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Resident Evil: El Área B3

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Billy abrió la puerta y entró en el angosto y ominoso pasillo que se abría delante de él. El pasillo tenía forma de L y giraba a la derecha, donde al fondo había una puerta. Billy se acercó a ella, comprobó su arma y entró en la siguiente sala, pensando en lo bien que estaría ahora tomando un whisky sentado en su sofá favorito y viendo la televisión.

A Billy no le dio tiempo a mirar cómo era la habitación en la que había entrado, un par de monos aparecieron delante de él y que, en cuanto le vieron, se lanzaron para matarlo. Billy levantó el arma y disparó. El primer mono cayó cuando recibió siete balas, el segundo se resistió un poco más pero, finalmente, caía al suelo agonizando.

A Billy aquel encuentro con los monos le recordó el incidente del tren y de aquella instalación de Umbrella, en las montañas Arklay, donde había conocido a Rebecca. También recordó cómo había corrido para evitar que Rebecca se cayera por un pozo tan profundo que no se veía el fondo. Había llegado por los pelos, si se hubiera entretenido con el mono que se le había puesto delante y al que había asado por encima de un salto, la joven habría caído al vacío.

Miró perezosamente la sala en la que había entrado. Tenía una forma rectangular pero era pequeña, apenas había una mesa y un par de sillas. Al registrar la mesa no vio nada importante y salió de allí por la puerta que estaba justo enfrente de la que había entrado. Al cerrar la puerta se dio cuenta de que estaba en un despacho, la mesa y una butacón forrado de cuero negro le dio la ligera idea de que el dueño de todo lo que estaba allí, era alguien importante.

Se puso a registrar la mesa y se encontró con un cajón que estaba cerrado con llave. No lo pensó demasiado y le pegó un tiro, la cerradura saltó en pedazos. Sólo esperaba que no hubiera nada de valor en el interior. Por suerte para él, sólo había unos pocos papeles que se puso a leer.

 

INTRUCCIONES DE ACTUACIÓN EN CASO DE UN ESCAPE VIRAL

Si por algún accidente se escapa el virus en el laboratorio y se extiende por él y por la mansión, se activará, de forma automática, el cierre de seguridad de toda la instalación y de la zona del laboratorio subterráneo.

Este sistema de seguridad entrará en funcionamiento en cuanto detecte el escape. Si dicho escape no es controlado, a los cuatro días a partir de su detección, las puertas de la casa y del laboratorio se cerrarán de manera indefinida hasta que el equipo de limpieza llegue al lugar.

En caso de estar en el laboratorio cuando suceda dicho escape, el personal deberá dirigirse al área B3, donde se descontaminará a aquellos que entren y donde estarán a salvo del escape debido a que dicha zona está preparada para que ningún virus, del tipo que sea, entre en su interior.

La zona B3 está compuesta por cinco salas: descanso, enfermería, cocina, baño y dormitorio. La despensa tiene una reserva para un año y el agua y el aire vienen de conducciones ajenas al del resto de la instalación, por lo que no hay riesgo de infección.

Para acceder al laboratorio se debe tomar el ascensor de la habitación con el papel de la pared de color azul que está en la planta baja de la mansión. Para poder utilizar el ascensor es necesaria la utilización de una tarjeta de científico (las de color verde), pero para entrar en la sala zona B3 es necesaria la llave que guarda el supervisor, esa llave es especial debido a su diseño. Sin ella, no sólo no se podrá entrar en su interior, sino que, además, no se podrá salir de la instalación por el pasillo al helipuerto.

 

Billy se quedó mirando el papel sin leer nada. Si aquello era cierto, estaban en un buen lío. Tenían que llegar a aquella sala para poder estar seguros de no contagiarse por cualquier tipo de virus. Pero para ello, debían encontrar aquella llave. Registró la sala más a fondo y sólo encontró algunos cargadores para un revólver. Billy pensó en dárselos a Barry cuando lo viera de nuevo. Con la munición y aquel papel de tan mal agüero, deshizo todo el camino y regresó al vestíbulo.

