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In the Woods Somewhere

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Había vuelto a soñar con aquella dichosa cabaña otra noche más. Eran ya cincuenta y ocho días los que Ryan llevaba sufriendo las pesadillas más grotescas que jamás habría podido imaginar despierto. Al principio solo era el bosque, completamente desierto. No se escuchaban los sonidos de los búhos de Mrs. Welch, así como tampoco a los grillos. Luego comenzó el viento, agitando las copas de los árboles, y el sonido de unos pasos lejanos que parecían ir hacia él. cada noche, el ruido de las hojas bajo la suela de unas botas desconocidas, se hacía más fuerte. Esa última noche había conseguido divisar una cabaña de piedra al fondo, apenas iluminada por dos antorchas doradas. Siempre se quedaba quieto, sus huesos rotos le impedían avanzar y, justo en el momento de la caza, se despertaba.

A diferencia de hacía tres noches, aquella mañana no había vomitado los restos de la cena de la noche anterior, pero seguía sintiendo los ropajes empapados y el cabello pegado a la frente. Las primeras noches había desvelado a Mrs. Welch con sus gritos, pero ya había dejado de hacer eso. Ahora solo temblaba y, con suerte, si la mujer estaba en la sala del caldero, no podría percatarse de que estaba llorando como un niño pequeño.

En el bosque estaba lloviendo. Había entrado un frente por las montañas del sur que parecía dirigirse al valle del oeste, justo donde estaba ubicado su hogar. No era como si el mal tiempo fuese algo desagradable, más bien al contrario. Había algo de los días grises que le provocaba cierta tristeza y aumentaba sus ganas de escribir. Al menos, hasta que sus dedos amoratados se lo permitían, pues a veces los dolores se volvían tan insoportables que apenas podía siquiera sostener la pluma. Mrs. Welch siempre le decía que debía cuidarse más, pero lo cierto es que la principal intención del joven no era esa, sino cuidar y protegerla a ella.

Aun con las pantuflas y la camisa arrugada, el chico consiguió ponerse en pie sin soltar ni un quejido. Aquella mañana le dolían especialmente las piernas, pero jamás lo diría con tal de no preocupar a nadie. En la sala del caldero, la mujer de cabello dorado preparaba el guiso que comerían ese día: conejo con arroz, zanahoria y patata.

 

Mrs. Welch no era lo que podía entenderse como una mujer convencional. No solo por su aspecto, claramente llamativo, sino porque era una bruja. Ryan siempre había pensado que el color de su pelo se lo había dado el dios Sol al ofrecerle sus rayos. Ella siempre se reía a grandes carcajadas cada vez que lo decía en alto.

Llevaba una larga túnica azul oscura con bordados que había cosido con sus propias manos. Hilos rosas, verdes y dorados formaban una línea de flores que resaltaba los bordes hasta caer en el suelo de piedra, como si fuese un velo de novia. Bueno, si es que los velos de las novias eran así. Lo cierto era que el chico nunca había entendido las costumbres de los urbanitas y, salvo un par de ilustraciones o fotografías que habían llegado a sus manos, el resto seguían siendo misterios sin resolver.

 

–Buenos días. ¿Has descansado?

 

La voz maternal con la que siempre le hablaba fue la chispa que Ryan necesitó para dejar de rascarse los ojos aún manchados de carbón, y dirigirse así hacia la mesa central donde aguardaban un vaso de leche caliente y un par de galletas con pasas.

 

–Sí, mucho mejor que los días de atrás. –Mintió, ofreciéndole la más tierna de sus sonrisas.

–¿Y los huesos? ¿Tosiste mucho?

–Bien, no me duele nada. Y la tos tampoco, estoy mucho mejor.

–Me alegra oír eso, temía que emporases a causa del mal tiempo. Ya sabes “ cuando el viento la lluvia agita…”

–” ...los huesos se vuelven de ceniza”. –Terminó él, dando un sorbo a la taza. –Lo sé, pero parece que esta vez no.

–Quizás estás mejorando.

–A lo mejor hasta puedo correr para cuando llegue el sabbath, entonces me dejarás salir a ver el río.

