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Resident Evil: El Área B3

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David estaba sentado en la butaca, descansando por primera vez desde que salieron de París. Hasta este momento no había podido sentarse y cerrar los ojos mientras sus músculos se relajaban de aquella manera tan agradable, produciéndole aquella placentera sensación de que estaba de regreso en su casa de Maine. Además, ahora se sentía más ligero que antes puesto que, como prácticamente no había ninguna posibilidad de que alguien o algo entrara allí, podía quitarse el chaleco de kevlar, que pesaba lo suyo.

Hacía una hora que el resto del grupo se había acostado en las abundantes camas que había en el dormitorio, siendo Lucía y Óscar los últimos en marcharse. Lo cierto es que aquél recinto llamado B3 estaba muy bien equipado: en la cocina había una gran despensa llena de comida; en el dormitorio había, por lo menos, ocho literas; el área del baño estaba dividida por una gran pared, de manera que hombres y mujeres no se podían juntar a menos que ellos quisieran y, por lo visto, la enfermería contaba con una gran cantidad de medicamentos... A decir verdad, aún no le había preguntado a Rebecca si podrían llevarse algunos por si acaso les podía pasar algo. David lo meditó unos segundos. Estaba muy cómodo en aquél butacón pero lo cierto es que quería hablar con Rebecca. Y no precisamente de medicamentos...

Con un esfuerzo se levantó y se dirigió hacia la enfermería, donde vio a Rebecca de espaldas a él y que estaba colocando algunos medicamentos en un montón. David se acercó y se apoyó en una de las camillas, mirando a la joven bioquímica con ternura. Durante unos cinco minutos permaneció allí sin que ella se diera cuenta de que él estaba allí hasta que, de improviso, se dio la vuelta y lo vio. Ella se asustó de manera visible y el botecito de plástico que llevaba en la mano se le cayó al suelo, repiqueteando en él. David se incorporó con rapidez, más por reflejo que por otra cosa.

—David, ¿qué haces aquí? —dijo ella, intentando recuperarse del susto—. Menudo susto me has dado...

—Lo siento —se disculpó él—. No era mi intención sobresaltarte —la miró unos instantes y continuó hablando—: ¿Crees que podremos llevarnos algunos de esos botes con nosotros?

—Sí —le respondió mientras se giraba hacia el pequeño montón que estaba detrás de ella—. Ya había pensado en ello y he estado apartando los que nos puedan hacer falta.

Luego se acercó a él y lo abrazó. David no sabia a qué venía aquello, pero se lo devolvió agradecido. Al cabo de unos segundos, Rebecca habló:

—¿David?

—¿Sí?

—Tenemos que hablar —dijo ella.

David se separó de Rebecca y la miró fijamente. Luego suspiró mientras asentía con la cabeza.

—Sí, lo sé —dijo él, apartando la mirada de los castaños ojos de la joven—. Soy... soy demasiado mayor para ti y supongo que no quieres discutir con tus padres por ello.

Rebecca lo miró con una mezcla de sorpresa e incomprensión.

—¿Qué?

—¿No era eso de lo que querías hablar? —preguntó él, algo aturdido—. Cuando las mujeres decís eso de tenemos que hablar es porque queréis dejar a un hombre, ¿no? Aunque en nuestro caso no hay nada que dejar puesto que no hemos empezado nada...

—No era eso de lo que quería hablar contigo —Rebecca estaba sonriendo—. Me da igual que seas mayor que yo y, por supuesto, me importa más bien poco que a mis padres les guste o no lo nuestro. Lo importante es lo que hay aquí —Rebecca señaló el corazón de David— y aquí —señaló la cabeza de él—. Lo demás es secundario.

—¿Estás... Estás completamente segura de ello? —le preguntó David.

—Completamente —dijo Rebecca con firmeza—. Es más, lo que te quería decir es que no quiero esperar. Sé que te pedí que esperaras, pero yo no soy capaz de esperar. Quiero poder abrazarte siempre que quiera, sin que me importe que alguien nos vea.

Y diciendo esto, ella lo volvió a abrazar, pero él no la respondió y, por ello, Rebecca lo miró, algo preocupada.

—¿Ocurre algo? —le preguntó—. ¿He dicho algo que no debería?

—No, no es eso —respondió David—. Es sólo que... No te enfades conmigo por esto, ¿vale? —Rebecca lo miró desconcertada—. He estado dándole vueltas al asunto y puede que te parezca mal que te lo pregunte pero es que necesito saberlo.

—¿De qué se trata, David? —preguntó ella, armándose de paciencia.

