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19. Engranajes

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Todavía no ha despuntado el verano y ya hace calor. Por eso él sale a correr por la mañana, cuando el día todavía no es lo que llegará a ser, cuando el sol todavía está despertando. Siente el subidón, que tanto le ha ayudado estos meses atrás, la adrenalina recorriendo sus venas, las endorfinas plagando su sangre. Corre, los viandantes figuras borrosas a su alrededor, sus pulmones luchando por recibir todo el aire que necesitan para alimentar de oxígeno a todo su cuerpo.

Cuando empezó apenas tenía fondo físico. Enfermó dos veces, la segunda postrándolo en la cama cerca de dos semanas. Su inesperado compañero de vida le dijo que era porque estaba desintoxicándose de todo lo que se había metido. Él había creído morir, pero Xue Yang se había reído de él y le había dicho que cuando estuviera cerca de morir, lo sabría.

Ahora es capaz de aguantar durante mucho tiempo, llevándose a límites que parecían tan lejanos. Corre con un destino: llega a un parque que tiene diversos instrumentos que se pueden usar para entrenar sin necesidad de visitar un gimnasio. Se sienta en la primera máquina, que sirve para fortalecer pectorales, trapecio y dorsales. Trabaja diez minutos en ella y pasa a la siguiente. Esta sirve para hacer abdominales y pasa otros diez minutos. Son cinco máquinas en total, cincuenta minutos, un precio diario que está más que dispuesto a pagar si eso le hace sentirse vivo y olvidarse de la falsa euforia.

Mientras entrena piensa. Piensa en su madre, porque se acuerda de ella todos los días, pero ya no quiere ir a su lado. No todavía, al menos. Piensa en sus tíos y se pregunta si estarán preocupados, si han avisado a las autoridades de su desaparición, si tienen intención de buscarlo. Se siente culpable y piensa que debería escribirles algún día, hacerles saber que no fue su culpa, que él no era él. Quizá en el fondo no les importaba y solo lo acogieron forzados por su vínculo sanguíneo. Pese a todo, no era motivo para no estar agradecido.

Piensa en el que no sabe si es su salvador, pero que al menos fue el único en decirle las cosas directamente. Los primeros días se llevó alguna patada y algún puñetazo, nunca lanzados para dañarlo, nunca con intención de herirle, siempre con intención de despertarlo, de hacer que viera la realidad. Y él la ve, poco a poco, pero la ve, y ve que su mundo era limitado, cuadrado, confinado a unas emociones que ni siquiera eran suyas. Generalmente se marcha de casa después de que vuelva, justo cuando la noche va a tornarse en día, pero hoy no ha aparecido. No es la primera vez así que se ha marchado, tomando el segundo juego de llaves que parecía hecho para él, que parecía esperarlo. No se preocupa porque Xue Yang siempre ha vuelto, tarde o temprano, pero piensa en qué estado ha vuelto. Ya le ha visto con el labio inferior roto dos veces y con la nariz reventada en otra ocasión, nariz que él mismo se encargó de enderezarse. No sabe si estará dormido o encogido en una esquina, cabizbajo, peleando contra sus fantasmas.

Al fin y al cabo él, Mo Xuanyu, no es el único que está roto.

Corre de vuelta a casa, las aceras más pobladas, la mañana desperezándose. Corre y nota una ligera pátina de sudor cubrir su torso y sus brazos, también la frente y la nuca. Sonríe mientras respira con pesadez y nota el cansancio gateando hasta sus músculos, saludándolo como cada día. Él lo acoge y lo saluda a su vez, contento de conocerlo por todo lo que conlleva.

Una vez en casa, en el primer lugar que considera hogar desde hace años, lo recibe la oscuridad. Está todo cerrado, así que su compañero ya ha llegado. Olisquea el aire y sabe que ha cocinado algo antes de acostarse. También hay humedad, así que se ha duchado. Eso significa que ha llegado bien, que ha vuelto siendo él mismo, y Mo Xuanyu se tranquiliza. Se acerca al escueto salón, donde ambos tienen sus camas, y escucha la respiración del otro joven. Entre las cortinas se cuela una rendija de sol, la única luz que necesita para ordenar todo lo que ha dejado a su paso el torbellino que es el hombre que duerme. Un par de platos y un libro en la mesa, una silla fuera de lugar. Recoge los platos y los lleva a la cocina. Friega todo lo que hay y vuelve al salón, agradecido por el frescor de la oscuridad. Coloca la silla y recoge un par de cojines que hay en el suelo, mandándolos de vuelta al desvencijado sillón. Coloca el libro en una estantería que ya no tiene más hueco, llena de más libros y las pocas pertenencias terrenales del dueño del piso. Vuelta a la cocina a por un par de bayetas para limpiar la mesa. Se quita la camiseta, que se le pega al cuerpo, y se pasa un brazo por la frente. Está pegajoso y el sudor se le está enfriando.

