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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Eva salió al pasillo con el arma en alto. Esta vez no habría más heridos, eso lo tenía claro. Siempre le había gustado ir sola en las misiones porque si tenía que cambiar el plan a última hora no habría nadie al que afectase ese cambio, salvo ella misma, claro. Le sabía mal por León. El pobre hombre era un cielo de persona, siempre tan educado y servicial que hasta era desconcertante. Pero eso a Eva no le importaba. No era su tipo de hombre... Pero sí que agradecía cierta caballerosidad en algunos momentos del día.

Como, por ejemplo, dejar que entre él solo y que le disparen...

Eva suspiró. Había llegado a la puerta por la que habían intentado entrar y se detuvo unos segundos a mirar el suelo encharcado de sangre. Estaba igual que cuando salieron de allí, por lo que nadie había atravesado esa puerta. Eso era bueno para ella y malo para el desgraciado que había disparado a León. Eva se lo haría pagar y a base de bien.

Agarró el pomo de la puerta y se agachó, poniéndose en cuclillas, y abrió la puerta, echándose a un lado a la vez. Dos disparos sonaron desde el interior y las dos balas impactaron contra la pared que estaba enfrente de la puerta, dejando dos humeantes agujeros en ella. Eva sacó su inseparable espejo y trató de mirar al interior para ver dónde estaba su atacante, pero no lo vio por ningún sitio. Sacó su arma y disparó ciegamente dos balas y volvió a mirar por el espejo y lo vio. Detrás de una de las estanterías de metal de la sala estaba el desgraciado que les había disparado.

Eva sacó el cargador de su arma y lo sustituyó por otro que tenía balas blindadas. David nunca aprobó que en su equipo se llevara tal munición, pero Eva siempre le había desobedecido en ello. No por gusto, si no por aquella cosa llamada «por si a caso». Las balas blindadas podían atravesar dos cuerpos humanos de lado a lado sin ningún problema por lo que daría a su oponente sin tener que esperar a que asomara la cabeza.

Se giró, apuntó a la estantería de metal y disparó. Un agudo gemido de dolor le dijo que había dado en el blanco. Se acercó con cuidado al hombre herido y le apuntó. Le había dado en el pecho.

—Yo que tú, no me movería —le amenazó mientras le apuntaba con la pistola—. Si lo haces te remato ya y te aviso que la munición que le he puesto hará que tu cabeza desaparezca en un millón de pedazos.

El tipo no se movió más de lo que no podía evitar debido al dolor que la herida de bala le producía. Ella no bajó el arma pero siguió hablando.

—¿Dónde está la tarjeta naranja?

—¿Qué tarjeta naranja? —preguntó el hombre, con toda la ira que el dolor le permitía.

—¡La maldita tarjeta naranja que está aquí guardada! —gritó Eva—. ¡¿Dónde está?!

—Está en la sala contigua —respondió el hombre, algo asustado. Un gran charco de sangre se había formado alrededor de la herida—. Pero no creo que puedas hacerte con ella, hay una especie de... —se paró para coger aire. A Eva le dio la impresión de que le quedaba poco tiempo— sistema de seguridad muy raro. Como los de... Los de la mansión Spencer.

Con un último suspiro, el hombre dejó de respirar y Eva bajó el arma. El tío estaba muerto. Se alejó del cadáver para entrar en la sala contigua y vio que aquél hombre no se había equivocado con lo del sistema de seguridad.

Al final de la habitación había una urna de cristal en la que descansaba la famosa tarjeta naranja, pero Eva no se acercó a por ella. Los dos cuerpos que yacían en el suelo, inmóviles y ensangrentados, le dijeron claramente que no debía precipitarse. Se relajó y examinó el espacio que estaba entre en la urna y ella. Había baldosas grises en el suelo y las paredes eran de un blanco luminoso que contrastaba con el resto de las habitaciones de la instalación. En las juntas de las baldosas había unos pequeños agujeros.

