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LOS CAMBIADOS

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El centro volvía a ser una locura. Después de los últimos 4 años la red de calles que desembocaban en Sol volvía a ser el maremagno que todos conocían y odiaban. Primero fue el COVID, luego la recesión y después el Cambio, pero “por fin” la sana ansia consumista había vuelto a la Navidad. Así pues mis ojos veían con cierto pesar cómo centenares de miles de personas se agolpaban en aquel asfixiante kilómetro cuadrado de la Villa y Corte, añorando los días de confinamiento en los que sólo el viento y la lluvia paseaban por aquellas calles empedradas.

Pero, ¡albricias! Volvía a ser el mismo puto infierno de antaño. La emoción se palpaba en el aire. Parecía que el horror de los últimos años se disiparía quemando la tarjeta en el Corte Inglés o algo así. Hay que joderse, no habíamos aprendido absolutamente nada…

Y ahí estaba yo, luchando contra la masa, tratando de avanzar entre abrigos, gorros y bufandas, pateando bolsas de papel a la altura de mis rodillas y calzando en las costillas algún codo despistado. Mi objetivo era la Fnac. No tenía ningún interés en comprar nada, no iba a por los regalos de nadie, pero allí había quedado con un amigo… un conocido… un fulano que conocí una noche de copas después del trabajo. Nos medio gustamos y al final la conversación, la sucesión absurda de cervezas y la creciente familiaridad hizo que me confesara algo de lo que se arrepintió inmediatamente. Se le fue el pedo de golpe, se excusó y salió corriendo.

Aquella mañana recibí un mensaje suyo. Que un amigo común le había dado mi teléfono y blabla, que teníamos que hablar. Dios, esas tres malditas palabras son capaces de generarme el ataque de ansiedad que ni siquiera el Cambio consiguió. Sabía de lo que quería hablar. Era por la confesión horrible que le hizo huir despavorido de aquel bareto de viejo en el que nos estuvimos dejando el hígado. Él era un Cambiado. Claro que yo también lo era, pero él no lo sabía entonces. 

Su nombre era Óscar, y me esperaba en la sección de fotografía. Ojeaba los objetivos con interés. Le gustaba la fotografía o, al menos, eso me había dicho. La cantidad de gente yendo y viniendo hacía difícil avanzar, pero a unos tres metros por fin se percató de mi presencia.

-Hey.- dijo como todo saludo y cero entusiasmo.


-¿Nos vamos?


-Por favor…- dijo con alivio evidente.


¿Por qué había elegido ese lugar tan horrible para quedar? Ni idea. Bueno, tenía una sospecha. Siendo un Cambiado querría estar en un sitio lo más concurrido posible, como si así se le hiciera más fácil negarse lo que era. Difuminarse. Desaparecer. Me di cuenta de que llevaba guantes de látex bajo los guantes de lana. Aunque había mucha gente que seguía utilizando los geles hidroalcohólicos y las toallitas desinfectantes, ya se venían menos personas con guantes por la calle. A su alrededor seguía habiendo mascarillas. Habían llegado para quedarse y ahora, en cuanto alguien sentía una leve irritación de garganta, era habitual la mascarilla de forma inmediata. 


Óscar caminaba como podía detrás de mi mientras atravesábamos Callao. Estaba callado, con gesto preocupado. Esa conversación iba a ser difícil. Sólo plantearla era traumático. La gente no lo suele contar. Hay Cambiados por todas partes, pero nadie sabe quiénes son o cuál fue su Cambio. Todo el mundo sabe que están ahí fuera, entre nosotros, pero por lo que sea, todos hacen como si no hubiera pasado nada. Dos años después del suceso la capa de silencio sobre el Cambio seguía intacta. Era algo demasiado inverosímil, por muy real en sus vidas que fuera, como para mencionarlo en voz alta. Algunos seguían con sus vidas. Otros conseguían mantener su Cambio a raya, pero otros no podían. Había algunos, pocos, afortunadamente, que no habían encontrado más salida que el suicidio. 


