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Tal vez construir…

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“Temo… yo no puedo corresponderte, yo no soy gay”.

 

Temo se giró en la cama y soltó un largo suspiro. Estaba harto de llorar, harto de sentirse mal, indefenso y pequeño. Había salido del closet; su familia sabía, sus mejores amigos sabían, sus compañeros de la escuela sabían… todos sabían que él era gay. Ilusamente, en algún momento, pensó que con esa confesión bastaría para que todo mejorará en su vida pero no fue así. Eso sólo fue el principio de una cadena de sucesos que lo tenían hastiado.

 

Su salida del closet había traído consigo el apoyo incondicional del su papá y de su hermana pero no del resto. Aristóteles había rechazado sus sentimientos y, Temo lo entendía, dolía como el infierno pero lo entendía. No puedes obligar a alguien a amarte, aunque, ciertamente, Aristóteles Córcega le había roto el corazón. Su rechazó aún podía saborearlo como algo amargo que se escurría por el fondo de su corazón y a ese sentimiento se sumaba otro tan profundo y doloroso como el primero pero quizá más importante porque amenazaba con romper a su familia definitivamente. Temo sufría por la miradas de su hermano, por la decepción marcada en esos ojos verdes que en algún momento lo vieron como un superhéroe y que ahora sólo parecían tener un infinito odio por él y por lo que era.

 

Y aderezando todo eso que, ya era de por si doloroso y frustrante, estaban las peleas encarnizadas que mantenía doña Imelda y Audifaz en contra de su familia.

 

Temo sabía que debía tomar una decisión, sabía que lo mejor era irse de Oaxaca, el tiempo y la distancia ayudaría para mejorar todo. La distancia ayudaría para no tener que ver más a Aristóteles y sentir esa desgarradora necesidad de abrazarlo, de besarlo, de amarlo. El tiempo curaría esa herida hasta dejarla como una cicatriz de un primer amor que no pudo ser. La distancia ayudaría a Julio a entender que a pesar de todo, Temo, seguía siendo su hermano y que su orientación sólo era un aspecto más de su vida. El tiempo, le daría a Julio la madurez de entender que el mundo de supuestos iguales no existía.

 

Temo cerró los ojos y dejó que las últimas lagrimas rodarán por sus mejillas. El tiempo y la distancia. Eso era lo mejor para todos.

 

****

 

Tres días tuvieron que pasar para que la resolución de Temo se pudiera llevar acabo. Las infinitas conversaciones con Papancho para convencerlo dieron sus frutos y por fin término por aceptar que lo mejor era que Temo se marchara. No se había despedido de Ari, había preferido guardar el recuerdo de su sonrisa, estaba seguro que si le contaba que se marcharía, Ari terminaría por sentirse culpable y eso era algo que Temo no quería. La decisión de irse era suya y de nadie más.

 

—Hijo ¿tas seguro? Sé que me lo dijiste antes pero tú nunca has sido cobarde…

—No es cobardía Papancho. Es necesidad. Sé que en el fondo lo entiendes porque tú también lo hiciste cuando murió Rebeca. A veces la mejor opción es alejarse y dejar que el tiempo ponga todo en su lugar.

 

Pancho observó los expresivos ojos de su hijo, Temo era como un libro abierto para él. Sabía que su hijo estaba roto, sufría por Julio y también por el Aris. Con toda la resignación del mundo abrazó a Temo y lo dejó terminar de documentar su equipaje, apenas y tenía tiempo para abordar el avión que lo llevaría de vuelta a Toluca.

 

Vio a Lupita abrazándose fuertemente a su hermano y llorando por despedirse de él, luego fue el momento de Julio, por un momento tuvo miedo de que ni siquiera en ese momento su hijo menor cediera al amor pero, para tranquilidad de su corazón, Julio abrazo a Temo con fuerza y con amor. Había esperanza, una muy grande, de que todo estuviera bien.

