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Conejos

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Intentó poner cara de póker cuando el peludo animal le saltó a los brazos pero cuando repentinamente fue asaltado por un aluvión de ellos no supo cómo diablos reaccionar. Jiang Cheng no era el tipo de hombre que se dejara ablandar por las cosas monas. No tenía nada en contra de los conejos, por supuesto, pero eso no significaba que tuviera debilidad por ellos. Su debilidad siempre habían sido los perros (hasta que Wei Ying apareció en su vida teniéndoles autentico pavor, claro).

Aunque reconocía que los conejos tenían su encanto y verse rodeado de ellos estaba ablandando su corazón de una manera inesperada… ¡No! Se mantendría fuerte y completamente neutral ante esas encantadoras bestias blancas peludas.

—¿Puedes repetirme que hacemos aquí? —le preguntó a Wei Ying con el ceño fruncido y un conejo negro entre sus brazos. Era uno de los pocos de ese color que había.

—Bueno, quería hablar contigo y ya sabes cómo se ponen dentro con las normas. Si acabamos gritándonos el uno al otro es mejor hacerlo afuera.

—¿Oh? ¿Y desde cuando te importa tanto cumplir las normas?

—¿Ves? A eso me refería. Ya estás empezando.

Jiang Cheng maldijo por lo bajo. Su hermano tenía un punto. Decidió que por el bien de su estabilidad mental no iba a soltar a la bola peluda de entre sus brazos. Estaba seguro de que si lo hacía estrangularía a Wei Wuxian con sus propias manos.

—De acuerdo, vale, ¿pero por qué hemos venido justamente aquí?

—Me gustan los conejos, ¿a ti no? ¡Ah! Pero no podemos comérnoslos, son de Lan Zhan —advirtió Wei Ying. Jiang Cheng frunció el ceño de manera inmediata.

Quizá, después de todo, estrangularía a su hermano con o sin conejo. Quizá, de hecho, enterraría a Wei Ying en una gigantesca bola de pelo de conejo. Sonaba a algo que sería muy placentero de presenciar. Suspiró ruidosamente.

—Ni siquiera he venido por ti —le recordó a Wei Wuxian finalmente—. He sido invitado por el líder Lan, ¿recuerdas? Más te vale no mantenerme muy alejado de mis obligaciones.

—Te prometo que será una conversación breve, ¿de acuerdo? —Wei Ying agarró una de las manchas blancas con sus propias manos—. Solo… uh, quería saber cómo estabais tú y Jin Ling. Parece que no ha podido venir.

Jiang Cheng se mordió la lengua para no preguntar de mala manera; ¿y a ti qué diablos te importa? Wei Wuxian se estaba comportando por una vez civilizadamente, ¿no podía tragarse por un rato el veneno al menos? Solo por un rato.

—Es normal —cedió—. Incluso después de dos años el nombre de Jin Guangyao se sigue murmurando allá donde va. Le va a costar mucho separar al anterior líder de clan de su secta —chasqueó la lengua—. Yo estoy bien —respondió, monocorde.

Y entonces el silencio cayó entre los dos. No sería algo tan desagradable si no fuera porque Jiang Cheng conocía a Wei Ying. No soportaba el silencio. Al menos no soportaba los silencios tensos y ese sin duda alguna era uno de ellos. No le sorprendió nada que Wei Ying empezará a mecerse de un lado a otro con el conejo en el regazo.

—Yo también estoy bien —carraspeó—. Digo, sé que no te interesa o algo así, pero, uh, por si acaso.

Jiang Cheng quería enterrar la cara de su hermano en el pasto. Lo que hizo en vez de eso fue mirar al conejo negro de su propio regazo y agarrarlo con ambas manos para alzarlo sobre su cabeza. Después de un rato lo soltó y agarró uno blanco. Definitivamente prefería tener uno blanco entre los dedos. El negro le recordaba a Wei Ying y en esos instantes quería ahorcarlo con Zidian.

—¿De verdad te los comerías? —le preguntó finalmente ignorando el tema anterior sacado por Wei Wuxian.

—¿Ah? ¿El qué?

—¿Qué va a ser? Los conejos, hombre.

—Mm, bueno, están ricos cocinados —Wei Ying se quedó callado—. Pero no creo que pudiera volver a comer conejo, realmente —suspiró pesadamente—. Al menos no sabiendo que es conejo. Ya me entiendes.

—¿Son solo de Lan Wangji?

—No, a veces Shizui también los cuida y le he oído decir que incluso Xichen se pasa por aquí.

—Eres realmente un maleducado —masculló ante la familiaridad con la que Wei Ying trataba a los Lan.

—¿Por qué? Es mi cuñado —le recordó Wei Ying. Un escalofrío le recorrió la espalda a Jiang Cheng ante la palabra—. De hecho, tú también eres el cuñado de Lan Zhan. Puedes ser informal con él.

—¿Te has vuelto loco?

—Desde que éramos niños dices que estoy loco así que no he podido volverme así si siempre lo he estado.

—Imbécil.

Ah, aquella familiaridad oprimió con fuerza el pecho de Jiang Cheng. Soltó suavemente al animal que había estado sosteniendo en el césped y se levantó por fin. Tardó unos segundos en quitarse los restos de hierba de sus ropas.

—Da igual, como sea, ya he perdido suficiente tiempo contigo. Voy a reunirme con el líder de Secta Lan —se despidió de Wei Wuxian antes de ponerse en movimiento de vuelta al receso de las nubes.

—Ah, Jiang Cheng —se detuvo—. Uh, gracias por aceptar hablar conmigo.

—Tsk, como sea.

No se giró para despedirse de nuevo.