Actions

Work Header

Dos demonios, un ángel y un... ¡¿Anticristo?!

Work Text:

Mataría a Crowley apenas lo viera, ¡No! Eso sería demasiado benevolente de su parte, lo torturaría lentamente hasta desincorporarlo, ¡Eso es! No dejaría que se saliera tan rápido con la suya.

La negligencia y descuido de su subordinado pudo haber arruinado un plan que llevaba planificándose casi desde la creación. Peor aún, ¡Arruinarlo incluso antes de que comenzara!

"Si quieres algo bien hecho hazlo tú mismo" pensó con amargura mientras caminaba hecho una furia por los pasillos del infierno, causando el temor de sus demás subordinados, bastante atemorizados por su presencia como para decir algo.

—¡Beelzebub! —gruñó buscando a su mano derecha entre la multitud de demonios paralizados a su alrededor. Pronto visualizo al señor de las moscas salir entre una multitud de demonios con un gesto indiferente que rápidamente se convirtió en uno de sorpresa al verlo.

No le culpaba, su apariencia discernía con la de los demonios a su alrededor, alto y delgado con cabello rizados oscuro, brillantes ojos azulados que daban la impresión de mezclarse con verde, acompañado por pómulos afilados y un porte aristocrático que lo hacía lucir regio a cada paso que daba. ¡Nada menos para el que fue el ángel más bello de la creación!

—Señor —habló Beelzebub en tono monocorde —¿Que hace luciendo... así?

Satanás no respondió a su pregunta, tan solo le ignoro busco con la vista la salida más próxima del infierno. Cuando la encontró se dirigió hacia ella y sin mirar atrás exclamó lo suficientemente alto para que los demás le escucharan:

—¡Me voy, Beelzebub! ¡Estás a cargo mientras yo no estoy!

—¿A dónde va, señor? —preguntó Beelzebub tratando de aparentar que aquella declaración no le había descolocado.

—A hacer algo importante —gruñó por lo bajo

—¿Cuánto tardará? —-volvió a preguntar el señor de las moscas

—¡11 años! —aquello fue lo último que los demonios escucharían del mismísimo señor del infierno, quien dejo el lugar sin mirar atrás, dispuesto a cumplir el plan que llevaba milenios siendo trazado.

[…]
Un simple chasquido de dedos y todo se resolvió. Los bebés volvieron con sus padres correspondientes. “Y ahora viene lo verdaderamente difícil” pensó al ver al bebé de apenas horas de nacido que dormitaba sin siquiera percatarse lo que pasaba a su alrededor.

"Era mejor si hubiera traído a Beelzebub conmigo" se dijo al ver como su... hijo abría lentamente los ojos, desperezándose. En realidad, no sabía si hubiera sido mejor traer a Beelzebub consigo, pero al menos no sería el único demonio ahí que no sabía qué hacer.

El bebé le sonrió y no pudo evitar horrorizarse. Él era el mismísimo anticristo y ahí estaba, sonriendo como si se tratara de un simple... bebé.

Maldición, sí que sería difícil criar no solo al anticristo, sino a su hijo, ni siquiera sabía cómo cuidar un bebé. Alguien tendría que ayudarlo con esa enorme carga que se había echado por su maldito orgullo y solo había alguien en el que podía confiar plenamente... bueno “confiar", aquello era una exageración, pero Crowley era el único ser infernal que residía en la tierra y tenía que ayudarlo, no solo porque era su jefe, sino porque, ¡Fue por su maldita culpa que terminó en ese embrollo!

Tomó al niño entre sus brazos y con otro chasquido de dedos se apareció en la puerta del lugar donde el demonio Crowley vivía desde hace varios años. Un apartamento en pleno corazón de Londres, bastante pretencioso, incluso para un demonio.

Para evitar levantar sospechas, tocó la puerta, pero en vez de ser atendido lo único que recibió fue un grito.

—¡Si es un vendedor de biblias, lárguese!

Satanás hizo una mueca, ofendido por la comparación y volvió a tocar la puerta mientras su hijo se removía entre sus brazos, completamente despierto por los gritos que profirió el demonio pelirrojo.

Luego de varios insistentes golpes, por fin se escuchó el sonido de pies siendo arrastrados en dirección hacia la puerta. La puerta se abrió dejando ver al demonio pelirrojo que hace tiempo que no veía.

—Crowley —dijo sonriéndole como si nada. Apenas el demonio se percató de quién era, le cerró la puerta en la cara, dejándolo con la sonrisa congelada. Aquel acto hizo enfurecer al señor del infierno que con una mano sostenía al anticristo y con la otra golpeaba salvajemente la puerta del apartamento.

—¡Ábreme inútil! ¡Sé que estás ahí! —-nada. Golpeo con mucha más furia la puerta, a punto de derribarla —¡Todo esto es tu culpa y lo sabes! ¡Abre!

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Crowley trataba de no tener un ataque de pánico, no solo su demoníaco jefe se encontraba golpeado iracundamente la puerta, sino que traía en sus brazos al hijo que hace unas horas había entregado a las monjas. Mierda, estaba total y completamente jodido.

Cuando por fin reunió todo el valor que era necesario, abrió la puerta, dejando entrar a su jefe quien ni siquiera pidió permiso para pasar, mientras murmuraba en voz baja cosas como “desgraciado” y “como es tan difícil encontrar subordinados obedientes”.

—Sírveme una copa de vino, Crowley —le ordenó mientras se sentaba en un sillón con el anticristo aun en sus brazos.

—Satanás… —murmuró Crowley anonadado.

—Este es el anticristo, seguro que ya lo conoces, ¿No es así? —dijo alzando un poco a su hijo. Crowley solo pudo asentir torpemente. —¿Y mi copa de vino? —exigió al ver que su subordinado permanecía paralizado frente a él.

Una simple frase fue suficiente para que Crowley, un revoltoso y rebelde demonio, se apresurada a servirle una copa de vino al señor del infierno, ese era el efecto que tenía Satanás en los demás demonios, era capaz de hacerlos temblar con solo una mirada y un gruñido.

Cuando regresó con una copa rebosante de vino tinto, vio una de las escenas más surreales que había presenciado en sus más de 6000 años de existencia. Ahí, frente a él en su apartamento, estaba Satanás, señor de los infiernos y todo mal, cargando y arrullando con torpeza al niño que estaba destinado a acabar con la humanidad, el anticristo.

Ni siquiera tuvo la oportunidad de decir algo, cuando Satanás al verlo, le dijo (O mejor dicho sentenció) fría y lacónicamente.

—Es mejor que se vayan conociendo, me ayudaras a criarlo, después de todo.

No está de más decir que la copa terminó hecha pedazos en el suelo.

[…]

Sostuvo con fuerza el celular en su mano, rogando que Satanás estuviera lo bastante distraído para escucharlo. Se estaba jugando el pellejo, lo sabía, pero era necesario hacerlo.

Tres tonos después, Crowley escuchó una voz que hizo que se le saltara el corazón.

—Bueno…

—¡Aziraphale! —exclamó en un tono lo suficientemente bajo para que nadie lo escuchara.

—¡Crowley! Que sorpresa, nos acabamos de ver hace unas horas…

—Ángel, escúchame bien, se algo del anticristo —dijo con sigilo —No me lo vas a creer, pero…

No pudo decir nada más porque casi al instante sintió como le arrebataban el teléfono de las manos y cuando volteó a enfrentarlo, vio al señor del infierno, mirándolo fría y estoicamente, un gesto que le sentenciaba totalmente. Ahora sí que estaba jodido.