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La perfección no es un destino, es un viaje

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“Lo que odio es el “cambio””

Aún lo recordaba bien, aunque ahora no tuviese en sus manos la cabeza de Gyokko.

“Cada cambio es “degradación”, una declinación.”

El aire de la noche acarició su rostro y se llevó el humo del tabaco que lo envolvía, como si fuese un velo desbaratándose en la oscuridad.

“Lo único que me gusta es la “permanencia””

Permanecer en el poder, por ejemplo. Sonrió y se le afiló la mirada. En un mundo tan caótico como este, donde los humanos que cazaban demonios caían cada día, había una sola constante, y era lo que más le gustaba.

“Si algo no cambia por la eternidad, es porque está en un estado perfecto.”

Había que ser creativo, a veces, porque la evolución era una constante y, por lo tanto, un viaje constante de perfección. Porque la perfección no era un destino, sino la última etapa de un viaje que él estaba transitando. Con algún que otro detalle en el camino para continuar en él, claro, pero al final los detalles se hundían en el cuadro general, y era uno muy bonito. Uno con él en la punta de la pirámide y el resto del mundo bajo él.

El orden específico no era tan relevante.

Los seres inferiores morirían, eso era una constante, y cuando una variable se introducía en el plan, no tardaba en encontrarle el hilo. Más si esa variable era un humano, uno que se le había escapado unos años antes. Uno que crecía de forma constante, y que vencía a los demonios… y sentía empatía por ellos.

Muzan se relamió los labios.

En esos momentos entre tabacos, cuando había terminado el anterior y el regusto actuaba como recuerdo y añoranza del siguiente, podía ver las opciones. Había oído a los hombres humanos decir que ellos los tenían luego de un coito placentero. ¿Tanjirou los tendría? Su evolución y crecimiento eran constantes, de todos modos, y llegaría un día en el que se acabarían los demonios que quisieran enfrentarlo, y solo quedaría él, en la cima de la pirámide.

Un héroe es tan grande como los villanos a los que se enfrenta.

Y viceversa.

Había intentado ese camino, antes, para encontrar la fórmula perfecta, con las variables indicadas, para que durase por la eternidad. La perfección era un viaje, y parecía haber encontrado la variable principal. Una que, cuando llegase el momento, daría sus frutos, y los tomaría con el inmenso placer que sentía cada vez que uno de sus largos planes tenía éxito.

La espera aviva el deseo.

Uno de los signos de la madurez es retrasar la gratificación.

Y mientras más lo veía crecer, más ansiaba probar su sabor, tomarlo, poseerlo y hacerlo suyo, cuando al fin Tanjirou comprendiese que ese era su destino. Ningún humano podría darle lo que Muzan le ofrecería, porque los humanos estaban por debajo de Muzan. Con cada batalla se acercaba a su floración (y a su desfloración, se rió por lo bajo). Con cada plan que le proponía adaptar (porque Tanjirou no le hacía cambiar cosas, no, Muzan elegía otras tácticas para aprovechar mejor las circunstancias, eso era todo), él se hacía más listo, más fuerte, y más deseoso de devorarlo.

Después de todo, todo gran líder necesita un cónyuge a su altura.