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Todos los caminos

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Los ojos son claros y la sombra se desliza por sus mejillas casi de la manera correcta en la oscuridad del callejón, y no es perfecto pero hace mucho tiempo que Remus Lupin ha dejado de esperar cosas perfectas.

La brisa marina cuelga de los ladrillos y la condensación se prende de su pelo cuando apoya la cabeza contra la pared, estirando el cuello para dejar salir el gemido que trepa por su garganta a toda prisa. Enreda los dedos entre mechones que son desconocidos, demasiado claros, pero que la luz esquiva de las farolas convierte en negro si entrecierra los ojos de una manera concreta y estudiada, y embiste a ciegas.

- ¿Te gusta así? – Susurra el chico contra su erección, su aliento mezclándose con la niebla que viene del mar y Remus asiente, sujetándole la parte de atrás de la cabeza con intención. El chico sólo sonríe y le rodea con los labios, el calor de su boca enviando descargas eléctricas por la línea de su columna. Sus ojos brillan con descaro, desafiándole a él y al mundo entero desde su posición privilegiada: de rodillas, chupándosela a un desconocido en los muelles de Londres.

La risa le burbujea en el fondo del estómago, por lo ridículo y lo patético y lo terrible. Y sabe que esto no es sano, que no es normal, pero se encuentra yendo todos las semanas a los muelles, mirando de reojo a los borrachos y a las putas y a los drogadictos, a todas esas personas que están medio rotas— como él, supone— que van dando tumbos entre la niebla intentando encontrar algo o alguien que encaje lo mejor posible en el espacio que llevan resquebrajado, como dos piezas de puzles diferentes.

Mira hacia abajo y siente que se marea, así que le da un trago más a la botella de whisky de fuego que se balancea medio vacía en su mano, tirándole un poco del pelo al chico que está a sus pies. Éste se aparta con un gruñido y Remus se encoge de hombros, disculpándose a medias, el orgasmo demasiado esquivo.

- Pensaba que te gustaba. – La voz suena acusadora, algo temblorosa, como si quisiese hacerse el valiente y no le saliese del todo, y Remus se da cuenta de que la luz de las farolas es más engañosa de lo normal esa noche y que el chico es casi un niño, en realidad.

- ¿No tienes que irte a casa? – Las palabras resbalan pesadas sobre su lengua, y el chico se limpia las rodillas mientras se pone en pie, frunciendo el ceño todo el rato.

- Eres demasiado joven para ser mi padre. – Y es absurdo, pero en ese momento a Remus le parece una razón de peso así que se encoge de hombros y hace un gesto con la cabeza, señalando la salida del callejón mientras se abrocha distraídamente los pantalones.

Remus mira al cielo cuando los tejadillos de los almacenes dejan de taparle la vista, pero la polución y las eternas luces de la ciudad hacen que el universo parezca una extraña mezcla de humo y naranja, tapando la luna y las estrellas como un parche, y Remus tiene que dar las gracias por eso, aunque sea.

- Entonces qué, ¿vamos a tu casa? – Dice el chico repentinamente, robándole la botella de las manos y pegando un largo trago, mirándole con renovado descaro.

- No vivo aquí. – Responde Remus, golpeándole ligeramente el hombro y haciendo que escupa el alcohol por la nariz. Remus sonríe y piensa que no está mintiendo, por una vez. Desde ese preciso instante el piso de Londres ya no es suyo oficialmente, como le dejó claro su casero la tercera vez que olvidó pagar el alquiler. Aunque en realidad Remus perdió ese piso hace mucho tiempo, justo en el momento en el que perdió todo lo demás.

- ¿Cómo te llamabas? – Pregunta Remus, ofreciéndole un cigarro desgastado que el chico acepta con ganas, frotándose los mitones entre sí antes de encenderlo con una cerilla muggle.