–Solo si te portas bien.

–¿Cuándo me porto mal?

 

De los dieciocho años que el joven llevaba viviendo con aquella mujer no se había portado mal ni una sola vez. de hecho, había sido un niño tan bueno que cuando aún mojaba el colchón de paja, se levantaba a mitad de la noche para lavar a mano las sábanas y así no dar más trabajo Había sido un hijo ejemplar, atento, cariñoso… Algo que, de no haber sido por su imposibilidad para salir corriendo en caso de necesitar huir de la mano dura de su madre, probablemente no habría sucedido.

 

–¿Practicaste ayer el hechizo de creación?

–Sí, bueno, lo intenté.

–¿Y cómo fue? 

 

Ryan señaló hacia la puerta de entrada, donde había una estantería hecha con ramas de abeto. En la segunda repisa, metido en una maceta de barro, estaba el bonsái al que él mismo había llamado Dottie. Si bien el árbol una vez había sido verde, ahora estaba completamente seco. Cuando Mrs. Welch agudizó la vista, se percató de que una de las ramas parecía haber sufrido las consecuencias de un incendio.

 

–No muy bien por lo que veo. –Dijo la mujer, soltando un suspiro pesado. –Eso es porque vagueas demasiado.

–¡Mentira!

–Jovencito. –Mrs. Welch sacó la cuchara de palo del caldero, señalándolo acusatoriamente con ella. –Te recuerdo que ayer estuviste todo el día tocando el laúd.

–Eso no… No es verdad.

–Enséñame los dedos, seguro que te salieron heridas. –El chico guardó las manos bajo la mesa, tirando de los mitones oscuros que solía llevar siempre. La mujer soltó una carcajada. –¿Ves? Lo que yo decía.

Ryan se ruborizó. Sabía perfectamente que a la bruja no le agradaban demasiado sus pasatiempos más allá de practicar la brujería, mas era su única forma de evadirse fuera de los muros entre los que se había criado. De alguna forma u otra, Mrs. Welch debía haberse dado cuenta también de que la cabaña que habían compartido durante los últimos dieciocho años se le había quedado pequeña al joven. No obstante, no parecía tener intención alguna de ensanchar los límites que Ryan tenía permitidos más allá de recoger las frutas silvestres que crecían alrededor de los muros al final del estío. 

De cierta manera, Ryan se sentía culpable preguntándose si de no ser por su condición física ya hubiese intentado escapar de casa más de una vez. En el fondo, la bruja no era una mujer cruel, ni su pretexto era tenerlo encerrado como castigo. Al contrario, Ryan sabía que si no lo había dejado alejarse del bosque y adentrarse en la ciudad, pese a las súplicas del joven, era únicamente para protegerlo. En la morada de la bruja nunca le había faltado de nada, y se había criado feliz y ajeno a la maldad humana. Sin embargo, la hechicera nunca accedió a especificarle cuáles eran los riesgos exactos del exterior. Ryan solo podía leer los escasos libros que la bruja poseía en su biblioteca que tratasen sobre la ciudad e imaginar qué clase de peligros aguardan ahí.

Mas aunque jamás hubiese puesto un pie en el mundo civilizado, le apasionaba escribir bellas poesías apoyadas en sus fantasías de abandonar el bosque. Se imaginaba adentrándose en la plaza, vestido como el resto de muchachos de su edad, y garabatear apoyado en la fuente, libre de los dolores de espalda que el pequeño escritorio de su habitación le ocasionaba al forzarlo a inclinarse al dibujar. Fantaseaba con entrar a una panadería como las que sus libros describían, y comprar pan horneado por otra persona para luego dárselo como alimento a pájaros de especies que jamás había visto.

 

–Ryan –la mujer chasqueó los dedos, obligándolo a volver a la realidad. –, no te duermas sobre las galletas.

–Lo siento.

–Te quiero listo en veinte minutos, necesitamos níscalos para el guiso.

–Vale, sí. Perdón, ya mismo voy.

