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La muerte no es la salida

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Capítulo 1: Nancy y Steve -> En lo profundo del bosque.
Hawkins, Indiana. Septiembre de 1986.
El verano se terminaba y eso era algo que en Hawkins podía verse perfectamente, la piscina pública estaba siendo ya vaciada bajo la atenta mirada de sus antiguos socorristas, los árboles empezaban a teñir sus hojas de dorado y naranja, las tiendas se llenaban de artículos de papelería para el inicio de un nuevo curso y los niños empezaban a estresarse por poder terminar las tareas que les habían asignado sus profesores para esos tres meses en un tiempo record, arrepintiéndose de no haber tomado el consejo de hacer un poco cada día o habérselos quitado nada más terminar la escuela para poder disfrutar del verano entero sin preocupaciones.
Luego estaban otros, como Steve Harrington, que deberes como tal no tenía, pero si que estaba empezando a estresarse por el inicio del curso en la Universidad a la que por fin, tras sangre, sudor, lágrimas y noches en vela redactando aplicaciones, había podido acceder. El aclamado niñero de Hawkins por fin había logrado ser aceptado en una universidad después de un año prácticamente sabático con el continuo reproche de su padre cada vez que estaba en casa (que gracias a lo que fuera no era más que un par de semanas al año) por no haber logrado entrar en la universidad el año que le correspondería, que solo habían ido en aumento cuando Steve había expresado su decisión de estudiar algo que no fueran negocios, dejando claro que no pensaba tomar el mando de la empresa de su padre una vez fuera adulto. El frío mundo de los negocios no era para él.
-Aún no me creo que vayas a irte a la universidad –dijo una muchacha de cabellos cenizos cortos y preciosos ojos verdosos que se encontraba sentada en la amplia cama del único hijo de los Harrington mientras este daba vueltas por el cuarto clasificando sus pertenencias entre cosas que tirar y cosas que iba a llevarse a la universidad.- la empanadilla ha progresado adecuadamente
-Ja, ja muy graciosa Robin –se quejó el muchacho sin mirar a su mejor amiga, más ocupado buscando una gorra que quería dejarle a Dustin para que se acordase de él, a pesar de que el muchacho había prometido que iba a ir a visitarle en cuanto pudiese.
-Pero es verdad, quiero decir, has estado trabajando mucho este año para hacer tus aplicaciones y aun así tenía mis dudas de que fueses a conseguirlo.
-Me dueles, me dueles enormemente Robin.
-Oh, vamos admítelo, zoquete, Dios no te ha llevado por el camino del saber escribir de manera decente de forma natural- y lamentablemente Steve tenía que admitirlo, nunca se le habían dado bien las redacciones, siempre que quería escribir sabía que quería poner, pero luego fracasaba miserablemente a la hora de expresarlo, sus ideas no tenían un hilo conductor visible y simplemente parecían una lluvia de palabras por las que Steve rogaba que tuvieran sentido y que rara vez lo tenían en realidad, pero una cosa era admitirlo para si mismo y otra muy distinta admitírselo a su mejor amiga, por lo cual se quedó en silencio mientras seguía buscando aquella maldita gorra. -¿Sabes? –dijo tras unos segundos de silencio la chica- creo que voy a echarte de menos, Steve.
-Vas a tener a Keith para sustituirme, además, seguro que cuando menos me lo espere vas a tener otro al que llamar zoquete.
-Puede ser, pero no será lo mismo, después de todo lo que hemos pasado juntos, no ver tu careto todos los días en el trabajo después de salir de clase se me va a hacer extraño.
Ante aquello Steve dejó de buscar la gorra y tomó asiento junto con la chica en su cama, se conocían de hacía un año, un año cuyo verano había cambiado la vida de ambos de manera irreversible, un verano lleno de códigos secretos, drogas e interrogaciones a manos de los rusos que culminó con la lucha contra un ente gigante de otra dimensión, la muerte de casi treinta personas y varias horas de firmas de papeles de confidencialidad por parte del gobierno de Estados Unidos y amenazas sobre como su vida iba a ser un infierno si se les ocurría decir algo. Un verano también marcado por una charla medio drogados en un baño y que había marcado el inicio de una amistad por la que Steve, sin saberlo, había rogado toda su vida.
-No voy a estar tan lejos –ante aquello Robin alzó una ceja- bueno, si, si voy a estar lejos, pero oye, vendré por fiestas y cumpleaños, esos mocosos no me perdonarán si se me pierdo alguno de sus cumpleaños, especialmente Dustin.
-Ya bueno, pero no va a ser lo mismo, ¿a quien voy a poner ahora como sujeto de mi tabla de apestas o molas?
-Siempre puedes poner a Keith en ella.
-Me quedaría sin espacio en la parte de apestas en la primera media hora. –admitió sacando una carcajada al moreno, porque ambos sabían que era cierto, Keith tenía incluso menos arte que Steve para ligar. –En fin, zoquete, tengo que irme.
