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LOS CAMBIADOS

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Sabías que te acercabas a la tahona de Julito porque aproximadamente a mitad de calle ya te llegaba el aroma dulce y alimenticio del pan recién hecho. Al llegar vimos que el cierre estaba aún echado. Lo golpeé con la mano abierta mientras llamaba a gritos al panadero. Una ventanita ridícula se abrió a dos metros sobre el suelo y una cabeza conocida con un gorro blanco y ojeras, salió con cara de fastidio a gritar un “¿Qué coño pasa? Ya está bien con esos golpes…”. Sus ojos me reconocieron.


-¿Tú? - dijo. Sonreí.- ¿Qué coño quieres, Dani? Estoy sacando el pan ahora, no es buen momento.


-Tengo que hablar contigo.


Julito frunció el ceño y chasqueó la lengua con impaciencia


-Ése ha sido el Fermín, como si lo viera…


-Anda abre.


-Joder… ¡Espera un poco!


La cabeza desapareció. Cinco minutos después la cortina de metal se elevó y una bocanada de aire caliente y olor a pan salió de la puerta abierta. Las dos ayudantes de Julito saludaron con una sonrisa cuando entramos. Eran dos hermanas que habían venido de Bolivia hacía unos 5 años, justo antes de que aquella década de mierda empezara a esparcir la ídem por el mundo y se habían apuntado al curso de panadería profesional que daban en una universidad de oficios en Villaverde. Julito daba clases en ese curso y se fijó en la especial habilidad que tenían para conseguir el punto justo en todo lo que hacían. Tenía truco ya que ya eran profesionales. Su familia había regentado una panadería en Quito toda la vida, pero el pan que se hacía allí no tenia nada que ver. Querían abrir su propio negocio adaptándose a los gustos locales así que Julito se ofreció a becarlas para las prácticas en su propia panadería. La beca se convirtió en contrato en firme y ahora tenían, además de barras, chapatas, integrales y candeal, pan sarnita y marraqueta , pan dulce y varios tipos de pan de maíz. 


Julito nos condujo al obrador. Un obrador de tahona es un sitio fundamentalmente blanco. Todo es blanco o de un color muy clarito. Las paredes de azulejos, el suelo, las bandejas de aluminio, las máquinas… Incluso Julito y las hermanas parecían rebozados en blanco. Julito y las dos mujeres no dejaban de moverse en perfecta sincronía por la caldeada estancia haciendo lo que tenían que hacer con movimientos casi mecánicos. Aun así el hombre arrancó un momento para volver a dirigirme la palabra.


-Tendría que haberme callado. Este tipo de cosas a la larga no traen nada bueno.


-Venga, hombre, no seas así. Sólo quiero que me cuentes un poco…


Julito me echó una mirada que podía haber clavado en la pared a mi espalda.


-No quiero problemas.- dijo con firmeza.- Las cosas ya están lo suficientemente mal como para que ahora la gente se crea que me meto en lo que no me importa.


Ah, ahí estaba. Julio sabía que o era un Cambiado, pero nadie de su equipo tenía por qué saberlo. Yo era un amigo, un vecino, alguien al que le había ido a comprar el pan desde que era un chaval, pero también era un Cambiado y la gente, como he dicho, no reacciona muy bien con el tema.


-Ya sabes que soy discreto.


-Sí, como un cura en la caravana del Orgullo.- dijo con sorna. Volvió a chasquear la lengua y con un movimiento de su cabeza nos dijo que le siguiéramos a una habitación al fondo. Cerró la puerta. Las paredes, cubiertas con estanterías, tenían decenas de botes de cosas como “azúcar glass”, “pepitas de chocolate”, “canela”, “café” y tres arcones congeladores inmensos apoyados en dos de las paredes. Todo igual de blanco.


-La gente habla.- dijo por fin el panadero.- No muy alto, pero habla. Sobre todo la gente de la hostelería.


Muchos de los restaurantes que operaban alrededor de la tahona le compraban el pan a Julito, así que tenía un buen abanico de clientes que vivían la noche del barrio en su más puro significado e intensidad. Asentí animándole a continuar.