 

El joven desayunó con tal rapidez que no había terminado de dar el último sorbo cuando sintió que el estómago se le ponía del revés, pero no tenía tiempo para armar un desastre. Por ello, y aun con la barriga hinchada, huyó a su cuarto para cambiarse. Aunque aún hacía calor, la lluvia no le dejaba mayor opción que la de ponerse la capa de invierno y las botas altas. Tras lavarse la cara en la palangana de su cuarto, cogió un trozo de madera quemada y untó la punta oscura en sus párpados, ayudándose de las yemas de los dedos para difuminar. No es que aquel día tuviese especialmente buen aspecto, seguía siendo igual de largo y delgado que hacía dos años.

Antes de salir cogió la cesta de paja que la bruja había hecho ese mismo año solar y, con una sonrisa amable, se despidió alzando la mano.

El bosque parecía enfadado ante la tempestad. Las ramas de los árboles gritaban y dejaban que la lluvia formase ríos en sus hojas que se precipitaban contra el suelo. El exterior de la cabaña estaba embarrado, haciendo que le costase andar el doble que de costumbre. Mrs. Welch tenía razón –pensó – , la lluvia hace ceniza los huesos. Las setas y demás hongos se encontraban a unos treinta metros del lugar, siguiendo hacia el oeste. Ryan conocía bien la ruta, probablemente porque era la única que se le había permitido recorrer desde que tenía uso de memoria. Sabía los nombres de todos los arbustos, cuales eran venenosos y cuales no. Cuando el cielo estaba calmado, dejaba semillas en el suelo para que los pájaros pudiesen comer, pues aquello le hacía sentir menos solo.

En el centro de un gran círculo de abetos gigantes, estaba el gran sauce llorón, apodado como Koda por los brujos del lugar. Las leyendas decían que tenía más de quinientos años y había sido plantado por el fundador del reino, el caballero Gerard Way. Aunque, como su nombre decía, solo eran cuentos inventados por los viejos del campo para tener algo de lo que hablar con sus nietos. En la falda del árbol habían crecido varias familias de níscalos, algunos de mayor tamaño que otros. con suma delicadeza, e intentando que el agua no deshiciese la marca de brujo que llevaba en los ojos, se agachó para coger los más hermosos y guardarlos en la cesta de mimbre. 

El viento hacía cantar a las ramas, que parecían susurrarle una de las melodías populares del lugar. Si no fuese porque aquel día no había consumido ningún tipo de planta medicinal, pensaría que estaba alucinando pues, cuando la música se hizo nítida, sintió como si una ocarina estuviese soplando las notas justo al lado de su oído.

Ryan se giró y, al mirar a su derecha, pegó un grito agudo que le hizo caer de culo contra la hierba, provocando la risa del duende que estaba a su lado.

 

–¡Ay! Mecachis, Damon, no vuelvas a hacer eso.

–¿A hacer el qué? –Respondió la criatura mágica, tendiendo su mano para ayudarle. –Es que estaba oyendo tus pensamientos muy fuertes. Estabas gritando cosas sobre la soledad, los dolores, bla bla bla… El caso es que no podía dejar que un crío enfermucho como tú recogiese setas con esta tempestad. ¿Florence te ha dejado salir?

–Primero, para tí es Mrs. Welch. –Una vez en pie, el joven se sacudió el abrigo, completamente manchado. –Y segundo, mis pensamientos eran susurros. Si no me espiases…

–No te espío, no me interesa lo que pase por tu cabeza de adolescente, porque una vez entré sin querer y…

–No quiero volver a hablar de eso.

 

El duende Damon alzó los brazos en el aire y fingió coserse los labios, todo con gestos juguetones que Ryan sabía que no iban a durar mucho más de un minuto.

 

–Quería contarte la buena nueva.

–¿Qué ha ocurrido?

–Chico, no te impacientes. –Damon le hizo un gesto y abrió uno de los bolsillos de su chaleco, mostrándole lo que parecían setas resecas. –¿Quieres una? Dicen que son buenas para los dolores.

–No quiero tus… medicinas.

–No son medicinas, son caramelos.

