Actions

Work Header

Resident Evil: Requiem (Primera Parte)

Chapter Text

Una gran explanada se extendía entre las montañas, ante ellos.

El complejo al que se dirigían era enorme, mucho más de lo que pensaban. La explanaba ocupaba prácticamente todo el valle, había zonas de césped que contrastaban con el asfalto de las carreteras interiores y con el cristal y metal de los edificios. Eran tres enormes edificios: uno muy alto, de varios pisos, estaba en el centro; rodeándolo había una cosa circular, como si fuera un pabellón deportivo; por último, había un edificio rectangular, de unos cuatro pisos de alto. Delante de la torre de oficinas había una enorme fuente que, en aquellos momentos, no echaba agua, quizá debido a que llovía torrencialmente desde hacía ya varios días.

John Andrews se acercó al complejo, con las luces de la furgoneta apagadas, a una velocidad tan lenta como para que los caracoles los adelantaran y pudieran subirse a las ruedas con tranquilidad, pero John no quería despeñarse por aquella carretera y tampoco quería que vieran las luces del vehículo desde el complejo. La misión se iría a tomar por saco si los descubrían. Rodeó las instalaciones, alejándose de las luces de las farolas para no ser vistos por los diversos guardias que patrullaban el recinto, y aparcó la pequeña furgoneta en la parte trasera, algo alejado de la alta alambrada de metal coronada por alambre de espinos que rodeaba toda la instalación. Un enorme símbolo compuesto por triángulos rojos y blancos, formando la cruz de malta, estaba encima de la entrada del edificio. Un hombre con una linterna y sujetando a un enorme pastor alemán, caminaba debajo de aquel diluvio que había encharcado las calles.

John se volvió hacia atrás, para encarar a sus compañeros. David Trapp estaba sentado a su lado, en el asiento del copiloto; Rebecca Chambers estaba justo detrás de David, al lado de Chris Redfield y de Billy Coen. En el maletero estaba sentada Jill Valentine, junto a las armas.

John sonrió y habló:

—¿Y bien? –preguntó–. ¿Estamos listos para joder a Umbrella de una vez?

Nadie dijo nada y John se encogió de hombros.

Bueno –pensó–, si no son capaces de tomárselo con humor, no es culpa mía.

—Repasemos el plan –dijo, entonces, David, sacando un plano del edificio principal de Umbrella que les había entregado Trent–. Entraremos por detrás, la vigilancia es menor allí. Una vez dentro, nos dirigiremos hacia los sótanos por las escaleras, evitando todo momento cruzarnos con los soldados que vigilan la instalación. Esta vez será una escaramuza como las de guerra, nada de zombis… al menos, eso espero.

David hizo una pausa y John le miró con atención. Si no lo conociese demasiado bien pensaría que estaba desanimado, pero eso no era posible, a David le gustaba entrar en acción. Disfrutaba con la descarga de adrenalina en las venas con sólo sentir el peligro… claro que, nunca lo había hecho con Eva tan gravemente herida.

David salió del vehículo, sintiendo las frías gotas de la lluvia en su rostro cuando miró al cielo. Oyó que los demás también bajaban del vehículo y tomaban posiciones detrás de él, esperando sus órdenes. Encendió la radio que llevaba en la oreja izquierda y se volvió hacia sus compañeros.

—¿Listos? –les preguntó.

Todos asintieron y David avanzó rodeando la alambrada, tratando de que el guardia no los viera. Finalmente, llegaron a la parte trasera del edificio, fuera del alcance del centinela. De repente, el perro que lo acompañaba giró la cabeza hacia ellos y soltó un gruñido de advertencia. El guarda se volvió y enfocó con la linterna en su dirección. Soltó una maldición en alemán y tiró, malhumorado, de la cadena que lo unía al animal, regresando la mirada en dirección contraria.

Eso ha estado cerca –pensó David.