Limpia la mesa, incapaz de dejarla sucia e incapaz también de echarle la bronca al otro hombre, que le da la espalda a la sala, durmiendo de cara a la pared. Hasta donde él sabe, trabaja por las noches en algo que no le gusta, pero que no tiene más remedio que hacer. Nunca le ha pedido dinero a Mo Xuanyu y le deja vivir como quiere, poniendo solo dos condiciones:

Una, que no se coloque nunca más y menos en su vista, o lo mataría.

Dos, que se encargue de los menesteres del hogar, de los que él reniega.

No ha podido sino aceptar dichas condiciones. Tampoco le queda otra.

Cuando está secando la superficie de la mesa choca con el codo y sin querer contra una de las sillas y la arrastra, casi tirándola. Todavía sujetándola, mira al otro hombre, que emite una ligera queja y se mueve.

—Lo siento, Yanyan —usa el mote que le ha puesto y que suele aplacar el mal humor de su compañero—. Te he despertado…

El mencionado se sienta en la cama y lo mira con los ojos entrecerrados, las largas pestañas cubriendo iris y pupila. Mo Xuanyu siente una emoción surgir del hombre, pero no es capaz de reconocer cuál. Coloca la silla en su sitio y se gira para coger las bayetas.

Cuando vuelve a darse la vuelta para ver a su compañero, que no ha dicho una palabra, se lo encuentra a escasos centímetros. ¿Está enfadado? Se encoge cuando ve que alarga una mano hacia él y cierra los ojos, anticipando un posible golpe.

El golpe no llega. En su lugar, una mano se posa en su torso desnudo, con delicadeza, un toque casi etéreo. Xuanyu abre los ojos, confuso. La mano izquierda del otro hombre está sobre su pectoral derecho, a la altura del corazón. Mira a Xue Yang a los ojos, cuestionando su gesto en silencio. El otro hombre ya tiene los párpados completamente abiertos y pasea la mirada por la zona donde reposa su mano. Le aumenta el pulso y el hombre que lo salvó se da cuenta.

—¿Estás nervioso?

El otro ya sabe que sí, así que no responde. Xue Yang recorre con un dedo las tenues líneas de su torso. Todavía no están definidas, ningún músculo marcado en demasía, pero ya empieza a intuirse el resultado de los meses de entrenamiento matutino. Se detiene a la altura de los abdominales y deja allí el dedo, descansando sobre la piel todavía húmeda. Mo Xuanyu está paralizado, quieto como una estatua.

—No me había fijado en lo mucho que estás trabajando —musita, absorto. Acto seguido, se inclina ligeramente.

Xue Yang cierra los ojos y acerca la cara al pecho del hombre congelado. Saca la lengua y pasa la punta por la piel, justo donde había estado su mano, ya sensible por el contacto previo. Mo Xuanyu traga saliva, incapaz de creer lo que está pasando. No sabe reaccionar y ahí se queda, estático. El otro hombre abre los ojos y lo mira desde abajo, sonriendo con malicia, esa malicia suya que en realidad no tiene maldad. Todavía mirándolo guarda la lengua y habla.

—Tampoco era consciente de lo bien que sabes.

La última palabra es poco más que un susurro. El hombre vuelve a sacar la lengua, esta vez más que la punta, y la posa completamente en la piel del otro, mojado contra húmedo. La arrastra hacia un lado, llevándose con ella el sudor, hasta que se acaba chocando con un pezón.

A pesar del calor incipiente, a pesar de que el verano esta al caer, una corriente eléctrica recorre el cuerpo de Mo Xuanyu, un escalofrío que viaja desde el principio hasta el final de su columna. Su mente empieza a trabajar a toda velocidad: ¿ha tomado algo hoy? ¿Está soñando? ¿Es Xue Yang la persona que está enfrente de él? No, no, sí. No sabe qué hacer.