–Pues… ¡Lo que sea! Mira, si Mrs. Welch sabe que he estado fuera mucho tiempo y, además, hablando contigo, me quedaré sin comer. –El jovencito frunció el ceño, desconfiado. –Y el guiso de conejo con arroz es mi favorito.

–Vale, vale, entiendo… Eres un buen chico y todo eso, ya hablaremos dentro de unos años. –El duende cerró de nuevo el bolsillo y, resguardado bajo el sauce, se atusó el cabello rubio despeinado. –Quería contarte una cosa.

–Desembucha.

–Me han contado, se dice, he visto, dice la leyenda…. Que hay una jovencita de cabellos blancos como hielo por el bosque.

–¿Otra bruja?

–No, es humana. –Damon puso su pulgar e índice alrededor de sus ojos, abriendo estos con énfasis. –Ayer mismo caminaba por los ríos salvajes vestida con una capa roja. Es una mujer preciosa, con largas piernas y labios carmín, pero aunque la llamé no me hizo caso.

–¿Y saber esto en qué me beneficia?

–¡Es una mujer! –El duende le dio un puñetazo suave en el brazo. Mecachis, seguro que ahora le iba a salir un moretón por su culpa. –Una mujer de tu edad… O quizás un poquito más mayor.

Ryan se preguntó para sus adentros qué haría una muchacha en el bosque. ¿Se habría perdido? No era habitual que los humanos abandonasen la ciudad y sobre todo que se adentrasen en aquella parte del bosque. Era cierto que en años anteriores algún cazador despistado había cruzado la zona (y tras ser amenazado de muerte por Mrs. Welch jamás había regresado), pero Ryan dudaba que una joven tan hermosa como el duende describía se dedicase a tal actividad.

 

–¿Te gustaría acercarte a los ríos hoy por si pasa de nuevo, Ryan? –Damon sonrió con cierta malicia– ¿O es que acaso esa vieja bruja no te deja alejarte de casa?

 

Realmente no solo no se acercaba al río por prohibición de Mrs. Welch, también dudaba de que su condición física lo permitiese caminar tanto. Pero la curiosidad de Ryan estaba encendida, ¿realmente una joven humana pasaba por ahí o era solo un engaño del duende para burlarse de él?

 

–¿Te mofas de mi, duende?

–Es todo real. Lo juro. Si tú quisieses yo podría llevarte al sitio donde las malas lenguas dicen haberla avistado la última vez.

 

Ryan dudó. No era buena idea, desde luego. Si Mrs. Welch llevaba ya unos días recelosa con él por no practicar sus hechizos lo suficiente, no se quería imaginar cuán grande sería su enfado si llegase a descubrir que se había acercado a los ríos salvajes sin su autorización. Más aún si todo resultase ser una treta del duende, y al llegar ahí Ryan se viese sin fuerzas y se desmayase.

 

Pero aún así, asumiendo que el testimonio de Damon era real ¿de verdad iba a perder la oportunidad de poder ver a alguien de la ciudad delante suya? Tenía miles de preguntas acerca de la joven. ¿Qué tipo de ropa llevan los humanos? ¿Es igual o diferente a la suya? ¿Qué hacía en el bosque? ¿Se habría perdido? Mas no le quería dar al duende todavía la satisfacción de picar en su anzuelo. 

 

–¿Estás seguro de lo que te han contado, duende? ¿No habrás comido ayer demasiados hongos y todo esto lo habrás alucinado?

–Mis fuentes jamás mienten –Damon se puso serio–. No he visto a la joven con mis propios ojos, efectivamente, mas juraría sobre mi madre que esta información es cierta.

–Y si fuésemos al río… Si tú me acompañases… ¿Exactamente qué ganarías? 