—Me preocupa que creas que no vas a salir con vida de esto y que tengas miedo de no saber lo que significa estar con un hombre y que me hayas elegido a mi por ello. Sé que no eres así, pero la naturaleza humana es imprevisible y...

Rebecca no le dejó seguir hablando. Lo estaba besando de tal manera y con tanta pasión que él se vio obligado a devolvérselo. Cuando se separaron, David mantuvo los ojos cerrados unos instantes. Sólo los abrió cuando ella comenzó a hablar.

—David —le dijo con voz dulce mientras no apartaba su mirada de sus oscuros ojos. Estaba muy seria—. Yo te quiero. Y comprendo que pienses así, pero estás equivocado. Sé que has pasado por momentos difíciles pero yo no me he aprovechado de ello. No sería capaz... Además, deberías saber que soy optimista con todo lo que pasa.

David la miró con atención, meditando lo que ella le acababa de decir y se dio cuenta de que ella tenía razón en todo. Incluso de que era muy optimista.

—Entonces —comenzó a decir él—, ¿no estás molesta por haber pensado así?

—¿Cómo iba a estarlo? —respondió ella—. David, acabo de decirte que es normal que una persona como tú piense de esa manera. Eres un hombre que, por alguna razón, no ha querido tener ninguna relación que vaya más allá de lo profesional. Y aunque Eva ha sido una excepción, sigues teniendo problemas para mantener una relación aunque sea de compañerismo —Rebecca sonrió de nuevo—. Pero ese es uno de tus atractivos...

David no pudo menos que sonreír. Aquello era algo que le encantaba de Rebecca. Sin pensarlo en absoluto y como en aquella habitación de hotel, la besó y ella lo abrazó con fuerza. David la levantó y la sentó en una de las camillas mientras no dejaba de besarla. Ella no protestó ni realizo ningún gesto de que le pareciera mal por lo que él se atrevió a ir un poco más lejos y fue subiendo la mano desde el muslo de Rebecca hasta que la metió debajo de la camiseta de la joven.

De repente, Rebecca se estremeció y el beso se quebró. David retrocedió un poco, asustado por haber ido demasiado deprisa pero ella se estiró y, agarrándolo del cinturón, volvió a acercarlo hasta ella. Él la miró sin entender.

—Tienes las manos heladas —le dijo casi en un susurro.

Y él comprendió que aquél era el motivo de su reacción. Sonriendo la volvió a besar.

—Lo siento —le dijo él.

Ella lo abrazó mientras él, con cuidado, la tumbó en la camilla mientras la besaba en el cuello.

 

 

—Eva.

Alguien la estaba zarandeando con suavidad. Eva levantó un poco la cabeza, se frotó los ojos con una mano y abrió uno de ellos para ver quién era el que la estaba despertando. En la oscuridad de la habitación vio que se trataba de David.

—Demonios David —dijo ella, mientras se recostaba de nuevo—. ¿Para qué me despiertas?

—Quiero que hagas la segunda ronda de guardia —le dijo él.

—¿Por qué yo? —preguntó ella, con voz soñolienta—. Anda que no hay gente en la habitación...

—Es cierto pero —David sonrió en la oscuridad—, tú eres la mejor de todos ellos.

—No intentes hacerme la pelota, David —dijo ella mientras se giraba para mirarle—. Sabes que no me gusta nada.

—Lo sé —respondió él—, ¿por qué crees que lo hago entonces?

—¿Me estás tomando el pelo? —preguntó ella, sorprendida—. Tú nunca bromeas con nadie. Dime, ¿quién eres tú y que has hecho con David?

—¿Tan raro resulta el que te tome el pelo? —la sonrisa de David se atenuó un poco, aunque en sus ojos aún brillaban de buen humor—. Tú ocúpate de hacer la guardia. Y despierta a Chris para que te ayude. Y recuerda que te quiero.

—Sí, claro —murmuró ella, con una media sonrisa.

Y sin mayores preámbulos desapareció de su campo de visión. Eva se desperezó y se levantó de la cama, buscando de manera distraída la cama en la que Chris se había echado mientras pensaba en qué diablos le había pasado a David para que se pusiera a hacer bromas en aquella situación. No era propio de él, de hecho, él no solía bromear muy a menudo. Sólo lo había hecho unas pocas veces y siempre que estaban ellos dos solos, nunca nadie del equipo o alguien conocido le había visto hacerlo.

Dos literas más allá vio sobresalir de entre las mantas la cabeza del joven y se dirigió hacia allí, deteniéndose en una de las literas algo sorprendida.

