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FULL HOUSE

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Los gemidos y jadeos se mezclaban con el irritante calor de la estancia. El movimiento de dos cuerpos chocando entre sí se volvió frenético. La ola de placer nublaba sus sentidos y pronto las capas de ropa se volvieron una molestia, impidiendo el roce de sus pieles. 

Ehehehe mi dulce Emmaaaa dílo ehehehe – Norman mordisqueó el lóbulo de la oreja de su amante quién dejó escapar un jadeo más fuerte. Su mano se deslizó debajo de la blusa hasta cubrir uno de sus pechos. Su perversa sonrisa se ensanchó al comprobar que la muy traviesa no llevaba brasier. Eran tal para cual. Introdujo otro dedo en su interior. Almas gemelas. Empujó con fuerza.

– Ja-Jamás ahhh – Apoyada sobre el borde del lavadero, Emma cerró con fuerza los ojos cuando sintió su pulgar presionar su clítoris y se retorció de excitación, frotando su trasero contra la dura entrepierna. Su fuerza de voluntad  se estaba desvaneciendo con rapidez y le era difícil pensar con claridad. Se sentía tan bien el movimiento de sus dedos en su ya hinchado pezón. Y necesitaba más, pero nunca le daría el gusto de decirlo. Primero se cosía los labios antes de hablar y elevar su estúpido ego.

La respuesta de su amada en vez de desanimar a Norman, lo alentó a seguir complaciendola  y, así, ganar la batalla. Retiró sus dedos dentro de ella para volver a hundirlos profundamente. Su pequeño cuerpo vibraba  bajo su toque gimiendo con lujuria y deseo. Pellizcó de nuevo su seno y sintió que sus paredes internas se apretaban alrededor de sus dedos. Él mismo se estaba poniendo más duro, pero por el momento su mente estaba enfocada en Emma. Su Emma . La iba a llevar más allá de sus límites.

Cuando sintió que los embistes se tornaron más lentos, Emma no pudo evitar lanzar un quejido de frustración. No lo quería de esa forma tan suave y gentil. No era suficiente para ella.

– ¿Qué pasa, cariño? ¿No te gusta así? ¿O lo quieres duro? Hehehehe – Norman disfrutaba de la tortura a la que estaba a Emma. Solo un poco más y ella se entregaría por completo a la pasión que le ofrecía.

Lo odiaba. Sabía que se estaba aprovechando de su desesperación por no ser tomada de esa manera. Su cuerpo le gritaba que acabara con esa lentitud y al instante que él detuvo sus empujes, Emma no pudo seguir soportándolo. 

Más duro, maldito psicópata. – Jadeó con la voz entrecortada y  lágrimas en la esquina de los ojos, moviendo las caderas hacia abajo instándolo a que continúe con lo de antes. Finalmente se rindió dejando que la poseyera a su gusto.

Norman ganó.

Y aún así ella había mostrado una resistencia admirable. Era una de las infinitas razones por las que Emma era impresionante. Ahora su amada lo necesitaba igual que él y no haría más larga la espera.

– Tus deseos son órdenes. – Tan pronto como lo dijo, mordió su cuello añadiendo una marca más a su pecaminosa obra de arte. Que todos sepan que ella le pertenecía para siempre. Empujó su mano con rapidez. Su Emma . Tocó su pecho con brusquedad, estimulandola con potencia. Sólo suya .

Emma se retorcía, gimiendo descontrolada ante las potentes embestidas. Se aferraba al mueble como si su vida se fuera en ello. 

Norman. Norman. Norman

– Emmaaaaa, ¿Sabes que he puesto de ringtone tus bellos gemidos? –  Le susurró al oído con burla y provocación.

– P-pervertido – Extrañamente las estupideces que salían de su boca la prendieron aún más y supo que estaba llegando a su clímax. 

– Sólo para tí – Gruñó, con voz ronca sin dejar de frotarse contra ella.

El cúmulo de placer estalló y Emma soltó un largo grito alcanzando el orgasmo. 