Se dio cuenta de había algunas baldosas de color más oscuro y otras de color más claro aún. Eva se giró y buscó a su alrededor y encontró un bote para los bolígrafos. Lo cogió y salió de la sala, se volvió hacia una de las baldosas de color gris y lanzó el bote hacia ella. No pasó nada. Cogió otro bote y lo lanzó contra otra de las baldosas de color más claro y de los agujeros salieron unos cuchillos muy finos y de forma cónica. Segundos después, volvieron a bajar.

—Joder —dijo ella al verlos.

Ahora ya sabía qué era lo que le había pasado a aquellos desgraciados que estaban muertos en el suelo.

Sólo tengo que ir pisando las baldosas grises y evitar las más blancas si no quiero convertirme en un bonito alfiletero...

Se acercó a las baldosas y respiró profundamente. Pisó con la punta de la bota una de las baldosas grises y no pasó nada. Siguió caminando por aquel extraño camino hasta que llegó a la urna. Una vez allí y con una mano a punto de quitar el cristal se detuvo. No podía ser tan fácil. Sacó un bolígrafo en el que la punta era un pequeñísimo diamante. Se lo había regalado su padre por si tenía que enfrentarse a algo así. Qué irónico. Ella lo llevaba para que le diera suerte y ahora iba a utilizarlo para robar.

—Sí, Eva —se dijo con ironía—. Ja ja ja. Muy gracioso.

Sujetó con cuidado la urna de cristal y presionó el bolígrafo de diamante contra el cristal y abrió un agujero. Sacó un pequeño spray calmante para dolores musculares y lo aplicó dentro de la urna. Enseguida aparecieron rayos rojos bajo la pequeña nube del spray. Eva metió la mano dentro con rapidez y sacó la tarjeta con cuidado de no tocar aquellos rayos de luz que salían de la base del pedestal en el que estaba situada la urna.

Salió de la sala y abrió la puerta que daba al pasillo, encontrándose cara a cara con el resto del equipo. Barry cargaba con León, que estaba consciente pero no parecía saber muy bien qué era lo que pasaba, como si estuviera ausente. Al parecer ya habían pasado los quince minutos que ella se había dado.

—¡Eva! —dijo David—. ¿Estás bien?

—Sí, capitán —respondió ella y levantó la mano en la que tenía la tarjeta—. Y tengo la tarjeta. Creo que podemos irnos de aquí, ¿no?

—Eva —dijo David, casi como una súplica—. No me llames capitán.

—¿Y cómo quiere que le llame, Sr. Trapp? —respondió ella—. Le llamaré así puesto que, teóricamente, ese es su rango pese que ya no pertenece a los STARS.

Y diciendo esto, se dio la vuelta para encarar el pasillo y continuar con su marcha para salir de aquél lugar. No le iba a perdonar tan fácilmente. El haberla acusado de desesperada con el tema de lo que pasó hacía tres años le había dolido, y mucho. Sabía que a David no le gustaba que le llamasen capitán y lo pasaba realmente mal cuando era ella quien lo hacía. Pero ella no estaba desesperada, si bien sabía que le quedaba poco tiempo, aquello no lo había planeado. La situación simplemente había surgido y aquel tema no era un asunto que le quitase el sueño. No era una devoradora de hombres.

Sí, sí. Pero ninguno te ha hecho feliz, ¿a que no?

Solo dos hombres lo habían conseguido: uno era, obviamente, David y el otro era Chris. Aunque casi no habían pasado mucho tiempo juntos sentía gran aprecio y estima por el joven... Y cariño.

Deja de divagar, que por mucho que le des vueltas no te va a ayudar en nada...

Eva meneó la cabeza y siguió caminando por el pasillo mientras el resto la seguía. Se volvió un par de veces para asegurarse de que León estaba bien. Barry seguía cargando con él aunque John le había relevado un par de veces pero parecía que el joven ni mejoraba ni empeoraba, seguía pálido como la cera y andaba algo despistado. A Eva le dio mucha lástima. Si no hubiera ido con ella él estaría ileso.