Allí, en la cama de abajo, vio que David dormía profundamente abrazado a Rebecca, quien también parecía dormir tranquilamente. Eva sonrió. Aparentemente ambos habían hablado y parecían haber aclarado su situación. Y por fin entendía el por qué al buen humor de David.

Me alegro por ellos. Al menos habrá alguien feliz en esta historia...

Se dirigió hacia Chris y lo despertó.

—Chris. Levántate que tenemos que hacer la guardia.

Y, diciendo esto, Eva se acercó a la cocina. No tenía hambre pero le había parecido ver un bote de limpiador para armas y la suya necesitaba urgentemente una limpieza. Hacía casi un año que no la limpiaba y eso no era nada bueno para el arma. Abrió los armarios hasta que lo encontró, cogió un paño que estaba por allí y se sentó en el sofá para limpiarla al mismo tiempo que Chris salía del dormitorio. Ella no le miró, concentrada en su nueva tarea para pasar los próximos cuarenta minutos.

—¿Quieres café? —le preguntó Chris, con voz somnolienta—. Voy a hacer para mí, pero si quieres te hago uno...

—No, gracias —le respondió ella, más fríamente de lo que hubiese querido. Por ello trató de remediarlo puesto que él sólo trataba de ser amable—. La verdad es que no me apetece tomar nada.

Chris asintió y se metió en la cocina, de la que salió unos minutos más tarde con una taza que humeaba ligeramente y que dejó encima de la mesa mientras él se sentaba a su lado en el sofá. Se quedaron en silencio durante un largo rato. Eva seguía limpiando su arma como si fuera un tesoro mientras Chris la miraba. Al principio se sintió algo incómoda por ello pero al final terminó por acostumbrase a su mirada.

Mientras limpiaba la pistola que había sido de su padre, Eva recordaba todo lo que le había pasado en estos últimos cuatro años. Habían sido los mejores de su vida... Si no contaba con lo relacionado con Umbrella, claro. Que eso era lo peor que le había pasado hasta entonces.

Sabes que eso no es verdad. Lo peor pasó hace cuatro años, ¿o ya lo has olvidado?

Eva suspiró. Sabía que su mente tenía razón. Lo que le había pasado cuatro años atrás era lo peor a lo que se había enfrentado. Hizo una pausa en la limpieza de su Magnum y suspiró.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Chris, preocupado.

—Sí, estoy bien —respondió ella sin mirarle.

—¿Estás segura? —insistió él—. Porque me parece que estás algo rara...

—¿Rara? —Eva miró a Chris y sonrió—. Estoy igual que siempre.

—¿Si? Pues yo no estaría tan seguro —dijo Chris algo ofendido.

—Chris, ya te lo he dicho —dijo ella. Su sonrisa desapareció de su rostro—, estoy bien. No tienes por qué preocuparte innecesariamente.

—Pues entonces dime por qué estás tan distante con nosotros —dijo Chris. En su mirada podía verse que estaba algo dolido—. Y conmigo. Desde que te encontré en aquella habitación apenas me has dirigido la palabra y no me has mirado a los ojos en ningún momento. ¿Y vas a decirme que no estás diferente? —Eva bajó la mirada—. ¿Qué es lo que realmente te pasa, Eva?

—No me pasa nada, Chris —dijo ella de manera cortante—. Deja de preocuparte por mí y —Eva se giró para mirarle—... Deja de pensar en mí, ¿vale? Si lo que quieres es encontrar a una mujer para que esté contigo durante tu vida, búscate a otra... Yo... Yo no soy una buena elección para ello. Te haría daño...

Y antes de que él pudiera replicar lo que ella le acababa de decir, Eva se levantó, recogió su arma, el trapo y el bote limpiador y se metió en la cocina. Una vez allí, ella se sentó y rompió a llorar en silencio mientras trataba de terminar de limpiar la pistola, pero no fue capaz: las lágrimas le nublaban la vista. Finalmente consiguió mantener su llanto un poco bajo control y pudo terminar de limpiar la Magnum. Cuando lo hubo hecho, se acercó al fregadero y se lavó las manos para quitarse la grasa de ellas mientras dejaba que las lágrimas fueran desapareciendo lentamente de sus ojos.

Chris entró en la cocina cuando ella se estaba secando las manos y sintió que la miraba con atención.

—Eva, ¿has llorado? —le preguntó—. ¿Por qué?

Ella no le contestó, dejó el trapo en la encimera y enfundó su arma, dispuesta a salir de la cocina pero Chris la agarró del brazo, impidiendo que siguiera avanzando.

—¿Por qué no me contestas?

Ella se soltó con violencia y le lanzó una mirada fría, dejando claro que no quería hablar con él. Se dio la vuelta y, segundos después, sintió cómo Chris rodeaba su cintura con los brazos y la atraía hacia sí.