- Um, Tim. Morgan. – Responde entre largas caladas, y aunque Remus sabe que está mintiendo asiente lentamente, bebiendo un poco más de whisky. - ¿Y tú? ¿Te llaman de alguna manera especial?

- Sirius Black. – Remus no sabe por qué dice eso, pero el nombre rueda sobre sus labios sin que pueda evitarlo, como si hubiese estado esperando en la parte de atrás de su boca, desesperado por salir. Por un momento piensa que ha calculado mal, su corazón latiéndole a toda prisa en el pecho porque en realidad Tim no es muggle y sabe quién es Sirius Black, sabe quién es él y en cualquier momento llegará el ministerio o  los Aurores o los putos dementores, porque sabrán, de alguna manera, que él siempre ha estado… que sigue estando… y eso tiene que ser algún tipo de delito terrible—

Pero Tim sólo le mira con los ojos muy abiertos durante un segundo antes de golpearle la espalda con una palma abierta, algo descoordinado.

- ¡Sirius Black! – La risa es tan repentina y tan sincera que resulta evidente para Remus que Tim no puede tener más de dieciséis, aún entre las sombras difusas del muelle. – Me esperaba un nombre falso, tío, pero no uno tan ridículo.

Remus fuerza una carcajada, también, e intenta ignorar cómo le quema el pecho bebiendo más de su botella, sustituyendo un tipo de ardor por otro más soportable.

- Sí, es un nombre estúpido, ¿no? – Las pequeñas olas chocan contra los diques de piedra, lamiendo los bordes del camino y salpicándoles la cara cuando se acercan demasiado. Remus estira las manos sobre la barandilla y espera a que Tim se apoye con él, demasiado cerca para un par de desconocidos, justo a la distancia correcta para lo que ellos dos son.

- Una puta mierda de nombre. – Le asegura Tim, secándose las lágrimas de la comisura de los ojos y apoyando el mentón sobre sus manos, mirando fijamente la orilla contraria y dice, casi inaudible. - ¿Crees que nos verán, desde el otro lado?

- No creo. – Remus pausa un momento, intentando ver a Tim y no a fantasmas y no consiguiéndolo ni por un segundo. - Pero puede que nos oigan.

- ¿Mmm?

Remus se sube a una de las barras de la barandilla, sintiéndose algo inestable, inclinándose hacia delante hasta que tiene casi todo el cuerpo sobre las aguas negras del Támesis, y coge todo el aire que le cabe en los pulmones antes de gritar:

- ¡¡¡Sirius Black!!! – La noche se traga su grito y sólo ve luces tintinear al otro lado, como pequeñas estrellas indiferentes, y Remus siente algo moverse en el estómago que puede que sea el alcohol pero puede que no, así que lo intenta de nuevo. - ¡¡¡Sirius Black!!!

- ¡Puto lunático! – Exclama Tim, entre risas, dejando caer su cigarrillo al agua, subiéndose con él a la barandilla y haciendo que se tambalee un poco por el peso antes de gritar, también. - ¡¡¡Sirius Black!!!

Siguen gritando a la orilla contraria hasta que el sol empieza a despuntar por el horizonte, hasta que sienten las gargantas en carne viva y el cuerpo deshecho, por una mezcla explosiva de juventud y pérdida y soledad. Y nadie les responde, al final, pero se sienten un poco menos muertos, un poco menos inquietos cuando se despiden con besos torpes en la comisura de los labios, los párpados pesados y ninguna intención de cumplir las cosas que se prometen en voz baja.

Remus deja Londres esa misma mañana y cuando mira hacia atrás, los dedos dibujando círculos sobre el techo del taxi, puede ver su vida, sus secretos, sus victorias y sus pérdidas contenidos en la ciudad como las líneas en una mano. Mira hacia atrás una última vez, cogiendo un maletín de cuero suave y desgastado, y ya está.

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- ¡Está nevando!

