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"Shin Sekai - Real of the World" de Zi:Kill (1989)

 

 

    – Awaji, estas despedido...   

  Era diciembre 28 de 1990. Me encontraba cambiándome de ropa en nuestro camerino, después de una pequeña presentación en el Club Citta en Kawasaki.

Aquellas palabras frías llegaron a mis oídos como dardos venenosos, dispuestos a picarme en lo más profundo de mi ser y a envenenar mi mente con sentimientos de enojo e injusticia.

    – ¿Me estas escuchando Awaji?– La voz fría de Ken, líder y guitarrista de Zi:Kill volvía a invadir mis oídos. Era claro que sonaba hastiada. 

  En aquel entonces yo era baterista de Zi:Kill, una banda que hoy en día mucha gente considera legendaria en la escena musical de los años noventa, pero la realidad era otra. Nosotros no éramos conocidos por ser unos genios musicales, éramos conocidos por las acaloradas y agresivas peleas que solíamos tener en casi todos los ensayos y sesiones de grabación.

Recuerdo que muchas personas a nuestro alrededor, incluso el mismísimo Yoshiki Hayashi, afirmaban que de seguir así, Zi:Kill terminaría desmoronándose hasta convertirse solo en un recuerdo.

Y ahora que lo pienso, tenían razón.

  Levante la vista y me topé con la mirada seria de Ken, quien se encontraba en medio del camerino con los brazos cruzados. Él era un hombre de baja estatura, cuyo rostro se asemejaba al de un niño pequeño, sus orejas grandes solo acentuaban más dichos rasgos.

 Ken, el guitarrista... el destino me jugaría una broma cruel años después con respecto a ese nombre.

Detrás de él estaba Tusk, el alto vocalista de la banda, que en esos momentos parecía el guardaespaldas del guitarrista; y no era de extrañarse, esos dos eran mejores amigos desde la infancia.

    – No sé por qué te molestas Ken-chan, el androide no escucha a nadie – dijo Tusk de forma burlona mientras encendía un cigarrillo.

Por alguna extraña razón Tusk me había bautizado con el apodo "androide" tan solo unas semanas después de trabajar juntos, inspirado por mi personalidad pacífica y (según sus propias palabras) por mi forma tan automatizada de tocar la batería.

    – Tal vez necesita limpiarse los oídos con aceite o algo, jajaja…  

  Aquello ciertamente era infantil, pero Tusk lograba hacer de ese apodo algo hiriente de lo cual se burlaba. Tusk, el vocalista que había compartido un papel estelar con el gran Hide de X Japan en esa extraña película, era en realidad un bufón presumido y engreído.  

    – Tusk déjate de bromas, esto es serio – le indico Ken con fastidio –. ¡Demonios Awaji! me estas escu… 

    – ¡Si Ken, te estoy escuchando! –  le interrumpí molesto –. Me estas despidiendo de la banda.

    – ¡Hasta que el androide se dignó a hablar! – Se burló Tusk –.Pobre, seguro la noticia te dejo sin palabras… – Mientras decía esto una de sus manos revolvió mi cabello como si estuviera consolando con un niño pequeño. Aleje su mano de inmediato –. Lo siento androide, pero ya no nos sirves en Zi:Kill.

  Sabía de antemano que dejar la banda sería algo inevitable, que tendría que suceder en algún momento. Pero no pensé que fuera tan pronto, ni mucho de esta manera tan humillante. ¡Maldición! no había pasado ni una hora desde que bajamos del escenario, y ya estaba siendo despedido.

  Al no recibir respuesta de mi parte, Tusk rió entre dientes y se dispuso a cambiarse de ropa.

    – Lo siento Awaji, así están las cosas – afirmo el guitarrista aun con su vista fija en mi –. Otha-san te está esperando en la oficina del club para anular tu contrato, así que vístete rápido y reúnete con él.

Dicho esto, Ken me dio la espalda y comenzó a cambiarse de ropa. El camerino se quedó silencio y el único ruido que podía escucharse era el de la música proveniente del club.

Con un gran nudo atorado en la garganta, termine de vestirme y empecé a empacar de mala gana todas mis cosas en una maleta.

Miles de pensamientos, insultos y lamentos invadieron mi mente, al grado de provocarme una jaqueca, mientras el enojo me carcomía el pecho.

