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Desobediencia Civil

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John acompasó su respiración, ajustó el proyectil y disparó.

El tranquilizante golpeó en plena arteria carótida, liberando el químico dentro del torrente sanguíneo del Alfa; el sujeto se desplomó como un saco de patatas. 

—Un Alfa menos. Procedan —ordenó John a su equipo a través de la radio portátil.

Cinco personas se deslizaron al unísono hacia la puerta trasera de la casa. John pasó por encima del cuerpo tendido a un lado de los contenedores de basura y siguió al resto del equipo.

Lubitsch derribó la puerta y John entró con el resto de sus compañeros a la habitación. Estaba vacía.

Un gesto breve y ellos entraron en la siguiente habitación, también estaba vacía; se deslizaron a través del pasillo, entonces, oyeron voces.

Eran la esposa y la hija. Se necesitarían dos balas más. 

John y Lubitsch cruzaron una mirada; ingresaron, tumbaron la puerta con una patada salvaje, y las dos Alfas cayeron contra el suelo de madera, inconscientes.

John activó de nuevo la radio portátil y dijo:

—León a Águila. Los Alfas fueron dados de baja. Listo para la extracción en dos minutos.

—Entendido, León —respondió la voz de Irene Adler.

La unidad continuó su camino hacia el sótano y rápidamente encontraron lo que estaban buscando: Los seis esclavos Omega de la familia. No, cinco Omegas y un Beta (John lo identificó por su aroma); todos estaban atados contra la pared.

El Beta parecía un poco débil, pero por todo lo demás estaba sano y salvo. Las mujeres por otra parte, habían sido víctimas de una fuerte golpiza. La chica más joven, tal vez de 17 años de edad, lucía un collar de moretones en todo el largo del cuello. Un escalofrío recorrió la espalda de John ante la imagen y sus implícitas implicaciones.

Él veía eso a menudo. Por lo general los Alfas trataban bastante bien a sus Omegas, eran bien alimentados y vestidos. Sin embargo, a veces se encontraba con familias que maltrataban a sus esclavos; explotándolos sexualmente hasta que sus heridas los volvían trabajadores inútiles y las familias los terminaban por sacrificar.

Cualquier Alfa podría poner una bala en el cerebro de un Omega, sin perder el sueño. Legalmente los Omegas no tenían derechos. Ellos eran propiedad del Gobierno o de algún dueño privado.

—Shhh… —dijo John, acercándose al grupo de Omegas con las manos en alto. Ellas podían oler su estado de Alfa; él lo podía ver reflejado en sus ojos—. No estoy aquí para hacerles daño. Soy el capitán John Watson de los Reformistas. Oímos que sus propietarios los torturaban. Estamos aquí para liberarlos.

—¿Liberarnos? —graznó la chica, y John hizo una nota mental de examinarla, por si tenía lesiones internas. Al parecer ella era la favorita del sujeto.

—Sí. Les trasladaremos a nuestra base. Les daremos un colchón, agua caliente y un montón de comida. Mis amigos les desencadenaran ahora, ¿está bien?

Él hizo un gesto con la cabeza hacia Lubitsch, éste se agachó para liberar a las seis personas.

***

Una vez que John atendió las lesiones de todas y les proporcionó ropa, dejó a las esclavas al cuidado de otro de sus compañeros que les proporcionaría una comida caliente y un lugar para dormir.

Su base de operaciones se localizaba bajo tierra, entrar era casi imposible si uno no sabía por dónde buscar la puerta de entrada. Ellos estaban bien equipados en términos de alimento, ropa, suministros médicos y militares, gracias a unos pocos benefactores adinerados.

Sin embargo, la ausencia de ventanas, siempre le recordaba a John al sótano de la casa de sus padres, frío, oscuro y poco acogedor.

La gente trataba muy duro de hacer el QH más cómodo, decorando las habitaciones o pintando las paredes, pero en las últimas semanas el Imperio los había acorralado y el ambiente se estaba poniendo muy denso.

El pánico estaba en el aire.

—Bien hecho, Capitán —Una voz sombría sacudió a John de su ensueño; él se encontró cara a cara con Homi Bhabha, uno de los tres líderes del movimiento Reformista.

—Gracias, señor.

Dos Omegas que John reconoció como esclavos recién rescatados, se voltearon a observarles de nuevo apenas oyeron que un Alfa como John le decía a un Omega como Bhabha, “señor”.

—Adler, Thoreau y yo estamos muy satisfechos. Según nuestras fuentes el S.A.S. no ha encontrado ningún rastro de nosotros.

—Bien.

Homi Bhabha poseía una calma que reclamaba respeto, una pasión por la causa que exigía fidelidad y era, sobre todo, un defensor de la resistencia no violenta. Era gracias a que Bhabha tomó una posición entre Adler y Thoreau que John utilizaba dardos tranquilizantes y no balas de verdad. 

—Señor, he oído rumores sobre que el S.A.S. está acercándose a nuestra ubicación —No era ni una pregunta ni una afirmación, y la reacción de Bhabha, le dijo a John todo lo que necesitaba saber.

Él tragó saliva.

