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Y el espectro de ti

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1.- Uno de esos días...

 

Remus había tenido uno de esos días...

Uno en que nada parecía haberle salido bien, porque la alarma falló y llegó tarde a su primera clase. Luego se percató que era martes, y que en su mochila llevaba los libros y cuadernos del miércoles. A la hora del almuerzo había descubierto su billetera vacía, y con las monedas de su bolsillo se había tenido que conformar con un café de terrible calidad sólo para buscar un poco de calor. Durante sus revisiones de tesis el asesor había mencionado que quizá no alcanzaría a titularse con su promoción. El colmo había llegado en su empleo, cuando la señora Figg le anunció que iba a cerrar la librería donde hacía turnos en las tardes y que aquella sería su última semana porque ya no podía permitirse pagarle el sueldo de la siguiente.

Con el cielo amenazando de lluvia sobre su cabeza, Remus había considerado resignarse a un chapuzón y sólo cruzar los dedos porque no se le degenerara en una pulmonía, pero al parecer alguien más se había percatado de su predicamento, porque desde la cafetería al otro lado de la calle, alguien le hizo señas para que se acercara.

Corrección: No alguien, sino un atractivo individuo de cabello negro y largo hasta los hombros que despertó la curiosidad de Remus.

De buenas a primeras, Remus consideró ignorar su llamado y proseguir su camino, pero entonces la lluvia se soltó por fin, y como en la mochila tenía su portátil y los últimos respaldos de su tesis, al final optó por entrar a la cafetería.

—¿Está helada el agua? —Preguntó la persona que le había hecho señas, y Remus resopló.

—Puedes apostar que sí.

—En ese caso ven —le invitó su interlocutor a acompañarle en la silla contigua—. Tengo espacio de sobra en mi mesa.

Un tanto sorprendido por la ruta que estaba tomando ese primer encuentro, Remus estuvo a punto de preguntar qué había orillado a la otra persona a hablar con él, pero éste se le adelantó.

—Perdona mi intromisión. Estaba en la librería cuando... Ya sabes. No quería escuchar a escondidas, pero estaba buscando a un dependiente para pagar unos libros y los escuché a ti y a la propietaria. Lo siento.

—¿Qué, por perder mi empleo? No es culpa tuya —dijo Remus al sentarse frente a él en la mesita que daba a la ventana y con las mejores vistas del local—. Debí haberlo visto venir, hacía tiempo que apenas vendíamos libros. Es sólo que...

—¿Es un empleo de tiempo completo?

—Parcial. Sirve para pagar mis cuentas en Londres.

—Ah —dijo la otra persona—. ¿De dónde eres en realidad?

—Gales. Y tú sí que eres de Londres, ¿verdad? —Corroboró Remus, pues su acento lo había delatado.

—Nacido y criado. Sólo he estado fuera durante los años de internado, pero todos en mi grupo de amigos éramos de Londres, así que el acento de Escocia jamás se quedó.

—Yo tengo ya un par de años en Londres y el acento no me ha ni rozado. Apenas abro la boca y todos saben que soy de fuera de aquí.

—Interesante —dijo el individuo, que levantó una taza de té hasta los labios y antes de beber se percató de su descortesía—. Oh, perdona. ¿Gustas algo de beber?

—Erm, mejor no —dijo Remus, que recordaba la ausencia de monedas o billetes en sus bolsillos.

La persona frente a él mantuvo su vista fija en Remus. —¿Es porque no quieres o...?

—Olvidé mi billetera esta mañana —explicó Remus—. De hecho olvidé muchas cosas esta mañana, y he tenido un día terrible por su causa, pero estoy bien, no te preocupes. El que me invitaras aquí adentro me ahorró al menos el tener que mojarme de vuelta a casa.

—¿Has comido algo siquiera?

—No, pero-...

—Entonces yo invitó —dijo el desconocido, y esbozó una sonrisa que provocó en Remus un cierto dolorcillo en el estómago que nada tenía que ver con su ayuno forzado.

—No podría aceptar.

—¿Por qué no? Lo hago sin dobles intenciones, sólo un amigo ayudando a otro.