Rebecca se acercó a ella y Eva se volvió hacia la joven bioquímica. Ella le hizo una señal y ambas aceleraron un poco el paso para alejarse un poco del resto del grupo.

—¿Qué es lo que te pasa con David? —le preguntó.

—Eso no es asunto tuyo —respondió Eva, secamente.

—Tienes razón: no es asunto mío —dijo Rebecca—. Pero David está destrozado. Sabe que va a perderte y eso le está matando. ¿Es que no te importa?

—Claro que me importa —espetó Eva—. Pero debería serenarse cuando sabe que está a punto de perder el control. Dice cosas de las que luego se arrepiente. Además —Eva la miró con frialdad—, la que se muere soy yo, no él. Debería irse haciendo a la idea, sabe perfectamente que en el combate muere gente. Y muchas veces son amigos.

Eva se alejó de Rebecca al acercarse a una puerta y abrirla de golpe para encontrarse de cara con otro largo pasillo. No tenía tiempo para andar discutiendo con nadie sobre las razones que tenía para actuar de una manera u otra.

—¿Estás bien, Revi?

Rebecca se volvió para ver que era Billy quien estaba hablando con ella. La había llamado Revi. Nadie, excepto sus padres, la había llamado así. Eso le hizo recordar que pese a las circunstancias seguía siendo muy joven... Y que echaba mucho de menos a sus padres. Sonrió a Billy.

—Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así —le dijo ella—. Estoy bien, no te preocupes.

—Me pareció que estabas discutiendo con Eva —insistió él.

—No te preocupes por eso —le repitió ella—. Cosas de mujeres.

Billy comprendió que no debía seguir preguntando y se volvió hacia John, quien estaba cargando con León.

—¿Te ayudo?

John le miró y sonrió, con su buen humor siempre patente incluso en situaciones como aquella.

—Tranquilo, Superman. Por ahora puedo yo solo —John sonrió aún más—. Todavía estoy hecho un chaval...

Billy asintió con la cabeza, sorprendido y poco acostumbrado a las bromas que John hacía en cualquier situación. Miró al resto del equipo y sólo vio caras cansadas. Claire no se separaba de León y, por lo tanto, de John. Le sorprendió lo mucho que unía a las personas una situación así. Aunque él sólo quería acabar con aquello y regresar a su trabajo de guarda forestal...

¡PAAMM!

Un golpe los sobresaltó a todos. No era un golpe normal sino la clase de golpe que provocaba algo con la fuerza de un buldózer. Todos se agacharon inconscientemente, aturdidos por aquella sacudida.

—¡¿Qué coño ha sido eso?! —preguntó Carlos.

—No lo sé —respondió Barry—. Pero no quiero saber qué es lo que lo ha provocado...

Se incorporaron y echaron a correr por el pasillo. John levantó a León y se lo echó al hombro como si fuera un saco de patatas. León gimió de dolor al recibir el golpe en la herida y John le pidió disculpas. Atravesaron el largo pasillo a la carrera y entraron en la siguiente sala.

—¡Mierda! —dijo Chris.

—¡Oh, no! —susurró Jill.

—¿Otra vez ese? —preguntó Billy.

Delante de ellos estaba Némesis. Enorme y repulsivo; con aquella macabra sonrisa en su rostro. No había duda alguna: los estaba esperando.

Eva abrió fuego contra él y los proyectiles blindados atravesaron de lado a lado al Némesis, que aulló de dolor al notar las balas en su putrefacto cuerpo. David miró a su compañera con atención.

—Eva, ¿con qué le has disparado?

—Balas blindadas —le respondió ella.

—¿Balas blindadas? ¿Cuántas veces te he dicho que no las quiero en mi equipo?

