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Resident Evil: El Área B3

Chapter Text

Billy iniciaba la marcha por el largo pasillo que habían dejado atrás y por el despacho en el que acababan de entrar. Parecía que en aquella maldita casa sólo había despachos y pasillos, ¿no podía haber una habitación, un baño o cualquier otra cosa que diera la impresión de estar en una casa normal? Billy no pensaba que eso fuera posible y menos si la casa era de Umbrella pero, la verdad, es que aquel lugar le estaba poniendo malo con tanto pasillo. Parecía un hormiguero...

En la sala no encontraron nada más que papeles y más papeles con nombres de sustancias y las cantidades que fueron administradas a ciertos pacientes. A Billy se le revolvieron las tripas al verlo, no aguantaba que la gente fuera tratada de esa manera, ni siquiera estaba a favor de que probaran los productos en animales. Así era él, un tío comprometido con la defensa de los animales que ahora luchaba contra una multinacional de dudosas intenciones morales.

Salieron del despacho y entraron en la siguiente sala, Billy se detuvo en seco. Barry se lo quedó mirando, un poco extrañado.

—¿Estás bien, Billy? —le preguntó.

Billy no respondió. Simplemente se quedó mirando la sala, recordando de manera irremediable todo lo que le pasó en el edificio de reclutamiento que Umbrella tenía en las montañas Arklay. Era igualita a la habitación que encontraron en el techo de otra sala mayor. Donde había vuelto a salvar a Rebecca de un mono de aquellos.

—Billy, ¿estás bien? —esta vez la voz de Barry sonó preocupada.

—¿Eh? —preguntó Billy, como si volviera a la realidad de repente—. Sí, sí estoy bien. Es sólo que... Que me ha recordado a una de la salas del edificio de reclutamiento en el que Rebecca y yo estuvimos.

Barry no dijo nada, simplemente le dio una palmada en la espalda para darle apoyo y se dispuso a registrar aquella habitación que tan malos recuerdos le traían a su compañero mientras éste se recuperaba. La verdad es que no encontró gran cosa así que salieron de allí y entraron en una habitación tan pequeña, que apenas entraban un camastro, una pequeña mesilla de noche con una lámpara y una mesa escritorio con un jarrón rojo con flores marchitas. No había más que verla para saber que allí no iban a encontrar nada, se dieron la vuelta para salir de allí cuando Barry se detuvo, mirando una de las paredes de la pequeña sala. Se acercó a ella y la golpeó en varios puntos hasta que sonó hueco. Entonces la recorrió con los dedos buscando alguna ranura o algo.

—¿Has encontrado algo? —le preguntó Barry.

—Mira ese florero —le dijo Billy.

Barry miró el jarrón que su compañero le indicaba y vio que se movía, como si alguien le estuviera soplado con suavidad. Y comprendió lo que Billy le quería decir: allí había un pasadizo secreto.

De repente, un panel de madera se elevó hacia el techo dejando un largo pasillo de laboratorio iluminado con fluorescentes que estaban dentro de huecos en la propia pared. Barry miró a Billy y este asintió. Entraron en el pasillo con las armas en alto y todos los sentidos alerta por si había alguna amenaza allí. Al llegar al final vieron que había unas escaleras que descendían hacia el interior de la mansión. A Barry aquello no le estaba gustando nada. Le daba la sensación de que aquella casa era igual que la mansión Spencer, quizá no con el mismo trazado de planos, pero sí en cuanto a que .seguramente, también habría más por ver bajo ella. Ya sabían que había más debajo de la propia casa por el papel que Billy había encontrado y por lo que aquél hombre moribundo le había dicho a Chris antes de morir. Pero Barry sólo tenía un pensamiento en la cabeza: encontrar aquella llave y rezar para que el resto del grupo llegara a tiempo.

Una puerta que tenían delante se abrió en cuanto se acercaron y ellos, tras dudar un segundo, entraron. Apenas pusieron un pie al otro lado unas barreras de cristal los rodearon y una alarma resonó en sus oídos y unas luces de color rojo parpadearon en todo el pasillo.