—Lo agradezco y todo, pero... ¿No conocen al menos los amigos el nombre del otro? —Le recordó Remus su estatus de desconocidos, y su interlocutor se dio un golpecito en la frente con dos dedos.

—Caray, cierto, muy cierto. Sirius.

—¿Uh?

—Me llamo Sirius.

—Oh.

—¿Y tu nombre?

—Remus.

—Ahí lo tienes. Ahora somos amigos que conocen sus nombres —dijo Sirius, que debajo de un libro que tenía abierto frente a él, extrajo un pequeño menú—. Este sitio es genial, y preparan toda clase de sándwiches; esa es su especialidad. Yo en lo personal elegiría éste porque viene con un acompañamiento de ensalada de papa, pero éste de acá también está delicioso y-...

—Sirius —lo detuvo Remus con una mano en su brazo, pero éste denegó con la cabeza.

—Por hoy, invito yo, ¿ok?

—Pero...

—Digamos que es mi intento por equilibrar las fuerzas del universo. Después del día que seguro has tenido, al menos déjame tratar de compensarlo. Es mi acción buena para conseguir puntos de karma.

—No es necesario —murmuró Remus, pero su estómago lo delató con un ruido voraz que reverberó entre ellos dos.

—Te diré algo —propuso Remus—. Hoy pago yo, y puedes agradecérmelo la próxima vez que nos veamos con una taza de té.

—No suena del todo justo si planeas invitarme a comer un sándwich.

—Eso sin olvidar un refresco y un postre —dijo Sirius, que con todo sonrió—. Por favor, acepta. Me gustaría poder ayudarte, y de paso me encantaría contar con tu compañía. Al menos mientras dure la lluvia —señaló a través de las ventanas el aguacero que caía de manera constante y que dejaba a Remus atado al techo que lo resguardaba y a esa silla de la que no quería pararse.

Remus inspeccionó el rostro de Sirius en busca de cualquier señal de mala fe en su persona o acciones. Por todo lo que podía deducir, tanta generosidad en una ciudad como Londres nunca era de fiarse tan fácilmente, pero ni sus instintos le pedían salir corriendo de ahí, y en lo contrario, su atracción por Sirius se puso en manifiesto cuando a éste se le vino sobre el rostro un mechón de cabello negro sobre los impresionantes ojos grises que sólo de cerca se apreciaban y se lo retiró con un movimiento ágil, casi demasiado sensual para la hora y el lugar en el que se encontraban.

—¿Me juras que no tienes malas intenciones? —Preguntó Remus sólo para cerciorarse, pero en sus labios ya tenía la respuesta.

—Quizá sólo buscaba una excusa para tenerte como compañía. A menos que...

—No, está bien —le aseguró Remus, que por su cuenta consideró ese momento preciso como el instante en que la suerte de su día cambió.

Que estaba en lo correcto. Y a la vez no.

 

Después de horas en el café donde comieron, bebieron, volvieron a beber, y por fin no les quedó de otra más que marcharse porque hacía rato que había dejado de llover y el lugar estaba a punto de cerrar por el día, Remus y Sirius se encontraron afuera del local y con el nerviosismo de tener que decirse adiós.

—Te acompaño a casa —dijo Sirius, y Remus se vio tentado a aceptar.

Después de todo, ‘casa’ estaba apenas a diez manzanas de distancia, y bien podrían prolongar más su mutua compañía durante el camino, pero... ¿No era eso precipitarse? Vale, que en ese momento consideraba a Sirius una especie de amigo a pesar de que apenas unas cuantas horas atrás era un desconocido, y lo que era más, el flirteo mutuo al que se habían sometido hablaba a gritos de las verdaderas intenciones que éste tenía para hacerle compañía, pero por una vez en la vida, a Remus no le importó.

—¿No importa que esté lejos?

—Mejor así —dijo Sirius con un encogimiento de hombros y una encantadora sonrisa—. Así me da oportunidad de pasar más tiempo contigo.

Remus rió entre dientes. —¿Y esperas ganar algo con esa frase cliché?

—¿Una última taza de té?

—Ya veremos...

