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FULL HOUSE

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– ¡Wow, parece que llevas un continente encima!  

La bienvenida de Gilda no le hizo demasiada gracia a Emma quien entró con una expresión sombría. Sin dejar de refunfuñar, pasó de largo su camino hasta la cocina y enterró el rostro dentro del refrigerador.

Anna y Gilda intercambiaron una rápida mirada de preocupación y la segunda se acercó a la recién llegada para comprender lo que pasaba.

– Emma, ¿Estás bien? – Le preguntó cuando la embarazada salió de su peculiar refugio con los brazos llenos de manzanas.

– ¡Por supuesto! – Repuso la chica con una brillante sonrisa. Colocó las frutas sobre la mesa y cogió el cuchillo más grande, activando todas las alarmas en los presentes.

Una mujer embarazada y armada era doblemente peligrosa.

– ¿S-segura? – Insistió al ver cómo pelaba con una exagerada fuerza.

Emma se detuvo y frunció el ceño.

– Claro que sí. No, no...¡LO ODIO!

– ¡¿A-A quien odias?! – Retrocedió, asustada de terminar apuñalada por accidente.

– ¡AL PSICÓPATA! 

Ah, Norman.

Gilda exhaló un largo suspiro y se sentó a su lado dándole unas palmadas en la espalda mientras que Anna retomó su sesión de selfies para el instagram. Las dos ya se habían acostumbrado a que no importara si era invierno, verano, primavera u otoño, Emma siempre empezaba la mañana quejándose de su amigo-novio, prometido, futuro esposo, padre de sus hijos o, en resumen, el “no se qué”.

La chica antena se percató de los gestos resignados de sus amigas, pero los ignoró olímpicamente y continuó desahogandose.

El día anterior Norman y ella asistieron a su chequeo mensual con el médico. Emma estaba más ansiosa que nunca por que finalmente sabría el sexo de los bebés. Por lo mismo, cuando el doctor se opuso a darle los resultados usando la tonta excusa de “Es más emocionante esperar hasta el nacimiento”, ella resistió las ganas de ahogarlo con el transductor. A pesar de sus amenazas, él se mantuvo firme en su decisión. Norman, por su parte, estaba extrañamente callado y Emma no le dio vueltas al asunto hasta que se percató del guiño cómplice entre el psicópata y el doctor.  Ella no lo pensó dos veces y se lanzó sobre Norman tirando de sus pelos y, así, adelantar su calvicie.

– ¡Ese idiota quiere alargar mi tortura por la ridícula apuesta! – Renegó, dejando caer la cabeza sobre la mesa. Se sentía tan indignada que esa noche lo corrió de su cuarto y Norman, a su vez, mandó a Ray a dormir a la sala mientras él usaba su habitación.

– A mi me parece tierno. – Comentó Anna sin despegar la vista del móvil.

– ¡Pues a mí no! No se lo voy a perdonar esta vez. 

– Terminarás haciéndolo. – Le aseguró Gilda con confianza. – Lo engríes demasiado. 

– ¡Eso no es cierto! – se cruzó de brazos, componiendo un mohín ofendido. ¿Todo el mundo había perdido el buen juicio?

Una vez más Gilda la miró como si estuviese hablando con una niña berrinchuda. 

– Emma, seamos sinceros. Con todo lo que te ha hecho Norman desde el orfanato, deberías haber puesto una orden de restricción o al menos rechazarlo con tu brutal sinceridad. Pero, mírate ahora: estás  doblemente embarazada y a una apuesta de casarte con él. Mucho odio no le tienes, querida. ¡Ah, tampoco te escondas bajo la barata excusa del sexo por que te presentamos un sinfín de pretendientes menos chiflados, pero tú preferiste seguir encerrada en tu propio mundo con Norman. Así que ve aceptando que él es el roto de tu descosido.

La futura madre abrió ligeramente la boca en un gesto de asombro. No esperaba ese repentino discurso con evidentes tintes de regaño.

– ¡Bravo! – Aplaudió Anna y fue callada por una manzana directo en el rostro.

