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Niños del Nunca Jamás

Chapter Text

63194:

Emma es una niña pequeña que ama la vida.

O ese es su percepción acerca de sus comienzos, porque en realidad no es que tenga tan buena memoria o recuerde a todos los niños con los que vivió alguna vez, y que luego tuvo que decirles adiós, porque ellos serían adoptados por una familia feliz y tendrían una vida dichosa, como en esos cuentos tan bellos que Mamá a veces les lee con mucho cariño.

Ella en realidad está completamente satisfecha solamente con quedarse a vivir allí, junto a todos sus hermanos, junto a su querida Mamá, en su querida casa de campo en medio de su bonita pradera e increíble bosque, donde puede salir a correr como si de un paisaje encantado se tratase y esconderse cuando jugara con los demás. Simplemente, ama toda su actual vida. Y los años pasan pero no le interesa, aunque está más que claro el hecho que tendría que irse cuando cumpliese sus ansiados doce años.

Sonríe, feliz igualmente. Su cabello naranja ondea despeinado como en todas las mañanas, y sus ojos verdes buscan la figura de su cuidadora querida para decirle algo cuanto antes.

Pero de repente un golpe en su espalda hace que se tambalee un poco y casi termine echando los platos que está llevando entre sus brazos. Se gira entonces, reconociendo las cabelleras rubia y oscura, teniendo en sus infantiles rostros sonrisas divertidas y pícaras.

—¡Oh! ¡Thoma! ¡Lani! —Los nombra, poniendo un rostro falsamente molesto. Enseguida deja los platos sobre la mesa y va a ellos—. ¡Los voy a comer!

Los persigue, empezando con un divertido juego mañanero. Ellos gritan y corren despavoridos, como los niños inocentes que son. Hay un pequeño caos de gritos y risas mezcladas que cesan un poco en cuanto Emma logra atraparlos en sus brazos.

—Oh, niños —los llama la mujer, haciendo que paren con su barullo y la miren a la vez. Ella ríe un poco con la imagen de los chiquillos hiperactivos enfrente suyo—. ¿Tan temprano y tan animados?

—¡Perdón, Mamá! —Habla entonces la niña pelirroja, soltando a sus hermanos y rascándose la nuca, nerviosa. Había olvidado que tenía que ser más tranquila o mejor portada ahora que era la mayor, y tenía que dar el ejemplo—. Es que Thoma y Lani me empujaron, y pues...

Ella se ríe un poco, pero niega, acariciando su cabeza con cariño.

—No hay problema —asegura, regalándole una amena sonrisa—. Eso es lo que me gusta tanto de ti, Emma. Nunca dejarás de ser mi pequeña bebé juguetona.

Emma hace un puchero, pero después ríe y lo acepta.

—Ahora, vamos a servir el desayuno, ¿sí? —anuncia Mamá, animada y alegre.

—¡Sí! —acepta la jovencita, alzando el puño con decisión. Su Madre se adelanta para ir junto a Lani y Thoma a la mesa y colocar los platos, y Emma va junto a ellos.

Pero de repente se detiene un segundo, y mira hacia la entrada al comedor. No hay nada allí. Después desvía la vista hacia la pequeña puerta que llega a la cocina, y uno de sus hermanos menores sale con más platos.

Sonríe hacia él un segundo, y éste le devuelve el gesto, luego continúa con su labor.

Emma siente que algo falta en ese momento.

—Emma, ¿no vas a ayudar?

Entonces despierta de sus pensamientos y mueve la cabeza de un lado a otro, sonriendo apenada hacia su Mamá.

—¡Lo siento, me distraje! ¡Ya voy!

***

22194:

Norman a veces lo piensa todo demasiado.

Todos sus hermanos, por eso mismo, se le quedan viendo extrañados cuando el niño termina mirando hacia ningún punto fijo en vez de terminar de leer todo su libro de álgebra y metafísica cuántica. Aunque en realidad ya es algo habitual, él lo ha hecho desde pequeño, sólo que nadie logra entender por qué.

Quizás tenga que ver con que es algo solitario, aunque por supuesto no completamente. Claramente él es alguien amable y dulce cada vez que hablaba con alguno de ellos, en los momentos en los que los mayores le preguntaban acerca de algo que no entendían o los pequeños le pedían que les leyera un cuento en las tardes de primavera. Norman entonces sonreía y les decía que no había problema, y explicaría y narraría lo necesario con toda la paciencia del mundo. Y por ello mismo, algunos infantes llegaban a creer que se trataba de un ángel, y que la razón por la que quedaba viendo a ningún punto es porque extrañaba su nube en el cielo.

Algo como eso no era realmente cierto, pero no era malo imaginar. Norman francamente tampoco lo había negado alguna vez, solamente había reído un poco con la idea y luego había vuelto a su interesante libro de historia.

Quizás él, en realidad, sentía que algo no andaba bien.

—¡Norman ha sacado la puntuación perfecta de nuevo!

Unos cuantos niños felicitan, otro se queja, y los demás aplauden. Mamá sonríe radiante en tanto muestra el papel marcado con la nota más alta entre todos los infantes. Y Norman, en medio de la habitación, solamente sigue sonriendo.

—¡Hey, hey! Ya que has sacado la puntuación perfecta, ¡de nuevo tendrás que buscarnos en las traes!

—¡Oye! Eso no es justo.

—No importa —asegura el niño albino, interponiendo en la posible pelea que llegaría a haber entre sus dos hermanitos de fuerte carácter—. Tranquilos, jugaré a las traes, es divertido buscarlos. Vamos afuera.

Todos aceptan, y aunque saben que Norman jamás ha perdido un juego, creen que esta vez podrán hacer algo al respecto.

Para mala suerte de los demás, uno a uno cae. Mamá en tanto se encarga de revisar el reloj y esperar a que todos sus niños aparezcan de nuevo bajo el árbol donde ella espera.

Y ya solo queda un único objetivo, cinco minutos antes de que se acabe el juego.

Norman camina en medio del bosque, observando su alrededor. De repente tropieza y cae. Pasan los segundos, gira, quedando boca arriba y observando el árbol que se alza ante sus ojos.

Hay silencio a su alrededor. Él siente que algo no está bien, de nuevo.

Se levanta de un salto, y corre con rapidez hacia unos arbustos, atrapando a uno de sus hermanitos pequeños en el acto.

El tiempo se acaba.

(Norman sigue pensando que las rejas en las ventanas y la buena comida no son del todo normales.)

***

81194:

Ray es alguien antisocial a ojos de los demás niños.

No es que les desagrade el chico, lo admiraban mucho, en realidad. Porque él sacaba las mejores notas, era genial en todo tipo de juegos, y ya casi se había leído la biblioteca completa. Así que era un gran ejemplo a seguir. Pero, el único problema, era que a veces tendía a ser muy frío y directo. Para él las palabras cariñosas no creían existir del todo, y aunque era educado y amable, también un tanto antipático. No lograba captar ni tomar en cuenta los sentimientos de los demás.

Aunque ya se habían acostumbrado, en serio. Sólo que a veces notaban que se encontraba solo, debajo de algún árbol o en medio de la sala de lectura, y nadie se atrevía a acercarse a acompañarle, porque temían a que fuese sincero y los rechazara, remarcando que no era necesario algo así como compañía para pasar un tiempo a leer en silencio.

También, él a veces parecía saberlo todo sobre todo. Nada se le escapaba de la vista, porque podía notar cuándo intentaban hacerle una broma o en los instantes en los que trataban de hacer trampa en el Monopolio de las noches festivas. Lograba resolver acertijos con facilidad y cocinaba cuando Mamá se lo pedía, logrando deleitar a todos con sus grandes dotes culinarias, en especial en los postres.

Era el más genial en todo el orfanato, y al mismo tiempo, el más apartado de todos, siempre teniendo un aura misteriosa que llegaba a espantar hasta al hermano más valiente.

A final de cuentas, solamente se dirigían a él para preguntarle ciertas cosas, y eso en realidad no le molestaba, pero luego volvía meterse en su labor, ignorando todo lo demás.

Era algo frío.

Aunque, a pesar de todo eso, había alguien que sí lograba hacer que conviviera más con su entorno y con sus hermanos. Esa era su dulce Madre, quien, a diferencia de todos, no tenía ni una pizca de nerviosismo o remordimiento al hablar con Ray y pedirle que fuese más educado.

—¿Por qué no vas a jugar con tus hermanos un rato? —sugiere, sonriendo amable en dirección al niño. Detrás de su falda, tres de los niños más pequeños asoman sus cabecitas, mirándole con atención.

Ray también los observa un segundo, y luego a la mujer.

(Nadie nota el ambiente tenso y los gritos silenciosos de advertencia.)

Finalmente suspira y cierra su libro, sonriendo de lado.

—Está bien, Mamá —acepta, dejando sobre la mesa el objeto y yendo junto a los pequeños, inclinándose para hablar con ellos de manera amena—. ¿Atrapadas o escondidas?

—¡Escondidas!

—Excelente elección, Cris —afirma, acariciando la cabeza oscura del infante. Finalmente agarra de las manos a los otros y se aleja, no sin antes mirar de reojo a la mujer—. Yo me encargo.

Ella no quita su mirada de amatista de él, hasta que lo pierde por el pasillo. Luego suspira un poco, sonriendo con cansancio.

—Lo sé.

Y Ray en realidad no es un mal hermano o un mal hijo, sólo que pareciera saber más cosas que los demás y eso, de cierta manera, lo llevaba a un nivel más elevado que cualquiera.

Como si siempre fuese lejano.

Al final del día, verá cómo Isabella se lleva a Connie, para ser adoptada. Su conejito se ha quedado en la casa, con él, en sus brazos, porque la pequeña le había dicho que sería lindo que tuviese un compañero puesto que se le veía muy solo en todo el día.

Ray entonces observa por una ventana alejarse la luz de la lámpara que lleva a Mamá, junto con la niña. Y no hace más que suspirar, cansado, como si ya estuviese acostumbrado totalmente a saber lo que le sucederá a esa pequeña alma inocente.

(En silencio, quizás desea contárselo a los demás, pero sabe que no puede confiar en nadie.)

*

*

*

Continuará.

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Naranja:

—¿Adivina qué, Emma? —ríe Mamá, inclinándose un poco hacia la pequeña mientras sus manos se esconden tras su espalda.

—¿Qué? —aventura la niña, con curiosidad y diversión pintados en sus ojos de esmeralda. En tanto, se dedica a sujetar con fuerza en sus brazos a Lani para que no se escape.

—¡Una pareja ha decidido adoptarte!

Entonces suelta de golpe al niño, quien cae inmediatamente de cara al pasto, aunque pronto vuelve a levantarse, y entre risas huye a su libertad. Emma, mientras tanto, está completamente estática en su lugar, procesando lo que su amable y querida cuidadora acababa de decirle.