 

 

—Eva, me gustaría hablar contigo, si no te importa.

Eva se volvió y vio a Jill mirándola con una expresión que le decía claramente que necesitaba hablar con ella. Asintió con la cabeza y abandonó la compañía de John para acercarse a ella, en la retaguardia del pequeño grupo.

—¿De qué se trata? —le preguntó cuando hubo llegado a su altura.

Jill dudó unos segundos y, finalmente, habló:

—Es sobre Chris.

Eva la miró con sorpresa. ¿Por qué Jill querría hablar con ella de Chris? Ella creía que a la joven de los STARS de Raccoon se sentía atraída por Carlos, no por Chris. ¿Acaso había cambiado de opinión, así de repente? Eva no lo creía. Quizá hubiera habido algo entre ellos antes de que Carlos apareciera en la vida de Jill... No lo sabía, pero estaba segura de que se iba a enterar en breve.

Deja de divagar ya, Eva...

—¿Qué pasa con él? —le preguntó Eva, sin dejar de ser cortés.

—Verás —comenzó a decir Jill. Parecía algo nerviosa—. Cuando llegué a Raccoon, no conocía a nadie y Chris se preocupó por hacerme sentir como si hubiera pertenecido al equipo desde siempre y durante el tiempo que estuve allí, creí sentir algo por él, algo que parecía ser correspondido. Pero, cuando estaba en la ciudad de Raccoon y me encontré a Carlos comencé a dudar. Él me salvó la vida y era... Bueno, es un buen hombre. Encantador y siempre dispuesto a ayudar al que tenga problemas —dijo Jill, sonriendo—. Entonces supe qué él me gustaba más que Chris. Pero, no sé si Chris sigue sintiendo algo por mi o tú has ocupado mi lugar en su mente y su corazón.

Eva sonrió interiormente. Ahora comprendía el porqué de que Jill quisiera hablar con ella en ese momento.

—Lo que te preocupa es el que si empiezas una relación con Carlos, Chris podría sentirse dolido —dijo Eva—, ¿es un bien resumen?

—Sí —asintió Jill—. Me gustaría empezar algo con Carlos, pero sin saber si Chris sigue o no sintiendo algo por mí... Me haría sentir culpable.

—No estoy muy segura —comenzó a decir Eva—, y, por supuesto, no puedo hablar en nombre de él, pero creo que Chris ya no siente nada por ti, al menos, eso me parece puesto que, como he dicho, no estoy muy segura.

—¿En qué te basas para pensar en eso?

—Creo saber bastante sobre los hombres como para saberlo —dijo Eva, sonriendo—. De todas formas, creo que con quien deberías hablarlo es con él, no conmigo.

Jill asintió, y Eva pudo ver que estaba algo más aliviada con lo que le acababa de contar. A veces hablar es una gran ayuda. Miró su reloj y vio que casi había pasado una hora desde que Carlos había contactado con ellos. Quizá deberían coger un coche y hacerle un puente para poder salir de allí más deprisa, el problema era encontrar uno. Giró en redondo, buscando un vehículo y, aparcado en un garaje vio un todo terreno que, aparentemente, estaba en buenas condiciones.

No me lo puedo creer... ¿Cómo podemos tener tanta suerte?

—David —el aludido se volvió cuando Eva lo llamó—. ¿Tomamos un taxi?

David no entendió lo que Eva había dicho hasta que la vio señalando el vehículo con la cabeza, medio sonriendo. Asintió con la cabeza y ambos se acercaron al vehículo mientras David indicaba al resto que se quedaran donde estaban. Eva y él se acercaron al vehículo, comprobando que no hubiera ningún zombi ni ninguna otra amenaza; Eva probó a abrir el vehículo y, para su sorpresa, vio que no estaba cerrado. David abrió la puerta del conductor y apuntó con la Beretta el interior al mismo tiempo que su compañera. Eva abrió la puerta trasera y apuntó dentro. Vacío también. David abrió la puerta del maletero y comprobó que no había nada. Bajó el arma y llamó a los demás, que se acercaron a ellos con rapidez.