—Eso parece —Y no dijo nada más.

***

—No soy tú títere, Mycroft.

La mirada desafiante de Sherlock había hecho que muchos hombres se encogieran de miedo. Sin embargo, Mycroft no era como todos ésos hombres.

—No, pero tú realmente necesitas de mi ayuda con ciertos, eh…, asuntos.

Sherlock hizo una casi imperceptible mueca de dolor. Él supuso que Mycroft debía sentirse muy culpable para usar la genética de su propio hermano como un medio de chantaje, pero por ahora él se encontraba trabajando en un caso de importancia internacional.

—Es un caso aburrido.

—Ésa unidad flash contiene información invaluable sobre el desarrollo de asuntos secretos.

—Entonces ponerlo en ése dispositivo, no fue un movimiento muy inteligente por parte de tus empleados.

—Créeme Sherlock, han rodado cabezas —Claro que Mycroft sólo estaba hablando en “sentido figurado”. Puede que no hayan rodado cabezas, pero no por ello el perpetrador del asunto estaba menos muerto. Un Beta menos en el mundo apenas importaba. Ésa unidad flash por otro lado... —. Así que, ¿tenemos un trato?

Su hermano dio un fuerte resoplido, sacudiéndose la furia apenas contenida. Sin embargo, al final, él asintió con un brusco movimiento de cabeza.

Mycroft le entregó el archivo.

—Hacer esto es tú prioridad —Sherlock se volteó con una sacudida de su abrigo—. Oh, ¿y hermano? —Sherlock simplemente hizo el sonido que comprendía, pero no se volteó a verle—. Voy a saber si no lo haces.

—Ayer arranqué los micrófonos escondidos de mi piso.

—Tengo más de un motivo para mantener un ojo sobre ti.

Sherlock se volteó, levantando una ceja desdeñosa hacia él.

—Tú tiempo y energía estarían mejor invertidos en supervisar a los Reformistas. Tus asistentes y empleados están muy tensos; ¿supongo que liberaron a los esclavos de otra familia?

El golpe había sido demasiado cerca de su domicilio. Mycroft sólo permaneció en silencio, pero ésa fue toda la respuesta que Sherlock necesitó. Sherlock podía ser un Omega, pero continuaba siendo igual de brillante.

Su hermano resopló y se marchó.

Únicamente Sherlock se podía reír de la situación actual. Los Reformistas estaban ganando fuerza, el apoyo de la población poco a poco iba en aumento, incluso los Betas se mostraban inquietos.

Si él no jugaba bien sus cartas, la guerra civil era inevitable. 

20 por ciento de Alfas. 40 por ciento de Betas. 40 por ciento de Omegas.

No se necesitaba una mente como la de Mycroft Holmes para deducir que sus posibilidades de victoria se contemplaban sombrías.

***

"Los estudiantes están realizando reuniones secretas. Hablan de cosas como igualdad y libertad. Debes de haber escuchado lo de nuestros amigos en Francia, ya sabés lo que está pasando por ahí”.

Las palabras de Mike continuaban resonando en los oídos de John.

Una oscura sombra de aprensión se cernía sofocando Londres cuando él hizo su camino de regreso al QH desde St. Bart, donde se reunía una vez a la semana con su amigo. Mike enseñaba en la universidad; tenía una línea directa con las generaciones jóvenes.

Por supuesto que John sabía lo de Francia. Todos sus compañeros eran conscientes que había una revolución alzándose a través del océano. No obstante, los franceses lo habían intentado antes y habían fracasado. Pero ahora los jóvenes eran mucho más numerosos que los viejos, y deseaban desesperadamente salir de debajo de la sombra de sus padres.

John oraba porque ellos fueran victoriosos. Libertad legalizada o tal vez, ¿democracia a sólo pocos kilómetros del corazón del Imperio? Éso sí animaría a sus fuerzas.

Así ellos iban a soportar por mucho más tiempo.

Las actividades del S.A.S. se habían duplicado en las últimas semanas. Más redadas y más arrestos ocurrían todos los días, y John no se sorprendería si el gobierno comenzaba a presionarlos con leyes más estrictas en los próximos días.

—¿Capitán Watson? —Era la voz de Ghandi. Ghandi era un chico blanco de Sussex llamado Colín, pero su amor por el reformador hindú era tan profundo que les pidió a los Reformistas que le dijeran Gandhi.

—¿Sí? —John esperaba que su compañero únicamente quisiera charlar. El niño era un Omega y a juzgar por su olor, su ciclo de calor se acercaba, aproximadamente 24 horas de distancia, y por principios propios, John se mantenía distanciado de cualquier Omega cuando él o ella entraba en calor.

—El Triunvirato me envío por usted.

—Sabes que ha ellos no les gusta que los llames así.

—Bueno, son tres líderes. Triunvirato.

—No dejes que ellos te escuchen, niño. Fuera de aquí, regresa con tus libros.