Se habían agachado en el momento en el que el perro había girado la cabeza y no los habían visto por casualidad. David esperó unos segundos para que la adrenalina desapareciera e hizo un gesto al resto para que continuaran semi agachados. Si el tiempo no fuera tan lluvioso hubieran ido cuerpo a tierra pero dadas las circunstancias no tenían elección a no ser que quisieran terminar hechos una sopa…

Saltaron la alambrada, intentando no hacer demasiado ruido, pero el sonido de los truenos ahogaba el repiquetear de la alambrada al soportar su peso. Antes de meterse en el portal donde estaba la puerta, David sacó el pequeño espejo que Eva solía llevar encima y miró por él, buscando alguna cámara o alguna señal que diera al traste con sus planes. Por suerte, la arrogancia de Umbrella llegaba hasta el punto de creer que a nadie se le ocurriría asaltar la sede central. Ni siquiera a ellos.

Entró en el pequeño portal, seguido por el resto, y trató de abrir la puerta pero no se sorprendió de que estuviera cerrada. Se dirigió a Jill.

—¿Crees que puedes abrirla?

Ella se acercó a la puerta y sacó la linterna, iluminando la cerradura. Sonriendo, sacó sus inseparables ganzúas de la pequeña mochila de combate que llevaba en la cadera y hurgó en la cerradura. Se oyó un ligero clic cuando saltó la cerradura y Jill se incorporó, puso la mano en el pomo y el resto del grupo sacó las armas y apuntó a la puerta. La joven la abrió y se agachó en un movimiento, mientras sus compañeros registraban el interior.

Ante ellos había un largo pasillo completamente a oscuras. David encendió la linterna que llevaba en el hombro y la luz iluminó  de lo que tenía delante y decidió que, aparentemente, no había peligro inminente. Se adelantó a todos y entró en el edificio, seguido por el resto. Avanzaron por el pasillo y giraron a la derecha en la primera bifurcación, llegando a la recepción del edificio.

La sala era enorme, enlosada de mármol blanco. Una larga mesa semicircular estaba a su izquierda, con un monitor blanco encima de ella; una gran estatua de un hombre estaba en el centro, rodeada por flores de color blanco y rojo, colocadas de tal forma que formaban el símbolo de la compañía. David registró la sala con la mirada y no vio nada fuera de lo normal, pero no se relajó del todo. Tenía una extraña sensación que no podía clasificar, no era un mal presentimiento, en absoluto, pero era la clase de sensación que no podía ignorar.

—¿Sabéis de quién es esta estatua? –preguntó John, en un susurro, con cierto tono irónico. Se acercaron a él y el hombretón señaló una placa con la barbilla–. Oswell E. Spencer.

—El creador de Umbrella –mustió Chris, con cierta amargura–. Sinceramente, espero que esté muerto.

Rebecca asintió en silencio. Estaba completamente de acuerdo con el joven en cuanto a eso. Según tenía entendido, Oswell Spencer era el creador de la Corporación Umbrella y el responsable de que todo aquello les hubiera cogido a ellos. Chris se alejó de la estatua y se puso a mirar a su alrededor. Rebecca lo miró, distraída, mientras hacía balance de su lucha contra la compañía. Las pérdidas de vidas humanas que había reportado aquella misión, incluyendo a buenos amigos, compañeros e, incluso, algún posible romance… si algo podía salvar de aquella situación era el haber conocido a aquellas personas que trataban de hacer ver al mundo lo que Umbrella estaba haciendo.

—Creo que he encontrado el ascensor –murmuró Billy.

Se acercaron a él mientras oían a David sacando el mapa que le había dado Trent de la instalación y trató de centrarse. El ascensor estaba subiendo por la lucecita que se movía en el panel que estaba encima de las dos puertas de metal y el grupo se preparó para un posible enfrentamiento pero David les detuvo.

—No conviene que nos vean –dijo–. Lo mejor será que nos escondamos y esperemos a ver quién sale de él.

Se dispersaron y se ocultaron en las sombras, aguardando la llegada del ascensor. Cuando sonó el leve tintineo que indicaba que el elevador había llegado, oyeron el sonido de las puertas al abrirse y, después, silencio. Ni pasos, ni voces de compañeros que bromeaban al salir del trabajo, nada. David se asomó y vio que el ascensor había subido solo, que no había nadie en el interior. Hizo una señal al resto del grupo y avanzaron hacia él en silencio, sin prisa, y se encontraron con que, efectivamente, el ascensor estaba completamente vacío. Respiraron profundamente y bajaron las armas.