-Al parecer, de un tiempo a esta parte los cambiados se ven más.


-¿Cómo que se ven más?


-Que ya no se esconden con su cara humana. A veces cambian a la vista de todos.- lo decía verdaderamente escandalizado.- Me contaba uno ayer que un hombre estaba cenando con unos amigos y de pronto le salieron cuernos y le cambió la cara. El pánico después le vació el local y nadie se molestó en volver y pagar las consumiciones.


Dios…


-Y no es el único caso.- continuó Julio.- En los bares es más frecuente. De pronto alguien cambia y cunde el pánico y se montan broncas.


-Pero, ¿es adrede o los Cambiados no se dan cuenta de que cambian?- preguntó Manu.


-No tengo ni idea, pero la gente de la noche se está poniendo nerviosa.


Miré a Manu. Quizá fuera esto lo que había disparado la decisión del censo. Una mirada de reconocimiento y Manu volvió a tomar la palabra.
-¿Alguien llamó a la policía?


-No creo.- respondió Julio.- Ya sabéis cómo es la gente con estas cosas. Hacen como si no hubiera pasado nada y ya está. Pero después de que se te vacíe el local 4 noches seguidas, te dejan la caja temblando. No me extrañaría que alguno haya dado parte.


-¿Crees que podríamos hablar con alguno de tus clientes?- pregunté.


-Te he dicho que no quiero tener problemas.


-Julio, te estoy intentando ayudar.- dije con firmeza.- No es normal que ahora después de dos años la gente deje de controlarse y empiece a cambiar sin darse cuenta. A estas alturas saben muy bien cómo mantener las apariencias. Esto no es normal. Tú mismo lo has dicho. Gente que está cenando y ¡puf! CUERNOS.


Julio frunció el ceño reflexionando. Luego bufó.


-Bah, pobre gente.- me miró.- Mejorando lo presente.


Asentí.


-Son gente, Julio. Eso no hay que olvidarlo.- dije casi más para mí que para él. 


El panadero asintió.


-El dueño del Zapp.- dijo al final.- Se llama Armando Almagro. Un tipo simpático.


-¿Estará en el local?


-No creo, ¿a estas horas?- sacó el móvil del bolsillo buscando su número.- Se habrá acostado hace nada… Aquí está. Te lo mando por mensaje.


Salimos al frío de aquella mañana de domingo con cierto desasosiego.


-No es normal.- doijo Manu.- Cambiados que pierden el control sin querer… No es normal.


-No, no lo es.- pulsé el botón de llamar y me puse el teléfono en la oreja.

 

****_____****

Armando Almagro era un tipo curioso. Ciertamente era simpático y transmitía ese aire “Macho Brummel” que ya tan poco se veía por las calles. Afortunadamente. Era un tipo de hombros anchos, complexión robusta y cuello corto, que compensaba su pinta de gorila prehistórico con un pelo y forma de vestir impecables… para 1980. Y apestaba a Brummel.


Nos encontramos con él el un sitio que le hacía franca justicia. El Café Comercial en la glorieta de Bilbao era uno de esos locales que mantenían el aire vetusto y decimonónico de sus columnas de hierro forjado y madera, sus cristales al ácido y los precios absurdos de siempre a pesar de la crisis. Así que en una de las mesas del fondo, ver a este caballero de ubicación temporal difusa no desentonaba en absoluto. El señor Almagro nos esperaba con su Sol y Sombra y un iPhone en la mano, distraído.


-Buenos días, señor Almagro.


Saludamos los dos, nos presentamos, nos dimos un apretón de manos y juro que mi voz se volvió 2 octavas más grave. ¿El efecto Brummel? Carraspeé. 


-¿Para quién trabajan?- preguntó Almagro justo después de que el camarero se marchara con nuestra comanda.


Manu y yo nos quedamos helados y nos miramos.


-Para nadie.- respondí.


-¿No son de la policía? - negamos con la cabeza.- ¿Investigadores privados? 


-Eh… no.- dijo Manu.


-¿Periodistas?