No era un tema sencillo, no.


Por mensaje le dije que por supuesto, que no había problema y que no se preocupara porque yo también era un Cambiado. Le dije que su secreto estaba seguro conmigo y que podía ayudarle, que “conocía gente”. 


En realidad no “conocía gente”. Aquella fue una medio mentira que solté en el momento. Conocía a otros dos Cambiados que, como yo, por azares, nos habíamos encontrado en las mismas y sobrellevábamos el tema como podíamos. No era fácil, sobre todo en un mundo que apenas se levantaba después de una pandemia y una recesión. Qué década llevábamos, madre de dios y apenas habíamos llegado a la mitad... 


Abandonamos la Gran Vía y entramos en la Plaza de la Luna, colapsada por la pista de hielo de mentira y un mercadillo. Maldita sea, era insoportable caminar por cualquier sitio. Rodearon la pista y a la masa de gente y se metieron por las callecitas aledañas. No tardamos en llegar a la calle Don Felipe, mucho más tranquila y mucho más estrecha. El número 5 no quedaba lejos. El telefonillo nos cantó con el típico pitido ronco y diez segundos después:


-Sí.- afirmó la voz de mi amigo Manu.


-Soy yo.- dije confiado en la contraseña universal de telefonillo.


¡Ñiieeee! ¡Klash! Un empujón y la puerta se abrió. Óscar no las tenía mucho consigo todavía y me lanzó una mirada de duda antes de seguirme al interior del portal. Le miré y traté de poner una cara de confianza que, me saliera o no, funcionó. Las escaleras de madera, las típicas de los edificios antiguos de aquella zona, crujían al soportar nuestro peso, pero ofrecían cierta calidez al portal. Con las paredes a dos toses de necesitar una reconstrucción profunda y la jaula oscura y de aspecto terrible del ascensor, más parecía la entrada a un bloque de narcopisos que otra cosa. 


Al llegar, Manu abrió la puerta con expresión seria. Entramos en el cálido interior y vimos a Azucena que se levantaba del sofá para saludar al nuevo. Hice las presentaciones y después hubo un silencio incómodo. A pesar de todo, una escena como aquella aún era excepcional. Carraspeé.


-Bueno, qué, ¿hacemos como en Alcohólicos Anónimos y nos presentamos y decimos “bienvenido Fulanito” o cómo? - la coña no funcionó. Resoplé.- Sí, todos somos cambiados, ya está, ya está dicho. Sigamos con nuestras vidas. Óscar, ¿quieres una cerveza, refresco, café…?


El aludido me miraba horrorizado.


-No se lo tengas en cuenta, siempre es así.- dijo Manu.- ¿Cerveza entonces? - Óscar asintió aturdido y se volvió hacia mí.- Dos.


Meneé la cabeza. De verdad que no podía comprender la actitud general con el tema. Era asfixiante. Cogí los 3 botellines y pregunté a Azu si quería algo, pero me dijo que ya tenía una, así que volví al salón haciendo malabarismos con las tres cervezas y un cuenco con kikos. Exacto, soy el perfecto anfitrión. 


Óscar cogió la cerveza, aliviado por tener por fin algo en las manos y nos sentamos como pudimos en los sillones heredados de mi queridísima abuela. Y de nuevo, silencio.


-Mirad, el gestito afectado podía entenderlo hace 2 minutos, pero ahora ya no. Esto no es una enfermedad mortal y según veo los cuatro lo llevamos con bastante discreción, así que haced el favor que no hacer tanto drama con el tema. Cambiamos, sí, ¿y qué?


-¿Podrías no alzar la voz, por dios? - dijo Óscar horripilado.


-Bah, no te preocupes. Éste es un edificio de cuando sabían hacer edificios.- repliqué.- Además, no es ilegal ser un Cambiado.


-Aún…


-Venga tío, no te pongas melodramático.- dije.- Te lo dije esta mañana por wasap y te lo repito, entre nosotros cero vergüenzas y cero tabús. Ya es bastante horrible el mundo allá afuera para encima echarnos mierda nosotros mismos.


