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De lo que todo el mundo habla

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Samanta, sentada en su cama, tiene la mirada perdida en su armario. Está en frente de ella, con una puerta abierta y, sumida en sus pensamientos, está observando su ropa colgada en el perchero. Su espalda está torcida porque sus hombros están caídos hacia delante, pero no le importa o, al menos, eso parece. No piensa en nada específico, sino que su mente está trabajando a una velocidad increíble trayéndole recuerdos y emociones que creía haber olvidado. En su habitación no se escucha ni una mosca, su ventana cerrada erradica el sonido del vecindario y, sin embargo, le duele la cabeza. Consigue salir de su ensoñación al ser consciente de que se había quedado demasiado tiempo mirando la falda que planeaba ponerse esa misma tarde. Samanta traga saliva y piensa en cuán estúpida debería haberse visto. Se levanta de la cama y sube los brazos por encima de su cabeza, los estira y se despereza. Coge su teléfono, el cual está cargando, y pone una canción al azar sin importarle los mitos sobre que utilizar el móvil mientras carga es perjudicial para la batería. Tararea la melodía de la canción porque no se sabe su letra y, moviendo la cabeza de un lado a otro, se acerca al armario y saca la falda que había estado mirando. Es bonita, se tiene que repetir, me hace bonitas piernas. La música es interrumpida por el sonido de una notificación y Samanta corre hacia su teléfono, observando sus mensajes. Es Nico, el chico con el que había quedado esa tarde, que le recuerda que en quince minutos pasará por su casa para recogerla. Samanta sonríe y le responde que ya está preparada y esperando, a pesar de estar mintiendo. Deja el móvil, no sin antes cambiar de canción porque la que tenía le estaba aburriendo. Se quita el pijama rápidamente y se viste con la falda y una camiseta bastante corta. Se pregunta, mentalmente, si debería llevar una chaqueta, aunque no tiene ganas de cargar con ella prefiere llevarla por si acaso. Se sienta en el suelo para calzarse unas playeras deportivas porque odia las botas y los tacones. Cuando ha terminado, se levanta, y prácticamente corriendo, se va al baño para lavarse la cara, maquillarse un poco y peinar su pelo. Para cuando ha terminado, Nico le ha enviado un mensaje avisándole de que se encuentra esperándola fuera de su casa. Samanta vuelve a sonreír, se echa perfume y coge su móvil y las llaves de su casa, saliendo de la misma.

Nico está esperando sentado en el asiento de piloto de su coche. Tiene la radio encendida y le gusta mucho la canción que han puesto, tararea la melodía mientras sigue su compás dando pequeños golpes en el volante. Acaba de enviarle el mensaje a Samanta así que supone que la chica no tardará en aparecer. Mira de vez en cuando el portal de su edificio y, mentalmente, le pide que se dé prisa. La canción termina y Nico se obliga a sacar su teléfono para apuntar su nombre antes de que se le olvide, después la descargaría. Suspira viendo la hora y, como le ha tocado esperar, decide pasar el rato mirando sus redes sociales. Tiene algunos mensajes de sus compañeros de clase, algunos preguntando dónde estaba y el por qué tardaba tanto, a pesar de que la fiesta ni siquiera había comenzado. Antes de abandonar su casa había subido una foto a una de sus plataformas por lo que los “me gusta” predominaban en su barra de notificaciones. Comienza a ver las fotos de las personas a las que sigue y, entonces, entre las de sus compañeros, etiquetado en una de ellas, encuentra a Leo, un viejo amigo al que apenas había reconocido. Entra en su perfil solo para descubrir que es privado y que no puede ver más allá de su foto de perfil, que es un girasol dentro de un jarrón marrón, además de poder leer su biografía: “Sutil”. Nico frunce el ceño porque no entiende el escueto y sin sentido mensaje de su antiguo conocido. Recuerda a Leo de su tiempo en el instituto, estaba en su clase y compartían mucho tiempo juntos, sin embargo, nunca fueron los mejores amigos. Se llevaban bien, al menos. Suspira y piensa en si es una buena idea enviarle una solicitud de amistad. Tenían conocidos en común por lo que, si le llegase a preguntar el cómo consiguió su cuenta, respondería que lo vio por ahí. Se deja de cuestionar y aprieta el botón azul. A su vez, Samanta está tocando el cristal de la ventana del coche y llama la atención del chico, quien levanta con rapidez su vista un tanto sorprendido. Se sonríen cuando sus miradas chocan y, Nico, con la cabeza, le indica que rodee el coche y entre por la puerta de copiloto. Se saludan con dos besos, uno en cada mejilla, y comienzan a hablar de cosas que apenas importan mientras se dirigen a la fiesta.