—Eva —le dijo en un susurro al lado del oído—. Aunque intentara olvidarte no podría. Para mí eres alguien muy importante, pese a que apenas hace dos meses que nos conocemos. Y aunque me gustaría que si te ocurre algo me lo contaras, si no quieres hacerlo no pasa nada, pero me quisiera que no te alejaras de esa manera de mí. Además, no creo que seas de la clase de mujer que hace daño a los hombres.

 Ella no contestó. Dejó que Chris apartara con cuidado su cabello del cuello y se lo besó. Ella cerró los ojos, olvidando todo por completo. Todo aquello que le preocupaba. La cocina desapareció para ella y sólo estaba con Chris en un lugar donde el espacio y el tiempo no existían. Se giró hacia él y sus rostros quedaron separados por unos escasos centímetros. Chris se acercó un poco más a ella y Eva dudó por un segundo. Lo miró con detenimiento, intentando grabar el rostro de aquel joven en su retina para siempre y, volviendo a derramar algunas lágrimas y se separó de él con suavidad. Chris la miró con una mezcla de dolor e incomprensión.

—Lo siento, Chris —dijo ella, mientras salía de la cocina sin dejar de mirarle—. De verdad que lo siento mucho...

Chris se quedó en el sitio, mirando cómo ella salía de la sala. Estaba aturdido, ¿qué le pasaba? ¿Por qué estaba tan rara? Chris no lo entendía. Parecía muy dolida y él estaba seguro de que ocultaba algo, pero sabía que no debía insistir en aquél tema ya que si lo hacía la cosa podría ponerse peor.

Suspiró y salió detrás de ella y se sentó en el sofá. Miró de reojo a Eva y la vio sentada en una de las butacas con la mirada perdida, parecía estar pensando en algo importante pero Chris se aguantó las ganas de preguntarle nada.

Cuando casi habían pasado las cuatro horas que tenían que cubrir, del dormitorio salieron el resto de sus compañeros.

—Hola —saludó Chris a los recién levantados.

—¿Habéis tenido algún problema durante vuestra guardia? —preguntó Barry.

—No —respondió Chris—, ninguno. Todo ha estado tranquilo.

—¿Incluso el ordenador? —preguntó Lucía, de repente.

—¿El... el ordenador? —dijo Chris, algo desconcertado—. Pues la verdad es que no lo sé. No ha realizado ningún ruido o sonido extraño.

—Usuario —dijo de repente el ordenador—. Hay una señal de video que quiere acceder al sistema pero por el momento la tengo retenida. ¿Qué desea que haga a continuación?

—¿Qué tipo de señal de video es? —preguntó Lucía mientras se sentaba en la silla delante de la gran pantalla.

—Una señal de conferencia.

—Ordenador, espere un momento —dijo Lucía y se volvió hacia ellos—. ¿Queréis que pase la llamada? Podría ser de Umbrella...

—Ordenador —dijo Barry—, ¿puedes identificar la llamada?

—No sé a qué se refiere, usuario —replicó el ordenador—. Por favor, explíqueme lo que desea.

—¿Quién nos intenta llamar? —soltó Eva, de mal humor.

—El emisor se hace llamar Trent —dijo el ordenador tras unos segundos.

—¿Trent? —repitió Eva, pensativa—. ¿Dónde he oído ese nombre...?

—¿Aceptamos la llamada, David? —preguntó Barry a su amigo.

—Sí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Tampoco tenemos muchas opciones...

—Ordenador —dijo Lucía—, pasa esa llamada.

—En seguida, usuario.

En la pantalla del ordenador apareció un hombre de unos cuarenta y tantos años, con el pelo oscuro y que estaba sonriendo.

—Buenas noches —dijo con buen humor.

—¡Tú! —exclamó Eva, levantándose de la silla en cuanto Trent apareció en la pantalla.

—Me alegro de ver que está bien, señorita Black —dijo Trent, con amabilidad—. Es una suerte que encontrara la vacuna contra el T en Zurich.

—Déjese de gilipolleces, Trent —respondió ella fríamente—. ¿Qué es lo que pretende con todo esto?

—¿Lo conoces, Eva? —le preguntó Claire.

—¿Conocerlo? —repitió ella, mirando a la hermana de Chris—. No, claro que no lo conozco. Nadie sabe realmente nada sobre él, pero de algo estoy segura —Eva hizo una pausa— él es el tipo que me presentó a Smith antes de enviarme a Lisboa y creo que es uno de los jefes de la compañía farmacéutica.