¡Esto era tan injusto!

Por unos momentos recordé el día en que me uní a Zi:Kill, el éxito de venta que tuvo nuestro álbum Close Dance, la pequeña gira en Londres... y ahora, después de tan solo unos meses, los mismos sujetos que me habían pedido con entusiasmo ser su nuevo baterista, eran los mismos que ahora me daban una patada en el trasero para deshacerse de mí.

   Una carcajada me saco de mis pensamientos, voltee de reojo y pude observar como Tusk y Ken tenían una amena (y al parecer divertida) platica en voz baja mientras terminaban de cambiarse. Todo era muy claro, se reían de mí. Sin embargo, no iba a quedarme callado, llegaría al fondo de esto y defendería mi lugar en la banda.

     – ¿Y esto fue decisión de Otha-san? ¿O tuya, Ken? – Cuestione molesto –.Si voy a ser despedido, creo que él es quien debe hacerlo ¿no crees?

  Otha-san(1) era nuestro nuevo manager, quien nos acogió después de salir de Extasy Records, ofreciéndonos para grabar en Toshiba Emi Records para convertirnos en una banda major. Meses atrás habíamos comenzado a grabar un nuevo álbum bajo nuestro nuevo sello discográfico.

    – Otha-san quería que arregláramos nuestros problemas – respondió Ken sin mirarme –.Y como líder de Zi:Kill, estoy resolviendo el problema que agobia a nuestra banda.

    – ¡¿Y yo soy el del problema?! – el tono de mi voz se había elevado notablemente, provocando que tanto Ken como Tusk se volvieran a mirarme con el ceño fruncido.

    – Creo que es algo más que obvio, Awaji… – respondió Ken cruzándose de brazos –.Siempre dabas problemas y jamás apoyaste las decisiones que hacíamos como equipo…

     – ¡¿Equipo?! ¡Nosotros nunca fuimos un equipo!  

     – ¡Es más que la verdad, Awaji! Siempre quejándote y discutiendo por todo; además ¡cuestionabas mi autoridad!

    – ¡Porque no eres un buen líder! ¡Tú no escuchas a nadie, haces siempre lo que te viene en gana! ¡Eres un egoísta!

   Discusiones como estas eran comunes entre nosotros, en las cuales siempre terminaba tragándome mi enojo. Pero no esta vez.

La mirada que Ken me dirigía era del más profundo desprecio, lo que había dicho sobre su mal liderazgo era cierto, incluso él lo sabía; pero su orgullo le impedía aceptarlo y arreglar las cosas. Tusk permanecía a la expectativa, si las cosas se salían de control, acudiría al auxilio de su amigo sin pensarlo dos veces.

    – ¿Quieres saber la verdad, Awaji? – Aquella pregunta salió de los labios del guitarrista en un tono de indudable molestia – Te despedí porque me desagradas, no te soporto en absoluto; en serio no puedes imaginar lo feliz que me hace el saber que te vas de una vez por todas.     

  Sentí una punzada de dolor en mi pecho. No había más que discutir.

Con esa declaración, decidí que era mejor seguir empacando mis cosas, para que ese dolor no siguiera afectando mis pensamientos. Cuando termine, me puse una sudadera y encima una chaqueta, era seguro que haría mucho frio afuera. Me coloque mi mochila de viaje  y tome en mis manos la enorme maleta deportiva con la que siempre viajaba; y antes de salir del camerino, la voz burlona de Tusk me detuvo en seco:

    – ¡Adiós pequeño androide!

De acuerdo, aquello había sido el colmo.

  Mis padres siempre se empeñaron en enseñarme a ser respetuoso con las personas, y no me avergonzaba admitir que yo era de esas escasas personas en todo Japón que no decían grosería alguna.

Pero estas personas no merecían mi respeto.

Antes de salir por la puerta, me di media vuelta y mire a Ken y a Tusk, quienes se tensaron al ver mi repentina acción.

Respire profundamente y entonces les hice saber lo que pensaba de todo esto.

    – ¡Vayan a la mierda con su puta banda, imbéciles!

