzarme en su camino en mi vida. Fue verle y de pronto la expresión vacía desapareció. Manu se adelantó para saludarla con un beso y hasta vi cómo sonreía. Luego me miró a mi y de nuevo la expresión vacía. Fruncí en ceño. ¿Sería consciente de lo inquietante que era eso? Nos sentamos con ella.


-¿Querías hablar conmigo?- dije.


-”Querer” es una presuposición bastante osada,- dijo ella.- pero supongo que Manu te lo ha contado.- asentí.- De momento sólo es un rumor, pero cuando el río suena es que está a punto de ocurrir. De todas formas ya están moviendo algunas cosas en el cuerpo. Y sé por mis contactos con la policía que ya se están reasignando recursos desde hace un par de meses. Seguramente sólo estén esperando al OK del presupuesto desde Interior. A estas alturas de mes seguro que se esperan a enero y que caiga en los presupuestos del año que viene, así que lo que sea que quieran montar está en ciernes y nos lo dirán el día antes. Como siempre…


-Tienen prisa.- dije.


-Antes de nada, Dani. Todo esto es off the record.- añadió. Asentí de nuevo.- Y fuera de mis actividades en el cuerpo. Por eso Manu está aquí también. No me fío de nadie.


-Joder, Laura, ¿qué pasa?


Laura dio un par de vueltas a la taza vacía de café antes de contestar.


-Además del censo es posible que se utilicen las antiguas instalaciones de Cuatro Vientos para montar allí los centros de internamiento.


-Campos de concentración.- corregí.


Laura me fusiló con la mirada.


-Independientemente de la nomenclatura…- dijo con frialdad glacial.- y de lo horrible que es todo… lo que me da la sensación es que esto no va a venir solo.


-¿A qué te refieres?


Manu tomó la palabra.


-A día de hoy nadie podría justificar la puesta en marcha de algo así, ni política, ni judicialmente, ni mucho menos aprobaría el desembolso que supondrá. Es anticonstitucional, anti derechos humanos, anti todo, ya sabes. Y muy caro.- explicó mi barbudo amigo.- Decir mañana que se va a comenzar la rehabilitación de Cuatro Vientos para ESO sería un suicidio político. 


Y rehabilitar Cuatro Vientos era una obra faraónica. Toda aquella zona llevaba abandonada décadas.


-A menos que sepan que los cambiados sí serán un peligro de aquí a enero.- terminó Laura.


Les miré a cada uno de hito en hito. Ahora empezaba a entender la dirección en la que giraban las ruedecitas de sus cerebros.


-¿Creéis que está relacionado con…?


-¿Tus preguntitas de mierda en el barrio? - preguntó Laura.- Sí. Lamentablemente sí.


-Pues parece que lleva ocurriendo un par de meses.- dije.- ¿Crees de verdad que alguien está provocando que esa gente pierda el control deliberadamente?


-No sé si provocándolo o que saben, de alguna manera, que va a haber una progresiva… pérdida del status quo.- siguió Laura. Entonces noté que su mirada ganaba en intensidad. Me preparé.- Sea lo que sea algo les conecta. 


-De momento parecen clientes aleatorios en locales y restaurantes.- dije evasivo.


-¿Quizá es la zona?- sugirió la agente.- ¿La noche? ¿Algo que les relacione?


-Ni idea, Laura.- dije frunciendo el ceño.- Me prohibiste seguir haciendo preguntitas de mierda, ¿te acuerdas?


-Me acuerdo de que gracias a mí una denuncia por acoso ha acabado en la papelera después de que el otro día el del restaurante La Bodeguilla se hartara de que te pusieras borde con él. 
Cerré la boca. Me duró poco.


-Ese hijodelagranputa tenía a su camarera aterrorizada desde que se enteró de que era una Cambiada, Laura. Lo mínimo era meterle el miedo en el cuerpo a ese cabrón. Y ya sabes que la gente aguanta lo que sea por seguir llevando el pan a casa. 


-Me da igual, Dani.- dijo ella con firmeza.- Lo denuncias y que la policía se haga cargo. No puedes ir de vigilante, que parece que le has cogido gusto a que te manden a urgencias, te lo juro. 


Resoplé porque un poco de razón sí tenía, pero jamás le daría la satisfacción de hacérselo saber.


-¿Y sabes quién es la mente brillante tras todo esto?- pregunté.