—¿Cuál es nuestro piso? –preguntó John.

—Según el mapa –dijo David, con la vista en el mapa–, el sótano cuatro.

El hombretón apretó el botón y las puertas se cerraron con un susurro al tiempo que a David lo asaltaba un mal presentimiento. No sabía a qué se debía pero algo en el aire del ascensor le dio malas vibraciones. Se dio cuenta de que el resto también parecía haber notado algo raro en él porque olían el aire con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Vosotros también lo habéis notado? –preguntó Jill.

—Es el olor de la muerte –gruñó Billy, apretando la empuñadura de su arma con la palma de la mano–. Y ya sabéis lo que quiere decir.

Todos lo sabían. Aquel olor les era desagradablemente familiar y nunca había traído nada bueno. Era el olor que estaba siempre presente en todas las instalaciones de Umbrella en las que el virus-T había contagiado a todos los presentes.

—Yo pensaba que, al menos, aquí no tendríamos que lidiar con los zombis y demás criaturas –repuso John–. Ya sabéis, el centro de la compañía con la mejor seguridad del mercado…

El ascensor se sacudió ligeramente al detenerse y las puertas se abrieron tras un leve tintineo, ofreciendo un largo pasillo como visión. Un fluorescente parpadeaba al final del mismo, justo en una bifurcación, dando un aire inquietante al lugar.

—¿Pero qué coño…? –mustió John.

El resto del grupo no dijo nada, estaban sin palabras ante el panorama que se abría ante ellos. El pasillo estaba vacío, sí, pero completamente lleno de sangre. Las paredes, el suelo y el techo estaban totalmente cubiertos de sangre y en la bifurcación podía verse claramente que la sangre se dispersaba en ambos sentidos.

—Parece que una de las chucherías de Umbrella se ha escapado –comentó David, tratando de parecer sereno–. Tendremos que andarnos con ojo si no queremos que pase una desgracia aún mayor…

Salieron del ascensor con sigilo, escuchando cualquier mínimo sonido que pudiera producirse a su alrededor, con las armas apuntando hacia delante, dispuestas a vomitar balas contra cualquier cosa que se moviera. Se detuvieron en la bifurcación del pasillo, que se dividía en dos direcciones: hacia la derecha y hacia la izquierda. John se adelantó un poco, deteniéndose en el camino de la derecha y Billy hizo lo mismo con el de la izquierda mientras David hablaba con voz firme y tranquila, como siempre que hablaba, debido a su acento británico.

—El mapa que nos proporcionó Trent no señala la situación exacta de las muestras por lo que tendremos que recorrernos toda la planta para encontrarlas –suspiró–. No sé… ¿qué queréis hacer?

Por primera vez desde que lo conocía, a Rebecca le dio la impresión de que David no estaba concentrado del todo. Parecía ausente, como si algo más importante estuviera ocupando sus pensamientos. Sabía que estaba pensando en Eva pero, si se desconcentraba de aquella manera la misión no saldría bien. Tenía que decírselo pero no sabía si aquel era el momento más adecuado…

—David, tú eres nuestro líder –dijo John, algo desconcertado–. Seguiremos tus órdenes como siempre, ¿por qué nos preguntas qué queremos hacer?

—Porque yo no sé qué hacer –respondió él, angustiado–. Si divido el grupo abarcaremos más terreno en menos tiempo pero reduzco las posibilidades de supervivencia en caso de conflicto a la mitad. Y, si dejo al grupo intacto, tardaremos más en registrar la planta pero estaremos más seguros. Y ya habéis visto que siempre que divido el grupo ocurre algo desastroso…

—Eso no es cierto y lo sabes –dijo Rebecca, con firmeza–. Siempre que nos hemos dividido no nos ha ocurrido nada grave. Sí, es cierto que me caí en una trampa y que Eva fue herida en Suiza. Por no mencionar a Leon. Pero, David, pensar en que eres culpable de todo lo que nos ocurre es un gran error. Un error que puede costarnos la vida por el simple hecho de que no puedes pensar con objetividad –lo miró con atención y cariño y añadió–: y, eso, incluye no pensar tanto en Eva. Eso no va a ayudar a curarla, David.