Ghandi sonrío cálidamente y se lanzó a correr por el pasillo. Si John no supiera que los Omegas podían llegara a ser tan inteligentes, o incluso más inteligentes que un Alfa promedio antes de conocer al niño, se habría convencido en el preciso momento que éste le diera un apasionado discurso sobre Henry David Thoreau y su trabajo sobre la Desobediencia Civil que dejó a John con el cerebro anudado.

John encontró al “Triunvirato” en su sala de conferencias.

Como siempre, Irene Adler se veía impresionante, aunque el hecho que John estuviera detectando un ligero olor a Alfa, no auguraba nada bueno. Adler había nacido con una mutación genética que le permitía alterar su estado y parecer un Alfa, un Beta y un Omega. Era fascinante, aunque John sospechaba que la falta de una identidad, tomaba de la mujer mucho más de lo que ésta dejaba entrever.

Bhabha estaba enlazado en una discusión con Marc Thoreau, el biznieto de nada más y nada menos que del mismo Henry David Thoreau que a Gandhi tanto le gustaba. Marc tenía muchos rasgos que la gente atribuiría a su tatarabuelo, con una importante excepción: Mientras Henry siempre defendió la protesta no violenta; Marc tenía un gatillo fácil.

Cada vez que él y Bhabha discutían, todo se reducía a una única cuestión. Hoy no era diferente.

—¿Querían hablar conmigo? —preguntó John en voz alta, para hacerse escuchar por encima de las voces de los dos hombres. El Omega y el Beta se callaron al instante.

Como nadie se ofrecía para abordar el tema, Irene dio unos pasos lejos del gran mapa de Londres que cubría la mitad de la pared.

—Sí, John. Tenemos una nueva misión para ti.

—¡Todavía no lo hemos decidido! —intervino Bhabha.

—Tenemos. Un dos contra uno. Es definitivo, Bhabha.

—¡Thoreau, tú ancestro se estaría revolcando en su propia tumba si supiera lo que estás sugiriendo!

—Lo bueno es que él fue baleado y quemado, y no tiene una tumba en donde revolcarse.

—¿Qué es todo esto? —John intentó de nuevo.

—El gobierno nos está cercando. Las actividades del S.A.S. se han incrementado enormemente —Uno siempre podía contar con Irene para cortar por lo sano—. Tenemos que tomar medidas.

—¡Pero no de ésa forma!

Irene ignoró al Omega.

—No estamos preparados para “cualquier” cosa grande —Lo que, en un momento de horror, la mente de John tradujo como guerra civil—. Así que tenemos que empezar por una escala más pequeña. Secuestro y chantaje.

—Eso va en contra de todos nuestros principios…

—¡Bhabha, hemos superado el estado de superioridad moral, hay vidas en juego!

—¿Quién? —les preguntó John. ¿Quién era tan invaluable como para que tanto Irene como Thoreau, pensaran que podían negociar con su vida? Todo el mundo sabía que, hasta los Alfas de más altos rangos, no eran inmunes de ser asesinados por sus propios colegas.

La sonrisa de Irene se volvió maliciosa cuando le empujó una carpeta por encima de la mesa a John.

Penetrantes ojos azules se revelaron ante John, cuando abrió el archivo. El hombre tenía los pómulos marcados y rizos oscuros que contrastaban a la perfección con su piel pálida.

No había mucha información. Sherlock Holmes; 34 años; Alfa.

—¿Holmes? —Ese nombre podía hacerle frente a la batalla más cruzada de los Reformistas contra el horror. John jamás se había cruzado con el sujeto en persona, y se alegraba de ello, ya que casi ningún Reformista había vivido para contarlo. Aunque John siempre se lo había imaginado más viejo y menos esbelto en las historias.

—No. No es Mycroft Holmes. Secuestrarlo a él sería un suicidio —le explicó Thoreau—. Se tratá de su hermano.

John enmarcó una ceja.

—Nuestro informante nos suministró pesquisa suficiente, así podremos idear un plan para raptar a Sherlock Holmes con facilidad.

—¿Qué vamos a hacer con él una vez que esté bajo nuestra custodia?

—Lo utilizaremos para chantajear a Mycroft Holmes —Thoreau parecía muy convencido que su plan era indestructible, pero John podía disparar a varios errores, sin siquiera tener que sacar su pistola.

—¿Están seguros que esto es una buena idea? 

—Sigo diciéndoles que —gruñó Bhabha—, Mycroft Holmes no es del tipo de sujeto que permitiría que el secuestro de su hermano cambie cualquier cosa. Él preferiría dejar que el tipo muera antes de considerar acceder al chantaje.

—Y como sigo diciendo, es un dos contra uno.

John cerró la carpeta y se irguió a sí mismo en toda su estatura.

—¿Éste no es un problema para el Gran Consejo?

John estaba sorprendido porque ellos no hubiesen solicitado el asesoramiento del asunto al Consejo, antes de mandarlo a llamar. Las principales operaciones siempre se realizaban a través de ese canal.

—Eso tomaría mucho tiempo —objetó Thoreau—, si llamamos a una junta, con suerte tendremos una decisión para el día después de mañana. ¡Necesitamos tiempo para planear la operación antes que el S.A.S. esté golpeando nuestra puerta!