—¿Qué...? —Murmura, mirándola directamente. Un momento después su expresión se torna en su totalidad emocionada, sus orbes brillan y una enorme sonrisa se dibuja en sus labios—. ¡¿En serio?! ¡¿Lo dices en serio, Mamá?!

—Claro que sí, Emma —afirma la mujer, aún sonriente, y acaricia la cabeza rizada de la menor—. Aunque es realmente repentino, pero será justamente el día de tu cumpleaños en cuanto vengan a retirarte.

Entonces sus ojitos verdes brillan más y grita sin poder controlarlo, de la emoción, de la felicidad de que por fin tendría unos verdaderos padres, que, al igual que sus hermanos ya fuera del orfanato, le llenarían del amor que siempre soñó y de todas las cosas más increíbles del mundo. Y no puede evitar saltar y correr después, por todo el gran campo fresco y bajo la tarde naranja de ese día tan dulce y precioso para ella.

Su alegría es tanta que pronto los demás se le unen, también festejando por el logro ameritado de conseguir personas que se atrevieran a querer a un ser así de puro. El jardín se convierte en un mar de risas infantiles cargadas de dichas junto a palabras llenas de buenos deseos para con la niña más mayor de la casa.

Y cuando cae la noche, Emma se dedica a juntar sus ropas lo más rápido que puede y meterlas en la maleta que le ha dado Mamá. Y en el momento en el que los demás ven el desastre que lleva, la detienen y la ayudan a ponerlo todo en orden y de manera más pulcra, ganándose un millar de gracias de la pelirroja, quien no había logrado hacerlo correctamente debido a su constante emoción. Y, vistiendo aquel uniforme de despedida que muchos de sus hermanos antes que ella habían utilizado, se dirige a la puerta principal, saltando las escaleras de dos en dos, dando grandes zancadas por los pasillos hasta aparecerse frente a la cuidadora del gran lugar, quien con su perpetua sonrisa amable le espera.

Pronto el recibidor se convierte en una oleada de llantos, ya sean de los más pequeños e incluso de los mayores, quienes afirman de todo corazón que la extrañarían muchísimo, y que por favor no se olvidara de escribirles cartas.

Y Emma, también con lágrimas, les devuelve los buenos deseos y luego sale junto a Mamá de la casa.

En silencio, caminan en medio de la noche en dirección a las rejas.

—Mamá —la llama de pronto, y ella hace un sonido de afirmación que le avisa que le está escuchando—, ¿mis nuevos padres son buenas personas?

Ella no le contesta, simplemente continúa sonriendo. Emma entonces queda confundida con ese actuar, pero prefiere no preguntar. Quizá incluso Mamá estaba triste por su partida y por eso no tenía ganas de hablarle en ese momento.

Y cuando finalmente llegan a la entrada, nota el ambiente extraño del lugar.

Y entonces lo ve, a una criatura grotesca y grande apareciendo desde las sombras. Se parece a la de los cuentos de terror que ha leído sin querer, y el miedo la corroe, pero no mueve un músculo.

—M-mamá... —balbucea, sujetándose con fuerza de la maleta que aún lleva en sus brazos.

—Tranquila, Emma —la mujer a su lado sigue igual de calmada y dulce que siempre, y eso no la pone mejor. ¿Acaso no veía al horrible monstruo que estaba parado allí? Aunque no puede preguntarle eso, porque su garganta se ha quedado estancada en el silencio—. Cálmate.

—H-hay un... —lentamente, levanta la mano derecha, apuntando al demonio—... monstruo allí.

El ser extraño gruñe, y ella retrocede por inercia. Piensa que puede correr en ese mismo instante.

Pero entonces Mamá le sujeta con fuerza de los brazos. Levanta la mirada, encontrándola aún con su mueca dulce. Siente incluso más terror que con el ente extraño al ver que no ha cambiado ni un poco esa expresión. No le deja huir, la tiene atrapada con rudeza, siente que incluso podría romperle los brazos.

—M-mamá... tú...

—63194.

Esa nueva voz hace que vuelva su mirada al frente. Sus lágrimas queman en sus ojos, pero logra visualizar a una mujer, más anciana, justo enfrente de la bestia, como si no le temiese ni un poco y sólo se tratase de su mascota.

La anciana entonces da un par de pasos hasta quedar enfrente de él y extiende una mano.

—Hoy puedes decidir —declara, con calma, con ligera amabilidad disfrazada—. Dime, niña, ¿aceptas ser una criadora de ganado, o prefieres morir en el plato de |>இஒ?

Emma no lo comprende para nada, no logra procesarlo bien del todo.

Hasta que su cabeza finalmente entiende lo que realmente sucede, y que en todo este tiempo, sólo había vivido de una mentira. Finalmente se da cuenta de la razón de la comodidad en el orfanato, de la mujer tan dulce y cariñosa que los cuida, de la prohibición a ir más allá de las rejas, de no poder ser curioso en demasía ni preguntar acerca de los niños que se fueron. Todo tenía sentido.

Ellos siempre habían sido comida de demonios.

Y ahora mismo, tenía enfrente la oportunidad de decidir si quería vivir o morir.

(Y ya no puede llorar. Sus lágrimas han desaparecido en el helado viento nocturno.)

—Yo...

No quiere hacerlo, no quiere aceptar, porque si lo hiciera se convertiría en una mujer como lo es Mamá, y ella se dedica a criar y luego enviar al matadero a niños inocentes con tantas ilusiones de vivir una vida feliz y larga.

No, ella no puede hacer algo así, y de esa manera—

—No quiero morir.

Es que ha terminado cayendo, porque en realidad ni siquiera sabe por qué. Su cuerpo ha respondido solo.

Y esa vieja mujer sonríe satisfecha, agarrando su mano con suavidad.

—Entonces eres bienvenida, 63194.

(De repente, los ojos le arden de nuevo.)

***

Blanco:

—¡Chicos, les tengo una gran noticia! ¡Alguien ha decidido adoptar a Norman!

Enseguida el comedor se vuelve silencioso, y unos platos caen al suelo, rompiéndose en pedazos por ser de porcelana.

Y entonces una niña llora.

—¡¿Q-qué?! —exclama Sherry, con los ojitos llenos de lágrimas y una expresión dolorosa. Norman no puede evitar sentirse triste al verla, así que enseguida va a consolarla.

El albino se inclina, ignorando el llanto tan fuerte, lleno de gritos y gimoteos en negación hacia lo que acababa de oír, y le dedica una sonrisa dulce.

—Tranquila, Sherry —habla con suavidad, acariciando su cabeza de cabellos naranjas. Ella deja de gritar pero no de sollozar—. Te escribiré cartas, ¿de acuerdo? Además, no es que me vaya para siempre. Quizá venga a visitarlos, ¡y te traeré un regalo de afuera! ¿Te parece bien?

La pequeña pelirroja se limpia los mocos con sus mangas y asiente, sonriendo un poco por la propuesta.

Una que Norman siente que no podría llegar a cumplirse realmente. Pero no dice eso, puesto que podría levantar sospechas o incluso hacer sentir peor a todos en el orfanato.

Solamente sigue sonriendo en dirección a su querida hermanita.

Al caer la noche lo prepara todo, junto con un poco de ropa. Tiene en cuenta que lo que hubiese afuera no podría ser del todo seguro, así que toma precauciones, por supuesto, sin que nadie lo note, mucho menos Mamá. Entendía que era su querida cuidadora, pero por ser eso mismo tampoco era confiable, por lo que decide que no es bueno, ni una pizca, el tratar de contar con ella o con su ayuda.

Al final solamente respira profundo, solitario en medio de la habitación. De repente siente que todos están en su contra, aunque no es que realmente le importe algo como ello. Desde un comienzo el simple hecho de ser huérfano debería significar que no lo quisieron y que su existencia no era necesaria para nadie, así que está bien.

Sacude su chaqueta azul y finalmente agarra su maleta, yendo con parsimonia y serenidad a la salida de la casa. Y con unas cuantas últimas despedidas llenas de más lágrimas, sale afuera junto con Mamá.

Ella está tranquila en el camino, no dice una sola palabra. Norman no la mira directamente, pero puede notar que, a diferencia de lo habitual, no está sonriendo. Eso claramente significaba que no estaba nada bien, que nada a su alrededor estaba bien, y que todas sus sospechas eran completamente ciertas.

Por lo que solamente tiende a torcer los labios.

—¿Ya vas a decirme qué es lo que va a pasarme? —pregunta con calma. La mujer entonces gira a verle, mostrándose sorprendida.

Y de pronto está sonriendo dulcemente una vez más, volviendo su mirada al frente.

—Lo descubriste.

—No era difícil, teniendo en cuenta que las pistas se encontraban a la vista. Así que, ¿me dirás?

La mujer ríe un poco, pero no le contesta.

Llegan finalmente a la entrada principal, y el lugar está lleno de fría desolación. Norman nota que hay rasguños en algunas paredes y humedad en el suelo, como si hace poco hubiesen derramado algo que en realidad no sería agua. Y un poco apartado, un camión.

Traga en silencio, temblando sin ser percibido. El miedo a morir le corroe, recorre cada fibra de su cuerpo.

—Por aquí, cariño —anuncia la mujer, llamando su atención. Ella con su amorosa risa se dirige a una puerta y la abre, señalando hacia adentro—. Adelante, entra.

El niño respira profundo y da el primer paso, acercándose, sin decir una sola palabra en contra. No se detiene sino hasta que pasa el marco de la entrada a la habitación, y entonces finalmente queda estupefacto.

—Saluda a tu nuevo padre.

Un hombre se encuentra frente a él, de cabello tan blanco como el suyo, y los ojos azules. Es idéntico y a la vez muy diferente a él.

El extraño señor sonríe ante él, con amabilidad falsa, y se inclina, extendiendo su mano.

—Un placer conocerte, Norman —saluda, y el menor le estrecha la mano, sin confianza alguna—. Mi nombre es Peter Ratri, y seré tu padre desde ahora. Espero que nos llevemos bien.

Norman no muestra expresión alguna.

Hasta que se da cuenta del hecho de que estar allí no es una coincidencia y que ese hombre que tiene enfrente seguramente de verdad tenía algún parentesco sanguíneo con él. Posiblemente había sido el mismo que lo dejó allí desde pequeño, lo cual sonaba cruel y horrible.

Ese hombre en sí, se veía cruel y horrible.

Aunque no parecía querer hacerle daño, lo que significaba que, al final, podría ser un aliado.

—Soy Norman, un placer conocerlo, señor Ratri.

Peter sonríe satisfecho.

(Norman no tendrá que usar las agujas venenosas en sus bolsillos, ni correr al bosque esa noche.)

—Me contaron que eres listo. Y que posiblemente ya te has dado cuenta de este lugar. Así que, ¿quieres saberlo todo?