Recuperando el aliento de a poco, Emma apenas podía  mantenerse en equilibrio y sintió como Norman sacó sus dedos fuera de su interior. Enrojeció de vergüenza  cuando percibió que sus jugos se deslizaban por sus muslos. De pronto la fuerza se le fue de las piernas y antes que cayera, él la cogió del brazo volteandola para atraparla en un abrazo.

– Hehehehe – Puso en frente de ella su mano cubierta de su esencia. – Gracias por la comidaaaa. – Y entonces la llevó a su labios, saboreando sus jugos con un hambre voraz.

Emma le dio un golpe en el estómago, disgustada por su acción. 

Idiota depravado.

Cuando iba a protestar para que la liberara, Norman guió la mano de Emma sobre su prominente bulto encerrado en sus pantalones.

– Ahora falto yo – murmuró con una mirada oscura.

Emma no estaba segura si temblaba de miedo o excitación.

Había creado un monstruo.

– ¿Es en serio? ¿Enfrente de mi ensalada? – Susurró una tercera voz, al otro lado de la estancia, específicamente en la esquina del mueble de la sala. Se supone que hoy celebraban su cumpleaños y sus dos amigos habían ido a la cocina a traer su plato favorito.

Ray no sabía si suicidarse o suicidarse.

A pesar que llevaba siempre colgado su letrero de “Estoy aquí”, de nuevo fue ignorado. 

Esperaba que , en esta ocasión, su querida soga-chan no le fallara.

– ¿Por qué llevas bufanda? Estamos en verano – Gilda, mejor amiga y confidente de Emma, intentó sacarle la prenda, pero la más alta la detuvo.

– Estoy resfriada. – Sus mejillas se colorearon recordando lo sucedido la noche anterior. Todo terminó en un desastre porque mientras  ella y Norman se encontraban en la ducha, escucharon un fuerte golpe y cuando salieron a ver lo que había sucedido, encontraron a Ray inconsciente sobre el suelo. Había intentando ahorcarse , como siempre, y su soga se rompió, como siempre, pero esta vez su cabeza chocó contra el borde de la mesa. 

Norman lo había zarandeado para que despierte gritando: ¡Ray, no tenemos tiempo para tus tonterías. Justo ahora es mi momento. Mi amor con Emma necesita consumarse primero!

Emma, sin dudarlo, le propinó una cachetada recordandole que era el cumpleaños de su amigo. Una celebración que ella también había olvidado por andar de calenturienta, pero se avergonzaba menos echándole toda la culpa al idiota.

– No parece – Gilda se acomodó los lentes, lanzándole una mirada de desconfianza.  

– ¡Es en serio! 

– Si tú lo dices.

Emma desistió de convencerla con su lamentable excusa y continúo caminando por los pasillos de la escuela. Varios niños pasaban por su lado saludándola y ella les correspondió con el mismo gesto. Cuando llegó a su salón de clases, se despidió de su amiga y entró muy alegre. 

– ¡Hola chicos! ¡Alisten sus cosas para ir al gimnasio! – Exclamó, feliz de ver a sus pequeños. 

– ¡Sí, sensei! – Respondieron al unísono.

Desde muy joven estuvo decidida a ser maestra. Le gustaba estar rodeada de niños y ayudarlos en las dificultades que presentaban; esto se debía ,en parte, al criarse en un orfanato y cumplir el rol de hermana mayor.

– ¿Otra vez aquí? –  Cuando llegó al gimnasio, se encontró con Norman sentado en las gradas junto a sus alumnos. 

El loco acosador también trabajaba, para desgracia de Emma, en su mismo centro laboral. Lo que no comprendía aún era la conexión de un profesor de música y su clase con los deportes.

Él se acercó tarareando una notas que Emma conocía a la perfección. Era la canción número 16 que compuso y le dedicó. Cada cumpleaños, desde pequeños, él le daba como obsequio una canción que expresaba todo lo que habían pasado juntos en ese año. Al principio le pareció un lindo y tierno gesto, pero luego la letra se tornó más subida de tono. Y posterior a cierto “evento”, ella lo callaba con cinta adhesiva antes que los demás se enteraran.

Amore mio , qué coincidencia. – Le acarició la mejilla con ternura y ella se echó para atrás al escuchar las risillas de los niños que los acompañaban. 