–¡La satisfacción de ayudar a un amigo! –El duende volvía a sonreír– Escúchame, Ryan. Aunque no lo creas, yo me preocupo por ti más de todo lo que creas que esa vieja bruja se puede preocupar por ti. Yo, al contrario que ella, entiendo que ya tienes una edad, y que te mantenga encerrado haciendo pócimas y barriéndole el suelo es algo impermisible. Tú lo que necesitas es ver mundo, conocer a algunas chicas, experimentar nuevas cosas...–Damon intentó darle otro codazo a Ryan, pero esta vez el joven se apartó–

 

–Primero, no somos amigos. Segundo, por alguna razón desconfío de toda esta nueva amabilidad tuya hacia mi, y estoy seguro de que buscas algo a cambio de todo esto…

–Mis intenciones son puras, joven brujo. No busco abusar, solo ayudar. Entiendo perfectamente cómo te debes sentir aislado con una mujer que debe tener seis veces tu edad, solo quiero echarte una mano para…

–¡Basta! Escucha… –Ryan suspiró fuerte, no se podía creer lo que estaba a punto de decir– Está bien. Me has convencido, quiero que me acompañes al río a buscar a esa joven.

–¡Así me gusta, Ryan! –el duende exclamó junto a una sonora carcajada– Eso está muy bien, iremos y…

–¡No he terminado de hablar, duende! Iremos, pero espero que seas consciente de que en el caso de que me engañes, en el caso de que todo esto sea una trampa o un intento de reírte de mi, Mrs. Welch se enterará luego y no estará precisamente feliz de que me hayas intentado manipular. De hecho, creo que últimamente estaba interesada en leer sobre cierta pócima arcaica creada a partir de extracto de hígado de duende… 

–¡Qué desconfiados sois los brujos! –Damon, lejos de mostrarse afectado por la amenaza, se seguía riendo despreocupadamente– Pero siento que en el fondo eres un hombre sensato y confías en mi, aunque sea solo un poquito. De todos modos te voy a dar un tiempo para que revalores bien mi oferta –la sonrisa del duende se retorció un poco, dejando ver sus dientes amarillentos e infestos de caries– si al final decides que quieres que te acompañe, reúnete conmigo luego de la hora de comer bajo las ramas del gran roble. Sabes perfectamente cómo ir. Y recuerda…. Ni palabra de esto a la bruja. Que aunque tus amenazas sean grandes… En el caso de que pase algo y la vieja se entere, creo que el enfado no recaería exactamente solo sobre mí, ¿no?

 

Ryan tragó saliva, ¿acaso el duende estaba insinuando que caería una bronca mayor sobre él? Teniendo en cuenta el carácter de Mrs. Welch, sus habilidades mágicas y, sobre todo, el cabreo que llevaba arrastrando las últimas semanas a causa de su vaguerío… Sí, definitivamente lo encerraría en la cabaña durante, por lo menos, tres ciclos lunares. Aun así, sus ansias por ver nuevos territorios y, por qué no, a una señorita, mermaban su sentido de la responsabilidad. El joven no sabía cómo funcionaban las relaciones más allá de lo conocido, jamás había visto a dos humanos haciendo cosas… ¿humanas? Fuese lo que fuere, algo en el fondo de su pecho le decía que tenía que ir. Bueno, más que en su pecho…

 

–Mrs. Welch me adora, no va a darme una reprimenda mayor. Soy como su hijo, estoy enfermo. Probablemente si me diese una torta me sacaría a lo poco tres muelas. –Ryan sonrió, no muy convencido de la posible misericordia de la mujer. –Además, soy sigiloso como un gato.

–¿Nos vemos debajo del gran roble pues?

–Después de comer.

–Te tomo la palabra muchacho.

 

Damon se dio la vuelta y, cogiendo la ocarina con sus sucias manos de duende -o de ser adicto a las setas-, se alejó de allí danzando y tocando una bonita melodía, dando saltitos sobre los charcos. Ryan no podía creerlo, acababa de pactar con el demonio. No un demonio real, él no era esa clase de brujo que creía en el infierno. Pare él estaba la diosa luna y el dios sol, como para cualquier otro practicante de magia blanca que se prestase. Aun así, la forma en la que había roto las reglas, aunque por el momento solo fuese de palabra, le había provocado un escalofrío de lo más aterrador. 