– Cambiemos de tema, por favooor. – Era un momento demasiado incómodo para Emma a tal punto que sintió leves golpecitos dentro de su vientre. Los bebés compartían su misma irritación y ella los calmó acariciando su enorme panza. Para tener 6 meses de gestación, parecía que iba en el último trimestre. Aún le costaba creer que dentro de poco traería dos preciosas vidas al mundo. Emma deseaba  poder acelerar el tiempo y ya tener a los gemelos o gemelas en sus brazos y llenarlos de besos y mucho amor.

– Ok, no hablemos más de tu trastorno amoroso. ¡Oh casi lo olvido! – Gilda corrió a su habitación y luego de unos minutos, volvió con un cesto lleno de ropa. – Terminé de bordar los vestidos. ¡Pruébalos!

Debido a sus notorios cambios físicos, vestir jeans o vaqueros le resultaba insoportable y cómo no quería invertir mucho en nueva indumentaria, Gilda le propuso confeccionar vestidos especiales de maternidad con telas que podía conseguir a un razonable precio.

La verdadera pasión de su amiga era diseñar ropa, pero decidió tomar la carrera de educación porque le traería más ingresos a corto plazo. No obstante, actualmente cursaba ,por las noches, diseño de modas y usaba a Emma y Anna de modelos. Ninguna protestaba por que llenaban sus guardarropas con diseños únicos y gratuitos.

– Este es mi favorito.– Emma giró con un vestido jade con detallados bordes de rombos. 

Gilda lanzó un silbido, mirándola de arriba a abajo

– Te sienta muy bien la maternidad.

– Sobretodo a tus pechos. – Agregó la dermatóloga alzando ambos pulgares a modo de aprobación.

En lugar de rebatir con un insulto, Emma se sonrojó un poco, pero no dijo nada. Cierto era que le había crecido bastante su busto y le resultaba muy vergonzoso gracias al psicópata pervertido. El maldito genio se había informado del sexo durante el embarazo y  leyó que sus pechos se tornaban excesivamente sensibles al placer. Por ello, puso en práctica la teoría.

Emma hehehe. ¿Amas lo que hago, no? – Recordó cómo hace unas noches, Norman acariciaba sus pezones, cubriendo y retorciendo con sus manos cada uno repetidas veces. Ella había lanzado un gemido de angustia por que su cuerpo ardía ante las sensaciones que le impedían pensar con claridad. Tampoco le ayudaba estar sobre su regazo con el miembro de su amante entre sus muslos simulando lentas penetraciones. Poco a poco Emma fue cediendo al deseo y cuando Norman aceleró el ritmo de sus embestidas, ella apretó con fuerza su excitación, llevando a ambos al anhelado éxtasis.

El golpe de calor en la parte baja de su cuerpo la enrojeció aún más. Había sido el orgasmo más intenso que había experimentado hasta ahora. Y a pesar de querer repetirlo, su orgullo pesaba más.

Su lucha interna fue interrumpida por la voz de Anna.

– Oye, Norman me acaba de mensajear y quiere que te reunas con él en una hora. ¡Oh, también mandó la dirección! – Le mostró la pantalla de su celular.

¡¿Cómo se atrevía ese descarado..?!

– ¡Pues díle que no quiero!

La rubia tecleó y volvió a mostrarle su chat. Esta vez Norman ofrecía llevarla a su pastelería favorita. 

Era un incrédulo si pensaba que ella caería con ese pobre ofrecimiento.

– Ahora dil…

– ¡Stop!, no soy su lechuza mensajera. ¿Dónde está tu celular?

Emma recordó que había silenciado su móvil desde la mañana y , de mala gana, lo sacó de su cartera. Cuando lo encendió, fue bombardeada con un sinfín de mensajes y llamadas perdidas del psicópata y casi lo dejó caer por que sonó de improviso.

Emmaaaaaaaaa – Lloriqueaba Norman al otro lado de la línea. Ella pudo percibir toda la angustia en su voz.