Mis ahora ex-compañeros quedaron atónitos por mi fuerte declaración, era obvio que no esperaban algo así de un idiota como yo. Pude ver como el blanco rostro de Ken se tornaba rojo, mientras que Tusk balbuceaba, tratando de dar una respuesta a mi insulto. Y antes de que aquellos dos pudieran decir algo, salí rápidamente del camerino azotando la puerta.

   Comencé a caminar con rapidez por un corredor poco iluminado que llevaba a la oficina en donde se encontraba Otha-san. La música del club aun podía escucharse en todo su esplendor. Era molesto.

Al llegar a mi destino, note que la puerta de la oficina estaba cerrada, tal vez a Otha-san también le desagradaba aquel ruido.

Toqué fuertemente, y a los pocos segundos escuche un débil ‘¡adelante!’ del otro lado. Al entrar a la pequeña oficina, me encontré con un hombre que estaba sentado frente a pequeño escritorio con nada más que un cenicero repleto de colillas de cigarrillos.

Nuestro manager era un hombre muy delgado, cuyo rostro mal rasurado estaba adornado por un par de gafas tipo piloto y unas ojeras de gran tamaño, pero lo que más llamaba la atención era su cabeza calva que el hombre trataba de ocultar con unos cuantos cabellos que se habían resistido a caer de ella.

De haber buscado la definición de "desaliñado" en un diccionario, era seguro que la fotografía de Otha-san aparecería.

    – ¡Awaji-kun, pasa por favor! – me indico el manager con voz áspera y extrañamente animosa –. Cierra la puerta y toma asiento.

Obedecí lo antes dicho, y cuando estuve sentado frente a él, me ofreció un cigarrillo, el cual rechace con un amable gesto de mano; entendiendo que sería el único que fumaria, mi pronto ex-manager encendió un cigarrillo para sí mismo.

    – Recibiste malas noticias ¿verdad, Awaji-kun? – Pregunto exhalando el humo del cigarrillo –.Seguro fue algo duro de digerir, pero estas cosas pasan siempre en bandas amateur.

    – Creí que usted me despediría...

    – Tal vez era mi responsabilidad, pero pensé que ustedes tendrían la madurez suficiente como para resolver sus propios problemas.

    – Y vaya que los resolvieron...

    – Vuelvo a repetirte Awaji-kun, estas cosas pasan, incluso podría decir que son necesarias.

Después de decir esto, Otha-san se dispuso a sacar de uno de los cajones del pequeño escritorio unos documentos, comprendí de inmediato que se trataba de mi anulación de contrato. La hora había llegado.

Con el cigarrillo en la boca, Otha-san coloco frente a mi unas hojas que tenían impresas el logotipo de Toshiba Emi records, a continuación me acerco un bolígrafo.

    –  Por favor, lee el documento Awaji-kun – me indico Otha-san mientras tomaba las hojas en mis manos –.Si tienes alguna duda, házmela saber.

Baje la mirada y comencé a leer:

  Estimado Awaji Yukihiro, por este medio nos es lamentable anunciarle...

Un mal sabor de boca me invadió conforme leía el contenido. Aun siendo una carta de despido, nuestros jefes mantenían una cortesía impecable. Una fría cortesía que mando a mi estómago directo a mis pies.

Durante varios momentos me sentí como el ser más miserable de la tierra ¿Qué haría ahora? Pensaba en el hecho de que, después de esto, mi carrera como músico se iría a caño y para sobrevivir, tendría que conseguir un aburrido trabajo como el de mi padre. Sería un fracasado toda mi vida.

Me lleve una mano a la sien, ya no tenía ganas de pensar en nada. Firmaría aquel documento sin rodeos.

Sin embargo, algo llamo mi atención.

    – Otha-san aquí dice que debí ser notificado de mi despido con treinta días de anticipación... – indique con recatada molestia – ¿Porque me despiden precipitadamente?

    – Awaji-kun, en este medio no acostumbramos tanta formalidad...

    – ¡Pero es injusto!

Otha-san apago su cigarrillo en aquel sucio cenicero, dejando escapar un ruidoso suspiro, pero lejos de mostrarse irritado por mi interrupción, parecía más bien divertido por mi reacción.

