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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Eva se giró hacia la puerta con un suspiro, mientras sonreía con ironía. ¡Menuda ingenua estaba hecha! Pero no tenía culpa de todo, el mecanismo se había estropeado y en eso, ella no había tenido nada que ver. Pensó en David. En el susto que se habría llevado al verla desaparecer a través de la pared.

Igual que cuando vio a Rebecca caer por aquel maldito agujero...

Eva sacudió la cabeza para que aquellos pensamientos salieran de su mente y sacó su arma de la funda. Tenía que volver al vestíbulo cuanto antes. No sabía por qué exactamente, pero algo le decía que no tenía mucho tiempo.

Abrió la puerta y, al atravesarla, se quedó inmóvil, observando la sala en la que acababa de entrar.

Parecía una sala médica, pero no parecía tener nada que ver con las que había visto en Lisboa, se parecía más a las salas médicas que había frecuentado en Vancouver, Canadá...

Un peso que hasta aquél momento había estado oculto en el interior de su cuerpo, apareció de repente en su mente. El pulso se le aceleró, comenzó a temblar y sintió que iba a echarse a llorar de un momento a otro. Lo había olvidado por completo. Con lo de Lisboa y lo que había pasado hasta que entró en aquella sala médica lo había olvidado.

—Mierda... —murmuró con dolor y tristeza mientras se apoyaba contra la puerta con aire abatido.

En ese momento sólo podía pensar en Chris y en el daño que aquél olvido podría hacerle. Y en el daño que ella estaba experimentando, un daño que no era físico pero que hacía que le doliera el pecho y el corazón.

No puedes hacer nada, Eva. Así que muévete o matarás a David de un disgusto.

Sabía que aquella vocecita, que era su parte seria y fría, tenía razón. Ya arreglaría cuentas con Chris cuando todo aquello terminase, lo más importante era salir de allí y acabar con Umbrella. Aunque fuese lo último que hiciera...

Atravesó la sala con rapidez y entró en la siguiente habitación en la que se encontró con dos monos de aquellos que los científicos llamaban Eliminadores. Levantó la Magnum y les disparó a la cabeza, de manera que aquellas criaturas se desplomaron en el suelo sin vida. Eva atravesó la sala dando grandes zancadas, intentando pensar en cualquier cosa menos en lo que había recordado al entrar en aquella maldita sala.

Sin darse cuenta, llegó a una habitación. Eva parpadeó un par de veces y la registró con la mirada. No se equivocaba: era una habitación de verdad y que nada tenía que ver con las del resto de la casa. En aquella había una cama con dosel de color rojo y las cortinas recogidas. Un par de estanterías estaban a su izquierda y un escritorio estaba enfrente de la cama, una lámpara en forma de araña de color dorado pendía del techo. El suelo estaba enmoquetado y había varios cuadros colgados en las paredes. Se acercó a la siguiente puerta para salir cuando vio que el picaporte se movía.

 

Chris atravesó el vestíbulo como un rayo y cerró la puerta a su espalda con fuerza, aunque no lo había pretendido. Estaba muy nervioso y preocupado. David había dicho que Eva encontraría la manera de regresar al vestíbulo pero el problema era que no tenían tiempo: sólo disponía de menos de media hora para regresar con ella y llegar hasta el ascensor antes de que la casa bloqueara todos los accesos a la sala B3. Y él no quería que Eva se quedara allí. Sabía que había sido injusto con David al soltarle, casi gritarle, el hecho de que hubiera dejado a Eva a su suerte. El hombre no tenía culpa de nada y sólo había que mirarlo para ver que realmente se sentía culpable.

Ya me disculparé con él cuando regrese con Eva.

Oyó varios disparos hacia su derecha y se quedó quieto en medio del largo pasillo, intentando localizar el lugar exacto del que procedían aunque no tuvo mucha suerte en ello. Se dirigió a la puerta que tenía a su derecha, la única en aquella dirección, y llegó a la siguiente sala, otra pequeña habitación en la que tan sólo había un camastro deshecho y un par de muebles sin mayor interés para él, que no estaba registrando la casa para encontrar pruebas.

Salió de allí y entró en una habitación que realmente le sorprendió. Había una cama con dosel de color rojo y parecía ser, realmente, la habitación de alguien importante. Dio unos pasos hasta quedar en el centro de la misma, mirando a su alrededor por si alguna amenaza habitaba allí, por lo que dio un bote cuando una voz habló a su espalda:

—¿Chris?

