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RIVALES CON DERECHOS

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PRIMER ARCO:

De Reencuentros, Despedidas y Duelos. 

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  Santuario de Athena.

3 años antes de la batalla de las 12 Casas.

 

Iniciaba en aquél entonces la madrugada. El viento silbaba sin piedad y arrastraba el polvo, de granito y mármol de las escaleras del Santuario, cuesta abajo. Era algo común en las noches de Grecia, cuando el verano al fin amainaba y el calor daba un poco de tregua, que en el Santuario, a tan terrible altura y rodeado de acantilados, la temperatura descendiera mucho por las noches. 

            En el templo de Tauro, su guardián estaba calentando agua para café, maldiciendo un poco el frío clima, con una manta sobre de los hombros. Estaba en eso cuando escuchó pasos por su templo y sintió un cosmos peculiar. Se asomó de la cocina y una ráfaga lo sacudió de inmediato, agitándole el grueso y largo cabello. Se acercó un poco intranquilo, ya que el cosmos se mantenía oculto a propósito. Detrás de una columna detectó una sombra que avanzaba descuidada, como un perro, por su casa. Con habilidad se le adelantó, y cuando estaba a unos pasos, se escurrió de la columna, derrapó en el piso y derribó al intruso para hacerle una llave y atraparlo contra el suelo. 

            —¡Arghh! ¡Cazzo! ¡Suéltame! —gritó ofendido el otro.  

            Aldebarán conocía esa voz.

            —¿Deathmask? —efectivamente, era el italiano al que apenas le veía la cara. —¡¿Que haces aquí?!

            —Si dejas de aplastarme te lo diré —respondió, moviéndose bajo suyo para indicarle su imposibilidad —¿Te molesto? 

            —Oh, sí. Claro... —se disculpó el otro mientras se paraba.

            Deathmask iba vestido de civil, aunque no de cualquier civil. Llevaba una blusa de seda de manga larga, pantalón azul cobalto, los zapatos eran elegantes y negros, brillantes, y quedó regado por el piso el saco del color del pantalón. 

            —¡Maldita sea! —se quejó Deathmask mientras se paraba y recogía su saco. —Con el frío que hace y tú me tiras al piso de granito. ¡¿Qué carajos haces despierto?!

            —¡¿Qué haces TÚ despierto, vestido así, y cruzando los 12 Templos a esta hora?! ¡¿Qué esperabas?! ¡Estabas ocultando tu cosmo! —se defendió Aldebarán. 

            —¡Claro que ocultaba mi cosmo! Te pensaba dormido  —y sacudió su saco. —No hagas drama. Sólo salí a divertirme como siempre. 

            —¡¿Cómo que "como siempre"?! —inquirió Aldebarán con un tic en el ojo.  

            —¡Ya, ya! Relájate. ¿Te molesta si hablamos de eso luego? —dijo caminando a la salida. —No tuve una buena noche y me urge llegar a mi templo, ya tuve suficiente de frío hoy. 

            Aldebarán notó que lo último lo decía con decepción resignada y hastío. Observó al canceriano que caminaba con cierta molestia en los pies, y luego lo escuchó estornudar. 

            —¡Hey! Ya que estás aquí, quédate. Esos zapatos no son nada cómodos para subir escalones y si te sigues enfriando vas a enfermar.

            —No, gracias.

            —¿Seguro? ¡Vamos! ¿Cuánto te puede tomar descansar los pies un poco y quitarte el frío con un poco de café?

            Deathmask sintió una ráfaga de frío y los huesos le temblaron. Miró al alto moreno que le enarcó las cejas, esperando una respuesta.

            —¡Seh! ¿Por qué no? —le dijo mientras lo acompañaba a la cocina y se sentaba en una silla junto a la mesa de madera

            —¿Por qué no te quitas los zapatos? —le sugirió Alde mientras quitaba la tetera, en la que ya hervía agua, del fuego.

            —No, gracias, es una tortura subir tanto escalón con ellos, pero lo prefiero a pisar el granito descalzo esta noche —le dijo el otro, mientras subía las piernas a una silla vacía, y hacía la cabeza hacia atrás, dejándola colgar del respaldo.