El joven niño asiente, y sonríe afable y dulce, como sólo él puede hacerlo.

***

Negro:

Isabella observa a sus pequeños dormir, y con una sonrisa pequeña, cierra la puerta. Con pasos ligeros se dirige a la otra habitación, revisando que los otros niños también estuviesen durmiendo. Los encuentra a todos en sus camas, bien arropados, cuidando que el frío no los embargue ni un poquito.

Entonces entre la penumbra puede notar que hay un lecho vacío. No tarda en darse cuenta de quién falta allí, así que su sonrisa se borra y cerrando la puerta con delicadeza, a zancadas baja al primer piso, corriendo a la salida principal. Pero antes de llegar hasta ahí, nota un aroma a fuego desde la cocina.

A toda velocidad se dirige allí, abriendo las puertas de par en par.

Lo único que encuentra es una olla en la estufa encendida. Adentro se cocina una gran ración de caldo de pollo.

Ella se acerca, y apaga el fuego. Observa un minuto la comida, con cansancio.

—Ray...

En tanto, en medio de la primera nevada de enero, el niño sobre la muralla tararea una canción de cuna preciosa en tanto se dedica a atar bien las cuerdas de su libertad al árbol que está dentro del falso paraíso infantil. Se encarga de probarla un par de veces antes de usarla para cruzar al otro lado.

Pone sus manos en la percha que va a llevarle, y se inclina un poco a mirar el negro vacío que conforma el abismo que lo separa de dos mundos completamente diferentes. El viento le golpea la cara, haciendo ondear su característico mechón negro, y tambalear un poco su aún pequeño cuerpo.

Respira profundo, y aprieta la madera. La mochila en su espalda tiene el peso perfecto y todo lo necesario hasta que pudiese encontrar otro lugar donde sobrevivir sin temer a ser devorado algún día de esos. Su ropa abrigada hace que no sienta la helada de su alrededor, y la bufanda azul en su cuello es cálida, más que nunca, a pesar de que una persona muy fría se la hubiese hecho con algo parecido a un amor ilusorio.

Da un paso al frente.

—Ray.

Se detiene abruptamente, justo antes de saltar. Y gira la cabeza, mirando a la mujer.

Isabella muestra un rostro un poco triste y cansado. Mira al niño en silencio, y luego sigue a la cuerda, llegando finalmente al otro lado, al bosque desconocido que se alza allí. Después observa de nuevo al pequeño.

—¿Piensas irte sin despedirte de mí? —pregunta suavemente, curvando sus labios un poco, en la muestra de una pequeñísima sonrisa.

—Sí, ese era el plan —declara secamente, lanzando algo de odio en su mirada de plata—. No trates de detenerme, voy a saltar si lo intentas. Prefiero morir allí abajo a ser comida de demonios.

—Te entiendo —afirma con calma, dando un par de pasos hacia él, no demasiados—. Así que no te voy a detener.

Ray sonríe sarcástico.

—¿En serio? ¿Y qué hay de tu reputación como la mejor Mamá de Grace Field? El dejar que un producto Premium escape sería malo.

—Sí, lo sería —alega, sin culpa alguna. Ray no cambia su expresión y ella se muestra pensativa—. Pero en realidad eso no me llevaría a morir, ya que ha sucedido muchas veces aquí, aunque no lo creas. Posiblemente sólo me quiten el puesto por un tiempo, pero también llegaré a conseguirlo otra vez si me esfuerzo.

La sonrisa del azabache se borra lentamente, mostrando sorpresa.

—¿O sea que solamente vas a dejarme ir? ¿No vas a intentar algo? ¡¿No vas a entregarme?!

Isabella sonríe feliz y cariñosa hacia él, y niega con la cabeza.

—Yo una vez intenté escapar, y no supe cómo —explica con sinceridad—. Y ver que mi hijo podrá hacerlo me hace sentir orgullosa, así que no pienso detenerte.

Ray guarda silencio, y baja la mirada, pensativo sobre esa declaración.

—No creí que me considerarías tu hijo realmente. —Es lo único que dice, de manera cansina.

—¿Por qué no lo haría? Ray, tú vienes de mí —declara con dulzura genuina, acercándose más a él hasta solamente quedar a un par de pasos—. Estuviste conmigo durante tanto tiempo, más que cualquier otro niño que haya criado. Y estoy feliz con eso, porque eres el único a quien de verdad he llegado a amar además de Leslie.

Ray alza la mirada, enarcando una ceja.

—¿Quién es Leslie?

Isabella vuelve a reír, y pone una mano sobre la cabellera negra y suave de su pequeño.

—Era alguien muy especial. Es quien hizo la canción que tú y yo cantamos.

—Ya veo...

La mujer aparta la mano con suavidad y luego retrocede unos pasos, dándole espacio al niño para que continuara solo. Ray simplemente vuelve a mirar al frente.

—Creí que te llevarías a Cris contigo. —Comenta Isabella luego de unos segundos.

El niño tuerce la mandíbula.

—Sería una carga llevar a alguien más conmigo.

El semblante de la mujer se oscurece un poco ante el hecho que acaba de descubrir.

—¿Sólo piensas en ti, Ray?

Él no le contesta.

—Te tengo una propuesta.

—¿Otro trato? —inquiere, mirándole de reojo.

—Si así lo quieres tomar... —murmura con calma. El azabache la observa, no muy interesado—. Generalmente no es algo que llegaría a hacer alguien en mi puesto, debido al peligro que corre por ello, pero en realidad, yo podría recomendarte a la Sede.

—¿Como Mamá? —ríe secamente otra vez.

—No —le sigue ella, riendo también al imaginarse al chico usando un vestido como el suyo—. Como investigador.

—¿Investigador?

—Niños Premium seleccionados en base a su confiabilidad y lealtad hacia Grace Field y los demonios. Se encargan de conseguir mejores resultados en todo lo que sea necesario para el ganado.

—Suena asqueroso.

—Quizás —acepta, mirando distraídamente hacia el abismo—. Pero, ¿qué te parece? Vivirás, si eso es lo que quieres saber. Vivirás incluso mejor que las criadoras, sin temer a ser devorado algún día o morir en un intento de libertad. Todo es más seguro.

Ray guarda silencio entonces, y aprieta su agarre al gancho. El helado viento vuelve a golpearle y sus ojos se mantienen fijos al otro lado, al bosque que hay allá, a metros de distancia pero tan cerca que casi puede tocarlo con sus dedos.

Y él suelta un bufido que se convierte en una nube blanca, la cual se pierde en la inmensidad del espacio de invierno.

Y la larga cuerda blanca revolotea sobre el abismo momentos después.

Ambos caminan con calma de regreso al falso orfanato.

—No creí que aceptarías. —Comenta ella, seria.

—No pensaba hacerlo realmente, pero si voy a morir, espero que te sientas culpable.

Isabella ríe ante esa bromita tan pesada.

—Nunca creí que tu cariño hacia mí fuera real —menciona él de nuevo, con ligera incomodidad—. Pensaba que estabas dispuesta a entregarme cuando fuese el momento.

—Si algunos sucesos fueran diferentes y no me hubiese enterado de ciertas cosas, era posible que terminara haciéndolo. —Afirma, sin una pizca de nerviosismo, y un semblante helado como los copos de nieve que los rodea.

—O, si hubieras criado a otro niño además de mí por doce años —farfulla entre dientes, portando una sonrisa fastidiada—. ¿No es así?

La mujer vuelve a poner una mano sobre la cabeza azabache.

—Eso también es posible.

(Ray no quiere morir, pero como no tiene nada, pensando bien, tampoco vivir era muy importante.)

*

*

*

Continuará.

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Sol:

—63194.

La joven pelirroja da un paso al frente tras oír el llamado, y la mujer frente a ella sonríe en su dirección, con una alegría despreciable. La muchacha ante ello no puede sino tragar en silencio.

—Felicidades, has sido promovida a Mamá —informa la mayor, observando los papeles que tiene en las manos—. Desde hoy en más estarás a cargo de la plantación tres y serás la cuidadora de ese lugar. Deberías sentirte orgullosa.

—Lo estoy, gracias. —Afirma, haciendo una pequeña reverencia.

—Ahora, ve a preparar tus cosas y espera en las rejas. —Ordena de manera fría, caminando y pasando de ella en menos de un minuto.

Emma traga pesado otra vez, y con parsimonia, se dirige a su habitación a preparar sus maletas cuanto antes. Y aún no puede creer el hecho de que consiguió ese puesto luego de apenas ocho años. Podría considerarse un milagro el que, siendo tan joven, consiguiera el título más deseado por las mujeres de todo Grace Field. Aunque había escuchado que alguien antes que ella lo había logrado también a su edad.

Sus pensamientos entonces varían sobre sus planes a futuro sobre cómo criar a todos los niños que pronto verían, y trata de no centrarse en el hecho de que tendrá que sacrificarlos a todos para los demonios. Porque, a pesar de ya llevar tiempo aplacando sus sentimientos de culpa sobre su horrible decisión, no puede evitar el querer hacer algo que no dejase que aquellos inocentes pequeños sufrieran el mismo destino que acompaña a todos desde sus nacimientos, dentro del Nunca Jamás.

Entre ellos, el pequeño que tuvo que dar a luz antes de llegar a ese día. Y ese hecho sigue carcomiendo su alma, la atormenta en las noches, aunque ni siquiera lo hubiera conocido. Y piensa entonces en qué le hubiera pasado, piensa en si seguiría vivo, si estaría bien, si estaría sano. Piensa en que, posiblemente, podría verlo algún día de esos si es que tenía al menos una pizca de suerte. Y quiere creer a veces que lo logrará, así que intenta esforzarse por ello aunque sonara realmente inútil.

Suspira un poco, y agarrando el maletín, se obliga a portar una expresión de hielo en su hermoso rostro de adulto. Y camina con elegancia al lugar indicado.

Al llegar, espera frente a las rejas. No tarda en escuchar otro par de pasos. Y se gira, logrando visualizar entre la penumbra dos figuras. Una bella mujer de vestido negro, que deja claro su puesto como jefa entre todas las mujeres de la granja de producción de la mejor calidad. Emma la reconoce como la Mamá más joven antes que ella y ahora la Abuela más joven. A su lado, un hombre de bata blanca, un científico —más bien conocido por ellas como «un humano que no puede ser devorado»—, que trae consigo un bulto blanco en brazos.

Ambos se detienen frente a la pelirroja, y la mujer mayor sonríe dulcemente hacia ella.

—Tú debes ser la nueva Mamá que enviaron para esta plantación —menciona, y ella asiente, dándole la razón—. 63194, espero que no nos defraudes. Y ten esto, será parte de tu vida desde ahora.