Leo se sienta en el sofá de la abarrotada casa cuando sus piernas le gritan que no pueden soportar otro baile. Deja caer su cuerpo como si realmente pesara y suelta un jadeo, cansado y sudado por todo el ejercicio que había estado haciendo. Algunos de los pelos sueltos de su fleco se le han pegado a su frente y lleva una mano a ellos intentando arreglarse el peinado. Luego, se desabotona los primeros botones de su camiseta porque necesita que su cuerpo se airee. Saca su móvil del bolsillo trasero de su pantalón para cogerlo por primera vez en toda la noche, ya que había estado demasiado ocupado bailando y conociendo a gente como para preocuparse de él. Se sorprende al ver tantas notificaciones en sus redes sociales pidiendo su solicitud de amistad y, supone, que son todas esas personas con las que ha estado hablando durante la fiesta. Las mira con auténtico desinterés pero las acaba aceptando todas, sin detenerse para asegurarse quiénes eran puesto que apenas recordaba la mitad de los nombres. Se pasa la lengua por los labios, sediento, y mira por encima de su teléfono a su alrededor. Olivia, la chica que lo había embaucado para ir a esa fiesta en primer lugar y una de sus principales compañeras de baile, había desaparecido con la excusa de haber ido a buscar unas bebidas. Leo se levanta del sillón y guarda su móvil. Se mezcla entra la cantidad desorbitada de cuerpos que bailan en cualquier lugar de la casa y se hace paso entre ellos hasta llegar a donde supone debería estar la cocina. Allí, en efecto, está Olivia preparando dos vasos de alcohol y refresco. No es la única que está ahí, además de la chica, hay una pareja en el fondo que se besan como si no hubiera un mañana. Leo sonríe cuando reconoce al hombre, entre las piernas de la mujer, siendo este Hugo. Olivia lo mira y asiente con la cabeza, leyendo sus pensamientos. Se arrima a ella y obedece cuando le pide que le acerque un poco de hielo para terminar sus magníficas y tan esperadas bebidas. Ríen juntos cuando Olivia comenta que si la pareja desea un cuarteto ahí están ellos disponibles, y sus carcajadas aumentan cuando Hugo suelta un gruñido, entre los labios de la chica, y levanta su dedo corazón en dirección a sus amigos. Salen de la cocina divertidos, cada uno con una bebida en mano, Olivia caminando a un paso por delante. Leo intenta avisarle, cuando gira la cabeza para mirar, que hay una persona en su camino, pero al darse cuenta, ya es demasiado tarde.