-¿Si supiera eso crees que estaría pateando las calles como lo hago? Pues me imagino que será una decisión política, seguro, como todas. Alguien por lo que sea se ha cabreado mucho con los Cambiados.


Torcí el morro.


-Mñe… no sé…- dije.


Laura me miró de soslayo con expresión de “y tú qué sabrás”.


-La navaja de Hanlon, Laurita.- dije disfrutando del rubor de ira en su rostro por el diminutivo.- No atribuyas a maldad intencionada lo que puede ser adecuadamente explicado como estupidez. Un político se cabrea por razones desconocidas y entonces planea el método definitivo para destruir las vidas de miles de personas a través de un censo en plan gueto de Varsovia tras conseguir demostrar su peligrosidad en algún tipo de gran acto terrorista en un plazo de unos meses. Ni la campaña fascista de Trump fue tan rápida, Laura. Es que casi puedo imaginármelo riéndose en plan “Muajaja” en su despacho mientras acaricia un gato blanco.


-Sí… demasiado inverosímil.- asintió Manu,. Y no lo digo por el gato, sino por lo de que es demasiado poco tiempo para mover a la gente a ese extremo. 


-Supongamos que el origen de esta idea es un lobby misterioso que quiere que los cambiados estén controlados de alguna manera y que “pagará” al político en su justa medida en el futuro.- dije pensando en voz alta.- Pero es una idea horrible. Nadie la apoyaría. Llevamos 2 años de Pax Cambiada. No ha habido problemas con nadie porque todo el mundo ha intentado seguir con sus vidas…


-Salvo honrosas excepciones.- apuntó Laura.


-Y están en la cárcel.- dije, porque por supuesto había casos de peña que utilizaba su cambio para cometer delitos. Por suerte eran pocos y torpes. Alcé las manos para invocar paz.- Vale, supongamos que este político maligno es un político medio normal. El censo es algo que, filtrado a destiempo podría hacer caer gobiernos enteros. Quizá no en este país, pero sí en otros. Un político nunca diría que sí a algo así si no tiene algún tipo de rédito para él o para su partido o supiera que tiene la mitad de la batalla de las encuestas ganada.


-¿Dinero? ¿Favores futuros? ¿Puertas giratorias? - sugirió Laura. Me encogí de hombros.


-A saber. Quizá ese lobby tiene otros intereses a medio largo plazo que no conocemos. Lo que está claro es que cuando quieres dar por culo a la gente, ¿qué haces?


-Poner lubricante.- dijo Manu. Asentí.- Preparas el terreno, cambias opiniones, das turras en redes, generas mal rollo, predispones a la gente. Pero la gente no habla de los Cambiados, que es lo que no cuadra en todo esto. No se habla de ello en absoluto y mientras podemos mantenerlo en secreto todo va bien. Y si no, le pasa como a la camarera de La Bodeguilla.


-Así que aprovechas que los Cambiados estén perdiendo el control y lo empiezas a convertir en un problema de seguridad pública.- continué.- Aunque no estén haciendo nada ilegal las asociaciones de ocio empiezan a perder miles de euros cada vez que alguno la lía sin querer. Y si hay algo que hace respingar a los políticos son las inseguridades económicas y el sacrosanto sector de turístico.


-Así que el mal rollo empieza siendo algo que se nota a ras de suelo, pero aumenta. Y entonces algo pasa. Algo gordo. Algo que es imposible de ocultar o de mantener entre susurros.- dijo Manu.


-Y entonces, zas, el censo.- dije.- La solución sensata, democrática, es por vuestro bien, bla bla…


-¿Y ese es el pago del lobby? - preguntó Laura escéptica.- ¿Subir en las encuestas? Poco pago me parece. Y no muy seguro.


-Es un loby malvado. Las satisfacción de ver funcionar su plan demoníaco es suficiente. Muahahaha y todo eso.


-¿Y dónde está aquí tu navaja de Hanlon, tío listo? Todo sigue pareciéndome una historia de ciencia ficción.


-Es una buena historia.- me encogí de hombros.- Además, me resulta más fácil pensar en un lobista malvado e inteligente que en un político malvado e inteligente.