– No hagas eso aquí, pervertido. – Le dijo en voz baja. La necesidad de darle un golpe y borrar su estúpida sonrisa aumentó, pero sólo se contenía por que no quería mostrar un episodio de violencia física frente a los menores.

– Entonces, ¿ en nuestra casa sí? 

– Es casa de Ray también. 

– Se puede ir a un motel.

Emma puso los ojos en blanco y le dio la espalda para continuar su clase. No tenía sentido razonar con un idiota. Con frecuencia se preguntaba si fue una buena decisión compartir departamento con sus dos amigos. Uno tendía a cometer suicidios fallidos y el otro era un psicópata acosador. Culpaba a su miserable salario y la traición de Gilda por preferir convivir con su novia de Tinder.

Tan pronto como la campana de receso sonó, la joven maestra tomó su mochila y avanzó hacia la salida del gimnasio. No obstante, fue detenida a mitad de camino por su fan número uno quien se puso delante suyo.

– ¿Almorzamos juntos? 

Emma agitó una mano con gesto de rechazo.

– Lo haré con Gilda. 

Pasó por su lado, con una expresión tranquila y casi indiferente. Sus tripas ya se retorcían de hambre. Rezó para que el menú de la cafetería fuera algo delicioso. Desde hace unos días no se preparaba su comida por que despertaba muy cansada y el horario de Ray había cambiado impidiendo usarlo como su chef personal. Norman estaba descartado por que era más inutil que ella en la cocina. Recordó que en uno de los anteriores cumpleaños de Ray, ambos casi propiciaron un incendio por encapricharse en preparar la torta.

– Ordené pizza.

Norman vió satisfecho cómo Emma paró abruptamente y giró con lentitud. La conocía a la perfección: Comidas favoritas, series de Netflix preferidas, horas de sueño, talla de ropa interior, poses sexuales para llevarla al paraìso en segundos.

Todo. Hehehehe. 

– ¡Ya deja de babear!

Emma miró que todo a su alrededor se encontraba extrañamente desolado. Se hallaban sentados en el suelo detrás de unos anaqueles de la biblioteca. Tan cerca el uno del otro que sus piernas rozaban.

– No deberíamos comer en este lugar. 

– La encargada se encuentra en su horario de almuerzo también. – Él se encogió de hombros, restándole importancia al tema y abrió la caja de pizza.

Los ojos de la fémina brillaron, ansiosa por degustar ese delicioso trozo. Olvidaría por unas horas que su gastritis había vuelto, entregándose sin culpa a los placeres de la comida chatarra.

Luego de devorar casi la totalidad de la pizza familiar y robarle unas cuantas porciones a su colega, Emma se encontraba más que satisfecha. Apoyada sobre el estante, cerró los ojos, pero los volvió a abrir cuando percibió un objeto rozando el puente de su nariz.

Norman había puesto frente a ella unos papeles.

– ¿Qué es eso? 

– Adivina.

– Un contrato de matrimonio que voy a enterrarlo por dónde no te pega el sol.

El más alto rió. Tan adorable su princesa.

– Casi aciertas, ¿Por qué no lo lees?

Emma lo miró con recelo.

– ¡Vamos, no es nada malo! Es algo que te va a gustar muuuchooo. – Añadió en un tono seductor, acercando su rostro y perdiéndose en el jade de esos ojos que tanto adoraba.

Sintió la respiración de Norman acariciar su piel y pudo escuchar con claridad cómo los latidos de su corazón se tornaron más rápidos que antes. Emma era consciente de lo que podía suceder en cualquier momento así que giró la cara, ignorando el calor que se concentraba en la parte baja de su vientre. Se dispuso a leer el contenido y abrió la boca aturdida, incrédula del contenido de las líneas. Un minuto después, lanzó un grito de emoción.

– ¡Oh por dios! ¡Oh por dios! ¡Son entradas para el concierto de Arashi! 

Norman asintió, dichoso de contemplarla sonreír tan brillante como el sol. No le importaba quedarse ciego si la última imagen que vería era el rostro de su musa radiante de júbilo.