Él se volvió y vio que, de detrás de la cama, salía Eva con el arma casi abajo del todo. Chris sintió que sus preocupaciones lo abandonaban mientras la veía acercarse a él con paso titubeante.

Chris se acercó a ella, guardando el arma, y la abrazó. Ella tardó un poco en reaccionar a aquel gesto y cuando lo devolvió no parecía muy convencida de aquello. Él se separó de ella y la miró a los ojos. Tenía una extraña mirada que no le gustó, ¿habría pasado por algo?

—¿Estás bien? —le preguntó, algo desconcertado por su reacción al abrazo y por su mirada.

—Sí —dijo ella secamente, asintiendo con la cabeza—, sí estoy bien. Pero, ¿qué haces aquí?

—¿Que qué hago aquí? —repitió él, sonriendo con incredulidad—. ¡He venido a buscarte!

—¿Por qué?

—Porque no quería que te perdieras y no pudieras entrar en el ascensor con nosotros —respondió él—. Lo que me recuerda que debemos movernos ya.

Y diciendo esto la agarró del brazo y tiró de ella con suavidad, llevándola por las habitaciones que había atravesado hasta encontrarla. Ella se soltó de su brazo con un poco de brusquedad y él la miró con extrañeza mientras corrían por una de las habitaciones. Iba  a preguntarle qué era lo que le ocurría cuando ella habló:

—¿Puedes decirme qué es eso del ascensor?

—Tenemos que llegar a una sala que está en los sótanos de la casa para poder salir de aquí —le fue explicando mientras atravesaban el pasillo antes de llegar al vestíbulo—. Ha habido un escape y la casa tiene un sistema de seguridad que bloquea las salidas y entradas a todo este complejo. La sala B3 es la única salida que tenemos ahora.

—¿Y eso por qué?

—Pues porque es el único lugar a prueba de escapes virales y —Chris se detuvo antes de abrir la puerta que daba al vestíbulo y la miró con atención— porque a través de esa sala podemos salir de aquí ya que las puertas de la casa están cerradas.

Llegaron al vestíbulo y se lo encontraron vacío. Chris miró a todos los sitios, bajó las escaleras de dos en dos y se encaminó hacia una de las puertas que estaban detrás de la gran escalera, con Eva pisándole los talones.

—¿Dónde están todos? —le preguntó.

—Supongo que en la sala azul —respondió él y, antes de que ella pudiera preguntar que era aquella sala, continuó hablando—: la sala azul es donde está el ascensor que nos llevará a los laboratorios.

Bajaban ahora por la escalera que hasta hacía bien poco Carlos y él habían subido tras escapar de aquella maldita planta y, cuando giró en la abrupta esquina, se detuvo en seco. Varias personas lo estaban apuntando con sus armas, pero las bajaron al ver que era él.

—¿Y Eva? —le preguntó David.

Antes de que Chris pudiera responderle, Eva llegó corriendo por las escaleras y tropezó con él de manera que casi se caen los dos al suelo. David avanzó hasta ella y la miró a los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió ella, con una seudo sonrisa.

—Pues será mejor que nos vayamos ya —dijo Barry, mientras pasaba una tarjeta de color verde por un lector y las puertas del ascensor se abrían de par en par—, porque nos quedan menos de quince minutos para que se cierre toda esta mierda.

Entraron en el ascensor, tan grande cómo para que veinte personas entraran en él, y comenzaron a bajar hacia lo desconocido, deseando que aquella sala estuviera cerca o, por lo menos, no estuviera escondida de manera casi enfermiza.

 

Chris miraba a Eva. Estaba rara, tenía la mirada ausente y casi perdida, parecía estar pensando en algo importante y parecía abatida. Chris tuvo la impresión de que se había encontrado con algo mientras buscaba el vestíbulo. De pronto, su mirada se cruzó con la de ella y, durante las milésimas de segundo que duró aquel contacto, le pareció que estaba triste. Muy triste. Pero no estaba seguro de ello puesto que Eva apartó la mirada en seguida, como si tuviera miedo de decirle algo o, simplemente, de mirarlo. Decidió acercarse a ella para poder hablar pero sonó un leve tintineo y Eva salió por las puertas que aún se estaban abriendo.

—Atención. Quedan diez minutos para el cierre definitivo de las instalaciones. Por favor, diríjanse al área B3.