Cuando la figura se perdió entre la vegetación, el chico terminó de llenar la cesta con los hongos y, un par de minutos después de que la tormenta cesase, se vio obligado a regresar a la cabaña por un fuerte dolor en su pierna derecha. Mrs. Welch tenía razón, no podía alejarse más de cincuenta pasos del lugar sin perder algún miembro por el camino. Y, aunque a veces hubiese dudado un poco ante aquella afirmación, aquel día parecía plenamente dispuesto a comprobar si era del todo cierta.


***


Ryan no se podía creer que salirse con la suya hubiese resultado tan fácil. 

 

Con la excusa de que iba a tocar el laúd fuera de la cabaña para no molestar a Mrs. Welch con el ruido, esta le había permitido abandonar la casa sin ningún tipo de sospecha. Ryan hasta se había llevado el laúd con él para que la bruja no dudase de sus verdaderas intenciones. Hasta se había arriesgado a dejar una barrita de incienso previamente encantada por él, para que con el aroma Mrs. Welch cayese dormida. El propio joven se sorprendió de que el hechizo surtiese efecto, ya que era la primera vez que lograba un embrujo de tal nivel la mujer probablemente estaría orgullosa de él, si el hecho de ella que se enterase no implicase que Ryan jamás volvería a ver la luz del sol.

 

De camino al gran roble comenzaron a caer nuevamente algunas gotas de agua. El brujo se recolocó la capa, temeroso de que la humedad del aguacero del norte se le calase en los huesos y que le provocase dolor. Lastimarse durante su excursión clandestina era el último de sus propósitos: Al fin y al cabo si la bruja se daba cuenta (y lo haría) de que estuviese en peor condición de lo habitual surgirían muchas preguntas, y Ryan no se sentía lo suficientemente dueño de sus nervios para contestar a todas de forma convincente.

 

El duende lo esperaba sentado en una de las ramas del árbol, cubriéndose la cabeza con un pedazo de tela. Al ver que el joven finalmente había aparecido, esbozó una sonrisa pícara y saltó al suelo.

 

–Empezaba a dudar de que fueses a aparecer.

–Curioso, yo también podría decir lo mismo.

 

El brujo siguió los pasos de Damon por un sendero por el cual nunca antes había pasado. También cortó una rama de árbol con su navaja al ver que Ryan tenía dificultades para mantener el paso para que se ayudase con esta a modo de bastón, gesto que el hechicero agradeció.Tras un tiempo andando, durante el cual el duende no paró de hablarle a Ryan de rumores acerca de la ciudad (aunque realmente ninguno que lo concerniese particularmente, solo chismorreos acerca de cierto sector de la policía) finalmente comenzaron a oír el ruido de las aguas del río.  

 

Damon guió a Ryan hasta una pequeña cascada, tras la cual la pared rocosa tomaba la forma de una pequeña cueva. Con cuidado para no resbalar con ninguna de las rocas, todas ellas húmedas por el agua del río, se escondieron detrás de algunas de ellas, de forma que ellos pudiesen observar todo lo que pasaba al lado del río pero que a su vez nadie los pudiese ver a ellos. Los primeros minutos se sucedieron demasiado lentos, llevando a pensar al joven que allí no había nadie. Estaba a punto de llamar mentiroso al duende cuando, entre los árboles que había un par de pasos por encima de ellos, surgió una figura.

La mujer llevaba una larga capa roja con capucha que dejaba entrever un bonito vestido blanco, muy distinto a los que solía llevar Mrs. Welch. Ryan abrió mucho los ojos en un primer instante y, después, los entrecerró para intentar agudizar su vista. La tela del escote caía de forma vertiginosa hasta casi su cintura, mostrando parte de su pecho. Además, estaba descalza y, para cuando se agachó a la orilla del río para llenar una pequeña cantimplora con agua, el joven creyó desmayarse. Era la mujer más hermosa que había visto jamás, aunque tampoco había conocido a ninguna otra aparte de a su madre adoptiva. De repente sintió un intenso dolor en el vientre que le hizo erguirse un poco hacia abajo, sujetándose en la rama para no perder el equilibrio. Damon se asustó, girándose hacia él de forma rápida, creyendo que le estaba dando algún mal de esos que sufrían los brujos, como convertirse en líquido o arder.