El ex capitán de los STARS tardó unos segundos en reaccionar. Rebecca sabía que había sido dura con él, pero era por su bien. El brillo de la mirada de David adquirió una expresión de firmeza y decisión y Rebecca supo que había vuelto a ser el de siempre. Le sonrió, aliviada, y él asintió.

—De acuerdo –suspiró–. Jill, Chris y Billy iréis por allí, por el pasillo de la izquierda. Nosotros iremos por el de la derecha. Tened cuidado e informad de cualquier cosa por radio, ¿de acuerdo?

Les deseó buena suerte y David se adentró con Rebecca y John por el pasillo.

  

—Vamos, Wesker, ¿es que quieres perderte la diversión?

Wesker se volvió hacia un sonriente Hunk, que estaba al final del de unas escaleras, con las manos en los bolsillos.

—Verás, Hunk, para mí lo principal es salir vivo de aquí –replicó Wesker, con suavidad–. Y con todo lo que anda suelto por los sótanos prefiero largarme. Sí, odio perderme la fiesta. Y odio tener que perderme cómo esos malditos STARS mueren, en especial ese mal nacido de Redfield. Pero tengo planes y esto sólo era un divertimento. Deberías venir conmigo, Hunk; puede que tengas mucha más suerte.

—No, gracias –respondió Hunk, sin dejar de sonreír–. Al contrario que tú, a mí me gusta divertirme. Además, estaré a salvo. Por algo me llaman Mr. Death.

—Tú verás lo que haces –Wesker se encogió de hombros, se dio media vuelta y abrió la puerta a la escalera de incendios–. Hazme un favor, cuando mates a Redfield, hazle sufrir.

—No te preocupes, será el último en morir después de ver cómo lo hacen sus compañeros.

Wesker lo miró a través de sus gafas de sol y sonrió a Hunk antes de abandonar el edificio.

 

 

Chris apuntó a un pasillo vacío con la Beretta e indicó con la mano que tenía libre a sus compañeros que le siguieran. Era el tercer pasillo vacío que encontraban desde que se dividieron y no habían encontrado nada. Ni una mísera puerta, ni una sala más grande que el pasillo por el que caminaban, ni ningún zombi o criatura alguna. Tan sólo manchas de sangre en el suelo, como si hubieran arrastrado por allí un cadáver sangrante. Además, estaba aquel siniestro silencio y aquella extraña tensión que casi se podía palpar. Si no pasaba algo ya, cualquier cosa, terminaría volviéndose loco.

Volvió a asomarse a un pasillo, suponiendo que estaría vacío, cuando vio a un hombre vestido con una bata blanca de espaldas a él. Sintió que el corazón le daba un vuelco al verlo y les dijo, por señas, a sus compañeros que esperasen allí. Se acercó a aquel hombre despacio, sin dejar de apuntarle con el arma. No se movía y estaba recto, no encorvado y balanceándose como hacían los zombis. Estaba ya a un par de pasos de él cuando éste se volvió y se abalanzó sobre él con una velocidad apabullante.

—¡Joder!

Sólo tuvo tiempo de levantar el arma pero, para cuando quiso disparar, aquel hombre ya lo había tirado al suelo y trataba de morderlo. Chris se maldijo por no haberlo disparado desde un principio mientras trataba de evitar que aquel zombi lo mordiera. Y estaba teniendo dificultades en ello puesto que su enemigo tenía una fuerza extraordinaria. Cuando ya no podía más y aquella criatura estaba a pocos centímetros de su cuello, un disparo retumbó por el pasillo, haciendo que la criatura diera un espasmo y cayera sobre él, sin vida.