Todos dieron un respingo cuando aquella fría y sensual voz de mujer habló por los altavoces. Todos salieron detrás de Eva, quien estaba mirando con atención mientras murmuraba algo para sí misma sin pronunciar palabra. Chris se volvió hacia ella, deteniendo su carrera hacia ningún sitio, buscando el pasillo que llevase a la maldita sala B3.

—¡Eva! —le gritó—. ¿Qué haces? ¡Vamos!

Ella se demoró unos segundos más y los siguió por aquel largo pasillo, adelantándolos a todos y poniéndose en cabeza. Giró a la izquierda bruscamente mientras que les gritaba:

—¡Por aquí!

Ellos la siguieron un poco desconcertados.

—Oye, ¿por qué por la izquierda? —le preguntó Jill.

—Por que es lo que ponía ese mapa —le respondió ella con simpleza.

Giró de nuevo pero esta vez hacia la derecha dos veces y, finalmente a la izquierda de nuevo. La voz fría volvió a hablar:

—Quedan cuarenta segundos para el cierre definitivo de las instalaciones.

Al final del pasillo se podía distinguir una puerta metálica con una gran letra B y el número tres pintadas en ella en un color rojo sangre. León aceleró el paso mientras buscaba algo en su chaleco; segundos después sacaba una extraña llave y la introducía en una cerradura. La puerta se abrió y todos ellos entraron en tromba por ella mientras León sacaba la llave, se la guardaba y entraba con el resto al tiempo que aquella voz femenina terminaba la cuenta atrás:

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno... Cuenta atrás completada. Iniciando cierre de instalaciones.

Dicho aquello, la puerta por la que León acababa de entrar, se cerró y un sonido sordo les indicó que la puerta se había sellado. Se oyó otro sonido parecido en algún punto de la sala en la que estaban y todos se volvieron para ver que había otra puerta con un cartel de color verde con la palabra SALIDA en inglés.

Mientras recuperaban el aliento se pusieron a observar la sala en la que habían entrado. Tenía forma cuadrada, de unos diez metros de ancho y de largo. Había un sofá de cuatro plazas, dos butacas y algo que parecía un ordenador con una pantalla de unas cuarenta pulgadas. También había cuatro puertas más y estaban abiertas.

Eva se dirigió hacia una de ellas, mientras que Barry, Jill y León se acercaban al resto. Unos segundos después salían con las armas bajadas y diciendo que allí no había nadie. David se acercó a la puerta de salida e intentó abrirla, pero sus intentos no dieron resultado: estaba firmemente cerrada.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Óscar, se notaba que estaba algo nervioso y preocupado.

Nadie le respondió. Lucía miró el ordenador y se dirigió hacia él, buscando el modo de encenderlo. El aparato hizo un ligero ruido al encenderse y la pantalla se encendió con un parpadeo. Una voz sonó en los altavoces:

—Ordenador informando a usuario. Se ha producido un nuevo escape viral en las instalaciones y se ha procedido al cierre del área B3 por seguridad.

—¿Qué ha querido decir con eso? —preguntó John.

—Está bastante claro, John —dijo Eva. Su tono de voz decía claramente que estaba algo irritada—. Que no vamos a poder salir de aquí en un tiempo.

John la miró con extrañeza. Aquella manera de hablar no era propia de su compañera, nunca lo había sido. Pero estaba actuando de una manera muy extraña y poco habitual en ella desde que Chris la había encontrado. ¿Le habría pasado algo?

—Ordenador —dijo Lucía, hablando al aire—. ¿Cuánto tiempo deberá durar el encierro? —todos la miraron con curiosidad y ella se encogió de hombros—. El ordenador tiene micrófonos ambientales, y también tiene una voz programada para respuestas simples.

—Las barreras se levantarán en doce horas a partir de hace diez minutos —informó el ordenador—. Procedo a ajustar el cronómetro a once horas y cuarenta y ocho minutos para que se abran las barreras.

En la pantalla del ordenador apareció un cronómetro con unos números en él que iban descendiendo a medida que pasaban los segundos. Lucía se volvió hacia ellos, con una mirada interrogativa en ella, esperando que alguien dijera algo mientras observaba a sus compañeros.

Todos tenían miradas pensativas pero fue Barry quien habló:

—No nos queda otra que esperar a que se levanten las barreras —luego miró a Lucía—. ¿Puedo hablar con el ordenador?

—Claro —respondió ella—. No hay ningún problema.

