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Lo que sentimos de verdad

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Una vez que llega a su habitación, el rubio suspira, se tira en su cama y revuelve un poco las sábanas. No estuvo haciendo nada físicamente agotador, pero siempre piensa demasiado, y eso hace que el cansancio le afecte de la misma manera que si hubiese corrido un maratón. Cierra los ojos, aspirando el aromatizante que le gusta poner en su cama.

Cuando se relaja por fin, y siente que va a quedarse dormido, tocan su puerta. Abre uno de sus ojos para suspirar con pesadez. Con algo de dificultad, se levanta mientras con una mano se frota el ojo que aún mantiene cerrado.

Camina hacia la puerta y con lentitud la abre. Esta vez, abre los dos ojos, lo más que puede. No esperaba encontrarse a la persona que llegó a visitarlo.

—¡Hamin! —exclama mientras se abalanza sobre el mayor y lo atrapa en un fuerte abrazo—. ¡Hace siglos que no te veía! ¿Por fin conseguiste algo de tiempo libre? —su mirada parece iluminarse cada vez más en tanto que habla, sus ojos brillan como gemas debido a la emoción. No pasaron siglos desde la última vez que se vieron, pero así lo sentía el chico. El azabache suelta una risa.

—Sí, al fin —sonríe. Byul lo suelta para mirarlo de frente—. ¿Y tú sigues de vago? Mira que el tiempo se te pasa, eh —señala su reloj en plan de broma. El rubio frunce el entrecejo y baja la vista.


—E-eso... —se rasca la nuca.

—Cuando tu mamá tenía como... Tu edad, ya te tenía a ti y estaba casado, y tú no puedes ni decidir qué comerás en la cena -se cruza de brazos y forma una sonrisa ladina—. Como sea, déjame pasar.

Ante el pedido, Byul se hace a un lado y permite que su primo entre en la habitación.

Con total libertad, el de cabello negro se sienta en la cama del otro. Se desprende el saco y afloja también su corbata.

—¿Fue un día agotador en el trabajo? —pregunta el menor mientras se acerca para sentarse a su lado.

—Ah, seh... Todas estas semanas lo fueron, por eso no he podido venir a verte —inclina un poco la cabeza y encoge levemente los hombros—. Ven aquí —estira un brazo para atraer más al rubio, quedando éste recostado en su pecho. Hamin empieza a acariciarle el cabello y Byul se deja hacer.

Siempre que tenían la oportunidad, hacían eso, desde que eran niños. Cuando Hamin estaba cansado, o estresado, o a veces sin razón alguna, le gustaba pasar los dedos por la cabellera del otro. Y Byul no se quejaba, siempre le gustó que lo tocara así.

Años atrás, en ocasiones debían hacerlo a escondidas, ya que a veces Dojin los veía y prácticamente sacaba a su sobrino a patadas. Les gritaba y los regañaba diciendo que eso estaba mal, y Byul no lo entendía. Además, después de los regaños, Hamin le vivía repitiendo que eso no estaba mal en absoluto.

Tiempo después, Dojin tuvo que resignarse y acostumbrarse, ya que ambos chicos no tenían intención de parar con esas muestras de cariño.

Gracias a ese tiempo juntos que pasaban, su lazo llegó a estrecharse como si fueran una sola persona. Uno siempre estaba ahí para el otro, rara vez se separaban. Se ayudaban en los problemas, se felicitaban en las alegrías, prácticamente vivían el uno del otro. La diferencia de edad nunca fue un problema para eso. Se contaban todo... O bueno, eso es lo que creían.

—Hamin, tengo una pregunta —dice el rubio de repente, en un susurro.

—Dime —contesta, sin detener sus acciones.

—¿Cómo haces para darte cuenta de que quieres a alguien? —su voz suena algo temblorosa, pero eso no logra deformar su tono lleno de curiosidad.