Los ojos de Irene se fijaron en los de John, al igual que en los de Marc. John tarde se dio cuenta que ellos estaban tratando que él diera su brazo a torcer.

No. Él no secuestraria a un hombre (sobre todo al hermano de Mycroft Holmes), si el Consejo no se había reunido.

—Ésta decisión es demasiado grande para que sólo tres personas la tomen. Llámenme cuando el Consejo haya llegado a un acuerdo.

John lanzó la carpeta al otro lado de la mesa y salió de la habitación. Resultaba muy satisfactorio ser capaz de decir: “No”.

Él no sólo era su oficial al mando, sino que también era su mejor soldado y ellos lo sabían.

***

Sherlock le regresó la unidad flash a su hermano, justo a tiempo para la vergonzosa conferencia de prensa de Lestrade sobre los suicidios en serie.

Él hubiese amado ver la cara del DI cuando los teléfonos de todos los periodistas comenzaron a sonar al mismo tiempo.

Veinticuatro horas después, los ojos aún le seguían ardiendo por el alarmante tono rosa que la tercera víctima llevaba puesto la noche anterior. A Lestrade casi le dio un sopor, cuando Sherlock llegó para apropiarse del caso, pero en lo que respectaba al ID, Sherlock era un Alfa y, sobre todo, era el hermano de Mycroft Holmes. 

De cualquier forma, él era quien resolvía la mitad de todos los casos del Yard’s. Lestrade debería besar el suelo por el que Sherlock caminaba como señal de gratitud.

No obstante, a pesar de la gran cantidad de diferentes casos que Sherlock había visto y resuelto, nada podía igualarse con la emoción que sentía por éste.

Su mano no tembló cuando él cogió la píldora. Ya estaba casi en su boca cuando un disparo resonó y el taxista cayó al suelo.

Sherlock se paralizó por una fracción de segundo, escrutando la fuente del disparo por la ventana, pero lo siguiente que oyó fueron apresurados pasos ascendiendo por la escalera, así que él se impulsó hacia adelante, presionando su pie contra la herida que manaba líquido carmesí, empapando la camisa del taxista.

—Tú patrocinador. ¿Quién es? El que te habló de mí.  “Mí fan”. Quiero su nombre.

El hombre negó con la cabeza débilmente. Sherlock presionó su pie con más fuerza y el sujeto jadeó de dolor.

—El nombre —Otro sonido agónico—. ¡AHORA! —Sherlock advirtió que unos pasos se detenían delante de la puerta.

Presentía que la amenaza era inminente, pero su curiosidad lo detenía, Sherlock asentó todo el peso de su cuerpo sobre el hombro del asesino.

—¡El nombre!

Finalmente, demacrado por la agonía, el taxista gritó: “¡Moriarty!”. Y su cuerpo cayó inmóvil, mientras la vida lo abandonaba.

Antes que Sherlock tuviera tiempo de considerar qué o quién era Moriarty, sintió una aguda punzada en el cuello. Levantó su mano y se volteó hacia la puerta.

Lo último que advirtió antes de perder la conciencia fueron cinco hombres con armas en sus manos.

 

***

Cuando Sherlock regresó de nuevo a éste mundo, se encontró en una pequeña habitación.

De unos cuatro por cuatro metros, con unos dos metros de altura. Paredes desnudas. Puerta sin picaporte, bloqueada desde el exterior. No había ventanas, pero si un conducto de ventilación. La tapa se veía inflexible.

Sherlock intentó apoyarse en su aturdida especulación, pero lo que ésos sujetos le inyectaron, lo mantenía firmemente sobre su espalda.

Así que él simplemente se quedó quieto y esperó durante otro buen rato. 

***

—La misión se desarrolló sin contratiempos. El blanco se hizo cargo de la investigación y siguió al taxista hasta el edificio. Cuando el blanco tomó la píldora del asesino, le dispare desde la casa de junto. Lubitsch y el resto de nuestros hombres tomaron a Holmes sin ningún problema.

John odiaba los interrogatorios. Ser miembro de una oposición clandestina lo liberaba de todo ese papeleo que soportó durante su periodo con los militares, pero todavía tenía que reportarse ante el Triunvirato o, en éste caso, el Gran Consejo.

—¿Holmes no se resistió? —preguntó Bhabha con un aire de sospecha.

—No, señor. Lubitsch me describió la escena que encontró. Al parecer, el blanco estaba más interesado en obtener información del taxista herido, que en defenderse a sí mismo.

Irene Adler resopló.

—Eso era de esperarse. Por lo que he comprendió, el hombre vive de “enigmas”. Él preferiría enfrentar una amenaza antes de dejar pasar la oportunidad de conocer algo más. 

Intrigante. ¿Acaso ése sujeto no tenía instinto de supervivencia?

—Capitán Watson —comenzó Thoreau, sintiéndose completamente satisfecho de sí mismo, por la forma en que Bhabha le estaba observando—, como Comandante de Jefes y único Alfa con la experiencia suficiente para manejar la situación, le colocamos a cargo de Sherlock Holmes.

—¿Cuáles son mis obligaciones?

—Mantenerlo a salvo y hacerle hablar si puede.