 

Temo tenía razón, el tiempo y la distancia ayudarían a todos, aunque en medio de todo ese drama se le estaba rompiendo el corazón a Pancho pues estaba por dejar marchar a una de sus razones para existir.

 

—Tu tía Chela y el Enzo te van a recibir en el airiopuerto y te vas quedar con ellos unos tres meses porque el Pepe y la Mónica andan en Canadá cierrando unas negociaciones de la empresa. Luego que ellos regresen te vas pa la casa ¿estamos Temistocles?

—Sí, Papancho. Se hará lo que tú digas.

 

Pancho le dio un último abrazo a su hijo y le dejó marcharse. Abrazó a Lupita y Julio mientras observaban como se alejaba Temo. El tiempo y la distancia…

 

****

 

Ari salió del departamento con la firme intención de tocar la puerta del departamento de Temo y hablar con él. Se habían reconciliado en la escuela y lo había ayudado a conversar con Juan Pablo para hacer un poco más llevadera su salida frente a su familia pero, aún con eso, Ari sabía que Temo no la estaba pasando bien y él quería ser un apoyo. Temo era un gran amigo, su mejor amigo, el amigo que siempre necesito y que nunca imaginó siquiera poder tener realmente. Su corazón le decía que Temo era especial, el ser más especial de todos.

 

En el descanso de la escalera se encontró con Julio. Estaba sentado viéndose las manos con una expresión completamente ensombrecida y muy antinatural para un niño como él.

 

—¿Qué paso Julio? ¿Todo bien? —Julio levantó el rostro y Ari se quedó helado. Tenía los ojos enrojecidos y gruesas lagrimas caían por sus mejillas —. Julio…

—Temo se fue para siempre.

—¿Qué? —Ari sintió que su corazón se aceleraba de tal manera que tenía miedo de que saliera de su pecho —. ¿A dónde? ¿Por qué?

—Por todo —dijo Julio entre el llanto —. Es que yo… yo lo quiero Aris y no pude decirle que lo quiero, lo quiero mucho —Julio soltó un llanto desgarrador y se abrazó a Ari enterrando su rostro en el pecho de éste. Aristóteles también lo abrazó con fuerza y empezó a llorar, a llorar en un profundo silencio pues también se le estaba rompiendo el alma.

 

Por supuesto que Ari lo buscó. Le llamó pero el teléfono ni siquiera sonaba. Los mensajes nunca le llegaron. Estaba seguro que Temo había cambiado de número pero nunca se sintió con el valor de pedirle a Julio que le diera el nuevo número de Temo.

 

Un mes después de su partida Ari recibió un largo mail escrito por el mismísimo Temo López. Le contaba sus motivos para irse. Lo harto y cansado que estaba de todo. El profundo dolor que sentía al ver la decepción en los ojos de Julio y también lo mucho que sufría por no poder amarle como quería. Temo, con las palabras más dulces del mundo, le decía que entendía perfectamente que sus sentimientos no eran correspondidos y que estaba completamente bien con eso, pues, al final, no se podía obligar a nadie a amar. Pero también se había tomado el tiempo de explicarle que se había alejado para poder superar el amor que sentía por él, porque le desgarraba el alma no poder estar con él, no poder besarle, amarle con toda la intensidad que pedía su corazón.

 

Ari había querido odiarle pero no pudo. Temo siempre había sido honesto, increíblemente valiente y profundamente bueno. Ari no tenía corazón para odiarle pues todo cuanto había recibido de Temo había sido puro, había estado lleno de esperanza, lleno de amor.

 

Estuvo tres días intentando encontrar las palabras correctas para responder esas palabras pero por más que lo intentó nunca pudo estar satisfecho con el resultado, así borró y volvió a escribir miles de veces. Al final se decidió y sólo pudo responder: Gracias por todo. No hubo respuesta. Hasta ahí había quedado su historia con Cuauhtémoc López.