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Resident Evil: El Área B3

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Todos se quedaron en silencio, mirando alternativamente a Eva y a Trent con estupefacción. ¿Qué era lo que Eva acababa de decir? Que Trent era uno de los jefes de Umbrella pero entonces, ¿por qué demonios los ayudaba?

—¿Uno de los jefes de Umbrella? —preguntó John—. ¿Qué coño significa eso?

—Significa que el desgraciado este ha estado jugando con vosotros desde el principio —dijo Eva, con ira—. ¿No es así, Sr. Trent?

—Me temo que se equivoca, Señorita Black —dijo Trent sin dejar de sonreír—. Yo más que nadie quiero que Umbrella caiga.

—¿Ah, si? —preguntó David con un tono amenazante—. ¿Cómo podemos saber que no nos ha mentido como hasta ahora?

—Sr. Trapp me temo que en ningún momento les haya dicho que no me dedico a dirigir parte de esta maldita empresa —respondió Trent. Había dejado de sonreír—. Por lo tanto yo no les he mentido.

—Entonces ¿por qué nos ayuda? —preguntó León.

—¿Alguno de ustedes ha oído hablar de los científicos Darius? —preguntó Trent tras unos segundos en silencio.

—Sí —respondió Rebecca. Todos se volvieron hacia ella, sorprendidos—. El doctor Vachss nos contó esa historia también. James y Helen Darius murieron en un accidente de laboratorio hace treinta y pocos años.

—¿Y qué demonios tiene eso que ver con Umbrella? —preguntó Chris.

—El laboratorio donde se produjo el accidente era de Umbrella —dijo Rebecca. Luego miró a Trent—. Pero, ¿qué relación tienen ellos con usted?

—No fue un accidente —dijo Trent. Su mirada era fría—. Fue un asesinato llevado a cabo por Umbrella.

—¿Un asesinato? —preguntó Carlos.

—Exacto —dijo Trent—. A comienzos de la existencia de Umbrella, antes de que hubiera nada parecido a White Umbrella, vivió un científico que trabajaba en la sección de investigación y desarrollo. Se llamaba James Darius. El doctor Darius era microbiólogo y junto a su esposa Helen, doctora en farmacología, pasó incontables horas desarrollando para sus jefes un compuesto capaz de reparar los tejidos, una sustancia que el propio James había creado. Aquel compuesto era una estructura vírica de diseño brillante que, si se desarrollaba adecuadamente, poseía el potencial de reducir enormemente el sufrimiento de la humanidad, e incluso de erradicar las muertes por heridas traumáticas.

»Ambos científicos tenían grandes esperanzas puestas en su trabajo y se dirigieron inmediatamente a Umbrella en cuanto se dieron cuenta de las capacidades de lo que habían diseñado. Y Umbrella también se dio cuenta de su potencial, excepto que lo que ellos vieron fue un desastre comercial si un milagro semejante salía al dominio público. Una empresa farmacéutica como Umbrella perdería muchísimo dinero si millones de personas dejaban de morir cada año. Pero Umbrella, en lugar de destruir tal compuesto, se hizo  con la estructura vírica que los Darius habían creado, sus notas y sus investigaciones y se los entregaron a William Birkin. Birkin era la clase de hombre que Umbrella necesitaba para sus fines, que no eran ni más ni menos que la creación de un virus para fines militares. Pero, claro, a Birkin lo podían manejar a su antojo puesto que tenía los mismos principios éticos y morales que los jefes de Umbrella buscaban; pero a los Darius no. Eran buena gente que nunca querría que la humanidad sufriese. Y eso podría causar algunos inconvenientes.

»Así pues, se produjo un incendio. Un accidente, según se dijo, una terrible tragedia: dos científicos y tres leales ayudantes murieron abrasados. Mala suerte, muy triste, caso cerrado. Y así es como comenzó la división de Umbrella conocida como White Umbrella. Investigación sobre armas biológicas. Un juego para los ricachones y sus pelotilleros, para individuos que habían perdido cualquier cosa parecida a una conciencia hacía mucho, mucho tiempo —Trent parecía estar muy furioso—. Pero estos desgraciados no contaron con que los Darius tenían un hijo. Un hijo que estaba en un colegio de internado cuando el suceso ocurrió.

