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LOS CAMBIADOS

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Después del Cambio, decir que mi vida había seguido como si nada hubiera sido decir una verdad a medias. Seguí yendo a trabajar, lo cual, con la que estaba cayendo, no era ninguna tontería y, más o menos todo seguía siendo igual. Pero sí que había cosas diferentes, claro.


En primer lugar llegaba muchísimo antes a la oficina.


Ir en un vagón de metro petado hasta la bandera no era demasiado agradable. No es que mirara a los ojos de la peña y acabara medio idiota mirando almas, no, pero me había dado cuenta, poco después de… todo lo que pasó, que dependiendo de cómo era el Cambio en las personas, podía verlo. Y como todo lo que descubres, una vez lo ves por primera vez, lo empiezas a ver por todas partes. Podía ver los Cambios de la gente sólo con mirarles, y no sólo eso, sino… muchas más cosas que no se podían ver a simple vista. Y claro, era perturbador y cansado cuanto menos. Subirte a un vagón de metro y compartir tus 20 centímetros cuadrados con un tipo con piel de serpiente y una señora con alas de murciélago era, como mínimo, incómodo. No sólo me daba un susto de muerte, especialmente a esas horas de la mañana, que no se tiene el corazón para sobresaltos, sino porque esas personas se daban cuenta de que de alguna manera yo sabía lo que eran. Y claro, pánico. No solían reaccionar bien. Más bien… mal, del palo “Como digas algo te parto las piernas, pero sólo por si acaso, te rompo la cara y vas avisado”. Así que más de una vez había llegado a la oficina con más de una hostia en el cuerpo.


No me han pegado nunca tanto en mi vida. Qué cojones, si he empezado a ir a un dojo para tratar de aprender a defenderme… Puta vida.


Total, que salía de casa mucho antes de que pusieran las calles para cruzarme al menor número de personas posible. ¿Es cobarde? Muy seguramente. ¿Es positivo para mi integridad física? También. 


Y en el trabajo no era muy fácil tampoco mantener las apariencias. Tuve suerte y en mi departamento el único Cambiado era yo. Pero no en otros. A veces subía en el ascensor con lo que no he podido definir mejor que un troll. Gris piedra, enorme, cejijunto, con cierto aroma a pies… No es la mejor compañía de ascensor, en efecto. No sabes dónde meterte ni qué cara poner por mucho que trate de verle con su forma humana. Heraldo se llama el pobre hombre, un tipo pequeño y gris de Financiero, con 3 carpetas en la mano y expresión soñolienta y tímida.


Al final te callas, pones cara de póker y te despides con un movimiento de la cabeza y una sonrisa porque es gente con la que convives durante muchas horas al día. Al cabo de unos días ya les tenía a todos fichados y ya no me sorprendían tanto. Y ésos son los fáciles de ver. Cambiados como Óscar eran prácticamente invisibles para mí. Aún me hacía gracia el susto que me di la primera vez que vi a Azucena. Me dio tal susto y ella se ofendió tanto que no pude evitar ir detrás de ella y pedirle disculpas con un café y mi juramento en sangre de que no contaría nada. Así nos conocimos. Super de buen rollo. Casi me mata.


El caso es que ahora iba por la ciudad con cuidado. Es verdad que con el tiempo aprendí a controlar un poco mis… ¿poderes? O mi, ¿visión? Yo qué sé cómo llamar a esto. ¿Dones? ¿Mierdas? Me da igual. Al final más o menos podía ir por la calle sin que se me saliera el corazón por la boca cada 300 metros. Ahora sabía cómo bloquearlo. A veces se me olvidaba, eso sí.


Por eso sabía que los Cambiados no lo eran por azar. Todas las personas que habían Cambiado seguían un patrón, débil, tonto, que parecía aleatorio y se me escapaba, pero estaba ahí. Lo sabía. Ése era parte de mi Cambio, ver COSAS, saber que estaban ahí aunque no supiera qué estaba viendo. Así que cuando percibí ese patrón de pronto se convirtió en una especie de obsesión, de… propósito vital. Estaba absolutamente convencido de que si indagaba lo suficiente descubriría por qué habíamos Cambiado. 


Y es que los Cambiados se agrupaban en nodos. Todos seguían una especie de Regla de los 5 pasos de Kevin Bacon y todos acababan estando relacionados entre sí de alguna manera, por muy fugaz que fuera. Conocidos, familia, como una red. Y había repes, o sea, gente que había cambiado igual que otra, pero que entre sí no se conocían. Seguro que había más dragones como Azu por el mundo y seguro que había alguien como yo por ahí y más de un gólem como Manu. Había algunos Cambios más numerosos que otros, como los “reptilianos”. Escamas por piel, cabezas de serpiente o de lagarto… Especialmente grimosa una cría que vi en un parque. Aun con su forma humana tenía la lengua demasiado larga para ser natural… ugh. Pero había de todo, desde criaturas mitológicas de todas las culturas del mundo, a personajes de ficción. Había de todo. Era como si esas formas tuvieran que ver con la cultura de cada persona. 