El hombre de cabello negro se acerca en silencio a Emma. Porta en su cara una expresión aburrida, y un mechón le cubre el ojo izquierdo. Sin decir nada le extiende aquel bulto de sábanas, dejando entrever la carita de un bebé adentro.

—53705 —anuncia el muchacho, con total seriedad. Ella agarra al infante entonces, meciéndolo con cariño—, ése es su número. Tiene en su cuerpo un ADN de experimentación importante, así que necesito un informe diario acerca de ella.

«Así que es ella» piensa la joven, enternecida, sin dejar de mirar a la dulce bebé que duerme en sus brazos de manera cálida.

—Espero que hagas tu trabajo correctamente —vuelve a hablar la Abuela, dando un paso al frente. Emma le mira, volviendo a mostrarse seria. En cambio, la mujer sigue sonriendo—. Y, por cierto, esta niña es tuya.

Eso la deja totalmente perpleja, y vuelve a mirar a la pequeña, casi horrorizada. Luego levanta la cabeza una vez más, hacia las dos personas que se encuentran ahí, quienes no han cambiado ni un poco su expresión ante su desconcierto y sorpresa.

Entonces lo comprende. Que su suerte es buena y mala a la vez a pesar de todo su enorme esfuerzo por mantenerla a un flote equitativo. Y es que en un mundo así no era posible que todo fuese tan bueno.

Sus facciones vuelven a suavizarse, y respirando profundo, se dedica a calmar su acelerada mente. Sus labios se curvan un poco e inclina la cabeza para con ellos.

—Entendido. Haré mi mejor esfuerzo. —Declara con serenidad, ignorando a su interior gritando en desesperación.

—Espero sinceramente que así sea —sonríe aún la mujer, y luego mira al hombre de bata—. Es hora de volver.

El joven científico le lanza una última mirada a Emma, pero ésta tiene consigo algo de lástima y quizás comprensión. Después, simplemente da media vuelta, y se aleja. Sus pasos resuenan y luego se pierden en la oscuridad del largo pasillo.

—¿Sabes por qué te lo dije, niña? —Inquiere la mayor, llamando su atención de regreso y haciendo que niegue con la cabeza. Y entonces, por primera vez desde que apareció, borra su sonrisa—. Para que tomes la decisión correcta.

Y seguido de eso, da vuelta y sigue el trayecto de aquel chico.

Las rejas detrás de Emma se abren, y ella aprieta los dientes, tratando de menguar sus ganas de llorar de la impotencia. Sus ojos verdes se cierran con fuerza y da media vuelta, saliendo del gran corredor con olor a muerte y sufrimiento. Sus botas tocan por primera vez el pastizal del jardín de su nuevo hogar. El aire es fresco y al mismo tiempo cálido, es amable y hace ondear sus largos cabellos naranjas. El sol, en tanto, se encuentra en lo alto del cielo, iluminando la gran casa que se alza a lo lejos.

Sonríe, algo cansada y triste.

***

Luna:

—¿Ya pensaste en qué decisión tomarás desde ahora, Norman?

El joven no cambia el semblante sereno en su rostro. Peter sonríe.

—Eres alguien inteligente, siempre supe eso. Pero no hay que olvidar de dónde provienes —continúa, mostrándose un poco enternecido con el chico y su estoica forma de ser. Pasa un par de segundos en silencio, y borra un poco su mueca—. Espero que no cometas los mismos errores.

Es entonces cuando Norman finalmente hace una expresión amena y elegante. Una sonrisa de luna menguante, que advierte en silencio de un peligro suave y abrasador. Y él se inclina un tanto hacia adelante, poniendo una mano en el pecho, sobre la blanca y pulcra camisa que nunca ha dejado de ser su insignia —de una pureza falsa—.

—¿Cuándo siquiera he cometido un error, señor?

Esa respuesta satisface completamente al hombre.

—Bien. En ese caso, podré confiarte la sucesión como líder de la familia Ratri —explica, sonando algo más cordial y amable de lo común. Norman sabe que finalmente se ha ganado un puesto mayor en la lista de su falso padre, y eso le alivia—. Por supuesto, no ahora mismo. Primero habrá que probarte, Norman, para ver si eres completamente apto para el puesto y la responsabilidad.

—Estaré esforzándome, en ese caso.

Peter asiente complacido, y luego hace una señal con su mano para que se retire. El muchacho hace una reverencia y después da vuelta, dirigiéndose a la salida del estudio. Y una vez afuera, suspira con pesadez, borrando al tiempo todo rastro amable de su rostro. Sus ojos azules brillan en enojo, aprieta la mandíbula, casi sintiendo un fuerte dolor de cabeza al instante.

—Maldito...

Respira profundo y cubre su boca con una mano. Siente náuseas de repente, así que trata de calmarse. No puede ignorar el hecho de que, no siendo un ser humano completamente normal, debe tener cuidado con su forma de pensar, actuar y sentir. Por lo que no tiene que alterarse tanto pensando en cosas tontas.

Baja sus manos, y después se sacude un poco las arrugas imaginarias en su pulcra vestimenta.

Odia a ese hombre, y también el sistema en el que vive, sabiendo que mientras los Ratri y los demonios existieran, miles de inocentes niños serían sacrificados día a día, quizá para siempre. Ese hecho a veces le da lástima, aunque no es que en su posición actual pusiese hacer alguna cosa.

—Tendré que convertirme en el diablo, eh... —comenta para sí mismo, curvando un tanto sus labios en una pequeñísima y cruel sonrisa, recordando el puesto mayoritario que le esperaba una vez se deshiciera de ese asqueroso hombre.

Vuelve a suspirar, y camina rápidamente por el gran pasillo de la Sede. Si quiere que sus planes funcionen debe actuar cuanto antes, sin que nadie pueda descubrirlo. Planea una y otra vez, repasa lo que sabe y descifra lo que no. Su mente es un dilema de pensamientos de aquí para allá, todos bien estructurados, todos ordenados. No puede darse el lujo de simplemente dejarse caer o fallar alguna vez, eso significaría su completo fin.

«Necesitaré algunas cosas del mundo humano» recuerda en medio de todo el mar de ideas.

De pronto choca contra otro cuerpo, y confundido, mira a la persona.

—Fíjate por donde vas. —Gruñe el joven con quien había tropezado.

—Ray —la mujer a su lado suelta una advertencia, y el nombrado chasquea la lengua, desviando la vista. Al final ella le dedica una ligera reverencia y una sonrisa afable que Norman puede notar que es realmente falsa—. Lamentamos ese accidente, joven Ratri.

—No importa —declara, también sonriendo con amabilidad, moviendo una mano para dejar pasar el mal instante—. En realidad fue mi culpa, no me fijé bien.

Puede darse cuenta de que ella es la mujer que trae el codiciado puesto de líder en jefe de las cuidadoras y ayudantes, Abuela. Su vestido negro lo dictaba, aunque parecía algo joven aún. De reojo examina al chico también, de pelo negro y ojos plata. Trae una bata, lo que significaba que era un investigador, y al parecer uno muy joven también, más que cualquiera que hubiese visto antes, incluso diría que tiene su misma edad. Su forma de hablar y actuar también decían que era alguien valioso que no podría ser asesinado fácilmente.

«Alguien como él podría servirme»

—Con su permiso.

Y seguido de ello, ambos azabaches retoman su camino. Norman gira, viéndolos irse. Y una mueca divertida y satisfecha se forma en sus labios.

—Serán una buena carta de juego.

«Él incluso podría convertirse en mi carta del triunfo»

Gira de vuelta y continúa su trayecto.

***

Estrellas:

—Sabes que con quien nos topamos es el siguiente líder del clan Ratri, ¿verdad? —inquiere Isabella, severa.

—¿Y eso qué? —gruñe, rascándose la nuca a causa de una ansiedad desconocida hasta por sí mismo.

La mujer le mira de reojo por un momento, y después suspira pesadamente.

—No hagas que te maten. —Advierte con suavidad y ligera preocupación disimulada.

—No pueden matarme, soy valioso para ellos —declara, un poco molesto y soberbio a la vez. Mete las manos en los bolsillos de su uniforme y vuelve a chasquear a la lengua con fastidio—. Incluso soy más importante que todos esos otros científicos de pacotilla que tienen por aquí.

Ella se ríe, como si hubiese escuchado algo realmente gracioso. Ray no se inmuta ni se siente ofendido, simplemente sonríe de lado.

—Podría ser cierto, pero no olvides que quienes dominan a todos en este mundo son esos hombres. —Recuerda Isabella, tratando de dejárselo claro al muchacho de una vez por todas.

Él asiente, sin mostrar mucho interés en esas palabras.

—¿Por qué estás de tan mal humor de pronto?

Se detiene de la nada, ella también. La mujer puede notar que la pregunta le ha tomado por sorpresa, y que posiblemente se ha dado cuenta recién de ese hecho. Eso de cierra manera le recuerda que sigue siendo como un niño que no comprende su propio actuar o lo que lleva de emociones encima.

Se acerca a él, dedicándole una mirada dulce.

—¿Es por la niña? —aventura con suavidad. Él hace una mueca, un poco más molesto.

—¿Qué niña? —repite de manera hosca.

—No puedes engañar a tu madre —alega cariñosamente. Ray aparta la mirada con rapidez, ella no se muestra afectada por ello, pero igual le busca—. ¿Estoy en lo cierto?

—No.

Isabella ríe de nuevo, y le aparta el flequillo. El joven solamente cierra los ojos, dejándose acariciar. De alguna manera se siente más calmado gracias a ello.

—Pareces un niño caprichoso. Y te entiendo, Ray. Después de todo, estuviste cuidando un año entero a esa pequeña. Era imposible que no le tomaras cariño.

Vuelve a cerrar los ojos con fuerza, y después se aparta de su madre, volviendo a caminar para alejarse lo más rápido posible de ella. No quiere que note lo afectado que se encuentra tras oír esas acertadas palabras casi envenenadas.

—No la estuve cuidando —declara como última palabra, lo suficientemente fuerte para que ella le escuchara—. Simplemente era mi deber mantener vigilado su desarrollo.

—No estás negando que el que la hayas querido.

Ray entonces se detiene. Sus manos formas puños dentro de sus bolsillos, y aprieta los dientes con fuerza. Quiere decir algo, quiere negarlo, pero sabe que si miente ella no tardaría ni un segundo en descubrirlo. Lo conocía demasiado bien, incluso más que él mismo, y eso le hervía la sangre porque le hacía sentirse completamente te vulnerable. Y era maleable, como un títere, por esa mujer. Lo bueno de todo ello era que Isabella no siempre era tan cruel, porque al menos tenía algo parecido a amor por él.

Pero su tipo de amor era aterrador. Su madre en sí era, por mucho, la más aterradora mujer que hubiese conocido jamás.

Bufa sonoramente.

—¿Y qué si es así?

—Que podrías sufrir si es que no logra sobrevivir a este mundo.