—Y ese niño —dijo Eva—, es usted, ¿cierto? —Trent no dijo nada—. Por eso entró en Umbrella. Para destruirla desde dentro, ¿verdad? Pero no era capaz de hacerlo usted solo, necesitaba que alguien atacara a la vez desde fuera. Y ese alguien son ellos, ¿a que sí?

Todas las miradas se dirigieron hacia Trent, quien estaba pálido y miraba a Eva con atención, casi atónito por lo que ella acababa de decir. Finalmente sonrió mientras meneaba la cabeza.

—Cuando el día que nos conocimos te dije que eras buena, sabía que tenía razón —Trent hizo una breve pausa antes de continuar—. Y estás en lo cierto: necesitaba que alguien me ayudara a echar a bajo a esta maldita empresa y esos son ustedes. Wesker os envió a la mansión Spencer para que os enfrentarais a las criaturas que los científicos habían creado y erais los más indicados para ayudarme.

—¿Por eso se tomó tantas molestias en pasarnos información? —preguntó Jill.

—Sí —respondió Trent—. Pero no podía daros información exacta puesto que entonces podrían sospechar de mi. Y no podía permitir eso puesto que mi venganza no podría llevarse a cabo.

—¿Y no podrían entrar ahora y descubrirle mientras está pasando el rato con nosotros? —preguntó John.

—Estoy en mi casa —dijo Trent—. Nadie sabe que tengo esta tecnología en ella. Esta línea es segura. Mucho más de lo que piensan.

—Pues bonita casa... —murmuró John.

—Y, ¿qué es lo que quiere ahora? —preguntó Barry.

—Verán —dijo Trent—, sé que están buscando muestras de los virus para que su demanda adquiera mayor peso. Y sé que tienen las muestras del Virus-T. En la sede principal de la empresa hay muestras de los virus y antivirus de todos los virus creados por Umbrella. Por supuesto, me estoy refiriendo a los virus T, G, T-Verónica y D.

—¿D? —preguntó Rebecca—. ¿Es que hay un virus nuevo?

—No es un virus nuevo —respondió Trent—. Es el virus que crearon mis padres. El virus Deidad. Ese virus es capaz de curar cualquier enfermedad —Trent miró a Eva antes de seguir—. Incluso la suya, señorita Black.

Todos se volvieron para mirar a Eva y vieron que estaba atónita, que miraba a Trent con asombro. Se había puesto pálida pero en seguida recuperó el color y la serenidad apareció en su rostro.

—¿Cómo lo sabe? —le preguntó.

—Se hacen análisis de sangre a todos los nuevos empleados —explicó Trent—. Y los científicos de Umbrella dieron con la suya, la investigaron y le puedo asegurar que el Virus-D puede curarla.

—No diga tonterías —dijo Eva—. Sé perfectamente que no tiene cura así que no me de falsas esperanzas.

Se produjo un silencio en el que Trent y Eva se miraron durante un rato. Finalmente, Trent continuó hablando sin apartar la mirada de la joven.

—Para que puedan hacerse con dichas pruebas —dijo Trent, actuando como si lo que había hablado con Eva no hubiera pasado nunca— deberán entrar en la sala que está al final del pasillo que sale del área B3, donde hallarán una tarjeta de color naranja que deberán utilizar para cuando encuentren la sala de las muestras en Berlín. Pero tengan cuidado, puede que la seguridad sea lo suficientemente peligrosa y buena como para que la tengan en cuenta.

—¿Habrá mucha vigilancia? —preguntó Claire.

—Por supuesto —respondió Trent, apartando la mirada de Eva para dirigirla hacia Claire—. Pero ellos no saben que ustedes llegarán en breve.

—¿Y no puede hacer nada al respecto? —preguntó David, sin apartar la mirada de Eva.

—Me temo que no —dijo Trent, negando con la cabeza—. Eso no me compete a mí y no puedo hacer nada para ayudarlos.

—Ya —dijo Eva—. ¿Va a hacer algo para ayudarnos ahora o cuando estemos en Berlín?