-Creí que ibas a quedarte a cenar- admitió el chico al ver como ella se levantaba, imitándola para seguirla al piso inferior de su, generalmente, vacía casa.
-Ojalá, pero mis padres quieren tener una cena familiar o algo así antes de que empiece el curso y yo esté liada con todas las actividades extraescolares y el trabajo. Además –añadió una vez abrió la puerta- estoy seguro de que tendrás visita esta noche y no quiero tener que irme deprisa para evitar traumas innecesarios –este comentario hizo que las mejillas del antaño rey se tiñeran de rojo, arrancando una risa de la chica.-nos vemos mañana en el trabajo, zoquete.
-Hasta mañana Robin.
Tras despedir a su mejor amiga, Steve volvió a su cuarto para terminar con aquello que había estado haciendo, tras lo que pareció una eternidad por fin encontró la gorra en la parte más profunda de su armario, estaba algo llena de polvo pero en perfecto estado para entregársela a Dustin al día siguiente cuando fuera a por él para pasar el día juntos (Dustin prácticamente se lo había demandado tras enterarse de que Steve se iba a ir unos días antes de empezar el curso para acomodar todo en su nuevo apartamento).
Si tenía que ser sincero a Steve le parecía increíble el irse de aquella casa, de aquella ciudad donde tantas cosas habían pasado en esos últimos años, donde su vida había cambiado tanto que a veces apenas podía creérselo. En menos de dos años había pasado de ser el rey del instituto con el que todo el mundo quería salir y por el que las chicas se peleaban, a ser parte del grupo de nerds con los que solía ejercer de niñera y a los que sacaba cinco años de edad, a no tener apenas amigos de su edad y ya ni hablamos de una relación, ya sea espontánea o duradera. En menos de dos años había pasado de ser un gilipollas integral a ser una persona que mereciera la pena y no se arrepentía de nada de ello por mucho que otros se burlasen de él.
Su vista se dirigió en ese momento a su ventana, a través de ella, iluminada con grandes focos blancos, se encontraba la piscina por la cual su residencia era famosa, aquella piscina que no había vuelto a tocar tras aquella fatídica noche en la que la mejor amiga de la que por aquel entonces era su novia había fallecido al ser arrastrada a las frías aguas por un ser que iba a poblar las pesadillas del ahora universitario para toda su vida y que era el causante de que durmiese con bate de baseball lleno de clavos al lado de su cama. Steve no quería pensarlo, no quería pensar en Bárbara, en la cara de Nancy cuando entre lágrimas le había confirmado que aquel ser que habían visto en la casa de los Byers había matado a la chica, no quería pensarlo porque el miedo y la culpa le carcomían si lo hacía.
Tras dejar de lado la gorra se dispuso a continuar embalando sus cosas hasta el punto que perdió la noción de tiempo y para cuando quiso darse cuenta todas las farolas de su calle iluminaban la noche con un tono amarillento y su piscina parecía más brillante todavía haciendo que le recorriera un escalofrío por ello haciéndole bajar las persianas de su habitación para evitar mirar al exterior, empezando a encender las luces de la casa por precaución, tomando su bate consigo, parecía una estupidez, pero así, con la madera entre sus dedos, se sentía más seguro de lo que se había sentido en los últimos años.
Dejó su arma sobre la encimera de la cocina antes de dirigirse al frigorífico y sacar uno de los múltiples tuppers que Claudia Henderson había tenido a bien darle como pago por cuidar de Dustin cada vez que se lo pedía, un método de pago que Steve no necesitaba, pero al cual no se iba a negar, Claudia Henderson cocinaba como una profesional y él era idiota, pero no tanto como para negarse a aceptar un tupper repleto de comida hecho por ella. Recién había metido el recipiente de cristal en el microondas para calentarlo cuando el sonido del timbre le llamó la atención, su vista se dirigió al reloj que colgaba de una de las paredes de la habitación, eran las diez de la noche, demasiado pronto como para que su visita llegase, pero quizás se había adelantado, no sería la primera vez.
-No te esperaba tan pronto –dijo una vez abrió la puerta, y negaría una y mil veces el haberse parado un momento frente al espejo de la entrada para intentar arreglarse un poco el despropósito de pelo que llevaba en ese momento.
-Creo que no me esperabas directamente –dijo una voz que, verdaderamente, no esperaba escuchar esa noche frente a la puerta de su casa. Nancy Wheeler era quien esperaba al otro lado de la puerta, con su pelo nuevamente largo recogido en una coleta media, vestida con un jersey gris de rombos atravesados por un par de líneas moradas en la zona del pecho y unos pantalones negros que resaltaban sus largas piernas.