    – Awaji-kun eres aún muy inocente para entender muchas cosas, así que te explicare... – dijo dirigiéndome una mirada comprensiva y una sonrisa amarillenta  –.Tus compañeros me habían hecho saber su decisión de despedirte desde hace más de un mes, y al saberlo tal vez pude haber intervenido por ti o pude haber buscado una solución. Sin embargo, decidí no hacerlo porque no quería hacer de esto un problema más grande, eran tres contra ti Awaji-kun y la prioridad aquí es el éxito de la banda, aun si esto significa tomar decisiones extremas.

     – Sigue siendo injusto...  – afirme en voz baja sin mirar al hombre frente a mí. Aquella explicación me hizo querer llorar, nadie estaba dispuesto a ayudarme. Estaba solo.

    – Es una decisión cruel y tal vez poco ética, lo admito – comento Otha-san, mientras buscaba nuevamente algo en uno de los cajones del escritorio –.Vivimos en una época muy difícil, esta es la realidad del mundo...

Deje salir un risita amarga, aquello había sido una clara referencia a una de las primeras canciones de Zi:Kill.

    – ¿En dónde firmo, Otha-san? – pregunté resignado.

    – Si no hay más preguntas... – respondió mientras colocaba un sobre amarillo sobre el escritorio –.Firma en las líneas donde aparece tu nombre, por favor.

Y así lo hice.

Mientras firmaba mi nombre, la voz de mi padre resonaba dentro de mi cabeza.

Pruebas ácidas Yuki-chan, pruebas ácidas...

    – Vamos Awaji-kun, borra esa cara larga de tu rostro, no es como si fueras a extrañar a tus compañeros y las discusiones ¿o sí?  – cuestionó divertido mi ahora ex-manager recibiendo el documento que le entregaba  –.Además, velo por el lado bueno, aun tienes derecho a esto…

Otha-san me acerco aquel sobre amarillo que había sacado antes, lo tome con desconfianza y revise su contenido. Nunca imagine que en medio de esta situación, recibiría algo así.

    – Pero... esto es....

    – Tu liquidación laboral  – respondió Otha-san con suma tranquilidad – unos días de salario que por ley te corresponden y un pequeño porcentaje de regalías de las presentaciones que hemos hecho.

Abrí el sobre con cuidado, y a continuación saque un ligero fajo de billetes de diferente denominación.

    – Vamos, cuéntalo Awaji-kun.

Debo confesar que la mano me temblaba mientras contaba los billetes, nunca en mi vida había tenido en mis manos tanto dinero.

Seiscientos mil yenes…

Tal vez en estos días, esa cantidad no es muy grande, pero en aquel entonces, era una fortuna... fortuna que debía cuidar con mi vida.

Otha-san soltó una carcajada sacándome de mi ensimismamiento. Regresé el dinero al sobre y lo guarde en el bolsillo interior de mi chaqueta.

    – ¿Verdad que no todo ha sido tan malo?

No pude responder siquiera, solo asentí en silencio.

    – ¿Y qué harás ahora, Awaji-kun? – preguntó Otha-san levantándose de su asiento y secando el sudor de su cabeza calva con un pañuelo. Yo también me puse de pie.

    – Regresar a casa a comenzar de nuevo, supongo – respondí serio, pensando en lo que tendría que hacer –. Solo espero tener algo de suerte.

    – Me agradas Awaji-kun, no dejes que esto te desanime, eres talentoso, sé que llegaras muy lejos, y no te preocupes por esos sujetos… – dijo señalando con el pulgar hacia la puerta – de seguir así, la banda fracasara en poco tiempo, te lo puedo asegurar.

Sonreí, al parecer Otha-san sería la única persona en preocuparse por mí.

    – Otha-san, muchas gracias por todo – agradecí sincero dando una pronunciada reverencia – ¡Otsukaresamadesu!

    – Otsukaresamadesu, Awaji-kun – dijo él respondiendo mi reverencia con una sonrisa –. Por favor, cuídate.

  Salí de la oficina sintiendo que me había quitado un peso de encima, y cuando escuche que Otha-san había cerrado la puerta detrás de mí, deje salir una leve carcajada.

Me sentí aliviado. En serio que sí.

Antes de irme de aquel lugar, me detuve unos momentos para asegurarme de que el sobre del dinero estuviera bien resguardado en el bolsillo interno de mi chaqueta. Por breves segundos sentí celos del sostén de una mujer, era el escondite perfecto contra malhechores.