Arashi era el grupo favorito de ambos y no pudieron realizar la reserva de compra a tiempo. Aunque los boletos ya estaban agotados, él movió su hilo de contactos y consiguió lo imposible. Incluso iban a tener el privilegio de participar en el meet and greet.

– Es… es genial. – Emma le regaló una tímida sonrisa con las mejillas pintadas de un adorable carmesí. 

El joven de cabellos blancos no resistió y se inclinó para probar un poco de sus apetitosos labios, pero se vio impedido por una mano sobre su pecho.

– ¿Qu-Qué es lo que quieres?  – Sabía que nada en esta vida era gratis y peor aún viniendo de un psicópata pervertido. Se imaginaba lo que le iba a pedir a cambio y se vio en una lucha interna sobre si acceder o no. Amaba a Arashi. Quería tanto ver a Jun Matsumoto.

Norman parpadeó varias veces, confundido por su pregunta.

– No soy una ingenua – Continuó y lo acusó, indignada. – Tengo que darte algo por esta entrada.¡Depravado!

Pasó unos eternos segundos que se observaron el uno al otro fijamente y , entonces, Norman se echó a reír, sosteniéndose el estómago.

– ¿De qué te ríes, idiota? – Le increpó dándole un manotazo en la cabeza.

– Ay, ay, eres cruel cariño – Su risa se detuvo y suspiró. – ¿No puedo simplemente hacerlo por que quiero ver feliz a la mujer que amo? 

Emma iba a contestar algo hiriente, pero se calló al encontrarse con la intensa mirada de Norman. Reflejaba todo el amor, pasión y devoción que sentía por ella. Sentimientos que le costaba entender y se negaba a encarar. Su mente le gritaba que huyera lejos, pero su cuerpo anhelaba de nuevo ese contacto. La nube de placer empezó a nublar sus sentidos.

Todo pasó tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos Emma se sentó a horcajadas sobre él y le cubrió la boca con la suya. Norman echó la cabeza hacia atrás, extasiado por que ella tomó la iniciativa. Raras veces pasaba y tenía que disfrutarlo al máximo.

Emma gimió contra sus labios cuando sintió un par de manos apretar su trasero y Norman aprovechó para empujar su lengua y profundizar el beso. Ella le rodeó el cuello con los brazos y movió su cadera hacia adelante para que sus sexos se rozaran con fuerza. Jadearon por la súbita ola de placer que los golpeó, respirando con dificultad y aferrándose al delirio del encuentro.

Pronto ligeras gotas de sudor recorrieron sus pieles y ya no era suficiente las caricias sobre la ropa. Necesitaban unir sus cuerpos, entrar en sicronìa de nuevo.

Tan concentrados estaban embriagándose uno del otro que no fueron conscientes del ruido de la llave siendo introducida en la cerradura. Cuando oyeron unos pasos a lo lejos, Emma se apartó rápidamente. Para su mala suerte, no midió la fuerza que usó para empujar a Norman y este terminó chocando bruscamente contra el anaquel.

Una pila de libros les cayeron encima y se quedaron helados al escuchar la chillona voz de la bibliotecaria:

– ¡¿Quién anda ahí?!

Si eran descubiertos, su despido estaba asegurado. Tal vez a Norman no le importase, pero Emma se rehusaba a lidiar con tediosas entrevistas de trabajo y sobrevivir con latas de atún. Decidida a salvar su dignidad y fuente de ingresos, tomó la mano de su acompañante y se levantó con él en el proceso. Se escabulleron por los rincones del lugar hasta que ella tropezó con una silla y no les quedó otra opción que correr hacia la salida.

Sin soltar el agarre a su amigo, Emma corrió y corrió, ignorando las personas a su alrededor, hasta que comenzó a sentir que arrastraba un peso muerto y se detuvo. 

– Oye, ¿Qué te p…? – Sus palabras murieron a la mitad al encontrarse con la viva imagen de la perversión:

Respiración agitada, rostro al rojo vivo, piernas tambaleantes, sangre cayendo por la nariz.

–... ¿Norman?

El aludido levantó la cabeza y sonrió excitado.