—Sé que es una pregunta tonta, pero —comenzó a decir Óscar—, ¿tiene las llaves puestas?

—Y si no las tiene —dijo Lucía, sonriendo con maldad—, le hacemos un puente.

—Y yo que creía que eras una niña buena —dijo John, riéndose.

David se acercó al volante del coche y vio que, para su frustración, no tenía las llaves puestas. Se giró hacia el resto, negando con la cabeza.

—No hay llaves —les dijo—. No nos queda otra que seguir andando hasta la mansión...

—¿Y por qué no le hacemos un puente? —preguntó Lucía.

—Si alguno de vosotros sabe —dijo él—, que lo haga. Yo no tengo ni idea de cómo se hacen...

Miró al resto y vio que unos se encogían de hombros y otros negaban con la cabeza.

—Madre mía —dijo Lucía, acercándose al coche por la puerta del conductor—. Se supone que sois lo mejorcito de la policía estadounidense, ¿y ni siquiera sabéis hacer un puente a un coche? Voy a necesitar que alguien me ilumine con una linterna.

—Pero, ¿en realidad sabes hacer un puente a un coche? —preguntó John, sorprendido.

—Pues claro —respondió ella, mientras echaba el asiento del conductor hacia atrás para que Óscar la iluminara con una linterna—. ¿Creías que bromeaba con ello?

—¡Pues claro! —exclamó John con una sonrisa—. Lo que menos me espero es que una chiquilla sepa cómo hacer un puente a un coche...

—Tengo un primo que es mecánico —dijo Lucía, trasteando en el panel que estaba debajo del volante y del que salían algunos cables—. Y un día le pedí, por curiosidad, que me enseñara a hacerle un puente a un coche. Lo había visto en las películas y —el motor se arrancó y Lucía salió de debajo del volante— me pareció gracioso aprender algo así... Nunca pensé que me valdría para algo.

David se sentó en el asiento del conductor mientras el resto ocupaba los asientos traseros. Lucía y Óscar se sentaron en el maletero puesto que no entraban todos en el habitáculo. Óscar estaba muy sorprendido, nunca pensó que vería a una mujer haciendo un puente; ya se había dado cuenta de que Lucía era diferente al resto de las chicas a las que estaba acostumbrado y eso le atraía. Y de una manera que casi le asustaba. Creía que le gustaba Sara, pero lo que sentía por Lucía era diferente.

—Lo que has hecho ha sido alucinante —le dijo, mientras David daba marcha atrás y salía de la casa para encaminarse a la mansión situada en lo alto de la colina—. Nunca hubiera pensado que supieras hacer puentes, estoy sorprendido. Eres diferente a todas las chicas que he conocido.

—Vaya, gracias —dijo Lucía, sonrojándose un poco. Luego sonrió—. Si... Cuando salgamos de esta te enseñaré a hacerlos.

David continuó conduciendo mientras buscaba una carretera que llevara hasta la mansión. Finalmente y con una indicación de Eva, la encontró y se encaminaron hacia ella.

—Espero que no nos ataque nada por el camino —dijo Eva a David medio divertida, mientras la mansión se acercaba a ellos—. Sería cojonudo que ahora que casi hemos llegado tengamos que pelearnos con alguna criatura rara de Umbrella...

—Estoy de acuerdo contigo —dijo David.

Sin mayores problemas llegaron delante de la gran mansión. David aparcó el todo terreno delante de la puerta principal de la casa y, sin saber cómo lo hizo, el motor del coche se apagó. David lo miró con curiosidad y, por fin, le quitó importancia, encaminándose hacia las puertas principales. Las abrió y todos entraron dentro y, cuando entró Eva que era la última, las puertas se bloquearon y no las pudieron abrir.