– ¡¿Qué quieres?! – Casi le ladró.

Los extraño mucho.

– Norman, nos vimos hace menos de 3 horas.

Una eternidad.

En respuesta ella sólo exhaló un largo suspiro. 

– Es tan difícil sin ustedes… – Continuó con sus lamentos y Emma le hubiese colgado sino fuera por las fuertes patadas dentro de su vientre. Los bebés habían percibido la voz de su papá y cada vez que sucedía eso, ellos no se detenían con sus movimientos hasta que Norman les hablara muy de cerca.

Era maravillosamente frustrante verlos confabular  a favor de su padre desde sus entrañas.

– … ¿Dónde nos vemos? 

Luego de un minuto de exclamaciones y alabanzas, su acosador le compartió la dirección del punto de encuentro. Le pareció curioso que su reunión quedara en uno de los barrios más ostentosos de la ciudad. ¿Qué estaba planeando el psicópata?

– ¡Entonces tendrán una cita! – Exclamaron sus amigas a la vez y antes que ella las sacara de sus ensueños, ya la habían sentado para arreglarla.

Emma dejó que la usaran como una muñeca de trapo y pasó un largo rato cabeceando de sueño hasta que alguien le pellizcó la nariz con fuerza  y despertó sobresaltada.

– ¡Ya estás lista para tu cita! – La habían peinado con una intrincada trenza y delinearon sus labios con una tonalidad rosa pastel.

– Sólo quiero mi cheesecake – murmuró mientras las tres se despedían con un abrazo grupal.

– ¡No olvides lo del “descosido”! – Exclamó Gilda de golpe, cerrando la puerta tan pronto como terminó de hablar.

La joven embarazada permaneció en calma, pero durante el trayecto sus pensamientos se perdieron en el sermón que le dió su amiga. 

Ella nunca dudó que su relación con Norman jamás pasaría del plano sexual. Él era un idiota, pervertido, acosador, psicópata. Debería odiarlo, despreciarlo...pero la realidad era que  su corazón también se excitaba con emociones tan desconocidas como agradables que sólo él la hacía sentir.

¿Que podría ser lo peor de …?

Emma sacudió la cabeza. 

Su mente la estaba traicionando. Las hormonas del embarazo alteraban su raciocinio y no se sentía ella misma.

De pronto los golpes dentro de su vientre se intensificaron y alzó la vista hacia el frente encontrándose con el culpable de cómo , ahora mismo, los latidos de su corazón se tornaban más rápidos que antes.

¡Emmaaa! – Norman corrió hacia ella con la intención de abrazarla y besarla, pero su musa lo detuvo a tiempo tomándolo de ambas mejillas y apretujándolas.

– ¡Ay ay, duelemmm ummm cariummm! – Se las arregló para balbucear el joven con los mofletes rosados de tanto pellizqueo.

– Es parte de tu castigo. – Sentenció en tono firme liberándolo.

– Puedes castigarme de otras maneras. – Movió sus cejas insinuante mientras se frotaba su violentado rostro. Lo usual era que su querida  reaccionara con una agresión física, verbal o ambas, pero esta vez, para asombro de Norman, ella sólo apartó la mirada con una pequeña sonrisa casi imperceptible que se fue transformado en una estruendosa carcajada.

– ¿Qué voy a hacer contigo?

– Lo que quieras. – Se inclinó para depositarle un beso en la frente y entrelazar sus manos. – Soy todo tuyo. – Emma dejó escapar un leve resoplido y le permitió apoyar la cabeza sobre su hombro quedando en esa posición por un largo rato sin importarles el resto de personas que transitaban alrededor suyo. 

En momentos así, Emma pensaba que el discurso de Gilda tenía cierto sentido. El idiota de Norman era el único que podía orbitar en su mundo.

– Aún sigo molesta contigo. – le informó, rompiendo la pequeña burbuja de intimidad que se había creado entre los dos.

– Emmaaaa… – Se apartó un poco para poder mirarla a la cara y batió sus pestañas a modo de súplica. – ¡Ya te pedí perdón!

