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Niños del Nunca Jamás

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63194:

Emma es una niña pequeña que ama la vida.

O ese es su percepción acerca de sus comienzos, porque en realidad no es que tenga tan buena memoria o recuerde a todos los niños con los que vivió alguna vez, y que luego tuvo que decirles adiós, porque ellos serían adoptados por una familia feliz y tendrían una vida dichosa, como en esos cuentos tan bellos que Mamá a veces les lee con mucho cariño.

Ella en realidad está completamente satisfecha solamente con quedarse a vivir allí, junto a todos sus hermanos, junto a su querida Mamá, en su querida casa de campo en medio de su bonita pradera e increíble bosque, donde puede salir a correr como si de un paisaje encantado se tratase y esconderse cuando jugara con los demás. Simplemente, ama toda su actual vida. Y los años pasan pero no le interesa, aunque está más que claro el hecho que tendría que irse cuando cumpliese sus ansiados doce años.

Sonríe, feliz igualmente. Su cabello naranja ondea despeinado como en todas las mañanas, y sus ojos verdes buscan la figura de su cuidadora querida para decirle algo cuanto antes.

Pero de repente un golpe en su espalda hace que se tambalee un poco y casi termine echando los platos que está llevando entre sus brazos. Se gira entonces, reconociendo las cabelleras rubia y oscura, teniendo en sus infantiles rostros sonrisas divertidas y pícaras.

—¡Oh! ¡Thoma! ¡Lani! —Los nombra, poniendo un rostro falsamente molesto. Enseguida deja los platos sobre la mesa y va a ellos—. ¡Los voy a comer!

Los persigue, empezando con un divertido juego mañanero. Ellos gritan y corren despavoridos, como los niños inocentes que son. Hay un pequeño caos de gritos y risas mezcladas que cesan un poco en cuanto Emma logra atraparlos en sus brazos.

—Oh, niños —los llama la mujer, haciendo que paren con su barullo y la miren a la vez. Ella ríe un poco con la imagen de los chiquillos hiperactivos enfrente suyo—. ¿Tan temprano y tan animados?

—¡Perdón, Mamá! —Habla entonces la niña pelirroja, soltando a sus hermanos y rascándose la nuca, nerviosa. Había olvidado que tenía que ser más tranquila o mejor portada ahora que era la mayor, y tenía que dar el ejemplo—. Es que Thoma y Lani me empujaron, y pues...

Ella se ríe un poco, pero niega, acariciando su cabeza con cariño.

—No hay problema —asegura, regalándole una amena sonrisa—. Eso es lo que me gusta tanto de ti, Emma. Nunca dejarás de ser mi pequeña bebé juguetona.

Emma hace un puchero, pero después ríe y lo acepta.

—Ahora, vamos a servir el desayuno, ¿sí? —anuncia Mamá, animada y alegre.

—¡Sí! —acepta la jovencita, alzando el puño con decisión. Su Madre se adelanta para ir junto a Lani y Thoma a la mesa y colocar los platos, y Emma va junto a ellos.

Pero de repente se detiene un segundo, y mira hacia la entrada al comedor. No hay nada allí. Después desvía la vista hacia la pequeña puerta que llega a la cocina, y uno de sus hermanos menores sale con más platos.

Sonríe hacia él un segundo, y éste le devuelve el gesto, luego continúa con su labor.

Emma siente que algo falta en ese momento.

—Emma, ¿no vas a ayudar?

Entonces despierta de sus pensamientos y mueve la cabeza de un lado a otro, sonriendo apenada hacia su Mamá.

—¡Lo siento, me distraje! ¡Ya voy!

***

22194:

Norman a veces lo piensa todo demasiado.

Todos sus hermanos, por eso mismo, se le quedan viendo extrañados cuando el niño termina mirando hacia ningún punto fijo en vez de terminar de leer todo su libro de álgebra y metafísica cuántica. Aunque en realidad ya es algo habitual, él lo ha hecho desde pequeño, sólo que nadie logra entender por qué.

Quizás tenga que ver con que es algo solitario, aunque por supuesto no completamente. Claramente él es alguien amable y dulce cada vez que hablaba con alguno de ellos, en los momentos en los que los mayores le preguntaban acerca de algo que no entendían o los pequeños le pedían que les leyera un cuento en las tardes de primavera. Norman entonces sonreía y les decía que no había problema, y explicaría y narraría lo necesario con toda la paciencia del mundo. Y por ello mismo, algunos infantes llegaban a creer que se trataba de un ángel, y que la razón por la que quedaba viendo a ningún punto es porque extrañaba su nube en el cielo.

Algo como eso no era realmente cierto, pero no era malo imaginar. Norman francamente tampoco lo había negado alguna vez, solamente había reído un poco con la idea y luego había vuelto a su interesante libro de historia.

Quizás él, en realidad, sentía que algo no andaba bien.

—¡Norman ha sacado la puntuación perfecta de nuevo!

Unos cuantos niños felicitan, otro se queja, y los demás aplauden. Mamá sonríe radiante en tanto muestra el papel marcado con la nota más alta entre todos los infantes. Y Norman, en medio de la habitación, solamente sigue sonriendo.