 

 

Barry abrió la puerta y se encontró con un largo y frío pasillo. Al verlo, Barry bufó. Le recordaba a los fríos pasillos en los que encontró a Chris y Rebecca cuando se enfrentaron a aquella demoníaca serpiente para conseguir aquella pieza para poder acceder al laboratorio de la mansión Spencer. Cerró la puerta y avanzó por él, encontrándose con un par de zombis que eliminó sin problemas. Giró a la izquierda y se topó con una puerta a su derecha, pero el pasillo seguía hasta terminar en otra puerta. Recargó el arma y entró en la habitación que tenía delante. Para su sorpresa, resultó ser una habitación, con una cama y una estantería, además de una mesa con una silla. Se acercó a la mesa y la registró. En ella no había nada, salvo una foto de un hombre con gafas que dedujo que era el dueño de la habitación. Abrió los cajones y encontró unas medicinas que se guardó en la mochila. Podrían ser útiles si resultan heridos. Revisó la estancia y no encontró nada útil allí, por lo que decidió salir al pasillo y dirigirse a la puerta que había al final.

Una vez allí, la abrió y entró en una pequeña oficina en la que había un zombi. Barry lo despachó con dos tiros de su Colt y se dispuso a registrar la estancia donde encontró una llave que se guardó en el chaleco de kevlar. Giró en redondo y se dio cuenta de la habitación tenía un balcón. Se acercó a él y abrió los ventanales. Salió fuera y respiró el aire nocturno con ganas. Al girar para revisar el balcón vio un cadáver allí, parecía que estuviera durmiendo si no fuera por la cantidad de heridas pequeñas y una bastante profunda que tenía por el cuerpo. Barry se agachó a registrarlo y encontró una cartera con veinte euros y lo que parecía el carné de identidad del cadáver. Según eso, estaba ante Keith Reynolds. También encontró una tarjeta de color verde sin nada escrito, tan sólo tenía una banda magnética. Se la guardó en el chaleco y siguió registrándolo pero no encontró nada más. Un ruido a su espalda le obligó a darse la vuelta y al hacerlo descubrió que no estaba solo allí fuera.

En los árboles que estaban plantados en el jardín de la casa se habían llenado de cuervos de un tamaño nada despreciable que lo miraban con una atención que le heló la sangre. Otro de ellos se posó en una rama. Ahora eran cerca de treinta. Barry se levantó con lentitud y algunos de aquellos cuervos aletearon con impaciencia, sin levantar el vuelo. Barry se acercó a los ventanales y se metió en la habitación mientras los cerraba con mucho cuidado. Apenas soltó los pomos de las puertas los cuervos levantaron el vuelo y se lanzaron contra él, rompiendo los cristales de los ventanales. Barry corrió hacia la puerta notando cómo varios cristales le golpeaban en los brazos y cómo los cuervos trataban de picotearlo para desgarrar y devorar su carne. Por suerte, alcanzó la puerta enseguida y la cerró a su espalda, notando cómo aquellos seres se estrellaban contra la puerta y las paredes. Suspirando algo más aliviado, esperó y deseó no tener que volver a salir al exterior. Ser atacado por perros e incluso arañas, era mejor que no estar disparando a algo que se movía tan rápido que terminarían disparando al aire.

Se levantó del suelo y se dirigió hacia la puerta que estaba en el pasillo. Mientras avanzaba, miró su reloj: le quedaban cerca de treinta minutos para tener que regresar con el resto. Abrió la puerta y, para su sorpresa, se encontró con las escaleras que llevaban al ático. Enseguida le vino a la mente una serpiente grande y enorme, la serpiente contra la que Chris y Rebecca habían tenido que luchar.

Subió por las escaleras con el arma en alto, dispuesto a disparar contra cualquier cosa que se moviera, aunque fuera humano. Si había alguien allí sería uno de los capullos de Umbrella y si estaba allí era por que habría estado haciendo lo que no debería. Avanzó por el ático, sus botas resonaban sobre el suelo de madera. Parecía no ser demasiado grande así que se dispuso a registrarlo cuando algo se movió por encima suyo.

Barry se giró en redondo, haciendo un semicírculo con el revólver asegurando la zona. No vio nada, pero tenía la sensación de no estar solo, y si su instinto decía que allí había algo, es que lo había. Avanzó con mucho cuidado y, de repente, algo saltó desde las vigas del techo y cayo delante de él.