Ella no respondió. Volvió a abrir fuego hasta que vació el cargador, destrozando casi por completo el brazo izquierdo del Némesis. Metió un cargador nuevo en el arma y disparó de nuevo. El resto del grupo se unió a ella pero apenas podían hacerle nada. Némesis se enfureció y lo demostró con un rugido que hizo temblar las paredes. Sus tentáculos se agitaron y salieron disparados hacia ellos, golpeando a Rebecca, Billy, Carlos y John, con el que cayó León.

David se acercó a Rebecca y Jill a Carlos, para ver si estaban bien mientras el resto volvían a abrir fuego contra aquella monstruosidad. Claire había arrastrado a León a un lugar que ella consideraba seguro para que el Némesis no pudiera alcanzarlo y lo cubría con su propio cuerpo. Eva guardó el arma y sacó el cuchillo de la funda. No perdía nada por intentar algo así, por lo que se lanzó contra el Némesis. Intentó atacarle por detrás pero no era capaz de acercarse demasiado a él: aquellos odiosos tentáculos no la dejaban demasiadas opciones para ello. Su plan era bastante sencillo: sólo quería clavarle el cuchillo en la espalda y vaciarle un cargador entero de balas blindadas. Si eso no acababa con él sería un buen problema.

—¡Eva! —gritó Chris—. ¿Qué es lo que vas a hacer? ¡Regresa aquí!

Pero Eva no le hizo ningún caso. Tenía pensado llevar a cabo su plan y nada se interpondría en su camino. Salvo Némesis, claro estaba.

Se acercó a aquella bestia inmunda, zigzagueando para esquivar los tentáculos que le enviaba para dañarla y matarla. Cortó uno de ellos de un solo tajo, Némesis aulló de dolor y se puso más violento aún. El grupo abrió de nuevo fuego contra él, todos menos Claire, que seguía cubriendo a León con su propio cuerpo. Billy se había quedado cerca de ella para protegerla por si acaso.

Entonces, Eva vio una oportunidad. Némesis había dejado un hueco sin proteger y ella aprovechó aquella brecha para ponerse detrás de él. Clavó el cuchillo en el cuello de la abominación y sacó el arma mientras sacaba su arma y la colocaba en la cabeza del Némesis. Éste se removió de dolor por el cuchillo que tenía clavado en el cuello y agitó los tentáculos para quitarse a Eva de encima.

La joven abrió fuego y las balas entraron en el cráneo de la bestia sin mayores problemas pero, cuando el cargador se quedó vacío, Némesis seguía en pie a pesar de que sangre y un fluido de un color grisáceo salían del enorme agujero que las balas habían abierto en el cráneo de aquella bestia.

De repente, y sin saber de dónde había salido, fue golpeada por uno de los muchos tentáculos que Némesis agitaba sin ningún control. Fue un golpe muy fuerte que la envió contra una de las paredes, donde se golpeó en la parte trasera de la cabeza. Trató de levantarse pero estaba muy desorientada. La cabeza le dolía mucho, su visión estaba borrosa y la sala, con todos sus compañeros y el Némesis, daba muchas vueltas de manera que se mareaba por momentos. Tosió y en el suelo aparecieron algunas gotas de sangre.

—Mierda… —susurró al verlas—. Ahora no…

Algo se plantó delante de ella y levantó un poco la mirada para ver cómo el Némesis se agachaba y le ponía una mano en la cara, alzándola en el aire. Eva no opuso resistencia. Había llegado al final de su vida y lo asumiría sin ninguna objeción.

—¡Va a matarla! —gritó Jill—. ¡Cuando mató a Brad hizo lo mismo!

Eva oyó varias series de tiros y el Némesis tembló antes de derrumbarse en el suelo, muerto finalmente. Eva cayó con él. Intentó levantarse pero no era capaz: los músculos no le respondían. Además, la cabeza la dolía terriblemente y ese dolor era insoportable. Casi deseaba que el Némesis la hubiese matado…

Alguien se acercó a ella y la cogió en brazos con cuidado. Su cabeza se apoyó por inercia en el pecho de aquella persona que la había cogido en brazos y fue entonces cuando pudo distinguir aquel olor tan característicamente agradable que Chris poseía

—¿Estás bien, Eva? —la preguntó con suavidad.