—¿Ah? —Hamin abre grande los ojos por la sorpresa. Por un momento detiene su mano, pero segundos después retoma la tarea—. Pues... Es una pregunta bastante tonta, a decir verdad —se mantiene unos segundos en silencio, pensando su siguiente oración—. ¿Por qué, alguno de tus pretendientes ya te conquistó? —suelta una risa nerviosa después de decir eso.

—Ay, no... —aunque el mayor no pueda verlo, igual rueda los ojos.

Algo que a Byul lo tenía bastante harto, y de lo que no quería saber nada, eran sus pretendientes. Él siempre fue una persona que llamaba la atención, sobre todo por su actitud alegre y simpática. Su sonrisa y sus ojos influían bastante también. Por lo tanto, la gente se vio interesada en él desde muy temprana edad.

Cuando iba en secundaria, recibía decenas de cartas de amor al día. Tanto alfas, como omegas o betas lo pretendían y lo siguen pretendiendo. Hyesung estaba constantemente al acecho para ver con quién le podía enganchar. Con quien tuviera dinero, obviamente.

Por su parte, Dojin tenía preparada la típica escopeta de padre guardabosques por si acaso. Ah, no. Nadie obtendría el corazón de su niño mientras él estuviera con vida.

Byul salió con algunos de sus pretendientes un par de veces (sin que se enterara su papá, por supuesto), pero nunca sintió que congeniaba con ninguno. Al menos, esas experiencias le sirvieron para darse cuenta de lo único que tenía claro en su vida: que le gustan las personas sin importar su género.

No le importaba si fueran omegas, betas o alfas como él, lo importante era algo más, que estaba más allá de eso.

—Y... Bueno, ¿quién es? —Hamin deja de hacerle mimos al otro chico para separarse un poco y mirarlo a los ojos. Había intentado sonar curioso con su pregunta, pero le salió más como si estuviera preocupado.

Byul se revuelve incómodo a su lado.

—No puedo decirte... Todavía —se aclara la garganta—. No has respondido a mi pregunta —replica.

—Supongo que... —posa una mano en su barbilla y mira al techo. Luego se recompone y abre la boca para hablar—. Te das cuenta de que quieres a alguien cuando estás pensando todo el día en esa persona. En su voz, en su olor, en su rostro. Haces todo lo posible para que, si estás lejos de él o ella por un tiempo, su apariencia no se te olvide —aprieta los labios luego de eso. Trata de mantener la mirada fija en el otro—. También, quieres saber todo sobre esa persona. Lo que le gusta, lo que no, sus miedos, inseguridades, para poder protegerle —comienza a jugar con sus manos, aún sin dejar de mirar a Byul—. Y haces todo lo posible por pasar tiempo junto a él o ella. Quieres verle sonreír siempre... La lista es más larga —finaliza sus palabras con una sonrisa. Byul sonríe también.

—Lo dices todo como si realmente lo sintieras —comenta el menor—. ¿Acaso estás enamorado?

—Ah, yo... —la pregunta toma desprevenido al azabache—. ¿Te digo la verdad? —su rostro se transforma en una expresión seria—. Sí —afirma—. Desde hace mucho tiempo.

El rubio no sabe si sentirse alegre u ofendido, ya que ellos se conocen de toda la vida, ¿Cómo podría ocultarle algo tan importante?

Opta por sentirse de la segunda manera.

—Hamin, ¿por qué nunca me dijiste? —salta a reprochar—. Nos conocemos desde siempre, somos familia, somos amigos —esa última palabra... Desconoce la razón, pero se sintió rara—. ¿Por qué me guardaste este secreto?

—¿Y tú no tienes secretos? —se defiende—. Acabas de decirme que no quieres contarme a quién quieres —se cruza de brazos.

—Es diferente —se levanta de la cama—. Yo te pregunté para que me dieras un consejo, y para averiguar si lo que siento es de verdad —mueve sus brazos frenéticamente mientras habla—. No esperaba que quisieras saber.