Con un empujón, Chris se lo quitó de encima y retrocedió unos pasos, sin levantarse del suelo. Jill se agachó a su lado y le puso una mano sobre el hombro, para tranquilizarlo, pero Chris no podía apartar la vista de aquel cadáver. Billy le dio la vuelta con la punta de la bota y vieron, para su asombro, que la carne no estaba completamente podrida, estaba blanquísima, casi como la cera y a través de la piel se podían ver las venas y arterias que formaban su cuerpo.

—¿Qué ha pasado? –preguntó Jill, con suavidad.

—No lo sé… –murmuró Chris–. Estaba a un par de pasos de él cuando… se volvió de repente y se echó sobre mí… no tuve tiempo ni para levantar el arma…

Jill lo miró con comprensión y Billy, echando un último vistazo al cadáver que sangraba por el único agujero de bala que tenía en la cabeza, abrió el canal de comunicación de la radio.

—Rebecca, ¿me oyes? –preguntó y, sin esperar contestación, siguió hablando–. Hemos establecido… em… contacto con el enemigo. Cambio.

—¿El enemigo? –respondió ella; su voz sonó en todos los auriculares y el tono que utilizó le dio la impresión a Billy de que ella sonreía–. ¿Estáis todos bien? Cambio.

—Sí. Chris casi se mea en los pantalones pero está bien –bromeó Billy, mirando a Chris quien lo fulminó con la mirada–. Ahora, en serio. Tened mucho cuidado con lo que os encontréis. El zombi que se lanzó contra Chris era muy rápido. Mucho más de lo que habéis visto. Cambio.

—¿Cómo de rápido? Cambio –preguntó David.

—Mucho más rápidos que los de Suiza –dijo Chris mientras se levantaba. Estaba recuperando el color de la piel y tenía mejor cara–. Y mucho más fuertes. Apenas levanté el arma ya lo tenía encima de mí. Así que andaos con mucho ojo. Cambio.

—Lo tendremos en mente, Chris –dijo David–. ¿Algo más? Cambio.

—Nada –repuso Chris–. Cambio y corto.

Jill se volvió hacia Chris y le sonrió. A pesar de no sentir nada hacia él, Chris era alguien importante para ella. Había hecho que se sintiera cómoda cuando la trasladaron a la unidad de STARS de Raccoon City, antes de que toda aquella locura se desatara. De repente sintió que había pasado una eternidad desde que se había marchado de la ciudad, huyendo de los agentes que Umbrella había enviado para matarlos después de tratar de que las autoridades supieran lo de los virus y huyendo, meses más tarde, del misil que Umbrella había lanzado por orden del gobierno.

Chris le devolvió la sonrisa y, sin dejar de sonreír, el joven se volvió hacia Billy.

—¿El enemigo? –preguntó, burlón.

—Hay cosas que nunca cambian –respondió Billy, encogiéndose de hombros–. Incluyendo el tiempo que pasé en el ejército. Aunque esté muerto, no dejo de ser un militar. Teniente, para ser más exactos.

Se dio la vuelta y echó a caminar por el pasillo, con el arma apuntando en una dirección algo más abajo del pecho. Jill y Chris lo siguieron hasta llegar a una enorme sala, vacía como el pasillo que acababan de abandonar momentáneamente. Echaron un vistazo a su alrededor y no vieron nada. Literalmente hablando.

Las luces de los fluorescentes que estaban en la pared parpadeaban de manera intermitente, pasando unos cuantos segundos antes de que volvieran a encenderse. Eso sin contar con los que estaban completamente rotos.

Chris sintió que había algo acechándolos, algo que no estaba a la vista, que se ocultaba en la oscuridad de la sala, y que era muy peligroso. Se volvió hacia Jill y la vio con la misma expresión que él. Una de las luces parpadeantes de los fluorescentes parpadeó varias veces seguidas y, cuando volvió su luz, vio que detrás de Jill había una extraña criatura, muy alta y que estaba alzando una enorme mano con garras de varios centímetros de longitud.

—¡Cuidado, Jill! –gritó Chris, levantando la Beretta al tiempo que Billy se volvía hacia ellos.

 

 El charco de sangre se iba haciendo más grande en cuestión de segundos mientras lo miraban con incredulidad.