—Thoreau, no voy a torturarlo.

—Yo no le estaba pidiendo que lo haga. Queremos utilizarlo como trampolín, y no como un medio para un fin en sí mismo. No lo dejes escapar o enviar un mensaje a sus amigos.

—Entendido.

***

Él era la niñera. Sangrientamente brillante.

A pesar del enojo, John sintió un escalofrío de anticipación mientras se dirigía a la celda de Sherlock Holmes. No es que el QH tuviera celdas. De hecho, se trataba de una habitación común con algunas modificaciones en la cerradura.

John posicionó a dos guardias delante de la puerta, y luego entró, ya seguro de la vigilancia.

El hombre dentro la habitación se apresuró a sentarse. Por supuesto que, los tranquilizantes aún no le permitirían ponerse de pie. John escaneó rápidamente su cuerpo para detectar cualquier signo de malestar, pero no lo encontró.

John sintió unos ojos azules encima de su persona, antes de apreciar como éstos lo llevaban a algún sitio en la distancia. Él deseó que el archivo de Sherlock contuviera más información sobre el individuo.

—¿Quién eres tú? —Para ser un rehén, Sherlock parecía bastante grosero.

Él le sostuvo la mirada a Sherlock durante unos segundos, para no dejarle duda alguna sobre quién estaba a cargo ahí.

—John Watson. Soy tú custodio mientras estés aquí.

—¿Custodio? —Aquellos ojos azules se estrecharon—. ¿Y cuánto tiempo voy a tener que estar en éste lugar?

—Eso dependerá de tú hermano.

El sujeto lo atrapó sorprendentemente rápido. La comprensión brotó en su rostro, al tiempo que el mismo se contorsionaba en una mueca amarga.

—Por favor, hacer uso de mi persona para chantajear a Mycroft no tiene sentido. Dispárenme ahora mismo y ahórrense un problema.

—Pareces tener muy poca fe en tú hermano.

—Mi hermano es un político. No perdería ni un minuto de su reparador sueño de belleza por mí. Pero por supuesto —La sonrisa de Sherlock se volvió maligna—, tú tienes un hermano, no comprendes cómo alguien puede renunciar tan fácilmente a su propio hermano.

John se tensó, deslizando la mano hasta su revólver.

—¿Cómo sabes que tengo un hermano?

El hombre le sostuvo la mirada, resuelto.

—De la misma forma que sé, que eres un médico militar y has estado inválido en casa. ¿Afganistán o Irak?

John sabía que ése sujeto lo estaba observando fijamente, y se estremeció por ello. Sherlock Holmes, probablemente tenía un archivo completo sobre él, cortesía de su hermano.

—Afganistán. ¿Cómo lo sabes?

En aquel momento, Sherlock sonrío con sinceridad.

—Yo no lo sé, yo lo vi. Tú corte de pelo, la forma en la que te paras, todo dice: “Militar”. Pero, la forma en la que me examinaste con una mirada al entrar en la habitación, me dice que tienes una formación médica, así que médico del ejército, obvio. Tú cara, está todavía ligeramente bronceada, pero no tanto por encima de las muñecas. Has estado en el extranjero, pero no para tomar sol. Sacas tú hombro izquierdo inconscientemente; herido en acción y enviado a casa, o de lo contrario todavía estarías luchando en Afganistán. De cualquier modo, el Imperio jamás dejaría irse a un soldado de otra forma.

"Increíble”.

—Me dijiste que tenía un hermano.

—Eso fue fácil. Tú inflexión y el tono cuando me dijiste que el plan era para chantajear a Mycroft, me dijeron que estás operando bajo una ilusión que puedes relacionar. Además, el reloj que llevas es caro, demasiado caro para un Reformista, pero también es bastante antiguo. Entonces es un regalo. Es un reloj de hombre, así que es un hermano. Él tiene problemas de algún tipo, probablemente te dio el reloj como un recordatorio. Todavía está en un estado casi perfecto, por lo que pasas mucho tiempo cuidándolo.

Sherlock centró su intensa mirada una vez más encima de John.

» Tú cuello está tenso, acabas de llegar de una reunión. Probablemente fue cuando te dijeron que serías mi custodio. Eres un hombre de acción, por lo que no te gusta la idea de ser una niñera, aunque tú lenguaje corporal ha cambiado sutilmente desde que entraste en la habitación, por lo que tú actitud respecto a esto también ha cambiado ligeramente. Ya no estás excesivamente molesto, sólo moderadamente, aunque sí muy intrigado.

El hombre hizo un chasquido con su lengua y apoyó su espalda contra la pared desnuda, con los ojos cerrados.

—Eso... fue increíble...

En ése instante, Sherlock se inclinó de nuevo hacia delante, abriendo de golpe los ojos por la sorpresa.

—¿Eso crees?

—Por supuesto que sí. Eres extraordinario, eres bastante extraordinario —Él no estaba mintiendo. Ése personaje, acababa de poner los ojos encima suyo, y ya podía decir la mayor parte de la historia de vida de John.

—Eso no es lo que la gente suele decir.