            —Te entiendo. Muchos se quejan del calor de Grecia, pero yo lo soporto bien porque de donde vengo hace igual o más. Estas noches de frío son terribles. El frío me despertó —comentó el taurino mientras sacaba dos tazas y ponía el agua caliente en ellas.

            —¡Seeeh! Sicilia también es muy cálida y a mí el calor ni me hace nada, pero en este Santuario, en estas épocas… ¡arghh! De haber sabido, mejor me quedo en mi templo en vez de bajar a la ciudad a perder tiempo.

            —A todo esto, me imagino que, vestido así, lo que hiciste fue irte de parranda, ¿cierto? —inquirió el brasileño dándole otra mirada a sus ropas que, ahora notaba, parecían desarregladas, como si el italiano se las hubiera tratado de quitar sin éxito.

            —Imaginas bien.

            —Y me imagino que no es la primera vez.

            —De nuevo aciertas, Torito —le respondió el italiano mientras se preparaba el café con poca azúcar.

            —Y dime, ¿desde hace cuánto soy el único caballero que resguarda las primeras Casas Doradas por las noches? —preguntó con dejo molesto, mientras se sentaba y preparaba su café en una taza que bien podría parecer una maceta.

            —Ya, ya, Aldebarán, ni que fuera para tanto —respondió agitando la mano con desgana. —Hago esto desde que era aprendiz.

            —Hablas muy a la ligera —musitó Aldebarán, conservando la calma. —Los templos de Aries y Géminis no tienen a sus guardianes aquí, tú y yo tenemos una gran responsabilidad con nuestros demás compañeros.

            —¡Vamos, Alde! No me sermonees porque, en todo caso, yo soy mayor en edad que tú. Aparte, hablas como si tú fueras un soldado raso. ¿Acaso no eres el gran Aldebarán de Tauro, el mas fuerte y veloz de toda la orden? Nada podría cruzar tu templo. Yo lo hago porque soy un dorado como tú, que es diferente.

            —Pero tienes todo el día para ir a donde se te pegue la gana. ¿Por qué salir de noche? ¡Es cuando los enemigos pueden llegar y atacar! Más con sólo un caballero dorado en las primeras 4 casas.

            —Bueno, es que la diversión que yo busco es más fácil encontrarla de noche —y al decirlo dio un sorbo al café, con una sonrisa torva en los labios, mientras que alzaba las cejas de modo pícaro, descolocando a Alde.

            —Ah, ya veo. Te saliste a buscar citas —acotó Aldebarán, acercándose la taza a los labios, pero sin llegar a tocarla, ya que Deathmask se atragantó con el café.

            —¡Buahahaha! —comenzó a reír, cuando pasó el trago, con trabajos. —¿Citas? No, no, Torito, esas cosas no son para mí.

            —¿Entonces para qué vestir así?

            —Pues para atraer chicas.

            —¿No que no te gustan las citas?

            —Pero yo no busco chica para tener citas. Yo busco chicas para coger.

            Ahora fue Aldebarán el que casi escupe el café.

            —¿Co-cómo?

            —Eso. Busco chicas para coger. Con este maldito frío, lo único que se me antoja es calentarme entre unas buenas piernas. —Deathmask casi se hecha a reír de nuevo de ver la cara de Alde, parecía como si le hubiera hablado en un idioma extraterrestre.

            —¡Ay, vamos! Que nos llamen “santos” no significa que lo seamos —le señaló, mientras recargaba el codo sobre la mesa y se sostenía la cabeza, mirándole. —O, por lo menos tú, no lo eres. No según las doncellas que hablan maravillas de ti.

            Aldebarán se sonrojó tan fuerte y rápido que Deathmask pensó que se desmayaría, y tuvo que hacer esfuerzos por no reírse en su cara.

            —Ahemm yo… bueno… —tosía para aclararse la garganta y recuperar la compostura. —No era mi intención sonar moral, lo que pasa es que no pensé que tú tuvieras interés en cosas así.