-Desde luego, Dani, tienes el tacto en el culo, tío.- me espetó Azucena dejando la cerveza en la mesita. 


Gruñí como respuesta y le pegué un tiento al botellín. No es que fuéramos un grupo de ayuda, precisamente. Mi intención no era esa… en principio, pero me daba pena el pobre chaval. Era evidente que lo estaba pasando fatal y cada uno de nosotros habíamos pasado nuestro infierno particular y mentiría si dijera que juntarnos no nos había ayudado. Que cualquiera diría, ¿por qué no existían grupos de ayuda así? ¿Qué le pasaba al instinto gregario? ¿Es que se nos había roto o algo como especie? Aquello me ponía de extraordinaria mala hostia. Azu me miró como advirtiéndome una vez más y cerré la boquita.


-Vale, empezaré yo…- continuó ella.- Pues verás, yo… mi cambio es físico. Muy físico. Muy espectacular. Si cambiara aquí dentro, no cabría, literalmente. Cuando ocurrió, por suerte, estaba de vacaciones en la casa de mis tíos en el pueblo y les estaba ayudando a desbrozar un seto cuando… ¡puf!


-¿Y qué pasó?


-Que destrocé el seto y a mi tío casi le da un ataque del susto. Mi tía es… buah… es dura. Fui de las tardías, ya sabes, de la segunda oleada. Así que al menos pudimos darle una explicación. 


Los tardíos, según habíamos podido averiguar, eran los que habían cambiado en torno a dos semanas después del fatídico 2 de septiembre de hacía dos años. Un día absurdo, tonto. Un día que hizo calor y que no tuvo más interés que un número indeterminado de gente cayó fulminada al suelo, inconsciente, en todo el mundo, a la vez, como si un torpe intergaláctico hubiera pisado un cable y millones de personas hubieran dejado de recibir electricidad. Por suerte el torpe se dio cuenta de su error, y 5 segundos después todo el mundo se despertó, flipando, desorientados, pero con los ojos abiertos. Bueno, todos, menos los que iban conduciendo o haciendo algo peligroso que, por supuesto, murieron. Una putada. A mi me pilló en el váter, por si a alguien le interesa. Y lo dejaremos ahí porque los detalles a veces no aportan nada.


-Ya…- asintió Óscar.


-¿Tú eres de la primera o de la segunda ola?


-De la primera.


-Y… ¿cómo cambiaste?


-Eh…- ahí Óscar dudó de nuevo y me miró buscando ayuda. Respiró hondo y asintió.- Bueno… son chorradas. Cosas pequeñas. Raras. Lo bueno es que no es un cambio físicoPERDONA, perdona Azucena, no quería ofender es…


-No te preocupes.- dijo ella con una sonrisa.- Sigue.


Vi un par de perlas de sudor en la frente de Óscar. Me daba demasiado pena este chico… empecé a pensar en las decenas de miles de personas por ahí que lo estarían pasando igual o peor y me estremecí. 


-Pues el caso es que a veces cuando toco cosas, cualquier cosa, sobre todo cosas antiguas, me dan como flashes, como… si recordara lo que le ha sucedido a esas cosas o…


Ante aquello Manu y yo nos miramos con idéntica expresión de admiración y asombro.


-Mola.- dijimos a la vez.


-No, no mola.- replicó Óscar.- Esos flashes no son siempre agradables. Es como si… como si los momentos importantes de la gente alrededor de esas cosas dejara una huella. Una pelea, un beso, una alegría, un trauma… cosas que impactaron. Es jodido, ¿sabéis? Se queda dentro.


-¿Y cómo te diste cuenta?


-Estaba en la oficina y sólo perdí el conocimiento, como todos los demás. Por suerte estaba sentado. Todo en mi curro es nuevo así que no noté nada durante todo ese día, pero al llegar a mi calle me apoyé en una pared para quitarme una piedra del zapato.- resopló.- ¿Cómo de idiota es ese gesto? Total, me apoyo con una mano y la otra iba a coger el zapato y de pronto… ¡bum! Noté cómo un golpe y frente a mi una bomba había destrozado la calle y a mi lado había varios cuerpos tirados en el suelo y polvo, y llantos, y gritos… No entendía nada. Retiré la mano y volvía a estar… aquí. 