 

Al mudarse a Londres para empezar sus estudios superiores, Remus había recibido de su mamá una lista con incontables consejos para su nueva independencia, y que iban desde la manera correcta en que podía prepararse sus platillos favoritos, cuánto detergente necesitaba en la lavandería, y pasando por toda clase de reglas implícitas en cuanto a cortesía, orden y supervivencia.

En esa última categoría, Hope Lupin había sido sumamente enfática al recalcar que Londres era La Gran Ciudad, y que Remus debía valerse por sí mismo tanto como le fuera posible. De la parte de que no pasear por las calles más peligrosas de la urbe y no actuar como campesino fácilmente impresionable ya sabía bien Remus, pero como suele suceder en esos casos, a veces el sentido común toma vacaciones cuando lado a lado y rozando tus manos camina un Adonis que no para de demostrar su interés por ti y lo remata con bromas sucias capaces de provocarte una risita nerviosa cada tanto.

Luego de tres calles, Sirius había insinuado interés por conocer el dormitorio de Remus.

Para la quinta manzana, Remus había correspondido a sus juegos.

En el octavo cruce habían bromeado con hacer esa taza de té una doble para la mañana.

Y en la esquina que conducía al edificio en donde Remus rentaba con su mejor amiga Lily, poco les faltó para no emprender un trote apresurado.

—Mamá me mataría por dejar a un desconocido entrar a mi casa —murmuró Remus contra la puerta, Sirius tan cerca de él que el calor que irradiaba su cuerpo amenazaba con provocarle una combustión espontánea.

—Sé que tienes una enorme cicatriz en la espalda porque de pequeño tuviste un accidente en automóvil —dijo Sirius, posando su mano entre los omóplatos de Remus—, y te he contado de la razón por la que uno de mis colmillos tiene una melladura... Eso no nos hace extraños, ¿o sí?

—Mmm... —Fue la vaga respuesta de Remus, que consiguió abrir por fin la puerta y dejarlos pasar.

Adentro, aunque el espacio era reducido y puede que hasta un poco apretado por culpa de sus libros y los de Lily, estaba limpio, y Remus agradeció en silencio que la noche anterior hubieran hecho limpieza a fondo y Sirius no encontrara en el fregadero una pila de trastes sucios.

A punto estaba Remus de girarse para bromear con Sirius que aquel sitio era poco, pero era suyo, cuando éste se le adelantó al posicionarse frente a él, y tras sujetar su rostro con ambas manos y mirar en sus ojos por una respuesta, lo besó.

Y Remus se lo permitió.

Echándole los brazos a Sirius alrededor del cuello, Remus pegó sus cuerpos y disfrutó de aquel beso como había fantaseado a lo largo de la tarde.

Al diablo con sus abrigos y que sus mochilas habían quedado en cualquier sitio, porque en el aquí y el ahora, la mera idea de poner distancia entre él y Sirius era una aberración.

Y Sirius parecía ser de la misma idea, pues al separar sus bocas para tomar aire, sus labios todavía estaban en contacto, y su aliento se entremezclaba.

—Lo siento —murmuró—, olvidé preguntar si podía besarte.

—Da igual. Hazlo otra vez —replicó Remus en el mismo tono de voz, e iniciando por su cuenta un segundo beso.

Pronto cayeron juntos en el sofá, y en su urgencia por tocar la piel del otro, tuvieron que conformarse con lo que estaba a su alcance, como la franja de piel que la camisa de Sirius exhibía en sus muñecas, o los centímetros extras que aparecían en el cuello de Remus al remover su bufanda.

La premura de tocarse iba de la mano con el miedo de que el otro recuperara la cordura y le pusiera un alto, pero en realidad lo que los detuvo fue el incesante repiqueteo de un móvil.

Remus sabía que no era el suyo, y Sirius sabía que era el suyo porque al instante puso un alto a su intensa sesión de magreo y con un bufido se inclinó por un costado del sofá hasta encontrar en su mochila lo que buscaba.

De espaldas en el sofá y con una parte del peso de Sirius sobre el suyo, Remus bromeó: —Sólo dime que no es un novio celoso buscando por ti.

Sirius no le siguió la broma. —No, es un asunto familiar. Erm, ¿me das un segundo?