Ella tardó unos segundos en comprender lo que le estaba diciendo. Parpadeó un par de veces para aclarar la visión y vio que Chris estaba muy preocupado.

—He estado mejor… —respondió ella.

Chris dudó un instante antes de hablar:

—Eva —comenzó, mirándola con seriedad—. Sé que no es el mejor momento para ello pero quiero decirte que me podrías haber dicho que te ibas a morir, ¿no crees?

—Chris —dijo Eva con esfuerzo—. Como bien has dicho este no es el mejor momento para hablar de ese asunto. Siento haberte dado, en el caso de que se hayan dado, esperanzas. Con todo lo que ha pasado me había olvidado de ella —Eva hizo otro esfuerzo para mirarle a los ojos y añadió—: créeme cuando te digo que a mi también me duele el tener que irme tan rápido… pero creo que deberíamos hablar de esto cuando esté más lúcida… creo que ahora sólo digo cosas sin sentido…

Chris no contestó. Se inclinó un poco sobre ella y la besó en la frente con ternura a la vez que Eva cerraba los ojos y perdía el conocimiento. Chris se acercó al resto, que se habían arremolinado alrededor de Claire y León, quien estaba siendo atendido por Rebecca. La joven se levantó del suelo y miró al resto. Tenía una expresión de preocupación poco propia en ella.

—tengo buenas y malas noticias sobre León —dijo—. La buena es que se pondrá bien. La mala es que se le ha abierto la herida. Tenemos que encontrar la salida de este sitio cuanto antes para que pueda atenderlo sin prisas —su mirada se fijó en Chris, quien llevaba a Eva en brazos—. ¿Qué le ha pasado?

—Ha perdido el conocimiento —dijo Chris—. Pero creo que se ha dado un fuerte golpe en la cabeza cuando Némesis la lanzó contra la pared.

Rebecca no dijo nada, se acercó Eva y frunció el ceño.

—Sangra por uno de los oídos y hay un poco de fluido cerebroespinal también —les informó—. Esto no tiene buena pinta… tenemos que llevarnos a León y a Eva a un sitio tranquilo cuanto antes.

—Entonces larguémonos ya —dijo Carlos, cargando su arma y dirigiéndose a la única puerta que había en la sala, aparte de la que ellos habían usado para entrar.

Todos siguieron al joven hispano. John llevaba a León en brazos y Chris hacía lo mismo con Eva. Claire iba cerca de John y León y David de Chris. El ex capitán iba hablando con la joven bioquímica:

—¿Tan grave es lo que tiene? —le preguntó.

—No voy a mentirte, David —le dijo ella—. Creo que tiene una conmoción cerebral y bastante grave. Lo sé por el fluido cerebroespinal que le sale del oído izquierdo.

David bajó la mirada con aire preocupado y Rebecca le puso una mano en el brazo para darle apoyo. Él la miró y trató de sonreír, pero no pudo, para remediarlo asintió con la cabeza.

Aquello no le gustaba nada. Apenas tendrían tiempo para salir de aquel lugar y encima Eva no sólo estaba peor, sino que la iba a perder para siempre. David se lamentó por todos los malos ratos que había hecho pasar a su amiga. Pensaba que si hubiera sido algo más amable con ella…

—David…

Se volvió para mirar a Rebecca.

—Deja ya de dar vueltas a lo que estés pensando —le dijo—. No sé de qué se trata y tampoco me importa, pero déjalo estar, ¿vale?

David suspiró, intentando apartar aquellos funestos pensamientos. Miró hacia adelante y vio que Carlos estaba a punto de atravesar otra puerta. Al hacerlo se encontraron con unas largas escaleras que parecían subir hacia alguna parte. David miró el reloj y vio que les quedaban una par de horas para salir de allí.