Y esto Xue Yang lo sabe, así que toma la iniciativa. Le coge de la mano y lo arrastra hasta la cama. Coge las bayetas a las que está aferrado, como si de un salvavidas se trataran, y las arroja en la mesa. Con sumo cuidado lo empuja hacia la cama y hace que se siente. Se coloca encima de él, sobre sus piernas, rodillas en la cama.

—Si no quieres, solo tienes que decirlo…

Mo Xuanyu no está seguro de eso. No cree que pudiera hablar aunque quisiera. Sabe que en algún momento supo hablar, pero ahora… ahora lo duda.

De lo que no duda es de si quiere o no quiere.

Agarra a Xue Yang por la muñeca, con más brusquedad de la que esperaban ambos, y el agarrado reprime un jadeo de sorpresa. Se tumban con cuidado en la cama y se miran. Para Mo Xuanyu es como si viese a Xue Yang por primera vez.

Tiene un rostro agraciado, hermoso, fino. Las pestañas son largas y sedosas, los ojos son del color de las nubes de tormenta. Su pelo es negro, azabache puro, y es corto, pero con la longitud justa para que Mo Xuanyu le pase una mano y tenga cabello para atrapar, para acariciar. Xue Yang lo deja hacer. Pero él no sabe qué más puede hacer.

—No has hecho esto antes, ¿verdad?

De nuevo, ya conoce la respuesta. Se incorpora brevemente y se quita la camiseta, revelando un torso delgado cuyas clavículas destacan. Mo Xuanyu, con una valentía que no sabe de dónde ha sacado, muerde con suavidad una de esas clavículas, lo que se gana otro jadeo.

Xue Yang huele ligeramente a sudor, huele al suavizante de las sábanas recién cambiadas, huele a él. Toda su cama huele a él. Todo el cuarto huele a él, se da cuenta de repente.

Ahora mismo, toda su vida huele a Xue Yang.

Pronto están besándose, con tiento, el dueño de la cama siempre liderando, guiando al inexperto pupilo. Las manos vuelan y se posan en la piel, en los omóplatos, en los abdominales, como si quisieran mapear el cuerpo del otro y grabarlo a fuego en sus mentes.

Cuando ya conoce el torso lo suficiente, una mano de Xue Yang desciende y toca la forma que intenta escaparse del pantalón negro de chándal que viste el otro hombre.

—No sabía que te gustaban los hombres.

—Yo tampoco —logra responder, ganándose una carcajada.

No sabe cómo, pero los pantalones desaparecen y acaban en el suelo, al lado de la camiseta. Es evidente que Xue Yang está sintiendo lo mismo que él, ya que el mismo tipo de bulto se encuentra presente en su bóxer ceñido. Habría sido cruel de no ser así.

Los besos se tornan más impacientes. A Mo Xuanyu le cuesta respirar. Un calor inusitado ha anidado debajo del estómago y se expande por todo su cuerpo. Vuelve a sudar, pero ahora no suda solo.

El otro hombre agarra la goma de su bóxer y los retira pierna abajo. Xue Yang juguetea con su erección, ya libre. Mo Xuanyu nunca ha vivido algo así y se avergüenza, sonrojándose. El otro hombre le besa mientras mueve la mano que envuelve su miembro, arriba y abajo. El placer llega en oleadas y toma el control del beso, casi enfurecido. Xue Yang lo toma como si le diera permiso y acelera el ritmo. Introduce la mano por dentro del bóxer del otro hombre y coge su forma, imitando los movimientos. En pleno beso, Xue Yang sonríe y se separa.

—Menos mal que aprendes rápido.

Mo Xuanyu no quiere hablar. Prefiere dejar que hable su cuerpo. Sacude la virilidad del otro hombre con brío, pero con cuidado, sabedor de lo que puede y lo que no puede hacer con el miembro masculino por ser él poseedor de uno.

El calor aumenta y gime. Tiene que parar a Xue Yang o va a acabar en ese preciso instante.

—Vaya, vaya. ¿No quieres terminar aún?

—No —su voz suena ronca, casi desconocida a sus propios oídos.

