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Ángel de la guarda

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- ¿Estás dispuesto a trabajar en un nuevo caso? Si quieres más tiempo, puedo entenderlo.
- No. Estoy bien. Necesito salir, hacer algo, o me volveré loco.
Sam lo miró con duda. Dean no estaba bien, él lo conocía mejor que nadie. Y sabía que nunca lo admitiría. Pero tenía razón en algo, distraerse le vendría bien, una buena cacería evitaría que pasara horas mirando el techo y bebiendo hasta quedarse dormido.
Le mostró a Dean la pantalla de su laptop. En Story City, Iowa, estaban desapareciendo niños en circunstancias misteriosas. Extrañas tormentas localizadas, bruscos cambios de tiempo y fenómenos meteorológicos fuera de estación acompañaban las desapariciones.
- Se ve como algo para nosotros – Dean intentó parecer interesado- ¿salimos mañana temprano? Podemos llegar en dos días.
- Si, de acuerdo. Trata de dormir. Puede ser un caso complicado.
- Yo siempre duermo como un bebé.
Sam suspiró, pero no lo contradijo. Sabía que Dean dormía menos que nunca, que se levantaba en plena noche y daba vueltas como un león enjaulado. Lo escuchaba llorar cuando se acercaba a su puerta para ver si necesitaba algo. Y cuando finalmente dormía, muchas veces despertaba gritando el nombre del ángel. Pero cuando trataba de que hablara, que expresara sus sentimientos, se burlaba de él y de sus “charlas de chicas”.
A la mañana siguiente, Dean se veía terrible, pero afirmó estar dispuesto a encargarse de los demonios que estuvieran atacando a los niños. Sin Crowley a cargo, los demonios estaban totalmente fuera de control. Ambos lamentaban la muerte de Crowley; a pesar de su naturaleza demoníaca, había sido un invaluable aliado en los peores momentos.
Sam decidió que era hora de que Jack enfrentara un caso real y el muchacho estaba muy feliz de poder salir y tener un poco de acción. Dean no parecía muy conforme, trataba de evitar al chico todo lo posible, pero no se opuso. Sam pensó con tristeza que Dean no se oponía a nada, se dejaba llevar, como si ya no tuviera voluntad.
Guardaron todo en el Impala y salieron a la ruta una vez más. Sam ofreció conducir, y Dean aceptó sin dudar. Sam se esforzó en poner cara de piedra para disimular el dolor que sentía por el terrible estado anímico de su hermano y se sentó en el asiento del piloto. Para que Dean no quisiera manejar a su nena las cosas debían estar peor aún de como se veían.
- El conductor elige la música – dijo Dean después de un par de horas en silencio – ¿que quieres escuchar?
- Me da igual. Elige tú.
Dean puso una de sus viejas cintas de rock, pero a volumen bajo. Al rato dormía, pero con un sueño inquieto, que hacía pensar a Sam que tenía pesadillas otra vez. El grito desgarrador de “¡Cas, no!” sonó en el auto tapando la música.
Sam luchó contra una lágrima que enturbió su visión. Extrañaba a Cas también, pero el dolor de Dean era tan inmenso, tan solitario y tan íntimo que estaba más allá de toda posibilidad de consuelo que él le pudiera brindar.
Miró de reojo a Jack, que tenía la vista fija en la ventana con mucho interés. Pese a su apariencia de joven humano, no dejaba de ser apenas un recién nacido que contemplaba al mundo con ojos nuevos.
A través del espejo, la mirada de Sam se cruzó con la del chico. Sus ojos eran muy bellos pero aterradores a la vez.
- Castiel debería estar aquí. Yo lo elegí para cuidarme. Lo necesito también. Ojalá pudiera traerlo de vuelta.
- Eso deseamos todos. Pero no puede ser. Está muerto de verdad. Sólo Dios puede traerlo de nuevo, pero al parecer se ha ido.
- Tal vez regrese algún día. Me gustaría conocerlo. Aunque me odie.
- ¿Por qué iba a odiarte?
- Por mi padre.
- Tú no eres tu padre. No has hecho nada malo. Ni lo harás – Sam deseó creerse sus palabras, pero sabía que el muchacho podía convertirse en el arma más mortífera si caía en malas manos.
Por respuesta Jack le sonrió y Sam no pudo evitar devolverle la sonrisa. Era la sonrisa más irresistible que había visto en su vida. Conseguía que el mundo entero se iluminara.
Sam continuó conduciendo, sintiéndose mejor. Sentía un verdadero cariño por el chico y confiaba en llevarlo por el buen camino.
De pronto Jack se inclinó sobre el asiento del copiloto y rozó a Dean con suavidad. Un resplandor dorado salió de su mano y por un instante iluminó la cara atormentada de Dean. Sam pudo ver como la expresión de su hermano dormido se suavizó, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios tensos y su respiración se hizo más calmada.