Laura pagó su café y salimos del Vips. Al alcanzar Alcalá nos dirigimos al Retiro rodeando las Escuelas de Aguirre. Cuando las rejas y los árboles aparecieron en mi campo de visión me tensé. Algo pasaba en el Parque, pero no podía verlo bien. Manu me dijo algo, creo, pero salí corriendo hacia la puerta de acceso más próxima. Mientras esquivaba a los coches que casi me atropellan al cruzar, pude oír los gritos y la gente que ya empezaba a salir en tromba por la misma entrada a la que me dirigía a zancadas. Padres con carritos, gente con bicicletas, perros, alguna señora mayor… Traté de esquivarles mientras forzaba mis pasos hacia el paseo asfaltado. El pánico contagioso de la gente a mi alrededor hacía que mi corazón amenazara por salírseme de la boca, pero tenía que seguir. Tenía que llegar al origen de ese caos.


Por fin logré colarme por los laterales del tumulto y correr paseo arriba buscando con los ojos lo que había llegado a intuir aun fuera del Parque. Me detuve, di dos vueltas sobre mí mismo mirando al cielo, a los árboles, escaneando el aire…
-Mierda…- musité, perdido. 


Oí unos pasos que se acercaban corriendo. Manu y Laura me habían alcanzado con expresión alterada. Bueno, Laura no. Laura hablaba por el móvil, seguramente dando la alarma y pidiendo refuerzos o algo así.


-¿Qué pasa?- preguntó Manu jadeando.- ¿Qué ha hecho que toda esa gente huy…?


Le hice un gesto con la mano para que callara y me dejara pensar. La gente seguía saliendo de entre las profundidades del Parque como si fuera un río sin fin. El Retiro un domingo está siempre hasta la bandera. Entonces me di cuenta. La gente no huía de un punto, sino de varios. Salí corriendo mientras empezaba a entender el patrón que seguía la marabunta de gente en su huida. Manu y Laura me seguían de cerca. La sombra gris de los árboles sin hojas alfombró nuestra carrera desesperada en dirección al Estanque. El Retiro no es especialmente pequeño y recorrerlo corriendo ninguna tontería. Por suerte había empezado a ir al gimnasio. Al fin y al cabo, una de las mejores maneras de evitar que te rompan la cara es correr, ¿no? Jadeando y con los pulmones ardiendo por el aire helado, nos acercamos a la entrada del Estanque que daba al embarcadero. Los tres sentimos el suelo vibrar por impacto y antes de que las copas de los árboles desaparecieran de nuestra vista, lo oímos. 


-JO - DER…- dijo Manu casi sin aliento.- ¿Eso es una hidra?


Dios… Bendito…


Eso era, en efecto, una hidra de más de 15 metros de altura. Era gigantesca. Cada vez que se movía temblaba el suelo y los chillidos o graznidos que salían por sus tres bocas eran ensordecedores. La reproducción a tamaño real de un braquiosaurio que vi una vez en una exposición no le hacía justicia. ¡Era más grande! ¿Cómo era posible que se moviera con esa agilidad? Su propio peso debería aplastarle contra el suelo. Los 3 cuellos iban cada uno por su lado rápidos, mortales, con ese movimiento milimétrico y que da tan mal rollo de las serpientes, arrancando ramas de los árboles cercanos. La gente seguía corriendo por sus vidas con esa clase de terror que ya no se usa, pero que todos tenemos grabado en el disco duro como sistema de defensa predeterminado: algo que ruge y es más grande que tú significa correr. Es simple.


Por suerte ya no quedaba casi gente por esa zona. Un par de adolescentes sacaban fotos y vídeos con el móvil como si la cosa no fuera con ellos. Laura fue derecha a ellos con la furia de mil demonios que la caracterizaba. Yo por mi parte centré mi atención en la hidra, en cómo se movía. El inmenso ser gritaba por sus tres bocas, movía desesperadamente las patas delanteras y lanzaba sus cuellos hacia adelante, desesperado.


Antes de que tuviera tiempo para pensármelo mis piernas empezaron a correr en dirección al inmenso monstruo. La cola daba latigazos a lo que había sido el quiosco del Estanque, las mesas y las sillas estaban esparcidas por todas partes y parte del tejado había cedido cuando las paredes del lado más golpeado habían desaparecido en el montón de escombros que eran ahora. La hidra volció a gritar coordinando sus tres cabezas hacia el cielo, en un puro grito de angustia. Cada vez que sus patas machacaban el suelo, sentía las vibraciones en mis pies y el agua del Estanque parecía un mar embravecido. 


Me acerqué lentamente por el ancho paseo frente al agua levantando las manos… y tragué saliva. 