    – ¡Esto no pasaría si usaras sostén Yukihiro! – comente divertido para mí mismo.

Satisfecho del resguardo del sobre dentro de mi chaqueta, tomé mi maleta y comencé a andar por el largo pasillo que había recorrido antes, en busca de una salida. Aquel lugar tenía una mala iluminación, y el calor del ambiente era sofocante a falta de ventilación, sin mencionar el ruido de la música del club. Después de varios minutos, al no encontrar una posible salida, comencé a desesperarme.

    – Lo que me faltaba ¡Perderme en este maldito lugar!

De pronto, al dar vuelta en un pasillo, tropecé fuertemente con alguien.

    – ¡No lo vi, lo siento! – me disculpé torpemente, mientras levantaba mi maleta que había caído al suelo a causa de lo ocurrido.

    – No te preocupes Yuki-kun... – escuche una voz responderme con suavidad –. De hecho estaba buscándote...

Levante la mirada y me topé con la de Seichii, bajista de Zi:Kill.

Ambos nos quedamos mirándonos en silencio. Para ser sincero, no esperaba (ni deseaba) encontrarme con él después de lo que había pasado. Para mi mala fortuna, Seichii no solo había sido el único amigo que tenía en Zi:Kill, también había sido un amante ocasional en las noches silenciosas y solitarias.

    – No sé cómo decirte esto... – comenzó a decir con una voz suave, la misma voz que muchas veces susurro a mi oído en la intimidad de la noche –. Pero sobre lo que paso, yo... – Sin embargo, el hecho de que él también había tomado parte en mi despido, me dolía a sobremanera, así que me negué a caer en recuerdos innecesarios.

    – Olvídalo Seichii... – interrumpí abruptamente, retomando mis pasos. Al ver que me alejaba, Seichii comenzó a seguirme, mientras intentaba disculparse por lo ocurrido.

    – ¡Yuki, por favor perdóname! ¡No pude hacer nada! – su voz agitada hacía eco en aquel pasillo, cualquiera que hubiera pasado cerca de ahí habría podido escuchar las suplicas desesperadas de mi amigo.

  Seichii era peor de introvertido que yo, incapaz de hacerle frente a Ken en las discusiones o de defenderse de las burlas de Tusk. Jamás cuestionaba nada y solo aceptaba lo que los demás le imponían, y por esa misma razón yo siempre salía en su defensa.

Y él no salió en la tuya… pensé con amargura.

Después de incómodos minutos, logre visualizar una puerta con un letrero que decía "Salida" en letras luminosas. Suspire victorioso y me dirigí a dicha puerta.

Sin embargo, antes de llegar a dicha puerta, mi compañero apresuro el paso y se detuvo frente a mí.

    – Yuki, perdóname – insistió Seichii bloqueando el camino. Sus ojos cristalinos me miraron de manera suplicante –. Por favor entiende, no tuve otra opción.

    – Claro que si la tuviste – respondí irritado –. Pudiste defenderme como yo siempre lo hice contigo. ¡Al menos pudiste haberme dicho lo que esos tipos  planeaban!

    – Si los contradecía, me hubieran despedido también…

    – ¿Y eso era tu mayor preocupación?

    – Yuki, no tengo a donde ir, lo sabes...

    – Pudiste haberte quedado conmigo, Seichii…

  Mi respuesta tomo por sorpresa a mi ex-compañero, quien abrió grandes los ojos, incluso a mí me tomo por sorpresa. Aquella declaración indirecta y cursi, revelo lo mucho que me había dolido su traición (incluso llamarlo “traición” era bastante dramático). Yo era consciente de que Seichii y yo jamás llegaríamos a ser algo más que simples amantes, y aun sabiendo esto, no podía negar el hecho de que muchas veces llegue a sentir algo más por él.

Seichii dejó escapar un suspiro melancólico de sus labios, mientras evitaba a toda costa seguir mirándome a los ojos. Abrió la boca para decir algo, pero de ella no salió palabra alguna.

    – Me decepcionaste Seichii – fue lo que atine a decir después de largos minutos de silencio –. Y si vas a permitir que esos dos imbéciles decidan por ti, tienes un gran problema.