Posa una mano sobre la ventana, el cristal volviéndose blanco alrededor del calor de sus dedos, los copos cayendo del cielo como estrellas fugaces al otro lado. En la calle la gente se enrosca en capas y más capas de ropa mientras corren a toda prisa hacia sus destinos, dejando pequeños rastros de huellas sobre la nieve que se cruzan y descruzan siguiendo patrones aleatorios y secretos.

- Hmmm. – Es toda la respuesta que recibe, y Sirius suspira, bebiendo un poco más de un café que está tan caliente que hace que le lloren los ojos. Mira a Remus no mirarle, sentado sobre el sofá cojo de su salón, El Profeta abierto por la primera página sobre sus rodillas. Sirius piensa a toda prisa.

- Si sigue nevando así vamos a quedarnos encerrados y no podremos abrir la puerta del portal, y a la señora Güttenberg le dará un soponcio y sabes, sabes que encontrará alguna manera creativa de echarnos la culpa. – Se acerca a Remus hasta que está a un brazo de distancia, levantando la voz y haciendo gestos con su mano libre, el café amenazando con escaparse de su taza. - ¡Delincuentes! ¡invertidos! ¡os habéis traído esta nieve del infierno!

- Sirius—

- ¡Si estuviese aquí mi marido os mandaría de cabeza a ese pozo de depravación de donde habéis salido! – Sirius se aparta el pelo de la cara antes de dar otro sorbo a su café, añadiendo. -  ¡Francia o como se llame!

- Sirius.

Sirius suspira una vez más, desinflándose rápidamente, y rodea el sofá mientras desliza su mano sobre el respaldo, el terciopelo naranja acariciándole los dedos hasta que se encuentra con el cuello de Remus. No necesita mirar los titulares parpadeantes, las imágenes en movimiento, la línea tensa que es la espalda de Remus. Le acaricia el final de la nuca, justo donde el pelo se convierte en piel y susurra lo sé, y sus dedos dicen lo sé, exactamente al mismo tiempo.

Y la cosa es que ese año no es como otros años. Algunos años el frío aparece tan bruscamente que la gente sale una mañana de casa y tiene que dar la vuelta corriendo para coger la bufanda, para enfundarse guantes hasta los codos, acostumbrados aún al las temperaturas suaves del otoño. Los niños se sorprenden al ver la nieve y los señores mayores hablan de cómo este tiempo está loco, cambiando tan repentinamente, y de cómo en su época esas cosas no pasaban de ninguna de las maneras. Pero ese año no. Hay una verdadera transición entre temperaturas, una disminución de las horas de luz, tanto que cuando el invierno por fin llega (lentamente, poco a poco, casi sin ganas) el calor del verano parece imposiblemente lejano, como de otra vida.

Cuando el invierno de 1979 por fin llega, después de meses de avisos y de expectación, se trae la guerra con él.

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El polvo se levanta en grandes nubes marrones a ambos lados del autobús, provocando que Remus tenga que cerrar la ventana a pesar del calor sofocante que le pega el pelo a las sienes, la camisa a la piel, el cuerpo entero al asiento de cuero. Suspira, sintiendo gotas de sudor deslizarse por su cuello y juguetea con las marcas de cigarrillos de su asiento— mete el índice primero, luego el corazón, luego el meñique y vuelta a empezar.

Al otro lado del cristal lo único que se ve es el cielo, la luna menguante reflejarse sobre el terreno irregular del desierto, las pequeñas estrellas agruparse creando formas desconocidas, ajenas. En estas latitudes la luna parece más grande que en ninguna otra parte del mundo, y Remus se toca algo ausente las cicatrices del antebrazo, todavía frescas, todavía dolorosas, intentando familiarizarse con las nuevas líneas que le recorren la superficie de la piel, como pequeños caminos a través del desierto.

- No me lo digas. Americano.

La voz llega desde el otro lado del autobús, sobresaltándole, desde la ventana opuesta a la suya donde la luz temblorosa de un farolillo deja entrever a una chica, el pelo rizado enroscado en lo alto de la cabeza, dos ojos marrones mirándole intensamente desde la penumbra.