-Ya veo…- asintió Manu.- ¿Por eso llevas los guantes de látex?


-Sí…


-Yo también soy de la primera oleada.- dijo Manu.- Y Dani. Y yo también tengo cambios físicos, ¿Quieres verlo?


-¿Tú si cabes?


Reímos. Dios, por fin reíamos.


-Sí, tío, mira. Mola mucho la verdad.


Manu levantó el botellín y de pronto sus dedos empezaron a convertirse en el mismo cristal tintado de marrón. Óscar flipaba en colores mientras veía con los ojos fuera de las órbitas cómo el brazo de mi colega se iba convirtiendo en cristal marrón, translúcido y brillante, pero a la vez mantenía la elasticidad de la carne. 


-¿Quieres tocar?- dijo de pronto.


-Oh, no, no, yo…


-¡Venga, no pasa nada!


Y alargó la mano hasta tocarle la muñeca. 


-Hostias… - dijo, como si no le diera el cerebro para nada más complejo. Luego sonrió.- La verdad es que mola mucho.


-Puedo convertir mi cuerpo en cualquier material que toque.- dijo Manu con orgullo.- Mola bastante.


-¿Y cómo es tu cambio, Azucena?


-Eh…


-¡No, no digo que cambies!


-Bueno, me… me convierto en un dragón.


Óscar parpadeó.


-Un dragón.- repitió.


-Un dragón de unos 15 metros de largo desde la punta de mi hocico hasta el final de la cola, de unos 3 metros de cruz y dos alas perfectamente funcionales.


-Estás de coña.


Entonces los ojos verdes de Azucena cambiaron a un dorado rojizo con una pupila estrecha y dorada. 


-¡JO DER!- gritó.


-Sí, bueno… 


-¿Y tú?


De pronto 3 pares de ojos se fijaron en mi. Manu ahojó una risa. El cabrón.


-Eh… lo mío es un poco una gilipollez.- dije.- No es como lo tuyo, pero yo también veo cosas, sé cosas… Pero no es tan jodido como lo tuyo. Es un poco como encontrar información adicional a lo que se ve a simple vista. Veo cosas que no se ven a simple vista.


-¿Como por ejemplo?


Extendí una mano hacia arriba y me concentré. Ésto, dicho así, parece una tontería, pero me costó varias semanas darme cuenta de esta habilidad y casi dos meses controlarlo. Sólo tenía que dejar la mente en blanco… o al menos una porción de ella y tener muy claro lo que quería y dónde lo quería. Entonces sólo tenía que desearlo y… surgía. En mi palma apareció una especie de luz o de llamita azul, pequeñita, temblorosa, como si se fuera a apagar en cualquier momento. Eso era lo más difícil, pero ya estaba hecho. Sólo tuve que desearla más fuerte y la llamita creció. Levanté los ojos y miré a Óscar que me miraba expectante.


-¿Y qué hace?


-Acerca la mano a la llamita y tócala.


-¿En serio?


-Sí, no quema. -Óscar acercó la mano, dubitativo, y al ver que efectivamente no quemaba metió los dedos en el interior de la luz. Me volvió a mirar y sonrió.


-Es… suave, como una tela al viento.


-No quema porque no quiero que queme, pero hace otras cosas. Me da información sobre las cosas que entran en contacto con ella.


Óscar de pronto apartó la mano con cierto temor.


-¿Qué tipo de información?


-Tu nombre completo es Óscar García Redondo, tienes 34 años, ingeniero de caminos. Has trabajado de consultor desde que te licenciaste y te… esto es muy privado.- el aludido arqueó una ceja.- Tienes dos hermanas. Una vive en Pamplona. Ah, eres de Pamplona. La otra está en alemania. Y cuando cambiaste estabas en la oficina, pero no sentado sino… ¡oh, tío! Jajaja…


-¡Desde luego que es un poder bastante invasivo! ¡Tenías que haberme avisado!