-Muy señor mío, no recuerdo haberle faltado al respeto.- dije con cierta sorna en mi voz. Manu sonrió a mi lado. Almagro no parecía haber captado la broma. Carraspeé de nuevo, avergonzado.- No.


-¿Entonces por qué hurgan? ¿Qué tienen que ganas de todo esto?


-Digamos que es una inversión a largo plazo, señor Almagro.- dijo Manu prudente.- Somos parte de una asociación vecinal a la que le preocupan estos temas. Queremos ayudar.


-¿Van a hacer algo para que los Cambiados dejen de… pues es, de cambiar?- lo dijo con los dientes apretados y mirando alrededor, como si tuviera miedo de que alguien le oyera.


-De momento queremos saber por qué está pasando eso.- dije con tono tranquilo.- No es normal.


Almagro respiró hondo y se echó hacia atrás en la silla, observándonos. Al final asintió.


-No, no lo es.- dijo llevándose la copita de licor a los labios.- Los Cambiados… esa pobre gente… De pronto veían que la gente corría despavorida y ni siquiera sabían qué ocurría.
-O sea, que no lo hacían a posta.- dijo Manu.


-No. Eso era evidente.- Almagro respirón hondo.- No puedo culparles y muchos se hacían cargo de la cuenta o intentaban pedir disculpas… Pero ya llevo perdidos más de 90.000 euros en los últimos 3 fines de semana. Y gracias a Dios que la gente no habla de estas cosas, porque si no…


El camarero llegó con nuestras consumiciones. Un refresco para Manu y una manzanilla para mi. Era casi mediodía y aún tenía náuseas. Mierda de resaca.


-Ha dicho que esto lleva pasando desde hace 3 semanas.- dije rompiendo el sobre de azúcar. Almagro volvió a asentir.


-Al menos en mi local.


-¿Sabe si ha ocurrido en más sitios?- pregunté.


-Prácticamente en todos.- dijo el hombre.- Sé que no fui el primero. Hay una discoteca nueva, se llama… Taxxxi, con 3 equis. No es de striptease, pero casi. Creo que fue de los primeros sitios en los que ocurrió. De estoy hace al menos un mes y pico. Está cerca de la Plaza de Olavide.


-¿Podría contarnos algo más de los sucesos del restaurante?


Almagro lo hizo. Describió los tres incidentes con todo lujo de detalles. Los tres resultaron muy parecidos. Gente normal que entra, se sienta, cena, habla, ríe y de pronto cambian. Uno de ellos era una especie de sátiro, de ahí la historia del tipo con cuernos. Otro era una especie de ser gatuno, peludo y de ojos verde brillante. El tercer caso fue una mujer que se volvió semitransparente. Ella misma gritó cuando se vio las manos, horrorizada, mirando a su alrededor y a todo el mundo, muerta de vergüenza y terror. Se fue corriendo antes de que la gente empezara a marcharse.


Algo le pasaba a esa gente. No podía ser algo casual. Algo unía a todos esos Cambiados. Azucena no había tenido ese tipo de problemas desde que la conocía.Tampoco podía pensar que les pasaba a todos los cambiados. Quizá sólo ocurriera con unos individuos concretos. ¿Y por qué desde hace un mes (y pico)? Algo había disparado esos cambios aparentemente involuntarios.


Nos despedimos de Almagro que se levantó y se marchó del café dejando un billete de 5 euros en la mesa. Manu se bebió el agua de los hielos con expresión pensativa.


-¿Qué opinas?- pregunté.


-Que algo está haciendo que los Cambiados pierdan el control.- Asentí.- Que no le pasa a todo el mundo y que tiene, a falta de más información, especial incidencia por la noche. Que todo comenzó hace un mes en este barrio y no sabemos si está pasando más allá.


-Vamos, que no sabemos absolutamente nada, pero sabemos que algo ocurre.


-Pues lo mismo que esta mañana.


-Casi lo mismo, pero más.- dije alzando un dedito.


Pedimos la cuenta y nos metimos en el metro. Manu iba en silencio, dándole vueltas a lo que habíamos averiguado. Yo también, pero él es el listo. Yo… bueno, yo tengo otras virtudes.