 

–Chico, ¿estás bien?

 

La muchacha se quitó la capucha y Ryan pudo apreciar su brillante cabellera rubia, como las que tenían las princesas de los libros que había leído. Ignorando por completo a su compañero, sacó un poco más la cabeza y, aún afectado por aquella sensación que no lo desagradaba del todo, exhaló pesadamente. 

 

–Vaya…

–¿Habías visto algo así alguna vez?

–Solo en sueños.

–Llámala. –Le dijo Damon, dejando un golpecito en su hombro. –Que se acerque.

–¿Qué? No, no…

–Puede venir a resguardarse con nosotros, con esta lluvia…

–Solo es un aguacero del norte, seguro que puede soportarlo.

–También puede resbalarse por la lluvia, caer el río y morir arrastrada por la fuerza de la corriente.

–¡Damon! – Exclamó Ryan, visiblemente molesto. –No digas eso.

–Solo barajo posibilidades… Es la primera mujer que ves y ya seas un brujo, un troll, un ermitaño o un duende como yo… Siempre estamos buscando chicas que parezcan chicos que están con chicos como si fuesen chicas… El caso es que tiene que ser alguien que te guste de verdad, y ella te gusta.

–Pero no la conozco…

–Pero te atrae.

–Eso… –El chico titubeó, nervioso. –Sí, supongo que sí.

–Pues adelante chico, toda tuya.

 

La chica echó a andar río abajo y, como el muchacho no hacía nada, tuvo que ser Damon quien lo empujase con la fuerza de un bebé. Es decir, con la suficiente potencia para que Ryan avanzase un par de pasos, tuviese que apoyarse en el bastón y, además, perdiese el equilibrio. Al percatarse de su presencia, la joven frenó sus movimientos, asustada.

 

–Ho..hola. –Ella no contestó. –Soy… Soy Ryan, George Ryan Ross.

–Hola.

 

El joven esperó su presentación, pero esta nunca llegó. Por ello, y sintiéndose terriblemente ridículo, avanzó un poquito hacia ella, pero sin atreverse a subir ninguna roca por miedo a despeñarse y acabar siendo alimento para los peces salvajes.

 

–Tened cuidado, porque estais descalza y esto resbala, y madre mía si caéis… Hace un tiempo horrible, ¿verdad? Bueno, esto… 

–Me llamo Keltie, sin apellido, y podeis tutearme. Los formalismos son para la ciudad.

 

Ryan se sonrojó mucho, pero como él no entendía de ese tipo de reacciones, pues simplemente ignoró la sensación de quemazón en sus mejillas. Tenía una amplia sonrisa que recorría la mitad de su rostro, aniñando sus rasgos aún más. Ella descendió tres rocas mal y el joven creyó perder el equilibrio.

 

–Vale… Keltie. Hace… mal tiempo.

–No sabes hablar con mujeres por lo que veo, ¿no?

 

Ni con mujeres ni con nadie– pensó el brujo, muy nervioso. Más de una vez se giró hacia atrás para intentar encontrar apoyo en su compañero de aventuras, pero parecía haberse esfumado como la pólvora en una tormenta de aire. 

 

–Tu capa es bonita.

–¿Sabes como me llaman gracias a ella?

–¿Co...cómo?

–Caperucita roja…

 

La forma de pronunciar aquello, con aquel tono tan grave y lento, despertó cosas en el hechicero que jamás había sabido que existían. No supo si era la “a” de la primera sílaba o el de la última, pero sintió que se le deshinchaban los pulmones y, de no ser porque la lluvia estaba empapando su rostro, hasta creería estar soñando. Keltie tenía el cabello rubio recogido en una larga trenza que descendía hasta su cadera, los ojos marrones y los labios finos. En las historias que leía, el amor siempre sucedía con un solo contacto visual, como si ambos implicados hubiesen tomado una de las pócimas que preparaba Mrs. Welch. Estaba seguro, se había enamorado de ella, y esperaba que fuese mutuo. Supuso que sí cuando ella lo sonrió, ignorando por completo el bastón, los mitones y su mejilla algo amoratada. La mirada de Keltie miraba más allá de lo que podía verse a simple vista y, por un par de segundos, creyó que esta le estaba leyendo la mente.