            —¿En qué pensabas que tenía interés? No creías que era gay, ¿o sí? —señaló el otro, mientras movía la mano, con la taza en ella, y volvía a tomar más café.

            —No, tampoco. Es sólo que pensé que no te interesaba el sexo.

            —¿De dónde sacaste esa idea? —cuestionó el canceriano, ahora con auténtica curiosidad.

            —No sé. Eres un caballero muy irreverente y no te detienes por nada, pero jamás te he visto flirteando con alguna doncella o con algún caballero femenino, aunque fuera sólo por el sexo. Especialmente aquí, que se consigue tan fácil.

            En eso tuvo que darle la razón Deathmask. El sexo en el Santuario era cosa común. No había realmente límites mientras se fuera discreto. Ellos vivían manteniendo mucha de la filosofía de la antigua Grecia, y servir a una diosa virgen, como Athena, no tenía nada qué ver. Después de todo, la misma diosa había protegido a héroes con vidas sexuales bastante activas, desde la época mitológica. A ella no parecía importarle tanto o. por lo menos, no en el caso de los hombres. Y si a eso le sumábamos que quien estaba al mando no era Athena, si no alguien mas... Pero obviamente eso no se lo iba a decir a Aldebarán.

            —No es que no me interese: es que para cualquiera es fácil conseguir sexo en el Santuario, menos para mí —señaló. —Antes no tenía líos, pero desde que mi reputación de, y cito: “maldito bastardo”, se hizo presente, se complicó mucho. Las doncellas me ven y salen corriendo. Es divertido sonreírles con cara sádica y ver cómo se ponen pálidas de terror, y si les digo que tienen lindo rostro ¡deberías de ver cómo tiemblan! ¡Divertido en verdad! Pero claro que lo último que pueden llegar a pensar, cuando yo lo digo, es que quiero coger con ellas. Y los caballeros femeninos, ¡uff!, ni soñarlo. Estoy vetado de todas las camas de caballeros femeninos. Son muy orgullosas y ninguna va a acostarse conmigo, por muy caballero dorado que sea ¡Y no!, no voy a darle a ninguna la oportunidad de rechazarme, y luego ande la nota de boca en boca por todo el Santuario. Ya vez que aquí es un hervidero de chismes y no voy a dejar que mi imagen, que tantos problemas me ahorra, ande por el piso.

            Aldebarán tenía que darle la razón en ello, ¡pobre!

            —Entonces te vas hasta Atenas a buscar acción. ¿En una noche como esta?

            —Sí, aunque creo que me voy a dar por vencido. Las chicas normales sencillamente son mucho lío.

            —¿En qué sentido? —inquirió Alde bastante intrigado. No convivía mucho con Deathmask, así que estar teniendo una conversación así era excepcional. Siempre había tenido la curiosidad de conocerle mejor, y le estaba agradando más de lo que pensó.

            —En todo sentido. Verás, para acostarte con novatas hay que invertir varias citas, y ser bastante cursi, gracias a todas esas películas y libros cursis que les llenan de helio la cabeza. Necesitas destilarles miel, y eso a mí no me va. Si no miento nunca, ahora no voy a mentir y ponerme "dulce" sólo por un acostón.

            —¿Y por qué no chicas de más experiencia?

            —Esas son peores. Si las novatas se caracterizan por ser cursis, las experimentadas son artificiales. Te venden su imagen de chicas de mente abierta y experimentada, y a la hora de los hechos, ninguna aguanta lo suficiente. Yo soy muy bueno cogiendo, ¿sabes? Y no he dado con una chica que realmente me sepa seguir el paso. Tener que limitarme, y conformarme, y no gozar hasta perderme, es un asco. Además odio tener que hacerlo yo todo.

            Alde lo veía cada vez mas impresionado.

            —Tal vez sea poco ortodoxo y esté siendo muy impertinente pero, ¿por qué no vas con alguna chica que se dedique a "eso"?