De nuevo siente ira. La contiene totalmente. Es más como frustración lo que tiende a embargarle desde entonces, y no es placentero. Así que no tiene de otra más que volver a sonreír con cansancio, como antaño, y esperar a que su madre le alcance de nuevo y espere a su lado. Ray la compara entonces con una chispa de fuego que se encarga de carbonizar a todo lo demás, a todo lo que hubiese en su camino, inclusive a él. No dice nada al respecto, no necesita hacerlo. Sólo pide en su interior que siempre esté de su lado, o de lo contrario, ambos podrían salir afectados de la peor manera.

—Pero estoy segura de que sobrevivirá.

La mira. Ella está sonriendo de nuevo para él, quien no ha hecho lo mismo de manera real desde hace tanto tiempo.

—Confío en que esa chica lo hará. Sus ojos se ven casi como los míos en el tiempo en el que comencé a criar niños. Ella no quiere morir.

—¿Quién querría hacerlo?

—Tú querías.

Hace un sonido de molestia con ese último comentario mordazmente acertado, de nuevo.

—Ya me tengo que ir, debo hacer papeleo. —Anuncia, volviendo a caminar, dirigiéndose a la zona donde se le había asignado desde hace ya casi nueve años.

—¿No irás a ver las estrellas?

No se detiene, pero comprende perfectamente lo que quiere decir con esa frase.

—Ella me mandará el informe, no necesito ir hasta allá.

(Pero no va a negar que le gustaría ver esas estrellas.)

*

*

*

Continuará.

Chapter Text

Sus ojos de plata leen con cautela las palabras escritas en el papel que tiene entre sus manos. Y él se inclina un poco en su asiento, equilibrándose en las patas traseras de la silla, para sentir un poco de adrenalina, quizás. Es que últimamente no siente nada más que un desesperante dolor de cabeza. Pero su flequillo cae a un lado de pronto, dejándole una mejor visión ante el documento.

Sigue leyendo hasta el final del papel. Luego, cambia de hoja. Se inclina un poco más, tentando a la gravedad. La sensación de ligero vértigo se hace presente, pero no toma en cuenta el peligro.

‹Ha sido muy saludable desde que llegó. Tiene una personalidad risueña, no llora, no se queja.›

Unos ojitos azules y una risa infantil surcan su mente por un segundo o dos.

Se levanta de golpe de su asiento, casi llegando a tirar la silla, y deja con rudeza los papeles sobre la mesa. Deja escapar un gruñido de su garganta.

Ya ha terminado de leer lo necesario.

—Maldición...

Siente un algo frío en el pecho, y no le agrada ni en lo más mínimo. Un zumbido imaginario en sus oídos no le deja concentrarse lo suficiente sobre las cosas que le rodean, y tiene muchas ganas de mandar todo a la mierda. Sabe de lo que probablemente se trate, pero no puede darse el lujo de hacer lo que se le viniera en gana justo en ese momento tan crucial. Mucho menos si el problema se hallaba con algo que era mucho más importante que su vida misma.

—¡Maldición, maldición, maldición!

Se siente estancado en la nada.

Aprieta los puños con fuerza, y agarrando el informe que le había mandado la mujer de rizos naranjas —como los de aquella pequeña—, lo hace pedazos, regándolos sin cuidado por la mesa y el suelo. Siente tanta rabia e impotencia que hasta se atrevería a quemarse a sí mismo con tal de encontrar una rápida forma de salir de tanto desastre.

(Y esa en realidad no es una mala idea, sabes.)

—¿Señor?

Se detiene de golpe, volviendo a la realidad, dejando atrás su cólera y mundillo de odio eterno para con los dueños de esa parte de las tierras que conforman el infierno de un planeta devastado hasta el núcleo. Sus manos sueltan los últimos trozos de papel y las deja caer a los lados.

Gira apenas la cabeza, logrando distinguir una figura delgada y un poco pequeña, que porta un uniforme idéntico al de todas las mujeres de la Sede. Ella es linda, piensa al verla más directamente, pero tiene los ojos apagados y la expresión de una muñeca sin alma. Su cabello de color de oro es demasiado largo, pero no es como que le interese algo como eso —aunque el pensamiento de cortarlo un poco surca su mente en algún instante.

(Está perdiendo la cordura de a poco, con una lentitud tortuosa.)

Se da vuelta por completo en dirección a la joven, demostrando en sus facciones el aburrimiento y fastidio de siempre.

—¿Qué quieres?

La fémina no se inmuta ante su tono tan hosco y grosero, e inclina un poco la cabeza, como señal de un respeto que, sabe bien, no se merece.

—Norman Ratri quiere hablar con usted.

Ray enarca una ceja en señal de confusión.

—¿Y quién diablos es ese tipo?

—El sucesor de la familia Ratri, señor.

—Ah, cierto —se dice a sí mismo, golpeándose la cabeza en el acto—, lo olvidé. El imbécil con el que choqué la otra vez.

Ahora la muchacha parece hacer una expresión, algo que rompe un poco con su estoica carita de ángel. Él puede notar que ha querido reírse con esa última frase suya, y no puede evitar que una sonrisa algo aliviada se forme en sus labios por ese simple hecho. No es que le haya conmovido o lo que sea, sino que sirve como distracción porque, por un momento, ya no siente ganas de matarse por ser un imbécil.

La joven se aclara la garganta entonces.

—Lo llevaré con él. Sígame, por favor. —Pide de manera cordial, haciendo otra ligera reverencia, y dando media vuelta para empezar a caminar lentamente fuera del laboratorio.

Ray, tras chasquear la lengua una vez, la sigue en silencio. Pronto ambos se encuentran caminando por los amplios pasillos de la fortaleza que conforma la Sede de Grace Field. Y hay silencio entre los dos, omitiendo sus propios pasos, los cuales hacen un poco de eco molesto.

El azabache entonces, luego de unos pocos minutos, bufa de hastío. Eso llama la atención de la chica, quien le observa de reojo sin decir nada.

—¿Cómo te llamas? —aventura de pronto él, cortando con la tranquilidad del lugar.

Ella vuelve su mirada al frente, todavía sin mostrar alguna cara que no sea la estoica que trae en todo momento.

—Mi número es 48-

—No, no te pregunté tu número —la corta de manera nada amable, pero sin llegar a ser del todo aterrador. La rubia entonces se detiene y él igual. Tiene una expresión un poco confusa en su lindo rostro pero no es como si a Ray le importase de todo eso—. Tu nombre, cuál es.

—¿Mi... nombre? —murmura, sin cambiar su expresión cargada ahora de bastante sorpresa.

(Es tierna y triste al mismo tiempo.)

—Sí, eso —insiste, cada vez con menos paciencia, aparentando que no le afecta conocer a alguien así de quebrado—. ¿O es que acaso lo olvidaste?

Se forma silencio de nuevo. La joven baja un poco la cabeza y desvía la mirada. Ray de pronto se siente un completo idiota, y algo de culpa se instala más hondo en su pecho. No puede evitar mirar también hacia cualquier otro lugar, buscando en tanto una disculpa correcta ante su poca sensibilidad para con ella. No es como si algo fuese culpa suya realmente, pero tiene en cuenta que es un maldito imbécil, y que no hay caso. Al menos debería tener la decencia de portar una conciencia.

—Lo lamento, no-

—Anna —le interrumpe, volviendo a alzar la cabeza para mirarle a los ojos. Chocan negro y azul, y de repente hay una linda sonrisa en esos labios de preciosa flor de cerezo—. Mi nombre es Anna.

(No se ve tan triste de pronto.)

Él sonríe una pizca, satisfecho con esa respuesta, y extiende una mano en su dirección.

—Mi nombre es Ray.

La mano femenina es cálida junto a la suya. Siente que no quiere soltarla más, pero no hay otro remedio.

(Y en los ojitos de cristal se ven claramente la pena de muerte escrita al estar caminando sobre una cuerda floja.)

***

Las puertas del gran estudio privado y lujoso se abren de golpe y de par en par, logrando hacer que el albino quite su vista de los documentos y apenas la gire allí, donde se asoma con soberbia la figura de aquella contraparte suya —viese por donde viese.

—¡Oh, gran heredero de los Ratri! —Lo nombra el joven de singular cabello oscuro. Hay tanta molestia en su voz que casi sentiría veneno en las venas, además de que hace una exagerada reverencia en su dirección—. ¿A qué se debe el gran honor de que me llame?

La sonrisa cínica no opaca los orbes de plata marcados en dolor de unos recuerdos amargos y una vida que se basaba en dejar morir a otros.

Norman se siente tan satisfecho con esa vista, pero sólo deja ver su mueca pequeñísima de amabilidad pobremente genuina.

—Un gusto verte, Ray.

Una rubia hace aparición corriendo desde el pasillo, y se detiene en la puerta, tomando aire. El albino mira hacia ella, regalándole la misma sonrisa amable que le dice que todo está bien.

—Gracias por llamarlo. Te puedes retirar.

Ella hace una reverencia pequeña y elegante, y antes de volver a desaparecer de su vista, lanza una mirada que no sabría descifrar hacia el ente de insolente actuar despreocupado. Por supuesto, cierra las puertas con cautela, contrario al chico que las abrió sin una sola pizca de delicadeza.

Norman deja el libro en la mesa, y se pone de pie. El científico nota que sus orbes de cielo se han tornado oscuros y ya no lleva una máscara encima que oculte sus verdaderas intenciones ni aquella mueca que anuncia problemas y horribles desastres futuros.

(Debe tener cuidado de ahora en adelante.)

—Seamos directos —habla el albino, rodeando el elegante escritorio. Ray se queda quieto en su lugar, esperando a que hable bien para entender la razón de su actuar tan repentino—. Tú me odias, ¿no es así?

El azabache rueda los ojos.

—Creí que había sido un poco obvio —bufa, sin un poco de temor para con el poderoso joven que tiene a unos pasos—. ¿Necesitas que choque contigo de nuevo para que lo notes?

Al contrario de conseguir una reprimenda, Ray ve que Norman se ríe con suavidad, como si hubiese escuchado un buen chiste. Pero a él no le causa ni un poco de gracia, puesto que hablaba totalmente en serio con lo de chocar y, quizás de paso, golpearlo.

Aunque debe admitir que la amenaza ha sonado un poco graciosa, la verdad.

—Sabes que si alguien escucha eso, te mandarán directo a un plato, ¿verdad? —comenta Norman, con calma y ligera advertencia.

El joven científico vuelve a bufar. Su fleco se alza un poco con el soplido, dejando ver por un segundo su otro ojo. Entonces sonríe de lado, sin demostrar el más mínimo temor en alguna de sus facciones.

—No es como si pudieran hacerlo. —Declara con seguridad.

—¿Ah, no? ¿Por qué no? —aventura, interesado y curioso.