—Vale, vale, no discutamos —se levanta también—. Volviendo a lo de antes, ¿entonces quieres a esa persona o no?

Byul se toma unos segundos para pensar en su respuesta. Sería ridículo negarlo, cumplía con todos y cada uno de los puntos que mencionó su primo.

—Ah... —se calma y vuelve a sentarse. Mantiene la vista fija en sus pies—. Sí —responde casi en un susurro.

Hamin traga duro. Se sienta él también. Rodea la espalda del menor con un brazo, y éste lo mira.

—Byul —lo llama. Su tono de voz se ha vuelto suave, casi arrullador—. Tengo otro secreto que no te he contado —el rubio reacciona inclinando su cabeza y abriendo la boca. A Hamin le dan ganas de reírse por su expresión infantil, pero no es el momento—. Tiene que ver con el primero, de hecho.


—¿Y vas a contarme ahora? —Hamin asiente—. ¿Por qué?

—No lo sé, sólo... —mira hacia el techo y frunce los labios—. Creí que tenías el derecho a saberlo —vuelve a mirarlo. Byul hace un movimiento con la cabeza, invitándolo a seguir hablando—. Cuando éramos niños... —se interrumpe por culpa de una sonrisa traviesa que invade su rostro—. Le pregunté a tu papá si podía casarme contigo.

—¡¿Q-qué?! —exclama Byul. Un violento sonrojo pinta desde sus mejillas hasta sus orejas. Tartamudea, también. Hamin tiene que cubrirse la boca para no soltar una carcajada—. E-eres un idiota... ¿Por qué hiciste eso? Ya me imagino la reacción que habrá tenido mi papá.

El mayor respira hondo para calmar sus ganas de reírse.

—Lo hice porque es la verdad —contesta con tranquilidad. Toma al chico de la mano, la acaricia—. En ese momento y aún ahora, no quiero estar con nadie más que no seas tú.

—Ha...min... —la mente de Byul ha quedado en blanco, definitivamente.

—Byul, yo te amo.

En ese momento, el corazón del chico parece querer salirse por su boca. Y si crees que no podía estar más rojo... Pues sí, lo está. Sigue tartamudeando cosas inentendibles en tanto que Hamin lo sigue observando.

De pronto, el rubio le sostiene la mirada. Poco tiempo pasa hasta que comienza a llorar. El azabache se desconcierta y suelta su agarre.

—Byul, ¿qué te...? —es interrumpido por el menor, que entierra la cabeza en su pecho, sollozando, y de paso llenando la ropa de Hamin con mocos.

—Yo... —intenta hablar con normalidad, saliendo de su pecho y observándolo de frente. Como puede seca sus lágrimas—. Yo también —afirma—. Creo que siempre lo supe, ¿sabes? Sólo quería confirmarlo —su voz sale temblorosa aún—. Pero siempre me lo guardé, toda la vida tuve miedo de lo que pudiera decir papá, y sabes que yo... —ya no puede hablar más, pues su boca está ocupada en otro asunto.

Hamin lo está besando. Byul se sorprende, obviamente, pero eso no impide que trate de seguir el beso y se apegue más al otro.

Ambos chicos comienzan a sentir cosquilleos en la panza, hormigueo en las manos, necesitan calmarlo tocándose. Se recorren los cuellos, los brazos, las espaldas. Cada mínimo contacto parece hacerlos necesitar más.

No es el primer beso de ninguno, pero los dos lo sienten como si lo fuera. Como si este fuera el primero que importara.

El mayor corta el beso, y se aleja un poco para verle la cara a Byul. Éste luce levemente decepcionado, no va a admitirlo, pero quiere más.

—Byul, somos unos idiotas —comenta Hamin, formando una leve sonrisa. El rubio se muerde el labio y sonríe también.

Hamin tiene razón, ¿Cómo fueron tan idiotas para amarse toda la vida y apenas ahora confesar lo que sentían de verdad?