Tenía un aspecto parecido al de los humanos, pero no tenía ojos y parecía que su cerebro estaba al descubierto. Sus largos brazos llegaban casi hasta el suelo y terminaban en unas largas uñas de color rojo. Abrió su boca y, aparte de dos largas filas de dientes, vio que tenía una lengua de casi dos metros de largo y que se movía como una serpiente. Su cuerpo parecía estar cubierto de alguna sustancia viscosa por lo que brillaba de manera repulsiva.

Barry levantó el Colt y disparó contra aquella criatura.

 

 

John iba en cabeza, seguido de Jill, Rebecca y Lucía. Todos parecían estar en buenas condiciones salvo por algunos rasguños y algunos oídos que pitaban debido a la explosión.

Acababan de salir del hotel en escombros y caminaban por una calle desierta, demasiado desierta. Pero el instinto le decía a Rebecca que aquel silencio no era de mal augurio. A pesar de estar John y Jill con ella, se sentía sola. Aunque no fuera siempre con él o a su lado, Rebecca echaba de menos ver a David caminando con ellos. Sabía que estaría bien, Eva iba con él. Pero preferiría estar en el lugar de Eva. Desde aquella noche en el hotel su relación con el ex capitán de los STARS había cambiado, se había hecho mucho más… profunda. A pesar de que habían acordado, por decirlo de alguna manera, no seguir adelante con su relación por el bien de la misión, Rebecca casi se sentía culpable de haberle pedido que esperara. No sabía que sería tan duro evitar demostrarle lo mucho que le quería y no sabía si él lo estaba pasando igual de mal. David no era la clase de hombre que demostraba sus sentimientos y estaba segura de que el beso que le dio en el hotel era el resultado de la presión a la que estaba sometido debido a la aparente pérdida de Eva. Lo que no quería decir que no la quisiese. No hacía falta que nadie se lo dijera.

—No le des tantas vueltas.

Rebecca se volvió, algo sobresaltada, hacia la persona que le había hablado y se encontró con John, quien ahora caminaba junto a ella.

—David estará bien —siguió diciendo—. Sabe cuidar de sí mismo y, además, Eva va con él. No deberías preocuparte tanto.

Rebecca asintió, algo ausente. John tenía razón. No merecía la pena estar dando vueltas a algo así. Sonrió a John, quien se rascó la nuca, pensativo.

—Sé que no es asunto mío —le dijo, al cabo de un rato de estar en silencio—. Pero me alegro de haber enviado a David a tu habitación aquella noche en el hotel. No sé lo que le dijiste, pero le ha venido muy bien. Está diferente —Rebecca le sonrió tímidamente. John la miró de manera curiosa y continuó hablando—. Lo que realmente me preocupa, es el hecho de que no volvió a nuestra habitación...

Rebecca se sonrojó y John sonrió ampliamente.

—¡No pasó nada! —se apresuró a decir Rebeca, antes de que su amigo se hiciera ideas descabelladas.

—Yo no he dicho nada —dijo él, sin dejar de sonreír—. Pero tampoco te avergüences de ello. Sé que David sentía algo por ti desde el principio y me da en la nariz que es correspondido.

Rebecca siguió caminando sin decir nada y John comprendió que no debía seguir insistiendo. Sacó el mapa que le había dado David y buscó la calle en al que estaban, pero en aquella calle no había ningún cartel que indicara el nombre de la misma. John soltó una maldición y Jill se volvió hacia él.

—¿Qué te ocurre, John? —le preguntó.

—No sé donde estamos —le dijo, algo resentido—. En esta maldita calle no hay nada que nos indique su nombre.

—Es la calle General de Gaulle —dijo Lucía.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó John.

—Lo pone ahí —respondió Lucía, señalando un pequeño cartel metálico que estaba en la pared de un edificio, a unos cinco metros de altura—. No sé en Estados Unidos, pero aquí el nombre de las calles está en las paredes de los edificios.

—Anda que son raros estos europeos —dijo John, desplegando el mapa sobre el suelo para buscar la ruta que ya había marcado David.

—¿No seréis vosotros los raros? —preguntó Lucía, burlonamente.

John no la contestó, estaba demasiado concentrado como para pensar en una respuesta. Con la ayuda de Jill y de Rebecca marcaron una ruta. Tendrían que atravesar un parque para llegar a las afueras de la ciudad, pero no les importaba.