Remus asintió, y al instante el peso de Sirius desapareció, por lo que no le quedó de otra más que volverse a sentar y recomponer su ropa.

La mortificación de sus acciones subió como la marea en el interior de Remus, y no mejoró mientras de reojo observaba a Sirius escribir como poseso en su móvil y recibir un mensaje tras otro con la misma rapidez que los enviaba.

Al final, luego de los cinco minutos más incómodos de los que tuviera noción (y Remus una vez había estado escondido en el armario de una habitación en la que durante una fiesta una pareja eligió para tener sexo), Sirius soltó una maldición por lo bajo y movió la cabeza de lado a lado.

—Lo siento, Remus —dijo de pronto, alzando la vista del móvil y mostrando en el rostro las señales de haber recibido una terrible noticia—. Tengo que marcharme.

Eso, o era un excelente actor, pero Remus quería creer en su inocencia.

—Uhm, ok.

—Lo siento tanto en verdad —repitió Sirius, mientras recogía su mochila de donde había caído y se reacomodaba la ropa en su sitio—, y no me marcharía así si en verdad no fuera una emergencia.

—Lo entiendo, en serio —masculló Remus, que luchaba contra la sensación de sentirse inadecuado.

Por una vez que traía compañía a su piso y dicha compañía se retiraba antes de que el primer botón de su camisa se soltara. Vaya suerte la suya.

Con todo, Sirius lo sorprendió frente a la puerta de su piso al volver a sacar el móvil y pedirle su número.

—Oh...

—A menos que no quisieras...

—No, claro que no —dijo Remus con una exhalación—. Es decir, sí. Te daré mi número, es... —Y Remus recitó su información de contacto, que después Sirius repitió número por número antes de guardarlo.

—Te lo compensaré, ¿ok? —Prometió Sirius, que pese a la prisa con la que se marchaba y la urgencia de atender ese otro asunto, no se cohibió al acercarse a Remus por un último beso y obtenerlo.

Después se marchó, y Remus tuvo la vaga impresión de que no volvería a saber de él.

 

Remus estaba en lo correcto y... No lo estaba en el asunto de Sirius.

Per se, Sirius no llamó ni dio señales de vida durante el resto de esa semana. De su promesa de llamar Remus no consiguió nada, salvo mirar su móvil cada cinco minutos durante clases y en su tiempo libre, y a cambio sentirse decepcionado porque continuaba sin novedades suyas.

La única persona a la que le contó de aquel encuentro fue a Lily, que escuchó en silencio sin juzgarlo y después le dio su opinión.

—Tal vez... ¿Estás seguro que tu número era el correcto?

—Lo repitió de vuelta, y vi cuando lo guardó entre sus contactos.

—Vaya...

—Se arrepintió, Lils —dijo Remus con resignación—. Sólo eso. Porque ninguna otra explicación encaja como esa. Se arrepintió y ya está.

Excepto que no, ni por asomo, y pronto quedaría demostrado.

 

Después de casi tres semanas sin tener ni el más mínimo rastro de Sirius, Remus ya se había resignado. Casi.

De día era mucho más fácil actuar como si su falta de comunicación fuera un asunto que apenas despertara su interés y del que ya se hubiera olvidado. Pero en las noches... Remus se había hecho costumbre dormir abrazado a su almohada y dar vueltas sin parar en el estrecho colchón de su cama individual sopesando distintos ‘y si...’ que últimamente habían acabado con sus mejores horas de sueño.

Lily le había comentado de sus ojeras y el aspecto que tenía de necesitar un descanso de calidad, pero Remus había acusado a los resortes de su colchón en lugar de admitir que su corto encuentro con Sirius había sido de lo más significativo y era su silencio lo que lo estaba matando.

Al fin y al cabo, su encuentro de una tarde no tenía que significar más de lo que él se permitiera, pero Remus había caído fuerte por Sirius, y a juzgar por los acontecimientos de esa tarde, el sentimiento había sido recíproco. ¿Por qué entonces no llamaba Sirius?

—Ah, esto es ridículo —dijo Remus a nadie en particular, su voz resonando ominosa en la quietud de su dormitorio a oscuras.