El dueño del piso asiente y se separa de él. Se pone de rodillas, se deshace de la prenda que le quedaba y la revolea. Mo Xuanyu lo mira expectante, con las mejillas arreboladas. El otro hombre tiene los ojos fijos en los suyos y se lleva un dedo a la boca, mojándolo. Lo saca de la boca y un hilo de saliva cae, mojándole el pecho. Acto seguido lo lleva abajo, lo introduce por su propio ano y empieza a moverlo. Mo Xuanyu se incorpora, con los ojos como platos, y traga saliva. Siente que va a explotar de la excitación. Se acerca a Xue Yang, atraído como por un imán, gravitando como un satélite alrededor de su planeta, y lo besa, una, dos, tres veces. Pierde la cuenta.

El otro hombre jadea por el placer que le otorga su propio movimiento. Mo Xuanyu quiere colaborar y vuelve a agarrarle el miembro. Xue Yang aguanta la respiración y acelera su mano. Pasan un par de minutos y retira la mano. Aparta a su compañero y se lleva dos dedos a la boca, devolviéndolos a su retaguardia tras aplicarles saliva. Ambos se mueven, con gestos similares, los labios casi en carne viva de tanto unir sus bocas.

Mo Xuanyu no puede más.

Empuja a Xue Yang y lo tumba, poniéndose él encima. Su salvador alarga una mano, abre un cajón de la mesita de noche y coge un tubo de lubricante. Se lo pasa a Xuanyu con media sonrisa torva.

—No tienes ninguna enfermedad chunga, ¿verdad?

—Yo no… Yo soy…

—¿De tus padres?

Él niega con la cabeza. Sabe que, físicamente, está sano.

Con manos temblorosas abre el tubo y echa un poco sobre su pene. Está frío, muy frío, y el contraste con su calor corporal lo excita más si cabe. Sin apenas pensarlo cierra el tubo y lo tira a una esquina. Se inclina sobre el otro hombre, que tiene la mirada brillante, enturbiada por el disfrute que comparten. Poco a poco acerca su miembro a la entrada del joven y lo introduce con cuidado.

El que está debajo jadea y arquea la espalda, mientras que el que está encima tiene que pugnar por no embestirlo sin pensar.

El interior de Yang arropa su forma, la envuelve, una presión que le otorga un placer que debería ser ilegal.

Tanto tiempo escondiéndose entre pastillas, tanto placer sin peligros que lo había eludido hasta ahora.

Comienza a moverse hacia delante, hacia atrás, una moción que se hace natural cuantas más veces la repite. El hombre que tiene debajo se acerca más hacia él y alza las caderas para que el contacto sea más profundo, para que toque en el punto que lo hace morir un poco. Encajan como engranajes, diente con diente, a la perfección, moviendo una maquinaria que funciona como si lo hubiera hecho igual toda la vida.

—Llámame Yanyan —pide, un murmullo apenas audible entre el restallido de carne contra carne.

Yanyan, Yanyan, Yanyan.

Repite su nombre como un mantra. Sabe que no le queda mucho, porque lleva un tiempo sin aliviarse a sí mismo, así que agarra la masculinidad del otro y la sacude al mismo ritmo que llevan sus caderas. Lo hace con ternura, con toda la ternura que puede rescatar entre la pasión y el ansia de un primerizo, porque no quiere ser el único que disfrute.

Un movimiento, otro. Xue Yang grita debajo de él y Mo Xuanyu no hace más que llamarlo, ese apodo que es solo suyo, que es solo de ellos dos. Y así, entre gritos, los dos llegan a la vez, inhalando y exhalando con pesadez, un súbito cansancio apoderándose de sus cuerpos. Xue Yang se ha derramado encima de ambos, así que alarga una mano y coge el paquete de pañuelos que descansa en la mesita. Coge suficientes para él y para el otro hombre y se separa de él, sintiéndose un poco solo sin el calor envolvente de Xue Yang. Se los tiende y el otro sonríe, poniéndolos primero debajo de él. Xuanyu se sonroja.

—Es… ¿Es incómodo?

—Es desagradable cuando sale. Pero no te preocupes.

Lo coge del brazo y tira hacia sí. Mo Xuanyu cae a su lado y hunde el rostro en el hueco del cuello de Yanyan.

—¿Te ha gustado? —pregunta el hombre que está bocarriba. Xuanyu cree escuchar algo de vergüenza en su voz.

—Sí. Esto es… mejor.

El otro hombre sabe a qué se refiere. Le pasa el brazo por debajo del cuello y le acerca la cara. Acaban durmiéndose sin hablar. No hace falta.