Remus parpadea antes de contestar.

- Oh, no. Mucho peor. Inglés.

La chica sonríe lentamente y hace un movimiento de cabeza, como dando su aprobación mientras se levanta del asiento, atravesando el diminuto pasillo y esquivando con agilidad los pies de un señor que ronca con un gorro sobre la cara. Se deja caer a su lado entre un tintineo de collares y pone los pies en el asiento de enfrente, agitando sus calcetines de colores sobre la cabeza durmiente de un niño.

- Entonces estás un poco lejos de casa. – Le dice, después de un rato, su acento inclinándose en direcciones exóticas. Remus se encoge de hombros y se sorprende confesando, con la facilidad que da hablar con extraños.

- No estoy seguro de tener una casa, en realidad. – Cuando lo dice parece no entenderle y
Remus está a punto de repetirlo más despacio, pero al final la chica cierra los ojos de golpe y apoya su cabeza sobre el asiento, sus grandes pendientes colgando del final de sus orejas.

- Tonterías. Todos tenemos una casa. – Contesta, haciendo un gesto ambiguo con la mano. Remus asiente y hace un ruido en el fondo de la garganta, porque es más fácil que dar explicaciones y mucho más fácil que inventarse mentiras plausibles.

- ¿Y tú? ¿Estás lejos de tu casa? – Le pregunta, los buenos modales demasiado integrados dentro de su código genético, desenroscando lentamente las mangas de su camisa hasta que le rozan las muñecas.

- Yo cada vez estoy más cerca. – Le responde sin abrir los ojos, sonriendo con toda la boca, y saca un puñado de arena de uno de sus bolsillos, dejándola caer grano por grano sobre el suelo del autobús. Cuando se le acaba agita los dedos, como terminando una especie de hechizo, sus uñas brillando una de cada color. Le mira de reojo. – No tiene ningún sentido viajar si no tienes un lugar al que quieras volver. Entonces no se llama viajar, se llama huir.

Remus frunce el ceño y aparta la mirada rápidamente, observando las sombras oscuras del desierto, dando la conversación por terminada e intentando ignorar el frío gélido que se le ha ido a vivir al final del estómago.

Se acaba bajando tres paradas antes de lo previsto en un pueblo que le suena a redención. El viento sopla suave entre las esquinas de las casas y en los escaparates, opacos por el polvo y los años, cuelgan carteles de un hombre de pelo largo que podría ser tanto Mick Jagger como Jesucristo. Remus lo toma como una señal.

Respira hondo antes de ponerse en marcha y mira a la extraña configuración de estrellas sobre su cabeza, intentando no pensar en la estrella que falta, en la más brillante de todas, desaparecida muchos kilómetros atrás tras la curva redondeada de la tierra.

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No es fácil, pero lo intentan.

El agua resbala por la línea de sus túnicas y va creando pequeños charcos circulares a sus pies sin que ninguno de los dos se dé cuenta. Sirius se quita las botas en la puerta, los dedos torpes y temblorosos sobre los cordones, y deja caer la nieve de sus hombros sobre la alfombra de la entrada.

- ¿Quieres un poco de té? – Pregunta Remus, mirándole desde la cocina y empujando con un pie la túnica empapada que ha dejado caer al suelo.

- Mmmh.

Sirius atraviesa el salón con más fuerza de la necesaria, sus pies dejando huellas mojadas e inestables en el suelo, hasta que llega a la puerta de su habitación— la que sólo es su habitación cuando necesita ropa o espacio o guardar las apariencias, cambiándose la camisa a toda prisa y cogiendo la primera toalla que encuentra en su armario, el algodón suave bajo sus yemas.