-¡Eh! - grité.- La hidra seguía pateando y gimiendo.- ¡Eh, King Gidora! ¡Aquí!


La hidra rugió y de pronto dirigió las tres cabezas hacia mi pequeñísima persona. Me miró atentamente con esa quietud serpentil… y volvió a rugir. No me cagué encima por la mínima mientras me cubría la cabeza con los brazos, como si eso supusiera alguna diferencia. Entonces la hidra se calló. Volví a mirarla entre mis dedos y… y entonces me cabré. Sí, bueno, a veces tengo accesos suicidas.


-¿Ya? ¿Te has quedado a gusto?- le grité enfadado.- O sea, vengo hasta aquí para intentar ayudarte y te pones borde, ¿no? ¿Te parece que te deje aquí y vengan los helicópteros y los misiles y te hagan un King Kong en el Empire State o que salgamos de aquí como personas civilizadas? ¡Escoge ya porque no tenemos tiempo!


La hidra pareció perpleja y miró hacia el cielo porque, efectivamente, empezaban a sonar los helicópteros que se acercaban. Gimió débilmente y volvió a mirarme. Y volvió a soltar un gemidito. Sí, un gemidito. Fue bastante patético viniendo de un ser tan grande como un edificio de 6 plantas.


-No me comas, ¿vale?  Me voy a acercar.- avisé.


Una de las cabezas me gruñó y juraría que hizo un gesto de “Comerte, por favor, qué asco…”. Las otras dos seguían vigilando los helicópteros. Me acerqué al animal y… Madre mía. Mi cabeza apenas le llegaba a las rodillas de las patas delanteras. El cuerpo reptiliano tenía cierta textura a cuero, más que a escamas, de color gris acero en la parte exterior y perla tornasolado en la interior. Entonces vi el problema. No necesitaba mi Cambio para verlo. Uno de los dedos de la pata trasera se había quedado enganchado con la uña a la rejilla de una alcantarilla. La cabeza que seguía mis movimientos volvió a gemir. La miré.


-Ya veo. ¿Te duele? - la hidra gimió lastimeramente. Me incliné sobre la alcantarilla para ver mejor.- Joder, tienes una uña… o garra o lo que sea, como una espada de grande, colega… Se ha enganchado, pero se puede sacar, ¿vale? Tranquilo.


Alargué la mano hacia la pata y…


¡¡¡GRAAAAUR!!!


Creo que salté el equivalente a mi altura en vertical como un gato asustado y solté un gritito.


-¡Eso no ayuda! - dije dándole una palmada en el costado por la rabia derivada del susto.- Cálmate que con los dos histéricos no llegamos a ninguna parte. Ayúdame un poco.


La hidra volvió a gemir. Los helicópteros sobrevolaban nuestra posición levantando polvo y viento. Intenté ignorarlo concentrándome en el problema entre manos. Me puse de cuclillas y examiné la rejilla. Estaba firmemente pegada al suelo… bueno, al asfalto. Por eso el inmenso monstruo a mi lado no había podido salir. Entre que le hacía daño y que la alcantarilla estaba muy bien puesta… Oí a la hidra gemir de nuevo y rugir con las dos cabezas restantes. Miré sobre mi hombro y a la entrada del paseo vi cómo varios coches de policía y un par de furgonetas bloqueaban el paso y se ponían en posición. No nos quedaba mucho tiempo.


-Vale, escucha…- la cabeza que me vigilaba guardó silencio.- Voy a intentar romper el asfalto. No te preocupes. Cuando saque la rejilla necesitaré que subas un poco la pata y entonces podremos sacarla. ¿Estás conmigo?


La cabeza asintió. Vale. La policía seguía allí atrás con sus luces estroboscópicas y diciendo no sé qué cosas súper interesantes por un megáfono. Lo ignoré. Respiré hondo y di dos palmadas tranquilizadoras a la pata de la hidra. Miré la rejilla y el asfalto. Aquello no iba a ser fácil. Estaba nervioso y concentrarme para utilizar mi Cambio en algo tan delicado iba a ser una odisea. Cerré los ojos y volví a calmar mi respiración y mi pulso. Y abrí los ojos para Ver.