Habían encontrado una sala de tamaño medio al abrir la primera puerta que habían encontrado después de hablar con el otro grupo. Y, nada más cerrarla a su espalda, aquella mujer se les había echado encima sin que apenas tuvieran tiempo de parpadear. David nunca había estado tan asustado. La mujer había estado sentada frente a ellos, en una posición extrañamente normal pero, apenas oyó cerrarse la puerta, saltó sobre la mesa para matarlos. Habían disparado por reflejo y David sabía que estaban vivos de milagro.

Rebeca se separó de él y se acercó al cadáver que aún seguía sangrando. Tenía diversos orificios de bala en el pecho y vientre y uno de ellos en la cabeza, que era el que la había matado. Rebecca se fijó en que ese tiro había sido de casualidad, que la habían matado por pura chiripa. John volvió a apuntar al cadáver, aún a sabiendas de que estaba muerto y que no se movería de allí.

—Esto tiene que ser una versión mejorada del virus-T –dijo Rebecca, examinando al cadáver a una distancia prudencial y sin tocarlo con las manos–. O, quizá, de un nuevo virus. La piel está muy blanca, como la de Karen cuando comenzó a transformarse pero parece que ya lleva tiempo infectada. Los ojos tienen una película de tejido cubriéndolos y, a pesar de que estamos hablando del virus-T, tardan en crecer. Lo que llama mi atención es el hecho de que no tiene la carne podrida. No hay mordiscos ni arañazos producidos por sus semejantes como en los casos que ya hemos visto –se incorporó, mordiéndose el labio inferior, pensativamente–. Es posible que sólo ataquen a los que no están infectados. En cualquier caso, no podemos permitirnos el lujo de dudar entre si son humanos o son infectados. Dadas las circunstancias, y por lo visto en lo poco que hemos caminado, creo que casi todos los que estaban en esta planta están infectados. Propongo disparar a cualquier cosa que se mueva.

David miró a Rebecca, algo sorprendido por lo que ella acababa de decir. No era normal que alguien como Rebecca dijera cosas así y fue eso lo que le dijo a David que la situación era más peligrosa de lo que pensaba. Y comenzó a preocuparse por el éxito de su misión y por la seguridad de su equipo.

Si la situación empeora, los sacaré de aquí con la mayor celeridad posible ­–pensó, con cierta amargura.

Dadas las circunstancias, si tenían que salir por pies de allí podría significar que perdería a Eva. Y, ¿qué era más importante para él? ¿Eva o todo su equipo? David estaba hecho un mar de dudas y esperó no tener que tomar aquella decisión porque tenía miedo de equivocarse.

Suspiró profundamente y registró la sala con la mirada. No había gran cosa y parecía que, mientras él había estado divagando, Rebecca y John habían registrado todo sin encontrar nada. David les hizo un gesto para que salieran de allí, regresando al ominoso y blanco pasillo, teñido de manchas de sangre. Aquella visión sólo conseguía poner a David de los nervios. Que hubiera sangre por todas partes no era, para nada, alentador y lo que más necesitaba ahora mismo era encontrar algo que le diera esperanza, que lo animara a continuar sin el sentimiento de enorme pesimismo que lo iba dominando por momentos

—Parece que este maldito pasillo es infinito –comentó John, en voz baja–. Me da la sensación de que estamos dando vueltas en círculos… ¿A vosotros no os lo parece?

—Yo ya no sé ni dónde estamos –suspiró Rebecca–. Creo que si no fuera por el mapa, ya nos habríamos perdido hacía rato.

David no dijo nada. Se detuvo y consultó el mapa para asegurarse de que estaban siguiendo el camino correcto y que no se habían equivocado. Aunque eso era poco probable: el pasillo apenas tenía puertas y era como si estuvieran caminado por un túnel sin posibilidad alguna de variar la dirección. Le daba la sensación de que los estaban conduciendo a algún lugar poco recomendable.

Una vez seguro de que seguían por el buen camino, guardó el mapa y siguió  a sus compañeros, quienes habían entrado en una sala de mediano tamaño, más grande que la anterior. En ella había otro cadáver, esta vez en el suelo y en medio de un enorme charco de sangre. En una de las manos sostenía una pistola de pequeño calibre manchada de sangre.