Espere a que Seichii dijera algo, pero al no recibir respuesta, decidí que ya había tenido suficiente de esta charla.

    – Ya, déjame salir por favor – indique con hastío.

Seichii dudo un par de instantes, pero al final se hizo a un lado para dejarme pasar. Di un par de pasos y abrí la puerta.

   Al momento de poner un pie fuera de aquel lugar, fui recibido por el cruel frió que azotaba Kawasaki. Nevaba moderadamente, así que supuse que no tendría problemas si decidía regresar a Chiba esa misma noche.

Aquella salida me había conducido hacia un pequeño y solitario estacionamiento, solo podían visualizarse un par de automóviles y postes de luz que alumbraban la zona. Suspiré, y el vaho de mi aliento hizo acto de presencia, haciéndome recordar que debía de abrigarme bien si no quería morir de frió. Me coloqué un gorro de invierno y subí por completo el cierre de mi chaqueta, que cubrió parte de mi rostro. Sintiéndome listo, tomé mi maleta y comencé a andar, en medio de la nieve.

    – Deberías regresar adentro Seichii – dije al escuchar unos pasos detrás de mí –. No estás abrigado, te enfermaras.

    – Estoy tomando mis propias decisiones, Yuki-kun – respondió él con sarcasmo, el frió se reflejaba en su voz –. Al menos te acompañaré hasta la parada de autobús.

Reí. Una repentina sensación de libertad me invadió. Todo lo malo que había sucedido momentos atrás, se había quedado dentro del Club Citta.

O eso creí.

  De pronto, escuchamos que la puerta por la cual habíamos salido se abrió violentamente. Nos detuvimos en seco.

    – ¡Oye Awaji! – me gritó una voz que ambos conocíamos muy bien.

    – Es Tusk – confirmó Seichii con un dejo de preocupación en su voz –. ¿Qué hacemos, Yuki?

    – Ignorarlo – respondí señalando lo obvio, y seguí avanzando.

A los poco segundos escuche los pasos apresurados de Tusk detrás de nosotros.

    – ¡Awaji! – volvió a llamarme Tusk de manera amenazante – ¡Awaji te estoy hablando! ¡Voltea a verme!

  Por supuesto que no respondí, el sonido de nuestras pisadas en la nieve y de los autos en la calle eran los únicos sonidos que se escuchaban.

Mi plan era sencillo: ignoraría a mi molesto ex-vocalista y me alejaría de ahí lo más rápido posible.

    – ¡Maldita sea Tusk! ¡Deja que se vaya! –  escuche una segunda voz exclamar desde la puerta. Era Ken – ¡No vale la pena!

No podía creer que aun después de que aquellos dos infelices me habían humillado, aún estaban dispuestos a molestarme.

La vida no era justa de verdad.

Seguí avanzando a paso decidido, no estaba dispuesto a caer en sus provocaciones. Lo único que deseaba en ese preciso momento era largarme de una vez por todas.

   Ignorando olímpicamente a Ken, Tusk se empeñó en no dejar a medias la tontería que tenía planeada.

    – ¡Androide! ¡No seas cobarde y mírame!

Seguí caminando. Estaba comenzando a cansarme de verdad.

    – ¡¿Por qué no nos dices de frente lo que dijiste hace rato?! – exclamó enojado – ¿Qué somos unos qué? ¡Atrévete a repetirlo!

No podía creerlo, esté sujeto buscaba pelea a como diera lugar.

    – ¿Por qué simplemente no lo dejas en paz, Tusk? ¡Ya se va! – escuché a Seichii defenderme, sin embargo el frió del ambiente provoco que su voz sonara temblorosa. Tusk bufó.

    – ¡No quieras defender a tu noviecito! Ahora me va a escuchar...

Repentinamente sentí como Tusk me jalaba violéntame de un brazo. Mi maleta cayó al suelo, y yo reaccioné enseguida.

    – ¡Suéltame! – ordené agresivamente, deshaciéndome de su agarre. Me volví enseguida y encaré a ese lunático de mierda –. Ya me despidieron, ya me estoy yendo ¿¡qué más quieren de mí!?

  Tusk se detuvo frente a mí y me dirigió una sonrisa burlona de dientes chuecos.