Caminaron por las calles durante varios minutos, a buen paso para llegar cuanto antes a la mansión en la que el resto del equipo esperaba. Jill caminaba delante del grupo, guiándoles a través de las calles que, desde hacía bastante rato, estaban desiertas. A Jill no le gustaba, ese silencio tan palpable la ponía enferma. Era lo que predecía a un ataque. Lo sabía por experiencia cuando aún era ladrona, una vez casi le abre la cabeza un desquiciado que la había pillado en su casa, justo después de que metieran a su padre en la cárcel. Cuando había entrado en la casa se había percatado de lo silenciosa que estaba y apenas entró en la primera sala, aquel tipo armado con un bate de béisbol la atacó por la espalda.

Era el mismo silencio abrumador y que casi se podía cortar con un cuchillo que, en esos instantes, inundaba aquellas calles. Un escalofrío recorrió la espalda de Jill mientras se internaba en una calle angosta, de unos dos metros de ancho, para evitar dar un rodeo y ni un solo ruido les dio la bienvenida. Jill comenzó a ponerse nerviosa y eso en ella era bastante raro. Se volvió inmediatamente hacia sus compañeros.

—Oye, John —le dijo—. Esto no me gusta. Este silencio tan opresivo me da muy mala espina.

Apenas terminó la frase algo se estrelló contra unos contenedores que estaban al final de la larga calle, volcándolos violentamente de manera que su contenido se desparramó por el suelo. Sobresaltados por aquello, comenzaron a retroceder hacia la calle que habían dejado atrás cuando un terrible rugido resonó por la calle de la que vino lo que se golpeó contra los contenedores. Jill reconoció aquel rugido al instante. Pero no podía ser, ella lo había matado en Raccoon City...

—¿Qué demonios es eso? —preguntó John, en un susurro.

—Némesis —susurró Jill, sintiendo cómo el terror la inundaba.

Oyeron cómo se acercaba, sintiendo el eco del sonido de sus pasos en sus oídos y, de repente, lo vieron.

Némesis apareció en su campo de visión, terrible todo él, con sus largos brazos y sus purpúreos tentáculos agitándose a su espalda como si tuvieran vida propia. Iba con su traje negro, el mismo que Jill le había visto en Raccoon, pero parecía que no llevaba armas. Aquello no la tranquilizó. Levantó el arma instintivamente, aún a sabiendas de que las balas no le harían daño. La mano de John apareció de repente, posándose en el cañón de la Beretta de Jill y bajándola con suavidad. Némesis no se giró hacia ellos, simplemente siguió su camino.

Esperaron diez minutos para seguir su camino, esperando que Némesis se hubiera alejado lo suficiente como para que no se percatara de que ellos andaban cerca. Cuando llegaron a los contendores destrozados, vieron que lo que había impactado contra ellos era uno de aquellos leones mutantes. Estaba muerto pero Jill pensó que el golpe que Némesis le había dado había puesto fin a su vida. John se asomó por la esquina y miró hacia los lados. Luego hizo un gesto para que le siguieran. Una vez todos en la calle, se volvió hacia Jill.

—¿Eso era lo que te persiguió por todo Raccoon City? —le preguntó, atónito.

—Si —dijo ella, asintiendo con la cabeza—. Pero creía que estaba muerto, ¡yo misma lo maté!

—Es posible que Umbrella haya creado más de uno —dijo Rebecca—. Piensa que nos hemos encontrado con varios leones de esos, Cazadores y Tiranos. Probablemente estuvieran creando más Némesis, para ponerlos a prueba. Carlos dijo que Némesis los había atacado, eso quiere decir que, o bien hay más de uno en esta ciudad, o que es el mismo que les atacó a ellos. Mi teoría es que hay más de uno porque creo que fue Némesis lo que nos golpeó al entrar en esta ciudad. Pero no estoy muy segura.

Sin decir nada más y ante la asustada mirada de Lucía en la cara, siguieron caminando. Rebecca la tranquilizó poniendo su brazo sobre los hombros de ella y sonriéndola. Ella le devolvió una tímida sonrisa mientras salían a lo que parecía un parque, lleno de árboles.

Se internaron en él con las armas en alto, no sabían lo que les esperaría allí, los perros, o Cerberus como había dicho Eva, podrían haberse escondido entre los árboles y matorrales. Siguieron por el caminito de tierra, que estaba pobremente iluminado por algunas farolas, hasta que llegaron a una especie de plazoleta donde había un pequeño edificio en el centro. Iban a dirigirse hacia él, cuando un gruñido gutural y profundo les alertó.