—Aún no tengo nada para ustedes —dijo Trent—. Pero me encargaré de que lo tengan todo listo para que el próximo ataque sea el definitivo y letal para Umbrella.

—¿Hay algo más que debamos saber? —preguntó Carlos.

—Sí. Han adelantado el bombardeo a la ciudad francesa en la que están —respondió Trent—. He conseguido que las puertas se abran para que puedan salir del área B3 cuanto antes. La zona a la que saldrán no tiene ningún riesgo de contagio así que no deberían preocuparse. En unos —Trent miró su reloj— diez minutos se abrirá la puerta que tienen a su espalda y en treinta se abrirán las que llevan al helipuerto. Sólo les pido que tengan cuidado puesto que ya nos falta menos para terminar con esta maldita compañía. Espero verlos en Berlín. Buena suerte.

La conexión se cerró y la pantalla volvió a mostrar el programa que Lucía había estado ejecutando así como el cronómetro que indicaba el tiempo que les quedaba. Apenas Trent desapareció de la pantalla, todos se volvieron hacia Eva, que estaba sentada en una de las butacas. Finalmente, David se acercó un poco a ella y fue él quien rompió el silencio.

—Eva —le dijo—, ¿qué ha querido decir Trent con incluso la tuya? ¿A caso estás enferma?

Eva suspiró y bajó la mirada. Pareció dudar unos segundos antes de asentir con la cabeza.

—¿Qué es lo que tienes? —preguntó John. Estaba comenzando a preocuparse.

—Es una enfermedad muy rara —dijo ella—. Los médicos que me la detectaron dijeron que sólo había existido otra persona con esta misma enfermedad.

—¿Entonces no sabes si es dañina? —preguntó Chris.

—¡Claro que es dañina! —dijo ella, mirándolo—. Esta enfermedad va a matarme. Y no hay ni cura ni tratamiento.

—¿Desde cuando lo sabes? —David la miró con preocupación, pero parecía algo enfadado.

—Desde hace cuatro años —respondió ella. Aún no le había mirado a la cara.

—Cuatro... ¿Cuatro años? —exclamó David, se estaba alterando—. ¿Es que no pensabas decírmelo —Eva no contestó y ni siquiera levantó la mirada del suelo. David se sentó en el sofá para relajarse un poco antes de seguir hablando—. ¿Cuánto tiempo te queda?

—Un mes —respondió ella. Dudó un segundo y añadió—: Mes y medio siendo optimistas.

—¿Sólo eso? —preguntó Chris. Y fue entonces cuando Chris comenzó a entender la forma de actuar que había tenido la joven con todos ellos. No quería tener demasiado contacto para que cuando ella se muriese, la separación no fuera tan dura. A Chris se le partió el corazón al pensar lo mal que Eva lo estaba pasando en aquellos momentos.

—¿Y en serio no pensabas contarme nada? —volvió a preguntar David a Eva. Su tono de voz era algo amenazante.

—¡Por supuesto que no! —exclamó Eva, mirándolo a los ojos por primera vez—. Si te lo hubiera dicho me hubieras obligado a dejar a los STARS y no quería odiarte por ello.

—¿Odiarme? —preguntó David algo desconcertado.

—Quería vivir la vida al máximo y si moría en una misión sólo le hubiera adelantado trabajo a La Muerte —dijo Eva. Sus ojos brillaban mucho—. Así que si eso sucedía, no perdería nada. Tú nunca sabrías nada y seguirías siendo medianamente feliz hasta mi muerte y yo habría disfrutado de lo poco que tenía de vida.

—¿Esa es la razón por la que no me contaste nada? —preguntó David. Se estaba enfadando y aquello no era nada bueno—. ¿Pensabas que iba a obligarte a dejar los STARS?

—No exactamente, pero sí. Es una de las razones .

—¿Y de verdad crees que iba a echarte de la organización? —David se había levantado y casi estaba gritando a Eva—. ¡Los STARS eran para ti casi tan importantes como para mí! Siempre quisiste entrar en la organización y ese deseo se acentuó cuando tu padre murió, ¿y me crees capaz de alejarte de ese sueño?

—¿No lo harías? —preguntó Eva, algo desconcertada por aquello.