Olivia prácticamente grita cuando choca con el cuerpo de una chica que se asusta ante su chillido. Siente su bebida colarse a través de la tela de su camiseta y, con ella, empapar su sujetador. El vaso, medio vacío, cae al suelo derramando el líquido que faltaba, mojando las zapatillas de deporte de ambas chicas. Gime angustiada por la asquerosa sensación del refresco, pegajoso, en su piel. Entonces, mira a la chica culpable del accidente y se encuentra con sus ojos abiertos, sorprendidos y un tanto culpables, que ha empezado a disculparse. Sin embargo, Olivia hace oídos sordos, está enfadada y cuando la chica se enfada es probable que no escuche nada que no sea ella misma y, sus pensamientos, tan altos en su cabeza y mezclados entre ellos, son los que toman el mando de su cuerpo dejándose llevar por estúpidos impulsos. Por eso, Olivia le grita a la chica que no tiene cuidado alguno, haciéndole sentir tan culpable que acaba acompañándola al baño para que pueda limpiarse, al menos, un poco. Leo, que se había recostado en el marco de la puerta de la cocina y se había limitado a observar con cierta burla el acontecimiento, se carcajea cuando su amiga tira de la muñeca de la otra en dirección al tumulto de personas, buscando un baño sin tener idea alguna de la distribución de esa casa. La chica le sigue tropezando con los pies de los demás, pero intentando mantener su ritmo. Se pierden entre los cuerpos y aun así no dejan de caminar, consiguiendo finalmente salir de la masa de personas, llegando a un pasillo. Olivia le pregunta si sabe qué puerta es el aseo y la desconocida no sabe contestarle, así que abre la primera puerta que ve. Casualmente, ese es el baño, sin embargo, está siendo ocupado por Hugo y la chica con la que estaba morreándose en la cocina. Olivia se pregunta el cómo habían llegado a ese sitio con tanta rapidez cuando ni siquiera los había visto salir de la cocina. Escucha a Hugo volver a gruñir mientras se sube los pantalones y ayuda a la chica a levantarse del suelo, a Olivia se le olvida el enfado disculpándose con su amigo, a pesar de no sentir nada. Se gira para observar a la chica que había arrastrado hacia el baño y se da cuenta de que su rostro se encuentra tan rojo como el de ellos, mirando con incomodidad al suelo. Olivia alza una ceja, de repente, interesada, y vuelve a agarrar su muñeca para adentrarse al baño.

Hugo se deja llevar por la chica, Andrea, quien ha entrelazado sus dedos y lo guía entre el cúmulo de personas, gruñendo, porque Olivia no ha podido elegir un momento peor para aparecer. Espera con ansias que la muchacha sepa a dónde lo está llevando, tiene una presión dolorosa en sus vaqueros que le está comenzando a fastidiar. Llevaba tanto tiempo detrás de Andrea que sentía que toda la noche había estado en un sueño. Había sido la morena quien había caminado hacia él, un par de horas atrás, coincidiendo en la cocina. Hugo no va a negar que sus armas de seducción son impecables y, cuando se quiso dar cuenta, los labios de la chica habían impactado en los propios. Caminan en medio de la pista de baile y, de repente, la canción que suena le resulta apetecible. Deja de caminar y Andrea se gira hacia él confundida. En un rápido movimiento, la mano entrelazada se mueve a la espalda de la mujer y pega ambos cuerpos sin ningún tipo de delicadeza. Andrea suelta un pequeño grito, sorprendida, que a penas se escucha puesto que la música está muy alta. El chico le sonríe con picardía, clava sus ojos en los verdes contrarios, y sin ningún tipo de preámbulo vuelve a juntar sus labios. Siente una pequeña carcajada salir de la boca de Andrea. Se dejan llevar por le melodía de la canción, intentan coordinar sus cuerpos. Las manos de Andrea van a la nuca contraria y profundizan el beso. A ninguno de los dos le importa estar dando algún tipo de espectáculo, además, se besan como muchas otras parejas en la pista de baile. Quien sea el que está poniendo las canciones, Hugo tiene la necesidad de besarle a él también. Su enfado con Olivia, repentinamente, desaparece, y su cabeza se llena de Andrea, de lo suave que son sus labios y de lo apretado que tiene su trasero. Ahí es donde tiene ahora ambas manos, masajea la piel por encima del pequeño vestido que utiliza la pelirroja, y se pregunta si tienta demasiado a la suerte si decide llevar una mano por debajo de la tela. Los labios de Andrea ahora se han trasladado a su mentón y, de ahí, viaja por su mejilla hasta llegar a su oreja. Hugo se obliga a recordar en dónde están: Una fiesta universitaria en casa de quién sabe quién a la que ni siquiera había sido invitado. Le encantaría volver a tener a la muchacha como, minutos antes, la había tenido en el baño. Sin embargo, el sueño que cree estar viviendo Hugo se desvanece cuando una tercera persona aparece y separa de un empujón a Andrea de su cuerpo.