– No es suficiente. 

– ¿Debo pararme de manos? ¿Corred desnudo por todo el vecindario? ¿Quemar a Little Bunny? ¿O…? – Fue callado por una mano sobre su boca.

– Nada de eso, idiota. Sólo prométeme que no volverás a tomar ese tipo de decisiones sin consultarmelo. – Él asintió rápidamente, pero Emma no le creyó. – Estoy hablando en serio. Somos un equipo.¿Entiendes? Los dos juntos.

Cuando pareció que finalmente captó su mensaje, ella lo soltó y dio un paso atrás. Sin embargo, Norman la tomó de la cintura y la atrajo para darle un rápido beso en la boca. Sus miradas conectaron  reflejando mutuo entendimiento.

– Lo prometo – Extendió una mano y le rozó la mejilla con suavidad mientras observaba, dichoso, cómo ella inclinaba el rostro buscando más, mucho más de sus caricias. Su otra mano se deslizó hacia su enorme vientre y fue recibido por unos golpeteos. Un brillo emocionado iluminó sus ojos.

– ¿Cómo se portaron hoy?

– Muy bien hasta que llamaste.

Lejos de hacer otro berrinche, se agachó y frotó su rostro contra su panza, reconfortando de tener a los tres a su lado. 

Su familia.

Tal vez era un simple gesto, pero Emma no terminaba de acostumbrarse a ver esa nueva faceta en Norman y sólo atinaba a desordenar su cabello con los dedos.

– Ya quiero que nazcan, campeones.

– O campeonas.

Su pervertido esbozó una sonrisita de suficiencia.

– Su mamá no acepta la derrota.

– Aún no nacen, tonto.

– Llevarán los anillos, pero no los babeen mucho hehehe

– ¿Me estás ignorando? – Al no recibir respuesta, Emma alzó la vista y entonces cayó en la cuenta que se encontraban frente al edificio de una conocida compañía musical. – ¿Qué hacemos en este lugar?

– ¡Oh, casi lo olvido! – Norman se puso de pie y le sonrió con calidez, señalando la entrada. – Adentro te lo explicaré todo.

A ella le resultó difícil adivinar lo que traía entre manos el psicópata así que no le quedaba más remedio que seguirlo. La recepción consistía en paredes decoradas de cds de vinilo y muebles con forma de símbolos musicales. En el centro estaba el escritorio de la recepcionista quien saludó a Norman con confianza como si ya hubiera estado ahí antes.

Se sentaron en uno de los amplios sofás y el joven tomó las manos de su amada quién seguía sin entender la situación.

– Emma, hace unas semanas vi una oferta laboral en internet de una disquera. Estaban buscando compositores para un grupo debutante. Mandé algunas de mis canciones y me llamaron ayer para informarme que les gustó bastante mi trabajo y en unos minutos tengo la entrevista final. No te lo conté antes por que quería estar seguro de recibir la llamada.

La chica antena tardó varios segundos en procesar la información, y para cuando sus neuronas armaron el rompecabezas, ella le dio un manotazo en el brazo.

– Dime que no mandaste las canciones por mis cumpleaños – Se llevó las manos a la cara horrorizada ante la posibilidad que más personas tengan conocimiento de esas composiciones.

–  ¡Sólo  las recientes! –  Exclamó con orgullo. – Las de pequeños son muy personales.

– ¡Todas son personales! – Emma quería que la tierra la trague. – Si no consigues el trabajo,  te arrancaré las bolas y las daré de comer a Ray.

Él mantuvo una expresión tranquila y sonrió creído.

– Lo haré. Te prometí que conseguiría más trabajos y lo cumpliré. – Indicó con un tono tan confiado que ella no pudo contradecirlo. Se despidió dándole un fugaz beso en la sien para luego posar sus labios sobre su vientre. – Papá no los defraudará. – Y avanzó hacia el final del vestíbulo, perdiéndose de la vista de su pareja 

Ya había pasado más de dos horas y Norman no regresaba. La batería de su móvil agonizaba mientras que la recepcionista no paraba de tararear el coro de “Like a Virgin”.