            —¿Hablas de una puta? —le salió la última palabra tan natural que Alde casi deja caer la mandíbula. —No, gracias. Ese fue justo mi lío hoy. Te cuento: fui a 4  bares y centros nocturnos, y como no di con ninguna chica que me diera el ancho, salí a buscar alguna puta por aquí. ¿Sabes?, a mí las putas me enseñaron a coger como se debe. Mis favoritas están algunas en Messina, otras en Milán. No es muy usual que sientan placer hasta venirse, y, conmigo, no es por presumir, pero me adoran. Y pensé “¡bue!, no debe ser muy distinto aquí”, y vaya que me equivoqué. La desesperación y tristeza en el aire se pueden cortar con cuchillo. No es nada excitante. Yo no sé qué tipo de hombre podría estar tan insatisfecho para excitarse con un ambiente así, para eso, mejor me busco putas en el Yomotsu.

            —¿No se supone que la prostitución es legal aquí?

            —Sí, pero la economía anda muy mal, mi amigo. Ya para ese momento se me había bajado la mitad del “ánimo”, pero me lleve a una a un hotel. ¡Qué chasco! Casi era como si la estuviera violando, se notaba que realmente sólo lo hacía para llegar a fin de mes.

            —Vaya, así como lo dices, se escucha horrible —acotó Aldebarán, entendiendo por qué las ropas de Deathmask lucían tan raras.  —¿Y qué hiciste?

            —¡Me detuve, claro! – señaló con tono de obviedad. —Así como iba, me salía mejor hacerlo con un hoyo en la pared. 

            Lo dijo tan natural que Alde no pudo evitar imaginar, en un segundo, cómo corchos sería hacer algo así.

            —¡Buahahahahahaha! Te pusiste rojo. Lo imaginaste, ¿cierto?

            —¡Claro que no! —se defendió, pero el sonrojo le hizo brillar la cara peor que semáforo, haciendo que Deathmask riera más. —¡Ya! Termíname de contar.

            —¿Luego de eso? ¡Neeeh! No queda mucho qué contar. Le di un par de consejos de cómo fingir orgasmos adecuadamente y me fui. Te digo, Alde. Así ya ni se puede tener buen sexo. El mundo está muy mal.

            —Ya veo. Y pues, ¿qué piensas hacer si ya no vas a salir a cazar chicas? —no es que Aldebarán estuviera muy de acuerdo con la idea, pero que él estuviera de acuerdo o no, poco le iba a importar al canceriano. Quién quitaba y hasta podía ayudarlo.

            —¿Pues qué más? Tendré que buscar diversión sólo cuando pueda escaparme fuera de Grecia. ¡En mi vida me vuelvo a parar ahí! No, por lo menos, hasta que la situación mejore —señaló mientras se terminaba el café y se levantaba de la silla antes de estirarse. —En fin, Torito, así es la vida, y mejor ya me voy. Todavía debo quemar estos zapatos, bañarme con agua hirviendo, masturbarme como los dioses mandan, e irme a la cama. En ese orden. Siéntete tranquilo, que creo que ya no te dejaré solo en las noches a cuidar las primeras 4 casas.

            Mientras lo decía, Aldebarán de pronto se imaginó a Deathmask solo, en la oscuridad de su enorme templo, de paredes atormentadas, y sintió pena de que sus correrías hubiesen terminado.

            —¿Sabes?, no hablamos muy seguido de esta manera. Si un día quieres platicar o algo, no me pesaría acabarme el café charlando —le dijo mientras le señalaba su enorme taza medio vacía.

            —Me gusta la propuesta, pero no creo que lo haga por un rato. Así de urgido como andaré, te vaya a terminar violando —le respondió bromista, al ponerse el saco.

            —Bueno, creo que sería mejor opción que un hoyo en la pared, ¿no te parece?

            —¡Wuahahahaha! Cierto, muy cierto. Veremos cuántos meses de abstinencia pasan para que te vea atractivo. Ciao, Alde —dejó la taza en la mesa y se fue caminando con la espalda erguida y las manos resguardadas en los bolsillos.