—Genial —dijo Rebecca—. ¿Qué hacemos, David?

Él se encogió de hombros. No sabía qué era lo que podían hacer.

—¿Y si damos una vuelta por ahí? —preguntó Eva, mirando a su alrededor—. Quizá encontremos a algún miembro de nuestro equipo.

David lo meditó. Era una posibilidad pero no quería exponer a más riesgos a Óscar y Lucía... Y tampoco a Rebecca. Suspiró y, mirando a todos los que estaban allí, frente a él, habló:

—Vamos a ir a dar una vuelta por  la mansión —dijo con voz tranquila—. Puede que, como dice Eva, nos encontremos con alguien del otro equipo. Jill, John, vosotros iréis por allí —dijo mientras señalaba  una puerta a un extremo del gran vestíbulo—. Eva y yo iremos por aquella otra. Sólo un registro para buscar personas, nada de registrar mesas, estanterías y demás, ¿de acuerdo? Media hora, treinta y cinco minutos a más tardar, y os quiero de vuelta aquí.

—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó Rebecca.

—Vosotros os quedáis aquí —dijo David, con firmeza.

—Pero, ¿por qué no podemos ir? —Rebecca parecía estar algo indignada—. No pienso quedarme aquí de brazos cruzados mientras...

—No discutas conmigo, Rebecca. ¿Qué pasa si regresa alguno del otro grupo? ¿Cómo sabrá que estamos aquí? —le dijo David, interrumpiéndola—. Si nos largamos todos a registrar la casa y si ellos, por algún causal, regresan aquí, al menos no estarán preocupados por lo que nos pueda haber pasado. Además, seguro que saben por qué no podemos salir de la casa...

Rebecca hizo un ademán de protestar, pero una mirada de David le hizo comprender que no iba a seguir discutiendo con ella por aquello. Asintió con una mirada que decía claramente que no estaba de acuerdo con lo que David acababa de decir y los vio salir de allí mientras ella se quedaba con Lucía y Óscar en el vestíbulo. Sabía que David, entre otras cosas, quería protegerla y aunque siempre le había fastidiado aquél tipo de actitud, en el caso de David le parecía tierno, pese a que aquello no disculpaba el querer que se quedaran allí, sin hacer nada. Rebecca suspiró y miró a su alrededor.

Desde luego es igual que el de la mansión Spencer... Pensó Rebecca con amargura.

Miro a sus dos compañeros y les sonrió.

—No os preocupéis —les dijo—. Saldremos de aquí vivos. Os lo aseguro.

Apenas terminó de hablar, la puerta que estaba más a la derecha se abrió y ella y los dos jóvenes levantaron las armas, apuntando hacia lo que pudiera aparecer por aquella puerta.

 

El suelo se abrió debajo de ellos y la oscuridad los rodeó por completo cuando aterrizaron sobre algo blando, húmedo y que se movía, además de un fuerte olor a fruta podrida que a Chris le resultaba conocido, demasiado conocido. A Chris no le gustó esto último por lo que encendió la linterna para ver qué era aquello sobre lo que habían aterrizado. Sólo pudo ver algo verde moviéndose hacia él y hacia Carlos, a quien estaba ya estrangulando. Tan rápido como pudo, Chris sacó su cuchillo y comenzó a cortar aquella soga verde que intentaba acabar con la vida de su compañero al presionar su garganta con fuerza. Finalmente consiguió cortar aquella viscosa cuerda que aprisionaba el cuello de Carlos, que apenas estuvo libre de aquello se puso a aspirar grandes bocanadas de aire, pero no tuvo mucho tiempo para reponerse de su falta de aire: un gruñido gutural se oyó a su izquierda y Chris comprendió enseguida que aquel gruñido procedía del Tirano que había caído con ellos. Agarrando el brazo de Carlos y tirando de él, Chris avanzó a trompicones por encima de aquellas malditas cuerdas verdes que estaban por el suelo y que se movían, mientras que el fuerte olor a fruta podrida que impregnaba todo aquello se iba haciendo menos fuerte. Notó que aquellas cuerdas viscosas se movieron de repente muy deprisa y se preparó para lo peor pero, para su sorpresa, aquello no les atacó, sino que fue directo a por el Tirano. Entonces la linterna de Chris iluminó una puerta y sin dudarlo se lanzó hacia ella, rezando por que estuviera abierta mientras hacía girar el pomo y la empujaba para intentar abrirla. Pero no se abrió, simplemente se movió un poco; Chris volvió a empujarla con más fuerza y, por fin, la puerta cedió y él metió dentro a Carlos de un empujón mientras iluminaba la sala que abandonaban por si había rastro del Tirano pero lo que vio le dijo que aquel monstruo no los volvería a molestar.

