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Oscuridad

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—¿Lo han escuchado? Uno de los jades se casa.

—Imposible, ¿qué mujer podría estar a la altura de uno de los jades?

—¿Quién puede ser tan afortunada?

—¿Acaso no lo saben? Es Wei Wuxian el afortunado.

—¿Ese Wei Wuxian?

—El mismo que nos ha condenado a la desgracia, también condenará a los clanes a la furia de los dioses.

—El blanco y el negro no pueden mezclarse. La oscuridad consumirá la luz. El bien y el mal no pueden estar juntos.

 

Caminando con paso veloz, Wei Ying cruzó el vestíbulo y la entrada principal, bajó los tres peldaños y desenvainó su espada frente a aquel imponente hombre de melena oscura y espalda ancha: Wen RuoHan. El líder de la secta Qishan Wen se giró al escuchar el pequeño ruido del metal e hizo una señal con sus dedos para que sus guardias se calmaran detrás de él. La tensión se podía palpar a simple vista y la furia incontenible en la mirada del menor encendía dos grandes llamas en sus ojos violetas.

—¿Cuándo planeabas decirme que soy el prometido de uno de los jades? —cuestionó furioso, apuntando su espada directamente al pecho de RuoHan, que no parecía preocupado porque sabía que no sería herido—. Las personas hablan en el pueblo; dicen que lo hiciste para proteger a la secta. Dicen que te reuniste con ese viejo para concertar un matrimonio con uno de sus sobrinos. Dicen que soy una maldición de los dioses. Dicen que soy el hijo bastardo de...

—De nadie —respondió, interrumpiéndolo. Se acercó hacia Wei Ying para acortar la distancia que los alejaba y sujetó el mango de la espada para obligarlo a bajar su arma—. Eres mi hijo.

—¡No lo soy! Estoy harto de que me ocultes la verdad —vociferó, lanzando a Suibian al suelo—. ¿Por qué tengo que casarme? En un mes cumpliré diecisiete años, ¿por qué no esperar hasta que cumpla la mayoría de edad?

RuoHan soltó un resoplido y miró fijamente a Wuxian. Estaba enfadado, y lo comprendía, pero era lo mejor. No podía esperar un año más, el tiempo era valioso en las circunstancias que se encontraban las sectas y el mundo entero. Conforme él creciera, descubriría su cruel destino y algún día podría perdonarlo por ocultárselo.

Las señales estaban claras. Cada día que transcurría, los ojos llenos de bondad tomaban un siniestro color y se oscurecían como su alma atormentada y envenenada. Pronto, sus desequilibrados pensamientos comenzarían a dominarlo y su mente cedería a aquello que residía en lo profundo de su ser. Y cuando la luz se apagara, las sombras condenarían a todo ser vivo para siempre.

El cielo se teñiría de negro, el agua se tornaría roja, la tierra se cubriría de sangre, los muertos resurgirían de sus tumbas y en lo alto de aquella montaña, su sonrisa deslumbraría alimentándose de los lamentos. RuoHan necesitaba frenarlo, de lo contrario, ni siquiera el clan más poderoso podría contener a Wei Ying: el destinado a quebrar el universo con su poder.

Así que no se rendiría, si había una salvación para él, sería casándose con uno de los Lan.

—¡No me casaré con ZeWu-Jun! —bufó enardecido e inclinándose para recoger su espada y envainarla en su cintura—. No me casaré con él ni con ningún otro.

—No es una elección —objetó RuoHan seriamente y sin titubear. Wuxian debía entender que, esta vez, no cedería a sus caprichos. No podía perder un minuto más ni se atrevía a entregar el alma bondadosa de un joven prometedor como su hijo, porque sí, pese a no compartir sangre, era su hijo—. El compromiso está arreglado y la boda será en cinco días, así que no intentes escapar.

—¡No lo haré! —gritó, girándose sobre sus talones para continuar bajando por las escaleras hasta la imponente entrada de la Ciudad sin Noche.

Al verlo desaparecer detrás de las puertas de madera, Wen RuoHan contempló el círculo que había marcado, hundiendo el piso en un profundo agujero. Ni siquiera tenía diecisiete años y su poder contenido ya se manifestaba. Entonces, recordó aquella oscura y lluviosa noche de octubre hace exactamente catorce años.

—Yo entraré, esperen aquí —ordenó a sus soldados, quienes asintieron y formaron una fila doble frente a la cabaña que se derrumbaba a pedazos.

RuoHan empujó lo que quedaba de lo que antes había sido una puerta e ingresó. Había una cama con el colchón podrido y putrefacto, con restos de animales muertos; una mesa, sillas y varios objetos regados en el interior; las lámparas no funcionaban y las velas a punto de consumirse por completo, apagadas por el viento que rugía a través de las aberturas.

A su derecha se hallaban tres cuerpos; el primero, Wei Changze, con una espada clavada en su pecho; el segundo, Cangse Sanren, con múltiples heridas que le habían causado la muerte; el tercero y último estaba sentado en una esquina sujetando una rama de un árbol, temblando por el frío y observándole hambriento, pero no dispuesto a atacarlo. Seguramente estaba demasiado débil como para tratar de defenderse.

Por su rostro infantil, debía ser el único hijo de la pareja ya fallecida. Lucía idéntico a Sanren, a pesar de que estaba sucio y las costillas sobresalían de su ropa desgarrada. Tenía arañazos en los brazos y gotas de sangre impregnadas en su piel, pero su hermosa mirada era la certeza de que era un descendiente de la secta Wei. Un niño que estaba solo.

—¿Puedes moverte? —interrogó en una voz calmada para no atemorizarlo más de lo que ya estaba.

—¡No! —negó, agitando el palo como amenaza a Wen RuoHan—. No vengas. Los lobos están afuera, ellos regresarán.

Si había lobos, ¿por qué no se habían comido a Wei Changze o a Cangse Sanren?

—Te protegeré —juró, caminando sin detenerse hasta llegar a los pies descalzos del niño—. Los lobos no te lastimarán —aseveró, desabotonando su cálido abrigo para arropar al pequeño—. Te llevaré conmigo —anunció, envolviéndolo con el abrigo para cargarlo y acunarlo contra su pecho—. ¿Cuál es tu nombre?

—W—Wei Wuxian —balbuceó, aferrándose a lo que tenía con él: Wen RuoHan.

Al salir de allí, el fuego producido por sus manos empezó a consumir los cuerpos de una pareja enamorada. Y lo que sea que había provocado sus muertes, ardería para la eternidad junto a los recuerdos de Wei Wuxian.

Sin embargo, a la corta edad de cinco años, RuoHan se dio cuenta que Wei Ying poseía la ira de los dioses en sus venas. Estaba maldito y destinado al mismo infierno que sus padres. Por esa razón, debía sellar ese poder y el modo para hacerlo era a través de la unión con alguien que pudiera dominarlo.

La secta Lan era capaz de lograr el equilibrio.