—¡Hey, hey! Ya que has sacado la puntuación perfecta, ¡de nuevo tendrás que buscarnos en las traes!

—¡Oye! Eso no es justo.

—No importa —asegura el niño albino, interponiendo en la posible pelea que llegaría a haber entre sus dos hermanitos de fuerte carácter—. Tranquilos, jugaré a las traes, es divertido buscarlos. Vamos afuera.

Todos aceptan, y aunque saben que Norman jamás ha perdido un juego, creen que esta vez podrán hacer algo al respecto.

Para mala suerte de los demás, uno a uno cae. Mamá en tanto se encarga de revisar el reloj y esperar a que todos sus niños aparezcan de nuevo bajo el árbol donde ella espera.

Y ya solo queda un único objetivo, cinco minutos antes de que se acabe el juego.

Norman camina en medio del bosque, observando su alrededor. De repente tropieza y cae. Pasan los segundos, gira, quedando boca arriba y observando el árbol que se alza ante sus ojos.

Hay silencio a su alrededor. Él siente que algo no está bien, de nuevo.

Se levanta de un salto, y corre con rapidez hacia unos arbustos, atrapando a uno de sus hermanitos pequeños en el acto.

El tiempo se acaba.

(Norman sigue pensando que las rejas en las ventanas y la buena comida no son del todo normales.)

***

81194:

Ray es alguien antisocial a ojos de los demás niños.

No es que les desagrade el chico, lo admiraban mucho, en realidad. Porque él sacaba las mejores notas, era genial en todo tipo de juegos, y ya casi se había leído la biblioteca completa. Así que era un gran ejemplo a seguir. Pero, el único problema, era que a veces tendía a ser muy frío y directo. Para él las palabras cariñosas no creían existir del todo, y aunque era educado y amable, también un tanto antipático. No lograba captar ni tomar en cuenta los sentimientos de los demás.

Aunque ya se habían acostumbrado, en serio. Sólo que a veces notaban que se encontraba solo, debajo de algún árbol o en medio de la sala de lectura, y nadie se atrevía a acercarse a acompañarle, porque temían a que fuese sincero y los rechazara, remarcando que no era necesario algo así como compañía para pasar un tiempo a leer en silencio.

También, él a veces parecía saberlo todo sobre todo. Nada se le escapaba de la vista, porque podía notar cuándo intentaban hacerle una broma o en los instantes en los que trataban de hacer trampa en el Monopolio de las noches festivas. Lograba resolver acertijos con facilidad y cocinaba cuando Mamá se lo pedía, logrando deleitar a todos con sus grandes dotes culinarias, en especial en los postres.

Era el más genial en todo el orfanato, y al mismo tiempo, el más apartado de todos, siempre teniendo un aura misteriosa que llegaba a espantar hasta al hermano más valiente.

A final de cuentas, solamente se dirigían a él para preguntarle ciertas cosas, y eso en realidad no le molestaba, pero luego volvía meterse en su labor, ignorando todo lo demás.

Era algo frío.

Aunque, a pesar de todo eso, había alguien que sí lograba hacer que conviviera más con su entorno y con sus hermanos. Esa era su dulce Madre, quien, a diferencia de todos, no tenía ni una pizca de nerviosismo o remordimiento al hablar con Ray y pedirle que fuese más educado.

—¿Por qué no vas a jugar con tus hermanos un rato? —sugiere, sonriendo amable en dirección al niño. Detrás de su falda, tres de los niños más pequeños asoman sus cabecitas, mirándole con atención.

Ray también los observa un segundo, y luego a la mujer.

(Nadie nota el ambiente tenso y los gritos silenciosos de advertencia.)

Finalmente suspira y cierra su libro, sonriendo de lado.

—Está bien, Mamá —acepta, dejando sobre la mesa el objeto y yendo junto a los pequeños, inclinándose para hablar con ellos de manera amena—. ¿Atrapadas o escondidas?

—¡Escondidas!

—Excelente elección, Cris —afirma, acariciando la cabeza oscura del infante. Finalmente agarra de las manos a los otros y se aleja, no sin antes mirar de reojo a la mujer—. Yo me encargo.

Ella no quita su mirada de amatista de él, hasta que lo pierde por el pasillo. Luego suspira un poco, sonriendo con cansancio.

—Lo sé.

Y Ray en realidad no es un mal hermano o un mal hijo, sólo que pareciera saber más cosas que los demás y eso, de cierta manera, lo llevaba a un nivel más elevado que cualquiera.

Como si siempre fuese lejano.

Al final del día, verá cómo Isabella se lleva a Connie, para ser adoptada. Su conejito se ha quedado en la casa, con él, en sus brazos, porque la pequeña le había dicho que sería lindo que tuviese un compañero puesto que se le veía muy solo en todo el día.

Ray entonces observa por una ventana alejarse la luz de la lámpara que lleva a Mamá, junto con la niña. Y no hace más que suspirar, cansado, como si ya estuviese acostumbrado totalmente a saber lo que le sucederá a esa pequeña alma inocente.

(En silencio, quizás desea contárselo a los demás, pero sabe que no puede confiar en nadie.)

*

*

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Continuará.