– Hehehe E-Emma me cogió de la mano Hehehe HEHEHHEHE

– ¡Cállate, me estás asustando!

Habían compartido gestos más íntimos y aún así él enloquecía al tener sus dedos entrelazados.

Emma puso una mueca de asco y murmuró: Psicópata anormal.

Desde pequeños, los dos crecieron uno al lado del otro, siendo inseparables. Uno acosando y la otra golpeándolo. ¡Ah y Ray siendo Ray! No obstante, más allá de los escalofríos y fastidio que Norman le generaba, Emma se había resignado a tenerlo como una clase de satélite que orbitaba en torno a ella. A veces él lograba robarle una genuina sonrisa de los labios y mantener conversaciones sin alterarse de la excitación. Era por momentos como esos que la joven le perdonaba la constante desaparición de su lencería, piropos ridículos y entre otros perturbantes puntos de una larga lista.

Sin embargo, su relación dió un giro radical luego que entraron a la universidad. La pubertad tardía de Emma y la impaciencia hormonal de Norman fueron una mala combinación. Pero quién dio el empuje final fue Ray con un consejo que le dio a la chica antena: Si quieres calmar a la bestia, dale de probar una pizca de lo que tanto quiere.

Y entonces una noche de invierno sucedió. Emma había llegado estresada a su habitación debido a una discusión con unos compañeros de estudio. Norman, sin permiso como siempre, entró y al verla desanimada no tuvo mejor idea que hacerle cosquillas. Emma forcejeó para que se detuviera, pero él continuó hasta que terminaron cayendo a la cama. 

Norman sobre ella. 

El tiempo se detuvo.

Emma alzó la vista y recordando las palabras de Ray se aventuró a lamer la comisura de sus labios. 

Un cortocircuito se produjo en el cerebro de Norman y se demoró una eternidad en procesar la información, pero cuando la chica que tanto amaba se arqueó contra su cuerpo, impaciente, el semblante del mayor se oscureció y le tomó el rostro con ambas manos cortando la distancia en un beso apasionado.

Aquello fue el inicio de una nueva etapa en su relación. Emma lo consideraba un trato beneficioso para ambas partes. La atracción era innegable, la curiosidad por experimentar lo desconocido fue creciendo con el pasar de los días.

Y aunque Norman nunca se quedó callado sobre sus sentimientos, Emma estaba segura que sólo los conectaba un hilo de deseo físico.

– Emma, ¿Estás embarazada?

La mencionada levantó la cabeza del retrete y respiró profundo, mirando a Gilda como si le hubiera surgido un tercer ojo en la cara.

– Es la gastritis. – confirmó frunciendo el ceño. Realmente estaba horrorizada ante la pregunta de su amiga.

– La gastritis no causa que acabes con todo el contenido de mi refrigerador – puntualizó cruzándose de brazos. – Oye Anna, tú eres la doctora del grupo ¿Tengo razón o no? 

Desde la entrada del baño, la susodicha de hebras rubias mantuvo su característica sonrisa encantadora y sólo se encogió de hombros.

– Podemos salir de las dudas con un test de embarazo. 

– ¡Ya les dije que es…! – Las náuseas regresaron y Emma vomitó y vomitó hasta sentir su estómago completamente vacío.

Entre Gilda y Anna la ayudaron a ponerse de pie y la echaron sobre el sofá de la sala. Emma recogió sus piernas y abrazó sus rodillas, mirando al vacío.

Las tres amigas se habían reunido en el departamento de Gilda para ver películas de terror. Emma había amenazado a Norman de no dormir en la entrada del lugar o sino lo mantendría en abstinencia por un año. Cuando ya iban por la tercera película, Anna las convenció para ir a bailar un rato a la disco de un amigo. Y mientras se alistaban, las arcadas aparecieron y  llevaron a la chica antena a ese estado deplorable. 

La pequeña médico se sentó a su costado y pasó su mano sobre sus cabellos naranjas en un gesto afectuoso.

– Emma, querida, ¿Hace cuánto no te viene tu periodo?