—¡Claro que no! —respondió David.

Se hizo una pausa muy tensa en la que el resto del grupo, meros espectadores en ese momento, ni se atrevía a respirar. Aún no entendían por qué David se mostraba tan duro con Eva. Salvo Chris y Rebecca, nadie sabía que el ex capitán de los STARS de Maine había cuidado de ella. Ni siquiera John, quien siempre pensó que lo que había entre ellos era una especie química pero que luego había descubierto que era más bien aprecio. David rompió el silencio con otra pregunta:

—Entonces lo que pasó hace tres años lo hiciste porque te quedaba poco tiempo, ¿verdad?

¡PLAF!

Eva se había levantado y le había dado una fuerte bofetada a David. Parecía estar indignada.

—¡¿Cómo te atreves a pensar así?! —le preguntó. Temblaba de rabia y un par de lágrimas recorrieron su rostro. David se llevó una mano a la zona dolorida y la miró con algo de enojo—. ¿De verdad me crees capaz de hacer algo así sólo porque me quedase poco tiempo? Me decepcionas, David. Si de verdad lo hubiera hecho por esa razón, me habría buscado a otro —desenfundó su arma y la comprobó antes de dejarla en la funda de nuevo—. Si me disculpas, voy a buscar esa tarjeta de la que habló Trent.

Eva atravesó la sala y, cuando estaba ya delante de la puerta y a punto de pulsar el botón que le abriese el camino, se volvió.

—Por cierto —dijo—. No es contagiosa. No hay ninguna forma de que estéis contagiados, ¿me has oído, David? Ninguna.

Y acto seguido pulsó el botón y, sin mirar atrás, salió de la sala. David la vio salir y volvió a sentarse en el sofá con las manos delante de la cara. Barry se volvió hacia León.

—León —le dijo—, ve con ella. Puede que necesite ayuda.

León salió detrás de Eva y el resto se volvió hacia David, que parecía estar destrozado. Rebecca se acercó y se sentó a su lado. Él, al sentir que alguien estaba a su lado, se volvió y vio la mirada de preocupación que ella tenía en el rostro. Le cogió de la mano y ella la apretó con fuerza para darle ánimos. Barry y John se acercaron algo más a ellos.

—David —dijo Barry—. Sé que no es asunto mío, pero, ¿Eva es familia tuya?

—No —respondió el aludido—. Pero es como si fuera mi hermana. Cuando su padre murió le prometía que cuidaría de ella. Y así lo hice.

No hicieron falta más explicaciones. Ahora todos sabían por qué David estaba así. A nadie le gusta ver como alguien de la familia muere ante sus ojos. Tras unos minutos en silencio, Chris decidió atreverse a romper el silencio.

—Trent dijo que podía haber una cura en Berlín, ¿no?

—Sí, pero no es seguro que las hallemos —repuso David—. También había vacuna en Zurich y Eva la encontró tarde. Quizá no tengamos tanta suerte esta vez.

La puerta se abrió de golpe, sobresaltándolos a todos, y por ella apareció Eva cargando con León, quien parecía estar perdiendo mucha sangre por uno de los costados. Detrás de ellos y por el pasillo, se podía ver algunas manchas grandes de sangre el joven ex policía fue dejando un pequeño reguero de color rojo. Rebecca abandonó la compañía de David para ayudar a Eva a llevar a León a la enfermería.

El resto los siguió con rapidez y Claire se situó a un lado de la camilla con una preocupada mientras sostenía una de las manos de León. Rebecca rompió la camiseta y con una botella de agua y una gasa limpió un poco la herida para poder ver la gravedad de ésta.

—Es un disparo —sentenció. Luego se volvió hacia Eva—. ¿Le has disparado tú?

—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas? —respondió ella, indignada—. Un desgraciado con un arma nos disparó apenas entramos en la sala que nos dijo Trent. León insistió en entrar el primero y por ello fue él que recibió el tiro —Eva miró a Rebecca y su mirada adquirió un tinte de preocupación—. Se pondrá bien, ¿verdad?

Rebeca volvió a mirar la herida y se puso unos guantes mientras sacaba su instrumental y comenzaba a tratar al joven.