—Posiblemente me quemaría vivo si sucediera eso. —Explica con total naturalidad, aunque un poco dudoso. Se rasca la cabeza, buscando a su vez algunas otras formas épicas de morir y llevar su cuerpo a las cenizas o a ser completamente inservible para un bocadillo demoníaco.

Norman ensancha un tanto más su mueca sospechosa, y se recuesta en el escritorio, sin dejar de ver al contrario.

—No temes suicidarte si es necesario. —Menciona en voz alta.

—Eso debería ser obvio luego de escucharme, ¿no? —Medio gruñe, aunque con demasiado desinterés añadido, que aún deja en su garganta una sensación algo penumbrosa. Al final cambia un poco su postura despreocupada, y cruza los brazos, terminando por lanzar una mirada retadora hacia su contrario—. No espero que un niño bendecido me entienda.

—Oh, pero sí te entiendo, Ray —alega, arrastrando el nombre en la última parte, como signo de amenaza y al mismo tiempo de genuina sociabilidad. El aludido simplemente le observa con desdén, no creyendo ni una pizca en sus palabras—. ¿No me crees?

—Eres un Ratri, se supone que tú-

—Ese apellido no asegura mi supervivencia —interrumpe, sin borrar su sonrisa. Ray traga pesado, sorprendido por la declaración tan burda y directa, que bien podría ser mentira pero;—. Lo que asegura mi vida es el que sea un buen peón y obedezca órdenes tales cuales se me impusieron. Si cometo algún error, también moriré en el plato de alguna bestia.

Ray no quiere creer en eso, pero le suena lógico si se trataba de ese clan de humanos tan sanguinarios y crueles (tanto como para atreverse a sacrificar niños inocentes por toda la eternidad sólo para salvar su propio pellejo).

Aunque le crea, en realidad, necesita pruebas. Pero sabe que no las va a conseguir de ese chico extraño y sospechoso a morir. Tendría que buscarlo todo solo si es que quería confiar plenamente en él, lo cual no era necesario ni le daba ganas, así que.

—Tú también quieres hundir este lugar, ¿verdad?

Y esa simple frase hace que todo su pensamiento se derrumbe.

La expresión helada y alegre que hace Norman le causa más escalofríos.

Y su coraza de mentiras heladas quiere quebrarse un poco.

«¿En qué demonios me he metido de repente?»

***

—¡Mamá! ¡Mamá!

Emma rápidamente se da vuelta, terminando de acomodar las sábanas por el tendedero, y se dedica a ver a la niña de pelo naranja claro que va corriendo hacia ella con muchas energías y algo de desesperación. No tarda entonces en notar que ella trae algo en sus manos.

—¿Qué sucede, Carol? —pregunta suavemente, inclinándose para quedar a su altura en tanto le dedica una sonrisa dulce una vez la infante se detiene cerca suyo, jadeando por aire.

—¡Es que encontré un pajarito herido! —Anuncia un poco triste y eufórica a la vez, una vez se ha recuperado de su carrera. Entonces le enseña lo que trae oculto en sus manos, abriendo sus palmas juntas y dejando ver a un petirrojo pequeño entre ellas—. Estaba a un lado del árbol donde jugaba con los demás, ¡y John casi lo pisa!

—Oh, pobre... —murmura la mujer, llevando con delicadeza su mano a la avecilla y acariciando con suavidad la cabecita roja. Después vuelve a mirar a la niña, de manera emocionada—. En ese caso, ya que aún no puede volar por estar herido, ¿qué te parece si nos encargaremos de cuidarlo hasta que sane, Carol?

Los ojitos de la niña pronto se iluminan en gran ilusión, mostrando a su vez una cara emocionada.

—¡¿En serio, Mamá?! —exclama, feliz.

—¡Por supuesto que sí! —afirma, acariciando la cabeza de la pequeña de nueve años.

—¡Genial! Entonces iré a buscar materiales para hacer un nido de emergencia. —Anuncia, alejándose con rapidez de la mujer y dirigiéndose a la gran casa.

Emma la ve irse, y no borra su sonrisa en ningún momento, pero ésta se torna un poco triste al pasar de los segundos. Al final, termina soltándola por un instante, sin llegar a apartar sus orbes de verde prado del gran orfanato falso que se alza en medio del campo, que forma una distracción alegre y cruel para todos los niños que habitaban allí desde su supuesto nacimiento.

Suspira un poco.

Pronto siente un tirón ligero en su falda, y baja la mirada, curiosa, encontrándose con unos ojitos azules brillantes y un cabello idéntico al suyo, inclusive con aquella antena tan graciosa de la que no ha podido deshacerse con el pasar de los dolorosos años en ese lugar de pesadillas. Pero sus labios se curvan de nuevo en otra mueca de falsa y real felicidad en dirección a la bebé sentada sobre el pastizal.

—¿Qué pasa, Edith? ¿Tienes hambre?

La pequeñita solamente ríe divertida tras ver a su madre sonreírle, y Emma no puede evitar querer llorar un poco por ello.

(Una vida en el Nunca Jamás es algo muy triste, y no había forma de escapar de los destinos que se avecinaban.)

Se inclina de nuevo, agarrándola en brazos con cuidado y dándole todo el cariño que es capaz de ofrecer con ese pequeño acto.

—Vayamos a preparar el almuerzo.

En silencio se dirige a la misma casa que le causa horribles pesadillas.

Pero antes de poder entrar, nota algo en la distancia.

Una persona se acerca. Un adulto.

Se horroriza por dentro, y por fuera, solamente mantiene una expresión calmada y feliz, como la madre alegre y amorosa que debe ser frente a los ojitos ilusionados de los niños inocentes que ahora son parte de su trabajo como verdugo.

La persona a lo lejos también sonríe de manera ilusoriamente cálida.

*

*

*

Continuará.

Chapter Text

—Niños, den la bienvenida a la Hermana Gilda. —Anuncia Emma, con una sonrisa animada y cariñosa, apuntando con una mano a la nombrada.

—Hola a todos. —Saluda la mujer de anteojos, portando en su cara una muy cálida expresión alegre. A su vez su cabello verde y corto llama la atención de los pequeños que le observan, y todos ellos devuelven el saludo con entusiasmo y grandes sonrisas animadas.

—Ella se quedará a ayudarme desde ahora —explica la pelirroja—. Así que espero que se lleven bien.

Los infantes asienten felices y entusiasmados con la idea, así que de inmediato se acercan a hablar con la mujer de dulces ojos grises y lentes muy redondos y graciosos. Todo el ambiente se vuelve ameno y muy alegre, tanto que hace a Emma sentirse muy bien, olvidando el inminente hecho de por qué se encuentra esa otra joven allí.

La Abuela Isabella se lo había dicho la noche anterior, luego del informe habitual en la radio.

«—63194, como ha habido algunas rebeliones en cuanto a las plantas, enviaremos a una segunda cuidadora a tu plantación. Según hemos descubierto, en Grand Valley cuatro Mamás dejaron ir a su ganado, y Grace Field no puede permitirse ese tipo de errores.»

Emma traga pesado, y hace una imperceptible mueca de enfado.

«Ellos no confían en mí» se dice, molesta como pocas veces, y sigue observando a Gilda. «Por eso la mandan a ella»

Aunque tenían sus razones, tiene en cuenta ese hecho.

(Y no es como si ella fuera capaz de matar a su propia sangre.

No está dispuesta a convertirse en ese tipo de monstruo.)

No ignora en ningún momento la mirada brillante de la muchacha de ojos grises. A pesar de ello, no puede permitir que interfiera con los grandes planes que tiene para con la niña en sus brazos.

Edith no iba a ser devorada.

Así que con ese pensamiento, sonríe de nuevo hacia todos.

—Niños, la Hermana tiene que acomodar sus cosas en su habitación —anuncia, logrando que los pequeños se detengan de su atosigo hacia la de pelo verde—. ¿Podrían ir a jugar mientras la guío? Cuando vuelva, serviremos el almuerzo.

—¡Sí, Mamá! —exclama Carol, entusiasmada. Y agarrando las manos de los pequeños, los lleva hacia afuera junto con los demás.

Emma y Gilda los ven irse, y después ambas toman camino hacia las escaleras, pronto llegando al segundo piso en silencio.

Los pasos en el corredor son algo amargos para los recuerdos de la pelirroja.

—Escuché que fue asignada hace poco, señorita Emma. —Habla Gilda, cortando con el silencio.

—Así es. Hace una semana apenas —explica, con una pequeña sonrisa que finge un orgullo lleno de repudio—. Pero ya he logrado acostumbrarme y los niños a mí.

—¿Le agrada este tipo de vida?

La mayor se detiene de repente, y se gira un poco, dedicándole una mirada afilada y venenosa.

«Todos son enemigos» se repite, aplacando al mismo tiempo el sentimiento doloroso que aflora con lentitud cerca de su corazón, junto con el miedo de que ese ente de forma humana se atreva a quitarle a la niña pequeña de sus brazos.

—No tienes que preguntar algo así cuando ya sabes la respuesta —suelta, de manera astuta, despistando un poco a su oponente y haciéndola titubear—. Esta es tu habitación —anuncia, apuntando con la mano la puerta que tienen enfrente—. Si quieres preguntarme algo, estaré abajo en la cocina.

Sin más, la rodea y se dirige de regreso a las escaleras.

—Señorita.

Se detiene ante el llamado.

—¿Está segura de que tenemos la misma respuesta?

Emma se abstiene de salir corriendo, y solamente continúa su trayecto con parsimonia.

Gilda sonríe enternecida y se acomoda las gafas.

Definitivamente, desde ese instante, ya nada sería fácil.

***

Es imposible no enloquecer en ese mundo.

Ray lo sabe perfectamente. Porque todos a su alrededor ya están locos.

Los demonios están locos. Las mujeres y cuidadoras están locas. Los científicos están locos. Los líderes humanos están locos.

Y él también está empezando a enloquecer.

(No quiere eso.)

Así que solamente bufa en queja. Se siente un imbécil, pero no tiene ganas de hacer algo más que pasar sus ratos en aquel desolado y frío laboratorio de experimentación, observando los innumerables papeles llenos de anotaciones de otras personas. Y gracias a eso, por un momento, surca en su mente los recuerdos de su niñez, en todas las veces en las que se esmeró en sacar las mejores notas, lo que siempre lo llevaba en su comienzo a esconderse en algún lado a ahogarse en páginas de libros que un niño de su edad correspondiente odiaría desde el fondo de su corazón.

No tenía otra opción. No es como si fuera el ser más inteligente del universo. Tenía que estudiar. Aunque, al menos, en ese momento se mantiene en el rango más alto de científicos valiosos para los seres esos a los que sigue odiando con el pasar tan lento de los años.

De pronto, la imagen del chico albino de la otra vez se hace presente, y una sonrisa ligera y cínica se forma en su rostro.