Como un pirata ante el canto de las sirenas, el chico echó a andar en su dirección, sin temor a deslizarse por las rocas y perder el conocimiento, pero algo se cruzó en su camino. Una voz masculina resonó en la distancia, captando la atención total de la mujer, que salió corriendo entre la vegetación. No sin antes despedirse de Ryan realizando un suave gesto con la mano.

El giro rápido, como consecuencia, hizo que el pañuelo blanco que sobresalía de la bolsa que llevaba atada a su cadera, saliese volando. Con la ligereza de una pluma, se balanceó en la atmósfera hasta llegar a las manos de Ryan, quien no daba crédito a lo que acababa de suceder.

 

–Ser un don Juan no es lo tuyo eh… –Damon salió de la cueva y fue en su dirección, claramente decepcionado. –Te saco de casa, te traigo hasta aquí para que te pongas a hablar del tiempo… 

–Es como en las novelas.

–¿Qué?

–Su pañuelo. –El brujo alzó el trozo de tela de forma victoriosa. –¡Es una prenda! Las damas lo hacen para enamorar a los caballeros, lo he leído en mis libros.

–Chico, escúchame. –El duende apretó los dedos contra sus sienes. –No eres un caballero, ni siquiera puedes mantenerte completamente erguido.

–¡Tengo que encontrarla!

–Ay, por las cuatro princesas del reino… ¡Eso es una locura! Y mira que para que yo diga eso…

 

Ryan quería salir corriendo detrás de la chica, ya no le importaba el perderse por el camino o que la bruja se despertase antes de que él regresase a su hogar. Nunca antes había estado enamorado, y le asustaba que el nuevo sentimiento se esfumase tan rápido como había aparecido. Si dejaba huir a Keltie ¿quién sabría si se llegaría a enamorar otra vez? ¿Cuáles eran las probabilidades de que una joven de piel tan hermosa que podía hacer que sus latidos se acelerasen, volviese a aparecer por aquella zona del bosque?

 

–¡Debe haber regresado a la ciudad! Duende, ¿tú sabes cómo ir? ¿Podrías mostrarme el camino?

–Chico… Escúchame… Sé lo que es perder la cabeza por una chica, pero tú lo estás llevando a un ámbito más literal… Como la vieja se despierte y no estés en la cabaña, tanto tú como yo estaremos acabados.

–¡Damon! ¡Por favor! Te daría lo que quieras, con tal de que me llevases con ella…

–¿Lo que quiera? –inquirió el duende, con expresión curiosa.

–Lo que quieras. Siempre que sea algo que esté a mi alcance. Si me llevas a la ciudad, te juro que haré por ti lo que tú me digas, y si me pasa algo por el camino ni siquiera se lo diré a Mrs. Welch…

–Te tomo la palabra, chaval. Dime una cosa. Mrs. Welch… ¿Te ha enseñado a hacer alguna pócima? En plan… ¿Alguna pócima de amor? 

–Empezó a enseñarme, pero todavía no lo domino… Pero… Si es necesario, puedo conseguirte alguna hecha por Mrs. Welch. Le diré que es para compararla con mis propias pócimas y así mejorarlas.

–¡Perfecto! –el duende sonrió de oreja a oreja– Verás, es que tal y como te he contado, hay cierto policía en la ciudad que…

–No sé si quiero oír más de esa historia. Pero si quieres una poción de amor, te la conseguiré. Todo con tal de que me lleves hasta Keltie.

–¡Entonces no hay más que hablar, emprendamos la marcha! –anunció Damon, descendiendo al suelo de un salto–

 

Ryan con cuidado dobló el pañuelo de la joven y lo guardó dentro de su chaleco, cerca del corazón. Sabía que Mrs. Welch se iba a enfadar con él si se enteraba de que se había acercado al mundo de los humanos, pero en ese momento ni la más dura reprimenda de la bruja podría mantenerlo alejarlo de reunirse con su hermosa Keltie.