Pero nadie decía nada. Yo les veía caminar por la calle como si no pasara nada, con cierto aire de “mirad lo invisible que soy” que me resultaba tristemente evidente y que les hacía más visibles todavía. Y nadie, jamás, decía nada. Hasta se rehuían entre sí. Supongo que mi pandi de frikis era una rara avis en este mundo desquiciado. Era algo que me alucinaba. No podía comprender cómo no habían surgido asociaciones de afectados o algo así. Ese tipo de grupos surgían de manera casi inmediata y natural cuando paraba algo, que el alienamiento atroz de los Cambiados les empujara a buscar fuerza en el grupo o algo así, ¿no? 


Pues no.


¿Por qué?


Ni puta idea.


El casi es que a las 4 de la mañana Azu y Óscar se marcharon de mi casa de la calle Don Felipe y Manu y yo nos quedamos en ese salón que perdía calor por segundos, tirados en los dos sofás, razonablemente bebidos y con mucho, muchísimo sueño.


-Tío, vete a tu casa.- le dije sin ganas.


-No puedo conducir.


-Lo de irte a vivir a Fuente “a tomar por culo” el Saz fue tu decisión.


-Las virtudes del campo…


-Cógete un taxi.


-Quiero comer este mes.


-Bah, burgués.


Misma discusión de cada vez que mi amigo decidía no volver a casa. Seguramente Laura estuviera de guardia y no quería irse a esa casa de pueblo enorme y fría y vacía él solo. No podía culparle. 


-Este chico… - dijo al final de un largo silencio en el que casi me quedo dormido.- está muy verde.


No contesté, pero la crítica me molestó un poco. DEbí revolverme o hacer algún ruidito de desaprobación porque esa sensación le llegó a Manu alto y claro.


-¿Qué?


-No sé…- dije con voz pastosa.- Lo suyo es jodido. De verdad. Tiene mucha carga emocional. 


-Tío, tú ves cosas chunguísimas todos los días y no estás en perpetuo estado de nervios.


-No me compares con él, no es justo.- me incorporé. La conversación me estaba incomodando lo suficiente como para tratar de mantener la verticalidad.- La gente vive con sus Cambios como puede, unos mejor, otros peor… yo veo cosas, pero no las siento. Lo suyo va directo a las tripas y no puede bloquearlo. Ya has visto los guantes. Eso acaba comiéndote vivo…


Manu se quedó callado, como reflexionando, o… se había quedado dormido, no sé. No me importó. Me puse en pie y me fui al baño a echar un pis. Desde el salón me llegó la voz profunda y farragosa por el sueño y el alcohol de mi apreciado okupa por esa noche.


-Dani…- el tono me puso los pelos como escarpias. Era el tono de “no quieres saber esto, pero te lo voy a contar y que sea lo que Dios quiera” que ya nos había metido en problemas… ME había metido en problemas anteriormente. De pronto la cantidad de sueño en vena disminuyó un 60%.- He oído algo sobre un censo.


He de decir en este momento que soy una persona con mucha imaginación. Demasiada. El tono de Manu y esas palabras crearon varias realidades alternativas en mi mente en un par de segundos. Todas malas. Y en todas me partían la cara. Varias veces. Puse mis manos bajo el grifo y me las lavé lentamente. Minuciosamente seguí todos los pasos del buen lavado de manos sólo para alargar el momento en el que tuviera que contestar a aquella nueva información. Cerré el grifo y me apoyé en el lavabo mirándome al espejo.


Tenía ojeras y los ojos un poco rojos. Eso hacía que mis pupilas, normalmente azules, parecieran casi fluorescentes. Daba grima. Parecía que había fumado algo… El pelo, negro y con tendencia al remolino, empezaba a necesitar una visita al barbero. La parte de delante, más larga que la de atrás, había parecido buena idea hasta que empezó a crecer. Mi madre decía que era un tipo resultón, que es lo mismo que decir “más te vale ser gracioso, hijo”, así que nunca me preocupé demasiado por mi aspecto. Pero parecía cansado. No tanto por que fueran las 4 de la mañana, sino cansado de verdad. C A N S A D O. 

Manu, desde el salón, no decía nada. Entonces oí que se acercaba y me encontró exactamente en la misma postura. Se apoyó en el quicio de la puerta, pero no le miré.


-Me lo ha dicho Laura.


-¿Por eso estaba tan cabreada cuando me ha llamado?


-Es posible.