Emma volvió a recostarse sobre el sofá y tomar la tercera siesta del día. Su sueño fue interrumpido abruptamente cuando sintió varias manos jalando la piel de su rostro 

– ¡Oye, eso duele! – Se incorporó como un resorte quedando cara a cara con dos pequeños de 10 años a lo mucho: Un niño de tez morena y ojos azules y una niña pecosa de ojos verdes.

– ¡Hola! – Saludaron ambos al unísono.

– Hola… ¿Cómo se llaman?

– Yo soy Phil, señora.

– Y yo Sherry, señora.

– No me llamen “señora, mi nombre es Emma. – Les aclaró, preguntándose por dentro si de verdad ya parecía una persona de mediana edad. Tal vez era hora de preparar esas mascarillas caseras que Anna le compartió hace tiempo.

– ¡Ok, Emma! – Los dos se sentaron, cada uno a su lado.

–¿Y sus papás? ¿Se han perdido?

Phil negó con la cabeza.

– Nuestras mamás están en una reunión y bajamos aquí por que su asistente nos aburrió.

– Debe estar buscándonos. –  Añadió Sherry riendo de su pequeña travesura.

Emma se apiadó del pobre empleado y decidió entretenerse con los niños para que no se escaparan fuera del edificio. 

–¿Cuándo nace tu bebé? – Preguntó la niña admirando su estómago.

– Dentro de tres meses nacen.

– ¿Nacen? ¿Cuantos son? – Inquirió Phil, muy asombrado.

– Dos. Son gemelos.

– ¡Maravilloso! – Exclamaron ambos, emocionados. – ¿Qué fue ese sonido? – Añadió Sherry.

– ¡Deben ser las patadas de los bebés! – Dijo su amigo.

– En realidad sólo es mi estómago jeje – murmuró Emma, rascándose una mejilla. A estas horas ya debería estar almorzando. Tenía muchos antojos de duraznos últimamente.

La pequeña se puso de pie y rebuscó en la bolsa que traía hasta que sacó las frutas que tanto anhelaba la mayor.

 Media hora más tarde, los tres estaban con el estómago lleno y soñolientos.

– ¿Y cómo se van a llamar tus hijitos? – Le preguntó Phil, bostezando mientras Sherry se echaba  sobre las piernas de su amigo.

– Aún no lo sé. – No había pensado siquiera en ese tema porque el estúpido doctor no quería revelarles el sexo de los gemelos. De todas maneras, ya debería tener varios nombres para el día del nacimiento. Luego hablaría con Norman sobre ello.

– Tu esposo debe ser muy guapo. – Comentó Sherry.

Emma hizo una mueca de abierto fastidio. Era innegable los apuestos rasgos del psicópata.

– Ni tanto.

– Pero lo amas, ¿no?

Se había quedado sin palabras para responder. 

– Claro que lo ama, Sherry. No puedes tener hijos sin amor. – Le corrigió Phil, sonriente.

Oh, la inocencia de esos pequeños. ¿Cómo explicarles el embrollo de su relación?

– ¡Sherry, Phil! – El asistente-niñero corrió a abrazarlos y los mencionados se removieron incómodos.

– ¿Emma? – Norman también apareció mirando con curiosidad a los otros presentes.

– ¡Te demoraste mucho! – Exclamó al verlo llegar. 

– ¡Lo sientoo! ¡Los extrañé mucho! – Volvió a estrecharla contra su cuerpo llenándola de besos que ella intentaba esquivar inútilmente.

– Tu esposo es un príncipe – Suspiró Sherry, con corazones reflejados en sus ojos. – Los bebés serán preciosos.

La vena en la sien de Emma comenzó a palpitar. ¿Nadie le tenía fé a sus genes?

– Niños, es hora de irnos. Sus mamás ya van a salir de la reunión y… tengan piedad de mí. – Rogó el empleado, cabizbajo.

– ¡Fue divertido jugar contigo, Emma! – Se despidieron los menores.