David no necesitó nada más para saber lo ocurrido. El hombre se debió de quitar la vida antes que sucumbir a lo que fuera que pasara allí. La sangre tenía cierta consistencia gelatinosa por lo que dedujo que llevaba muerto varias horas. Por no decir días.

Registró la habitación con la mirada mientras John registraba la estantería, en busca de cualquier cosa que les pudiera ayudar a encontrar las muestras. Rebecca se agachó sobre el cadáver y lo registró con cuidado y bajo la atenta mirada de David. Cuando ella se levantó, David posó la mirada sobre la mesa y frunció el ceño.

Allí, entre todos aquellos papeles, había lo que parecía ser un cuadernillo con líneas horizontales de color azul pálido. Era un diario. David lo recogió y lo abrió para comenzar a leerlo.

  24 de enero de 1999

Demonios… no creí que las cosas se complicaran tanto.

Ese maldito de Hunk nos tiene medio esclavizados. Pretende que creemos una versión mejorada del virus-T en menos de cinco días. El muy ignorante… necesitaríamos casi dos meses, como mínimo, para crear una leve modificación. Pero él no lo entiende. Sólo quiere resultados que no podemos darle. Ryan le dijo el otro día cuatro cosas, verdades como puños, y no le hemos vuelto a ver por ningún sitio. Suponemos que se lo ha cargado para que los demás no demos guerra. El muy cabrón…

 

2 de febrero de 1999

Seguimos con el desarrollo del maldito virus para ese desgraciado pero las cosas no avanzan al ritmo que esperamos. Tampoco lo hacen al ritmo que Hunk quiere. Pero me he enterado de que él no es quien quiere los resultados, sino que hay alguien más que está interesado en esta nueva mejora. Sólo lo he visto una vez pero ha sido más que suficiente como para no querer encontrármelo más veces. Ese Wesker me dio mala espina desde el principio. Con sus gafas de sol permanentemente pegadas a sus ojos… un tipo de lo más siniestro, desde luego. Aunque quiere ir de tío legal con nosotros, diciéndonos que nos comprende, que sabe que necesitamos tiempo para llevar a cabo las modificaciones pertinentes, blablablá, blablablá. Toda esa patraña que nos dicen para darnos largas. No sé cómo terminará esto.

 

17 de febrero de 1999

Dios… esto… esto se nos ha ido de las manos y la culpa… la culpa es de Hunk y de Wesker… eso es seguro. Tanta prisa para que terminemos la nueva cepa nos ha llevado a esto… a la desgracia. A que los especímenes se escapen de sus celdas, a que muerdan y contagien a más de la mitad del personal… pero no ha sido un accidente… no. Estoy completamente convencido de que ha sido Hunk quien lo ha hecho… espero y deseo con toda mi alma que alguno de estos desgraciados que pululan por aquí te quite la vida. Sin compasión y lenta, muy lentamente.

 David dejó el cuadernillo en la mesa y se volvió hacia sus compañeros. Rebecca se acababa de levantar puesto que había terminado de examinar al cadáver y John se había acercado a ella, esperando a que David dijera algo.

—Según el diario de este pobre diablo –comenzó a decir David–, un tal Hunk y un tal Wesker están detrás de todo lo que ha pasado. Según él, Hunk soltó a las criaturas de Umbrella por los pasillos.

—¿Has dicho Wesker? –preguntó Rebecca, con un hilillo de voz.

Los dos hombres se volvieron hacia ella, sorprendidos.

—¿Lo conoces? –preguntó David.

—Él… –tartamudeó ella–. Él fue el que nos llevó a la mansión Spencer para que lucháramos contra las criaturas que habían creado. Por su culpa… por su culpa los miembros de mi equipo murieron en aquella mansión.

David vio que en los ojos de Rebecca se iban formando lágrimas que a duras penas podía contener. John le dio una palmada suave y cómplice para darle apoyo y David la abrazó con fuerza, dejando que ella se desahogara en su hombro.