—No lo sé —respondió Rebecca—. Necesito que salgáis todos de aquí, necesito espacio y no tener tantas miradas puestas en mí. Óscar —el joven se detuvo—, te agradecería que te quedaras para ayudarme y, Claire, será mejor que esperes fuera.

—No —dijo ella, negando con la cabeza y apretando la mano de León con fuerza—. No me separaré de él.

Rebecca dudó un segundo antes de asentir, pero le pidió que se alejara de la camilla. Una vez todos fuera, las miradas iban de David a Eva y él también la miraba pero ella no parecía darse cuenta. Se había sentado en el suelo y mantenía los ojos cerrados, con la cabeza apoyada en la pared. David se acercó a ella. Quería aclarar el malentendido de antes, sabía que había metido la pata al referirse a lo de hacía tres años y quería disculparse con ella. Siempre que se enfadaba y perdía el control decía y hacía cosas de las que se acababa arrepintiendo.

—Eva —le dijo. Ella abrió los ojos y le miró.

—¿Sí, capitán? —le dijo ella.

David se quedó de piedra al oír aquello. Le había llamado capitán. Capitán. Eva sólo había usado esa palabra para llamarlo dos veces desde que la conocía y sabía que aquello no era nada, pero nada bueno. Creía conocerla lo suficiente como para saber que estaba muy decepcionada con él. Y sacarla de ese estado era bastante complicado. Una vez había estado de ese humor durante varios meses en los que ni siquiera se pasó a comer los sábados, como venía haciendo desde hacía varios años y, las dos veces que había entrado en ese estado, había recuperado el humor de repente. No sabía si él había hecho algo al respecto o simplemente le había perdonado porque sí, pero había vuelto a ser la misma. De todas formas, Eva tenía un carácter muy peculiar y sabía que, a veces, era un poco difícil de tratar pero eso no quitaba para que no fuera buena persona.

David suspiró y regresó al lugar donde había estado sin decirle nada a ella. Lo único que en ese momento podía hacer era esperar a que Rebecca evitara que León muriese desangrado y que el mal humor de Eva se pasara lo antes posible. John lo miró con atención, preocupado por lo que acababa de pasar. Nunca había visto que Eva llamara a David capitán. Siempre les había dicho que no lo llamaran así porque no le agradaba la idea y, además, David nunca había emanado una aureola de autoridad. Aquello hacía que John se preguntase que por qué lo había llamado así. No sabía el motivo, claro está, pero sí sabía que había bastado aquella palabra para que su amigo dejase en paz a Eva y no siguiera hablando con ella. Pero aquél no era asunto suyo.

La puerta de la enfermería se abrió y por ella aparecieron Rebecca y Óscar, ambos bastante llenos de sangre. Parecían cansados pero sonrieron al resto del grupo.

—Se pondrá bien —dijo Rebecca—. Ha perdido mucha sangre, pero se repondrá. El problema es que necesita descanso pero no podemos dárselo puesto que tenemos que salir de aquí cuanto antes. Le dejaremos dormir un poco y luego trataremos de sacarle de aquí como podamos.

—Entonces —dijo Eva, levantándose del suelo y mirando a Rebecca—, ¿se pondrá bien?

—Sí.

—Pues me largo —dijo Eva, comprobando su arma—. Tengo que encontrar esa puta tarjeta.

—¿No la habéis encontrado? -preguntó Jill.

—No. No nos ha dado tiempo a registrar esa sala —respondió Eva—. Tuve que traer a León tan rápido como pude. Y quiero arreglar cuentas con ese desgraciado antes de que se me largue.

—Voy contigo —dijo Chris.

—Ni lo pienses siquiera —le dijo ella con dureza—. Iré sola. Ya dejé claro que me gusta ir sola porque no quiero cargar con la responsabilidad de nadie más que yo. Quizá resulte egoísta, pero me da igual lo que penséis porque no me va a quitar el sueño. No quiero traer a nadie más herido. Si en unos quince minutos no he regresado, largaos sin mí y olvidaos de la tarjeta naranja, ¿vale?

Diciendo esto, Eva salió al pasillo sola.