Se giraron hacia el sonido y vieron a unos siete perros acercándose a ellos con aire decidido mientras babeaban alguna clase de fluido de color rosado. Levantaron las armas instintivamente y los apuntaron. Pero eran demasiados como para acabar con todos.

—¡Corred hacia el edificio! —gritó John—. ¡Jill tú ve delante, si la puerta está cerrada igual tienes que abrirla!

Jill comprendió lo que John quería decir con eso y salió corriendo con Lucía justo detrás mientras John y Rebecca los seguían, caminando de espaldas mientras disparaban a aquellas criaturas que acortaban la distancia entre ellos con alarmante rapidez. Jill cogió el pomo de la puerta y lo giró. Sonrió brevemente cuando vio que la puerta no estaba cerrada y la abrió, girándose para disparar y cubrir a Rebecca y John mientras entraban en el edificio. Una vez todos dentro, oyeron como los perros arañaban la puerta y gemían hambrientos.

Mientras recuperaban el aliento, pudieron observar el pequeño edificio en el que habían entrado. Las luces estaban apagadas y lo poco que se veía era gracias a la luz de las farolas que entraba por las ventanas. Aquello le daba un aspecto un tanto siniestro a todo lo que  les rodeaba. De repente, los fluorescentes que estaban en el alto techo se encendieron, iluminando la sala y cegándolos durante unos segundos. Al girarse, vieron que Jill estaba bajando la mano de los interruptores de la luz. Con la luz pudieron observar que la sala en la que estaban ocupaba todo el edificio, y estaba llena de vitrinas con objetos dentro. Parecía que era un pequeño museo. Unas escaleras llevaban a lo que parecía una sala de control que estaba en una especie de cabina a varios metros sobre el suelo.

Rebecca se acercó con curiosidad a las vitrinas. Dentro de ellas no había objetos como en un principio había pensado sino que, colocados siguiendo un orden que Rebecca no lograba discernir, varios insectos estaban atravesados por alfileres. Debajo de ellos había unos pequeños cartelitos en los que se podía leer el nombre del insecto además de algunos datos sobre su hábitat, hábitos de alimentación y demás datos que no eran importantes en aquél momento. Rebecca siguió echando un vistazo a las vitrinas, casi distraídamente hasta que llegó al final. Se volvió hacia los demás y vio que estaban mirando por la ventanas sin ponerse muy al descubierto. Lucía estaba en el centro de la estancia, mirando al resto del grupo algo asustada. Rebecca se acercó a ella y trató de tranquilizarla. John se acercó a ellas, seguido de Jill.

—Vamos a tener que quedarnos aquí un rato —les dijo con aire cansado—. Al menos hasta que esos parientes de Lassie se larguen de aquí. Y deberíamos registrar esa sala de ahí arriba —añadió mientras señalaba la pequeña habitación que estaba al final de las escaleras.

—Voy yo —dijo Jill—, vosotros quedaos aquí y descansad un poco.

Diciendo esto se encaminó a la susodicha sala, subiendo las escaleras que estaban pegadas a una de las paredes. Regresó algunos minutos después, con cara de no haber encontrado nada.

—Ahí arriba no hay nada que podamos utilizar —dijo mientras sentaba al lado de Rebecca—. Aunque he tenido que forzar la cerradura, sólo he encontrado algunas pantallas de televisión que muestran diversos puntos de la sala —miró a John y preguntó—: ¿Qué propones hacer?

—No lo sé —dijo él, rascándose la nuca—. El cerebro siempre ha sido David, Eva en su ausencia. Y los dos están juntitos como un par de enamorados. Sólo bromeaba  —agregó rápidamente, mirando a Rebecca. La joven bioquímica se sonrojó ligeramente—. Supongo que podemos esperar un rato a que esos perros del demonio se larguen a buscar otras presas. Si tenéis alguna idea mejor, soy todo oídos.

Nadie dijo nada, por lo que John entendió que su propuesta era bien recibida. Se recostó contra la pared y trató de descansar mientras pensaba en si les iría bien o no al resto de sus compañeros, tanto los que estaban en aquella casa como a David y Eva.

Y a aquél chico que salvó Eva... ¿cómo se llamaba? Óscar, eso es, Óscar. Tened cuidado chicos...