– ¿Nuevos amigos? – Preguntó Norman luego que los pequeños se marcharan.

– Algo así. ¿Y cómo te fue con la entrevista?

Él levantó ambas manos haciendo el gesto de victoria con los dedos.

– ¡Lo sabía! – Celebró la joven, muy feliz por la noticia. – Eres Norman, después de todo.

– ¿Y eso qué significa?

– Que todo lo puedes... y eso es genial en tí. – La forma casi tan natural en que lo dijo fue suficiente para que a Norman le diera dos mini infartos seguidos.

...

– Pensé que querías cheesecake. 

– Ahora se me antoja helado. 

La pareja estaba parada frente a una de las heladerías favoritas de Norman. Se encontraron con una enorme fila, pero esperaron pacientemente. Cuando llegó el turno de pagar, Emma se adelantó y sacó su tarjeta.

– No digas nada. – Le advirtió. Quería al menos festejar su logro con ese pequeño detalle. 

Norman captó su mensaje y rió abrazándola por detrás. 

– Señorita, su tarjeta no tiene saldo. – Le avisó el dependiente devolviéndole el objeto.

– Que extraño. Pruebe con esta. – Le entregó otra tarjeta, pero el sistema siguió rechazando su instrumento de pago.

– Pruebe con el mío. – Ofreció Norman.

– Se supone que yo pagaría. – murmuró al borde las lágrimas.

– Puedes pagarlo de otra manera. – Le sugirió posando los labios en su cuello. Ella le dio un leve codazo en la costilla.

– Señor, su tarjeta también ha sido rechazada. 

Ambos se miraron en silencio unos segundos y , entonces, Emma estalló en un fuerte llanto que asustó a clientes y empleados por igual.

– Amigo, ¿No te podemos pagar otro día? Mi esposa realmente ama su helado y hoy se le antojó. – Imploraba Norman, pero no obtuvo respuesta afirmativa.

– Señor, eso no …

Los sollozos de la embarazada se tornaron más intensos y los clientes comenzaron a protestar a favor de la joven pareja. Al final, el trabajador no tuvo más remedio que acceder a su pedido.

Tan pronto como giraron en la esquina, los jóvenes chocaron sus helados con gesto malicioso.

– El truco de la tarjeta falsa siempre funciona. – Emma guardó en su bolsillo todas las tarjetas de distintos entes bancarios que había sacado y cancelado al día siguiente.

– Vamos a tener que esperar un mes para volver ahí. 

– Encontré otras heladerías de la misma cadena en las afueras de la ciudad.

– ¡Eres impresionante! – A veces Norman se preguntaba qué hizo en su anterior vida para merecer un ser tan perfecto como Emma. Cuando arribaran a casa, agregaría unas diez páginas a su tesis de “Emma como la octava maravilla del mundo”.

– Oye...¿Y ya tienes nombres?

– ¿Nombres? Oh, ¿Te refieres para los bebés? – Emma asintió. – ¡Por supuesto! – Sacó un largo rollo de papel con un considerable grosor.

Ella enmudeció arrepintiéndose de haber preguntado.

Para el momento que llegaron al departamento, ya había anochecido y el 99.99% de nombres de la lista fueron descartados.

– Sigo perturbada con la sugerencia de “Borman” y “Emmo” 

– A mí me gustan. – Objetó el más alto mientras subían las escaleras.

Emma se percató que ya estaban por llegar a su hogar y se apresuró para ponerse delante de la puerta.

– Cariño, ¿Que pas…?

–  Norman, ¿estuvimos en una cita?

El mencionado alzó una ceja con una expresión de pura seriedad.

– Contigo siempre estoy en una cita..

Emma contempló su perfil iluminado por la luz de la luna y se acercó hasta que ambos cuerpos chocaron.

– Vamos a terminarlo bien entonces. – Se puso de puntillas para besarlo, entregándose a esos sentimientos que por tanto tiempo reprimió, rindiéndose al  psicópata pervertido.

En este mundo, Norman era su único descosido.

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