—¿Y qué dice normalmente la gente?

—Vete a la mierda.

John no pudo evitar sonreír ante ello. Él conocía a varias personas que le habrían dicho a Sherlock exactamente eso, quizás incluso en alguna forma más colorida.

—Por lo tanto, ¿yo estaba en lo cierto? —Desde el colchón, Sherlock no perdía de vista a John, y por un segundo, John registró cuánto era el tiempo en el que ese hombre tardaba en pestañear.

—Casi. No tengo un hermano.

—¿Cómo es eso?

—Tengo una hermana.

Sherlock dejó escapar un ruidito de frustración.

—Siempre hay algo. Una hermana. Fue una difícil.

John sacudió la cabeza, no podía creerle a un rehén. “Sí, rehén. No invitado, John”. Parecía estar seriamente enojado consigo mismo.

—¿Estás herido?

Eso distrajo a Sherlock de su propia auto-recriminación. Éste negó con un movimiento de cabeza.

—Bueno. Los efectos del tranquilizante deberían desaparecer en las próximas seis horas por lo que, si todavía experimentas malestares durante la noche, es mejor que me lo haga saber —Sherlock no asintió, pero John supuso que le había escuchado—. ¿Tienes hambre?

—No necesito algo para comer.

—¿Por qué? —Por lo general, la biología Alfa también aumenta el metabolismo de una persona.

—La comida me distrae cuando pienso. Mi cuerpo no es más que un receptáculo.

John dejó que ése comentario por ahora simplemente se quedara ahí.

—Te lo voy a preguntar de nuevo a la hora del almuerzo. Vamos a ver si el receptáculo necesita combustible para entonces. 

John asintió hacia Sherlock y se volteó para marcharse, pero se detuvo en cuanto el hombre le preguntó: —¿Cómo sabías que iba a estar en el edificio?

John se giró para hacerle frente a Sherlock.

—Fue una trampa. Todo el asunto del taxista.

Sus ojos se ensancharon.

—¿Así que él no era el verdadero asesino?

—Oh, lo era. Nos las arreglamos para empujarlo en ésa dirección —dijo John esquivo. Él ya había dicho suficiente.

Sherlock lo consideró por un momento, pero él no dijo nada más, así que John salió de la celda.

***

El médico militar cumplió su promesa regresando a la hora del almuerzo, pero Sherlock simplemente lo observó, y el Reformista se volvió a marchar sin decir una palabra.

Era probable que se recriminara haber sido demasiado parlanchín con un rehén.

El capitán John Watson era una paradoja. Se veía a sí mismo como un soldado de verdad, y tenía el tipo de confianza que sólo nacía de una habilidad genuina. Él era uno de los Alfas más fuertes que Sherlock había conocido y, probablemente, podría haber escalado fácilmente en las filas del S.A.S. Sin embargo, aquí estaba, ayudando a un montón de tontos idealistas.

Algo le debió de haber pasado. Se trataba de un rompecabezas.

Aunque para resolverlo, necesitaba más datos.

A media tarde, Sherlock fue capaz de ponerse sobre sus pies otra vez. Como predijo, la tapa del conducto de ventilación era inflexible. Su juego de ganzúas estaba con el abrigo que los Reformistas le habían quitado. Todo lo que le quedaba eran sus pantalones y su camisa de vestir morada y los calcetines.

Él se entretuvo caminando sobre los dieciséis metros cuadrados por aproximadamente ocho minutos y medio (entre lo que determino la composición química de las paredes) antes que su cerebro estuviera gritando de agonizante aburrimiento.

Cuando la llave de la cerradura se giró, Sherlock se devolvía inmediatamente a la vida real.

Era John, cargando una bandeja con lo que parecían ser tostadas, frijoles y huevos revueltos en un plato.

—No me importa si tienes hambre o no. Soy tú captor, así que cuando te diga que comas, lo haces. 

Sherlock resopló. Alfas. Tan inflados de sí mismos.

Él estuvo a punto de declinar cuando se percató del olor, y se dio cuenta que había pasado bastante tiempo desde la última vez que había comido algo.

Con una mirada condescendiente, Sherlock aceptó la comida y la empujó con el tenedor con cautela.

—No está envenenada. Te necesitamos vivo.

Eso no era lo que había llamado la atención de Sherlock.

—Esto lo hiciste tú mismo.

—Sí, en realidad mis habilidades son superiores a apretar de un gatillo.

Sherlock degustó los huevos y encontró la cocina de John bastante satisfactoria; claro que, él tuvo mucho cuidado de no demostrarlo.

Un momento después, sintió los ojos del capitán puestos encima suyo.

—Tienes preguntas.

—Sí. ¿Qué es exactamente lo que haces?

—Soy un detective consultor. El único que hay; puesto que yo inventé el trabajo.

—Pensé que la policía no contrataba aficionados.

—Por lo que he deducido ésta mañana, no creo que aún me consideres un aficionado.

El capitán se mantuvo en silencio, y Sherlock escabulló una mirada alrededor con la boca llena de pan tostado. Su cuello se había puesto aún más tenso y su mano izquierda estaba temblando ligeramente. El temblor no existía en la mañana.