En la cocina Remus está apoyado contra la mesa, los ojos cerrados, los mechones pegándose a ambos lados de la cara mientras deja el agua hervir en el fuego, lentamente. La luz de neón sobre sus cabezas le dibuja sombras profundas bajo los ojos y en la comisura de la boca, valles oscuros en el cuello y en las mejillas, y a Sirius le tiembla algo dentro del pecho. Aprieta los dientres y carraspea antes de hablar, su voz algo extraña en las esquinas.

- Tú siempre tan convencional, Lupin. Mira que es fácil hacer té con magia y tú me tienes aquí esperando como un gilipollas.

Remus sonríe un poco, lento y cansado y perfecto, y se encoge de hombros.

- Me gusta más así, qué le voy a hacer.

- Bueno, pues te gustan las cosas más estúpidas del mundo.

- De eso no cabe ninguna duda. – Le contesta levantando una ceja levemente, teatral, y Sirius murmura idiota y le da con la toalla en la cara, demasiado suave para hacerle daño, enroscándola acto seguido alrededor de su cuello para secarle la parte de abajo del pelo con las dos manos, atrapando las gotas que resbalan de sus mechones.

Remus se deja hacer y se apoya contra su cuerpo, respirando suavemente dentro de la curva de su cuello, y Sirius no puede evitar pasarle las manos por el pelo una y otra vez y otra vez, de arriba abajo y haciendo movimientos circulares al final. Remus suspira.

- Estoy bien.

- Claro que estás bien. – Claro que lo está, no hay otra opción posible.

- En serio, Sirius, deja de—

- Yo soy el descerebrado, no tú, ¿vale? – Le interrumpe Sirius, tirando de ambos lados de la toalla hasta que están cuerpo contra cuerpo, el calor de la piel buscándose a través de la humedad. – Tú eres el chico listo.

Remus le mira y Sirius pliega los labios dentro de su boca.

- ¿Estamos repasando nuestros roles aquí, o algo?

- Eres el chico listo, Remus. – Le repite Sirius, insistente cerca de su oreja, su aliento rebotando sobre la piel mojada de Remus. Cierra los ojos. – No puedes dejarme sólo en ésto, Lunático, qué haría yo sin ti.

- Nada bueno, probablemente. – Contesta Remus, su voz algo espesa, como con una emoción extraña en la garganta.

- Tienes que prometérmelo, Remus. – Pasa sus dedos por la línea de su cuello, por la curva suave de su nuca, los largos planos de su espalda, hasta que Remus asiente y dice, te lo prometo. Y ninguno de los dos está muy seguro de qué se están prometiendo, exactamente (no morirse, igual, no abandonarse, probablemente), pero se quedan un rato así, quietos y prometiéndose cosas en silencio, con los restos de nieve y de miedo y de guerra amontonándoseles a los pies, hasta que la tetera empieza a protestar sobre el fuego y su corazón deja de protestarles tanto, dentro del pecho.

No son los únicos que lo intentan, claro.

La casa de los Potter es como un faro luminoso en el punto más profundo del Valle de Godric, la luz saliendo a raudales de las ventanas más altas, iluminando el jardín y el mundo entero en largas líneas cuadrangulares. Los invitandos se van apareciendo en el salón a intervalos regulares, entre nubes de colores y efectos de sonido que son completamente innecesarios y que hacen que Sirius ponga los ojos en blanco y murmure cosas poco amables acerca de su necesidad de llamar la atención. Lily pasa junto a él en ese momento y le golpea el pecho con el dorso de la mano, murmurando compórtate, chucho, poniéndose su mejor sonrisa para ir a saludar a los recién llegados.

- Tu mujer me maltrata, Cornamenta. – Se queja Sirius, sentándose a su lado patéticamente, el mullido sofá engullendo la mitad de su cuerpo. Pero James es un traidor de sangre y un mal, mal merodeador y sólo suspira, mirando atontado cómo Lily habla animadamente con Dumbledore, que ha aparecido con la más púrpura de sus túnicas.