Ver, con mayúsculas, era mi cambio. Como ya he comentado alguna vez, podía ver cosas invisibles como las formas de los cambiados que su voluntad ocultaba, podía ver almas en los ojos de la gente y podía VER las cosas profundamente. El asfalto no era perfecto. Tenía grietas, pequeñas, pero inevitables a pesar de que era relativamente nuevo. El calor intenso del verano y el frío invernal eran lo suficientemente intensos para hacer que el mejor asfalto quebrara. Y en un punto débil como aquel, en el que estaba en contacto con un metal que absorbía las diferencias de temperatura con tanta intensidad, ese sufrimiento estructural era mayor. Dejé mi mente en blanco lo mejor que pude y visualicé una bolita diminuta muy parecida a la llamita en una de las grietas más prometedoras. La llamita y la bola de… ¿energía? Eran básicamente lo mismo, pero las deseaba de diferente forma y con diferentes propiedades, así que era bastante versátil. Poco potente, pero versátil. 


No fue fácil. Demasiadas cosas a mi alrededor que me distraían y me ponían nervioso. Respiré hondo una vez más. Dejé que la bolita se colocara y plantara sus metafóricas manitas en los bordes de la grieta. Y la activé. La bolita actuó como una especie de mini explosivo que hizo que la grieta siguiera su camino natural usando las zonas más débiles del material, acelerando su desgaste y haciendo que el asfalto prácticamente se desintegrara como arena. Cogí la rejilla para que no se hundiera en el agujero. La hidra gimió al notar el cambio de presión.


-¡Sube la pata un poco!- grité por encima del estruendo de las sirenas y el megáfono.


Giré la rejilla con una mano y con la otra agarré la uña que parecía un garfio de 70cm de largo para girarla un poco en dirección contraria. La hidra se estremeció y por fin salió de su pequeña prisión. Puso su pata en el suelo cuando yo tiraba la rejilla al suelo.


-Ya está.- dije.- Ya puedes cambiar.


La cabeza que me miraba miró a la policía y dudó. Volvió a mirarme.


-Hablaremos con ellos, no te preocupes. No has hecho nada ilegal y no le has hecho daño a nadie. Como mucho… bueno, daños al kiosco… Pero yo me acabo de cargar una alcantarilla, así que estamos igual. 


Mal de muchos… La hidra pareció suspirar derrotada y en un simple parpadeo delante de mí ya no había un monstruo mitológico de 15 metros de alto, sino un hombre algo mayor que yo, un poco calvo y vestido con un plumas azul y vaqueros, gafas de metal y una expresión tan avergonzada que tuve que contenerme para no darle un abrazo.


-Lo siento mucho.- dijo.- No sé lo que me ha pasado. Es como si… hubiera perdido el control, no sé… y luego me puse tan nervioso que… Iba andando y entonces metí… la pata.


A pesar de todo sonreímos por el doble sentido. Varios policías se acercaban a nosotros desde los dos lados del paseo.


-¿Te ha pasado algo así antes?- pregunté.


-No, no, nunca, bueno… cuando el cambio.- resopló.- Por suerte estaba en un sitio al aire libre. Y solo. Creía que lo llevaba bien, sin que lo supiera nadie. Ahora ya… pfff…


Un aire de miedo y resignación le invadió mientras miraba a los policías que se acercaban. Me miró pasándose una mano por lo que quedaba de su pelo.


-Gracias de todas formas.- sonrió.


No pueden hacerte nada.- dije.- No tienen nada contra ti además de… bueno, los daños.


Se encogió de hombros.


-¿De verdad no sentiste nada raro?- insistí. Negó con la cabeza una vez más.- ¿Has ido a cenar a la zona de Malasaña den el último mes?


Me miró esta vez confuso y volvió a negar justo cuando los policías llegaron hasta nosotros y dijeron lo que tenían que decir Cogieron al hombre y le esposaron. Fruncí el ceño. Ese hombre era mi mejor pista y se lo iban a llevar. Di un paso al frente para objetar cuando una mano se posó en mi hombro derecho. Manu. Por mi izquierda apareció Laura con su cara de picoleta. Mostró su insignia y se puso a hablar con los policías que a su vez llamaron a alguien y entre fuerzas de seguridad del estado Laura desapareció durante un rato. Al final Manu recibió un mensaje.


-Dice que nos vayamos de aquí.- me dijo.


Y sin más, sin preguntar a nadie y con los policías ocupados en sus cosas, Manu y yo nos dimos la vuelta y nos empezamos a marchar en dirección el kiosco caído. Por suerte parecía que nadie tenía la más mínima intención de detener a dos civiles que marchaban veloces hacia el interior arbolado del Parque.