- Gracias – le sonrió a Jack.
- Es lo menos que puedo hacer. Mi padre lo mató, y Dean me culpa por eso.
Sam no lo pudo negar esta vez.
- No fue tu culpa. Dean lo comprenderá con el tiempo.
- Estaban muy unidos. Más de lo que puedo comprender. Tenían el vínculo que mi madre y mi padre nunca tuvieron.
- Tu padre engañó a tu madre haciéndose pasar por otra persona. Ella no sabía con quién estaba. Amaba al hombre al que tu padre poseyó. Y te amaba a ti, aun sin conocerte. Aún sabiendo tu naturaleza, te amó hasta el final.
Los ojos de Jack se humedecieron.
- Yo también la amaba. No pude evitar que muriera. Este poder que tengo, no sirve para proteger a los que amo.
- Hay cosas que nadie puede cambiar, Jack. Podrás ayudar a muchos con tu poder, si entrenas y no dejas de intentarlo.
Por toda respuesta Jack suspiró y volvió su vista a la ventana. Pasaron varios minutos en silencio, hasta que Jack habló.
- Dean va a morir.
Sam sintió un escalofrío. Con el tipo de trabajo que hacían, la muerte era una posibilidad de todos los días, a pesar de las veces en que la habían burlado. Pero la forma en que Jack lo dijo sonaba a sentencia, a algo inevitable e inminente.
- Todos vamos a morir. Este trabajo es peligroso, hay mil formas en que podríamos morir en cualquier momento – Sam habló con tono ligero para ocultar su angustia.
- No es eso. Cuando me conecté con Castiel, antes de nacer, percibí algo más, un alma humana, fusionada con su Gracia. Estaba en todos sus pensamientos, en todos sus actos. Parte del alma de Dean se unió a él, y parte de él está en Dean. Ahora a Dean le falta parte de su alma. Un ser humano no puede sobrevivir mucho tiempo con su alma dividida.
- ¿Es por eso que está tan mal?
- Eso creo.
- ¿Hay algo que se pueda hacer?
- No lo sé.
Sam miró a Dean, que ahora dormía con un sueño tranquilo. Volvió a concentrarse en el camino, y su único signo de tensión era la fuerza con que apretaba el volante.
- Lo salvaremos. Ya verás – dijo con fiereza, mientras Jack asentía.

Era ya de noche cuando se detuvieron a dormir en un hotel de carretera, los tres en la misma habitación, para mayor seguridad. Jack ayudó de nuevo a Dean a dormir sin pesadillas, pero éste no se veía mejor a la mañana siguiente. Después de un viaje sin incidentes, llegaron a Story City a las siete de la tarde. Estaban en octubre, ya era de noche y hacía frio.
Según el letrero ubicado a la entrada, apenas vivían 3400 personas, un típico pueblo de esos que visitaban con frecuencia en su trabajo.
Se alojaron en el Viking Story, el hotel más barato del pueblo, que para lo que costaba, era una mejora respecto a los sitios en que solían hospedarse. El hotel tenía forma de U, las habitaciones se abrían en torno a un gran espacio de estacionamiento. Cómo sólo un par de autos lo ocupaban, no fue un problema estacionar el Impala exactamente enfrente de la habitación triple que les asignaron. Estaba limpio y las camas eran grandes y cómodas.
Como ya era tarde y estaban muy cansados, decidieron cenar en el pequeño restaurante del mismo hotel, descansar esa noche y empezar la investigación a la mañana siguiente.
La comida no estaba mal, y la cerveza resultó ser bastante decente. Dean bebió demasiado, pero Sam no quiso decirle nada. Estaba agotado, física y emocionalmente, y no deseaba iniciar una discusión con Dean. Y además comprendía que la bebida era el menor de los problemas de su hermano en ese momento.
Jack no quiso beber alcohol y se durmió rápido, estaba cansado también. Como fue el primero en dormirse no pudo ayudar a Dean esta vez, de modo que fue otra noche de horror para Dean, y también para Sam en los momentos en que despertaba.
Tras el desayuno, que consistió en un café fuerte y tostadas que tomaron en el restaurante del hotel, decidieron entrevistarse con las autoridades del pueblo en sus identidades falsas de agentes del FBI. Sam decidió que lo mejor era que Jack se paseara por el pueblo y tratara de detectar algo paranormal. Según el Sheriff local, de apellido Story y descendiente del juez que dio nombre al pueblo, eran cinco los niños que habían desaparecido en circunstancias inexplicables. Además de ser niños, no tenían nada en común, eran dos niñas y tres niños, de diferentes edades. No vivían en la misma calle, sus padres tenían distintas profesiones, y niveles educativos y económicos diferentes. Los tres varones iban a la única escuela pública del pueblo, una de las niñas asistía a la única escuela privada, y la mayor de las niñas concurría a la escuela secundaria, también la única del lugar.