- Por mi puede maltratarte todo lo que quiera, tío. Vamos a tener un hijo. – Y lo ha dicho aproximadamente medio billón de veces en la última semana, pero todavía tiene ese efecto en él, ese que hacen que le brillen los ojos y sonría como si estuviese medio drogado o medio idiota, y a Sirius le gustaría poder meterse con él, le encantaría, pero sabe que perdería un poco de efecto porque a él se le queda exactamente la misma cara cada maldita vez. No que vaya a admitirlo, claro.

- Sí, y menos mal que me va a tener a mi como padrino. – Dice, bebiendo un trago de algo que sabe triste y frutal, sin una gota de alcohol porque Lily no puede beberlo y todos saben quién manda en esa casa. – Teniendo en cuenta que ahora estás casado y eres un rollo de tío.

- Tiene gracia que digas eso, porque yo diría que tú estás tanto o más casado que yo. – Le dice James, señalando con la cabeza a Remus, que habla con una bruja diminuta junto a la ventana, su espalda arqueándose profundamente para poder oírla bien.

- ¡Oye! ¡Ten cuidado con lo que dices! – Grita Sirius, mortalmente ofendido. James murmura por favor dentro de su bebida y Sirius opta por pasar de él olímpicamente. – Además, da lo mismo porque Remus será mi cómplice a la hora de enseñarle las cosas importantes. Tú le puedes enseñar valores por el día, que nosotros ya haremos que se le olviden por la noche. – Sirius mueve las cejas, excitado. – Ya verás, James, le haremos todo un merodeador. – Se queda pensando un rato, y añade. – O merodeadora.

- Eso será si yo te dejo, Black. – Lily se deja caer sobre el posabrazos del sofá y le pasa una mano por los hombros a James, que se gira inmediatamente para darle un beso. Sirius resolpa.

- Oh, por Merlín. Íos a un hotel.

James sólo sonríe y sujeta a Lily por la cintura, girándola para posarla sobre su regazo, inclinándose sobre ella para poder besarla más profundamente, enredando sus dedos entre la espesura de sus rizos. A su alrededor la gente empieza a silbar y a aplaudir, entre risas, y Sirius murmura pervertidos y se levanta para salir fuera, sonriendo discretamente alrededor de su cigarrillo.

La noche es fresca, húmeda con el principio de la primavera, y Sirius respira hondo antes de encender su cigarrillo con el mechero que le ha robado a Remus esa mañana. Bajo la luz trémula del porche se da cuenta de que tiene una foto de un tío rubio en pelotas, cubierto sólo por una sábana, y Sirius gruñe porque es ridículo pero no le hace ni puta gracia.

- ¿Canuto? – La vocecilla de Peter se cuela en el silencio de la noche y Sirius se gira, algo sobresaltado.

- Pete. No te había visto. – Dice, entre volutas de humo.

- Acabo de llegar. – Se encoge de hombros y Sirius puede ver las líneas de cansancio dibujarle la cara. Incluso al pequeño Peter se le nota la guerra. – Y he visto que te ibas, ¿ha pasado algo?

- Qué va. Ya sabes, viejos vicios – Contesta, señalando al interior. – nuevas reglas.

- Ah. – Peter asiente y mira al suelo, frotando sus rechonchas manos entre sí, aunque ya no hace frío.

Se quedan un momento en silencio, rodeados por los sonidos extraños de la noche y los sonidos bastante más familiares del interior. Alguien se ríe excesivamente alto al otro lado de la puerta, como intentando espantar los malos espíritus, y Sirius se gira hacia Peter.

- Hacía mucho que no te veía, esás desaparecido del todo. – Sirius le golpea un poco el hombro, sin malicia. - ¿Es que ya no nos quieres?

- ¿Qué? No— claro que os quiero. – Se apresura a contestar Peter, agitando las manos. – Es sólo que— las misiones. La Órden. Ya sabes.

- Ya sé. – Ya sabe, ya sabe perfectamente.