-¿Nance? –inquirió Steve al ver ahí a su ex novia y ahora amiga/compañera de batallas. Quiso preguntarle qué hacía ahí, qué le traía a su casa a esas horas, sin embargo, esas preguntas no abandonaron sus labios al ver los ojos rojizos de la chica y los rastros de lágrimas en sus mejillas. Algo había pasado y Steve solo pudo temerse lo peor, queriendo correr, por unos instantes hasta su cuarto, agarrar su walkie talkie y llamar a los niños que consideraba suyos para comprobar que estuvieran todos bien. -¿Qué ha pasado? –preguntó casi con la voz temblando.
-Nada, nada, no te preocupes.
-Nancy, has estado llorando y tú no lloras por algo que no sea nada- al menos, pensó, no tenía que ver con los chicos, lo cual le hizo soltar internamente un suspiro- sabes que somos amigos y puedes contarme lo que sea.
La chica sonrió ante aquellas palabras, alzando una de sus mangas para limpiarse el rastro de lágrimas de sus mejillas. Steve quiso abrazarla, si bien ya había superado sus sentimientos por ella, no quería verla mal, pues verla en ese estado dolía, sin embargo no lo hizo, no la abrazó, pues no sabía como iba a reaccionar la otra, si lo tomaría mal. Nancy abrió en esos momentos la boca para contestar, para decirle a Steve sobre aquello que la había puesto de aquella manera, de aquella discusión que acababa de tener con Jonathan hacía unas horas sobre su futuro, una discusión que podía equiparar en fuerzas a la que habían tenido el verano pasado cuando todo estuvo demasiado cerca de irse al garete. Sin embargo ni una palabra salió de sus labios cuando un ruido proveniente del bosque alertó a ambos. Sin mucha ceremonia Nancy empujó a Steve al interior de la casa y el chico no perdió tiempo, en lo que ella cerraba con pestillo la puerta, en ir a la cocina a por su bate de baseball.
Las luces no parpadeaban, pero aun así, la sensación de desasosiego estaba muy presente en ambos adolescentes, Nancy había corrido hasta el despacho del padre de Steve a tomarle prestado el revolver y las balas por si acaso aquella pesadilla de dos metros sin rostro aparecía de nuevo.
-No hay parpadeos –señaló Steve que sujetaba con fuerza su bate de baseball, al punto de que sus nudillos se volvieron blancos. –Las luces están bien.
Un ruido vino del exterior, de la parte de la piscina, haciendo que ambos se girasen en esa dirección, no había parpadeos, las luces estaban bien. Quizás solo era un animal, y aunque la decisión inteligente hubiera sido llamar a Hopper y quedarse dentro de la casa, ambos salieron al patio trasero, Steve delante de Nancy que le cubría las espaldas.
El silencio era aterrador, tenso, ambos esperaban que algo saliera del bosque frente a la casa, Steve notaba el sudor formarse en su frente, Nancy tenía el bello de punta y su índice rozaba el gatillo mientas sus ojos permanecían fijos en la oscuridad. El fresco viento de septiembre les recorrió mientas se quedaban quietos, sus siluetas iluminadas por la piscina, ninguno de los dos se atrevía a moverse ni un solo milímetro.
Pasaron segundos, minutos, hasta que ambos pudieron bajar la guardia, Nancy bajó el arma y se acercó a Steve que decidió reposar el bate sobre sus hombros, con cuidado de no pincharse, era una falsa alarma. O eso pensaron, pues algo si salió del bosque, algo que se enredó en las piernas de la chica que no pudo más que gritar mientras era arrastrada hacia las profundidades del bosque.
-¡Nancy! –por unos segundos, Steve pensó que su grito tuvo que haberse oído por todo el vecindario.
Corrió, corrió como no había corrido en su vida, guiado por los gritos de Nancy que le llamaban, gritando su nombre, suplicando por no llegar tarde, porque ella no terminase como Bárbara, como Bob. No podría con ello, no podría con su muerte, si ella moría, siendo lo importante que era para él, una gran parte de si mismo moriría con ella. Cuando ya creía que no podría llegar hasta ella, aquello que la arrastraba se detuvo, y Steve tuvo la oportunidad de llegar hasta ella.
-Nance, oh, joder –dijo arrodillándose junto a ella para intentar liberarla de aquellas zarzas que se habían enroscado en sus piernas, pero no podían, aunque ella le ayudaba a intentar romperlas era imposible, era como si estuvieran hechas de hierro.
A su alrededor la niebla iba condensándose, una niebla extraña, una niebla que no auguraba nada bueno. Ambos temblaron y Steve solo atinó a abrazar a Nancy cuando ya ni siquiera pudo ver sus manos, notando como ella también se aferraba a él. Se notaron levitar, y de pronto todo fue oscuridad total.
Cuando la niebla se disipó, en aquel lugar no había señal de pelea o de vida, solo un bate de baseball lleno de clavos que en esta ocasión no habían podido acabar con el monstruo que atacó a su amo.