Marco… Marco no está para juegos estúpidos con universitarios borrachos. Él no quería estar en esa fiesta en ese momento, al día siguiente debe de levantarse temprano para ir a trabajar y lo último que necesita es trasnochar. Llega a la indicación que un viejo amigo le había enviado por mensaje con mala cara. Hay un grupo de chicos en la entrada de la casa que, incluso, se asustan al ver el rostro del cabreado hombre. Entra al lugar como un huracán, empujando a cualquiera que se le interpone en el camino, buscando con la mirada a su hermana pequeña. El mensaje que había recibido había sido una llamada de auxilio, pidiendo que rescatase a su hermana la cual se había emborrachado y empezado a restregarse con un cualquiera. En un principio, no iba a ir. Su hermana es lo suficientemente adulta y, supone, madura, como para reconocer los errores que comete. Sin embargo, una presión se había instalado en su pecho que le impedía dormir y, como último remedio, cogió su coche enfadado y condujo hacia la fiesta. Se dice que es la última vez que recoge a su hermana borracha de alguna celebración. Marco está cansado así que cuando encuentra a la pelirroja en la pista de baile siendo, prácticamente, manoseada, la coge del brazo y tira de su cuerpo. Escucha su réplica, la de ella y la del chico que se ha quedado con los ojos abiertos, muy sorprendido, pero no le puede importar menos. Cuando ha conseguido salir de la maraña de cuerpos, su hombro es retenido por el hombre con el que Andrea bailaba. En cualquier otro momento, Marco hubiera sido mucho más simpático, incluso amable. No obstante, en esa situación, no iba a permitir que un niñato le toque los cojones. Hugo le dice que deje a Andrea, que solo están bailando y que no tiene derecho alguno para cogerla. La chica tartamudea pidiendo que lo deje estar, que es su hermano idiota y que sólo lo va a empeorar. Hugo no hace caso a la chica e insiste, interponiéndose en su camino, impidiendo su salida de la casa. Llegados a ese punto, el último remedio que utiliza Marco es empujarle, pero, sin tener en cuenta su fuerza, ni mucho menos el estado de embriaguez del universitario, este acaba sentado en el suelo, y un círculo se crea a su alrededor. Tienes que estar de coña, piensa. Hugo se levanta de un salto, con el ceño fruncido y preparado para pelear. Puede que en otra pelea resulte amenazador, pero en comparación al pelirrojo, Hugo parece un chihuahua que ladra rabioso. Camina dando zancadas largas y alza su puño, como si en realidad se fuese a atrever a pegar a Marco. Entonces, Leo aparece y predice que si su mejor amigo se mete en esa pelea, no iba a acabar ganando. Agarra al hombre del brazo y retrae sus movimientos, alejándolo del pelirrojo. Le pide que se calme, pero hace oídos sordos, chillando molesto. Leo suspira, hastiado, lamentándose por tener amigos tan irritantes. Marco, por otro lado, hace como si el chico no existiera y cuando va a volver a tirar de su hermana para reanudar su paso, algo se lo impide. Andrea está inclinada hacia delante y tiene su mano libre en su boca, su pelo suelto tapa su rostro, pero Marco sabe que está vomitando. Las arcadas suben a través de ella y antes de poder evitarlo, la chica suelta todo lo que ha comido en los pies de un chico que por ahí pasaba. Nico da un salto hacia atrás al darse cuenta, sin embargo, ya es tarde, sus deportivas y parte de sus pantalones están húmedos. Medio chilla, poniendo los ojos en blanco, sin creerse que la fiesta había sido un total fiasco en su plenitud.

—Asqueroso —es Leo quien rompe el incómodo silencio que se ha formado y, tanto Marco como Nico dirigen su mirada a él. Coronan a la fiesta como la peor que han tenido a lo largo de sus cortas vidas.