—Quizás a él no lo odie —dice para sí mismo, inclinándose en su asiento y tirando la cabeza hacia atrás, quedando su mirada de ébano directo al techo—. Pero probablemente él es el más loco que pueda haber en este mundo tan asqueroso.

Ríe secamente, rememorando en tanto las palabras que le había soltado esa vez, en esa reunión tan poco ortodoxa que trataba sobre planear un derrumbe a la sociedad tan horrible en la que están sumidos, siendo humanos, y denigrados a ser simples aperitivos o esclavos sin oportunidad de libertad real, con riesgo de muerte constante marcada en los cuellos pintados con números.

Al igual que Ray, Norman portaba esos números que dejaban en claro su posición y el final al que caería si pisaba mal en algún lugar o movía de manera equivocada las piezas de ajedrez sobre de la tabla imaginaria en la que residen.

—Humanos que no pueden ser devorados... —recita, con cansancio, y luego tuerce la mandíbula en total hastío—. Qué estupidez pensar que algo así habría en este lugar.

—Señor.

Gira la cabeza en dirección a la voz, y pronto nota a su nueva ayudante personal, de pie en la puerta y sujetando una gran pila de papeles.

Una sonrisa diminuta surca sus facciones.

—Anna —la nombra con parsimonia, causando que la joven baje un poco la mirada, y sonría agradecida—. Trae eso acá, por favor.

Se pone de pie al mismo tiempo que ella entra y deja todo sobre el escritorio. Ray entonces se dedica a leer las primeras hojas, para luego tirar al suelo las que no le serían útiles, continuando rápidamente con las demás. En tanto, Anna simplemente observa curiosa y en silencio lo que su superior se encuentra haciendo. Además, también siente algo de preocupación cuando lo escucha empezar a murmurar algunas cosas extrañas y unos nombres que no logra descifrar del todo.

—¿Se trata de algo importante, señor? —se atreve a aventurar, con suavidad y un tono bajo.

El azabache la observa, y frunce el ceño. Ella empieza a temblar y regresa su vista al suelo.

—Siento haberlo interrumpido. Disculpe mi insolencia.

—No actúes como si fuera tu amo —gruñe, rodando los ojos. La rubia aprieta sus manos, sin saber qué decir. Él suspira con cansancio al verla temblar con más fuerza—. Sólo... no tienes que llamarme «señor» o usar honoríficos. Eso no se siente bien.

—Pero usted es mi superior —recuerda ella, alzando la cabeza un poco—. Si yo me atraviese a faltare el respeto, podría ser desechada y convertida comida.

Ray siente la ira carcomerle completo con demasiada rapidez, y golpea sus manos contra el escritorio, dejando los papeles justo allí y espantando a la chica en el acto, quien no puede sino volver a bajar la cabeza.

—Por favor, no digas cosas tan estúpidas —farfulla, sonriendo de manera torcida al mirarle. Pronto nota lo espantada que se encuentra la pobre, así que respira profundo, calmando sus nervios, y camina hacia ella, sintiéndose de paso un gran idiota por hallarse en una situación así—. Oye, no bajes así la cabeza.

—Pero-

—Anna, tú y yo somos humanos —la interrumpe, con un tono de lo más gélido pero a la vez cálido. De repente, él coloca una mano sobre la cabeza de cabellos rubios, causándole más temblores pero mucho confort—. Y ahora, mientras te encuentres bajo mi mando, no dejaré que mueras.

La muchachita abre grande los ojos, y luego su expresión de sorpresa se convierte en conmoción, logrando que pronto sus orbes azules dejen escapar muchas lágrimas. Su pálido rostro también se pinta en rojo y sus manos lo cubren, tratando de hacerse desaparecer como tantas veces deseó hacerlo en menos de un parpadeo.

Casi no hace sonidos, pero Ray puede notar que está llorando.

«Las muñecas de cristal también lloran, eh»

Rueda los ojos y chasquea la lengua, regañándose a sí mismo por su actuar. Pero no evita el abrazarle con una mano, en un infantil intento de consuelo.

—No habías oído esas palabras antes, ¿verdad? —pregunta con suavidad.

—No... —responde bajito y torpe, entre hipidos.

Él sonríe, satisfecho, aunque se vea como un completo insensible al estar haciendo algo así.

—Me alegro de ser el primero que te diga algo así.

«Y posiblemente el único»

(Entonces quiere pensar que no todos podrían estar locos por allí.)

Sabe que nadie está tan demente como él— como para atreverse a decir que salvaría a otro ser humano con su propia vida.

***

—Norman, irás a Lambda. —Anuncia el hombre, con la perpetua sonrisa cínica y cruel en la cara, que a veces le causa escalofríos al muchacho albino.

Él, quien intenta no demostrar su horror ante el nombramiento de ese espantoso lugar al que alguna vez fue a ser experimentado —pero no como los demás, y eso es algo tan aliviadora que se siente asqueado de sí mismo por agradecerlo—, pasando sus días en una prisión blanca donde debía, día tras día, demostrar su valía mental y sus límites de inteligencia, los cuales a veces parecía no tener, y que ahora no supone de otra más que ignorar en recuerdos y asentir con la cabeza, mostrando a su vez una sonrisa pacífica. Aunque en el interior quiera gritar que no se atreva a enviarlo a ese lugar.

Un lugar tan espantoso y cruel.

(Como él.)

—Entiendo, señor Peter —afirma con calma (contraria a su desesperado interior), y luego borra un poco la expresión inocente, mostrando una curiosa—. Pero, ¿podría saber para qué?

—Necesitan mejorar algunas cosas por allí, y tú eres perfecto para las pruebas —informa con total naturalidad, espantando y haciendo temer un poco más al joven—. Así que espero buenos resultados de ti.

—Lo comprendo —alega, cerrando los ojos por un unos momentos, para después regresar su helada mirada al superior—. ¿Cuándo saldré?

—De inmediato. Tú transporte está esperando afuera, no necesitas preparar nada, todo se encuentra allí. Que tengas un buen y seguro viaje, Norman.

Vuelve a asentir, y guardando silencio gira y se retira de la habitación. Una vez afuera camina con rapidez por el corredor, contrario a la salida.

Su ceño se frunce y tuerce la mandíbula en ira.

—Quiere deshacerse de mí... —murmura para sí mismo, llevando una mano a su pecho, habiendo captado la verdad tras las palabras suaves y la expresión de ese Ratri.

Lo había descubierto, pero no sabe cómo. Necesita pensarlo seriamente, pero no en ese momento. Sabe que no debe ni puede desperdiciar tiempo si es que quiere sobrevivir para acabar con todo ese mundo tan podrido, y en especial para hacer caer a ese horrible ser que no podría llamar humano nunca.

Una sonrisa llena de soberbia adorna su rostro entonces.

—No dejaré que lo logre tan fácilmente.

Entra a otra habitación, admirando lo que se halla dentro con seriedad y una pizca de alivio.

—Podría servirme.

*

*

*

Continuará.

Chapter Text

—Oh, lo encontré. —Alega un tanto sorprendido, sujetando a la vez una pila pequeña de papeles entre sus manos. Con esa ligera afirmación logra captar la atención de su compañera.

—¿Puedo preguntar de qué se trata? —aventura la rubia, acercándose delicadamente a él para observar desde lejos, cautelosa en todo momento aunque sintiendo bastante curiosidad por los supuestos papeles que han logrado sacarle una diminuta sonrisa de imperceptible satisfacción a su actual y extraño jefe.

—Son documentos del último experimento que se me encargó —explica Ray pacientemente, echando unos vistazos a cada página. Anna siente, comprendiendo, y él busca con ahínco entre todas las hojas—. ¿No quieres saber más? —sugiere, sin apartar la vista de su labor.

—No se me había permitido algo así hasta ahora. —Contesta, un poco apenada. El chico bufa y la mira seriamente, como preguntándole que si iba realmente en serio con eso, en especial luego de la charla motivacional que tuvieron hace poco tiempo y el discurso de confianza mutua que debía tener en cuenta.

Pero tan sólo recibe como respuesta unos ojitos azules serenos y un tanto confundidos. Así que se dice que es mejor dejarlo ahí por el momento, y concentrarse en su labor en encontrar lo que tanto había estado buscando desde hace días.

Lo halla, y agarra un único papel con muchas anotaciones, tirando lo demás hacia cualquier lado. Ella examina confundida ese actuar, pero no dice nada, sino que devuelve la vista a lo principal y trata de leer algo de lo que tiene la dichosa hoja que tanto había deseado el joven científico.

Ray abre grande los ojos al empezar a descifrar los datos allí escritos. Y una sonrisa torcida se forma en su cara con cada párrafo descubierto y la nueva información de la que había sido ignorante durante todo ese tiempo por dejar pasar las cosas como si no le importasen en lo más mínimo. Y, ha de decirlo, se siente un grandísimo estúpido por dejar pasar algo tan importante.

—Anna —la llama rápidamente, y ella le mira, esperando a su siguiente orden—, ¿sabes dónde se encuentra en este momento Norman?

La joven parpadea, confusa.

—No sé dónde se encuentra justamente ahora el joven Norman, pero sé dónde podría estar. —Responde, un tanto dudosa.

—¿Y eso es?

***

Varios golpes resuenan en todo el despacho, junto con algunos llamados que se podrían decir ligeramente hartos y desesperados, pero nadie los contesta. Así que las puertas se abren de golpe, dejando entrar a Ray, quien se halla más impaciente que nunca y con una mueca de fastidio puro.

—¡Hey! ¡Norman, te-!

Pero antes de que pueda acabar con su frase, lo que ve dentro lo deja un poco sorprendido y estupefacto.

Nada. Dentro del cuarto no había absolutamente nadie.

Curioso, busca con la mirada algún indicio, puesto que ese era el último lugar donde se suponía que debía encontrar al dichoso chico que formaría parte algún día de los líderes del mundo de los demonios. Más no logra encontrar nada más que unos papeles sobre el escritorio que recordaba tan pulcro, y la estantería hecha un gran desastre que de verdad no podría importarle menos.

Gruñe, fastidiado y desesperado como pocas veces. Maldice un par de veces antes de darse vuelta para salir de allí e ir a buscar en otro lado a ese imbécil que sigue sin agradarle ni un poco, pero que de verdad necesita ver lo antes posible, por asuntos que eran más importantes que cualquier otra cosa tonta como su odio y ganas de incendiar toda la maldita Sede.

Sale de la habitación, cerrando con fuerza las puertas, haciéndolas resonar por todo el lugar y en los demás pasillos. Apresura el paso por el corredor con la finalidad de intentar hacer menos pesado el ambiente que se le forma en todo su rededor.

Hasta que alguien se interpone en su camino. Alguien a quien no puede ignorar como tanto le gustaría.