Algo había cambiado.

—¿Hasta cuándo van a retenerme, antes de contactarse con mi hermano?

John entornó los ojos.

—Se ha decidido que se esperara hasta que tú hermano se dé cuenta que has desaparecido. Nuestros líderes no quieren apresurar esto.

—No tardaran mucho tiempo. Pero hasta entonces, tú estás atrapado aquí adentro.

—¿Cómo lo sabes…?

—Hay un ligero temblor en tú mano izquierda; no estaba ahí cuando hablamos en la mañana, mientras estabas operando bajo la impresión que ésta situación de rehenes se resolvería dentro de un día o dos, y luego podrías regresar al exterior. Pero ahora te quedaras en la oscuridad, sin otra cosa para hacer, aparte de cuidarme a mí. Para un hombre que se nutre de la adrenalina y la acción, esto, por supuesto, produciría un temblor psicosomático.

John miró su mano y deliberadamente dejó de temblar.

—Asombroso.

Una sonrisa estiró los labios de Sherlock, a pesar de su esfuerzo por no mostrar ninguna reacción. Él rápidamente cambió de tema.

—¿Por qué estás con los Reformistas?

—¿Por qué éso es tan sorprendente para un Alfa?

—No necesariamente. Aunque eres bastante fuerte y tienes un entrenamiento médico, habrías hecho mucho por el Imperio, incluso si ya nunca más pudieras ser un soldado. Pero con la cantidad correcta de fisioterapia, tú hombro no habría sido un obstáculo si realmente hubieses querido reanudar tú carrera militar.

Él consideró al Alfa por un momento, y John casi se sintió incómodo bajo su mirada.

—Estoy seguro que tienes una teoría. Entonces, vamos a escucharla, ¿de acuerdo?

Sherlock terminó sus últimos frijoles, retiró el cuchillo y el tenedor, y presionó la yema de sus dedos mientras miraba directamente al capitán desde su posición sobre el colchón.

—El reloj. Lo quieres, lo limpias meticulosamente y lo cuidas bien. Es un regalo de tú hermana, ya hemos establecido eso. Aunque no la has visto en mucho tiempo, ya sea porque ella te dejó, fue apartada de ti o murió. Ella era una Omega en cada escenario. Tener una hermana Omega podría causar un cierto grado de reflexión sobre el estado de las reglas del Imperio. Sin embargo, no sólo eres un Alfa simpatizante. Estás en la primera fila del movimiento Reformista jugando un papel muy activo. Ese tipo de lealtad y devoción necesita más motivación. Algo pasó en Afganistán. La independencia en la India influyó en gran medida; la del lado del país que no está dominado por las pequeñas guerras internas, y donde muchos de los grupos étnicos ya no se adhieren a las órdenes Alfa-Omega que el Imperio ha implementado. Por supuesto que, has sido testigo de cómo era posible una vida fuera de las limitaciones biológicas. Tiene que haber sido un incidente, algún tipo de experiencia reveladora.

Los ojos de John se ensancharon mientras Sherlock extraía sus conclusiones; las que confirmaban sus teorías sin necesidad de palabras reales.

No era como si al final fuera algo extraordinario. El conocimiento de otras culturas había llevado a Homi Bhabha a la conclusión que las desigualdades sociales entre Alfas y Omegas se debía a las discrepancias de poder y opresión. No existía una verdad básica en el sistema del Imperio, ningún imperativo natural oculto para la práctica de la esclavitud.

Bhabha proveyó a los Omegas con frases de fácil comprensión en sus escritos y, poco a poco, formó a los Reformistas.

No era nada nuevo. Ya sea que lo llamaran Ilustración o Revelación, no cambiaba el hecho que la historia se repetía.

Pero Sherlock estaba afuera, a la deriva. Su cerebro, cuando se aburría, tendía a dejarse llevar.

La pausa evidentemente le dio a John el suficiente tiempo para recomponerse.

—Fui herido en combate poco antes de una explosión que mató a la mayor parte de mi equipo. Estaba seguro que, si no moría por mis heridas, nuestros enemigos se encargarían de dispararme —La voz de John era baja; los recuerdos se escurrieron a través de él—. Me desperté en la casa de alguien. Era un Omega y había sufrido toda su vida entre las guerras civiles y los conflictos políticos, pero… él podía haberme matado. Y no lo hizo. En cambio, atendió mis heridas y me envió de vuelta por donde vine, aún a sabiendas que yo era un Alfa; la representación de todo lo que hacía su vida difícil. Me explicó que, a sus ojos, la biología no determinaba el valor de una persona. Son los partidos gobernantes los que esclavizan y echan los derechos de los pueblos a un lado.

John se detuvo, pero Sherlock pudo llenar fácilmente el resto de los espacios en blanco.

—Así que, cuando estabas inválido en casa, dejante el ejército y te uniste a los Reformistas.

El soldado asintió con la cabeza; ensanchado de orgullo.

—Y ahora te tenemos como rehén.

Sherlock resopló ante el repentino cambio de tema.

—Es un esfuerzo inútil.