    – Tusk, te juro que si no me dejas en paz voy a… – me callé enseguida, no valía la pena discutir con él. Negué con la cabeza y levante mi maleta del suelo.

Mi ex-compañero se acercó a mí, siempre con ese porte altivo que lo caracterizaba. La diferencia de estatura era visible entre nosotros dos.

Me negué a encararlo nuevamente, así que le di la espalda.

     – ¿Si no qué? ¿Qué vas a hacer, eh? –. Se burló Tusk dándome  empujoncitos en la espalda, retándome. Burlándose. Molestándome. Saliéndose con la suya.

    Y esa fue la gota que derramo el vaso.

Lentamente comencé a cerrar con dureza mi puño derecho, mientras daba un profundo suspiro. Lo que estaba a punto de hacer iba en contra de todos mis principios y era probable que también yo terminara en aprietos.

Pero no me importo. Mi tolerancia había llegado a su límite.

  Deje caer mi maleta al suelo, pude observar como caía lentamente, casi en cámara lenta. En el preciso momento en que ésta golpeo la fría nieve, di media vuelta y en menos de un segundo le solté un fuerte puñetazo a Tusk.

Al no esperar el golpe, mi ex vocalista recibió el impacto de mi puño justo en su cara. Pude sentir la dureza de su mandíbula en mi puño, estaba seguro de que me dolería la mano al día siguiente.

Tusk cayó abruptamente al suelo, con una mano sobando el golpe reciente, en su mirada se asomó una sorpresa total ante lo que acaba de suceder. Aquel pequeño androide del que tanto se burlaba, lo había hecho callar de un simple golpe.

Pero él no era el único sorprendido, también lo estaban Ken y Seichii, quienes habían sido testigos silenciosos de tal acontecimiento. Sin embargo, decidí que aquello no era suficiente para saciar mi enojo, así que me agache rápidamente a la altura de Tusk, lo tomé de su camisa y le propine puñetazos sin piedad.

Durante varios segundos (los cuales me parecieron eternos) solo podía escuchar el sonido seco que provocaba el contacto de mis puños con el rostro de Tusk y sus quejido quedos de dolor. Me detuve en cuanto observé que su labio y su nariz sangraban en exceso.

    – ¡Ni siquiera lo intentes, Ken! – grité al ver su intención de querer enfrentarse conmigo para proteger a su amigo. Ken se detuvo ante mi advertencia, él siempre fue más listo. Sin embargo no dejo de dirigirme una mirada asesina.

    – Yukihiro, ya suéltalo – escuche a un asustado Seichii a un costado mío –. Él no vale la pena.

Aquello sin duda era cierto, sin embargo no evito que me sintiera satisfecho por lo que acaba de hacer. Ingenuamente me sentí como David después de vencer al gigante Goliat en aquella leyenda bíblica.

Mire a Tusk, quien respiraba agitadamente cubriendo su nariz, la cual aún sangraba.

    – Me rompiste la nariz, maldito idiota... – declaró Tusk en un adolorido susurro, su ojos me dedicaban un profundo odio. Pero estaba seguro que orgullo era lo que más le dolía en esos momentos.

    – ¡Escúchame imbécil! – Le ordené fuertemente tirando de su ropa – ¡Un día, cuando seas un gordo y calvo fracasado te acordaras de mí, Itaya!

Después de eso lo solté y me incorpore para acomodar mi chaqueta.

El enojo que sentía en ese preciso momento hizo que ya nada me importara. Todos podían irse al infierno, incluso Seichii. Realmente deseaba que las predicciones de Otha-san se cumplieran y que Zi:Kill se fuera a la ruina.

Levante mi maleta del suelo ante las miradas expectantes de mis ex-compañeros. A continuación los miré a cada uno a los ojos, esperando a que alguien me escupiera algún insulto, algún recordatorio familiar, alguna maldición… sin embargo nadie lo hizo. Había quedado claro quien había sido el ganador esa noche.

  Tenía que irme, pero no sin antes complacer la petición que Tusk había hecho con tanta insistencia:

     – ¡Vayan a la mierda con su puta banda, imbéciles!

Les di la espalda y seguí mi camino sin mirar atrás.

Mi tiempo con Zi:Kill había terminado.

Por fin.