Chasquea la lengua, sintiendo la mirada helada de la mujer, que escanea cada movimiento que se atreva a usar desde ese instante.

—¿A dónde vas? —inquiere Isabella, usando un tono apático y poco común para con él, siendo que la mayoría de las veces era dulce y calmada a su lado. Algo como eso significaba que habría grandes problemas si es que no lograba ser astuto y poder engañarla correctamente.

Respira profundo, calmando su tormenta interior.

—Al laboratorio. —Contesta, neutro.

—¿En serio? —Ella enarca ligeramente una ceja y una sonrisa divertida se asoma por su semblante estoico, logrando tambalear la seguridad que Ray había sentido cerca—. Porque creía que irías a buscar a Norman.

El muchacho abre la boca, dispuesto a refutar contra eso. Pero se detiene al notar algo en la mano de su madre, y su mirada se oscurece.

—¿Qué hiciste? —inquiere, con la voz oyéndosele más fría y molesta que habitualmente.

—Oh, ¿te refieres a esto? —Pregunta con suavidad, alzando su mano y mostrando un pequeño interruptor, en tanto la bella y elegante sonrisa de dama sigue impresa adornando sus facciones—. Sólo interrogué un momento a la niña que estaba contigo.

—¿Que hiciste qué? —Gruñe, entre dientes, apretando los puños y acercándose peligrosamente a la mujer.

Ella no se inmuta, simplemente enseña los dientes, ensanchando su sonrisa al ver perder los estribos a su siempre sereno niño favorito.

—Tenía que saber dónde te habías metido y qué cosas estabas haciendo —explica pacientemente, notando la furia seguir emanando de esos orbes de plata que le parecen tan tiernos a pesar del tiempo que ya ha pasado de sus días de inocencia—. Es mi deber como madre el cuidar tu vida, ¿no?

—No digas estupideces —vuelve a gruñirle. Isabella ríe—. ¿Dónde está ella?

—¿Quién? ¿48-?

—¡Ella tiene nombre! —Interrumpe, perdiendo por completo los estribos y arrebatándole de improviso el control de las manos. La mujer parpadea varias veces, mostrando una expresión confusa—. Se llama Anna, y no quiero que te le vuelvas a acercar. Desde ahora, está bajo mi responsabilidad.

Seguido de eso, pasa a su lado y continúa su trayecto, dando grandes pasos que resuenan por el desolado lugar hasta perderse por completo.

E Isabella se queda allí, silenciosa y calmada, sintiendo un algo frío en el pecho. Pero regresa a curvar los labios en una mueca de dulzura y aceptación en tanto sus ojos se tiñen de nostalgia.

—Extraño los días en los que podía cuidarte mejor...

Finalmente, suspira.

***

Una vez más, abre otras puertas con fuerza, estampándolas contra las paredes blancas del cuarto. Por supuesto, no es eso lo que le interesa en un momento como ese, sino el hecho de que, apenas al entrar, ya puede notar el aroma a sangre en el ambiente.

—¡Anna!

La busca por el lugar, caminando apresurado entre las mesas que llevan encima muchos de sus experimentos y anotaciones pendientes, hasta lograr llegar a su objetivo, el cual se encuentra sentado en el suelo, la cabeza gacha y el rostro oculto tras sus rizos, y con chorros de sangre manchando desde su cuello hasta su pulcro delantal blanco.

Siente el horror trepar por su espalda.

—A-Anna...

La rubia alza la cabeza entonces, mostrando sorpresa y temor al principio, que cambia a un alivio genuino en cuanto logra discernir de quién se trata.

—Ray... —lo nombra, sonriendo dulcemente a la par que empieza a llorar—. Lo siento... Se lo dije, le dije dónde se encontraba. Es mi culpa.

—No, eso... —traga pesado, y se acerca, arrodillándose frente a ella para sujetarla del rostro. Preocupación es lo único que llega a captar dentro de sí, y se siente patéticamente débil—. Eso no importa. ¿Estás bien? ¿Esa mujer te hizo algo grave? ¿Y esa sangre de dónde es?

—Oh, no, yo estoy bien... —asegura, con la voz temblorosa. Pronto desvía la vita y lleva una mano a su oído izquierdo.

Ray nota que un hilo de sangre desciende por su brazo al hacer eso.

Le agarra de la mano, apartándola y viendo la herida bajo el cabello, justamente en su oreja, allí donde se alojan los transmisores.

Aprieta los dientes, sintiendo la furia emanando desde su interior. Tiene tantas ganas de matar a alguien.

—No es nada, señor... —afirma ella de nuevo, temerosa de la situación y de su incompetencia para con el científico y la Sede—. No necesita preocuparse. No es grave, voy a tratarlo y estaré bien, se lo aseguro. Incluso ya ha dejado de sangrar tanto, ¿lo ve?

—Eres una tonta.

—... ¿Eh?

—Que eres una gran tonta —farfulla, soltando un bufido de fastidio. Pero contrario a sus crueles palabras, pone con cuidado una mano sobre la cabeza rubia de la niña, regalándole han caricia suave—. Preocupándote por tu labor antes que por tu vida... Odio eso. La próxima vez que tengas que decidir entre tú o yo, ¿sabes lo que harás?

—Uh... ¿Ir a bus-?

—¡No! Maldita sea... —Niega repetidas veces, soltando improperios en voz baja—. Ugh... Eres desesperante. Ven, te ayudaré a limpiar la herida y hablaremos de tu seguridad personal después.

***

—Me alegra que se encuentre aquí.

Norman hace un pequeño asentimiento ante el hombre con bata blanca, pero no cambia su semblante de hielo, lo que causa ligeros escalofríos en las personas que se hallan alrededor suyo y de aquel doctor, aquellos quienes lo reconocen bastante bien y no sólo por ser la próxima cabeza de los líderes humanos que se quedaron por ese lado del mundo, sino también por el hecho de que ya había estado allí antes.

Esos eran recuerdos que nadie sería capaz de ignorar.

—El señor Peter me dijo que mi ayuda será necesaria para cierto caso —afirma finalmente con cautela, observando las reacciones del científico enfrente suyo—. ¿Entonces?

—Oh, por aquí —llama, señalando hacia su costado, caminando al próximo pasillo. Norman le sigue en silencio, esperando escuchar las siguientes explicaciones—. Verá, las instalaciones han sido ampliadas para una mayor cantidad de sujetos, pero creemos que existen fugas que no hemos logrado hallar con las construcciones. Así que necesitamos alguien que nos señale los problemas y nos dirija en nuestras nuevas labores —termina, dirigiéndole al final una mirada llena de sospecha—. ¿Y quién mejor que usted, el futuro líder, quien cuando apenas llegó ya había llegado burlar la seguridad varias veces?

Norman no contesta, no hace un solo sonido, no cambia su expresión. No tiene por qué hacerlo.

Tiene en cuenta que lo mejor era ignorar ese tipo de intentos de burlas.

—Entiendo que quiere lo mejor para el clan Ratri —habla sereno después de unos segundos de amigable paz, aunque de nuevo, logrando sorprender a los hombres que les siguen en silencio y causándoles más pavor del necesario. Frunce un poco el ceño, buscando una buena manera de ganar ante esa dura batalla mental—. Y por ello estoy a su disposición, dispuesto a confiar —sonríe amable—. Guíeme al lugar a donde debería llegar.

—Por supuesto. Venga por aquí, joven.

Norman sabe que se dirige a una trampa. Pero no es como si se encontrase sin una salida.

Todos se detienen finalmente ante una gran puerta de metal.

—Aquí se almacenan los nuevos sujetos —anuncia el hombre, señalando la barrera, a simple vista inquebrantable—. Todos y cada uno de ellos son los más valiosos, inteligentes y fuertes que alguna vez pasaran por nuestras manos, así que, por lo que es obvio que por ningún motivo debemos dejarlos escapar.

—Entiendo —acepta, mirándole con detenimiento. Pronto le dedica otra diminuta sonrisa llena de soberbia—. Me encargaré de mi trabajo.

El extraño científico asiente y luego hace una seña con la mano hacia una cámara de seguridad. Pronto las grandes puertas se abren lentamente, dejando ver adentro solamente oscuridad.

Su interior se remueve en terror, pero se contiene de demostrarlo, dando por fin el primer paso hacia adelante, adentrándose al cuarto secreto.

No se da vuelta en ningún segundo, ni siquiera quita la vista de enfrente, pero puede sentir las sonrisas de los hombres a sus espaldas, contentos con la vista de él entrando a la supuesta caída al inframundo.

(Es ingenuo pensar que no están ahí ya.)

En consecuencia, también sonríe en cuanto las barreras vuelven a cerrarse.

Las luces se encienden y él entonces, finalmente, puede ver lo que hay dentro de ese asqueroso lugar que tanto quiere destruir.

***

—¿Necesita que la ayude en algo más, señorita?

Emma detiene el bolígrafo un segundo, y mira seriamente hacia Gilda, quien se halla sintiendo afable e inocente, lo cual es claramente falso de su parte. Así que simplemente le ignora y continúa con su labor, puesto que debe terminar el informe como se lo había ordenado ese escéptico científico que le entregó a Edith.

—No necesito nada más —asegura firmemente—. Puedes retirarte e ir a dormir. Yo haré una ronda nocturna antes de irme también.

—Entendido. Buenas noches.

Segundos después que la puerta cerrarse, y luego los pasos suaves en el corredor que se pierden de a poco hasta que solo queda silencio. Entonces ya puede relajarse y dejar caer la pluma sobre la mesa, sujetándose después el rostro, con los codos apoyados en el mueble. Siente demasiado cansancio, ni siquiera tiene ganas de ir a dar esa ronda, pero sabe que es su deber.

Aunque el cansancio no es exactamente físico. Su mente está a punto de explotar, luego de estar tanto tiempo planeando una ruta de escape viable y seguro para un niño ganado de Grace Field. Es algo muy agotador, inclusive más si se tiene en cuenta su posición en donde debe estar alerta en cada instante por cualquiera de los 38 niños que tiene en la casa a los que debe mantener contentos y distraídos, más la reciente integración de Gilda por órdenes de la Sede, la cual de por sí ya sospecha de las cuidadoras.

Nada está siendo fácil para Emma. Pero se alienta con la imagen de su pequeña Edith sonriendo fuera de un destino tan cruel como el suyo propio. Y tiene en cuenta que solo puede imaginar algo así, porque ella jamás podrá verlo gracias al hecho de haber aceptado su labor como verdugo de inocentes.

Suspira rendida, y tras erguirse regresa al trabajo, terminando de una vez el informe y tirándose de cara contra la mesa. Porque no importaba cuántos años tuviese, en el interior quiere seguir siendo aquella niña despreocupada de antaño.

—Desearía un poco de ayuda para esto...

No habría algo así, no importa cuánto lo ruegue.

(O eso piensa.)

*

*

*

Continuará.