-En las fiestas suele ser un éxito… - dijo Manu con una risa velada.

-¿Lo haces en público?

-No, por dios, no. Y lo siento, ¿vale? Sí, es bastante invasivo. Lo siento.- suspiré.- De todas formas el acceso a esa información es limitado. Son cosas que me habrías contado antes o después. Información superficial. 


-Tendrían que contratarle en aduanas.- dijo Azu.- Haría de las colas algo del pasado.


-Tú quieres matarme…- miré de nuevo a Óscar.- Otra cosa que he podido captar es tu cambio. Cómo te afecta. Y es… terrible. Lo siento mucho.


-Bueno, eso que haces tampoco debe ser agradable.


Me encogí de hombros. No lo era pero podía “desconectarlo”. Óscar tenía que llevar guantes. Durante un instante nos miramos y recodé qué fue lo que me atrajo de él aquel día. Pero desvié la mirada. Ya no me atrevía a mirar a los ojos a nadie. Mi cambio me había arrebatado eso. Lo cierto es que a veces no necesitaba la llamita para llegar a los secretos más recónditos de la gente. Y lo que veía no eran sólo fríos datos demográficos. Lo más cercano a explicar qué veía era decir que llegaba a ver el alma de la gente. Por desgracia había ocurrido 2 veces. Y juré que no volvería a ocurrir nunca más. Carraspeé para apartar ese pensamiento y sonreí levantando el botellín.


-¡Brindemos, frikis míos! ¡Porque el cambio no nos cambie!


-Tú podrías cambiar el felpudo del baño que va a salir andando un día, la verd…


-JAJAJA- se rió  Azucena.


-¡Iros a la mierda! ¡No os invito nunca más a mi casa! ¡Desagradecidos!


Todos reían cuando noté el móvil vibrando en mi bolsillo. Lo cogí. El nombre en la pantalla me quitó la sonrisa de los labios.


-Manu.


-¿Qué?


-¿Por qué me está llamando tu novia?


En la pantalla el nombre de “Laura Guzmán “Picoleta””. Manu se encogió de hombros. Descolgué.


-¿Qué desea la Benemérita de este humilde ciudadano sin antecedentes? - dije.


-¿Qué es eso de ir preguntando mierdas por el barrio, Dani? ¿Qué te he puto dicho mil veces, Dani?


-Que sea buen ciudadano y pague mis imp…


-¡No te pongas gilipollas conmigo! Deja de hacer de detective de mierda, ¿me oyes? Estás poniendo nervioso a la mitad del gremio de hosteleros de Malasaña con tus preguntitas de mierda. 


-¡Pero si fueron ellos quien me pidieron ayuda!


-¡No! Fermín te contó un rumor y luego tú te has venido arriba, así que déjalo estar ya de una puñetera vez y si ves que hay algo raro, ¡me llamas! ¿Entendido?


-Laura…


-Ni Laura ni hostias, o te empapelo por obstrucción. ¿Estamos?


Miré a Manu que me miraba cariacontecido y con expresión culpable. Espera…


-Vale, Laura, lo siento. No volverá a ocurrir.


-No te creo, pero vale. Si vuelvo a escuchar ni media palabra de tus “investigaciones” te juro por dios que empezarás a tener antecedentes.


Colgué. Miré a Manu.


-¿Se lo has dicho?


-Eh, no directamente.


-¡Tío!


-Joder, tronco…


Me levanté y me fui al baño. Manu fue detrás de mi, pero no le dejé. Tenía que mear y tenía que tranquilizarme. Era jueves, aún tenía que ir mañana a currar y no necesitaba encabronarme así. Respiré hondo y me lavé la cara con agua fría. Respiré hondo y me di un minuto. Cuando salí, Manu estaba preocupado. Lo ignoré y sonreí.


-¿¡Quién quiere pizza!?