Espero que no quede nada que nos haga perder más tiempo pensó mientras miraba a Eva, que parecía estar más dormida que sin conocimiento. Sin mediar palabra, comenzaron a subir por aquellas escaleras hasta que llegaron, al cabo de unos diez minutos, a otra puerta.

La cruzaron y se dieron  cuenta de que estaban en un helipuerto. Había un par de helicópteros allí y un gran camión para transportar soldados. Por lo demás parecía estar vacío y tranquilo… demasiado tranquilo.

—David —Chris lo estaba llamando—. ¿Puedes coger tú a Eva? Quiero mirar si funciona alguno de esos helicópteros —David asintió y cogió a Eva en brazos—. Carlos, tú ve al que está a la derecha, ¿vale?

El hispano asintió y ambos salieron corriendo hacia los helicópteros mientras que John y Barry se acercaban al camión para comprobar su estado. «Por si los helicópteros no funcionan…», habían dicho.

 

Chris se acercó al helicóptero y, con una sola mirada, decidió que aquel aparato no se elevaría ni con grúa. Le faltaban los mandos que lo controlaban. Suspiró y se dirigió hacia donde estaba Carlos y vio que tenía una mirada de preocupación en el rostro, lo que le dijo a Chris que el otro helicóptero tampoco funcionaba.

Regresaron con el resto del grupo para darles las malas noticias sobre los helicópteros.

—Siento deciros que los dos helicópteros están inutilizados —dijo Chris—. Me temo que los últimos en salir de este lugar se aseguraron de que nadie podría salir vivo de aquí…

—Pues se olvidaron del camión —dijo John, con manchas de grasa de motor en la cara—. Ese trasto alcanzará la velocidad suficiente como para sacarnos de aquí cagando leches. Así que —John sonrió—, ¿subimos a la limusina ya, o nos quedamos a ver los fuegos artificiales?

—No sé a ti, John —dijo Lucía—, pero yo odio los fuegos artificiales…

—¿Todos a favor? —preguntó John al resto—. Pues propuesta aprobada por mayoría absoluta. ¡Vámonos!

Todos se subieron a la parte trasera del camión mientras que John y Barry se colocaban en la parte delantera del vehículo. Chris dejó a Eva en el suelo, con todo el cuidado que pudo, al lado de León, quien dormitaba y se movía un poco por el dolor. David se sentó al lado de Eva, con Rebecca a su lado, mientras que Lucía y Óscar se sentaban delante de ellos, al otro lado del camión. John arrancó el camión y el vehículo avanzó trastabillando por la maltrecha carretera.

Durante una hora nadie dijo nada y cuando oyeron la explosión a lo lejos, nadie volvió la mirada hacia atrás. Lucía apretó la mano de Óscar con fuerza cuando sonó la explosión que hizo temblar la tierra. Óscar, como respuesta, le pasó un brazo por encima de sus hombros, abrazándola.

—Rebecca —Chris la llamó media hora después de la explosión—. No encuentro el pulso a Eva.

Rebecca se acercó a Eva con presteza y le puso una mano en el cuello. Miró sus pupilas y luego se volvió hacia David con una extraña mirada en la cara.

—¿Qué ocurre? —preguntó David al ver aquella mirada.

—David —dijo Rebecca. Parecía estar pensando las palabras con cuidado—. Eva está en un estado parecido al coma.

—¿Qué... Qué quiere decir eso? —David estaba atónito y a punto de desesperarse.

—Quiero decir que es como si estuviera en estado de hibernación —respondió ella—. No sé si despertará antes de un mes. Yo… lo siento David pero no puedo hacer nada…

David no dijo nada. Simplemente se quedó mirando a Eva intentando creerse que ya no volvería a oírla hablar, a verla reír o a oírla llamarle capitán.

—Jesús —murmuró David metiendo la cara entre las manos.

Rebecca volvió a acercarse a él y lo abrazó mientras él sollozaba. Chris bajó la mirada y cerró los ojos para no llorar. Su hermana le pasó un brazo por los hombros  para reconfortarlo.