Todos tenían miedo, especialmente los padres. En ese pueblo pequeño, nadie hablaba de otra cosa, y corrían las teorías más absurdas.
Una de las niñas había desaparecido de su casa, otra de la escuela, un tercero de la plaza, y dos de los varones de una fiesta de cumpleaños. Un apagón dejó a todo el pueblo a oscuras y la fiesta terminó a la luz de las velas. En la confusión, nadie advirtió la desaparición de dos niños hasta que volvió la luz y los padres fueron a buscarlos. La tormenta que se desató ese día tiró una de las torres de alta tensión que traían electricidad al pueblo, y eso causó el apagón. Era todo lo que el sheriff sabía. Las investigaciones realizadas hasta el momento no habían dado resultados.
Dean y Sam pasaron toda la mañana con el sheriff discutiendo los detalles del caso y obteniendo las direcciones de los padres de los niños. Al mediodía, el sheriff les recomendó un lugar para comer y les dio una carta con sello oficial, donde solicitaba a la gente del pueblo su colaboración con los agentes del FBI.
Pasaron por el hotel a cambiarse de ropa para ir a comer, no querían llamar la atención y tal vez inhibir las habladurías de la gente del pueblo. Llamaron a Jack para reunirse con él y se dirigieron al restaurante recomendado por el sheriff. Sam observó que Dean estaba un poco pálido, y se veía cansado.
- ¿Cómo lo llevas? - le preguntó preocupado, en cuanto se sentaron a una mesa próxima a la pared, lejos de las pocas mesas ocupadas.
- Bien. Quiero atrapar a lo que sea que esté haciendo ésto – contestó Dean con determinación.
- Vamos a averiguar lo que está pasando. Y lo atraparemos.
En eso llegó Jack, con su mirada alerta y sus ojos brillantes. Les hizo un saludo con la cabeza y se sentó a la mesa. Inmediatamente Sam dejó de preocuparse por Dean y volcó su atención en Jack.
- ¿Averiguaste algo?
- Si – Jack no dijo más nada.
Sam arqueó las cejas.
- ¿Algo que quieras compartir?
- Sí.
En eso se acercó una camarera, rubia, bien formada, de unos treinta años, que les entregó un menú a cada uno.
- ¿Turistas? Espero que disfruten del pueblo. Aunque no llegan en buen momento.
- ¿A qué se refiere? - preguntó Sam, fingiendo sorprenderse.
- Las desapariciones de los niños. Es terrible. El pueblo está maldito. Se viene el fin del mundo. Ya no sé donde vamos a parar.
La chica elevó las manos al cielo en señal de desesperación. Luego le hizo un guiño a Dean, que no se dio por aludido y se concentró en mirar el menú.
Jack le dirigió una mirada penetrante a la chica, y ésta se retiró, algo incómoda.
- ¿Por qué la asustaste? A lo mejor sabía algo – Sam fingió no advertir el desinterés de su hermano en la vistosa camarera, pero se sintió mal por él. La chica era del tipo que le gustaba a Dean, y el hecho de que él no la mirara siquiera era una señal más de lo mal que se encontraba.
- No sabía nada. Pero no me gusta, oculta algo.
- ¿Qué es? ¿Algo que ver con el caso?
- No. Creo que sólo trata de cobrarles más a los turistas. Seducirlos y robarles además.
- Con nosotros no tendrá suerte – dijo Dean con desgana.
- ¿Que querías contarnos, Jack? - preguntó Sam.
- Hay algo mal aquí.
- ¿Puedes explicarte más?
- Siento algo extraño. Algo que no pertenece aquí. Otro lado. No sé que es.
- ¿Dónde sentiste eso extraño?- siguió preguntando Sam.
- Por todas partes. Los árboles. Hay algo mal con los árboles.
Jack no pudo decirles más, no podía explicar muy bien lo que sentía. En eso llegó la camarera y guardaron silencio mientras les servían.
Comieron sin hablar demasiado, excepto para hacer planes para la tarde. Sam se preocupó una vez más cuando vio que Dean comía mucho menos que de costumbre y sin entusiasmo. Ni siquiera quiso postre. No dijo una palabra, sabía que no servía de nada. Decidieron empezar por la escuela privada de donde había desaparecido la primera niña. Dean y Sam interrogarían a la maestra de la niña desaparecida y si obtenían permiso de las autoridades de la escuela, a los demás niños. Mientras Jack recorrería la escuela a ver si detectaba algo fuera de lo normal. Pasaron nuevamente por el hotel a ponerse los elegantes trajes del FBI. Hasta Jack tenía uno, proporcionado por Sam, además de la credencial, ya que decidió presentar a Jack como un joven agente en entrenamiento.