—Ordenador —dijo Barry, no muy seguro de hacia donde dirigirse—, ¿sabes algo sobre un bombardeo?

El ordenador tardó unos segundos en responder. Cuando ya creían que no los iba a contestar, el ordenador habló, sobresaltándolos a todos:

—Está previsto para pasado mañana a las cinco de la mañana.

—¿Nos afectará? —preguntó Rebecca.

—No —respondió el ordenador—. Dispondrán de un margen de seis horas para ponerse a salvo.

Todos respiraron profundamente, claramente aliviados por la noticia. Lucía se volvió a girar y se puso a teclear con rapidez mientras hablaba:

—Voy a ver si encuentro algo para que podáis acusar a esta maldita compañía y acabar con ella de una vez...

Todos se miraron sin saber qué hacer. Finalmente, John con su buen humor, rompió el silencio en el que tan sólo se oía el repiquetear de las teclas del ordenador:

—No sé vosotros, pero yo me muero de hambre. Voy a ver si en al nevera de este sitio hay un toro o algo por el estilo...

Todos lo siguieron, corroborando que todos ellos estaban tan hambrientos como él. Óscar se acercó a Lucía.

—¿Quieres que te traiga algo de comer? —le preguntó.

Ella dejó de escribir y levantó la vista de la gran pantalla que tenía delante para mirarlo. En aquél momento le pareció muy tierno por parte de él y, por ello, le sonrió.

—No te preocupes por mí —le dijo—. Ahora mismo no me apetece comer nada.

—¿Seguro? —le preguntó él, de nuevo.

—Sí —respondió ella—. Tengo que saltarme un montón de cortafuegos y otros tantos sistemas de seguridad. Te aseguro que mi apetito regresará, pero después de haber desbaratado todo este tinglado...

Él sonrió y se fue hacia la cocina, con el resto, mientras Lucía reanudaba su tecleo rápido y constante.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó Claire.

—Creo que, aunque no haya nadie aquí, sería prudente que dos de nosotros se turnaran para hacer una guardia de unas cuatro o cinco horas —dijo David, pensativo—. Como ya he dicho, es sólo por precaución, pero por algún fallo en el sistema las puertas podrían abrirse o alguien podría sabotearlas para entrar... Cualquier cosa podría pasar en una instalación de Umbrella.

—Estoy de acuerdo contigo, David —dijo Barry, mientras asentía con la cabeza—. En estos sitios no se puede fiar uno ni de su sombra...

—¿Quién hará la primera ronda? —preguntó Óscar.

—Yo haré la primera ronda —dijo David, volviéndose hacia él—. Lucía y tú no tendréis que hacerlas: no tenéis experiencia en esto.

Óscar asintió, claramente aliviado por aquella respuesta. Rebecca miró a David unos segundos y, finalmente, habló:

—Yo haré la guardia con David —él la miró con sorpresa—. Quiero ver el material médico de la enfermería.

—Pues entonces, está decidido, ¿no? —dijo Carlos.

David y Barry asintieron. Eva se levantó y comenzó a trastear en la cocina, sacando una sartén y aceite de uno de los armarios.

—Eva, ¿qué vas a hacer? —le preguntó Jill.

—La cena —respondió ella, sin mirarla—. Haré algo sencillo y que no me de mucho trabajo: estoy cansada.

Tras unos minutos, todos cenaron con ganas lo que Eva había cocinado y, sin mayores preámbulos, se levantaron para irse a dormir cuando Lucía entró en la cocina con un par de cajas de discos en las manos. Parecía contenta.

—¡Oíd! —dijo—. He grabado todo lo que había en ese ordenador. Datos de las pruebas, grabaciones, nombres de los científicos y demás. Espero que con ello podáis derribar a esa empresa y hacer lo que tengáis que hacer con este tipo de cosas —hizo una pausa para recuperar el aliento puesto que había hablado sin hacer ni una sola pausa—. ¿Qué es eso que huele tan bien? ¿Queda algo para mí? Por que tengo un hambre de lobo...

Mientras todos salían de allí riéndose, Lucía se quedó comiendo algo acompañada por Óscar, con quien hablaba en un rápido castellano. Rebecca se dirigió hacia la enfermería por si podía sacar provecho de las medicinas que había allí, mientras David se quedaba sentado en una de las butacas que había en la sala en la que entraron. El resto del grupo se dirigió hacia el dormitorio, donde apenas sus cuerpos estuvieron tumbados en las camas, se quedaron profundamente dormidos.