Su linterna estaba iluminando una cosa parecida a la planta que Rebecca y él se encontraron en el cobertizo de la mansión Spencer, solo que esta tenía un tamaño algo mayor pero claramente menor que el de la planta 42 y estaba estrangulando al Tirano mientras lo intentaba introducir en una especie de boca que tenía en algo que le pareció un capullo de una flor de un color rosa chillón. Asqueado por la escena, Chris entró por la puerta y la cerró a su espalda, iluminando la pequeña sala en la que Carlos estaba tratando de recuperar el aliento.

—¿Estás bien? —le preguntó a Carlos.

—Sí —respondió el interpelado, entre jadeos aún—, eso creo. ¿Qué demonios ha pasado?

—El suelo se rompió bajo nuestros pies y caímos sobre una planta mutada por el Virus-T —explicó Chris, mientras buscaba el interruptor de las luces. Los fluorescentes del techo parpadearon antes de quedarse fijos cuando pulsó el interruptor que los encendía—. El Tirano no nos dará más problemas. No ese al menos. La planta habrá dado cuenta de él —miró a su compañero antes de continuar hablando—. Podemos descansar un poco si lo necesitas.

—No, estoy bien —dijo Carlos, mientras se levantaba del suelo y sacaba su arma—. Cuanto antes encontremos lo que necesitamos, mejor.

Chris asintió y se dirigió hacia la puerta que tenía a la derecha, abriéndola mientras apuntaba con la pistola su interior. Pero, para su asombro, estaba oscuro como la boca del lobo. Chris miró a Carlos y éste se encogió de hombros mientras encendía la linterna. Chris suspiró e, imitando a su compañero, se internó en aquella oscuridad.

Durante un largo rato y un gran trecho recorrido de aquel pasillo, Chris y Carlos estuvieron a oscuras hasta que, de repente, vieron una rendija de la que salía luz.

—Chris —susurró Carlos, señalando la rendija de la puerta—. Mira eso.

Chris ya lo había visto y, sin más demora, abrió la puerta mientras Carlos apuntó a lo que pudiera haber en su interior. Estaba vacía. Sólo había un par de mesas y otra puerta pero, por lo demás, no había nada. Entraron dentro y registraron las mesas pero no hallaron nada útil. Salieron de allí y esperando encontrar otro pasillo, ya habitual en aquella casa, entraron en una habitación empapelada en azul. Había una mesa y algunas estanterías, pero lo que más les llamó la atención fue el ascensor.

—¡No me lo creo! —dijo Chris, casi en un susurro—. Hemos encontrado el ascensor casi de chiripa.

—Estoy de acuerdo contigo...

Se acercaron a él y se aseguraron de que era el ascensor. Un cartel a su lado se lo confirmó: ASCENSOR HACIA LOS LABORATORIOS. SÓLO PERSONAL AUTORIZADO. No necesitaron leer más. Buscaron la puerta para salir de allí y vieron un hueco del que salían unas escaleras que apenas comenzaban, giraban bruscamente hacia la izquierda. Subieron por ellas y salieron a otra sala colindante al vestíbulo donde, para su sorpresa, se encontraron con Rebecca, quien estaba acompañada por dos jóvenes que no conocían.