—Nuestros líderes creen que es el mejor curso de acción.

—Ellos no conocen a Mycroft.

—Pero tú lo haces. ¿Trabajas para él?

Los ojos de Sherlock se estrecharon. Tranquilamente, John estaba tejiendo preguntas dentro de su conversación. “Un poco de información”, pensó Sherlock, “no le hará daño”.

—A veces él derrapa, y es atraído por mi superioridad intelectual y mis habilidades deductivas.

John sonrío, probablemente por la arrogancia en su voz, pero él no pudo reaccionar de ningún otro modo.

—El resto del tiempo, yo supongo —continúo el Alfa—, ¿el ID Lestrade te asigna casos?

—Eso ya lo sabias.

—Sí.

Sherlock le sostuvo la mirada a John por un momento, dejando en claro que él no iba a renunciar a más información.

John asintió, levantó el plato vacío y se volteó para marcharse.

—Alguien vendrá para llevarte al baño dentro de un rato —le dijo, y cerró la puerta antes que Sherlock le respondiera. 

***

La noche y mañana siguiente, él se lo pasó en una interminable extensión de la nada. Sherlock intentó adormecer su mente, pero no tuvo éxito.

Él sabía que tenía por lo menos uno o dos días más antes que Mycroft se percatara de su ausencia. Sherlock trataba de calcular cuánto tiempo le quedaba antes de entrar en desintoxicación, pero no tenía más datos para sacar conclusiones a partir de ahí.

Sherlock no había tomado su medicamento durante dos días. Él había escuchado antagonistas historias de la desintoxicación, cuando los Omegas dejaban de tomar seriamente las hormonas, pero no tenía idea de cuánto tiempo tenía antes que el proceso se iniciara.

John le trajo el desayuno y una botella de agua. Él siempre le traía el almuerzo, y Sherlock descubrió que disfrutaba bastante de las mezclas simples pero deliciosas del soldado, aunque seguía insistiendo en que él no requería de tres comidas diarias.

—¿Necesitas algo más? —le preguntó John cuándo levantó la bandeja vacía de Sherlock.

—Estoy aburrido —Él manifestó y esperó que eso fuera suficiente. John únicamente levantó una ceja—. Yo podría hacerme con un libro. O un caso.

John sonrío con indulgencia.

—Bueno, nos encontramos un poco cortos; como podrás observar, no estamos muy legales por aquí que digamos, por lo que no se nos permite investigar nada, pero voy a ver qué puedo hacer por ti.

Fiel a su palabra, John regresó dos horas más tarde con una pila de libros.

Antes de abandonar la habitación, él hizo una pausa con la mano en el pomo de la puerta. Sherlock, se abstuvo de pedir lo que quería, ansioso por ver qué tipo de libros se encontraban en el cuartel Reformista.

—Sherlock, ¿por qué nadie ha notado que te has marchado desde hace dos días?

—Mycroft, como incluso tú eres capaz de deducir, es un hombre muy ocupado.

El capitán entornó los ojos y giró el ángulo de su cuerpo para quedar de frente a Sherlock.

—¿Y qué hay de tus amigos?

—No tengo amigos.

—¿Qué quieres decir? Todo mundo tiene amigos —respondió John, divertido.

—Bueno, yo no soy como todo el mundo.

John debió de haber advertido que él lo estaba diciendo enserio, porque su sonrisa desapareció.

—Por favor, ahórrate cualquier momento difícil y simplemente déjame ir. Estoy seguro que tienes mejores cosas por hacer que ser mi niñera a todas horas del día.

Sherlock sólo tuvo un segundo para vislumbrar la acongojada emoción de John antes que su rostro regresará a su primera expresión y saliera de la celda.

***

No hubo ninguna mención de su falta de vida social cuando John regresó trayéndole la cena. Sherlock lo agradeció. Se las arregló para sumergirse en una serie de novelas policiales, ignorando lo obvio que el asesino era todo el tiempo, tratando de no tomar en cuenta la forma que el autor constantemente les daba consejos a los lectores.

Sherlock se quejó con John al respecto y los Reformistas se rieron de él.

—Lo siento, pero la biblioteca no está muy bien abastecida —le explicó mientras salía de la habitación.

Después de una ducha bajo supervisión (parecía que los Reformistas en verdad estaban dispuestos a darle privacidad, ya que la guardia no le observó ducharse, un gesto que ciertamente apreció), él finalmente se durmió, pero se despertó sobresaltado a las pocas horas.

Podía sentir el dolor, aún era débil, pero definitivamente estaba ahí, en todo su cuerpo. También tenía dolor de cabeza, y estaba seguro que ya había desarrollado fiebre.

Él decidió que nadie debía notarlo. Especialmente John, un Alfa con formación médica.

Sherlock sabía que sus esfuerzos eran inútiles, si Mycroft no lo rescataba hasta el día siguiente, lo que era muy poco probable. Tan sólo su olor le diría John todo lo que necesitaba saber.

Sin embargo, Sherlock se enorgullecía de tener un increíble control sobre su cuerpo, y él estaba decidido a ocultar su condición, el mayor tiempo posible…