Sabe que ser de los buenos es un trabajo a tiempo completo, un trabajo peligroso con pocas ventajas que te lleva hasta las esquinas del planeta siguiendo pistas vaporosas y seguramente erróneas. Un trabajo que te deja poco tiempo para las cosas más importantes de todas, como esas que están dentro de la casa de Lily y de James. También es un trabajo que alguien tiene que hacer, pero todos desearían que no tuviesen que ser ellos de vez en cuando.

- He oído cosas. – Confiesa Peter, repentinamente, mirándose los pies todo el rato.

Sirius tiene un mal presentimiento, repentino y terrible. Y no quiere saberlo, de verdad no quiere saberlo, pero lo pregunta de todas maneras.

- ¿Cosas?

- Dicen— he oído— - Peter toma aire, mirándole de reojo. – Sirius, hay un traidor.

El cigarro se escapa de entre sus dedos, apagándose con un siseo agudo contra la madera húmeda.

- Quién. – Y no lo está preguntando, Sirius le está demandando, le ordena que se lo diga, acercándose amenazadoramente, uno, dos, tres pasos hasta que se está inclinando sobre él, Peter mirándole asustado y el corazón de Sirius galopando en su pecho.

Peter lo hace sin querer, probablemente, un movimiento involuntario, inofensivo, pero mira fugazmente hacia la ventana que da al salón de los Potter, donde Remus está todavía hablando con la mujer. En ese preciso instante algo le hace mucha gracia y echa la cabeza hacia atrás, descubriendo la larga columna de su cuello, y se sujeta el pecho como si le doliese. Es un movimiento diminuto pero Sirius lo ve y gruñe, sujetando a Peter firmemente por uno de sus hombros, las uñas curvándose dentro de su piel.

- Y ten mucho cuidado antes de contestar, Pettigrew, porque esa gente que está dentro, esperando por nosotros son nuestros amigos. Nuestra familia. – Le sacude bruscamente. – Y no necesitamos tus rumores de mierda ahora mismo. Ya tenemos suficientes cosas en contra nuestra como para encima empezar a desconfiar entre nosotros, ¿entendido? – Peter asiente frenéticamente, y Sirius le sacude con más fuerza. - ¿Entendido?

- ¡Sí! Si— Sirius, sí, ¿vale? Perdóname— lo siento de verdad, son— cosas que he oído— yo no— no es que lo crea— - Sirius le suelta repentinamente, empujándole hacia la puerta.

- Vete adentro. Y cállate la puta boca.

Peter asiente y sale corriendo hacia el interior, cerrando la puerta con un pequeño click a sus espaldas. Sirius aprieta la mandíbula y mira la ventana otra vez, a Remus otra vez, hablando con Ojoloco ahora y asintiendo gravemente, y respira hondo antes de entrar él también.

Una vez dentro intenta ser como siempre, y hacer bromas impertinentes acerca del peso de Lily para luchar después por su honor con James, cucharas de plástico sus armas de elección y los muebles de la cocina su arena. Mete algo de vodka clandestino en la copa de Dumbledore y se aprovecha de ello cuando empiezan a subírsele los colores y a reírse con más facilidad, hablando alegremente de sus días como estudiante y de cómo se les echa de menos, de verdad, gamberradas y todo. Y cuando nadie le mira, cuando se está haciendo tan tarde que Peter empieza a cabecear junto al fuego, le susurra a Remus todas las cosas que quiere hacerle en cuanto lleguen a casa, húmedo y caliente contra su oreja hasta que tienen que disculparse para ir a restregarse al baño porque no aguantan más, y al final no hacen ninguna de ellas y es rápido y embarazoso y genial.

Intenta ser como siempre, cuando la gente se va yendo y sólo quedan ellos cinco, el corazón del grupo con té caliente y unas galletas horribles que ha hecho James, celebrando momentos normales, discretos, felices como éstos, aunque sólo sea porque ya quedan tan pocos.

Y no es fácil, pero lo intenta.

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