Intentó hacer un rápido cálculo mental, pero le estaba costando recordar la última vez que menstruó. ¿Un mes? ¿Dos meses? No le había dado mucha importancia al tema por que pensaba que era culpa del estrés del trabajo y pronto le volvería.

El silencio de Emma lo dijo todo.

Gilda, parpadeó, sorprendida y trató de esconder una sonrisa involuntaria.

– Increible. Pensé que Norman y tú se cuidaban. – Comentó con un tono burlón.

– ¡¿Por qué asumen que es del psicópata?! – Repuso ofendida. No obstante, en este punto...¿Tenía sentido ocultar lo que sea que tenían? Calma, tenía que pensar positivo. Ella no estaba embarazada. Tranquila. Relájate

Sus amigas la miraron como si fuera lo más obvio del mundo.

– Voy a ir a la farmacia – Anunció Anna. – ¿Cuántas pruebas quieres que traiga?

– Dos de  cada marca. 

– Ok.

Su amiga abandonó el recinto dejando a las otras dos en una tensa quietud.

Gilda suspiró y se colocó a su lado, tomándole de las manos.

– Oye, no te preocupes. Tal vez sí sea tu gastritis y tu ciclo debe ser muy irregular.

Ella intentaba consolarla y  por más que Emma apreciara el gesto, resultaba inútil. Su ciclo siempre ha sido regular y antes la gastritis no le causaba un hambre atroz.

Sin embargo, había algo más que la inquietaba.

– ¿Es tan evidente lo mío con el idiota?

– ¿Eh?

– Sé sincera.

Gilda rodó los ojos.

– Norman y tú no son muy discretos. Varias veces los he pillado en la escuela y ustedes ni cuenta se daban.

Emma se cubrió su rostro con la mano, muy avergonzada de su comportamiento.

– Incluso si los encuentra alguien más, no serán despedidos.

Alzó las cejas y la instó a que continúe, intrigada.

– El director es muy fan de ustedes dos. 

Anna irrumpió en el departamento, cortando el extraño rumbo que tomó la conversación. 

Luego de  recibir la bolsa repleta de tests, Emma se encerró en el baño. Leyó rápidamente las instrucciones y procedió a orinar en cada palito. Cuando abrió la puerta, sus amigas la esperaban ansiosas.

– ¿Y bien? 

– Cuatro minutos.

Decidieron distraerse viendo un pequeño comercial de búhos y cuando terminó, sabían que había llegado el momento de la verdad.

Tomó la primera prueba. Dos rayas.

Segunda prueba. Dos rayas

Tercera prueba. Dos rayas.

Todas le dieron el mismo resultado:

¡Embarazada!

– Deben estar defectuosos. – Se convenció tirando los tests a la basura. – Compraré más. 

La médico del grupo negó con la cabeza y le leyó la descripción de cada caja.

– Tienen un 99% de precisión.

– Soy el 1%

– Emma

Mierda. Mierda. Mierda.

La susodicha entró en pánico aceptando lo que estaba sucediendo. ¿Qué iba a hacer? Apenas llevaba dos años trabajando en la escuela y su sueldo no era suficiente para alimentar una boca más. Y Norman… ¡se encontraba en la misma situación que ella! Lo peor es que no lo podía culpar de nada. Fue Emma quién prefirió tomar las pastillas y no usar el maldito condón. Tan descuidada que era y optó por el método que implicaba ser lo contrario.

Y aún así, quería tener a su bebé. Oh dios, su lado maternal ya salía a flote.

– No estarás sola Emma. –  Le prometió Gilda. – Nos tienes a nosotras..

– Tu bebé será hermoso. – Le aseguró Anna.

– Y muy saludable. – Añadió la de anteojos.

– Sobretodo hermoso. –  Insistió la rubia. – Tiene los genes de Norman.

– … Y los míos.

– ¡Tú le darás salud!

Emma resopló, envolviendo a sus dos amigas en un abrazo de oso. ¿Qué harían sin ellas y su apoyo incondicional?

– Norman es un hombre de palabra – Comentó Anna luego de separarse.

– ¿A qué te refieres?

– ¿No recuerdas que cuando cumpliste nueve te prometió germinar sus frijolitos en tí?

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