Joder. Cerré los ojos. Laura era la novia de Manu, aunque la palabra “novia” se quedaba corta. Conocía a Manu desde hacía más de 20 años y esa cordobesa con mala hostia legendaria y alférez de la Benemérita era, ante la sorpresa de propios y extraños, la que había conseguido no sólo hacer sentar esa cabeza desquiciada y de falsa apariencia tranquila. Manu, creativo publicitario de barbita y gafas de pasta, no especialmente pedante a pesar de ser una de las personas más inteligentes que he conocido, era caótico-bueno por definición, con una capacidad de atención de aproximadamente dos segundos y terriblemente buena persona. Laura, por su parte, era una mecha de combustión lenta, fría, con esa furia rampante con la que siempre me azotaba sin contemplaciones, era posiblemente más inteligente que Manu, pero con las habilidades sociales de un muro de hormigón. Y tenía presencia. Eso era innegable. Aun sin el uniforme. Ella llegaba, se te plantaba delante y te hacías caquita. Garantizado. Y era alférez de la Guardia Civil, así que si Laura decía que iba a haber un censo, es que lo habría.


-¿Para cuándo? - pregunté.


-Pronto. Hablan de tener primero las instalaciones preparadas o algo así.


-¿Instalaciones? Van a por todas, ¿eh? - Manu asintió.- Hijos de puta.


Me sequé las manos y respiré hondo. Salí del baño y fui al armario del pasillo a sacar las mantas para el sofá cama de Manu. Mis movimientos eran bruscos, enfadados, pero es que ésto era algo que no nos pillaba con demasiada sorpresa a pesar del disgusto. Es algo que nos habíamos temido desde hacía tiempo. Que las autoridades quisieran saber quiénes eran los cambiados y controlarlos era algo que se habían olido siempre. Las instalaciones eran el campo de concentración que iban a desplegar para los “peligrosos”. Peligrosos ahora, sabes, no durante los dos años anteriores. Gente como Azu serían los primeros en caer. Gente que se podía convertir, literalmente en monstruos, encerrados porque sí para “garantizar la seguridad de la ciudadanía”.


-No pueden hacer eso.- dije.- No ha habido apenas incidentes con cambiados desde el Cambio. Además, tiene que ser inconstitucional por varios sitios.


Manu se encogió de hombros mientras recibía las mantas y la colcha que iba sacando del armario.


-Me ha dicho que necesitan a alguien como tú.


-¿Por eso me ha llamado antes?


-Es su manera de decirte que limpies tu agenda.


Resoplé.


-Pues ya puede buscarse a otro. No quiero participar en esa mierda.


-Habla con ella primero, Dani.


-No pienso ir señalando a la gente para que la metan en celd…


-Habla con ella, te digo.- dijo Manu con firmeza, con esa voz de padre que tiene. Me callé y cerré el armario.


-Tu novia tiene una visión demasiado pragmática de las personas, Manu, y por ahí no paso.


-Dani…


-Dani hostias.- silbé abriendo la cama del sofá con un tirón.- Si quiere su noche de los cristales rotos, conmigo que no cu…


-Dani, no es eso, cálmate.


-¡Y unos cojones me calmo!- grité. Y me arrepentí. Sabía por qué estaba enfadado, pero la reacción me pareció exagerada hasta a mí. Quizá hubiera bebido demasiado… A tomar por saco.- Que van a hacer un censo. Vale. ¿Y qué quiere que haga? Seguro que acaba siendo un marrón como todos los que han empezado con la frase “Laura tiene que hablar contigo”. ¿O no? 


-Marrones en los que al final te has implicado hasta las cejas, Dani, muy por encima de lo que se te había pedido y esa es tu responsabilidad, no la de Laura, y lo sabes, así que no seas hipócrita.- Manu y su voz de padre, tío. El día que tenga hijos los va a tener más tiesos que el palo de una escoba. 


.¿Entonces qué quiere?


-No tengo ni idea, ya te lo dirá ella… Lo único que sé es que a ella tampoco le hace gracia el tema.- dio un paso hacia mi.- Yo estoy dentro, pero si ti no vamos a ninguna parte.


¿Dentro? ¿Laura había implicado a Manu directamente? Fruncí el ceño. ¿Es que eso era algo extraoficial? Oh, joder, ahora las probabilidades de que me rompieran la cara eran del 100%. Pero aun así… Mierda. Aquel tema me afectaba. Y lo peor es que Manu tenía razón. Acababa implicándome siempre de manera personal y no era que pudiera evitar del todo. Mi… Cambio lo hacía todo personal y por eso me acababan partiendo la cara antes o después. 


Terminé de hacerle la cama y le lancé la almohada.


-Mañana hablamos.


Y me fui a la cama.