Pasadas ya las horas de medianoche, Remus justo estaba pensando que nada le sentaría mejor que un té de manzanilla para tratar de conciliar el sueño cuando un ruido lo alertó.

—¿Remus?

Y a juzgar por el asustado llamado de Lily en la habitación de al lado, él no era el único.

—¿Fuiste tú, Lily? —Preguntó Remus al aire, sentándose en la cama y experimentando escalofríos por doquier.

—No, esperaba que fueras tú...

—¡Carajo!

Saltando fuera de la cama, Remus abrió la puerta de su dormitorio y ahí encontró a Lily en pijama y con su bata echada sobre los hombros.

Sus siguientes palabras tampoco fueron un consuelo: —Hay alguien dentro de la casa...

—¡¿Qué?! —Se alarmó Remus, que hizo entrar a Lily en su habitación y después escudriñó en la penumbra—. ¿De qué hablas?

—Hay un hombre frente al perchero de la entrada... Lo vi y pensé que eras tú, pero...

—¿Sigue ahí?

—Sí.

—Oh, mierda...

Armándose con un grueso tomo de Literatura Contemporánea Volumen VI que tenía sobre su escritorio, Remus salió de su habitación y tanteo en la pared por el interruptor más cercano, que resultó ser el de una fea lámpara de pie que Petunia, la hermana de Lily, le había regalado a ésta durante la mudanza. Era en verdad una pieza horripilante que no combinaba con nada con el resto de la decoración y afeaba la habitación, pero como nunca estuvo Remus agradecido por su luz cuando iluminó la estancia e hizo aparecer a su intruso.

De espaldas y con una bufanda al cuello, Remus reconoció a su imprevisto visitante como Sirius. Por un escaso segundo, antes de que desapareciera en el aire y la bufanda cayera al piso sin más.

—No... me... jodas... —Masculló Remus apenas moviendo los labios, y a su lado apareció Lily armada con un paraguas que blandía igual que si se tratara de un bat de béisbol.

—¿Dónde está? —Preguntó en un susurro.

—Se ha... marchado —dijo Remus en voz normal, y el volumen hizo a su amiga casi saltar fuera de su piel.

—¿Cómo que se ha marchado?

—Se ha ido —dijo Remus con apenas voz—. Tenía puesta esa bufanda y... —Remus se acercó al perchero y luego se inclinarse para recogerla, la examinó—. ¿Es tuya?

—No, pensé que era tuya —respondió Lily, que por igual se había acercado—. Ya me parecía extraño que te gustara esa combinación de colores.

—Mmm... Debe ser de Sirius, la olvidó cuando vino aquí.

—¿Sirius?

—Recuerdo que la tenía puesta y... debe haberla olvidado cuando pasamos al sofá.

—¿Y alguien vino por ella esta noche? ¿Es eso lo que dices?

—No ‘alguien’ —dijo Remus con el ceño fruncido y la vista clavada en el tejido entre sus dedos—. Vi a Sirius.

—¿Uh?

—Estaba de espaldas, pero lo habría reconocido en cualquier lugar por su cabello y-...

—Creo que la falta de sueño nos está afectando a ambos —le interrumpió Lily, que con todo exhaló una risita nerviosa—. Puede que no haya sido nada, y que el ruido que escuchamos antes sea una de las cañerías haciendo lo suyo, ¿correcto? La bufanda debió caerse del perchero por alguna corriente de aire y es todo. No volveremos a hablar de este asunto.

—Lily...

—Hora de dormir —dijo ésta con terror patente en su timbre de voz, y a Remus no le quedó de otra más que seguirla de vuelta a las puertas que conducían a sus dormitorios.

—Pasa buena noche, Remus.

—Igualmente, Lily —dijo Remus, que traía consigo su libro, la bufanda, y por una razón desconocida para él todavía, los vellos de la nuca en punta.

Al entrar a su dormitorio y cerrar la puerta, Remus descubrió la razón. Pues sentado en su cama y con aspecto de no tener ni la menor idea de qué hacía ahí a esas horas, se encontraba Sirius.

O al menos una porción de él...

 

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